viernes, 30 de noviembre de 2012

Capítulo 8

Miró sus ojos azules fijamente y vio en ellos la sinceridad. Aquella mujer no era su fallecida esposa. Claro, ¿cómo iba a serlo si su esposa estaba muerta? Pero eran idénticas.
Sus cabellos caían en ondas sobre sus mejillas mientras se secaba las lágrimas con el dorso de su mano mientras suspiraba entre pequeños hipidos para calmar el horrible susto que se había llevado.
Podía notar como las piernas de Jeanne temblaban pues estaba sujeta tan solo por el abrazo que le estaba dando Thomas. No solo temblaba de frío sino que debía seguir muerta de miedo.
- ¿Dónde vives? -preguntó sin poder evitar tener un deje de tristeza en su voz.
No era ella. Se había ilusionado de recuperar a su amada para encontrarse con que era otra mujer completamente diferente y encima una que se dejaba ver encima de un escenario con escasa ropa. Podía sentirse bien porque había hecho algo bueno, la había salvado de un momento que podía haber sido mucho más traumático si el hombre hubiese conseguido hacer su propósito.
- Hellman -ordenó el multimillonario-, tenga listo el coche. Nos iremos ahora.
Tomó los hombros de la rubia despampanante que estaba aún sumida en sus pensamientos recordando el horrible momento que había tenido que vivir. Las lágrimas no dejaban de recorrer sus mejillas y no sabía si podía fiarse del hombre que la había librado de una horrible tortura pero puede que aquel recuerdo la recorriese hasta el final de sus días.
- Dime.. ¿dónde vives? -preguntó el millonario mientras seguía estrechándola entre sus brazos.
- Vivo cerca… -susurró sin atreverse a decirle la dirección exacta por si se trataba de un psicópata.
Contempló como la mirada de su salvador estaba devastada. Intentaba ocultar el dolor, como si acabase de recibir la peor noticia de su vida desde que ella había pronunciado su nombre. Él suspiró y negó en un movimiento rápido.
- No puedo consentir que se quede por este barrio, es muy peligroso -respondió.
Jeanne se percató del cambio de actitud. Ahora la llamaba de usted, no como antes.
El dolor a penas permitía que Thomas respirase tranquilo. Le perforaba su pecho hasta desear arrancarse el corazón. Jeanne, era otra mujer diferente, no era la suya. Era un estúpido testarudo que estaba deseando reencontrar a su esposa, alguien que no volvería a su vida porque era imposible.
Hellman llegó hasta el callejón con el Range Rover. Los únicos que permanecían junto a Thomas eran los agentes de seguridad y podrían quedarse junto a los clientes japoneses para facilitar que volviesen a sus hoteles sanos y salvos pero su jefe ahora tenía demasiadas emociones. Sabía lo que debía sentir. Esa joven era exactamente igual que su fallecida esposa. Igual que ver un fantasma.
La piel de Hellman aún tenía el bello de punta pero se bajó intentando similar serenidad mientras se acercaba a paso firme a su jefe y a la joven rubia que estaba a su lado. Ella intentaba ocultar su cuerpo en la chaqueta que hacía las veces de su abrigo. Idénticas. Pudo recordar sin problema como Eloise bromeaba cuando se ponía la ropa de su marido haciendo que él riese y perdiese por completo el sentido mientras apretando su cuerpo al de ella le susurraba palabras de amor que hacían que su esposa se sonrojara.
- Señor, ya estoy aquí.
Thomas alzó la mirada hasta él y asintió mientras pasaba sus dedos sobre su labio inferior pensativo. Dio un pequeño pellizco a la singular forma de “u” que tomaba su labio entre sus dedos. No sabía cómo podía actuar. No podía obligar a esa mujer a que se fuese con él pero por el intenso parecido con su esposa solo quería tenerla pegada a él. La observó de nuevo mientras batallaba por ocultar todo su cuerpo lo más posible.
- Je… ¿Jeanne? -preguntó dubitativo el millonario.
Ella, con los ojos muy abiertos y ligeramente temblorosa, le devolvió la mirada al escuchar su nombre. Aquella chica estaba a punto de entrar en shock o tener un ataque de pánico. No podía dejarla sola. Miró a Hellman y él entendió a la perfección.
- Jeanne… será mejor que esta noche no duerma en su casa -murmuró tranquilizadoramente-. Permítame invitarle a algo de comer antes.
- No -susurró mirándole y negó rápidamente-. Gracias por todo pero no.
Comenzó a caminar rápidamente escapándose de aquel callejón sin salida mientras Hellman la miraba completamente incrédulo.
Thomas comenzó a contar los segundos mientras se escuchaba el eco de los tacones de la hermosa rubia. Le hizo un asentimiento al jefe de su seguridad y después caminó hacia la figura de curvas mientras sus piernas empezaban a flaquearle.
La tomó en brazos mientras ella se mareaba y caía desmayada entre ellos. La joven había pasado una experiencia horrible y no dejaría que cualquiera pudiese hacer lo que desease con ella mientras permanecía inconsciente. Era igual que su esposa y si la veía muerta también sabía que no lo soportaría.
Caminó hasta el coche y Hellman con rapidez abrió la puerta trasera del enorme coche. Entró con la joven sobre sus piernas y besó sus cabellos mientras la acurrucaba en su pecho.
El camino sería extraño. Volvía a tener entre sus brazos el cuerpo de su amada pero dentro no era ella y por ese mismo motivo se sentía incómodo, como si hubiese tomado a cualquier otra desconocida entre sus brazos para llevarla a tomar algo y cuidarla. Se sentía mal pero también su cuerpo no podía evitar desear recorrer el delirio de sus curvas y la suavidad de su piel.
Algo le decía que aquella sería una noche muy larga. Tomó a Jeanne entre sus brazos de nuevo una vez que Hellman hubo aparcado en la entrada de su hogar. Caminó hasta el ascensor y cuando se encontraron Thomas y Jeanne solos en él las puertas se cerraron mientras que la hermosa muñeca rubia abría de nuevo sus ojos.

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