- ¿Está todo listo? -pregunté malhumorado a mi mayordomo.
- Sí, señor -respondió con rapidez.
Abroché los botones de la camisa que estaban a los puños de esta. Me
puse la chaqueta y deslicé mis manos por mi cabello húmedo. Esperaba que
el engaño siguiese su curso.
Tomé el bastón de abedul con empuñadura de plata. Me giré sobre mis
talones y le arrebaté mi sombrero al hombre que me miraba atónito por mi
buen humor.
Caminé por el pasillo que llevaba hasta mi cama y vi el cuerpo de
Ammber descansar entre las sábanas después de aquel maravilloso placer
que ambos habíamos sentido. Aún no le había comentado nada acerca de mis
planes ni lo que tendría que hacer ella más adelante. Debía buscarse un
marido pues en mí no encontraría uno pero me parecía en ese momento un
problema sin importancia. Tenía una hermosa dama rubia esperando para
ser rescatada.
Salí de mis aposentos y caminé con paso decidido hasta la escalera.
Bajé uno a uno los escalones mientras en mi mente podía ver
perfectamente los ojos azules que deseaba conquistar.
Me abrieron la puerta y en seguida vi como el cochero me hacía una
reverencia antes de abrirme la puerta del carruaje. Entré y me senté.
Sabía donde tenía que ir pues ya había dado todas las órdenes
pertinentes tan solo me había retasado un poco la visita de mi joven
amante.
El golpeteo de los cascos de los caballos en el camino hizo que me
relajase. Todo iba a salir bien pues de no ser así tenía un as en la
manga preparado como siempre. Tan solo deseaba que Helen no se percatase
que su ayudante de cámara y William Byron eramos la misma persona.
Había oído que Helen realizaba muchas obras en el barrio obrero por
lo que quizá sería una buena opción caminar por aquel lugar. Siempre
estaríamos mucho más alejados de miradas curiosas allí que en un barrio
rico aunque dudaba que la princesa resultase poco deseada en esos
lugares al contrario. Resoplé y miré entre las cortinas para ver la
distancia que nos separaba de palacio.
Daniel… ¿realmente crees que surtirá efecto?
Aquella voz de nuevo. Aferré mis dedos al puño de plata del bastón
que sostenía entre mis manos intentando calmarme. Parecía un completo
loco. ¿Qué era esa cosa que era capaz de meterse en mi mente desde tan
lejos y con tanta facilidad? Quizá fuese la madre de Helen.
Frío, frío…
Perfecto. ¿Sería la manera que tenía mi subconsciente de asegurarme
que estaba volviéndome majara? Cerré mis ojos con fuerza intentando
concentrarme en aquella voz. Quizá la había escuchado en algún momento.
Creo que te sería más útil descubrir qué sabe la madre de Helen.
Metido hasta el fondo en mis cavilaciones. Ni pensar tranquilo podía. Un gruñido recorrió mi interior para morir en mi garganta.
La reina, su alteza Elizabeth, tiene más peligro que mi persona
joven amigo. Deberías tener claro el pasado de todos los que allí
residen. A veces es mejor pensar en salvar la vida que no en lo que
desea tu entrepierna que por cierto, ¿se le ocurrió pensar en la
posibilidad de dejar de meter en su cama a toda mujer que desee? Créame,
a mí me resulta fascinante pero su sed carnal me resulta tan sumamente
desconcertante. No puedo evitar sentir lo que siente, Daniel y no tengo
las facilidades que usted para satisfacer mis deseos.
Reí a carcajada limpia. ¿Pensaba que iba a cambiar por lo que a él le
molestase o no? Que no se metiese en mi mente y así no sentiría mis
necesidades. Pero le haría caso. Investigaría sobre la familia real y
todo lo que había pasado con aquella mujer al borde de la muerte.
Los pasos de los caballos cesaron mientras mis dedos tomaban la tela
de las cortinas con suavidad apartándola para así poder ver si el objeto
de mi deseo estaba en su lugar.
Helen con sus ojos cerrados alzaba su rostro hasta el cielo. Los
rayos del sol acariciaban aquella tez pálida pero que podría volver loco
a cualquier hombre. En mi interior una punzada de envidia penetró en lo
más profundo de mi alma. Deseaba ser el sol para poder deslizarme sin
pedir permiso por aquel cuerpo inmaculado, siendo travieso y demorándome
en aquellos montículos tersos color crema.
Descendí con rapidez del carruaje y con un solo gesto desapareció mi
cochero con el vehículo para que así pudiese fingir pasar por allí.
Caminé alrededor de la verja que separaba la parcela real del barrio
pobre mientras mis ojos descendían centímetro a centímetro delineando
sus curvas bajo aquel vestido de un tono pastel que realzaba el color de
su cabello dorado.
Pensaba de manera tan pura que deseaba corromperla. Quería que no
fuese tan inocente, quería que no solo una salida al jardín alegrase su
día. Había logrado que el rey diese su brazo a torcer para que ella no
se pudriese entre aquellas paredes y ver el rostro con rasgos tan dulces
de aquella mujer sonreír al sol me hacía sentir de una manera tan
extraña. Su felicidad resultaba contagiosa.
Abrió los ojos y mi sonrisa se ensanchó. Aquella dulce mirada que
contemplaba todo como si fuese único e inigualable hacía de ella una
verdadera obra de arte difícil de alcanzar lo que hacía aún más
excitante intentar lograrlo.
Distraídamente apoyé mi bastón en la verja causando un sonido
metálico que llamase la atención de la joven que permanecía absorta en
lo maravilloso que era el mundo exterior.
Bajó su mirada hasta donde me encontraba y entrecerró los ojos hasta
que recordó quien era. Dudó si acercarse o no pero cuando le hice una
leve inclinación de cabeza volvió a sonreír y tomando sus faldas caminó
hasta situarse al otro lado de la verja.
- Buenas tardes, alteza -me quité el sombrero y me incliné hasta verme las puntas de los zapatos.
- Buenas tardes, señor Byron -respondió con su amable tono de voz.
- ¿Qué hace tan sola en esta parte de la finca? -pregunté a sabiendas de conocer de sobra la respuesta.
- Mi ayudante de cámara me recomendó este paraje para pasar en
soledad unos minutos hasta que él pudiese llegar -respondió sin perder
aquella fascinante sonrisa.
- ¿No puede salir de los límites de palacio?
- Lamentablemente no -suspiró y bajó la mirada sintiendo en ese momento una gran tristeza.
- Creo que podemos solucionar eso -sonreí y caminé hasta la puerta
trasera de la verja del palacio donde había un pequeño candado.
- ¿Cómo lo hará?
Con curiosidad caminó a mi lado teniendo aquel metal entre medias de
nosotros y abrí sin problema la puerta dejándola anonadada. Abrió sus
ojos como platos e hice una breve inclinación de cabeza esperando que
saliese hasta la libertad. Escuchaba en sus pensamientos como pensaba si
aquello era lo que debía o no hacer.
- No se preocupe por el rey, alteza. Somos grandes amigos y entenderá
que deseaba dar un paseo con usted para conocer más detalles de su
joven hermana.
- ¿Me interrogará ahora sobre la mujer que le dejó marcado con una simple sonrisa, caballero? -rió.
Alcé mi mano para que pudiese tomarla si lo deseaba. Sus dedos
rodearon los míos para cruzar el umbral que le separaba de la libertad.
Respiró profundamente y sonrió mientras comenzábamos a caminar por entre
las calles más pobres del lugar.
Las calles sucias. Las casas medio destrozadas y algunas que habían
intentado ser reconstruidas sin mucho éxito. Los niños correteando por
las callejuelas mientras que sus madres hacían los quehaceres de la casa
para mantener un poco la dignidad de un hogar que no volvería a ser el
mismo si continuaba aquella manera tan cruel de abordar con impuestos a
los menos favorecidos.
Rostros demacrados, sucios, algunos sin dientes y con sus ropas
roídas me miraban mientras ambos caminábamos con cautela. Nos
acercábamos al mercado y podía escuchar los gritos de los vendedores por
intentar que les comprasen comida aunque fuese en un estado dudoso pero
en sus condiciones no podían quejarse mientras tuviesen algo que
llevarse a la boca.
- Desolador ¿verdad? -susurró mi acompañante.
- Mucho.
Un muchacho pasó por entre nosotros corriendo como una bala hacia el
puesto de fruta. Parecía que era el lugar más limpio al menos desde
lejos ya que desde allí podía olerse como la carne putrefacta del
pescado emitía un olor a mar muerto realmente nauseabundo.
- Tengo entendido que usted vine bastante por estos lugares.
- Sí -musitó-. Siempre que puedo les traigo algo de comida, dinero o
ropa. Algunas familias necesitan atención médica y por ello hacía lo
posible por venir y curarles yo misma. Lamentablemente ahora mismo me es
imposible. No puedo salir de palacio, como bien ya sabe aunque me
reservaré los motivos a pesar de que sospecho que cientos de rumores
habrán circulado por los alrededor contando vaya usted a saber qué
historia -suspiró apesadumbrada.
- No he escuchado absolutamente nada que pueda inquietar -intenté animarle.
La mirada de Helen en ese momento se volvió dura, impenetrable.
Comencé a escuchar como un hombre gritaba a un muchacho intentando
pegarle al grito de ladrón. La princesa agarró con fuerza sus faldas y
olvidándose de los modales corrió hacia donde estaba sucediendo el
altercado.
- Suelte a ese niño -dijo mientras se ponía entre el hombre y el
pequeño que guardaba cuidadosamente entre sus manos una manzana roja
brillante que le parecía realmente apetitosa.
- ¡Quítese, mujer! ¡Ese niño es un ladrón! ¡Págame lo que me debes! -gritó el tendero.
Llegué hasta donde se encontraban en poco tiempo pero cuando decidí
intervenir fue Helen quien habló y esperé ansioso saber que respondería
aquella dama.
- No me quitaré. No puede pegarle. No es más que un niño.
- ¡Quítese o la pegaré a usted!
Cuando el hombre regordete que parecía un toro alzó la mano, agarré
con fuerza su muñeca mirándole con ojos completamente desafiantes. No
permitiría que tocase ni un pelo de aquella delicada joven que solo
había pretendido salvar a un pequeño de ser aporreado.
Volvió su grasiento rostro hacia mí mientras hacía una mueca de dolor
pero en sus ojos se notaba la ira contenida por no ser capaz de
desprenderse de aquella prisión que la daban mis dedos a su ancha
muñeca. Si apretaba un poco más sabía que podía romperle sin problema
alguno aquella enorme articulación.
- ¿Sabe acaso lo que son los modales? -bramé encolerizado.
- Los conozco perfectamente -gimió roto de dolor y presa del pánico aquel hombre.
Mis ojos se tornaron más oscuros pero no dejé que se volviesen rojos.
Solo deseaba asustarle hasta que llorase por haberse atrevido a
levantarle la mano a una señorita.
- Entonces discúlpese ahora mismo ante la princesa -hice que se
arrodillase-. Yo pagaré la manzana del muchacho y si le veo otra vez
pegar a algún jovenzuelo o a alguna persona en general, créame que
deseará no haber existido -siseé más para él que para el resto de las
personas que miraban la escena.
- Lo siento, alteza -gimió.
No había reconocido a Helen pero no me importaba. No era excusa para
ser un animal. Le dejé en el suelo mientras la hermosa joven aceptaba
con demasiado cariño las disculpas del hombre. Saqué de mi bolsillo una
moneda de plata suficiente para pagar la manzana y después le dí al
pequeño ladronzuelo tres de oro. El pequeño me miró dubitativo pero
después las tomó y me sonrió agradecido. Corrió hacia su casa y el
regordete frutero se metió dentro de su hogar.
- Gracias -susurró la princesa y negué con una sonrisa.
Ofreciéndole mi brazo, el cual ella tomó, caminamos juntos hacia la
parte de la ciudad que estaba completamente abandonada. Aquella había
sido la zona que más había sufrido durante la guerra pues el ejército de
Teodor, duque de Laxtarn había usado su crueldad y su ambición asesina
usando armas tan destructoras que habían quedado todos los edificios en
ruinas pero sus habitantes habían muerto de la peor de las maneras, con
miembros amputados, cráneos rotos o de una agonía lenta y dolorosa.
Cerré mis ojos y a mi mente vino el recuerdo de aquel inmenso charco
de sangre en el salón de mi casa y como los ojos grises de aquel hombre
me sonreían con malicia mientras fuera se escuchaba a cientos de
personas chillar deseando escapar de aquella tortura inesperada.
Aún permanecían allí los escombros de un reino atormentado por el deseo de riquezas de tres aspirantes a monarcas.
Los dedos de Helen se ciñeron más sobre mi antebrazo para traerme de
nuevo al momento que estaba viviendo a su lado. Bajé mi mirada hasta sus
profundos ojos y por un instante me perdí en su hermosura. ¿A quién no
volvería loco esa mujer tan hermosa que a pesar de su belleza era
modesta y su alma tan pura como cristalina el agua de su mirada? Reprimí
el deseo de tomarla entre mis brazos y fundirme en su cuerpo entre
aquellas ruinas para continuar nuestro paseo tras haberle dado una
sonrisa.
- Dígame, ¿qué desea saber sobre mi hermana?
Su pregunta me tomó un segundo por sorpresa pero después comprendí
que aquel había sido el motivo por el que había pedido que me
acompañase. Recobré la compostura y fingí permanecer pensativo unos
instantes.
- Todo lo que pueda contarme -respondí al fin.
Ella me sonrió pues le gustaba que desease conocer tan en profundidad
a su adorada hermana. Organizó sus ideas y después decidió enfrentar mi
mirada que la observaba con atención.
- Susan es un amor. Como podrá haberse dado cuenta es la mujer más
hermosa de la familia aunque considero que mi hermana Leonor aumentará
de belleza en cuanto crezca pero por el momento estoy de acuerdo con el
rey. Susan es sin duda alguna una mujer alegre, vivaracha. Le encanta
divertirse, la música y el baile. Adora bailar. Cuando era más pequeña
se pasaba las noches bailando en sus aposentos durante los bailes que se
celebraban en palacio pues la música resonaba por todo el lugar.
También podrá haberse dado cuenta que es muy sociable. Con una sonrisa
conquista a todo hombre, mujer o niño que esté en su compañía. Su voz es
dulce y delicada como ella. Tiene unos gustos en literatura un tanto
sorprendentes. Le gustan tanto las novelas de amor clandestino que en
ocasiones mi madre ha pensado que tenía un pretendiente de esas
características en algún lugar -rió mientras todo su rostro se
iluminaba-. Pero no se preocupe por eso. Es una mujer muy decente pero
soñadora. En ocasiones enamoradiza pero ¿quién no sueña con encontrar el
amor?
- ¿Usted lo hace? ¿Sueña con encontrar el amor? -pregunté obviando
todo lo que antes me había comentado de su hermana pues francamente me
importaba poco.
Se sorprendió al escuchar que no había comentado absolutamente nada
que tuviese que ver con su hermana sino que le estaba preguntando por
ella.
- No. Yo no sueño con encontrar el amor -negó.
Continuamos caminando tomando un sendero que llegaba hasta el lago
que había cerca del lugar. Nos perdimos entre los árboles y notando como
el aire fresco inundaba nuestros pulmones. No me gustó su respuesta
pero sin duda era mucho mejor el que fuese una mujer difícil. Cuando la
hubiese conquistado me sentiría tan pletórico.
Escuché a lo lejos el sonido del agua mansa, tranquila. La brisa
comenzó a jugar con los cabellos oro de la mujer que estaba a mi lado y
el silencio invadía nuestra procesión. Fruncí mi ceño pensando en la
posibilidad de abordar de alguna manera el tema del amor de nuevo.
- ¿Por qué no? -pregunté al fin.
- ¿Por qué no? -repitió ella confusa.
- Porqué razón no sueña con encontrar el amor. Es algo inevitable.
Toda persona y más las mujeres sueñan con ello. ¿Acaso usted jamás se
dejó llevar por una obra literaria?
Conocía la respuesta al porqué ella no creía en el amor, en ese amor
que llegase a su vida y la salvase pero para ser exactos era Daniel
quien lo conocía. No yo. No William Byron.
- No creo que para mí exista nadie. Eso es todo -se limitó a responder.
Podía notar como se tensaba. No comprendía porque hacía tantas
preguntas sobre ella y ninguna más sobre su hermana. No quería ser
descortés y por eso no lo demostraba pero aquel comportamiento la estaba
perturbando y le resultaba muy incómodo. Le gustaba hablar de lo que
fuese pero no con alguien que era tan atractivo y que conocía de tan
poco. No sabía nada de mí y sabía que le había pasado lo mismo con mi
otro yo pero a pesar de eso tenía una ventaja en cuanto a Daniel. Estaba
segura en palacio. ¿Pensaba que yo la lastimaría? Ni osaba pensarlo.
Puede que más tarde al decirle que solo deseaba su cuerpo en la cama
pero no en este momento.
- ¿Le gusta el lago, alteza?
Decidí cambiar el rumbo de sus pensamientos y la solté de mi brazo
cuando llegamos a la orilla de aquella gran masa de agua. Sonrió con
amplitud y respiró profundamente una y otra vez mientras contemplaba la
serenidad del lago y yo la de su rostro.
- Antes ha comentado que a su hermana le gusta bailar -susurré-. ¿A usted también le gusta?
Se giró al escucharme y asintió ahora sin temor alguno. Acabé con la
distancia que había entre nuestros cuerpos y tomé su mano. Me incliné
con suavidad y besé sus nudillos mientras le hacía una reverencia.
- ¿Me concedería este baile, princesa? -pregunté con una sonrisa.
- Por supuesto -murmuró.
Posé su mano sobre mi hombro y con mi brazo rodeé su minúscula
cintura apretando su cuerpo cálido y suave contra el mío. Me miró
sorprendida pero después se relajó cuando comencé a balancear nuestros
cuerpos de un lado al otro. Su mente se perdió en una hermosa melodía,
en el claro de luna de Beethoven y sonreí al escuchar en su mente que
era perfecta para ese momento. Una obra que indicaba un amor inmenso,
eso quería que ella sintiese por mí. Amor, amor no correspondido pero
amor así podría entrar en su cuarto, entrar en su alma y no salir hasta
que de su boca se escapase una palabra que me indicase lo enamorada que
estaba de mí.
Aspiré el aroma de su cabello tan penetrante y que conseguía que
desease beber su sangre. Su pecho pegado al mío. Ella estaba serena, no
me temía ni estaba excitada como otras mujeres. Adoraba aquel latido
tan lento que estaba sumergido como ella en una melodía hermosa que
hacía mágico aquel instante en el que bailábamos tan solo siendo
observados por el lago, los árboles y algunos pájaros que habían cedido
guardar silencio en el instante que ella comenzó a tararear la melodía
con aquella voz que parecía de un ángel.
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