Clavé mis colmillos en la dura piel de su cuello llegando a la
yugular sin problema alguno. Sentí el líquido rojo y cálido recorriendo
mi garganta y calmando mi sed.
Cerré mis ojos y dejé caer el cuerpo sin vida de mi última víctima
mientras relamía mis labios. Por la comisura se deslizaban unas gotas de
aquel líquido rojo oscuro. No perdí mi tiempo y fui a buscar los
papeles que me importaban.
- Christopher Hellson Turley yacía en el suelo de su despacho después
de haber disfrutado de su última cena sin ni tan siquiera saberlo. Sus
ojos se habían posado en una copa de brandy en el instante que un ser
misterioso con ojos rojos como el vino le observaba junto a las cortinas
de su ventana. Aunque se hubiese percatado de nada le hubiese servido
haber gritado o pataleo pues era presa fácil.
Era el hombre más rico del lugar y toda su herencia aún no tenía
nombre. Podía haber dejado su imperio a su primera exmujer que aún vivía
en la residencia más cercana a Londres o a cualquiera de sus cinco
hijos pero en su lugar había firmado su propia sentencia de muerte
cuando aceptó deslizar la pluma por el papel para concederle ese
capricho a mí, a Daniel Simmons. Ya no sería tratado jamás como tal pues
en los papeles ponía claramente escrito que su nombre era William
Byron, nombre que habían decidido robar a el joven sobrino fallecido del
millonario.
La velada había sido encantadora. Copas de licor, un encuentro con el
éxtasis y alguien dispuesto a hablar de temas de su generación mientras
compartían jóvenes que vendían su cuerpo por tan solo unos billetes.
Habían reído, habían bebido, habían perdido el tiempo pensando en lo
maravilloso que sería continuar la empresa ambos juntos como buenos
amigos y un gran cariño paternal había surgido del viejo por una viva
imagen de él en su juventud.
Los ojos de ambos se mantenían fijos el uno en el otro como un hijo
que contempla con devoción a un padre y un padre que orgulloso se
permite el lujo de ensanchar su pecho ante las hazañas que su sucesor
realizaría en aquel mundo que necesitaba más mano dura que antes.
Entonces, cuando menos lo hubo esperado, la bestia que creía su amiga
saltó y clavó sus fauces en el cuello del hombre -narré en voz alta
divertido de mi gran ocurrencia-. Deberían poner en su lápida este
relato.
Miré el cadáver una vez más absorto en como la vida desaparecía de
los cuerpos de los demás seres con una simple punción echa en una vena
determinada.
Con los papeles en mi mano me dí media vuelta y salí por la puerta de
madera maciza mientras me sentía dichoso pues el primer paso hacia mi
nuevo destino había sido completado.
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