Me deslicé entre las calles cercanas a palacio. Gracias a mis nuevas
habilidades era capaz de ver con completa claridad aunque estuviese de
noche.
Cientos de centinelas aún seguían vigilando las puertas. La fiesta
había terminado hacía una hora pues la reina había comenzado a sentirse
indispuesta.
Relamí mis labios descubriendo que aún estaban impregnados de las
gotas de sangre de mi última víctima. Comencé a caminar entre las
sombras acercándome lo posible a la verja.
Demasiados guardias para pasar desapercibido. Iba a desistir en mi
intento justo en el momento que vi como salían a uno de los balcones la
joven Helen y el hombre que más detestaba en este mundo, Christopher
Norton.
Apreté mi mandíbula mientras rompía mi bastón con un simple
movimiento. ¿Acaso él la tenía conquistada y terminarían juntos esa
noche? No podía permitir que mi venganza no se cumpliese.
Salté y comencé a trepar la casa que estaba a mi derecha. Me
concentré en mi ira, en mi odio hacia ese hombre y no me permití pensar
en nada que no fuese llegar hasta él.
Desde las alturas no me podrían atrapar. Salté por los tejados con
cuidado, con el sigilo de un gato mientras mi ceño se fruncía cada vez
más. Salté la verja sin dificultad, no me importaba en ese instante
haber saltado más de cinco metros, solo necesitaba llegar hasta el lugar
donde mi plan estaba llegando a su fracaso.
Corrí por los arbustos, aquel jardín era bien grande pero a la vez frondoso lo que me daba innumerables lugares para refugiarme.
Agudicé mi oído mientras me ocultaba tras el tronco de un árbol. Los
latidos del corazón de ambos eran sencillos de reconocer. Ella,
tranquila como si nada estuviese sucediendo, él, al borde de una
taquicardia por tenerla tan cerca.
- Señorita Devonshire -comenzó él-, debo admitir que ha sido una
fiesta un tanto frívola. Debería reprochar a todos los ciudadanos por no
haber hecho caso de su presencia y pasarse la velada halagando a tal
sujeto.
- Estúpido -susurré sabiendo que se refería a mí.
- ¿Por qué debería reprocharles que hagan lo que consideren oportuno?
-preguntó ella y en su mente pude comprobar que era sincera-. No
deseaban hablar de mi compañía sino que ansiaban comentar sobre aquel
joven tan amable. El mundo es libre y no seré intolerante con ellos,
señor Norton.
Sonreí satisfecho. Ella le había callado. No era egoísta como el larguirucho.
- Supongo que tiene usted razón -contestó.
No podía perderme las caras de ninguno mientras hablasen por lo que
rápidamente busqué algún arbusto lo suficientemente cercano para
contemplar todo a la perfección pero que estuviese lejano para que no me
viesen espiarles.
- Dígame, ¿disfrutó la fiesta?
- Si le soy sincera, no soy de las personas que desean pasar los días
entre miles de sus semejantes. Me agobia pero todos han sido muy
amables así que imagino que el baile fue todo un éxito -contestó con
aquella voz que mientras me iba acercando más dulce me parecía.
Al fin había encontrado el lugar apropiado. Podía observarles entre las ramas mientras las hojas oscuras me camuflaban.
- Señorita Devonshire -comenzó Christopher.
Se notaba que estaba nervioso mientras en su mente una y otra vez
desechaba la idea de contarle a la joven sus sentimientos. Su corazón
bombeaba más y más deprisa mientras pensaba en la posibilidad de rozar
los labios de su amada. Pensaba que serían carnosos, dulces e
inolvidables.
Su deseo por ella era más romántico que apasionado y la sentía de una manera que podría resultar así atractiva para cualquiera.
- Dígame, señor Norton -sonrió sin percatarse que una sola sonrisa le mataría de una taquicardia.
- Idiota enamorado -negué.
Christopher se arregló los guantes, miró a la princesa fijamente a
los ojos azules y se perdió por un instante en ellos pensando en la
posibilidad de robarle un beso. Frunció sus labios y después volvió a
negarse esa posibilidad.
- ¿Le molestará mucho que venga a visitarla? -suplicó más que preguntar mientras desviaba nervioso su mirada.
- En absoluto -sonrió ella mientras daba una palmada y dejaba sus manos juntas-, será un placer disfrutar de su compañía, señor.
En ese momento se escuchó como unas faldas se acercaban hasta ellos.
Hice una mueca, la romántica escena se vería interrumpida pues su alteza
tenía que entrar en los aposentos de la reina por petición explícita de
ella.
Miré la luna y respiré profundamente. ¿Podría intentar conocer esa
noche un poco más a la princesa? ¿Quizá podría colarme en su habitación?
No, si hacía algo semejante lo más probable es que tuviese que terminar
matándola si chillaba y eso me dejaría sin saciar mi deseo.
- No se preocupe -contestó Christopher a la princesa que se había disculpado-, vaya tranquila, yo me iré a mi hogar.
Volví a girarme para mirar sus rostros. La belleza rubia se puso
ligeramente de puntillas y dejó un beso en la mejilla del joven que
perplejo la miró y mientras ella desaparecía entre los pasillos de
palacio, suspiró enamorado perdido para siempre en ese estúpido
sentimiento que sentía por ella.
Negué y esperé hasta que Christopher desapareciese. Comencé a correr
siguiendo los pensamientos de la joven para que así pudiese saber lo que
estaba pasando.
La reina estaba más pálida de lo que recordaba en la fiesta y tumbada
en la cama. Su hija dialogaba con ella mientras su padre chillaba
enfurecido por como su madre había tenido que terminar la fiesta para
nada.
- No se preocupe, madre -pude escuchar la dulce voz de Helen-, yo cuidaré de usted. Descanse.
Tras ello pensó que necesitaría pasear esa noche bajo la luna para
poner en orden en su mente todo lo sucedido en el día y lo que
significaba que su padre hubiese decidido presentarla en sociedad a
pesar del trato que habían hecho.
¿Trato? ¿Qué trato? ¿Acaso en palacio se ocultaban más cosas de las
que pensábamos los humildes pueblerinos? ¿Qué podríamos desconocer del
reinado temible de aquel hombre que parecía todo bondad pero que de
puertas para dentro su familia estaba aterrada por sus cambios de humor?
La curiosidad me mataba por lo que quizá con el tiempo pudiese
preguntarle a la princesa sobre ello.
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