Largos cabellos rubios enredados entre mis dedos. Gemidos agónicos mientras descubre el placer… ¡Oh, Helen! ¿Qué me has hecho?
Abrí mis ojos mientras escuchaba el sonido de la puerta. Había
permanecido el resto de la noche sumido en mis pensamientos. ¿Cuando
sería capaz de volver a ver a Helen? Tenía que reunir valor para
enfrentarme a aquel sonido que me hacía sentir increíblemente
vulnerable. Helen, Helen, Helen… Todos mis pensamientos siempre iban
dedicados a aquella mujer. Quería enseñarle todo lo prohibido y quería
saber también más sobre su estilo de vida.
Al amanecer tendría que estar en palacio pues si no podría perder mi
puesto y la oportunidad de estar más cerca de la joven que sabía como
mantenerme en aquel mundo de fantasías pervertidas.
Me erguí en mi asiento al escuchar de nuevo la puerta y pasé una mano
por mi cabello notándome al borde de la locura. Tenía que volver a
verla.
- ¡Pase! -grité en tono autoritario sin importarme la hora.
Poope abrió la puerta y entró. Vi su rostro enrojecido seguramente
por la carrera de alguna imprevisto y por haber tenido que ponerse el
traje deprisa y corriendo. Fruncí mi ceño por su aspecto pues no me
gustaba que se presentasen ante mí con esas pintas. Mi mirada era
claramente reprobatoria. Mi mayordomo avergonzado bajó la mirada a modo
de disculpa y después volvió a alzarla.
- Señor, han traído un paquete para usted.
Alcé una ceja y con un gesto de la mano indiqué que lo trajera. Él
caminó hacia el pasillo y dio unas órdenes. Un hombre alto, corpulento,
de ojos intensos y pelo oscuro me miraba mientras llevaba entre sus
brazos una caja tan grande que era más que obvio que no era una fuerza
muy normal la de ese joven. Podía llevarlo todo sin esfuerzo alguno.
Dejó la caja y tras hacer una inclinación de cabeza se marchó. Poope hizo lo propio y después cerró la puerta tras él.
Me concentré en cualquier sonido que procediese de aquel paquete pero
en su lugar solo podía recibir silencio. Tamborileé con los dedos sobre
la madera de mi escritorio pensando si debía o no acercarme. La
desconfianza me superaba.
No seas idiota Daniel. Si hubiera querido matarte ya lo habría hecho, créeme.
Aquella voz irritante siempre pendiente de todo lo que pensaba y
hacía como si me estuviese espiando desde algún lugar pero teniendo
conexión directa con mi cerebro.
Puse mis dedos sobre mis labios mientras analizaba la caja de madera
que permanecía sobre el suelo de mi despacho. Lentamente fui acercándome
y con facilidad arranqué la tapa para encontrarme con un montón de
libros y pergaminos junto a una bolsa de tela negra. Fruncí el ceño sin
comprender. ¿Esto era lo que me había mandado? ¿Tenía tanto que leer?
Resoplé mientras tomaba alguno de aquellos tomos entre mis manos. Los
libros estaban cubiertos por una piel suave y muy cara. Era una delicia
poder tocarlos. Deslicé mis dedos por las costuras de la tapa y después
lo abrí pasando varias páginas. Estaban escritos, no pasados por la
imprenta. La letra era muy cuidada y bastante elegante. Un trazo
exquisito en aquellas hojas.
Me senté de nuevo en la butaca en la que había permanecido las horas
restantes. Observé detenidamente las hojas que tenía frente a mí. Las
fechas que había en la parte superior derecha me indicaba que aquellos
fragmentos escritos eran antiquísimos. La primera fecha eran del año 500
d.C.
Alin Tadeus Von Launster, hijo de Nathalie y Martin Von
Launster. Nacido el 23 de Febrero de 476 d.C falleció el 15 de enero de
500 d.C por una enfermedad desconocida…
Nadie pensaría que escribiría un texto con las primeras líneas
que incluyesen la fecha de su defunción. Es un soleado día de agosto del
mismo año en el que me dieron por muerto. Un año en el que tuve que
aprender que el destino no está siempre escrito y que no todo lo que
parece es lo que podemos considerar razonable. Para ser exactos ¿quién
imaginaría poder asistir a su propio funeral sin estar metido en una
caja de madera?
Alin Tadeus Von Launster era el que escribía aquel diario. Vaya,
debía ser uno de los primeros monstruos. Todo desde el año 50o. ¿Podría
eso significar que llevaba 13 siglos viviendo como un inmortal? ¿Era una
criatura de la noche también?
Tendría que seguir leyendo durante mucho tiempo. Abrí otro de los
libros pudiendo comprobar que había comenzado a ser escrito dos siglos
después del que tenía entre mis manos. Todos eran diarios, puede que sus
anotaciones me ayudasen a comprender mis dudas sobre esta nueva
naturaleza. Conocía algunas habilidades pero seguro que durante tantos
siglos él habría perfeccionado las artes.
La vida está llena de oportunidades para la gente poderosa. La
frase favorita de mi padre. Apenas descansaba en casa cuando era un niño
pues estaba demasiado ocupado con sus asuntos de guerra. Mi misión en
la vida: seguir sus pasos. Estaba realmente ansioso por ello. Mi
musculatura era una ventaja a la hora de la lucha. Pasaba la mayor parte
del tiempo entrenando para ser igual de buen espadachín que mi
progenitor.
Un joven ajeno a lo que estaba sucediendo en todo el reino. Todos
los jóvenes deseaban ir de bacanal en bacanal mientras que yo estaba
obligado a pasar el tiempo bajo el estricto entrenamiento de mi abuelo.
Una vez él hubo fallecido mi tío ocupó su lugar.
El Gran Imperio Romano. Parece mentira escribir sobre eso ahora
mismo. El declive era algo que había escuchado a lo lejos pero jamás
había comprobado. Ese inmenso imperio cayó y nos quedamos completamente
solos. Nos habíamos dividido en dos y al menos nosotros habíamos
sobrevivido.
Aún recuerdo lo ocurrido como si hubiese sido ayer, mi primera y última batalla como humano…
Mi padre entró corriendo en la casa, sin aliento y blandiendo su
espada. Mi madre se asustó mientras observaba como uno de los ojos de mi
padre estaba morado. Negó rápidamente ante las constantes preguntas de
ella pero no le hacía caso. Me tiró la espada y mirándome fijamente supe
que había llegado el momento de la batalla. ¡Al fin! pensé, ahora
entiendo lo equivocado que estaba.
Chillidos por todas partes. Las mujeres intentaban esconderse
mientras que los hombres hacían lo posible por detener su avance.
Escuché el grito de mi padre que me indicaba que debía subir al caballo y
eso hice. Mi corcel parecía asustado pero la adrenalina se había
apoderado de mis pensamientos, mis movimientos y de la poca lógica que
tenía. Debía haber huido pero hice lo que mi padre me pedía, ir al
frente, hasta la batalla.
Cabalgábamos al galope. No nos importaba la seguridad de nuestros
caballos ni todo lo que iban pisando. Debí percatarme que bajo las
herraduras de mi montura el lugar estaba lleno de cuerpos heridos o sin
vida.
Pude ver al ejército invasor. Sus cascos relucientes, su armadura
perfecta y todos vestidos en unos tonos oscuros. Agarré con fuerza el
mango de mi espada y derribé a uno de mis enemigos perforando su
estómago con la afilada hoja de mi arma. La sangre salpicó en lo que a
mí me pareció una velocidad demasiado lenta y después se quedaron sus
ojos inmóviles mientras se caía del caballo. Jamás podré olvidar su
expresión. Aquel era el primer hombre al que mataba. Me sentí poderoso,
increíblemente poderoso.
Me armé de valor y seguí matando a todos los jinetes que osaban
acercarse. A mi mente venían todas las lecciones que había tenido de mi
abuelo y mi tío por lo que recordaba a la perfección todo lo que debía
hacer para matarles antes de resultar ni tan siquiera herido, es más, no
debemos permitir que mueva su espada en tu contra.
Me volví despiadado mientras la hoja del metal se hundía en todas
las carnes existentes. Sonreía mientras veía como los hombres morían y
fue entonces cuando un golpe en mi abdomen hizo que cayese contra el
suelo rodeado de sangrientos cadáveres.
Noté como no podía respirar por el enorme dolor que gobernaba mi
pecho. Me habían dado el golpe sobre las costillas. Cerré mis ojos
mientras intentaba respirar profundamente sin éxito. Busqué algo para
despertarme y después abriendo mis ojos encontré unos de un rojo
intenso. El rostro más hermoso del mundo me contemplaba mientras se
relamía los labios. Puso sus manos sobre mi ropa y corrió conmigo lejos
como si no pesase nada.
Me dejó sobre el césped. Después pude notar como me observaba con
un brillo muy diferente al que hubiese visto en los ojos de ninguna
otra mujer. Su belleza era inigualable y sabía que debía ser un ángel.
Se inclinó sobre mí y me besó apasionadamente hasta dejarme sin aliento.
Acto seguido abrió sus labios sobre mi cuello y noté como me desgarraba
la carne.
Pensé que moriría por el doloroso final que se acercaba pero ella
se irguió y me susurró algo en un idioma extraño mientras relamía sus
labios limpiándose mi sangre.
¿Era necesario que leyese toda la historia de este hombre? Quizá
podría saltarme algunas páginas pues no me interesaba saber que había
pasado con él en todos los diarios, solamente lo que para mí era
relevante. Fruncí mi ceño cuando escuché a alguien chascar la lengua y
supe que era esa voz tan irritante. Está bien, haría las cosas como el
quisiese pues aún quedaban unas pocas horas para el amanecer.
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