viernes, 30 de noviembre de 2012

Capítulo 1

Abrí los ojos en el instante que sonó la puerta de la casa. Suspiré. Sabía que sería mi madre junto a mi padre pues todos los días aparecían a la misma hora desde la partida de mi esposa para recordarme que los días seguían pasando aunque para mí todas las horas fuesen más que eternas.
Me levanté del suelo y caminé por el pasillo que conducía al recibidor donde estaba la puerta de entrada. Las paredes de tonos iluminadores ahora parecían oscuras y sin vida. En definitiva, mi mundo se había vuelto oscuridad con su ausencia.
Puse mi mano sobre la llave que colgaba de la cerradura y di las vueltas necesarias hacia la derecha para que así se pudiese abrir la puerta con un giro del picaporte.
En el instante abrí la puerta, la mirada cálida de mi madre se fijó en mí. Llevaba el cabello tan impecablemente peinado como todos los días, recogidos los mechones más cercanos a sus mejillas, tras sus orejas. El brillo de su melena al sol hacía que pareciese caramelo fundido. No me fijé en sus ropas sino que alcé mi mirada del rostro preocupado con forma de corazón de mi madre hasta el de mi padre de rasgos varoniles. Su cabello rubio y corto era la guinda perfecta para aquellas facciones que tenían perdidamente enamoradas a media población femenina del lugar.
Noté los delicados brazos de mi progenitora rodear mi cintura para darme un abrazo mientras el hombre que mantenía unida a toda la familia me dedicaba una sonrisa. Correspondí el abrazo y la sonrisa con una fugaz para después dejarles entrar en mi hogar.
Cerré la puerta mientras se sentaban en los sillones del salón en el que no había vuelto a entrar desde que se habían marchado el día anterior mis antecesores. Caminé hacia el sofá vacío para acomodarme entre los reposa-brazos.
- Hijo -comenzó mi madre-, ¿cómo estás?
- Bien -respondí con la voz un poco ronca por el nudo que sentía en mi garganta. Aclaré mi voz y repetí-. Bien.
- Debes confiar en nosotros, sabemos que no debes estar bien ahora que se ha marchado… -dijo mi padre.
- No digas su nombre -le interrumpí apretando mis ojos-, por favor.
En un segundo, noté como la delicada mano de mi madre tomaba la mía y suspiraba impotente pues detestaba verme de aquella manera sin poder hacer nada para remediarlo.
- No debéis preocuparos por mí. Estoy y estaré bien. Tan solo necesito tiempo a solas, nada más que eso -me levanté y caminé hacia la ventana observando el exterior.
Cuando había mirado el paisaje por última vez los árboles aún no habían florecido, pero ahora en cambio estaban todos frondosos y las hojas de un verde intenso, brillante.
- Lo siento mucho -dijo mi padre con un tono demasiado serio para lo que me hubiese gustado recibir en ese momento-. Tenemos que tomar medidas porque ya son dos semanas que continuas existiendo porque tu hija te necesita pero de no ser así, hacía tiempo que hubieses acudido en brazos de la muerte como años atrás cuando creíste a tu esposa muerta.
Me giré para responderle y alzando una mano me impidió mencionar una sola palabra hasta que no hubiese terminado.
- Estamos demasiado preocupados por ti y tu hija tiene suficiente con tener a uno de sus dos padres ausentes como para tenerte a ti también. Necesita tu fortaleza y al no encontrarla en ti decide pasar más tiempo en casa de sus tíos llorando la pobre como alma en pena. Ese no es el comportamiento de un padre responsable y no pienso permitir que sigas destrozando tanto tu vida como la de mi nieta por lo que tomamos una decisión que no admite un solo pero. Ya es tiempo que nos mudemos de ciudad. Este lugar te trae demasiados recuerdos y te impide abrir la puerta a nuevas vivencias y recuerdos en compañía de tus seres queridos porque te pasas el tiempo recluido entre esas cuatro paredes que se volvieron tu prisión. En unas horas esperamos que tengas todas tus maletas listas para que viajemos a Nueva York -concluyó.
Abrí mis ojos desmesuradamente y apreté mis manos hasta convertirlas en puños controlando un gruñido de indignación, frustración e ira. ¿Cómo podía pensar en que abandonase aquel lugar? Bella podría volver, ella podría regresar y devolverme la vida.
- ¡No! -contesté dispuesto a pelearme hasta con una catástrofe atmosférica para que no destruyese mis recuerdos ni aquel hogar.
- Edward, Bella no va a regresar. Se marchó sin decir adiós tan siquiera. Después de todo lo que hicimos por ella y tuvo la desfachatez de irse vete tú a saber donde con vete tú a saber quién.
- ¡Carlisle! -le regañó Esme y se acercó hasta mí tomando mi rostro entre sus manos intentando así que mi furia por las palabras de mi padre se calmase-. Hijo -susurró en un tono mucho más amable que el que había empleado con su marido-, si ella regresa lo sabremos antes de que aparezca y podrás volver para estrecharla entre tus brazos si es lo que deseas en ese momento pero mientras tanto, mereces vivir tu vida. Ser feliz algún día, volver a sonreír y aquí, invadido de recuerdos, preso de tu propia angustia no serás capaz.
Tomé las manos de Esme y las quité de mi rostro mientras notaba como mi pecho se desgarraba por dentro. Habían pronunciado su nombre, un nombre que durante ese tiempo jamás había vuelto a escuchar. Mi corazón muerto se volvía a desangrar y un grito de dolor amenazaba con salir de entre mis labios.
Mi madre puso su frente contra la mía mientras comenzaba a negar compulsivamente obsesionado con lo irme de aquella casa en la que habíamos pasado tanto tiempo felices, que también aquellas pareces habían visto peleas pero con sus respectivas reconciliaciones. Mis ojos me quemaban, querían llorar pero no les dejaba y el nudo de mi garganta se hacía mucho más grande impidiéndome tragar con facilidad ni tampoco respirar a pesar de que no lo necesitaba.
- Por favor -suplicó.
En ese instante su mente me mostró con claridad los hermosos ojos chocolate de mi hija llenos de lágrimas mientras los brazos de Rosalie y Emmett intentaban consolarle. Mis hermanos se miraban sin saber que hacer pues ellos también vivían la misma impotencia que mi hija y todos los miembros de mi familia con respecto a mí, pero Renesmee sufría por los dos. Ambos padres la habían abandonado cada uno a su manera. Una sin decir adiós y yo sumido en mi propia tristeza y amargura.
No sabía si Nueva York podría conseguir que estuviese más pendiente de mi hija y olvidase todo esto pero si lograba que ella no derramase una sola lágrima más no había mejor motivo para marcharse de aquel lugar que mataba lentamente cada ápice de alegría que quedaba en mi interior.
- Tendré mi equipaje listo -susurré con la voz rota y caminé sin despedirme de ellos hasta el interior de mi habitación para cumplir lo que les acababa de prometer.

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