La Gran Manzana lucía resplandeciente mientras el coche se acercaba a
toda velocidad serpenteando por las carreteras hasta llegar a ese
destino en el que los rascacielos gobernaban el firmamento. Las nubes
recorrían aquel cielo como si el viento no hubiese desaparecido.
Apoyé mi sien en el cristal diciendo una vez más adiós a aquella vida
que abandonaba en Forks. Aquel amor que me consumió para dejarme ahora
viviendo sin vivir, observando a mi alrededor sin percatarme de los
detalles pues para mí había perdido belleza todo lo que pudiese existir.
Hacía medio camino que mi hija Renesmee dormía con su cabeza reposada
en mis piernas. Mi mano le ofrecía una caricia cansina en sus cabellos
del mismo color que los míos. Todo aquello lo hacía por ella, porque
pudiese tener una vida mejor. Además no teníamos que preocuparnos de
Jacob, el amigo inseparable de mi hija, pues allí estaba, en el mismo
coche que conducía mi padre. Tenía sobre sus piernas los pies de mi
pequeña.
- Pensé que deberíamos llamarte para que te pensases un posible viaje -comencé la conversación.
El joven musculoso que antes había sido mi enemigo acérrimo ahora era
la persona en la que más confianza tenía depositada a la hora de cuidar
a mi hija. Su vida dependía de ella pues estaba imprimado de mi
pequeña. Era un sacrificio que no me había resultado muy agradable pero a
fin de cuentas ¿alguien podía frenar a la naturaleza de seres como
nosotros?
- ¿No se te ocurrió darle al coco Cullen? -bromeó-. Sabes que no puedo separarme de Nessie.
- Lo sé pero por lo menos un tiempo para hacer las maletas te
concedía. Ni tan siquiera eso -alcé una ceja añadiendo en tono un poco
burlón-, ¿acaso el género lobuno tiene ahora otras cualidades que
desconocemos?
- Ya nos gustaría leer mentes como ese endemoniado don tuyo -movió
los hombros-. Renesmee habló conmigo por teléfono y me contó la idea.
Estaba muy entusiasmada aunque un poco triste. Supongo que ya lo
imaginas, tener que dejar a un lado todos los recuerdos de tu infancia
no es algo fácil. Pensé que le costaría separarse de sus compañeros de
clase pero no tiene especial aprecio a ninguno. Me dijo que pretendía
convencerte para que pudiese ir con vosotros o al menos que os visitase
los fines de semana -rió-. Siempre tan ingenua y adorable. Aún no
comprende que si estoy a su lado es porque quiero y no porque alguno de
vosotros me obliga.
Carlisle alzó sus cejas divertido mirando por el espejo retrovisor y
después me dedicó una mirada fugaz. Había decidido guardar mi don
durante el viaje no quería invadir su intimidad aunque me resultase en
ocasiones imposible no hacerlo.
- ¿No eres tú mismo el que te obligas a ello? Que yo sepa no hay
manera alguna de que la imprimación esa que dices sea probada
científicamente -bromeó rompiendo a reír.
- ¡Carlisle! -le reprendió Esme mientras dedicaba a Jacob una mirada de disculpa y una sonrisa más que encantadora.
- No se preocupe -negó y rió por el comentario de Carlisle-. ¿Cree
acaso que pasaría mi tiempo entre chup… vampiros -se corrigió a si mismo
sobre la marcha- de no ser así?
- ¡Bien dicho! -halagó mi madre al lobo.
Desde hacía tiempo todos sabíamos que Esme era encantadora pero
cualquiera se daría cuenta al ver como trataba ahora a Jacob. Para ella
era como un hijo más. Siempre le preparaba montones de comidas para que
saciase su apetito tras sus guardias o simples trayectos a pie.
Toda mi familia se había visto afectada por la decisión que había
tomado al acercarme a Bella por primera vez. Huidas, regresos,
autocontrol… Había revelado nuestro secreto a una simple humana que
podía haberlo contado a tantas personas como hubiese querido y ser
nosotros perseguidos hasta la saciedad.
Fruncí mi ceño recordando todo lo que ellos habían hecho por mí y
como todo había resultado. La persona que había trastocado todo mi mundo
había huido de mi lado para quizá no volver jamás. Pude imaginar sus
ojos chocolate contemplándome en ese momento como lo habían hecho
durante tantas horas que permanecimos juntos en nuestro intenso
enamoramiento.
- ¡Ey! -posó su mano cálida, hirviendo Jacob sobre mi hombro- ¿Estás bien? Te pusiste más paliducho de lo que normalmente estás.
- Sí, estoy bien. Gracias -le sonreí levemente.
No era cierto pero no tenía que agobiar más a todos con mis problemas
ya que mi cuerpo estaba sumido en una completa y absoluta desesperación
por mantenerme cuerdo en aquel intenso dolor que embriagaba cada poro
de mi ser.
Nueva York estaba cada vez más cerca y era capaz de escuchar el
atronador ruido del tráfico en hora punta. La contaminación era mucho
mayor que la de Forks pues era un pueblo muy pequeño. Nos sería difícil
soportar mucho en aquella ciudad pero sabía que no teníamos más remedio
que acudir allí. Por lo visto tenían que visitar a alguien que nos haría
posible en como mucho dos meses encontrarnos un nuevo destino, trabajo
para los que deseasen trabajar y hacer las matrículas para volver a
estudiar a los que así lo quisieran. Alice se encargaría de enseñar a mi
hija el resto de su temario excepto las ciencias de las que me
encargaría personalmente.
Bajé mi mirada hasta el rostro tranquilo de mi pequeña la cual
suspiraba levemente mientras soñaba con el rostro de su madre. Me
incliné hacia ella y deposité un beso en su frente.
- Siempre te cuidará esté donde quiera que esté… -susurré.
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