Miró sus ojos azules fijamente y vio en ellos la sinceridad. Aquella
mujer no era su fallecida esposa. Claro, ¿cómo iba a serlo si su esposa
estaba muerta? Pero eran idénticas.
Sus cabellos caían en ondas sobre sus mejillas mientras se secaba las
lágrimas con el dorso de su mano mientras suspiraba entre pequeños
hipidos para calmar el horrible susto que se había llevado.
Podía notar como las piernas de Jeanne temblaban pues estaba sujeta
tan solo por el abrazo que le estaba dando Thomas. No solo temblaba de
frío sino que debía seguir muerta de miedo.
- ¿Dónde vives? -preguntó sin poder evitar tener un deje de tristeza en su voz.
No era ella. Se había ilusionado de recuperar a su amada para
encontrarse con que era otra mujer completamente diferente y encima una
que se dejaba ver encima de un escenario con escasa ropa. Podía sentirse
bien porque había hecho algo bueno, la había salvado de un momento que
podía haber sido mucho más traumático si el hombre hubiese conseguido
hacer su propósito.
- Hellman -ordenó el multimillonario-, tenga listo el coche. Nos iremos ahora.
Tomó los hombros de la rubia despampanante que estaba aún sumida en
sus pensamientos recordando el horrible momento que había tenido que
vivir. Las lágrimas no dejaban de recorrer sus mejillas y no sabía si
podía fiarse del hombre que la había librado de una horrible tortura
pero puede que aquel recuerdo la recorriese hasta el final de sus días.
- Dime.. ¿dónde vives? -preguntó el millonario mientras seguía estrechándola entre sus brazos.
- Vivo cerca… -susurró sin atreverse a decirle la dirección exacta por si se trataba de un psicópata.
Contempló como la mirada de su salvador estaba devastada. Intentaba
ocultar el dolor, como si acabase de recibir la peor noticia de su vida
desde que ella había pronunciado su nombre. Él suspiró y negó en un
movimiento rápido.
- No puedo consentir que se quede por este barrio, es muy peligroso -respondió.
Jeanne se percató del cambio de actitud. Ahora la llamaba de usted, no como antes.
El dolor a penas permitía que Thomas respirase tranquilo. Le
perforaba su pecho hasta desear arrancarse el corazón. Jeanne, era otra
mujer diferente, no era la suya. Era un estúpido testarudo que estaba
deseando reencontrar a su esposa, alguien que no volvería a su vida
porque era imposible.
Hellman llegó hasta el callejón con el Range Rover. Los únicos que
permanecían junto a Thomas eran los agentes de seguridad y podrían
quedarse junto a los clientes japoneses para facilitar que volviesen a
sus hoteles sanos y salvos pero su jefe ahora tenía demasiadas
emociones. Sabía lo que debía sentir. Esa joven era exactamente igual
que su fallecida esposa. Igual que ver un fantasma.
La piel de Hellman aún tenía el bello de punta pero se bajó
intentando similar serenidad mientras se acercaba a paso firme a su jefe
y a la joven rubia que estaba a su lado. Ella intentaba ocultar su
cuerpo en la chaqueta que hacía las veces de su abrigo. Idénticas. Pudo
recordar sin problema como Eloise bromeaba cuando se ponía la ropa de su
marido haciendo que él riese y perdiese por completo el sentido
mientras apretando su cuerpo al de ella le susurraba palabras de amor
que hacían que su esposa se sonrojara.
- Señor, ya estoy aquí.
Thomas alzó la mirada hasta él y asintió mientras pasaba sus dedos
sobre su labio inferior pensativo. Dio un pequeño pellizco a la singular
forma de “u” que tomaba su labio entre sus dedos. No sabía cómo podía
actuar. No podía obligar a esa mujer a que se fuese con él pero por el
intenso parecido con su esposa solo quería tenerla pegada a él. La
observó de nuevo mientras batallaba por ocultar todo su cuerpo lo más
posible.
- Je… ¿Jeanne? -preguntó dubitativo el millonario.
Ella, con los ojos muy abiertos y ligeramente temblorosa, le devolvió
la mirada al escuchar su nombre. Aquella chica estaba a punto de entrar
en shock o tener un ataque de pánico. No podía dejarla sola. Miró a
Hellman y él entendió a la perfección.
- Jeanne… será mejor que esta noche no duerma en su casa -murmuró
tranquilizadoramente-. Permítame invitarle a algo de comer antes.
- No -susurró mirándole y negó rápidamente-. Gracias por todo pero no.
Comenzó a caminar rápidamente escapándose de aquel callejón sin salida mientras Hellman la miraba completamente incrédulo.
Thomas comenzó a contar los segundos mientras se escuchaba el eco de
los tacones de la hermosa rubia. Le hizo un asentimiento al jefe de su
seguridad y después caminó hacia la figura de curvas mientras sus
piernas empezaban a flaquearle.
La tomó en brazos mientras ella se mareaba y caía desmayada entre
ellos. La joven había pasado una experiencia horrible y no dejaría que
cualquiera pudiese hacer lo que desease con ella mientras permanecía
inconsciente. Era igual que su esposa y si la veía muerta también sabía
que no lo soportaría.
Caminó hasta el coche y Hellman con rapidez abrió la puerta trasera
del enorme coche. Entró con la joven sobre sus piernas y besó sus
cabellos mientras la acurrucaba en su pecho.
El camino sería extraño. Volvía a tener entre sus brazos el cuerpo de
su amada pero dentro no era ella y por ese mismo motivo se sentía
incómodo, como si hubiese tomado a cualquier otra desconocida entre sus
brazos para llevarla a tomar algo y cuidarla. Se sentía mal pero también
su cuerpo no podía evitar desear recorrer el delirio de sus curvas y la
suavidad de su piel.
Algo le decía que aquella sería una noche muy larga. Tomó a Jeanne
entre sus brazos de nuevo una vez que Hellman hubo aparcado en la
entrada de su hogar. Caminó hasta el ascensor y cuando se encontraron
Thomas y Jeanne solos en él las puertas se cerraron mientras que la
hermosa muñeca rubia abría de nuevo sus ojos.
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