lunes, 31 de diciembre de 2012

Capítulo 1

Una vez más la noche calmba su llanto y rozaba su cuerpo expuesto ante la luz de la luna. Sus heridas estaban completamente abiertas, sangrantes, suplicantes por algo de alivio y su cuerpo tiritante contenían casi sin poder el frío que calaba sus huesos.

Sus dedos aún permanecían aferrados a los harapos que ahora era aquel vestido que había decidido comprarse esa tarde para ver si a él le gustaba.

Su voz aún permanecía martilleando cada centímetro de su cerebro encargándose de incrustar en su mente de manera permanente que ella no era lo suficiente para un trapito que había sido hecho para ser lucido entre sus curvas. Ironías de la vida, el vestido no había sido el peor parado a pesar de ser un cuerpo inerte sino la pobre modelo, que cautelosa había querido sorprender a quien tanto amaba, a quien siempre la recordaba que jamás se arreglaba para él. Nunca atinaba. No sabía qué tenía que hacer pero fuese lo que fuese estaba claro que ella se había equivocado y se había merecido semejante castigo.

Abrió sus ojos azules que estaban rojos por el llanto y el temor de alguno de sus huesos rotos. Le dolía todo el cuerpo, de la cabeza a los pies, no existía centímetro que no chillase en su interior suplicando ser consolado. Pero ella no tenía fuerzas. Por eso las horas pasaban en medio de la oscuridad, dejando que la sangre fluyera deslizándose por su piel.

Escuchaba silencio y eso hacía que estuviese tranquila. Él dormía y no volvería a lastimarla al menos hasta que ella volviese a hacer algo malo.

El suelo estaba robándole todo su calor y el temblor comenzaba a ser más pronunciado pues a pesar del dolor, el cuerpo no tiene reparo a temblar si así lo precisa aunque te duela que parece que arrancan tu piel a tiras.

Se atrevió a alzar una de sus manos hasta su mejilla y la secó lentamente con sus dedos, con cuidado de no realizar mucha presión sobre el pómulo ya que seguramente estaría inflamado. Sus yemas se fueron empapando de las lágrimas de resignación que no cesaban de recorrer su rostro.

El reloj resonaba despacio, a su ritmo y el silencio era ensordecedor. Invadiendo sus oídos le hacía empezar a sentirse nerviosa puesto que dejaba de escuchar las manecillas del reloj, su tranquilizador pero en ocasiones desquiciante tic-tac.

Comenzó a moverse, levantándose para ponerse algo que cubriese su cuerpo mutilado por aquellos puños de hierro que se habían encargado de buscar cualquier milímetro para hacerle entender a golpes sus palabras que podían haber sido igual o tan hirientes como ellos.

La puerta se abrió y entre la penumbra le vio. Temerosa intentó moverse pero se quedó quieta temblando como una hoja. Su paso no era decidido, parecía calmado. Se inclinó frente a ella y rozó su platino cabello.

- Perdóname, mi amor -murmuró visiblemente arrepentido.

Ella asintió, notando como una esperanza comenzaba a recorrer su pecho y llenarlo de calor. Al fin, había vuelto a ser aquel ser tan adorable que la mimaba. La tomó entre sus brazos y la llevó con mucha preocupación hasta la habitación que compartían para así cuidar aquellas heridas que el mismo había producido.