La luz del crepúsculo se deslizaba entre las cortinas translúcidas
para terminar rozando el rostro del dueño de la casa. Su barba había
desaparecido pues le habían obligado a arreglarse antes de irse del
hospital ya que habría prensa a la salida.
Sus labios estaban entreabiertos mientras se proyectaba en la enorme
televisión otra colección de los vídeos que tenía de Eloise.
Sus ojos claros estaban fijos en el contoneo de las caderas de su
diosa rubia mientras bailaba. Era tan increíblemente sensual que no
podía evitar perderse de nuevo como la primera vez que la había visto.
Se giraba haciendo que sus cabellos se abriesen como si de un abanico
se tratase y fuesen acariciados por el envidiable viento que había en
ese momento en la habitación. Era una diosa, deliciosa que ahora nadie
podría disfrutar.
La sala estaba organizada. Claire había hecho un excelente trabajo
dejando todo como antes salvo aquel cuadro que había roto completamente.
Thomas aún no había dado las gracias por eso pues no consideraba que
debiese pero Eloise le había cambiado demasiado y una vocecita en su
mente le decía que era su deber. Negó rotundamente. Eloise se había ido,
estaba muerta y si la mujer que había visto en el hospital era ella, se
había olvidado de él. Había fingido su propia muerte.
Gruñó intentando contener el dolor que esa idea le ocasionaba. Apretó
con fuerza sus dedos alrededor de los brazos del butacón mientras
cerraba los ojos.
Eloise le había amado tanto y podía ser ahora una completa mentirosa.
Alguien con quién no debía haber pasado ni un segundo de su vida. Para
salir de dudas había pedido a un hombre de confianza que investigase
todo lo que quería sobre su ex mujer y también si había una coincidencia
con la enfermera que le había atendido en el hospital o tan solo había
sido una alucinación por su parte.
¿Podría estar volviéndose loco? Para todos sus empleados sabía que sí
y por lo que a él correspondía, sabía que no se comportaba de una
manera muy sana pero tanto como estar loco, lo dudaba mucho.
Los blancos dientes de aquella belleza se vieron entre los labios
exquisitamente pintados. Su melena caía con pequeñas ondas por su
espalda despejando su rostro salvo por un flequillo que tapaba parte de
su frente.
Su cuerpo se iba tensando mientras el dolor se iba haciendo cada vez
más insoportable. En su mente el engaño iba cobrando fuerza y el amor
que tenía por aquella mujer iba quemando hasta transformarse. Quería
lastimar cada pequeña parte de su cuerpo ahora que la verdad estaba
saliendo a la luz.
Tenía que relajarse porque si no lo hacía terminaría saliendo de su
hogar a buscarle con cualquier cosa en la mano pero sobre todo para
reclamar a gritos que aún era suya y lo sería para siempre.
Cuando su teléfono sonó, deslizó rápidamente sus dedos por la
pantalla para descubrir el e-mail que tenía de Montesco. Lo abrió. Era
breve, escueto pero lo suficientemente extenso para la información que
pedía.
De: Montesco
Para: T.Walker
Asunto: Información
Informes: E.Walker (completo)
Localización: En progreso.
Personal sanitario: Falso.
Pronto tendrá más información.
Suspiró pesadamente mientras observaba la confirmación de que su
mente le había jugado una pésima jugada. Eloise jamás había estado en el
hospital pero tampoco había nadie que se pareciese a ella. En el fondo
era un alivio pues su mujer no le había engañado pero también suponía
tener que volver a decir adiós a su esposa aunque nunca la había
recuperado.
Dejó el teléfono sobre la mesita que tenía al lado del sillón en el
que estaba sentado. Miró la cara inmaculada de su fallecida esposa y
apartó la mirada rápidamente. No podía volver a verla. No ahora. Había
dudado de ella, de su amor. Era despreciable hasta para eso. Había
manchado el recuerdo de su esposa por una estúpida alucinación que había
tenido seguramente producto de los calmantes.
Apagó la televisión y dejó que el silencio invadiese la estancia.
Había rechazado tantas veces ayuda que ahora estaba viendo como la
locura le estaba invadiendo pero no. ¡NO! Había sido solamente un
lapsus. Eloise se lo habría perdonado enseguida y no habría hecho una
montaña de un grano de arena.
Se puso de pie. Comenzó a arreglarse el traje y caminó hasta el
ventanal en el que disfrutaba de las vistas de la aislada Nueva York.
Ella en su completa indiferencia disfrutaba de una vida llena de
matices, adoraciones, robos, fiestas y amores que comenzaban y
terminaban simultáneamente a veces en el mismo restaurante.
Luces parpadeantes de faros y el sonido de cláxones producido durante
el tráfico constante de sus avenidas estaba insonorizado por aquel
cristal que había obligado a fabricar cuando se había mudado a aquella
inmensa ciudad por cuestiones de negocios.
Gracias a su mudanza había encontrado su vida para después volver a
perderla en tan poco tiempo que se sorprendió considerablemente de que
aún tuviese menos de treinta años.
Metió sus manos en sus bolsillos. El traje era suave y parecía que
Gucci había hecho como acostumbraba un buen trabajo. Era uno de sus
clientes predilectos pues encargaba más de veinte trajes al año, todos a
medida y de las telas más caras.
La corbata azul marino estaba fijada con un nudo winsor. Su camisa
blanca estaba perfectamente planchada y abrochada hasta el cuello.
Abrochó su chaqueta gris marengo que tan solo tenía dos botones. Volvió a
meter sus manos en sus bolsillos e intentó pensar en como afrontaría la
reunión a la que debía acudir con unos clientes japoneses. Como siempre
desearían cenar, hablar sobre negocios para después acudir a algún club
donde viesen a mujeres quitándose la ropa. Esperaba poder escaquearse
de la última de las obligaciones.
El teléfono le avisó de que había llegado el momento de salir su
fortaleza y colocarse su careta indiferente. Debía firmar el contrato y
conseguir millones para que la bolsa al día siguiente comenzase a subir
como la espuma.
Tomó su móvil y callando la alarma lo metió en el bolsillo interior
de su chaqueta. Salió de su despacho. Hizo un movimiento de cabeza y
toda la seguridad de la que disponía comenzó a hablar por pinganillos y
walkie-talkies mientras que él caminaba a paso ligero hasta la puerta
del ascensor.
Esperó a que Hellman entrase junto a él y se puso las gafas de sol
sin importarle que dentro de poco no las tuviese que necesitar.
No tardaron ni diez segundos y ya estaban en el garaje. Thomas siguió
a Hellman que hacía señas a todos los agentes que tenía a su mando. Por
lo visto iría rodeado de más de diez hombres.
Johnson le abrió la puerta del Range Rover Supercharged 5.0 que
habían preparado. Entró y se desabrochó los botones de la chaqueta para
poder estar más cómodo. Tenía la parte trasera reformada de manera que
podía disfrutar de todas las nuevas tecnologías tan solo pulsando un
botón.
En el mismo coche, entró Lauren su secretaria y le dedicó una pequeña
sonrisa mientras dejaba sobre sus piernas un maletín con los documentos
que debían firmar los japoneses.
Era horrible estar en su compañía porque pensaba que ahora que su
esposa había muerto podría intentar entrar entre las sábanas de mi cama,
una cama que desde la muerte de Eloise nadie había tocado ni tan
siquiera él.
El trayecto sería tedioso y era consciente de ello pero como no
acostumbraba a hablar no tenía porqué hacerlo esta vez. Miró por la
ventanilla mientras otro coche comenzaba a llenarse con el resto del
equipo de seguridad. Otro Range Rover de semejantes características.
Cruzaron el Boulevar McGuinness mientras se dirigían al restaurante
en el que tenían reserva. Los japoneses como siempre llegarían antes y
pedirían uno de los vinos más caros que les ofreciesen pero que no valía
realmente el contenido ese dinero sino mucho menos.
La sola idea de tener que permanecer durante horas hablando en otro
idioma sobre algo que no le importaba le desanimaba pero no dejaría que
nadie se diese cuenta de ello.
Notó como unos dedos rozaban el dorso de su mano y alzando la mirada
se cruzó con los enormes ojos marrones de Lauren que hacía otro intento
por coquetear con él. Apartó la mano como si le quemara y ella bajó la
mirada.
Era una mujer muy atractiva pero él no quería a nadie a su lado en
esos momentos ni nunca más y no lo entendían. Nadie parecía comprender
que un hombre deseaba permanecer viudo para siempre.
El cabello castaño de Lauren cayó por su rostro como un tupido velo
que los separaba lo cual agradeció enormemente. Devolvió su mirada hasta
el paisaje que cruzaban a gran velocidad. Había tantísimas personas
viviendo sin problema alguno sus vidas ajenos a todo lo demás salvo al
dinero que se permitían gastar que Thomas les envidiaba.
Morris, el chófer, giró bruscamente para no sumirse en el mayor de
los atascos producidos en la historia de la ciudad de Nueva York.
Aumentó la velocidad y como si de una serpiente se tratase reptó por las
calles paralelas a la que debían haber tomado.
Media hora después estaban delante del restaurante Adour Stregis de
la quinta avenida. La comida francesa más exclusiva de la ciudad. Morris
descendió del coche y abrió la puerta que estaba a su lado. Lauren bajó
por la otra y mientras Thomas descendía notó como sus males iban
desapareciendo. Ahora era de nuevo el inflexible hombre de negocios que
iría a por todas.
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