jueves, 21 de febrero de 2013

Capítulo 5

Un nuevo haz de luz hizo que ambos se incorporaran visiblemente asustados. Se miraron una milésima de segundo y después ella comenzó a moverse nerviosa intentando soltarse de algún agarre inexistente.

Chris se quedó observando aquel pequeño rostro que parecía aún más aterrorizado que cuando estaba a punto de ser arrastrada a la muerte. Su expresión era desencajada. No podía mirar a ningún lugar concentro y parecía debatirse entre existir o no a cada momento que respiraba. Le costaba esfuerzo hacerlo. ¿Podía existir un alma tan desoladora sin tener ningún tipo de enfermedad aparente? Esa mujer estaba consiguiendo despertar en él un sentimiento protector que jamás había sentido. Necesitaba ser salvada de algo horrible y cualquiera con dos segundos observándola pudiese haberlo comprendido sin ningún tipo de problema.

Con su cuerpo aún rígido por haber estado cerca de la muerte antes incluso de lo que cualquiera hubiese planeado, se levantó de la cama y analizó los desastres de su vestuario. Estaba completamente empapada, sus ropas ligeramente ennegrecidas por haberse deslizado contra la pared del edificio cuando su vecino la había rescatado de una muerte segura.

Sus miradas se cruzaron y contempló al chico que estaba sumamente pálido mirando aún sin poder creerse lo sucedido la ventana.

Le costaba, muchísimo pero sabía que debía agradecerle por haber hecho lo impensable a pesar de ser el culpable de su caída.

- Gr...gracias -susurró.

Se podía sentir el dolor en su voz. Un dolor tan intenso que no podía arrancarse simplemente sino que había que cuidar las heridas hasta que sanasen muchos años después. Necesitaba una cura que aún desconocía si era posible conseguirla o no.

- De nada -respondió- ¿Está bien?

Los ojos inquisidores del chico la miraban intensamente de una manera que a ella le incomodó muchísimo. Parecían deseosos por leer su alma, por descubrir algún secreto que jamás hubiese revelado a nadie. No, era un simple desconocido y por muy curioso que fuese sabía que terminaría perdiendo el interés en su existencia como todas las personas que había conocido. Ni tan siquiera su familia se preocupaba en saber si seguía viva desde hacía más de cinco años.

- Sí. Gracias, de verdad. No sé qué hubiese sido de mí si no hubiese agarrado la cuerda.
- No tiene absolutamente nada que agradecerme. Al fin y al cabo fui yo quien la molestó -rió.

Chris intentaba quitarle hierro al asunto, bajar el nivel de tensión de la sala con aquella broma pero ella no parecía dispuesta a cooperar. Se miraron unos solos segundos más y después aquella rubia de facciones imposibles por la intensa belleza que parecía envolverle, se giró sobre sí misma y caminó hacia la puerta de la entrada del piso.

¿Acaso se iba a ir? ¿Podría seguir con su vida sin tener ni un solo ataque de pánico? Cualquiera en su situación no podría estar tan tranquila. Las piernas le flaquearían, los miembros le temblarían y puede que incluso la voz no escapase de su garganta a pesar de desear gritar que daba gracias a Dios por estar viva; es más, cualquiera en su situación estaría llorando y ella parecía tan entera.

- ¿Seguro que está bien? -se apresuró a preguntar Chris muy confuso.

En el instante en que ella se paró, pensó que se giraría para responderle pero antes de que pudiese reaccionar, el minúsculo cuerpo de la mujer cayó al suelo. Su vecina se había desmayado.

Preocupado, tomó aquella liviana mujer entre sus brazos y la llevó a su habitación. La depositó sobre las sábanas ligeramente humedecidas por la lluvia y se incorporó cerrando la ventana de su habitación para que así la pobre mujer no se resfriara. ¿Debía dejarla con la ropa que llevaba puesta? Podía coger una pulmonía ya que su casa no tenía calefacción sino que se alimentaba el casi inexistente calor con una pequeña estufa eléctrica.

Rozó los rubios cabellos que empapados se habían pegado en el rostro demacrado de aquella mujer. Era preciosa. Increíblemente preciosa. Lo de menos era el dolor que emanaba de ella, no hacía sobra a sus rasgos cincelados por los ángeles, a aquella pequeñas arrugas junto a las comisuras de sus labios que seguramente serían más pronunciadas cuando sonriese haciendo sin lugar a dudas que resultase tan adorable como una niña pequeña. Tenía una piel tan suave y perfecta.

¿Qué estaba haciendo? Separó su mano de ella y resopló. Era una completa desconocida y encima estaba casada aunque más allá de todo aquello lo que le asustaba era que parecía un completo acosador. ¿A quién se le ocurre ponerse a acariciar la mejilla de una mujer desmayada y de la que encima carecía para él de nombre alguno?

Asqueado por la idea de convertirse en algo parecido a su padre, se levantó de la cama y se fue de la habitación dejando que aquella mujer descansase lo que necesitase antes de volver a hablar con ella.

Puede que cuando se despertara lo que realmente necesitase fuese tomar algo que incrementase los niveles de glucosa. Decidido, le prepararía algo de comer y aunque no era de su incumbencia la obligaría a tomárselo antes de irse aunque solo fuese para que su "salvador" estuviese un poco más tranquilo.

Encendió la cocina de gas con cuidado de no quemarse y después suspiró notando como todo su cuerpo temblaba. ¡Oh Dios mío! Ahora era consciente de lo cerca que había sido de ser el responsable del fallecimiento de aquella mujer tan atormentada Podía revivir la escena una y otra vez en su cabeza y se estaba volviendo completamente loco. Si tan solo le hubiese fallado las fuerzas, aquella cabecita estaría ahora abierta contra el suelo del patio interior.

Estaba claro que él también tenía que tomarse algo para serenar los nervios. Pasó su mano por su cara y decidió dejar cociendo un poco de pasta que era lo que mejor sabía hacer a pesar de no tener hambre alguna.

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