Su comisura derecha se levanta sobre el grosor de sus labios y mientras la observo tras mis gafas de pasta no puedo evitar sonreír. Aquella noche ha sido muy especial para mí. Ahora entendía hasta que punto el amor era algo mágico. Si cierro mis ojos soy capaz de escuchar sus jadeos, de sentir su boca contra la mía y de notar sus caricias en mi piel.
Deslizo mi dedo índice por su brazo deleitándome de nuevo con la suavidad de aquella piel que tan solo me había pertenecido a mí por una noche, por un intenso momento de necesidad de ambos.
Sonríe. Sonrío. Espero que despierte pero aún no lo hace y ese momento es perfecto. Velo sus sueños como tantas otras veces había deseado cuando mi corazón se había vuelto loco por su incontenible hermosura.
Se remueve, abre los ojos y se queda quieta, fijando su mirada en la mía. No sé que está pensando. Desconozco si se arrepiente. ¿Sabrá lo que la he amado en secreto?
- Hola -murmura y se acerca a mi rostro para apoyar su frente contra la mía.
- Ho-ho-hola -respondo cohibido de nuevo ante su cercanía.
- ¿Cómo estás?
Siento como sus dedos se pierden en mi cabello y vuelvo a recordar aquel momento tan intenso que jamás podría olvidar.
- Bi-bi-en.. ¿t-t-tú? -pregunto con miedo.
Sonríe. Se sonroja y hunde su rostro en el hueco que hay entre mi mandíbula y mi hombro rozando mi cuello con sus labios.
- Muy bien -responde.
Apoyo mis manos en su espalda desnuda y aprieto su frágil cuerpo contra el mío. Soy consciente de que la necesito, la amo y la adoro como si se tratase de una religión intensa y adictiva.
Ella se acurruca contra mí. Puedo sentir su necesidad de amor, de cariño, de atención como si fuese la mía propia. Quiero saber todo de ella, perderme en sus miedos y fundirme con sus recuerdos. Deseo saber más que nadie de su infierno y encontrar de él una salida.
Apoya su mano en mi mejilla y observo la cicatriz que dejó aquella horrible cuchilla que intentó arrebatarme a mi dueña. Tomo su muñeca y beso aquella herida para después sentir como el cuerpo de aquella princesa se tensaba.
- ¿Por qué haces eso? -murmura con un tono gélido.
- P-p-porq-q-que t-t-to-d-d-do t-t-te ha-a-ce p-p-perfec-ct-cta -susurro.
- No lo hagas, Daniel -responde y se incorpora quedando sentada en la cama.
Me incorporo con ella sin entender. Ve un sufrimiento que no me gusta y espero que pueda soltarlo, que confíe en mí y me cuente lo que atormenta su alma pero no lo hace, permanece en silencio. Sufre sola. No me incluye y eso me destroza. La abrazo, la aprieto contra mi pecho y poco a poco deja de estar tensa.
Es entonces cuando me hago una nota mental: Ella siempre necesita cariño aunque se aleje, aunque no lo pida o pida lo contrario.
sábado, 19 de enero de 2013
Capítulo 3
Las lágrimas aún recorrían aquella piel que parecía de porcelana. Había sido tratada con mucha dureza pues su rostro parecía ligeramente deformado pero su hermosura era impresionante aún así.
Vestida con una camiseta blanca de tirantes anchos, ella estaba absorta en el horizonte, soñando con ser un pájaro para desaparecer de las garras de aquella bestia bipolar que en ocasiones la amaba con su vida y en otras eso no le impedía magullarla hasta dejar a sus pulmones sin aliento.
Una de sus lágrimas se deslizó dolorosamente por la herida que tenía alojada en el pómulo. Cuando rozó la fisura de su tez sintió como si le hubiesen deslizado entre las grietas pequeños granos de sal.
Miró hacia sus manos y comprobó que sus dedos permanecían ligeramente hinchados pero aún así no podía esperar más para hacer las tareas del hogar. Había mucho que arreglar, que ordenar, que tirar porque estaba roto tras lo acontecido aquella noche que gobernaría sus pesadillas junto a las anteriores.
Abrió y cerró sus dedos unas cuantas veces sobre su palma y cuando estuvo segura que no tendría mejor movilidad además de poder soportar el dolor, se decidió a ponerse manos a la obra.
Tenía que tender la ropa que había lavado. Eso podría ayudar a su hinchazón, el frío de la ropa mojada aliviaría por un instante sus manos para darle fuerza a continuar con aquel trabajo.
Abrió la puerta de la lavadora y disfrutó de la sensación de la tela empapada contra sus nudillos. Sonrió ligeramente, lo que su labio partido le permitía. Se incorporó con unos pantalones azules entre sus dedos, apoyó su cuerpo contra la pared dejando que su pecho quedase sobre el alfeizar de la ventana que daba al patio interior. Allí estaban las cuerdas de tender.
Con un ruido bastante desagradable las poleas dejaban que la cuerda se deslizase por su carril dejando espacio libre para colocar otra prenda más.
Por una razón que no comprendía se sentía observada lo que podía significar dos cosas: que estaba imaginando algo que jamás sucedía o que su marido había vuelto a su casa.
Nerviosa, se giró y observó que nadie estaba en la puerta de la cocina por lo que respiró tranquila. No quería que comenzase a chillarle de nuevo porque no le había dado tiempo a hacer todas las tareas que él le había pedido. Así era siempre, rompía él pero recogía ella a pesar de que algunos de esos objetos se habían estrellado contra su propio cuerpo.
Sacó del interior de aquella máquina una de sus camisetas y al inclinarse sobre el alféizar haciéndose así más sencilla la operación de tender la ropa, alzó la mirada, descubriendo así que no había imaginado nada. Realmente la estaban observando.
Frente a ella, un chico que podría tener más o menos su edad, observaba cada milímetro de su piel como si estuviese hipnotizado. Por un segundo se sintió deseada pero después comprendió que aquel joven debía estar contemplando la obra maestra de su marido.
Aquella parte también era dolorosa. Podía sentirse como un mono de feria cuando paseaba por cualquier lugar. Todos observaban sus cicatrices, sus moratones, la manera en la que su cónyuge la despojaba una y otra vez de su dignidad. Era ultrajada físicamente cuando él deseaba y ella había terminado creyendo que aquellos castigos tenían razones convincentes.
Entendió que aquel hombre debía ser su nuevo vecino porque aquella casa la habían puesto en alquiler hacía muchos años pero jamás había acudido nadie para vivir entre sus paredes.
Su nuevo compañero de patio interior, tenía sus labios ligeramente abiertos que estaban enmarcados en una barba de varios días. Parecía sentirse avergonzado porque le hubiesen descubierto observando a aquella belleza para él tan inusual sin saber que ella no se había percatado de como la miraba, sino que había sacado una conclusión muy diferente.
- Ho... hola -atinó al fin a decir y ella tras terminar de tender una prenda más de ropa, desapareció en el interior de su hogar.
Vestida con una camiseta blanca de tirantes anchos, ella estaba absorta en el horizonte, soñando con ser un pájaro para desaparecer de las garras de aquella bestia bipolar que en ocasiones la amaba con su vida y en otras eso no le impedía magullarla hasta dejar a sus pulmones sin aliento.
Una de sus lágrimas se deslizó dolorosamente por la herida que tenía alojada en el pómulo. Cuando rozó la fisura de su tez sintió como si le hubiesen deslizado entre las grietas pequeños granos de sal.
Miró hacia sus manos y comprobó que sus dedos permanecían ligeramente hinchados pero aún así no podía esperar más para hacer las tareas del hogar. Había mucho que arreglar, que ordenar, que tirar porque estaba roto tras lo acontecido aquella noche que gobernaría sus pesadillas junto a las anteriores.
Abrió y cerró sus dedos unas cuantas veces sobre su palma y cuando estuvo segura que no tendría mejor movilidad además de poder soportar el dolor, se decidió a ponerse manos a la obra.
Tenía que tender la ropa que había lavado. Eso podría ayudar a su hinchazón, el frío de la ropa mojada aliviaría por un instante sus manos para darle fuerza a continuar con aquel trabajo.
Abrió la puerta de la lavadora y disfrutó de la sensación de la tela empapada contra sus nudillos. Sonrió ligeramente, lo que su labio partido le permitía. Se incorporó con unos pantalones azules entre sus dedos, apoyó su cuerpo contra la pared dejando que su pecho quedase sobre el alfeizar de la ventana que daba al patio interior. Allí estaban las cuerdas de tender.
Con un ruido bastante desagradable las poleas dejaban que la cuerda se deslizase por su carril dejando espacio libre para colocar otra prenda más.
Por una razón que no comprendía se sentía observada lo que podía significar dos cosas: que estaba imaginando algo que jamás sucedía o que su marido había vuelto a su casa.
Nerviosa, se giró y observó que nadie estaba en la puerta de la cocina por lo que respiró tranquila. No quería que comenzase a chillarle de nuevo porque no le había dado tiempo a hacer todas las tareas que él le había pedido. Así era siempre, rompía él pero recogía ella a pesar de que algunos de esos objetos se habían estrellado contra su propio cuerpo.
Sacó del interior de aquella máquina una de sus camisetas y al inclinarse sobre el alféizar haciéndose así más sencilla la operación de tender la ropa, alzó la mirada, descubriendo así que no había imaginado nada. Realmente la estaban observando.
Frente a ella, un chico que podría tener más o menos su edad, observaba cada milímetro de su piel como si estuviese hipnotizado. Por un segundo se sintió deseada pero después comprendió que aquel joven debía estar contemplando la obra maestra de su marido.
Aquella parte también era dolorosa. Podía sentirse como un mono de feria cuando paseaba por cualquier lugar. Todos observaban sus cicatrices, sus moratones, la manera en la que su cónyuge la despojaba una y otra vez de su dignidad. Era ultrajada físicamente cuando él deseaba y ella había terminado creyendo que aquellos castigos tenían razones convincentes.
Entendió que aquel hombre debía ser su nuevo vecino porque aquella casa la habían puesto en alquiler hacía muchos años pero jamás había acudido nadie para vivir entre sus paredes.
Su nuevo compañero de patio interior, tenía sus labios ligeramente abiertos que estaban enmarcados en una barba de varios días. Parecía sentirse avergonzado porque le hubiesen descubierto observando a aquella belleza para él tan inusual sin saber que ella no se había percatado de como la miraba, sino que había sacado una conclusión muy diferente.
- Ho... hola -atinó al fin a decir y ella tras terminar de tender una prenda más de ropa, desapareció en el interior de su hogar.
miércoles, 2 de enero de 2013
Capítulo 2
Abrió la puerta. Esta chirrió mientras la escasa luz que entraba por los agujeros de las personas, le recibía.
- Bienvenido a tu nueva casa -murmuró para sí mismo.
Allí estaba Chris al fin. Había encontrado un piso con el alquiler lo suficientemente bajo para que así pudiese comer mientras continuaba en la universidad. Un solo año de Bellas Artes y la tortura de cambiar de hogar cada dos por tres le abandonaría para siempre.
Sabía que estaba en esas condiciones por gusto pues sus padres tenían dinero de sobra para prestarle pero él no quería tener que depender de nadie aunque, en el fondo, no había día que no rezase porque su padre le girara algún que otro euro demás en su cuenta bancaria.
Dejó su maleta en el minúsculo salón y observó que a pesar de ser algo tedioso para él, no había más remedio que limpiar aquella casa que estaba al borde del abandono más absoluto.
Todos y cada uno de los muebles estaban cubiertos con una sábana, a cada cual más hortera. Algunas de las flores eran tan descomunalmente grandes que no sabías si eran flores en una sábana o una sábana entre el estampado.
Se dirigió hasta una de las ventanas y subió la cortina para así dejar entrar la claridad de la mañana. El polvo al ser acariciado por la brisa que iban entrando se movía de manera que no dejaba respirar bien por lo que Chris sacó la cabeza intentando que sus vías respiratorias se llenasen de aire puro aunque en medio de la ciudad puro, puro, era misión imposible.
Su mirada se dirigió rápidamente hacia el tráfico que había en ese momento. Todo coches dirigidos por una sola persona y ni un solo acompañante más. La hora punta. Todas las máquinas contaminantes eran conducidas a las distintas partes de la ciudad para que sus dueños pudiesen fichar y continuar en sus deprimentes rutinas.
A menudo se preguntaba si aquella sociedad y ese afán por consumir todo tipo de materiales no estaba destrozando la naturaleza humana que tanto también había llevado entender.
Se volvió a meter y apoyó sus manos en sus caderas decidiendo qué haría primero. Tenía infinitas posibilidades lo que le podría poner nervioso pero haría lo posible para calmarse. Lo mejor era colocar sus tareas en una lista e ir tachando a medida que se cumpliesen los objetivos.
Sacó de su mochila un cuaderno de medio folio de tamaño que siempre llevaba encima para las ideas que se le ocurrieran en cualquier momento y tomó uno de los bolígrafos bic. No tardó más de dos minutos en escribir todas sus tareas.
- Bueno... -chasqueó la lengua- decidido. Empezaré por quitar las sábanas y vaciar lo que esté lleno, después me pondré a limpiar.
Se puso en pie y quitó una a una todas las sábanas floridas de la dueña, la señora Jobbs. Todas estaban llenas de polvo y su tacto resultaba extraño a pesar de ser sumamente manchantes. Caminó con ellas hasta la cocina una vez las tuvo todas y decidió pasarles primero la aspiradora para quitarles el polvo evitando de esa manera que se formasen pastas indeseables en la lavadora cuando la usase.
Tomó sus cosas y las llevó hasta su habitación. Una vez que todo estuviese limpio se encargaría de colocar cada cosa en su lugar pero por el momento tenía trabajo más que de sobra.
Volviendo al salón, sacó del baño unos guantes de limpieza, un bote de lejía y un cubo que el mismo había comprado dos días antes.
- A por ello -resopló y tras ponerse los guantes se dispuso a dejar la casa como una patena.
- ¡Listo! -sonrió exhausto varias horas después de haber empezado a quitar toda aquella suciedad pero al menos ahora la casa estaba presentable.
Se quitó los guantes y los tiró a la basura pues sabía lo que había limpiado y no deseaba tener ni un solo recuerdo de aquello.
Después arrastró las cajas hasta cada una de las habitaciones correspondientes y comenzó a ordenar sus pertenencias dejando en último lugar el dormitorio.
En el salón puso sus libros, todo lo que debía estudiar pero decidió llevar al dormitorio todos y cada uno de sus materiales plásticos. Apoyó en el suelo, con sumo cuidado, el caballete y un lienzo en blanco sobre este.
Caminó hasta la ventana y subió la persiana dado que para limpiar había usado la ténue luz que le daba la solitaria bombilla del techo.
Una vez que los fragmentos de plástico agujereados desaparecieron de su vista, sus labios se abrieron ante la sorpresa de unos cabellos dorados al otro lado del patio interior.
- Perfecta -fue lo único que salió de entre sus labios mientras su joven vecina apoyada en el cristal de la ventana del piso de enfrente, observaba el tráfico aún amoratada y absorta en sus propios pensamientos.
- Bienvenido a tu nueva casa -murmuró para sí mismo.
Allí estaba Chris al fin. Había encontrado un piso con el alquiler lo suficientemente bajo para que así pudiese comer mientras continuaba en la universidad. Un solo año de Bellas Artes y la tortura de cambiar de hogar cada dos por tres le abandonaría para siempre.
Sabía que estaba en esas condiciones por gusto pues sus padres tenían dinero de sobra para prestarle pero él no quería tener que depender de nadie aunque, en el fondo, no había día que no rezase porque su padre le girara algún que otro euro demás en su cuenta bancaria.
Dejó su maleta en el minúsculo salón y observó que a pesar de ser algo tedioso para él, no había más remedio que limpiar aquella casa que estaba al borde del abandono más absoluto.
Todos y cada uno de los muebles estaban cubiertos con una sábana, a cada cual más hortera. Algunas de las flores eran tan descomunalmente grandes que no sabías si eran flores en una sábana o una sábana entre el estampado.
Se dirigió hasta una de las ventanas y subió la cortina para así dejar entrar la claridad de la mañana. El polvo al ser acariciado por la brisa que iban entrando se movía de manera que no dejaba respirar bien por lo que Chris sacó la cabeza intentando que sus vías respiratorias se llenasen de aire puro aunque en medio de la ciudad puro, puro, era misión imposible.
Su mirada se dirigió rápidamente hacia el tráfico que había en ese momento. Todo coches dirigidos por una sola persona y ni un solo acompañante más. La hora punta. Todas las máquinas contaminantes eran conducidas a las distintas partes de la ciudad para que sus dueños pudiesen fichar y continuar en sus deprimentes rutinas.
A menudo se preguntaba si aquella sociedad y ese afán por consumir todo tipo de materiales no estaba destrozando la naturaleza humana que tanto también había llevado entender.
Se volvió a meter y apoyó sus manos en sus caderas decidiendo qué haría primero. Tenía infinitas posibilidades lo que le podría poner nervioso pero haría lo posible para calmarse. Lo mejor era colocar sus tareas en una lista e ir tachando a medida que se cumpliesen los objetivos.
Sacó de su mochila un cuaderno de medio folio de tamaño que siempre llevaba encima para las ideas que se le ocurrieran en cualquier momento y tomó uno de los bolígrafos bic. No tardó más de dos minutos en escribir todas sus tareas.
- Bueno... -chasqueó la lengua- decidido. Empezaré por quitar las sábanas y vaciar lo que esté lleno, después me pondré a limpiar.
Se puso en pie y quitó una a una todas las sábanas floridas de la dueña, la señora Jobbs. Todas estaban llenas de polvo y su tacto resultaba extraño a pesar de ser sumamente manchantes. Caminó con ellas hasta la cocina una vez las tuvo todas y decidió pasarles primero la aspiradora para quitarles el polvo evitando de esa manera que se formasen pastas indeseables en la lavadora cuando la usase.
Tomó sus cosas y las llevó hasta su habitación. Una vez que todo estuviese limpio se encargaría de colocar cada cosa en su lugar pero por el momento tenía trabajo más que de sobra.
Volviendo al salón, sacó del baño unos guantes de limpieza, un bote de lejía y un cubo que el mismo había comprado dos días antes.
- A por ello -resopló y tras ponerse los guantes se dispuso a dejar la casa como una patena.
- ¡Listo! -sonrió exhausto varias horas después de haber empezado a quitar toda aquella suciedad pero al menos ahora la casa estaba presentable.
Se quitó los guantes y los tiró a la basura pues sabía lo que había limpiado y no deseaba tener ni un solo recuerdo de aquello.
Después arrastró las cajas hasta cada una de las habitaciones correspondientes y comenzó a ordenar sus pertenencias dejando en último lugar el dormitorio.
En el salón puso sus libros, todo lo que debía estudiar pero decidió llevar al dormitorio todos y cada uno de sus materiales plásticos. Apoyó en el suelo, con sumo cuidado, el caballete y un lienzo en blanco sobre este.
Caminó hasta la ventana y subió la persiana dado que para limpiar había usado la ténue luz que le daba la solitaria bombilla del techo.
Una vez que los fragmentos de plástico agujereados desaparecieron de su vista, sus labios se abrieron ante la sorpresa de unos cabellos dorados al otro lado del patio interior.
- Perfecta -fue lo único que salió de entre sus labios mientras su joven vecina apoyada en el cristal de la ventana del piso de enfrente, observaba el tráfico aún amoratada y absorta en sus propios pensamientos.
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