Sentado en la limusina solo podía esperar que el dolor de la resaca
parase. Cada ruido le taladraba con tanta fuerza los oídos y le
martilleaba por completo la sesera hasta convertirla en puré. No tenía
claro lo que debía hacer hoy, desconocía donde iría. Tantísimos eventos,
tantas películas por vender con una historia simple que le tenía
bastante harto.
Recordó la última vez que había estado tranquilo y había sido durante
la promoción de la película que había producido. Su compañera Emma
siempre había sido tan agradable con él que se le habían pasado los
días volando. Todos los eventos habían sido realmente gratificantes
salvo el primero en el que cierta persona que no deseaba que fuese tuvo
que ir solamente para que quedase claro que estarían ambos en las
portadas de todas las revistas.
Aún recordaba como los primeros rumores de una relación habían salido
durante el rodaje de la primera película. Suspiró apesadumbrado. ¿En
qué mundo se había metido? Nadie le había avisado de los secretos que
esconde aquel universo. Todo parece mucho más sencillo visto desde fuera
pero ahora que estaba inmerso solo quería escapar.
Su vida se basaba en cientos de fotografías, salir en revistas, en
las carpetas de todas las chicas y escuchar gritos allá donde fuese. La
última vez que había paseado por la calle prácticamente le habían
perseguido por toda la calzada más de treinta fans. ¿No entendían que
era un solo hombre más? Les parecía guapo vete a saber porqué estúpida
razón. Algunas ni sabían su nombre si no le vinculaban con el personaje
que interpretaba en aquella saga de películas. Detestaba tanto haber ido
aquel fatídico día a ese casting. Tenía que interpretar un personaje
completamente opuesto a él por lo que había pensado que sería un gran
reto personal pero ahora se martirizaba por haber cavilado hasta llegar a
esa conclusión.
Su agente hablaba a su lado mientras él intentaba no pensar. Sus ojos
se posaban en todas y cada una de las personas que transitaban por las
calles. ¡Cómo les envidiaba!
Se repantigó en su lugar y escuchó la voz grave de aquella mujer que
estaba sumida en todo ese engaño que parecía causarle tanto placer como a
él asco. Pasó sus manos por su cabello algo que conseguía poner
realmente aprueba mis niveles de autocontrol. Se cruzó de piernas, esas
piernas blancas que siempre lucía como un gran trofeo y sonrió
ladinamente.
- En esta ocasión, ¿qué debemos hacer, Megan? -preguntó.
- Llegaréis a un local. La gente os reconocerá enseguida y la prensa
está preparada en la puerta. Fingir que os molesta que os encuentren, ya
sabéis el procedimiento. Entráis y cenáis. Algún pequeño gesto que
salga en todas partes y listo. Podréis volver a casa -respondió.
Mentira, pensó para sí Radley. Si fuese así podían nada más que darse
la mano dentro. Salir en cinco minutos y descansar en paz. Había que
hacer tiempo. Tenían que cenar, tranquilamente, sin prisas y fingir que
mantenían conversaciones graciosas e interesantes. ¿Podrían hablar esa
vez de algo que no fuese la horrible infancia y lo poco que la quería
todo el mundo a ella? Se pasaba lamentando cada segundo.
Resopló y rezó porque el momento fuese más agradable que algún otro
pasado en su compañía. Por extraño que pareciese no había sentido
aquellas sensaciones por ella en otras circunstancias. Le había parecido
una chica agradable, tierna e incluso rara pero en el sentido bueno de
la palabra. Ahora, cada segundo se estaba volviendo un poco más odiosa
pero su sonrisa fingida conseguía que nadie se diese cuenta de lo poco
que le gustaba todo aquel show.
Se puso las gafas de sol a pesar de que era de noche y en ese
instante se paró aquel vehículo. Ella fue la primera en bajar, como
siempre atusándose el cabello hacia uno de los dos costados. Después
descendió él. Metió sus manos en los bolsillos soportando flashes y más
flashes hasta que pudo entrar en el edificio.
Siguió las zapatillas que llevaba su acompañante hasta la mesa que
les habían preparado en un reservado. Por suerte no se podía ver nada
desde allí y así podría ser natural con ella salvo cuando alguien mirase
más de la cuenta.
Tomó la parte de arriba del respaldo de la silla de madera para
correrla. Ella se sentó en ese lugar inesperadamente. Frunció su ceño y
se dejó caer en la otra silla frente a ella.
- Eres muy amable -rió.
- Más bien tú una aprovechada ¿no crees? -sonrió para quitarle
crueldad a su comentario y sin prestarle ni una pizca de atención miró
la carta.
Por favor, que esto termine pronto. Eso fue lo último que pensó antes
de dejar a un lado su lado coherente e intentar aunque sería muy
difícil pasar una buena velada. La bebida sería su aliada como la última
vez.
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