Sus rasgos parecían serenos. Su respiración era calmada. Tenía su cabeza apoyada en una de sus manos. La mejilla rozaba las falanges y dejaba ver un perfil inusual para él. Era la imagen viva de la vulnerabilidad. Al observarla sabía que si algo la tocaba con un poco más de fuerza que la necesaria, esa mujer se rompería en mil pedazos cual vaso de cristal precipitándose al vacío.
Chris se había cerciorado varias veces de que el pulso de su vecina fuese normal. No quería que le ocurriera nada malo ya que llevaba muchísimo tiempo desmayada.
Había llamado a su prima Cassidy. Era médico en otro estado pero le había dicho a la perfección lo que debía hacer cuando aquella mujer muerta de miedo hasta en su inconsciencia despertara.
Se sentó en la silla de su escritorio perdiéndose en todos y cada uno de los milímetros de aquella huésped que por alguna extraña razón no podía dejar de mirar. La luz hacía unos contrastes exquisitos con aquella tez de porcelana.
Apoyó su dedo índice sobre su labio inferior deslizándolo como una caricia deseando que fuese la piel de aquella extraña la que recorrieran. Era igual que una ninfa.
Permaneció calmado, debatiéndose internamente en la posibilidad de quitar aquella ropa mojada para que no pillase una pulmonía. No, no podía hacer eso porque ella pensaría sin problema alguno que había sido un pervertido.
Pero aunque fuese un acto de perversión, aquella figura tenía que mantenerla intacta y no podía dejar escapar la posibilidad de intentar trazar aquellos rasgos, la forma tan inusual que estaba tomando la tela sobre su pequeño cuerpo.
Apretó sus labios hasta que fueron una fina línea separando su rostro y como si sus dedos tuviesen vida propia, se hicieron dueños de un carboncillo.
En menos de medio minuto si permanecías callado, se podía escuchar como aquel instrumento negro rozaba el papel dándole vida, dándole una nueva dimensión a un objeto con solo dos, volviendo lo imposible, posible. Transformando unas simples lineas en su delicada barbilla, trabajando con esmero en sus pobladas pestañas, intentando trasladar la poco repetitiva forma de sus labios entreabiertos invitando a un deseo prohibido a cualquier hombre que la considerase mínimamente atractiva.
Sus cabellos parecieron entretejerse especialmente para enmarcar de una manera indescriptible aquel rostro de facciones imposibles.
Unas sombras, unos destellos de luz.... parecía que Dios se había puesto de acuerdo con el Diablo para concederle semejante visión. Era tentadora como divina, perfecta como llena de defectos, atrayente como seductora, instigadora como letal a la vista. Única, esa era la palabra que podía definirlo de un modo más acertado.
¡No! Piensa en Alisson Stone. Ella era la chica que le había traído loco todo el tiempo y puede que el parecido de su vecina con ella fuese lo que le hubiese atraído pero por suerte se había dado cuenta que ella no era la misma persona y la joven que yacía en su cama era una simple desconocida.
Cerró los ojos intentando contener aquellas emociones estúpidas que habían comenzando a volver loco su cerebro. El problema de estar enamorado es que ves cosas donde no las hay. Sabía lo que significaba todo aquello y era que estaba más que deseoso de ver a Alisson y besarla al fin pero por algún extraño motivo una parte de él le decía que Alisson en la vida sería tan perfecta como aquella imagen que tenía ante sus ojos.
Miró entre sus pestañas y pudo ver como aquellos párpados se iban levantando poco a poco para encontrarse en una habitación desconocida. Podía sentir mucho frío, ni tan siquiera se sabía si podía moverse pues todo su cuerpo estaba entumecido. El pánico. Fue lo que se dijo ella a si misma pero no hizo que se sintiera mucho mejor.
Sería mejor que Chris fingiera no observarla, que no se moviera, que no hablara hasta que ella pudiese recapacitar y entender la situación en la que estaba. Ojalá recordarlo lo sucedido por sí sola no pensase nada malo de él ni se pusiese a chillar como una desquiciada.
Ella temerosa, solo pudo llevar una mano al lugar donde le dolía, su costado. Quizá durante la caída se había dado más fuerte de lo que él había esperado.
Los centelleantes ojos de su vecina recorrieron la estancia y parecía que ahora era capaz de recordar. Su rostro se volvió mucho más pálido y después comenzó a temblar incontrolablemente.
- Maldita sea -siseó Chris levantándose rápidamente de la silla.
Ella le miró y sobresaltada agarró la almohada pero él tomó su mano helada cubriéndola con sus dedos. Negó intentando darle a entender que todo estaba bien. Siempre mantenía la mirada fija en sus ojos como le había orientado su prima.
- Todo está bien -susurró con voz muy suave- Está en mi casa. No ha ocurrido nada. Está viva y bien.
La joven tiritando asintió y Chris pudo escuchar como castañeteaban sus dientes. Era obvio que tenía que haberla cambiado de ropa a pesar de lo que ella hubiese podido pensar después. ¡Estaba tan fría como un muerto!
- Ahora, la voy a llevar al baño y vamos a darle un baño caliente ¿vale? -susurró- Está congelada de frío y hay que intentar que entre en calor.
Ella no quería pero no podía poner resistencia por lo que finalmente sus ojos cedieron y Chris la tomó en brazos llevando aquel ligero cuerpo hasta el servicio. La apretó a su cuerpo de manera que así pudiese darle un poco de calor.
Abrió sin soltarle el grifo del agua caliente y dejó que la bañera se llenara. Se giró hacia la pobre mujer que le miraba con el temor reflejado en su rostro y la ayudó a desvestirse.
Intentó no mirar mientras la desprendía de aquella ropa empapada. No pensaba en ella como nadie simplemente se decía que estaba bañando a su madre. Eso era, su madre. La sonrió de manera cautelosa y una vez que no tenía nada de ropa encima, la cubrió con una toalla para no caer en la tentación dejando luego que ella misma al paso que pudiese entrase en el agua preparada para ella.
Dejó la tolla a un lado y se arrodilló frente a su cabeza para que supiese que no estaba mirando nada que no debiera. Acarició su cabello con las yemas de sus dedos.
- Quédese aquí hasta que haya entrado en calor. Iré a buscarle algo de ropa ¿de acuerdo? -siguió susurrando dado que cualquier otro tono de voz podría alterarla aún más.
Una vez que ella dijo que sí con la cabeza, él se incorporó y caminó de nuevo hasta su habitación. Buscó en su armario y sacó de él la ropa más pequeña que tenía que igual sería grande para ella.
Cuando la tuvo entre sus brazos decidió encender las estufas para que así ella no tuviese una recaída en cuanto a la bajada de su temperatura.
Volvió al baño y se quedó observando una escena sin igual. Aquel cuerpo estaba completamente lleno de cortes, de cicatrices, de moratones. ¿Cómo se había hecho todo eso con aquel golpe? No, no eran solamente de ese momento salvo el que tenía en su cadera derecha. Aquellos golpes y sobre todo las feas cicatrices llevaban mucho tiempo en su cuerpo. ¿Qué podía haberle pasado para todo aquello? ¿Acaso alguien la pegaba?
Devolvió la mirada a aquellos ojos tristes y la ayudó a ponerse de pie una vez que le aseguró que estaba más caliente. Rodeó su cintura con sus brazos y apretó su cuerpo al suyo sintiendo como sus pechos les impedían estar completamente unidos. Chris no pudo evitar sonrojarse. Tomó la toalla y la ayudó a envolverse en ella.
- ¿Necesita que la ayude a vestirse? -susurró contra el cabello rubio que tras haberse mojado parecía ligeramente más moreno.
Ella negó alzando su mirada hasta sus ojos pero no dijo una sola palabra. Chris lo entendió y salió del baño para darle su espacio. Ya había tocado demasiado seguramente para el gusto de aquella pobre mujer. Buena iba a ser la relación con los vecinos, ¡sí, señor!
Una vez que aquel chico cerró la puerta, miró el pequeño espejo que había en la pared de enfrente. Tenía horror de ver su cuerpo tras la última pelea que había tenido con su marido. Se giró sensiblemente hacia un lado y abrió la toalla comprobando las marcas que le había dejado esta vez. Le dolía todo el cuerpo y no solamente por la caída que había sufrido cuando había estado al borde de la muerte sino por como la habían arrebatado de nuevo la dignidad entre insultos y puñetazos.
Cerró los ojos en un desesperado intento por contener las lágrimas pero no tuvo efecto alguno. Ellas siguieron el recorrido que conocían a la perfección y tuvo que reprimir un agónico grito para no asustar al joven que la había salvado.
Se sentó en el filo de la bañera una vez que hubo cubierto de nuevo su cuerpo con la suave toalla. Suspiró en un vano intento por recobrar la compostura y comenzó a secarse con meticulosidad pero sobre todo cuidado para no sufrir con el roce de aquella tela en sus cardenales.
Volvió a levantarse quitando la toalla de su cuerpo y se puso la ropa que aquel amable joven la había dejado sobre la cisterna.
Escuchó como se abría la puerta y sacó del microondas el plato que acaba de calentar para que estuviese a una temperatura adecuada para su huésped. Observó sus piececitos enfundados en aquellos viejos calcetines pero que perfectamente hacían casi las veces de medias en ella y lo increíblemente adorable que podía verse con una indumentaria masculina viente tallas más grande. ¡Parecía Alicia en el país de las maravillas tras beber la poción encogedora!
- Buenas.
- Bu-buenas -respondió con una voz dulce pero algo vacilante.
- ¿Cómo está?
- Mejor, gracias.
Mordió su labio inferior y se llevó la mano a su vientre cuando ambos escucharon sus tripas. De nuevo su prima había tenido razón. Estaría muerta de hambre tras lo sucedido.
- ¿Quiere comer algo?
- No quiero ser molestia -negó frenéticamente con la cabeza.
- Créame. No lo es -dijo entre sonrisas.
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