El día dio paso a la noche. Sonreí. Aquella noche tenía que comenzar
el plan. No podía aparecer como el campesino humillado nunca más. Para
humillar a alguien con la clase social de un conde debía ser alguien de
muy bien ver.
Me incorporé y tomé un papel. Escribiría una carta a aquella pareja
de ancianos que me había dado cobijo despidiéndome para siempre. Aquel
era el último día que mi nombre no se oiría como merecía.
Dejé la carta sobre el escritorio junto al resto de la paga que me habían dado ese mes. No la necesitaría.
Mis ojos se tornaron de un rojo brillante mientras aumentaba la
velocidad de mis pasos. Debía ir hacia otro reino pues si permanecía en
aquel sería rápidamente descubierto.
¿Mi fecha de regreso? Aquel magnífico baile sería más que la antesala
de la realeza. Sería el comienzo de mi nueva vida, aquella que el mundo
me había privado y me merecía más que nadie.
Había escuchado hablar mucho sobre Londres. Una ciudad realmente
arrebatadora y en la que el dinero no faltaba. Aquel sería mi destino,
aquella ciudad sufriría mi maldad escondida entre las sombras hasta que
Cronsworld cayese a mis pies ante mi nuevo comienzo.
Tardé unos cuantas horas en llegar hasta la orilla del mar. Las
estrellas se reflejaban en el agua cristalina. Había averiguado que no
había problema a alguno que tuviese mi naturaleza con respecto al agua
pues alguna vez había tenía que limpiarme de la tierra con el agua del
pozo pero aparte de eso no sabía mucho más.
Cerré mis ojos y pensé en aquella joven que me quitaba el sentido.
Respiré profundamente y salté desde la costa mientras las olas se
estrellaban contra las afiladas rocas. Desconocía el miedo y eso me
hacía aún más temerario de lo que antes había sido.
Sentí el contacto con el agua. Igual que un golpe seco de aire. Tenía
la misma temperatura que mi cuerpo. Permanecí bajo el agua buceando
hasta que noté como uno de mis pies se había quedado enganchado entre
unas rocas.
Miré hacia el lugar donde mi extremidad había quedado prisionera.
Bramé furioso mientras gritaba sin emitir sonido y entonces fui
consciente que el aire de mis pulmones me había abandonado. Mis ojos se
abrieron de manera descomunal comprendido que quizá el agua pudiese ser
el único medio hasta ahora conocido por el que pudiese morir. Quizá no
era una criatura inmortal como me había supuesto.
Aguanté lo que pude el impulso por llenar mis pulmones de aire ya que
desconocía si era como un humano más entre las cristalinas aguas. Tiré
con todas mis fuerzas rompiendo sin problema alguno la trampa de roca
que me había mantenido hasta ese instante percatándome de la increíble
fuerza que poseía pero lamentablemente fue demasiado tarde pues el
impulso de mi cuerpo fue demasiado fuerte y respiré.
Ahí tenía la muerte asegurada. Ninguna persona que hubiese tragado
agua almacenándola en sus pulmones había sobrevivido mucho tiempo.
Intenté subir mucho más deprisa hacia la superficie pero aún estaba
lejos y volví a tomar otra bocanada de agua.
Me paré en seco al darme cuenta. No me había sucedido nada. Es más,
sentía que no me ahogaba en absoluto. Sonreí ampliamente descubriendo
que aquella naturaleza era mucho más asombrosa de lo que pensaba.
Mi destino estaba cerca, tan solo tenía que nadar hasta un pequeño
puerto al que pocos tenían acceso y colarme dentro de uno de los barcos
pero ¿podría tener las mismas habilidades en cuanto a la rapidez dentro y
fuera del agua? ¿Por qué no probarlo?
Llegué hasta la superficie comprando que la distancia entre mi
posición y el primer barco que podía divisar era realmente considerable.
A velocidad humana podría tardar sin problema alguno más de media hora
en alcanzarlo si el barco no se movía durante todo ese tiempo.
Me concentré y comencé a nadar intentando ser cada vez más rápido
pero a la vez dejando que fuese mi cuerpo el que tomase consciencia de
la velocidad para que mi mente que aún tenía las limitaciones humanas no
me hiciese quedarme en aquellas pequeñas cualidades que tan poco podían
ayudarme en esos instantes.
Me relajé mientras notaba como el agua se deslizaba por mi piel y se
mezclaba con mi ropa empapándola por completo pero de una manera que no
me molestaba, a diferencia de como odiaba que la tela se humedeciese.
Después tras unos minutos alcé mi mirada y me encontré con el casco
del barco a escasos centímetros de mi rostro. ¿Cómo podía ser posible?
Miré hacia atrás y sorprendido descubrí que había recorrido aquella
distancia a nado tan rápidamente. ¿Quién quería entonces un barco para
navegar?
Sonreí y seguí mi viaje a nado hasta llegar a Inglaterra.
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