viernes, 30 de noviembre de 2012

Capítulo 1

Allí permanecía cigarrillo en mano mientras el humo iba llenando toda la habitación hasta ahogarle. Observaba el televisor mientras decía una y otra vez aquellas palabras que le había obligado una empresa cosmética pronunciar. ¿Cómo habían pasado desde entonces cinco años?
Sus ojos deslumbrantes observándole una y otra vez mientras su voz resonaba como si fuese la llamada de un ángel desde el cielo. Se daba la vuelta y sonreía mientras él contemplaba cada pequeño gesto de aquel rostro. Una muñeca de porcelana con demasiado maquillaje. Unos labios excesivamente rojos pero no por eso menos apetecibles.
Dio una nueva calada mientras ella caminaba por gracilidad con un dálmata por la calle. Su cabello ondeaba y acariciaba sus hombros mientras que sus labios se entreabrían dejando la blanca patilla de las gafas de sol entre ellos.
Llevó su mano a sus cabellos mientras ella seguía contoneando sus caderas al ritmo de aquellos abrasadores pasos por la acera. Agarró entre sus largos dedos algunos de los mechones mientras giraba sobre sí misma para quitarse después la gabardina que no dejaba admirar el vestido rojo tan ajustado que llevaba.
Pasó su lengua por sus labios mientras la sonrisa de aquella belleza se ensanchaba. Sus pechos se movían de arriba abajo por la gracia con la que se balanceaba a través de la avenida.
Dio al botón de parada y después a otro botón para que la grabación comenzase de nuevo. Tardó unos segundos hasta que aquella belleza volvía a estar en el apartamento mientras deslizaba una barra labial por aquellos carnosos labios.
De fondo sonaban todas y cada una de las canciones que tenía en su ipod. Era una colección creada por ella y si no había contado mal era la tercera vez que sonaba Frozen de Madonna.
Disfrutó de nuevo del movimiento de aquella muñeca tan sensual como inalcanzable. La pantalla era tan grande que podía disfrutar en alta resolución de cada centímetro de aquella sedosa piel que había recorrido tantas veces con su boca y sus dedos.
Sus dedos picaban, le recordaban el intenso deseo que sentía por esa mujer. Puso con más cuidado del necesario el filtro del cigarro entre sus labios mientras aspiraba aquel aire contaminado. No tardó mucho en dejar que escapase como si de una caricia se tratase por entre sus labios que estaban secos después de horas sin beber ni comer nada.
Cambió de vídeo y aquella belleza cambió su maquillaje por uno más sencillo. Su melena seguía cayendo sobre sus hombros mientras esperaba dentro de una limusina a ser recogida. Su auténtica estrella.
Aferró sus manos a los reposabrazos del sofá mientras ella mordía su labio inferior. Era demasiado sensual para su propio bien.
Se puso de pie hasta llegar a la enorme pantalla en la que se proyectaba aquella figura insinuante.
- Eloise…
La mujer en la pantalla sonrió como si le hubiese oído y después la pantalla se quedó en negro dando paso a otro vídeo.
La mano que había tocado el fino pero duro cristal del televisor se convirtió en puño mientras las lágrimas amenazaban con deslizarse por las mejillas de su dueño hasta ahogarle también en el oscuro abismo de la tristeza.
Ella sonreía mientras se agarraba a su cuello. Reían juntos mientras la herida de su corazón se abría tan rápida y dolorosamente que pensaba que chillaría como si de un niño pequeño se tratase.
El mar chocaba contra las rocas que suplicaban por atención. La arena fina era el lugar perfecto para pasar unas idílicas horas. Era como un paraíso sacado de una novela. La cámara entonces llegó hasta ella. Vio a la maravillosa mujer que enfundada tan solo en un bikini negro cerraba los ojos disfrutando de la brisa veraniega.
- Eloise… -volvió a susurrar con la voz rota mientras sus dedos dibujaban las perfectas curvas de su silueta.
Como si estuviese allí junto a ella la mujer abrió los ojos y le sonrió. Le tiró un beso mientras él colocaba la cámara. Entonces apareció el mismo en escena y agarrando al cintura de Eloise comenzaron a dar vueltas sin parar de reír hasta que terminaron fundiéndose en un beso apasionado.
No pudo soportarlo más y mientras se separaba de la pantalla tiritando de pies a cabeza las lágrimas casi le impedían ver. Llegó hasta su escritorio. Apretó sus dedos crispados contra la madera intentando buscar una manera de calmar su ansiedad pero no la encontraba.
Escuchar su risa de nuevo fue el detonante. Abrió los ojos por completo y usando todas sus fuerzas volcó la mesa de madera maciza mientras gritaba. Todos los documentos se volvieron un torbellino de papel blanco hasta que cayeron de cualquier manera sobre la alfombra que había salvado al suelo entarimado de un buen golpe.
Agarró con fuerza el butacón en el que se había sentado antes y sosteniéndolo en alto notó como todos sus músculos se tensaban hasta que se supo con la fuerza suficiente para tirarlo contra las estanterías que había en el lado derecho.
El ruido era ensordecedor y el agente de seguridad que tenía contratado llegó tan rápido como pudo hasta la puerta que estaba cerrada con llave. Comenzó a llamar junto al ama de llaves. Él, encolerizado, no les hizo ni el menor caso. Tomó entre sus manos el cuadro que ella siempre había odiado y lo rompió con todas sus fuerzas contra una de las paredes.
Quería irse con Eloise pero nadie le dejaba. Notó los trozos de cristal bajo sus zapatos y dejando caer el más que destrozado marco, se agachó para coger uno de ellos brillantes trozos. Lo alzó lentamente hasta dejarlo a la altura de su rostro volviéndose bizco mientras lo observaba.
Una patada tiró la puerta abajo dejando ver una habitación diáfana, de colores oscuros y moderna, tan solo iluminada por el rostro de la mujer que había estado viviendo en aquel lugar hasta hacía unos meses. Su risa llegaba hasta los oídos de todos y se les encogió el corazón viendo como el hombre que tan feliz había sido ahora estaba completamente destruido por su pérdida.
- Señor, no lo haga -imploró el ama de llaves.
- Quiero irme con Eloise…
Era algo tan lógico para él y tan extraño para todos los que le rodeaban que no sabía como podían llamarse humanos si no tenían sentimientos. ¿Era tanto pedir que le dejasen morir e irse con la mujer que tanto había amado? No habían hecho nada para salvarla y él ya no podía ni quería seguir permaneciendo en aquel mundo en el que su luz no existía.
Acercó el cristal a su garganta y entonces un disparo hizo que todos los corazones de la sala dejasen de latir a la vez.

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