Entré en su hogar. Me recibió una elegante cocina con una isleta en
el medio. Era la típica cocina americana en la forma pero el diseño era
exclusivo. Mármol blanco pulido hacía las veces de encimera y los
armarios, a varias alturas estaban acabados en un barniz marrón.
Me giré sobre mis talones y la miré fijamente. En ese instante me
percaté de que llevaba una sudadera larga que tapaba su cintura pero
dejaba ver sus hermosas piernas. Me costó tragar en ese momento y por
poco se me olvida reprenderla pero lo hice.
- ¿Sabes que no deberías dejar entrar a extraños?
Ella me miró estupefacta y después rió suavemente tapando su boca con
una de las mangas de su sudadera. Negó levemente y caminó hasta el
microondas en el instante que sonó la alarma.
- No tienes que preocuparte -murmuró-. No dejo entrar a cualquiera a
mi casa. Pero me gusta ayudar -se encogió de hombros-. Y tú pareces tan
afligido…
- ¿Afligido? ¿Cómo puedes saber cómo me siento? -pregunté curioso.
- Se nota en tu mirada.
Alzó sus ojos azules hasta mí de nuevo mientras dejaba la taza de
leche que se había calentado dejándola entre sus manos. Sus dedos tan
finos y con una manicura completamente cuidada se deslizaron sobre la
porcelana y mordió su labio inferior pensativa.
- ¿Te molesta que sepa como te sientes? Puede que está confundida,
quizá es tu manera de ser y me estoy columpiando sobre una hipótesis sin
deber -suspiró y bajó su mirada hasta el líquido humeante.
- ¡Oh, no! Bueno… más que estar afligido en este instante no sé como me siento -confesé.
Caminé hasta una de las butacas que estaba sobre la barra americana
de desayuno que tenía en la cocina. Ella hizo un gesto con la mano
invitándome a sentarme y acepté.
- ¿Puedo al menos saber tu nombre? -preguntó y arrugó suavemente su nariz.
Sonreí al ver ese gesto. Se veía realmente adorable y en ese momento
me sorprendí pensando en las ganas que tenía de dar un besito a aquella
irresistible naricita arrugada.
- Me llamo Edward Cullen -respondí.
- Encantada, Edward. Un nombre poco común -sonrió ampliamente-. Mi nombre es Reese Brooks.
- La muñequita de América ganadora de un óscar.
Me miró perpleja y después sus mejillas se encendieron por completo.
Su corazón se aceleró y pude leer a la perfección en su mente que el
comentario de muñequita era lo que más le había alterado. Seguramente si
pudiese sonrojarme lo estaría en ese instante por mi metedura de pata.
- No sé si soy la “muñequita” de América -dijo mientras moví sus
hombros-. Pero sí gané un óscar. Tan solo te pido que no me trates
diferente por ello. Pensaba que tú desconocías quién era por tu reacción
antes pero en fin… La fama siempre te precede ¿no?
Rió de esa manera tan entrañable y después se inclinó ligeramente
hacia mí colocando sus codos sobre la isleta de la cocina. Sus inmensos
ojos azules me escudriñaron un segundo mientras yo me perdía en sus
pensamientos en los que intentaba ver de qué manera podía intentar
ayudarme a pesar de aún no haberle dicho mi problema.
- ¿Prefieres que te cuente mi adversidad? -susurré.
- Creo que ayudaría mucho -rió ella visiblemente divertida debido a su despiste.
- Quiero saber qué eres… -siseé.
- ¿Qué soy? -dio un respingo visiblemente sorprendida.
- Sí, ¿qué clase de criatura eres?
- ¿Criatura? -frunció el ceño mientras comenzaba a enfadarse.
“¿Acaso me está llamando animal?” Sus dedos se crisparon con lentitud sobre la taza y yo negué automáticamente.
- No, no es eso… No eres un animal. No para mí.
- ¿Entonces? ¿A qué te refieres?
¡Oh, Dios Santo! ¿Qué me estaba ocurriendo? Quería que dejase de
estar enfadada mientras la abrazaba con todas mis fuerzas y la protegía
entre mis brazos.
- Me refería a que… -apreté mis manos sobre mis muslos- Desde la
primera vez que te vi, tu aroma tiene un efecto tan curativo. Desprendes
paz. Eres como una luz entre las sombras.
Su sonrojo recorrió cada centímetro de su rostro hasta abarcarlo por
completo. Esa vez no pude resistir mi impulso y mis dedos se deslizaron
por la curva de su mejilla. Ella no se sorprendió ni de mi rapidez ni
del frío de mi cuerpo como la primera vez que nos habíamos visto.
- No sé porqué tengo ese efecto en ti -murmuró-. Pero sé lo que eres y
yo no soy ninguna criatura. Soy humana. Mi hermano es como tú. Una de
esas almas atormentadas frustradas por el hecho de vivir una vida que no
desean. Una vida que les fue impuesta.
- ¿Sabes lo que soy?
- Por supuesto.
- ¿En qué te basas para decir algo así? Te sorprenderías -negué separándome de ella.
- Eres tan rápido que no existe animal que pueda alcanzarte. El coche
es poco, la distancia que puedes recorrer sin cansarte es tan extensa
que tan solo se reduce vuestra velocidad cuando vuestra sed aumenta.
Vuestro instinto depredador os precede. Os gusta la caza, bien sea de
animales o de humanos. La sed se sangre recorre vuestra garganta hasta
que se instala como un ardor insoportable si tenéis un olor
excesivamente tentador al lado. Cualquier momento en el que dejéis de
estar alerta vuestro autocontrol puede fallaros y que el cuello más
cercano a vosotros resulte perforado por vuestros fuertes colmillos
hechos para desgarrar carne y perforar músculos. Sois tan fuertes que ni
tan siquiera el metal más pesado podría haceros ni el más mínimo daño y
a pesar de las creencias el ajo no es más que un condimento más para
vosotros…
Alcé mi mano y la paré. Estaba claro que conocía mi secreto. Aspiré
apesadumbrado. No podía saber lo que éramos porque eso ponía en riesgo a
nuestra familia pero había dicho que su hermano también lo era. Sus
ojos centelleaban por la emoción contenida del momento. Pensaba que su
hermano era el único que existía de nuestra especie pero obviamente
sabía que alguien había tenido que convertirle.
- ¿Qué crees que soy? -pregunté entre dientes notando que tenía la mandíbula apretada.
- Un vampiro -sonrió suficiente sabiendo de sobra que había acertado en su deducción.
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