sábado, 19 de enero de 2013

Capítulo 3

Las lágrimas aún recorrían aquella piel que parecía de porcelana. Había sido tratada con mucha dureza pues su rostro parecía ligeramente deformado pero su hermosura era impresionante aún así.

Vestida con una camiseta blanca de tirantes anchos, ella estaba absorta en el horizonte, soñando con ser un pájaro para desaparecer de las garras de aquella bestia bipolar que en ocasiones la amaba con su vida y en otras eso no le impedía magullarla hasta dejar a sus pulmones sin aliento.

Una de sus lágrimas se deslizó dolorosamente por la herida que tenía alojada en el pómulo. Cuando rozó la fisura de su tez sintió como si le hubiesen deslizado entre las grietas pequeños granos de sal.

Miró hacia sus manos y comprobó que sus dedos permanecían ligeramente hinchados pero aún así no podía esperar más para hacer las tareas del hogar. Había mucho que arreglar, que ordenar, que tirar porque estaba roto tras lo acontecido aquella noche que gobernaría sus pesadillas junto a las anteriores.

Abrió y cerró sus dedos unas cuantas veces sobre su palma y cuando estuvo segura que no tendría mejor movilidad además de poder soportar el dolor, se decidió a ponerse manos a la obra.

Tenía que tender la ropa que había lavado. Eso podría ayudar a su hinchazón, el frío de la ropa mojada aliviaría por un instante sus manos para darle fuerza a continuar con aquel trabajo.

Abrió la puerta de la lavadora y disfrutó de la sensación de la tela empapada contra sus nudillos. Sonrió ligeramente, lo que su labio partido le permitía. Se incorporó con unos pantalones azules entre sus dedos, apoyó su cuerpo contra la pared dejando que su pecho quedase sobre el alfeizar de la ventana que daba al patio interior. Allí estaban las cuerdas de tender.

Con un ruido bastante desagradable las poleas dejaban que la cuerda se deslizase por su carril dejando espacio libre para colocar otra prenda más.

Por una razón que no comprendía se sentía observada lo que podía significar dos cosas: que estaba imaginando algo que jamás sucedía o que su marido había vuelto a su casa.

Nerviosa, se giró y observó que nadie estaba en la puerta de la cocina por lo que respiró tranquila. No quería que comenzase a chillarle de nuevo porque no le había dado tiempo a hacer todas las tareas que él le había pedido. Así era siempre, rompía él pero recogía ella a pesar de que algunos de esos objetos se habían estrellado contra su propio cuerpo.

Sacó del interior de aquella máquina una de sus camisetas y al inclinarse sobre el alféizar haciéndose así más sencilla la operación de tender la ropa, alzó la mirada, descubriendo así que no había imaginado nada. Realmente la estaban observando.

Frente a ella, un chico que podría tener más o menos su edad, observaba cada milímetro de su piel como si estuviese hipnotizado. Por un segundo se sintió deseada pero después comprendió que aquel joven debía estar contemplando la obra maestra de su marido.

Aquella parte también era dolorosa. Podía sentirse como un mono de feria cuando paseaba por cualquier lugar. Todos observaban sus cicatrices, sus moratones, la manera en la que su cónyuge la despojaba una y otra vez de su dignidad. Era ultrajada físicamente cuando él deseaba y ella había terminado creyendo que aquellos castigos tenían razones convincentes.

Entendió que aquel hombre debía ser su nuevo vecino porque aquella casa la habían puesto en alquiler hacía muchos años pero jamás había acudido nadie para vivir entre sus paredes.

Su nuevo compañero de patio interior, tenía sus labios ligeramente abiertos que estaban enmarcados en una barba de varios días. Parecía sentirse avergonzado porque le hubiesen descubierto observando a aquella belleza para él tan inusual sin saber que ella no se había percatado de como la miraba, sino que había sacado una conclusión muy diferente.

- Ho... hola -atinó al fin a decir y ella tras terminar de tender una prenda más de ropa, desapareció en el interior de su hogar. 

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