Abrió la puerta. Esta chirrió mientras la escasa luz que entraba por los agujeros de las personas, le recibía.
- Bienvenido a tu nueva casa -murmuró para sí mismo.
Allí estaba Chris al fin. Había encontrado un piso con el alquiler lo suficientemente bajo para que así pudiese comer mientras continuaba en la universidad. Un solo año de Bellas Artes y la tortura de cambiar de hogar cada dos por tres le abandonaría para siempre.
Sabía que estaba en esas condiciones por gusto pues sus padres tenían dinero de sobra para prestarle pero él no quería tener que depender de nadie aunque, en el fondo, no había día que no rezase porque su padre le girara algún que otro euro demás en su cuenta bancaria.
Dejó su maleta en el minúsculo salón y observó que a pesar de ser algo tedioso para él, no había más remedio que limpiar aquella casa que estaba al borde del abandono más absoluto.
Todos y cada uno de los muebles estaban cubiertos con una sábana, a cada cual más hortera. Algunas de las flores eran tan descomunalmente grandes que no sabías si eran flores en una sábana o una sábana entre el estampado.
Se dirigió hasta una de las ventanas y subió la cortina para así dejar entrar la claridad de la mañana. El polvo al ser acariciado por la brisa que iban entrando se movía de manera que no dejaba respirar bien por lo que Chris sacó la cabeza intentando que sus vías respiratorias se llenasen de aire puro aunque en medio de la ciudad puro, puro, era misión imposible.
Su mirada se dirigió rápidamente hacia el tráfico que había en ese momento. Todo coches dirigidos por una sola persona y ni un solo acompañante más. La hora punta. Todas las máquinas contaminantes eran conducidas a las distintas partes de la ciudad para que sus dueños pudiesen fichar y continuar en sus deprimentes rutinas.
A menudo se preguntaba si aquella sociedad y ese afán por consumir todo tipo de materiales no estaba destrozando la naturaleza humana que tanto también había llevado entender.
Se volvió a meter y apoyó sus manos en sus caderas decidiendo qué haría primero. Tenía infinitas posibilidades lo que le podría poner nervioso pero haría lo posible para calmarse. Lo mejor era colocar sus tareas en una lista e ir tachando a medida que se cumpliesen los objetivos.
Sacó de su mochila un cuaderno de medio folio de tamaño que siempre llevaba encima para las ideas que se le ocurrieran en cualquier momento y tomó uno de los bolígrafos bic. No tardó más de dos minutos en escribir todas sus tareas.
- Bueno... -chasqueó la lengua- decidido. Empezaré por quitar las sábanas y vaciar lo que esté lleno, después me pondré a limpiar.
Se puso en pie y quitó una a una todas las sábanas floridas de la dueña, la señora Jobbs. Todas estaban llenas de polvo y su tacto resultaba extraño a pesar de ser sumamente manchantes. Caminó con ellas hasta la cocina una vez las tuvo todas y decidió pasarles primero la aspiradora para quitarles el polvo evitando de esa manera que se formasen pastas indeseables en la lavadora cuando la usase.
Tomó sus cosas y las llevó hasta su habitación. Una vez que todo estuviese limpio se encargaría de colocar cada cosa en su lugar pero por el momento tenía trabajo más que de sobra.
Volviendo al salón, sacó del baño unos guantes de limpieza, un bote de lejía y un cubo que el mismo había comprado dos días antes.
- A por ello -resopló y tras ponerse los guantes se dispuso a dejar la casa como una patena.
- ¡Listo! -sonrió exhausto varias horas después de haber empezado a quitar toda aquella suciedad pero al menos ahora la casa estaba presentable.
Se quitó los guantes y los tiró a la basura pues sabía lo que había limpiado y no deseaba tener ni un solo recuerdo de aquello.
Después arrastró las cajas hasta cada una de las habitaciones correspondientes y comenzó a ordenar sus pertenencias dejando en último lugar el dormitorio.
En el salón puso sus libros, todo lo que debía estudiar pero decidió llevar al dormitorio todos y cada uno de sus materiales plásticos. Apoyó en el suelo, con sumo cuidado, el caballete y un lienzo en blanco sobre este.
Caminó hasta la ventana y subió la persiana dado que para limpiar había usado la ténue luz que le daba la solitaria bombilla del techo.
Una vez que los fragmentos de plástico agujereados desaparecieron de su vista, sus labios se abrieron ante la sorpresa de unos cabellos dorados al otro lado del patio interior.
- Perfecta -fue lo único que salió de entre sus labios mientras su joven vecina apoyada en el cristal de la ventana del piso de enfrente, observaba el tráfico aún amoratada y absorta en sus propios pensamientos.
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