viernes, 30 de noviembre de 2012

Capítulo 4 (parte 2)

La seguí. La casa estaba en mejor estado por dentro de lo que aparentaba por fuera y eso me sorprendió gratamente. 

Miré la figura de la dulce mujer que había hecho que cometiese semejante locura. Se giró sobre si misma y me sonrió poniendo sus manos sobre sus caderas de manera que resultaba chistosa a la par que adorable. 

- Es mejor que busquemos el lado positivo a todo esto. Ya puedes borrar esto de la lista que hiciste de cosas que hacer antes de los treinta -me guiñó un ojo y se echó a reír. 

Era tan contagiosa la melodía que salía de aquella garganta. Por alguna estúpido motivo no era capaz de mirarla y sentí como mis mejillas me empezaron a arder cuando me tiró un besito y fue hacia la que sería su habitación. 

Moví mi cabeza de un lado al otro. Confusión, tan solo confusión. No había más. 

Recogí las maletas que había dejado en el suelo e inspeccioné la casa comprobando que las instalaciones eran más modernas de lo que esperaba que incluso había ducha. 

Dejé las maletas en mi habitación y miré por la ventana. El paisaje era más que precioso, era perfecto. Sentía como estaba mucho más relajado con el plena ciudad pero no sabía si soportaría mucho más tiempo aquello o la soledad volvería a invadirme por dentro. 

Toc, toc, toc… 

Me giré y la vi. Estaba allí tan preciosa como siempre. Como tantos momentos había estado reviviéndola en sueños y ahora permanecía quita, cual figura esculpida en la piedra mirándome de aquella manera que conseguía que mi corazón se acelerase al menos eso era lo que yo pensaba que era el amor. 

Toc, toc, toc… 

Me giré y en el luger que mi imaginación había dibujado el fantástico cuerpo de Emilie ahora estaba Laura sonriéndome y mirándome con ternura. 

- Ve a darte una ducha mientras yo coloco tu ropa -me sugirió y se puso manos a la obra. 

Asentí y aunque ligeramente apesadumbrado me dispuse a tomarme aquella ducha de agua helada que me dejaría solamente con fuerzas de meterme entre las sábanas y no volver a despertarme para que el frío no pudiese clavarse en mi cuerpo como cuchillos ni por fuera ni por dentro de mí. 

Volví a la habitación, congelado. Me vestí rápidamente y mientras escuchaba como Laura cacharreaba en la cocina me tumbé entre las mantas que había ella colocado sobre mi cama para intentar entrar en calor. 

Sin que me diese cuenta el sueño me invadió. Me dejó indefenso ante la idea de volver a soñar con mi amor que se apareció delante de mí tan pronto como perdí la conciencia de lo que a mi alrededor estaba sucediendo. 

Me dejé llevar por lo que era capaz de volver realidad en mi mente que gritaba por verla, por perderme en su sonrisa pero por hacer lo que hasta ahora ella jamás me había dejado. 

No nos besábamos como veo a muchas parejas que se besan. No nos acariciábamos como otros lo hacen. No nos dejábamos llevar por la pasión porque ella quería esperar al matrimonio. Puras mentiras porque con la persona que ahora podía ver su sonrisa si que hizo todas y cada una de esas cosas. 

Pero yo como estúpido enamorado me había permitido fantasear con que algún tendría todo eso a pesar de que todos me lo habían estado advirtiendo.

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