La seguí. La casa estaba en mejor estado por dentro de lo que aparentaba por fuera y eso me sorprendió gratamente.
Miré
la figura de la dulce mujer que había hecho que cometiese semejante
locura. Se giró sobre si misma y me sonrió poniendo sus manos sobre sus
caderas de manera que resultaba chistosa a la par que adorable.
-
Es mejor que busquemos el lado positivo a todo esto. Ya puedes borrar
esto de la lista que hiciste de cosas que hacer antes de los treinta -me
guiñó un ojo y se echó a reír.
Era tan contagiosa
la melodía que salía de aquella garganta. Por alguna estúpido motivo no
era capaz de mirarla y sentí como mis mejillas me empezaron a arder
cuando me tiró un besito y fue hacia la que sería su habitación.
Moví mi cabeza de un lado al otro. Confusión, tan solo confusión. No había más.
Recogí
las maletas que había dejado en el suelo e inspeccioné la casa
comprobando que las instalaciones eran más modernas de lo que esperaba
que incluso había ducha.
Dejé las maletas en mi
habitación y miré por la ventana. El paisaje era más que precioso, era
perfecto. Sentía como estaba mucho más relajado con el plena ciudad pero
no sabía si soportaría mucho más tiempo aquello o la soledad volvería a
invadirme por dentro.
Toc, toc, toc…
Me
giré y la vi. Estaba allí tan preciosa como siempre. Como tantos
momentos había estado reviviéndola en sueños y ahora permanecía quita,
cual figura esculpida en la piedra mirándome de aquella manera que
conseguía que mi corazón se acelerase al menos eso era lo que yo pensaba
que era el amor.
Toc, toc, toc…
Me
giré y en el luger que mi imaginación había dibujado el fantástico
cuerpo de Emilie ahora estaba Laura sonriéndome y mirándome con
ternura.
- Ve a darte una ducha mientras yo coloco tu ropa -me sugirió y se puso manos a la obra.
Asentí
y aunque ligeramente apesadumbrado me dispuse a tomarme aquella ducha
de agua helada que me dejaría solamente con fuerzas de meterme entre las
sábanas y no volver a despertarme para que el frío no pudiese clavarse
en mi cuerpo como cuchillos ni por fuera ni por dentro de mí.
Volví
a la habitación, congelado. Me vestí rápidamente y mientras escuchaba
como Laura cacharreaba en la cocina me tumbé entre las mantas que había
ella colocado sobre mi cama para intentar entrar en calor.
Sin
que me diese cuenta el sueño me invadió. Me dejó indefenso ante la idea
de volver a soñar con mi amor que se apareció delante de mí tan pronto
como perdí la conciencia de lo que a mi alrededor estaba sucediendo.
Me
dejé llevar por lo que era capaz de volver realidad en mi mente que
gritaba por verla, por perderme en su sonrisa pero por hacer lo que
hasta ahora ella jamás me había dejado.
No nos
besábamos como veo a muchas parejas que se besan. No nos acariciábamos
como otros lo hacen. No nos dejábamos llevar por la pasión porque ella
quería esperar al matrimonio. Puras mentiras porque con la persona que
ahora podía ver su sonrisa si que hizo todas y cada una de esas cosas.
Pero
yo como estúpido enamorado me había permitido fantasear con que algún
tendría todo eso a pesar de que todos me lo habían estado advirtiendo.
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