Su voz me envolvía como si se tratase de un remolino de brisa suave,
fresca y nueva. Su delicada mejilla se posaba sobre mi hombro mientras
mi rostro se hundía entre sus cabellos. Su fragancia era cautivadora.
Mis pulmones eran invadidos por su esencia mientras seguíamos dando
vueltas en aquella porción del reino donde se había parado el universo.
Ya no era capaz de escuchar los cantos de los pájaros ni tampoco el agua
con ese ritmo lento, calmado y único porque lo que llegaba a mis oídos
era una mezcla de su triste melodía junto al armonioso compás que
siempre regalaba su corazón.
El vaivén de nuestros cuerpos comenzaba a ser casi inapreciable y
noté como Helen se deslizaba con lentitud hacia atrás separándose de mí.
Abrí mis ojos al notar como mis brazos estaban vacíos y pude comprobar
como sus mejillas se tornaban de un intenso rojo. Me miró mientras la
respiración se le aceleraba al igual que el ritmo de su corazón.
Tomó sus faldas y bajando la mirada como si hubiese hecho lo peor del
mundo apretó la tela hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
- Gracias por el paseo, señor Byron -murmuró con un hilo de voz.
Caminó a grandes zancadas casi corriendo por el sendero de vuelta
mientras yo me quedaba quieto en aquel lugar aún disfrutando de su aroma
en mis pulmones. Su calor en mis brazos y mi pecho aún me abrasaba y no
podía contener el deseo tan intenso que sentía de besarle. Quería
tomarle entre mis brazos en ese momento.
Mis ojos se tornaron de un intenso negro y corrí hasta donde estaba
ella. La tomé del brazo y haciendo un esfuerzo volví a poner mis ojos
verdes mientras atraía su cuerpo al mío.
Su respiración era cardíaca y su corazón martilleaba con mucha más
fuerza que antes por el susto y por la carrera. Estábamos en medio del
bosque por lo que nadie nos veía.
- Señor…
Puse mi dedo sobre sus sonrosados labios y lo deslicé con suavidad
por su carnosidad mientras veía como cerraba los ojos. Nadie la había
tocado de esa manera y me encantaba poder estar allí con ella, ser el
causante de esas sensaciones nuevas que nadie le había producido.
La brisa comenzó a jugar de nuevo con su cabello y su aroma llegó de
nuevo a mí como una bofetada de sed incontrolable. Mis ojos rápidamente
se volvieron tan negros que parecían carbón a punto de ser encendido.
Helen no se percató del cambio ya que aún no había abierto los ojos y
esperaba ofrecerle diferentes sensaciones antes de que lo hiciese.
Con la yema de mi dedo comencé a recorrer la curva de su mejilla
mientras entreabría sus labios que invitaban a besarlos. Podía sentir su
piel erizarse bajo mis falanges y como en su fuero interno pedía más.
Me incliné hacia su rostro mientras mi dedo recorrió hasta el último
milímetro de sus delicadas facciones. Estaba quieta, anhelante por otra
caricia similar. Mi mano se deslizó hasta su cintura y rodeé por
completo su cuerpo apretándole al mío. Las manos de Helen se posaron
sobre mi pecho y abrió sus ojos entre angustiada, nerviosa y muerta de
miedo. Todo aquello ni tan siquiera lo había soñado alguna vez.
- Es tan hermosa, Helen -murmuré con la voz ronca por la excitación del momento.
Sus pechos se apretaban contra el mío e hice el abrazo tan fuerte que
no me importó que no pudiese respirar pues le daría mi aliento. Sus
dedos se agarraron a las solapas de mi chaqueta temblorosos. Mi frente
se apoyó contra la suya y rozando sus labios con mi nariz.
- Señor… -comenzó a hablar casi sin aliento.
- Te deseo… -susurré.
Su rostro se volvió tan rojo como un tomate. Se separó de mí y negó
una y otra vez sin poder decir ni una sola palabra. Tomó de nuevo sus
faldas y salió corriendo con tanta rapidez que en poco desapareció entre
los árboles.
¿Cómo podía causar tanto en mí? Llevé mi mano a mi cabello y tiré de
él con resignación. No podía, no podía hacerle lo que estaba pensando
pero quería llevarle a una de aquellas ruinas de una vez y hacerle mía
hasta que gritase mi nombre con tanta fuerza como todas aquellas mujeres
que habían pasado el tiempo entre las sábanas de mi camastro.
- Helen. Helen ¿qué me estás haciendo, Helen? -susurré contra uno de
los árboles mientras me agarraba a él y lo rompía con facilidad.
Necesitaba liberarme de aquella presión tan espantosa que sentía y mi
mente comenzó a buscar una posible salvación. No podía volver aún a
palacio como Daniel porque si lo hacía sabía que la poseería en su
habitación quisiera ella o no.
- Ammber -susurré entre dientes de manera que sabía que llegaría a su oído.
Ella no era de mi naturaleza pero tenía una conexión con ella. Había
bebido su sangre, sabía donde estaba a cada segundo pues su voz me era
más que conocida y sus pensamientos fáciles de detectar entre la
multitud de voz del reino. Sabía que llegaría pronto y por eso cada
cinco minutos siseaba su nombre para asegurarme.
Apoyé una de mis manos en el tronco destrozado del árbol que acababa
de talar de mala manera mientras escuchaba el siseo de la falda de un
vestido. Por los latidos de su corazón llegaba corriendo y mientras me
colocaba frente al lugar donde aparecía podía leer como me deseaba
besar.
- Buenos días, Ammber -ronroneé como si fuese un gatito en su oído apareciendo detrás de ella y tomándola en brazos.
- William -rió asutada pero a la vez feliz.
- ¿Preparada? -pregunté mientras la llevaba hasta una de las casas en ruinas.
Ella rió con demasiada alegría mientras deslizaba mis manos alrededor
de su cintura. Apreté mi boca contra la suya y abrí sus labios con
salvajismo recorriendo con mi lengua cada centímetro de su boca. Ella
gimió sorprendida de aquella necesidad imperiosa que tenía por su
cuerpo. Alcé sus faldas hasta su cintura y le besé de manera más animal
haciendo que notase mi excitación entre sus muslos.
- ¡Oh, William! -gritó con debilidad pues estaba demasiado excitada.
- Calla -siseé.
Penetré suavemente su interior con uno de mis dedos para después
sacarlo. Estaba húmeda para mí. Si, estaba perfecta para que la
penetrase por completo una y otra vez. Desabroché mi pantalón
rápidamente y miré los ojos ardientes de deseo a aquella mujer entregada
a mí. Como deseaba que fuese Helen quien estuviese en su lugar con su
piel perfecta. Cerré mis ojos y pude imaginar por completo aquel rostro
maravilloso. Agarré las piernas de Ammber y la penetré con todas mis
fuerzas.
Ella gimió con fuerza mientras movía de arriba abajo su cintura para
penetrarla una y otra vez haciéndola gritar de placer. Su cuerpo se
estremecía jadeando, gimiendo y suplicando por más. Su interior era tan
sumamente delicado y había sido el primero en probarlo.
- Dios, Helen como te deseo -murmuré contra el escote de aquella mujer entregada a la pasión.
Estocada tras estocada llegué pronto al orgasmo dejando que mi
interior inundase el cuerpo de aquella joven que también llegaba a esa
deliciosa sensación. Salí rápidamente de ella y dejé que se repusiera
suspirando frustrado por no tener junto a mí a la mujer de mis delirios.
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