sábado, 29 de junio de 2013
lunes, 18 de marzo de 2013
Capítulo 7
Sus ojos azules vacilantes iban desde el plato que había puesto Chris frente a ella hasta la puerta, luego se precipitaban hasta el reloj y bajaba la mirada a sus manos avergonzada. No le gustaba estar en la compañía de nadie porque desde hacía años no había podido hacerlo.
Su estómago comenzaba a despertarse y sentía como si la mirada de aquel chico pudiese leer su mente. Se obligó a intentar mantener la calma pues su marido no estaba allí, no podía sucederle nada malo y él no tenía que ser como aquellos puños de hierro que perforaban su cuerpo con supuesto amor.
- ¿No tiene hambre?
Alzó la mirada y asintió débilmente para después tomar el tenedor y enrollar algunos de esos finos y largos fideos. Abrió su boca y se llevó el tenedor a la boca sonriendo internamente al descubrir que jamás algo le había sabido tan bien a pesar de ser una comida la mar de sencilla.
Chris sonrió complacido al ver como su rostro parecía un poco más relajado y comenzaron a comer en silencio. Quería preguntarle mil cosas pero no quería asustarle. Al fin y al cabo acababa de sufrir una situación bastante traumática.
Una vez transcurrida la cena sus miradas se cruzaron mientras ella bebía un poco de su vaso. Él estaba completamente perplejo, ante aquella fragilidad que se podía percibir con solamente contemplarla. No pudo contenerse más. Tenía que preguntarle al menos su nombre.
- Disculpe, ¿se encuentra mejor?
- Sí -susurró con un hilo de voz.
- ¿Podría saber.. -rascó su nuca completamente nervioso sin motivo aparente- su nombre?
Dejó el vaso en la mesa y deslizó la servilleta por sus labios limpiádose los restos de bebida que haya podido quedarle. Suspiró y asintió a pesar de tener miedo de que su esposo averiguase algo sobre aquel acontecimiento.
- Me llamo Masha -murmuró.
Se levantó y movió sus dedos con ansiedad. Después le miró y alzó su mano hasta él. Quería irse, tenía que irse porque si alguien la oía o si alguien veía que estaba allí y llegaba a.... ¡Ni tan siquiera quería pensarlo!
- Yo me llamo Chris -respondió él algo desconcertado.
- Encantada pero tengo que irme.
Y en un abrir y cerrar de ojos Masha desapareció de su vista dejando tan solo su perfume cuando la puerta se cerraba tras ella. ¿Sería seguro dejarla irse? ¿Intentaría hacerse daño de nuevo? Al fin y al cabo no era su vida.
jueves, 21 de febrero de 2013
Capítulo 6
Sus rasgos parecían serenos. Su respiración era calmada. Tenía su cabeza apoyada en una de sus manos. La mejilla rozaba las falanges y dejaba ver un perfil inusual para él. Era la imagen viva de la vulnerabilidad. Al observarla sabía que si algo la tocaba con un poco más de fuerza que la necesaria, esa mujer se rompería en mil pedazos cual vaso de cristal precipitándose al vacío.
Chris se había cerciorado varias veces de que el pulso de su vecina fuese normal. No quería que le ocurriera nada malo ya que llevaba muchísimo tiempo desmayada.
Había llamado a su prima Cassidy. Era médico en otro estado pero le había dicho a la perfección lo que debía hacer cuando aquella mujer muerta de miedo hasta en su inconsciencia despertara.
Se sentó en la silla de su escritorio perdiéndose en todos y cada uno de los milímetros de aquella huésped que por alguna extraña razón no podía dejar de mirar. La luz hacía unos contrastes exquisitos con aquella tez de porcelana.
Apoyó su dedo índice sobre su labio inferior deslizándolo como una caricia deseando que fuese la piel de aquella extraña la que recorrieran. Era igual que una ninfa.
Permaneció calmado, debatiéndose internamente en la posibilidad de quitar aquella ropa mojada para que no pillase una pulmonía. No, no podía hacer eso porque ella pensaría sin problema alguno que había sido un pervertido.
Pero aunque fuese un acto de perversión, aquella figura tenía que mantenerla intacta y no podía dejar escapar la posibilidad de intentar trazar aquellos rasgos, la forma tan inusual que estaba tomando la tela sobre su pequeño cuerpo.
Apretó sus labios hasta que fueron una fina línea separando su rostro y como si sus dedos tuviesen vida propia, se hicieron dueños de un carboncillo.
En menos de medio minuto si permanecías callado, se podía escuchar como aquel instrumento negro rozaba el papel dándole vida, dándole una nueva dimensión a un objeto con solo dos, volviendo lo imposible, posible. Transformando unas simples lineas en su delicada barbilla, trabajando con esmero en sus pobladas pestañas, intentando trasladar la poco repetitiva forma de sus labios entreabiertos invitando a un deseo prohibido a cualquier hombre que la considerase mínimamente atractiva.
Sus cabellos parecieron entretejerse especialmente para enmarcar de una manera indescriptible aquel rostro de facciones imposibles.
Unas sombras, unos destellos de luz.... parecía que Dios se había puesto de acuerdo con el Diablo para concederle semejante visión. Era tentadora como divina, perfecta como llena de defectos, atrayente como seductora, instigadora como letal a la vista. Única, esa era la palabra que podía definirlo de un modo más acertado.
¡No! Piensa en Alisson Stone. Ella era la chica que le había traído loco todo el tiempo y puede que el parecido de su vecina con ella fuese lo que le hubiese atraído pero por suerte se había dado cuenta que ella no era la misma persona y la joven que yacía en su cama era una simple desconocida.
Cerró los ojos intentando contener aquellas emociones estúpidas que habían comenzando a volver loco su cerebro. El problema de estar enamorado es que ves cosas donde no las hay. Sabía lo que significaba todo aquello y era que estaba más que deseoso de ver a Alisson y besarla al fin pero por algún extraño motivo una parte de él le decía que Alisson en la vida sería tan perfecta como aquella imagen que tenía ante sus ojos.
Miró entre sus pestañas y pudo ver como aquellos párpados se iban levantando poco a poco para encontrarse en una habitación desconocida. Podía sentir mucho frío, ni tan siquiera se sabía si podía moverse pues todo su cuerpo estaba entumecido. El pánico. Fue lo que se dijo ella a si misma pero no hizo que se sintiera mucho mejor.
Sería mejor que Chris fingiera no observarla, que no se moviera, que no hablara hasta que ella pudiese recapacitar y entender la situación en la que estaba. Ojalá recordarlo lo sucedido por sí sola no pensase nada malo de él ni se pusiese a chillar como una desquiciada.
Ella temerosa, solo pudo llevar una mano al lugar donde le dolía, su costado. Quizá durante la caída se había dado más fuerte de lo que él había esperado.
Los centelleantes ojos de su vecina recorrieron la estancia y parecía que ahora era capaz de recordar. Su rostro se volvió mucho más pálido y después comenzó a temblar incontrolablemente.
- Maldita sea -siseó Chris levantándose rápidamente de la silla.
Ella le miró y sobresaltada agarró la almohada pero él tomó su mano helada cubriéndola con sus dedos. Negó intentando darle a entender que todo estaba bien. Siempre mantenía la mirada fija en sus ojos como le había orientado su prima.
- Todo está bien -susurró con voz muy suave- Está en mi casa. No ha ocurrido nada. Está viva y bien.
La joven tiritando asintió y Chris pudo escuchar como castañeteaban sus dientes. Era obvio que tenía que haberla cambiado de ropa a pesar de lo que ella hubiese podido pensar después. ¡Estaba tan fría como un muerto!
- Ahora, la voy a llevar al baño y vamos a darle un baño caliente ¿vale? -susurró- Está congelada de frío y hay que intentar que entre en calor.
Ella no quería pero no podía poner resistencia por lo que finalmente sus ojos cedieron y Chris la tomó en brazos llevando aquel ligero cuerpo hasta el servicio. La apretó a su cuerpo de manera que así pudiese darle un poco de calor.
Abrió sin soltarle el grifo del agua caliente y dejó que la bañera se llenara. Se giró hacia la pobre mujer que le miraba con el temor reflejado en su rostro y la ayudó a desvestirse.
Intentó no mirar mientras la desprendía de aquella ropa empapada. No pensaba en ella como nadie simplemente se decía que estaba bañando a su madre. Eso era, su madre. La sonrió de manera cautelosa y una vez que no tenía nada de ropa encima, la cubrió con una toalla para no caer en la tentación dejando luego que ella misma al paso que pudiese entrase en el agua preparada para ella.
Dejó la tolla a un lado y se arrodilló frente a su cabeza para que supiese que no estaba mirando nada que no debiera. Acarició su cabello con las yemas de sus dedos.
- Quédese aquí hasta que haya entrado en calor. Iré a buscarle algo de ropa ¿de acuerdo? -siguió susurrando dado que cualquier otro tono de voz podría alterarla aún más.
Una vez que ella dijo que sí con la cabeza, él se incorporó y caminó de nuevo hasta su habitación. Buscó en su armario y sacó de él la ropa más pequeña que tenía que igual sería grande para ella.
Cuando la tuvo entre sus brazos decidió encender las estufas para que así ella no tuviese una recaída en cuanto a la bajada de su temperatura.
Volvió al baño y se quedó observando una escena sin igual. Aquel cuerpo estaba completamente lleno de cortes, de cicatrices, de moratones. ¿Cómo se había hecho todo eso con aquel golpe? No, no eran solamente de ese momento salvo el que tenía en su cadera derecha. Aquellos golpes y sobre todo las feas cicatrices llevaban mucho tiempo en su cuerpo. ¿Qué podía haberle pasado para todo aquello? ¿Acaso alguien la pegaba?
Devolvió la mirada a aquellos ojos tristes y la ayudó a ponerse de pie una vez que le aseguró que estaba más caliente. Rodeó su cintura con sus brazos y apretó su cuerpo al suyo sintiendo como sus pechos les impedían estar completamente unidos. Chris no pudo evitar sonrojarse. Tomó la toalla y la ayudó a envolverse en ella.
- ¿Necesita que la ayude a vestirse? -susurró contra el cabello rubio que tras haberse mojado parecía ligeramente más moreno.
Ella negó alzando su mirada hasta sus ojos pero no dijo una sola palabra. Chris lo entendió y salió del baño para darle su espacio. Ya había tocado demasiado seguramente para el gusto de aquella pobre mujer. Buena iba a ser la relación con los vecinos, ¡sí, señor!
Una vez que aquel chico cerró la puerta, miró el pequeño espejo que había en la pared de enfrente. Tenía horror de ver su cuerpo tras la última pelea que había tenido con su marido. Se giró sensiblemente hacia un lado y abrió la toalla comprobando las marcas que le había dejado esta vez. Le dolía todo el cuerpo y no solamente por la caída que había sufrido cuando había estado al borde de la muerte sino por como la habían arrebatado de nuevo la dignidad entre insultos y puñetazos.
Cerró los ojos en un desesperado intento por contener las lágrimas pero no tuvo efecto alguno. Ellas siguieron el recorrido que conocían a la perfección y tuvo que reprimir un agónico grito para no asustar al joven que la había salvado.
Se sentó en el filo de la bañera una vez que hubo cubierto de nuevo su cuerpo con la suave toalla. Suspiró en un vano intento por recobrar la compostura y comenzó a secarse con meticulosidad pero sobre todo cuidado para no sufrir con el roce de aquella tela en sus cardenales.
Volvió a levantarse quitando la toalla de su cuerpo y se puso la ropa que aquel amable joven la había dejado sobre la cisterna.
Escuchó como se abría la puerta y sacó del microondas el plato que acaba de calentar para que estuviese a una temperatura adecuada para su huésped. Observó sus piececitos enfundados en aquellos viejos calcetines pero que perfectamente hacían casi las veces de medias en ella y lo increíblemente adorable que podía verse con una indumentaria masculina viente tallas más grande. ¡Parecía Alicia en el país de las maravillas tras beber la poción encogedora!
- Buenas.
- Bu-buenas -respondió con una voz dulce pero algo vacilante.
- ¿Cómo está?
- Mejor, gracias.
Mordió su labio inferior y se llevó la mano a su vientre cuando ambos escucharon sus tripas. De nuevo su prima había tenido razón. Estaría muerta de hambre tras lo sucedido.
- ¿Quiere comer algo?
- No quiero ser molestia -negó frenéticamente con la cabeza.
- Créame. No lo es -dijo entre sonrisas.
Chris se había cerciorado varias veces de que el pulso de su vecina fuese normal. No quería que le ocurriera nada malo ya que llevaba muchísimo tiempo desmayada.
Había llamado a su prima Cassidy. Era médico en otro estado pero le había dicho a la perfección lo que debía hacer cuando aquella mujer muerta de miedo hasta en su inconsciencia despertara.
Se sentó en la silla de su escritorio perdiéndose en todos y cada uno de los milímetros de aquella huésped que por alguna extraña razón no podía dejar de mirar. La luz hacía unos contrastes exquisitos con aquella tez de porcelana.
Apoyó su dedo índice sobre su labio inferior deslizándolo como una caricia deseando que fuese la piel de aquella extraña la que recorrieran. Era igual que una ninfa.
Permaneció calmado, debatiéndose internamente en la posibilidad de quitar aquella ropa mojada para que no pillase una pulmonía. No, no podía hacer eso porque ella pensaría sin problema alguno que había sido un pervertido.
Pero aunque fuese un acto de perversión, aquella figura tenía que mantenerla intacta y no podía dejar escapar la posibilidad de intentar trazar aquellos rasgos, la forma tan inusual que estaba tomando la tela sobre su pequeño cuerpo.
Apretó sus labios hasta que fueron una fina línea separando su rostro y como si sus dedos tuviesen vida propia, se hicieron dueños de un carboncillo.
En menos de medio minuto si permanecías callado, se podía escuchar como aquel instrumento negro rozaba el papel dándole vida, dándole una nueva dimensión a un objeto con solo dos, volviendo lo imposible, posible. Transformando unas simples lineas en su delicada barbilla, trabajando con esmero en sus pobladas pestañas, intentando trasladar la poco repetitiva forma de sus labios entreabiertos invitando a un deseo prohibido a cualquier hombre que la considerase mínimamente atractiva.
Sus cabellos parecieron entretejerse especialmente para enmarcar de una manera indescriptible aquel rostro de facciones imposibles.
Unas sombras, unos destellos de luz.... parecía que Dios se había puesto de acuerdo con el Diablo para concederle semejante visión. Era tentadora como divina, perfecta como llena de defectos, atrayente como seductora, instigadora como letal a la vista. Única, esa era la palabra que podía definirlo de un modo más acertado.
¡No! Piensa en Alisson Stone. Ella era la chica que le había traído loco todo el tiempo y puede que el parecido de su vecina con ella fuese lo que le hubiese atraído pero por suerte se había dado cuenta que ella no era la misma persona y la joven que yacía en su cama era una simple desconocida.
Cerró los ojos intentando contener aquellas emociones estúpidas que habían comenzando a volver loco su cerebro. El problema de estar enamorado es que ves cosas donde no las hay. Sabía lo que significaba todo aquello y era que estaba más que deseoso de ver a Alisson y besarla al fin pero por algún extraño motivo una parte de él le decía que Alisson en la vida sería tan perfecta como aquella imagen que tenía ante sus ojos.
Miró entre sus pestañas y pudo ver como aquellos párpados se iban levantando poco a poco para encontrarse en una habitación desconocida. Podía sentir mucho frío, ni tan siquiera se sabía si podía moverse pues todo su cuerpo estaba entumecido. El pánico. Fue lo que se dijo ella a si misma pero no hizo que se sintiera mucho mejor.
Sería mejor que Chris fingiera no observarla, que no se moviera, que no hablara hasta que ella pudiese recapacitar y entender la situación en la que estaba. Ojalá recordarlo lo sucedido por sí sola no pensase nada malo de él ni se pusiese a chillar como una desquiciada.
Ella temerosa, solo pudo llevar una mano al lugar donde le dolía, su costado. Quizá durante la caída se había dado más fuerte de lo que él había esperado.
Los centelleantes ojos de su vecina recorrieron la estancia y parecía que ahora era capaz de recordar. Su rostro se volvió mucho más pálido y después comenzó a temblar incontrolablemente.
- Maldita sea -siseó Chris levantándose rápidamente de la silla.
Ella le miró y sobresaltada agarró la almohada pero él tomó su mano helada cubriéndola con sus dedos. Negó intentando darle a entender que todo estaba bien. Siempre mantenía la mirada fija en sus ojos como le había orientado su prima.
- Todo está bien -susurró con voz muy suave- Está en mi casa. No ha ocurrido nada. Está viva y bien.
La joven tiritando asintió y Chris pudo escuchar como castañeteaban sus dientes. Era obvio que tenía que haberla cambiado de ropa a pesar de lo que ella hubiese podido pensar después. ¡Estaba tan fría como un muerto!
- Ahora, la voy a llevar al baño y vamos a darle un baño caliente ¿vale? -susurró- Está congelada de frío y hay que intentar que entre en calor.
Ella no quería pero no podía poner resistencia por lo que finalmente sus ojos cedieron y Chris la tomó en brazos llevando aquel ligero cuerpo hasta el servicio. La apretó a su cuerpo de manera que así pudiese darle un poco de calor.
Abrió sin soltarle el grifo del agua caliente y dejó que la bañera se llenara. Se giró hacia la pobre mujer que le miraba con el temor reflejado en su rostro y la ayudó a desvestirse.
Intentó no mirar mientras la desprendía de aquella ropa empapada. No pensaba en ella como nadie simplemente se decía que estaba bañando a su madre. Eso era, su madre. La sonrió de manera cautelosa y una vez que no tenía nada de ropa encima, la cubrió con una toalla para no caer en la tentación dejando luego que ella misma al paso que pudiese entrase en el agua preparada para ella.
Dejó la tolla a un lado y se arrodilló frente a su cabeza para que supiese que no estaba mirando nada que no debiera. Acarició su cabello con las yemas de sus dedos.
- Quédese aquí hasta que haya entrado en calor. Iré a buscarle algo de ropa ¿de acuerdo? -siguió susurrando dado que cualquier otro tono de voz podría alterarla aún más.
Una vez que ella dijo que sí con la cabeza, él se incorporó y caminó de nuevo hasta su habitación. Buscó en su armario y sacó de él la ropa más pequeña que tenía que igual sería grande para ella.
Cuando la tuvo entre sus brazos decidió encender las estufas para que así ella no tuviese una recaída en cuanto a la bajada de su temperatura.
Volvió al baño y se quedó observando una escena sin igual. Aquel cuerpo estaba completamente lleno de cortes, de cicatrices, de moratones. ¿Cómo se había hecho todo eso con aquel golpe? No, no eran solamente de ese momento salvo el que tenía en su cadera derecha. Aquellos golpes y sobre todo las feas cicatrices llevaban mucho tiempo en su cuerpo. ¿Qué podía haberle pasado para todo aquello? ¿Acaso alguien la pegaba?
Devolvió la mirada a aquellos ojos tristes y la ayudó a ponerse de pie una vez que le aseguró que estaba más caliente. Rodeó su cintura con sus brazos y apretó su cuerpo al suyo sintiendo como sus pechos les impedían estar completamente unidos. Chris no pudo evitar sonrojarse. Tomó la toalla y la ayudó a envolverse en ella.
- ¿Necesita que la ayude a vestirse? -susurró contra el cabello rubio que tras haberse mojado parecía ligeramente más moreno.
Ella negó alzando su mirada hasta sus ojos pero no dijo una sola palabra. Chris lo entendió y salió del baño para darle su espacio. Ya había tocado demasiado seguramente para el gusto de aquella pobre mujer. Buena iba a ser la relación con los vecinos, ¡sí, señor!
Una vez que aquel chico cerró la puerta, miró el pequeño espejo que había en la pared de enfrente. Tenía horror de ver su cuerpo tras la última pelea que había tenido con su marido. Se giró sensiblemente hacia un lado y abrió la toalla comprobando las marcas que le había dejado esta vez. Le dolía todo el cuerpo y no solamente por la caída que había sufrido cuando había estado al borde de la muerte sino por como la habían arrebatado de nuevo la dignidad entre insultos y puñetazos.
Cerró los ojos en un desesperado intento por contener las lágrimas pero no tuvo efecto alguno. Ellas siguieron el recorrido que conocían a la perfección y tuvo que reprimir un agónico grito para no asustar al joven que la había salvado.
Se sentó en el filo de la bañera una vez que hubo cubierto de nuevo su cuerpo con la suave toalla. Suspiró en un vano intento por recobrar la compostura y comenzó a secarse con meticulosidad pero sobre todo cuidado para no sufrir con el roce de aquella tela en sus cardenales.
Volvió a levantarse quitando la toalla de su cuerpo y se puso la ropa que aquel amable joven la había dejado sobre la cisterna.
Escuchó como se abría la puerta y sacó del microondas el plato que acaba de calentar para que estuviese a una temperatura adecuada para su huésped. Observó sus piececitos enfundados en aquellos viejos calcetines pero que perfectamente hacían casi las veces de medias en ella y lo increíblemente adorable que podía verse con una indumentaria masculina viente tallas más grande. ¡Parecía Alicia en el país de las maravillas tras beber la poción encogedora!
- Buenas.
- Bu-buenas -respondió con una voz dulce pero algo vacilante.
- ¿Cómo está?
- Mejor, gracias.
Mordió su labio inferior y se llevó la mano a su vientre cuando ambos escucharon sus tripas. De nuevo su prima había tenido razón. Estaría muerta de hambre tras lo sucedido.
- ¿Quiere comer algo?
- No quiero ser molestia -negó frenéticamente con la cabeza.
- Créame. No lo es -dijo entre sonrisas.
Capítulo 5
Un nuevo haz de luz hizo que ambos se incorporaran visiblemente asustados. Se miraron una milésima de segundo y después ella comenzó a moverse nerviosa intentando soltarse de algún agarre inexistente.
Chris se quedó observando aquel pequeño rostro que parecía aún más aterrorizado que cuando estaba a punto de ser arrastrada a la muerte. Su expresión era desencajada. No podía mirar a ningún lugar concentro y parecía debatirse entre existir o no a cada momento que respiraba. Le costaba esfuerzo hacerlo. ¿Podía existir un alma tan desoladora sin tener ningún tipo de enfermedad aparente? Esa mujer estaba consiguiendo despertar en él un sentimiento protector que jamás había sentido. Necesitaba ser salvada de algo horrible y cualquiera con dos segundos observándola pudiese haberlo comprendido sin ningún tipo de problema.
Con su cuerpo aún rígido por haber estado cerca de la muerte antes incluso de lo que cualquiera hubiese planeado, se levantó de la cama y analizó los desastres de su vestuario. Estaba completamente empapada, sus ropas ligeramente ennegrecidas por haberse deslizado contra la pared del edificio cuando su vecino la había rescatado de una muerte segura.
Sus miradas se cruzaron y contempló al chico que estaba sumamente pálido mirando aún sin poder creerse lo sucedido la ventana.
Le costaba, muchísimo pero sabía que debía agradecerle por haber hecho lo impensable a pesar de ser el culpable de su caída.
- Gr...gracias -susurró.
Se podía sentir el dolor en su voz. Un dolor tan intenso que no podía arrancarse simplemente sino que había que cuidar las heridas hasta que sanasen muchos años después. Necesitaba una cura que aún desconocía si era posible conseguirla o no.
- De nada -respondió- ¿Está bien?
Los ojos inquisidores del chico la miraban intensamente de una manera que a ella le incomodó muchísimo. Parecían deseosos por leer su alma, por descubrir algún secreto que jamás hubiese revelado a nadie. No, era un simple desconocido y por muy curioso que fuese sabía que terminaría perdiendo el interés en su existencia como todas las personas que había conocido. Ni tan siquiera su familia se preocupaba en saber si seguía viva desde hacía más de cinco años.
- Sí. Gracias, de verdad. No sé qué hubiese sido de mí si no hubiese agarrado la cuerda.
- No tiene absolutamente nada que agradecerme. Al fin y al cabo fui yo quien la molestó -rió.
Chris intentaba quitarle hierro al asunto, bajar el nivel de tensión de la sala con aquella broma pero ella no parecía dispuesta a cooperar. Se miraron unos solos segundos más y después aquella rubia de facciones imposibles por la intensa belleza que parecía envolverle, se giró sobre sí misma y caminó hacia la puerta de la entrada del piso.
¿Acaso se iba a ir? ¿Podría seguir con su vida sin tener ni un solo ataque de pánico? Cualquiera en su situación no podría estar tan tranquila. Las piernas le flaquearían, los miembros le temblarían y puede que incluso la voz no escapase de su garganta a pesar de desear gritar que daba gracias a Dios por estar viva; es más, cualquiera en su situación estaría llorando y ella parecía tan entera.
- ¿Seguro que está bien? -se apresuró a preguntar Chris muy confuso.
En el instante en que ella se paró, pensó que se giraría para responderle pero antes de que pudiese reaccionar, el minúsculo cuerpo de la mujer cayó al suelo. Su vecina se había desmayado.
Preocupado, tomó aquella liviana mujer entre sus brazos y la llevó a su habitación. La depositó sobre las sábanas ligeramente humedecidas por la lluvia y se incorporó cerrando la ventana de su habitación para que así la pobre mujer no se resfriara. ¿Debía dejarla con la ropa que llevaba puesta? Podía coger una pulmonía ya que su casa no tenía calefacción sino que se alimentaba el casi inexistente calor con una pequeña estufa eléctrica.
Rozó los rubios cabellos que empapados se habían pegado en el rostro demacrado de aquella mujer. Era preciosa. Increíblemente preciosa. Lo de menos era el dolor que emanaba de ella, no hacía sobra a sus rasgos cincelados por los ángeles, a aquella pequeñas arrugas junto a las comisuras de sus labios que seguramente serían más pronunciadas cuando sonriese haciendo sin lugar a dudas que resultase tan adorable como una niña pequeña. Tenía una piel tan suave y perfecta.
¿Qué estaba haciendo? Separó su mano de ella y resopló. Era una completa desconocida y encima estaba casada aunque más allá de todo aquello lo que le asustaba era que parecía un completo acosador. ¿A quién se le ocurre ponerse a acariciar la mejilla de una mujer desmayada y de la que encima carecía para él de nombre alguno?
Asqueado por la idea de convertirse en algo parecido a su padre, se levantó de la cama y se fue de la habitación dejando que aquella mujer descansase lo que necesitase antes de volver a hablar con ella.
Puede que cuando se despertara lo que realmente necesitase fuese tomar algo que incrementase los niveles de glucosa. Decidido, le prepararía algo de comer y aunque no era de su incumbencia la obligaría a tomárselo antes de irse aunque solo fuese para que su "salvador" estuviese un poco más tranquilo.
Encendió la cocina de gas con cuidado de no quemarse y después suspiró notando como todo su cuerpo temblaba. ¡Oh Dios mío! Ahora era consciente de lo cerca que había sido de ser el responsable del fallecimiento de aquella mujer tan atormentada Podía revivir la escena una y otra vez en su cabeza y se estaba volviendo completamente loco. Si tan solo le hubiese fallado las fuerzas, aquella cabecita estaría ahora abierta contra el suelo del patio interior.
Estaba claro que él también tenía que tomarse algo para serenar los nervios. Pasó su mano por su cara y decidió dejar cociendo un poco de pasta que era lo que mejor sabía hacer a pesar de no tener hambre alguna.
Chris se quedó observando aquel pequeño rostro que parecía aún más aterrorizado que cuando estaba a punto de ser arrastrada a la muerte. Su expresión era desencajada. No podía mirar a ningún lugar concentro y parecía debatirse entre existir o no a cada momento que respiraba. Le costaba esfuerzo hacerlo. ¿Podía existir un alma tan desoladora sin tener ningún tipo de enfermedad aparente? Esa mujer estaba consiguiendo despertar en él un sentimiento protector que jamás había sentido. Necesitaba ser salvada de algo horrible y cualquiera con dos segundos observándola pudiese haberlo comprendido sin ningún tipo de problema.
Con su cuerpo aún rígido por haber estado cerca de la muerte antes incluso de lo que cualquiera hubiese planeado, se levantó de la cama y analizó los desastres de su vestuario. Estaba completamente empapada, sus ropas ligeramente ennegrecidas por haberse deslizado contra la pared del edificio cuando su vecino la había rescatado de una muerte segura.
Sus miradas se cruzaron y contempló al chico que estaba sumamente pálido mirando aún sin poder creerse lo sucedido la ventana.
Le costaba, muchísimo pero sabía que debía agradecerle por haber hecho lo impensable a pesar de ser el culpable de su caída.
- Gr...gracias -susurró.
Se podía sentir el dolor en su voz. Un dolor tan intenso que no podía arrancarse simplemente sino que había que cuidar las heridas hasta que sanasen muchos años después. Necesitaba una cura que aún desconocía si era posible conseguirla o no.
- De nada -respondió- ¿Está bien?
Los ojos inquisidores del chico la miraban intensamente de una manera que a ella le incomodó muchísimo. Parecían deseosos por leer su alma, por descubrir algún secreto que jamás hubiese revelado a nadie. No, era un simple desconocido y por muy curioso que fuese sabía que terminaría perdiendo el interés en su existencia como todas las personas que había conocido. Ni tan siquiera su familia se preocupaba en saber si seguía viva desde hacía más de cinco años.
- Sí. Gracias, de verdad. No sé qué hubiese sido de mí si no hubiese agarrado la cuerda.
- No tiene absolutamente nada que agradecerme. Al fin y al cabo fui yo quien la molestó -rió.
Chris intentaba quitarle hierro al asunto, bajar el nivel de tensión de la sala con aquella broma pero ella no parecía dispuesta a cooperar. Se miraron unos solos segundos más y después aquella rubia de facciones imposibles por la intensa belleza que parecía envolverle, se giró sobre sí misma y caminó hacia la puerta de la entrada del piso.
¿Acaso se iba a ir? ¿Podría seguir con su vida sin tener ni un solo ataque de pánico? Cualquiera en su situación no podría estar tan tranquila. Las piernas le flaquearían, los miembros le temblarían y puede que incluso la voz no escapase de su garganta a pesar de desear gritar que daba gracias a Dios por estar viva; es más, cualquiera en su situación estaría llorando y ella parecía tan entera.
- ¿Seguro que está bien? -se apresuró a preguntar Chris muy confuso.
En el instante en que ella se paró, pensó que se giraría para responderle pero antes de que pudiese reaccionar, el minúsculo cuerpo de la mujer cayó al suelo. Su vecina se había desmayado.
Preocupado, tomó aquella liviana mujer entre sus brazos y la llevó a su habitación. La depositó sobre las sábanas ligeramente humedecidas por la lluvia y se incorporó cerrando la ventana de su habitación para que así la pobre mujer no se resfriara. ¿Debía dejarla con la ropa que llevaba puesta? Podía coger una pulmonía ya que su casa no tenía calefacción sino que se alimentaba el casi inexistente calor con una pequeña estufa eléctrica.
Rozó los rubios cabellos que empapados se habían pegado en el rostro demacrado de aquella mujer. Era preciosa. Increíblemente preciosa. Lo de menos era el dolor que emanaba de ella, no hacía sobra a sus rasgos cincelados por los ángeles, a aquella pequeñas arrugas junto a las comisuras de sus labios que seguramente serían más pronunciadas cuando sonriese haciendo sin lugar a dudas que resultase tan adorable como una niña pequeña. Tenía una piel tan suave y perfecta.
¿Qué estaba haciendo? Separó su mano de ella y resopló. Era una completa desconocida y encima estaba casada aunque más allá de todo aquello lo que le asustaba era que parecía un completo acosador. ¿A quién se le ocurre ponerse a acariciar la mejilla de una mujer desmayada y de la que encima carecía para él de nombre alguno?
Asqueado por la idea de convertirse en algo parecido a su padre, se levantó de la cama y se fue de la habitación dejando que aquella mujer descansase lo que necesitase antes de volver a hablar con ella.
Puede que cuando se despertara lo que realmente necesitase fuese tomar algo que incrementase los niveles de glucosa. Decidido, le prepararía algo de comer y aunque no era de su incumbencia la obligaría a tomárselo antes de irse aunque solo fuese para que su "salvador" estuviese un poco más tranquilo.
Encendió la cocina de gas con cuidado de no quemarse y después suspiró notando como todo su cuerpo temblaba. ¡Oh Dios mío! Ahora era consciente de lo cerca que había sido de ser el responsable del fallecimiento de aquella mujer tan atormentada Podía revivir la escena una y otra vez en su cabeza y se estaba volviendo completamente loco. Si tan solo le hubiese fallado las fuerzas, aquella cabecita estaría ahora abierta contra el suelo del patio interior.
Estaba claro que él también tenía que tomarse algo para serenar los nervios. Pasó su mano por su cara y decidió dejar cociendo un poco de pasta que era lo que mejor sabía hacer a pesar de no tener hambre alguna.
miércoles, 20 de febrero de 2013
Capítulo 4
Secó sus lágrimas mientras veía caer las gotas de lluvia. De repente se había puesto el cielo a anunciar a todo el mundo que ella estaba llorando. Rió con amargura. Tenía tiempo de para estar sola. Hoy viernes, su marido siempre salía de copas y a veces no regresaba hasta el día siguiente. Siempre era todo culpa de un tal John pero cuando ella había preguntado por él en el trabajo de su marido le habían dicho que no existía.
Lo sabía. Sabía que había otra mujer en alguna parte de esa ciudad pero de alguna manera pensaba que era lo que se merecía ya que no era la esposa perfecta. Su esposo siempre se lo recordaba, nunca hacía nada bien y es obvio que él se buscaría a otra en algún momento lo que la mataría por dentro pues no valía para nada.
Deslizó sus dedos gélidos por debajo de su nariz intentando de alguna manera calmar el continuo descenso de lágrimas que escapaban de sus ojos y morían en sus labios.
Si tan solo hubiese podido hacer algo bien, solo algo de lo que él la había pedido en aquellos años de matrimonio....
Se habían conocido en el instituto y fue una historia de amor de cuento de hadas o al menos eso le parecía a ella. Había sido el chico más dulce hasta que los celos aparecieron, celos estúpidos y sin sentido. Imaginaba cosas que no ocurrían. Miradas que jamás pertenecían a nadie. En alguna ocasión se llegó a preguntar si él estaba loco pero era el primero y el único que la había amado, que se había interesado por ella y por eso aceptó todo lo que vino después.
Ahora apoyada en el sillón, con sus pies sobre el asiento mira a un punto alejado de todo ese mundo en el que está sumergida. Suspira. Seca sus lágrimas. Se queda quieta durante varios minutos recordando, imaginando a su marido en los brazos de otra mujer y después empalidece hasta que vuelve a respirar.
Así pasó varias horas mientras que al otro lado de la calle un joven Chris regresaba a su nueva casa con una inmensa sonrisa en sus labios. Al fin podía hacer algo que le gustaba y la lluvia le volvía loco. De hecho ni tan siquiera ocultaba su cabello bajo una capucha como la mayoría de los seres humanos con los que se cruza. Pero es feliz. De alguna extraña manera lo es.
Abrió la puerta del portal y escucha como chirría. Aquel metal no podía estar más oxidado pero al menos le echaban de vez en cuando aceite a las bisagras para que sus habitantes pudiesen salir o entrar a sus casas, sino sería una gran trampa en caso de un incendio.
Rió por sus pensamientos. Siempre se le ocurría lo mismo cuando escuchaba ese ruido insoportable del metal debatiéndose entre girar o no raspándose mutuamente.
Subió las escaleras de dos en dos y notó como por el esfuerzo su corazón martilleaba. Cerró los ojos una milésima de segundo y entró en su hogar.
- Buenos días, Chris -rió al ver como se había dejado una ventana abierta y el agua entraba por la intensa lluvia.
Corrió hasta la ventana que se había dejado de par en par y la cerró para después ir a la cocina a buscar la fregona. Si su madre le viese ahora. En su vida había pensado usar un solo producto de la limpieza y de hecho su madre siempre le había repetido: "tú serás de los que tengan asistenta, ¿verdad, hijo? Eres de los que piensan que la escoba muerde".
- Ay mamá, cuanta razón tenías -rió divertido.
Se dispuso a escurrir la fregona con fuerza para que así soltase todo el agua y el ruido de esas gotas se perdía entre los golpeteos de la lluvia contra los viejos cristales.
Suspiró de nuevo e intentó calmar de esa manera el intenso dolor que aparecía como puñaladas en su pecho. Se dio unos leves cachetes en las mejillas y se levantó del sofá. Esa no era la actitud que tenía que tener. De nada valía lamentarse por algo que ella no podía cambiar y lo mejor era olvidarlo.
Pensó que una taza de té le ayudaría a verlo todo un poco más claro pero mientras iba caminando hacia la cocina se derrumbó de nuevo. Podía notar como sus lágrimas la ardían. Eran como ácido quemando su piel en su descenso. Apoyó sus manos sobre la encimera y pudo tuvo la sensación de estarse ahogando. Se apresuró y abrió la ventana suplicando al cielo por un poco de aire fresco que la devolviese una migaja de vida.
Terminó de fregar y caminó hasta la cocina para dejar allí la fregona y el cubo. Se quitó la chaqueta y la tiró sobre el sofá, despeinó su cabello y caminó hacia su habitación. Sujetaba entre sus labios un papel que había estado llevando en la mano todo el camino. Estaba empapado pero no le importaba, lo que estaba ahí se leía perfectamente porque lo habían escrito con un rotulador permanente.
¡Al fin! ¡Al fin Alisson Stone le había dado su número de teléfono y tenía una cita con ella! Durante toda la carrera había estado observándola como un estúpido Romeo demasiado tímido para acercarse a su Julieta.
Viernes a las cinco de la tarde ese era el día en el que todo lo que había estado soñando se haría realidad. Sabía que podría besarla, lo sabía. No era la primera chica con la que tenía citas pero sí la primera que le había parecido especial. Todas caían en la primera cita y eso era algo que le daba bastante seguridad. Algunos lo llamarían arrogancia pero mientras a él le sirviera, le importaba poco.
Sonrió mientras se quitaba la camisa que había sido víctima de las gotas de lluvia ya que el abrigo no resistió mucho. Su tela debía ser de muy dudable impremeabilidad. Tiró la camisa al suelo y miró por la ventana cuando un fogonazo recorrió la oscura habitación. Sin duda alguna era una señora tormenta la que estaba cayendo.
Abrió sus ojos y notó el abrazo gélido de las gotas de lluvia y la temperatura tan baja que asolaba la ciudad. Sonrió pues ahora la precipitación conseguía calmar el ácido que emanaba de sus ojos. Si la naturaleza no curaba era porque el mundo no quería que lo hiciera.
Las nubes grisáceas sonreían liberadas de aquella carga de litros y litros que habían tenido que almacenar durante horas o días hasta que el final pudo descargarlos. Un rayo cruzó el firmamento y con sus azules ojos vio la libertad. Aquella lluvia lo era y todo lo que la envolvía le estaban brindando al fin la sensación de libertad que ella necesitaba. Quería ser un pájaro.
Con cuidado pero ágilmente hizo lo que tantas veces había hecho de pequeña. Apoyó sus pies en el alfeizar de la ventana y después se puso de pie y con cuidado de no rasparse contra los ladrillos abrió sus brazos hacia el cielo dejando que el tiempo mojara toda su ropa.
Finalmente era un pájaro dejando que el vendaval la llevase hasta el lugar más inconcebible del planeta. Podía notar como le crecían las alas y como cuanto más empapada estaba más ligera se sentía.
- Llévame contigo -susurró muy suavemente suplicando al viento.
No pudo creer lo que estaba viendo. Una mujer estaba sobre el alfeizar de su ventana con los brazos extendidos seguramente dispuesta a tirarse. Se puso la primera camiseta que encontró y abrió de par en par su ventana.
- ¡No lo haga! -gritó Chris esperanzado en poder evitar que se quitase la vida.
Ella sorprendida perdió el equilibrio y gritó presa del pánico. Se apretó contra la pared sin importarle el daño que pudiese hacerse y miró al joven con el cabello empapado que la estaba observando.
- ¡Cállese! No voy a hacer nada -respondió visiblemente ofuscada de que le hubiesen interrumpido en su momento de libertad.
Chris la miró sin comprender. ¿Encima que la estaba intentando salvar la vida ella le daba esas contestaciones? ¿Quién se creía que era? ¿Él solo había querido hacer una buena acción?
- Muy bien. Tírese si quiere entonces -bufó.
- No iba a tirarme -siseó ella.
Chris movió la cabeza mientras murmuró lo loca que estaba y ella cuando pareció haberle oído, fue a reprenderle olvidándose de donde estaba.
Lo que ocurrió después fue tan rápido que Chris solamente tuvo tiempo de agarrar la cuerda de tender tan deprisa como le fue posible.
El chillido de aquella mujer lo había amortiguado el nuevo relámpago que había azotado la ciudad justo en ese instante. Sus zapatillas estaban en el suelo de aquel patio de luces a más de tres pisos de altura y colgando de una fina cuerda de tender estaba su vecina que había salvado la vida gracias a que sus brazos mantenían la cuerda donde debía estar.
- ¡Por favor, no la suelte! -chilló ella con horror.
- Tranquila, no lo haré. Solamente intente ayudarme a subirla ¿vale? -respondió con esfuerzo Chris.
Ella asintió y con un gran esfuerzo comenzó a elevar aquel cuerpecito hasta su ventana. Una vez que ella puso las manos en el alfeizar, la metió en su casa y ambos cayeron sobre la cama empapados y completamente sin aire.
Lo sabía. Sabía que había otra mujer en alguna parte de esa ciudad pero de alguna manera pensaba que era lo que se merecía ya que no era la esposa perfecta. Su esposo siempre se lo recordaba, nunca hacía nada bien y es obvio que él se buscaría a otra en algún momento lo que la mataría por dentro pues no valía para nada.
Deslizó sus dedos gélidos por debajo de su nariz intentando de alguna manera calmar el continuo descenso de lágrimas que escapaban de sus ojos y morían en sus labios.
Si tan solo hubiese podido hacer algo bien, solo algo de lo que él la había pedido en aquellos años de matrimonio....
Se habían conocido en el instituto y fue una historia de amor de cuento de hadas o al menos eso le parecía a ella. Había sido el chico más dulce hasta que los celos aparecieron, celos estúpidos y sin sentido. Imaginaba cosas que no ocurrían. Miradas que jamás pertenecían a nadie. En alguna ocasión se llegó a preguntar si él estaba loco pero era el primero y el único que la había amado, que se había interesado por ella y por eso aceptó todo lo que vino después.
Ahora apoyada en el sillón, con sus pies sobre el asiento mira a un punto alejado de todo ese mundo en el que está sumergida. Suspira. Seca sus lágrimas. Se queda quieta durante varios minutos recordando, imaginando a su marido en los brazos de otra mujer y después empalidece hasta que vuelve a respirar.
Así pasó varias horas mientras que al otro lado de la calle un joven Chris regresaba a su nueva casa con una inmensa sonrisa en sus labios. Al fin podía hacer algo que le gustaba y la lluvia le volvía loco. De hecho ni tan siquiera ocultaba su cabello bajo una capucha como la mayoría de los seres humanos con los que se cruza. Pero es feliz. De alguna extraña manera lo es.
Abrió la puerta del portal y escucha como chirría. Aquel metal no podía estar más oxidado pero al menos le echaban de vez en cuando aceite a las bisagras para que sus habitantes pudiesen salir o entrar a sus casas, sino sería una gran trampa en caso de un incendio.
Rió por sus pensamientos. Siempre se le ocurría lo mismo cuando escuchaba ese ruido insoportable del metal debatiéndose entre girar o no raspándose mutuamente.
Subió las escaleras de dos en dos y notó como por el esfuerzo su corazón martilleaba. Cerró los ojos una milésima de segundo y entró en su hogar.
- Buenos días, Chris -rió al ver como se había dejado una ventana abierta y el agua entraba por la intensa lluvia.
Corrió hasta la ventana que se había dejado de par en par y la cerró para después ir a la cocina a buscar la fregona. Si su madre le viese ahora. En su vida había pensado usar un solo producto de la limpieza y de hecho su madre siempre le había repetido: "tú serás de los que tengan asistenta, ¿verdad, hijo? Eres de los que piensan que la escoba muerde".
- Ay mamá, cuanta razón tenías -rió divertido.
Se dispuso a escurrir la fregona con fuerza para que así soltase todo el agua y el ruido de esas gotas se perdía entre los golpeteos de la lluvia contra los viejos cristales.
Suspiró de nuevo e intentó calmar de esa manera el intenso dolor que aparecía como puñaladas en su pecho. Se dio unos leves cachetes en las mejillas y se levantó del sofá. Esa no era la actitud que tenía que tener. De nada valía lamentarse por algo que ella no podía cambiar y lo mejor era olvidarlo.
Pensó que una taza de té le ayudaría a verlo todo un poco más claro pero mientras iba caminando hacia la cocina se derrumbó de nuevo. Podía notar como sus lágrimas la ardían. Eran como ácido quemando su piel en su descenso. Apoyó sus manos sobre la encimera y pudo tuvo la sensación de estarse ahogando. Se apresuró y abrió la ventana suplicando al cielo por un poco de aire fresco que la devolviese una migaja de vida.
Terminó de fregar y caminó hasta la cocina para dejar allí la fregona y el cubo. Se quitó la chaqueta y la tiró sobre el sofá, despeinó su cabello y caminó hacia su habitación. Sujetaba entre sus labios un papel que había estado llevando en la mano todo el camino. Estaba empapado pero no le importaba, lo que estaba ahí se leía perfectamente porque lo habían escrito con un rotulador permanente.
¡Al fin! ¡Al fin Alisson Stone le había dado su número de teléfono y tenía una cita con ella! Durante toda la carrera había estado observándola como un estúpido Romeo demasiado tímido para acercarse a su Julieta.
Viernes a las cinco de la tarde ese era el día en el que todo lo que había estado soñando se haría realidad. Sabía que podría besarla, lo sabía. No era la primera chica con la que tenía citas pero sí la primera que le había parecido especial. Todas caían en la primera cita y eso era algo que le daba bastante seguridad. Algunos lo llamarían arrogancia pero mientras a él le sirviera, le importaba poco.
Sonrió mientras se quitaba la camisa que había sido víctima de las gotas de lluvia ya que el abrigo no resistió mucho. Su tela debía ser de muy dudable impremeabilidad. Tiró la camisa al suelo y miró por la ventana cuando un fogonazo recorrió la oscura habitación. Sin duda alguna era una señora tormenta la que estaba cayendo.
Abrió sus ojos y notó el abrazo gélido de las gotas de lluvia y la temperatura tan baja que asolaba la ciudad. Sonrió pues ahora la precipitación conseguía calmar el ácido que emanaba de sus ojos. Si la naturaleza no curaba era porque el mundo no quería que lo hiciera.
Las nubes grisáceas sonreían liberadas de aquella carga de litros y litros que habían tenido que almacenar durante horas o días hasta que el final pudo descargarlos. Un rayo cruzó el firmamento y con sus azules ojos vio la libertad. Aquella lluvia lo era y todo lo que la envolvía le estaban brindando al fin la sensación de libertad que ella necesitaba. Quería ser un pájaro.
Con cuidado pero ágilmente hizo lo que tantas veces había hecho de pequeña. Apoyó sus pies en el alfeizar de la ventana y después se puso de pie y con cuidado de no rasparse contra los ladrillos abrió sus brazos hacia el cielo dejando que el tiempo mojara toda su ropa.
Finalmente era un pájaro dejando que el vendaval la llevase hasta el lugar más inconcebible del planeta. Podía notar como le crecían las alas y como cuanto más empapada estaba más ligera se sentía.
- Llévame contigo -susurró muy suavemente suplicando al viento.
No pudo creer lo que estaba viendo. Una mujer estaba sobre el alfeizar de su ventana con los brazos extendidos seguramente dispuesta a tirarse. Se puso la primera camiseta que encontró y abrió de par en par su ventana.
- ¡No lo haga! -gritó Chris esperanzado en poder evitar que se quitase la vida.
Ella sorprendida perdió el equilibrio y gritó presa del pánico. Se apretó contra la pared sin importarle el daño que pudiese hacerse y miró al joven con el cabello empapado que la estaba observando.
- ¡Cállese! No voy a hacer nada -respondió visiblemente ofuscada de que le hubiesen interrumpido en su momento de libertad.
Chris la miró sin comprender. ¿Encima que la estaba intentando salvar la vida ella le daba esas contestaciones? ¿Quién se creía que era? ¿Él solo había querido hacer una buena acción?
- Muy bien. Tírese si quiere entonces -bufó.
- No iba a tirarme -siseó ella.
Chris movió la cabeza mientras murmuró lo loca que estaba y ella cuando pareció haberle oído, fue a reprenderle olvidándose de donde estaba.
Lo que ocurrió después fue tan rápido que Chris solamente tuvo tiempo de agarrar la cuerda de tender tan deprisa como le fue posible.
El chillido de aquella mujer lo había amortiguado el nuevo relámpago que había azotado la ciudad justo en ese instante. Sus zapatillas estaban en el suelo de aquel patio de luces a más de tres pisos de altura y colgando de una fina cuerda de tender estaba su vecina que había salvado la vida gracias a que sus brazos mantenían la cuerda donde debía estar.
- ¡Por favor, no la suelte! -chilló ella con horror.
- Tranquila, no lo haré. Solamente intente ayudarme a subirla ¿vale? -respondió con esfuerzo Chris.
Ella asintió y con un gran esfuerzo comenzó a elevar aquel cuerpecito hasta su ventana. Una vez que ella puso las manos en el alfeizar, la metió en su casa y ambos cayeron sobre la cama empapados y completamente sin aire.
martes, 19 de febrero de 2013
Capítulo 5
Observo su rostro mientras parece descansar. Sus labios están ligeramente abiertos pero en sus rasgos se nota el dolor. Sé que ella no quiere contarme lo que pasa por su cabeza. Suspiro y deslizo mis dedos por su mejilla mientras que su ceño lentamente comienza a fruncirse.
Tomo su mano y dejo un suave beso en el dorso de esta para después entrelazar nuestros dedos. Ella lentamente abre los ojos y me sonríe. Llevamos dos días tumbados en la cama y disfrutando las horas entre caricias.
- ¿No te aburres de estar conmigo? -susurra mientras que arruga suavemente su nariz desperezándose.
- Jamás p-p-podría -murmuro.
Deposito un beso en sus labios y ella niega para después agarrar mi cabello. Besa sonoramente mis labios con fuerza y se levanta para irse a la cocina.
Cierro mis ojos y niego para tomarla entre mis brazos y atraerla a mi cuerpo. Beso su hombro mientras ella ríe y me mira fijamente.
Apoya sus manos y entrelaza nuestros dedos en su minúscula cintura. Sonrío y dejo besos por toda su columna haciendo que ella se estremezca suavemente.
- ¿No me dejarás irme?
- N-no -susurro en su oído.
Aprieto su pequeño cuerpo al mío mientras que sonriendo ella se intenta levantar. Muerdo mi labio inferior observando su hermoso cuerpo. Ella se gira y toma mis manos haciendo que me levante. Aprieto nuestros dedos juntos para después caminar hacia el baño junto a ella suspirando embelesado por semejante belleza.
- No sé que has visto en mí -comienza a hablar y apoya su dedo sobre mis labios para que no la responda.
Abre el grifo de la ducha y sonríe unos instantes para después mirar mis ojos y meternos ambos en la ducha.
- No sé porqué ha ocurrido esto ni sé que pasará mañana pero lo que sí sé es que no puedo estar lejos de ti. No quiero vivir sin tu cariño -murmura y me roba un beso.
No la respondo, simplemente dejo que el agua nos recorra.
Tomo su mano y dejo un suave beso en el dorso de esta para después entrelazar nuestros dedos. Ella lentamente abre los ojos y me sonríe. Llevamos dos días tumbados en la cama y disfrutando las horas entre caricias.
- ¿No te aburres de estar conmigo? -susurra mientras que arruga suavemente su nariz desperezándose.
- Jamás p-p-podría -murmuro.
Deposito un beso en sus labios y ella niega para después agarrar mi cabello. Besa sonoramente mis labios con fuerza y se levanta para irse a la cocina.
Cierro mis ojos y niego para tomarla entre mis brazos y atraerla a mi cuerpo. Beso su hombro mientras ella ríe y me mira fijamente.
Apoya sus manos y entrelaza nuestros dedos en su minúscula cintura. Sonrío y dejo besos por toda su columna haciendo que ella se estremezca suavemente.
- ¿No me dejarás irme?
- N-no -susurro en su oído.
Aprieto su pequeño cuerpo al mío mientras que sonriendo ella se intenta levantar. Muerdo mi labio inferior observando su hermoso cuerpo. Ella se gira y toma mis manos haciendo que me levante. Aprieto nuestros dedos juntos para después caminar hacia el baño junto a ella suspirando embelesado por semejante belleza.
- No sé que has visto en mí -comienza a hablar y apoya su dedo sobre mis labios para que no la responda.
Abre el grifo de la ducha y sonríe unos instantes para después mirar mis ojos y meternos ambos en la ducha.
- No sé porqué ha ocurrido esto ni sé que pasará mañana pero lo que sí sé es que no puedo estar lejos de ti. No quiero vivir sin tu cariño -murmura y me roba un beso.
No la respondo, simplemente dejo que el agua nos recorra.
Idea :3
Apoyando su cigarrillo entre sus dedos miró a lo lejos con sus piernas abiertas sin importarle el decoro de una señorita. Sus vaqueros tan ceñidos a sus piernas que en cualquier momento terminarían rompiéndose.
Una camiseta de manga corta y tan pequeña que no llegaba a su cintura mientras que había sido dada de sí por sus minúsculos pechos. Desgastada y desaliñada como jamás había conocido mujer. Esa era la persona que tantas y tantas chicas y chicos parecían adorar hasta dolerles.
Puso una de sus zapatillas sobre el filo de la silla que estaba frente a ella en la que no se sentaba nadie mientras que apoyaba sus dedos amarillentos y descuidados sobre sus labios finos.
Parecía pensativa. Supuse que meditaba los pros y los contras de lo que había ocurrido y de lo que nos estaban proponiendo.
Por mi parte detestaba la idea. Tener que pasar ante todos como un estúpido sin sentimientos, como un idiota sin razón alguna que vivir la vida por y para una mujer de la que jamás había estado enamorado. Gracias a todo aquel asunto había odiado durante mucho tiempo la palabra amor. Tenía que fingir las veinticuatro horas algo que no sentía ni sentiría jamás al ver aquellos ojos pardos mirarme con tanto rencor y fastidio como si mi sola presencia le incomodase.
El cabello rubio de su agente se movió de un lado al otro esperando una respuesta. No sería el primero en hablar pero me levanté de aquella silla buscando un poco de aire fresco. La ventana llevaba abierta de par en par todo el día para intentar que el humo de los cigarros que ella se fumaba, nos ahogaran a los cuatro.
El tráfico de Nueva York estaba más tranquilo que de costumbre. Cientos de personas habían estado haciendo cola para poder ir al concierto que daba aquel joven adolescente que las volvía a todas locas, pero además a la misma hora se podía ver el partido de los Knicks. Parecía que todos los habitantes de Nueva York estaban encerrados en uno u otro edificio y habían dejado todo el aire gélido para que llenase mis pulmones.
Cerré los ojos y respiré profundamente esperando de esa manera poder calmar la angustia que me producía aquella situación. ¿Realmente no tenía alternativa? ¿Debía continuar con todo esto? Es cierto que cuando eres actor quieres vender a toda costa pero lo que no quieres es terminar siendo el hazme reír de todo el mundo solamente porque alguien no ha sido capaz de medir las consecuencias de sus actos.
Una camiseta de manga corta y tan pequeña que no llegaba a su cintura mientras que había sido dada de sí por sus minúsculos pechos. Desgastada y desaliñada como jamás había conocido mujer. Esa era la persona que tantas y tantas chicas y chicos parecían adorar hasta dolerles.
Puso una de sus zapatillas sobre el filo de la silla que estaba frente a ella en la que no se sentaba nadie mientras que apoyaba sus dedos amarillentos y descuidados sobre sus labios finos.
Parecía pensativa. Supuse que meditaba los pros y los contras de lo que había ocurrido y de lo que nos estaban proponiendo.
Por mi parte detestaba la idea. Tener que pasar ante todos como un estúpido sin sentimientos, como un idiota sin razón alguna que vivir la vida por y para una mujer de la que jamás había estado enamorado. Gracias a todo aquel asunto había odiado durante mucho tiempo la palabra amor. Tenía que fingir las veinticuatro horas algo que no sentía ni sentiría jamás al ver aquellos ojos pardos mirarme con tanto rencor y fastidio como si mi sola presencia le incomodase.
El cabello rubio de su agente se movió de un lado al otro esperando una respuesta. No sería el primero en hablar pero me levanté de aquella silla buscando un poco de aire fresco. La ventana llevaba abierta de par en par todo el día para intentar que el humo de los cigarros que ella se fumaba, nos ahogaran a los cuatro.
El tráfico de Nueva York estaba más tranquilo que de costumbre. Cientos de personas habían estado haciendo cola para poder ir al concierto que daba aquel joven adolescente que las volvía a todas locas, pero además a la misma hora se podía ver el partido de los Knicks. Parecía que todos los habitantes de Nueva York estaban encerrados en uno u otro edificio y habían dejado todo el aire gélido para que llenase mis pulmones.
Cerré los ojos y respiré profundamente esperando de esa manera poder calmar la angustia que me producía aquella situación. ¿Realmente no tenía alternativa? ¿Debía continuar con todo esto? Es cierto que cuando eres actor quieres vender a toda costa pero lo que no quieres es terminar siendo el hazme reír de todo el mundo solamente porque alguien no ha sido capaz de medir las consecuencias de sus actos.
sábado, 19 de enero de 2013
Capítulo 4
Su comisura derecha se levanta sobre el grosor de sus labios y mientras la observo tras mis gafas de pasta no puedo evitar sonreír. Aquella noche ha sido muy especial para mí. Ahora entendía hasta que punto el amor era algo mágico. Si cierro mis ojos soy capaz de escuchar sus jadeos, de sentir su boca contra la mía y de notar sus caricias en mi piel.
Deslizo mi dedo índice por su brazo deleitándome de nuevo con la suavidad de aquella piel que tan solo me había pertenecido a mí por una noche, por un intenso momento de necesidad de ambos.
Sonríe. Sonrío. Espero que despierte pero aún no lo hace y ese momento es perfecto. Velo sus sueños como tantas otras veces había deseado cuando mi corazón se había vuelto loco por su incontenible hermosura.
Se remueve, abre los ojos y se queda quieta, fijando su mirada en la mía. No sé que está pensando. Desconozco si se arrepiente. ¿Sabrá lo que la he amado en secreto?
- Hola -murmura y se acerca a mi rostro para apoyar su frente contra la mía.
- Ho-ho-hola -respondo cohibido de nuevo ante su cercanía.
- ¿Cómo estás?
Siento como sus dedos se pierden en mi cabello y vuelvo a recordar aquel momento tan intenso que jamás podría olvidar.
- Bi-bi-en.. ¿t-t-tú? -pregunto con miedo.
Sonríe. Se sonroja y hunde su rostro en el hueco que hay entre mi mandíbula y mi hombro rozando mi cuello con sus labios.
- Muy bien -responde.
Apoyo mis manos en su espalda desnuda y aprieto su frágil cuerpo contra el mío. Soy consciente de que la necesito, la amo y la adoro como si se tratase de una religión intensa y adictiva.
Ella se acurruca contra mí. Puedo sentir su necesidad de amor, de cariño, de atención como si fuese la mía propia. Quiero saber todo de ella, perderme en sus miedos y fundirme con sus recuerdos. Deseo saber más que nadie de su infierno y encontrar de él una salida.
Apoya su mano en mi mejilla y observo la cicatriz que dejó aquella horrible cuchilla que intentó arrebatarme a mi dueña. Tomo su muñeca y beso aquella herida para después sentir como el cuerpo de aquella princesa se tensaba.
- ¿Por qué haces eso? -murmura con un tono gélido.
- P-p-porq-q-que t-t-to-d-d-do t-t-te ha-a-ce p-p-perfec-ct-cta -susurro.
- No lo hagas, Daniel -responde y se incorpora quedando sentada en la cama.
Me incorporo con ella sin entender. Ve un sufrimiento que no me gusta y espero que pueda soltarlo, que confíe en mí y me cuente lo que atormenta su alma pero no lo hace, permanece en silencio. Sufre sola. No me incluye y eso me destroza. La abrazo, la aprieto contra mi pecho y poco a poco deja de estar tensa.
Es entonces cuando me hago una nota mental: Ella siempre necesita cariño aunque se aleje, aunque no lo pida o pida lo contrario.
Deslizo mi dedo índice por su brazo deleitándome de nuevo con la suavidad de aquella piel que tan solo me había pertenecido a mí por una noche, por un intenso momento de necesidad de ambos.
Sonríe. Sonrío. Espero que despierte pero aún no lo hace y ese momento es perfecto. Velo sus sueños como tantas otras veces había deseado cuando mi corazón se había vuelto loco por su incontenible hermosura.
Se remueve, abre los ojos y se queda quieta, fijando su mirada en la mía. No sé que está pensando. Desconozco si se arrepiente. ¿Sabrá lo que la he amado en secreto?
- Hola -murmura y se acerca a mi rostro para apoyar su frente contra la mía.
- Ho-ho-hola -respondo cohibido de nuevo ante su cercanía.
- ¿Cómo estás?
Siento como sus dedos se pierden en mi cabello y vuelvo a recordar aquel momento tan intenso que jamás podría olvidar.
- Bi-bi-en.. ¿t-t-tú? -pregunto con miedo.
Sonríe. Se sonroja y hunde su rostro en el hueco que hay entre mi mandíbula y mi hombro rozando mi cuello con sus labios.
- Muy bien -responde.
Apoyo mis manos en su espalda desnuda y aprieto su frágil cuerpo contra el mío. Soy consciente de que la necesito, la amo y la adoro como si se tratase de una religión intensa y adictiva.
Ella se acurruca contra mí. Puedo sentir su necesidad de amor, de cariño, de atención como si fuese la mía propia. Quiero saber todo de ella, perderme en sus miedos y fundirme con sus recuerdos. Deseo saber más que nadie de su infierno y encontrar de él una salida.
Apoya su mano en mi mejilla y observo la cicatriz que dejó aquella horrible cuchilla que intentó arrebatarme a mi dueña. Tomo su muñeca y beso aquella herida para después sentir como el cuerpo de aquella princesa se tensaba.
- ¿Por qué haces eso? -murmura con un tono gélido.
- P-p-porq-q-que t-t-to-d-d-do t-t-te ha-a-ce p-p-perfec-ct-cta -susurro.
- No lo hagas, Daniel -responde y se incorpora quedando sentada en la cama.
Me incorporo con ella sin entender. Ve un sufrimiento que no me gusta y espero que pueda soltarlo, que confíe en mí y me cuente lo que atormenta su alma pero no lo hace, permanece en silencio. Sufre sola. No me incluye y eso me destroza. La abrazo, la aprieto contra mi pecho y poco a poco deja de estar tensa.
Es entonces cuando me hago una nota mental: Ella siempre necesita cariño aunque se aleje, aunque no lo pida o pida lo contrario.
Capítulo 3
Las lágrimas aún recorrían aquella piel que parecía de porcelana. Había sido tratada con mucha dureza pues su rostro parecía ligeramente deformado pero su hermosura era impresionante aún así.
Vestida con una camiseta blanca de tirantes anchos, ella estaba absorta en el horizonte, soñando con ser un pájaro para desaparecer de las garras de aquella bestia bipolar que en ocasiones la amaba con su vida y en otras eso no le impedía magullarla hasta dejar a sus pulmones sin aliento.
Una de sus lágrimas se deslizó dolorosamente por la herida que tenía alojada en el pómulo. Cuando rozó la fisura de su tez sintió como si le hubiesen deslizado entre las grietas pequeños granos de sal.
Miró hacia sus manos y comprobó que sus dedos permanecían ligeramente hinchados pero aún así no podía esperar más para hacer las tareas del hogar. Había mucho que arreglar, que ordenar, que tirar porque estaba roto tras lo acontecido aquella noche que gobernaría sus pesadillas junto a las anteriores.
Abrió y cerró sus dedos unas cuantas veces sobre su palma y cuando estuvo segura que no tendría mejor movilidad además de poder soportar el dolor, se decidió a ponerse manos a la obra.
Tenía que tender la ropa que había lavado. Eso podría ayudar a su hinchazón, el frío de la ropa mojada aliviaría por un instante sus manos para darle fuerza a continuar con aquel trabajo.
Abrió la puerta de la lavadora y disfrutó de la sensación de la tela empapada contra sus nudillos. Sonrió ligeramente, lo que su labio partido le permitía. Se incorporó con unos pantalones azules entre sus dedos, apoyó su cuerpo contra la pared dejando que su pecho quedase sobre el alfeizar de la ventana que daba al patio interior. Allí estaban las cuerdas de tender.
Con un ruido bastante desagradable las poleas dejaban que la cuerda se deslizase por su carril dejando espacio libre para colocar otra prenda más.
Por una razón que no comprendía se sentía observada lo que podía significar dos cosas: que estaba imaginando algo que jamás sucedía o que su marido había vuelto a su casa.
Nerviosa, se giró y observó que nadie estaba en la puerta de la cocina por lo que respiró tranquila. No quería que comenzase a chillarle de nuevo porque no le había dado tiempo a hacer todas las tareas que él le había pedido. Así era siempre, rompía él pero recogía ella a pesar de que algunos de esos objetos se habían estrellado contra su propio cuerpo.
Sacó del interior de aquella máquina una de sus camisetas y al inclinarse sobre el alféizar haciéndose así más sencilla la operación de tender la ropa, alzó la mirada, descubriendo así que no había imaginado nada. Realmente la estaban observando.
Frente a ella, un chico que podría tener más o menos su edad, observaba cada milímetro de su piel como si estuviese hipnotizado. Por un segundo se sintió deseada pero después comprendió que aquel joven debía estar contemplando la obra maestra de su marido.
Aquella parte también era dolorosa. Podía sentirse como un mono de feria cuando paseaba por cualquier lugar. Todos observaban sus cicatrices, sus moratones, la manera en la que su cónyuge la despojaba una y otra vez de su dignidad. Era ultrajada físicamente cuando él deseaba y ella había terminado creyendo que aquellos castigos tenían razones convincentes.
Entendió que aquel hombre debía ser su nuevo vecino porque aquella casa la habían puesto en alquiler hacía muchos años pero jamás había acudido nadie para vivir entre sus paredes.
Su nuevo compañero de patio interior, tenía sus labios ligeramente abiertos que estaban enmarcados en una barba de varios días. Parecía sentirse avergonzado porque le hubiesen descubierto observando a aquella belleza para él tan inusual sin saber que ella no se había percatado de como la miraba, sino que había sacado una conclusión muy diferente.
- Ho... hola -atinó al fin a decir y ella tras terminar de tender una prenda más de ropa, desapareció en el interior de su hogar.
Vestida con una camiseta blanca de tirantes anchos, ella estaba absorta en el horizonte, soñando con ser un pájaro para desaparecer de las garras de aquella bestia bipolar que en ocasiones la amaba con su vida y en otras eso no le impedía magullarla hasta dejar a sus pulmones sin aliento.
Una de sus lágrimas se deslizó dolorosamente por la herida que tenía alojada en el pómulo. Cuando rozó la fisura de su tez sintió como si le hubiesen deslizado entre las grietas pequeños granos de sal.
Miró hacia sus manos y comprobó que sus dedos permanecían ligeramente hinchados pero aún así no podía esperar más para hacer las tareas del hogar. Había mucho que arreglar, que ordenar, que tirar porque estaba roto tras lo acontecido aquella noche que gobernaría sus pesadillas junto a las anteriores.
Abrió y cerró sus dedos unas cuantas veces sobre su palma y cuando estuvo segura que no tendría mejor movilidad además de poder soportar el dolor, se decidió a ponerse manos a la obra.
Tenía que tender la ropa que había lavado. Eso podría ayudar a su hinchazón, el frío de la ropa mojada aliviaría por un instante sus manos para darle fuerza a continuar con aquel trabajo.
Abrió la puerta de la lavadora y disfrutó de la sensación de la tela empapada contra sus nudillos. Sonrió ligeramente, lo que su labio partido le permitía. Se incorporó con unos pantalones azules entre sus dedos, apoyó su cuerpo contra la pared dejando que su pecho quedase sobre el alfeizar de la ventana que daba al patio interior. Allí estaban las cuerdas de tender.
Con un ruido bastante desagradable las poleas dejaban que la cuerda se deslizase por su carril dejando espacio libre para colocar otra prenda más.
Por una razón que no comprendía se sentía observada lo que podía significar dos cosas: que estaba imaginando algo que jamás sucedía o que su marido había vuelto a su casa.
Nerviosa, se giró y observó que nadie estaba en la puerta de la cocina por lo que respiró tranquila. No quería que comenzase a chillarle de nuevo porque no le había dado tiempo a hacer todas las tareas que él le había pedido. Así era siempre, rompía él pero recogía ella a pesar de que algunos de esos objetos se habían estrellado contra su propio cuerpo.
Sacó del interior de aquella máquina una de sus camisetas y al inclinarse sobre el alféizar haciéndose así más sencilla la operación de tender la ropa, alzó la mirada, descubriendo así que no había imaginado nada. Realmente la estaban observando.
Frente a ella, un chico que podría tener más o menos su edad, observaba cada milímetro de su piel como si estuviese hipnotizado. Por un segundo se sintió deseada pero después comprendió que aquel joven debía estar contemplando la obra maestra de su marido.
Aquella parte también era dolorosa. Podía sentirse como un mono de feria cuando paseaba por cualquier lugar. Todos observaban sus cicatrices, sus moratones, la manera en la que su cónyuge la despojaba una y otra vez de su dignidad. Era ultrajada físicamente cuando él deseaba y ella había terminado creyendo que aquellos castigos tenían razones convincentes.
Entendió que aquel hombre debía ser su nuevo vecino porque aquella casa la habían puesto en alquiler hacía muchos años pero jamás había acudido nadie para vivir entre sus paredes.
Su nuevo compañero de patio interior, tenía sus labios ligeramente abiertos que estaban enmarcados en una barba de varios días. Parecía sentirse avergonzado porque le hubiesen descubierto observando a aquella belleza para él tan inusual sin saber que ella no se había percatado de como la miraba, sino que había sacado una conclusión muy diferente.
- Ho... hola -atinó al fin a decir y ella tras terminar de tender una prenda más de ropa, desapareció en el interior de su hogar.
miércoles, 2 de enero de 2013
Capítulo 2
Abrió la puerta. Esta chirrió mientras la escasa luz que entraba por los agujeros de las personas, le recibía.
- Bienvenido a tu nueva casa -murmuró para sí mismo.
Allí estaba Chris al fin. Había encontrado un piso con el alquiler lo suficientemente bajo para que así pudiese comer mientras continuaba en la universidad. Un solo año de Bellas Artes y la tortura de cambiar de hogar cada dos por tres le abandonaría para siempre.
Sabía que estaba en esas condiciones por gusto pues sus padres tenían dinero de sobra para prestarle pero él no quería tener que depender de nadie aunque, en el fondo, no había día que no rezase porque su padre le girara algún que otro euro demás en su cuenta bancaria.
Dejó su maleta en el minúsculo salón y observó que a pesar de ser algo tedioso para él, no había más remedio que limpiar aquella casa que estaba al borde del abandono más absoluto.
Todos y cada uno de los muebles estaban cubiertos con una sábana, a cada cual más hortera. Algunas de las flores eran tan descomunalmente grandes que no sabías si eran flores en una sábana o una sábana entre el estampado.
Se dirigió hasta una de las ventanas y subió la cortina para así dejar entrar la claridad de la mañana. El polvo al ser acariciado por la brisa que iban entrando se movía de manera que no dejaba respirar bien por lo que Chris sacó la cabeza intentando que sus vías respiratorias se llenasen de aire puro aunque en medio de la ciudad puro, puro, era misión imposible.
Su mirada se dirigió rápidamente hacia el tráfico que había en ese momento. Todo coches dirigidos por una sola persona y ni un solo acompañante más. La hora punta. Todas las máquinas contaminantes eran conducidas a las distintas partes de la ciudad para que sus dueños pudiesen fichar y continuar en sus deprimentes rutinas.
A menudo se preguntaba si aquella sociedad y ese afán por consumir todo tipo de materiales no estaba destrozando la naturaleza humana que tanto también había llevado entender.
Se volvió a meter y apoyó sus manos en sus caderas decidiendo qué haría primero. Tenía infinitas posibilidades lo que le podría poner nervioso pero haría lo posible para calmarse. Lo mejor era colocar sus tareas en una lista e ir tachando a medida que se cumpliesen los objetivos.
Sacó de su mochila un cuaderno de medio folio de tamaño que siempre llevaba encima para las ideas que se le ocurrieran en cualquier momento y tomó uno de los bolígrafos bic. No tardó más de dos minutos en escribir todas sus tareas.
- Bueno... -chasqueó la lengua- decidido. Empezaré por quitar las sábanas y vaciar lo que esté lleno, después me pondré a limpiar.
Se puso en pie y quitó una a una todas las sábanas floridas de la dueña, la señora Jobbs. Todas estaban llenas de polvo y su tacto resultaba extraño a pesar de ser sumamente manchantes. Caminó con ellas hasta la cocina una vez las tuvo todas y decidió pasarles primero la aspiradora para quitarles el polvo evitando de esa manera que se formasen pastas indeseables en la lavadora cuando la usase.
Tomó sus cosas y las llevó hasta su habitación. Una vez que todo estuviese limpio se encargaría de colocar cada cosa en su lugar pero por el momento tenía trabajo más que de sobra.
Volviendo al salón, sacó del baño unos guantes de limpieza, un bote de lejía y un cubo que el mismo había comprado dos días antes.
- A por ello -resopló y tras ponerse los guantes se dispuso a dejar la casa como una patena.
- ¡Listo! -sonrió exhausto varias horas después de haber empezado a quitar toda aquella suciedad pero al menos ahora la casa estaba presentable.
Se quitó los guantes y los tiró a la basura pues sabía lo que había limpiado y no deseaba tener ni un solo recuerdo de aquello.
Después arrastró las cajas hasta cada una de las habitaciones correspondientes y comenzó a ordenar sus pertenencias dejando en último lugar el dormitorio.
En el salón puso sus libros, todo lo que debía estudiar pero decidió llevar al dormitorio todos y cada uno de sus materiales plásticos. Apoyó en el suelo, con sumo cuidado, el caballete y un lienzo en blanco sobre este.
Caminó hasta la ventana y subió la persiana dado que para limpiar había usado la ténue luz que le daba la solitaria bombilla del techo.
Una vez que los fragmentos de plástico agujereados desaparecieron de su vista, sus labios se abrieron ante la sorpresa de unos cabellos dorados al otro lado del patio interior.
- Perfecta -fue lo único que salió de entre sus labios mientras su joven vecina apoyada en el cristal de la ventana del piso de enfrente, observaba el tráfico aún amoratada y absorta en sus propios pensamientos.
- Bienvenido a tu nueva casa -murmuró para sí mismo.
Allí estaba Chris al fin. Había encontrado un piso con el alquiler lo suficientemente bajo para que así pudiese comer mientras continuaba en la universidad. Un solo año de Bellas Artes y la tortura de cambiar de hogar cada dos por tres le abandonaría para siempre.
Sabía que estaba en esas condiciones por gusto pues sus padres tenían dinero de sobra para prestarle pero él no quería tener que depender de nadie aunque, en el fondo, no había día que no rezase porque su padre le girara algún que otro euro demás en su cuenta bancaria.
Dejó su maleta en el minúsculo salón y observó que a pesar de ser algo tedioso para él, no había más remedio que limpiar aquella casa que estaba al borde del abandono más absoluto.
Todos y cada uno de los muebles estaban cubiertos con una sábana, a cada cual más hortera. Algunas de las flores eran tan descomunalmente grandes que no sabías si eran flores en una sábana o una sábana entre el estampado.
Se dirigió hasta una de las ventanas y subió la cortina para así dejar entrar la claridad de la mañana. El polvo al ser acariciado por la brisa que iban entrando se movía de manera que no dejaba respirar bien por lo que Chris sacó la cabeza intentando que sus vías respiratorias se llenasen de aire puro aunque en medio de la ciudad puro, puro, era misión imposible.
Su mirada se dirigió rápidamente hacia el tráfico que había en ese momento. Todo coches dirigidos por una sola persona y ni un solo acompañante más. La hora punta. Todas las máquinas contaminantes eran conducidas a las distintas partes de la ciudad para que sus dueños pudiesen fichar y continuar en sus deprimentes rutinas.
A menudo se preguntaba si aquella sociedad y ese afán por consumir todo tipo de materiales no estaba destrozando la naturaleza humana que tanto también había llevado entender.
Se volvió a meter y apoyó sus manos en sus caderas decidiendo qué haría primero. Tenía infinitas posibilidades lo que le podría poner nervioso pero haría lo posible para calmarse. Lo mejor era colocar sus tareas en una lista e ir tachando a medida que se cumpliesen los objetivos.
Sacó de su mochila un cuaderno de medio folio de tamaño que siempre llevaba encima para las ideas que se le ocurrieran en cualquier momento y tomó uno de los bolígrafos bic. No tardó más de dos minutos en escribir todas sus tareas.
- Bueno... -chasqueó la lengua- decidido. Empezaré por quitar las sábanas y vaciar lo que esté lleno, después me pondré a limpiar.
Se puso en pie y quitó una a una todas las sábanas floridas de la dueña, la señora Jobbs. Todas estaban llenas de polvo y su tacto resultaba extraño a pesar de ser sumamente manchantes. Caminó con ellas hasta la cocina una vez las tuvo todas y decidió pasarles primero la aspiradora para quitarles el polvo evitando de esa manera que se formasen pastas indeseables en la lavadora cuando la usase.
Tomó sus cosas y las llevó hasta su habitación. Una vez que todo estuviese limpio se encargaría de colocar cada cosa en su lugar pero por el momento tenía trabajo más que de sobra.
Volviendo al salón, sacó del baño unos guantes de limpieza, un bote de lejía y un cubo que el mismo había comprado dos días antes.
- A por ello -resopló y tras ponerse los guantes se dispuso a dejar la casa como una patena.
- ¡Listo! -sonrió exhausto varias horas después de haber empezado a quitar toda aquella suciedad pero al menos ahora la casa estaba presentable.
Se quitó los guantes y los tiró a la basura pues sabía lo que había limpiado y no deseaba tener ni un solo recuerdo de aquello.
Después arrastró las cajas hasta cada una de las habitaciones correspondientes y comenzó a ordenar sus pertenencias dejando en último lugar el dormitorio.
En el salón puso sus libros, todo lo que debía estudiar pero decidió llevar al dormitorio todos y cada uno de sus materiales plásticos. Apoyó en el suelo, con sumo cuidado, el caballete y un lienzo en blanco sobre este.
Caminó hasta la ventana y subió la persiana dado que para limpiar había usado la ténue luz que le daba la solitaria bombilla del techo.
Una vez que los fragmentos de plástico agujereados desaparecieron de su vista, sus labios se abrieron ante la sorpresa de unos cabellos dorados al otro lado del patio interior.
- Perfecta -fue lo único que salió de entre sus labios mientras su joven vecina apoyada en el cristal de la ventana del piso de enfrente, observaba el tráfico aún amoratada y absorta en sus propios pensamientos.
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