Noté un brazo gélido aprisionando mi espalda contra una dura piedra
mientras una mano agarraba mis cabellos y tiraba de mi cabeza haciendo
perfectamente accesible mi yugular. Sobre ella podía sentir un invernal
aliento mientras el mismísimo fuego de las profundidades del infierno se
hacía paso por mis venas.
Intenté gritar de nuevo pero me fue imposible. Fuera lo que fuese lo
que me estaba sucediendo me estaba como succionando la vida.
Mis ojos estaban como platos fijos en la soberana luna que contemplaba toda la escena sin pedir auxilio de ningún tipo.
Hice fuerzas para deshacerme de aquel abrazo clandestino que me
estaba dejando sin fuerzas. Me mareaba mientras aquel intenso ardor se
había quedado quieto como si no tuviese ya ningún lugar por donde
recorrer. Ya no se iba avivando sino que se apagaba poco a poco a medida
que me iba quedando sin respiración y los latidos de mi corazón iban a
menos.
Me estaba muriendo. Lo sabía. En mi mente lo único que se había
dibujado eran los ojos de aquella hermosa doncella que por un instante
me habían mostrado el paraíso.
En el fondo quizá me merecía aquella horrible muerte porque mis
planes habían sido destruir la vida de un ser puro e inocente como
ninguno de los que antes había encontrado.
- ¡Eh, tú! -gritaron a mi espalda y aquella criatura que gruñía sobre
mi cuello giró rápidamente su cabeza para mirar sobre su hombro.
Cuando los pasos se acercaron pude sentir como la presión que
mantenía mi cuerpo aún en pie desaparecía. No tenía ni una pizca de
fuerza con la que poder mantenerme erguido por lo que me desplomé sobre
el suelo mientras mis ojos buscaban quien había sido mi agresor.
Vislumbré a los ojos una figura con capa negra que desaparecía a la
velocidad del rayo mientras dejaba allí a su presa. ¿Qué me podía haber
hecho? ¿Me había succionado la vida? Por aquel entonces cientos de
rumores corrían por el poblado de mi y un criaturas que acechaban en la
noche para matar a todo hombre, mujer o niño que no estuviese a salvo.
Intenté moverme pero sin éxito alguno. Mi cuerpo estaba rígido por
completo y de mi boca no salían sonidos que pudiesen indicar a los allí
presentes como me encontraba.
Podía aún seguir consciente pero desconocía por cuanto tiempo. El
dolor iba en aumento. Mi sangre hirviendo se iba abriendo paso por mis
venas como si estuviese mezclada con puro ácido. Noté como de mi frente
comenzaba a salir sudor mientras intentaba gritar.
Aquel dolor era increíblemente insoportable. Sentí como cada
centímetro de mi cuerpo iba siendo devorado por aquella mezcla explosiva
que lo derretía. Tenía fiebre, fiebre alta y un volcán en mi interior.
Si hubiese podido abrir mis labios sabía que de mi interior saldría puro
humo negro. Me estaba calcinando internamente.
Miré asustado a mi alrededor mientras notaba como las venas de mi
cuello se volvían más gruesas y mi cuello se quedaba completamente duro.
No podía moverlo ni un solo ápice y notaba una intensa opresión en mi
pecho. Mi cuello comenzaba a hincharse o al menos era la sensación que
tenía porque se me hacía más complicado cada vez ser capaz de respirar.
Todo a mi alrededor me daba vueltas pero aquel intenso dolor me impedía desmayarme. ¿Cómo podía existir una muerte tan horrible?
- Ha sido atacado por la bestia -dijo uno de los hombres que estaban mirándome.
- Deberíamos llevarle a algún lugar para ver si pueden cuidarlo -concluyó un hombre que comenzaba a tomarme de los brazos.
- Pero que lo lleven lejos de aquí -bramó otro-. Ha sido atacado por el diablo. No sabemos lo que puede sucederle.
- ¡Ayudadme! -ordenó el único que parecía preocupado por mí.
Pude notar como me llevaban en volandas. Me habían agarrado por
debajo de las axilas y por mis tobillos. ¿Cómo podían ser tan bruscos
llevando a un malherido? Sentía como si tuviesen una fuerza
extraordinaria y mis huesos los estuviesen rompiendo aún siendo eso
imposible.
A lo lejos pude escuchar el ruido de los cascos que indicaba que un carruaje se estaba acercando.
Mi respiración cada vez era más lenta. Intentaba llenar mis pulmones
por completo pero parecían tan pequeños que ni tan siquiera podían
mantener en su interior un litro de oxígeno.
Veía como pequeños fogonazos mientras mi corazón latía cada vez más
acelerado por el infernal calor que estaba llegando a él. Sabía que en
instante que aquella sangre hirviendo entrase en mi corazón este no
volvería a reaccionar.
- ¡Disculpe! -gritaron a la altura de mi cabeza.
- ¿Sí? -contestó una voz rasposa.
- Necesitamos que lleve a este caballero con las monjas. Está mal herido -respondieron a la altura de mis piernas.
- Póngalo detrás con el ganado -replicó el otro.
Noté la fría madera contra mi cuerpo y como nos poníamos en marcha.
Ya nadie estaba a mi lado y en mi mente aún seguían aquellos preciosos
pero tortuosos ojos azules. Iba a morir y en unos segundos.
Pedí a mi cerebro que moviese mis labios para susurrar un perdón por
todo el daño que hubiese causado. Redimirse era la última esperanza de
un moribundo.
Mis ojos se cerraron en el instante que el dolor me penetraba los
tímpanos. Adiós, doncella. Fue mi último pensamiento mientras el ruido
de cascos y los relinchos de caballos eran el marco de mi temprana
muerte.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.