Abrí los ojos en el instante que sonó la puerta de la casa. Suspiré.
Sabía que sería mi madre junto a mi padre pues todos los días aparecían a
la misma hora desde la partida de mi esposa para recordarme que los
días seguían pasando aunque para mí todas las horas fuesen más que
eternas.
Me levanté del suelo y caminé por el pasillo que conducía al
recibidor donde estaba la puerta de entrada. Las paredes de tonos
iluminadores ahora parecían oscuras y sin vida. En definitiva, mi mundo
se había vuelto oscuridad con su ausencia.
Puse mi mano sobre la llave que colgaba de la cerradura y di las
vueltas necesarias hacia la derecha para que así se pudiese abrir la
puerta con un giro del picaporte.
En el instante abrí la puerta, la mirada cálida de mi madre se fijó
en mí. Llevaba el cabello tan impecablemente peinado como todos los
días, recogidos los mechones más cercanos a sus mejillas, tras sus
orejas. El brillo de su melena al sol hacía que pareciese caramelo
fundido. No me fijé en sus ropas sino que alcé mi mirada del rostro
preocupado con forma de corazón de mi madre hasta el de mi padre de
rasgos varoniles. Su cabello rubio y corto era la guinda perfecta para
aquellas facciones que tenían perdidamente enamoradas a media población
femenina del lugar.
Noté los delicados brazos de mi progenitora rodear mi cintura para
darme un abrazo mientras el hombre que mantenía unida a toda la familia
me dedicaba una sonrisa. Correspondí el abrazo y la sonrisa con una
fugaz para después dejarles entrar en mi hogar.
Cerré la puerta mientras se sentaban en los sillones del salón en el
que no había vuelto a entrar desde que se habían marchado el día
anterior mis antecesores. Caminé hacia el sofá vacío para acomodarme
entre los reposa-brazos.
- Hijo -comenzó mi madre-, ¿cómo estás?
- Bien -respondí con la voz un poco ronca por el nudo que sentía en mi garganta. Aclaré mi voz y repetí-. Bien.
- Debes confiar en nosotros, sabemos que no debes estar bien ahora que se ha marchado… -dijo mi padre.
- No digas su nombre -le interrumpí apretando mis ojos-, por favor.
En un segundo, noté como la delicada mano de mi madre tomaba la mía y
suspiraba impotente pues detestaba verme de aquella manera sin poder
hacer nada para remediarlo.
- No debéis preocuparos por mí. Estoy y estaré bien. Tan solo
necesito tiempo a solas, nada más que eso -me levanté y caminé hacia la
ventana observando el exterior.
Cuando había mirado el paisaje por última vez los árboles aún no
habían florecido, pero ahora en cambio estaban todos frondosos y las
hojas de un verde intenso, brillante.
- Lo siento mucho -dijo mi padre con un tono demasiado serio para lo
que me hubiese gustado recibir en ese momento-. Tenemos que tomar
medidas porque ya son dos semanas que continuas existiendo porque tu
hija te necesita pero de no ser así, hacía tiempo que hubieses acudido
en brazos de la muerte como años atrás cuando creíste a tu esposa
muerta.
Me giré para responderle y alzando una mano me impidió mencionar una sola palabra hasta que no hubiese terminado.
- Estamos demasiado preocupados por ti y tu hija tiene suficiente con
tener a uno de sus dos padres ausentes como para tenerte a ti también.
Necesita tu fortaleza y al no encontrarla en ti decide pasar más tiempo
en casa de sus tíos llorando la pobre como alma en pena. Ese no es el
comportamiento de un padre responsable y no pienso permitir que sigas
destrozando tanto tu vida como la de mi nieta por lo que tomamos una
decisión que no admite un solo pero. Ya es tiempo que nos mudemos de
ciudad. Este lugar te trae demasiados recuerdos y te impide abrir la
puerta a nuevas vivencias y recuerdos en compañía de tus seres queridos
porque te pasas el tiempo recluido entre esas cuatro paredes que se
volvieron tu prisión. En unas horas esperamos que tengas todas tus
maletas listas para que viajemos a Nueva York -concluyó.
Abrí mis ojos desmesuradamente y apreté mis manos hasta convertirlas
en puños controlando un gruñido de indignación, frustración e ira. ¿Cómo
podía pensar en que abandonase aquel lugar? Bella podría volver, ella
podría regresar y devolverme la vida.
- ¡No! -contesté dispuesto a pelearme hasta con una catástrofe atmosférica para que no destruyese mis recuerdos ni aquel hogar.
- Edward, Bella no va a regresar. Se marchó sin decir adiós tan
siquiera. Después de todo lo que hicimos por ella y tuvo la desfachatez
de irse vete tú a saber donde con vete tú a saber quién.
- ¡Carlisle! -le regañó Esme y se acercó hasta mí tomando mi rostro
entre sus manos intentando así que mi furia por las palabras de mi padre
se calmase-. Hijo -susurró en un tono mucho más amable que el que había
empleado con su marido-, si ella regresa lo sabremos antes de que
aparezca y podrás volver para estrecharla entre tus brazos si es lo que
deseas en ese momento pero mientras tanto, mereces vivir tu vida. Ser
feliz algún día, volver a sonreír y aquí, invadido de recuerdos, preso
de tu propia angustia no serás capaz.
Tomé las manos de Esme y las quité de mi rostro mientras notaba como
mi pecho se desgarraba por dentro. Habían pronunciado su nombre, un
nombre que durante ese tiempo jamás había vuelto a escuchar. Mi corazón
muerto se volvía a desangrar y un grito de dolor amenazaba con salir de
entre mis labios.
Mi madre puso su frente contra la mía mientras comenzaba a negar
compulsivamente obsesionado con lo irme de aquella casa en la que
habíamos pasado tanto tiempo felices, que también aquellas pareces
habían visto peleas pero con sus respectivas reconciliaciones. Mis ojos
me quemaban, querían llorar pero no les dejaba y el nudo de mi garganta
se hacía mucho más grande impidiéndome tragar con facilidad ni tampoco
respirar a pesar de que no lo necesitaba.
- Por favor -suplicó.
En ese instante su mente me mostró con claridad los hermosos ojos
chocolate de mi hija llenos de lágrimas mientras los brazos de Rosalie y
Emmett intentaban consolarle. Mis hermanos se miraban sin saber que
hacer pues ellos también vivían la misma impotencia que mi hija y todos
los miembros de mi familia con respecto a mí, pero Renesmee sufría por
los dos. Ambos padres la habían abandonado cada uno a su manera. Una sin
decir adiós y yo sumido en mi propia tristeza y amargura.
No sabía si Nueva York podría conseguir que estuviese más pendiente
de mi hija y olvidase todo esto pero si lograba que ella no derramase
una sola lágrima más no había mejor motivo para marcharse de aquel lugar
que mataba lentamente cada ápice de alegría que quedaba en mi interior.
- Tendré mi equipaje listo -susurré con la voz rota y caminé sin
despedirme de ellos hasta el interior de mi habitación para cumplir lo
que les acababa de prometer.
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