Los rayos del sol habían comenzando a entrar en su cuarto por el gran
ventanal. Llevaba varias horas sin moverse. Su rostro indicaba lo
maravilloso que era soñar.
- Humanos -susurré mientras sentía como mis pupilas se iban contrayendo para acostumbrarse a la luz.
Caminé por la habitación de la joven observando cada uno de los
objetos que allí estaban. Le gustaba la lectura. Sus favoritos no eran
nada más que basura pero a pesar de ello parecía culta.
Cientos de partituras adornaban el pequeño escritorio que sus padres
habrían puesto allí para las clases particulares que daban las damas.
Una joven de bien siempre debe educarse en todas las artes, algo que me
parecía sumamente absurdo pues todas terminaban como esclavas en sus
casas.
Cerré los ojos y pude recordar lo ocurrido aquella noche. Había
matado a una mujer, había seguido cual psicópata a otra y tras ello
había decidido entrar en la casa de los Gallagher a escondidas para
observar como la joven poco agraciada dormía.
Aquello no tenía sentido pero era el único lugar cercano en el que podía pensar sobre el extraño suceso en palacio.
No era posible que hubiese llegado tan rápido a su habitación ni
tampoco que hubiese sido tan descortés cuando era la persona más amable
del reino según todos decían.
Cerré mis ojos mientras me acomodaba en el sofá de lectura de la
joven. Imaginé el rostro perfecto, los labios rojos y su mirada
profunda. Aquella rubia me tenía delirando por su cuerpo como ninguna
otra mujer antes.
Escuché un ruido pero no le dí importancia mientras me recreaba en la
parte superior de los senos que se podía ver por su vestido. No mucho,
solo lo pudorosamente correcto pero lo suficiente para despertar el
deseo de querer conocerlos por completo.
- Mmm… princesa -murmuré y mordí mi labio inferior.
El deseo de abarcarlos en mis manos era tal que empezaba a sentir un
cosquilleo en mis palmas mientras mi imaginación se disparaba. La sed
gobernaba mi garganta como si cientos de cuchillos al rojo vivo se
clavasen en sus paredes. Quemaba pero ese incontrolable picor se volvía
adictivo.
Abrí mis ojos mientras me encontraba con los de la dueña de la sala.
¿Cuánto tiempo llevaría despierta? No me importó, me gustaba jugar y lo
haría.
- Buenos días, bella dama. ¿Ha dormido usted bien? -siseé de la manera más seductora como si desease domar a una serpiente.
- Bue.. buenos días -titubeó y se apresuró a taparse acordándose del decoro-. ¿Qué hace aquí?
- ¡Oh, mi buena señorita! ¿En realidad piensa que estoy aquí? Me temo
asegurarle que no soy más que un producto de sus más fervientes
fantasías.
Me desabroché la pajarita que llevaba dejando que a ambos lados de mi
cuello se quedase la tela de cada extremo. El primer botón de mi camisa
quedó así libre al contacto con mis dedos que hábilmente lo libraron de
la cárcel que su correspondiente ojal alrededor de él.
- ¿Fantasías? -preguntó incrédula o quizá le costaba asimilar mis palabras al estar recién despierta.
- Así es, mi joven ama. Verá -sonreí ampliamente extasiado de orgullo
por tener entre mis manos un nuevo juego-. Esta noche nos hemos visto
en el baile real. Nuestras miradas se han encontrado y usted ha quedado
prendada. Desea cada poro de mi piel y también que a mí me ocurra lo
mismo. Ansía beber de mi boca como espera que en mí suceda lo mismo
pero aquí tiene una ventaja. ¿No ve cuál es?
Ammber negó muchas veces con la cabeza mientras estudiaba su
reacción. Estaba comenzando a creerme y sus ojos ya no estaban
entrecerrados como en un principio pero tampoco había señales del pánico
que habían tenido cuando noté como me miraba después de haber dejado a
un lado mi fantasía con Helen.
La tela que cubría su cuerpo comenzaba a caerse recorriéndolo pues mi
mentira, mi manipulación comenzaba a surtir efecto. Las manos no
estaban en señal de ataque sino que mucho más relajadas.
Dejé el bastón en el suelo sobre la alfombra en la que estaba situado el sillón de lectura y me dispuse a seguir relatando.
- Al ser yo en este instante su fantasía usted tiene la posibilidad
de hacer lo que más desee. Tan solo debe decirlo y yo lo cumpliré. Usted
es la ama, la dueña de su subconsciente y la única capaz de hacer que
yo me mueva para marcharme o que ese mito lo disfrute entre las sábanas.
En ese momento mis ojos se fijaron más en ella, en cada movimiento y
mi expresión indicaba que sucumbiese. Me sentía igual que demonio
convenciendo a alguien de que hiciese algo malo. ¿Pero realmente era tan
horrible llevarla a las puertas del paraíso que se nos mostraba cuando
el placer se apoderaba de nuestros cuerpos?
Ammber se incorporó y vi que su cuerpo tan solo estaba cubierto por
un ligero camisón. No parecía tener malas proporciones y con su cabello
suelto lucía mucho más atractiva que con él recogido pero aún así
comparada con mi belleza rubia se quedaba escasa.
No sabía qué hacer. Permanecía mirándome intentando comprender cuál
era la fantasía que le estaba regalando. Quizá era demasiado noble como
para entender los instintos animales que se me habían agudizado con mi
nueva naturaleza. ¿En verdad era tan pura que jamás había escuchado
hablar del sexo? ¿No había leído sobre como nacían los bebés?
- Dime a quién desea -susurró con un hilo de voz.
- A vos, mi hermosa dama -sonreí mintiéndola.
- ¿Por qué… -comenzó a preguntar pero después hizo una pausa- por qué
no dejó de mirar ni un solo instante a la princesa Helen? Es a ella a
quién desea. ¡Admítalo!
Me quedé sorprendido por su razonamiento y porque hubiese sido tan
obvio durante el baile aquella obsesión que tenía por su majestad.
- Si eso desea que diga, lo diré -sonreí ocultando mi nerviosismo esperando no ser descubierto.
- No, no lo diga -murmuró y bajó su mirada.
Me levanté y me apresuré a tomar sus manos mientras las besaba. Fingí
devoción por ella cuando en mi mente eran otros dedos los entrelazados
con los míos.
- ¡Oh, mi ama! No se ponga triste. No llore pues es a usted a quién
deseo con todo mi corazón -murmuré- Déjeme demostrárselo. Le enseñaré lo
que es el verdadero deseo, la única pasión prohibida pero por todos
ansiada. Deme la oportunidad, ama mía.
Sus ojos se posaron de nuevo en los míos y los cerró acercando su
rostro lentamente al mío. Tan lento que sabía que si continuaba mucho
más aquel momento romántico insoportable me iría de allí para buscar los
cariños de una cortesana.
Tomé el rostro de mi víctima intentando no ser rudo y besé sus labios
mientras mantenía mis ojos abiertos. Tras el beso sentía como se
estremecía por completo.
- ¡Oh, ama! Sus labios son tan delicados…
- ¡William, ámeme, ámeme William! -suplicó-. Haga lo que quiera conmigo.
Sonreí al escuchar sus últimas palabras y mientras bajaba mis besos
por su cuello abrí mi boca, tapé la suya y clavé mis colmillos en su
piel notando rápidamente el estallido de sangre en mi garganta.
Bebí bastante pero me controlé para dejarla con vida. Necesitaba
mantenerla a salvo como mi esclava y estando enamorada eran mucho más
dóciles. Lamí la herida de manera que se cicatrizó con mi saliva y me
separé de ella dejándola acostada en la cama.
- Duerma pues esta no será la última noche que perturbe sus sueños.
Abrí la puerta y desaparecí de allí antes de que el servicio se despertase.
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