lunes, 10 de diciembre de 2012

Capítulo 1

Mi mirada se deslizó por el techo en ruinas mientras apretaba su cuerpo entre mis brazos. Respiraba tranquila, su aliento golpeaba mi cuello pero eso no conseguía relajarme como en otras ocasiones, al contrario. Saber que aquella sería la última vez me ponía demasiado ansioso.

Contemplé su cuerpo mientras descansaba sobre mi pecho. Había estado junto a ella tantos años y ahora desaparecería de mi vida para no volver. Lo sabía.

Deslicé mis dedos entre sus cabellos los cuales eran como fibras de oro y dejé un beso sobre su frente. La amaba, desde hacía muchos años y jamás me había aventurado a decírselo. No quería que el último día que pasaramos juntos fuese el último de nuestra vida porque ella estuviese demasiado asustada para que nos reencontrásemos si le contaba la verdad.

Sus labios se entreabieron dedicándome una recatada sonrisa a pesar de que no estaba aún despierta. Nadie sabía que estábamos juntos en el ático. Durante años habíamos pasado esos momentos solos, simplemente abrazados y yo amándola como un idiota viéndola dormir.

Recordaba haber dormido con ella desde que éramos unos niños pequeños en aquel desván. Podía rememorar aquel día como si hubiese sido ayer.

Llovía, con mucha fuerza. No podía dormir bien pues me encantaba ver las nubes a los rayos y como alumbraban el horizonte.

Me levanté de la cama y con mis pies descalzos corrí hasta la pequeña ventana y sonreí observando como otro rayo iluminaba el pequeño pueblo en el que vivía. Las nubes grises se veían a pesar de que el cielo estaba tan oscuro como el pelaje de mi gato Morris. Negro como el carbón.

Miré hacia atrás, hacia la puerta de la habitación de mis padres y escuché los ronquidos que salían de ella. No había peligro, podía salir para ver los rayos con mejor perspectiva.

Me puse las botas y el abrigo grande de papá para después ir con mucho cuidado hasta la puerta trasera y salir de la casa. Una vez fuera pude sentir la lluvia recorriendo mi rostro y mi cabello empapándolo por completo lo que me hizo sonreír aún más. Con apena seis años aquello era lo que más me gustaba.

Metí las manos bien bajo las mangas para que así no se enfriaran y caminé como hipnotizado hasta el lado derecho de la casa. Otro rayo impactó en algún lugar lejano y mi sonrisa se ensanchó. Quería ver más, todos los que pudieran enviarme los ángeles.

Las botas crujieron sobre el barro mientras daba pequeños pasos hasta acercarme a la verja que delimitaba la propiedad de mi familia con la de los vecinos. Me agarré a la madera y me quedé apoyado observando el festival de luz.

Escuché unos llantos al cabo de un rato llegar desde la casa de al lado. Giré mi rostro hacia esa propiedad en el mismo instante que se abría la puerta. Una pequeña niña con unas coletas hechas salía corriendo de la casa agarrada a una especie de peluche mientras lloraba desconsolada. Sus mejillas rojas estaban llenas de lágrimas y no de lluvia como las mías.

Aquella niñita se cayó al suelo y lloró más fuerte mientras se quedaba sobre la hierba empapada. No pude evitarlo y fui a ayudarla pues se helaría de frío si se quedaba allí sola. Salté por encima de la valla como en alguna ocasión había hecho para recoger a mi gato cuando se escapaba y corrí hasta la pequeña que se había hecho un ovillito en suelo susurrando una sola palabra: mamá.

- ¿Estás bien? -le pregunté mientras me quitaba el abrigo de papá.

Ella abrió sus ojos azules llenos de lágrimas y me miró sorprendida. Vio como le colocaba el abrigo y cesó rápidamente su llanto.

- ¿Cómo te llamas? -murmuré.

- E...Emma -susurró con una pequeña vocecita que parecía la de un angelito.

Otro estruendo hizo que Emma se apretara a mí y se abrazara fuerte. Suspiré y la rodeé con mis brazos sintiendo como tirataba ligeramente. Aquella niña no podía tener más de tres años.

- Vente -murmuré y tomé su mano haciendo que corriera conmigo por su jardín.

Siempre  había visto una escalera por donde su padre subía al ático para dejar los trastos viejos. Casi nunca la usaban y en mi imaginación aquel lugar había sido como un palacio lleno de tesoros.

Noté como Emma se movía en mi pecho y acaricié su delicada mejilla. Habían pasado dieciséis años desde aquella noche en la que habíamos dormidos juntos en aquel lugar por primera vez y esa noche sería la última. Ese pensamiento me atormentaba. ¿Cómo viviría sin mi Emma? 

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