Frunció su ceño observando su cabello. Le habían peinado demasiado
para su gusto. A él le encantaba pasarse la mano por el cabello pero
ahora sería más que imposible pues sino tendría a dos mujeres para
arreglárselo.
Había terminado de contemplar su aspecto. Un traje negro, pajarita.
Hizo un mohín. Mucho no le gustaba pero quizá serían por los nervios.
Cerró los ojos al recordar la conversación del día anterior. ¿Cómo podía
haber reaccionado así ante ella?
Se percató que observaba su anillo y le sonrió feliz. Movió un
poco la cucharilla de su café mientras Radley recobraba la compostura.
- ¿Es… ?
- Un anillo de compromiso -terminó ella la frase.
Esperaba una sonrisa y la felicitación del chico al que más había
extrañado durante todo ese tiempo. Le tenía un especial cariño y fue
entonces cuando Radley completamente furioso se levantó sin decir nada
saliendo de la cafetería para meterse en su camerino. Había pasado todo
el tiempo pateando cada lugar que había encontrado y notando la horrible
sensación de perderle de nuevo. Ella era la mujer que tanto había amado
durante tantísimo tiempo y ahora volvería a casarse con un imbécil con
suerte.
Deslizó sus dedos por las solapas del traje. ¿Cómo podría mirar a
aquellos ojos azules de nuevo? Debía meterse en la cabeza de que ahora
no era Radley Parker era Joseph Jones. Era otra persona, otro personaje.
Alguien que estaba enamorado de Madley Roberts, precisamente el
personaje que interpretaba Rose.
¿Por qué ahora que tenía ocasión para hacer que entendiese que ningún
otro hombre en el mundo podría amarla más que él tenía que estar
prometida? No le importaba. Iba a besarle, iba a tomarla entre sus
brazos y apretarle a su pecho hasta que ella le suplicase que no parase
jamás de besarla.
Cuando escuchó como llamaban a la puerta, salió con paso decidido.
Allí estaba la ayudante de dirección Elena para acompañarle hasta el
lugar donde grabarían la escena.
Permaneció pensativo recordando las líneas que tendría que pronunciar
minutos después. Mordió su labio inferior y se quedó en la marca que le
estaban señalando.
Alzó su mirada y observó todo el equipo técnico. Estaban aún
preparando todo. La iluminación estaba lista, el recorrido trazado y los
grandes trozos de tela para los efectos que se hacían en la
post-producción. Guionistas sentados con sus cafés junto a las mujeres
de peluquería esperando ansiosos que empezase la magia del cine.
Un hermoso vestido azul de seda se abría paso entre los allí
presentes. Rose a la cual le estaban quitando unas pinzas del pelo
estaba más que deslumbrante. La tela realzaba su cuerpecito de muñeca
tan maravillosamente proporcionado y al estar ajustado hacía que sus
caderas fuesen de infarto. Era la mujer más hermosa de la faz de la
tierra. No había duda alguna de ello. Se quitó las gafas de sol, se las
dejó a su agente mientras sonreía y caminó moviendo sus sugerentes
caderas hasta la marca al lado de la que Radley se encontraba.
Alzó la mirada azul cielo y le guiñó un ojo al joven que aún tenía la
boca abierta ante semejantes vistas. ¿Podía negarse más que la deseaba
ahí, en ese instante, delante de todos los presentes? No, pero tenía que
controlarse. Era una mujer prometida…
Prometida. La palabra volvía a taladrar su cabeza hasta que sus
sienes le dolieron. Bufó furioso pero se contuvo mientras notaba los
suaves dedos de Rose deslizarse por la palma de su mano.
Se había sorprendido tanto con la reacción de él que esperaba que no
volvería a hablar con ella jamás. Su corazón había estado roto tanto
tiempo y ahora tenía alguien que podía cuidar de ella. ¿Cómo iba a
decirle a Radley que había pasado tiempo pensando en él más del que
debería? Solamente quería que todo volviese a la normalidad. Quería no
perder jamás a su Cachetitos. Apretó sus dedos entrelazándolos con los
de él mientras su mirada suplicaba un “no me dejes”. Radley aunque
confuso entendió que ella le pedía que todo fuese como antes. Se acercó a
ella y rozó su mejilla con las yemas de sus dedos mientras ella cerraba
sus ojos. Aquella caricia prohibida. Rose estaba tan confundida que
Radley jamás se imaginaría lo que estaba causando en ella. Se había
obligado a verle como a su pequeño tanto tiempo pero no era su hijo,
ella no era de piedra. Las atenciones que tenía solo la llevaban a
desear que fuese así el resto de los días de su vida.
- Estás preciosa -murmuró.
Abriendo el azul del océano Radley se perdió para no regresar. Sabía
que aquel beso, en el que se fundirían en aquella toma le llevaría a la
gloria de la que no quería volver nunca.
- ¡Acción!
Todos los extras comenzaron a correr por la calle. Él esperó en la
esquina a que saliese del lugar -ahora inexistente- Rose. Para llamar su
atención debía decir el nombre del personaje de ella.
- Madley -gritó.
Ella tomó su mano mientras corrían pues los disparos se escuchaban
por todas partes. Rose le seguía pues él era quien debía indicarle el
camino. Apretó los finos de dos de su amada con fuerza y la metió dentro
de una callecita que parecía un callejón sin salida, tan estrecha que
no había espacio suficiente para que pasasen juntos por lo que él buscó
un recoveco detrás de unas cajas de un negocio local para así poder
esconderse.
- ¿Estás bien? -preguntó Radley preocupado sin soltar la mano de Rose metido por completo en su personaje.
- Sí, sí, solamente me despeiné por la carrera -sonrió Rose mirándole a los ojos.
Todos los allí presentes estaban completamente embelesados. No
querían perderse nada de lo que estaba sucediendo. La química entre
Radley y Rose era más que obvia. Todos suplicaban por un beso, intenso
entre ellos.
- Me alegro -susurró Radley.
- ¿Tú estás bien? -abrió mucho los ojos Rose cambiando su sonrisa por la visión más clara de la preocupación.
- Estoy de maravilla -asintió.
Escucharon un ruido y Radley la atrajo contra su cuerpo. La
respiración de Rose se volvió un poco desigual así como la de él
mientras sus miradas se cruzaban. El sonido de los disparos se alejaban
pero ellos cada vez estaban más juntos.
Ahora tenía que besarla. Radley lo deseaba como si le fuese la vida
en ello pero estaba increíblemente nervioso. Sus dedos se abrieron por
completo de manera posesiva en la cadera de Rose e inclinándose al fin
besó aquellos labios por los que tanto había suspirado.
Ambos se quedaron sorprendidos del efecto. Notaron una inmensa
corriente eléctrica recorriendo todo su cuerpo y como sus labios tímidos
pero deseosos de más volvían a juntarse en otro beso más apasionado.
Rose quería acariciarle pero si lo hacía se saldría del personaje.
“Solo un beso, solo un beso” se repetían los dos en sus mentes pero
era más que obvio que aquello no había sido solo un beso. Los dos
querían más y el equipo mientras tanto disfrutaba del mayor espectáculo
que habían contemplado nunca.
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