Secó sus lágrimas mientras veía caer las gotas de lluvia. De repente se había puesto el cielo a anunciar a todo el mundo que ella estaba llorando. Rió con amargura. Tenía tiempo de para estar sola. Hoy viernes, su marido siempre salía de copas y a veces no regresaba hasta el día siguiente. Siempre era todo culpa de un tal John pero cuando ella había preguntado por él en el trabajo de su marido le habían dicho que no existía.
Lo sabía. Sabía que había otra mujer en alguna parte de esa ciudad pero de alguna manera pensaba que era lo que se merecía ya que no era la esposa perfecta. Su esposo siempre se lo recordaba, nunca hacía nada bien y es obvio que él se buscaría a otra en algún momento lo que la mataría por dentro pues no valía para nada.
Deslizó sus dedos gélidos por debajo de su nariz intentando de alguna manera calmar el continuo descenso de lágrimas que escapaban de sus ojos y morían en sus labios.
Si tan solo hubiese podido hacer algo bien, solo algo de lo que él la había pedido en aquellos años de matrimonio....
Se habían conocido en el instituto y fue una historia de amor de cuento de hadas o al menos eso le parecía a ella. Había sido el chico más dulce hasta que los celos aparecieron, celos estúpidos y sin sentido. Imaginaba cosas que no ocurrían. Miradas que jamás pertenecían a nadie. En alguna ocasión se llegó a preguntar si él estaba loco pero era el primero y el único que la había amado, que se había interesado por ella y por eso aceptó todo lo que vino después.
Ahora apoyada en el sillón, con sus pies sobre el asiento mira a un punto alejado de todo ese mundo en el que está sumergida. Suspira. Seca sus lágrimas. Se queda quieta durante varios minutos recordando, imaginando a su marido en los brazos de otra mujer y después empalidece hasta que vuelve a respirar.
Así pasó varias horas mientras que al otro lado de la calle un joven Chris regresaba a su nueva casa con una inmensa sonrisa en sus labios. Al fin podía hacer algo que le gustaba y la lluvia le volvía loco. De hecho ni tan siquiera ocultaba su cabello bajo una capucha como la mayoría de los seres humanos con los que se cruza. Pero es feliz. De alguna extraña manera lo es.
Abrió la puerta del portal y escucha como chirría. Aquel metal no podía estar más oxidado pero al menos le echaban de vez en cuando aceite a las bisagras para que sus habitantes pudiesen salir o entrar a sus casas, sino sería una gran trampa en caso de un incendio.
Rió por sus pensamientos. Siempre se le ocurría lo mismo cuando escuchaba ese ruido insoportable del metal debatiéndose entre girar o no raspándose mutuamente.
Subió las escaleras de dos en dos y notó como por el esfuerzo su corazón martilleaba. Cerró los ojos una milésima de segundo y entró en su hogar.
- Buenos días, Chris -rió al ver como se había dejado una ventana abierta y el agua entraba por la intensa lluvia.
Corrió hasta la ventana que se había dejado de par en par y la cerró para después ir a la cocina a buscar la fregona. Si su madre le viese ahora. En su vida había pensado usar un solo producto de la limpieza y de hecho su madre siempre le había repetido: "tú serás de los que tengan asistenta, ¿verdad, hijo? Eres de los que piensan que la escoba muerde".
- Ay mamá, cuanta razón tenías -rió divertido.
Se dispuso a escurrir la fregona con fuerza para que así soltase todo el agua y el ruido de esas gotas se perdía entre los golpeteos de la lluvia contra los viejos cristales.
Suspiró de nuevo e intentó calmar de esa manera el intenso dolor que aparecía como puñaladas en su pecho. Se dio unos leves cachetes en las mejillas y se levantó del sofá. Esa no era la actitud que tenía que tener. De nada valía lamentarse por algo que ella no podía cambiar y lo mejor era olvidarlo.
Pensó que una taza de té le ayudaría a verlo todo un poco más claro pero mientras iba caminando hacia la cocina se derrumbó de nuevo. Podía notar como sus lágrimas la ardían. Eran como ácido quemando su piel en su descenso. Apoyó sus manos sobre la encimera y pudo tuvo la sensación de estarse ahogando. Se apresuró y abrió la ventana suplicando al cielo por un poco de aire fresco que la devolviese una migaja de vida.
Terminó de fregar y caminó hasta la cocina para dejar allí la fregona y el cubo. Se quitó la chaqueta y la tiró sobre el sofá, despeinó su cabello y caminó hacia su habitación. Sujetaba entre sus labios un papel que había estado llevando en la mano todo el camino. Estaba empapado pero no le importaba, lo que estaba ahí se leía perfectamente porque lo habían escrito con un rotulador permanente.
¡Al fin! ¡Al fin Alisson Stone le había dado su número de teléfono y tenía una cita con ella! Durante toda la carrera había estado observándola como un estúpido Romeo demasiado tímido para acercarse a su Julieta.
Viernes a las cinco de la tarde ese era el día en el que todo lo que había estado soñando se haría realidad. Sabía que podría besarla, lo sabía. No era la primera chica con la que tenía citas pero sí la primera que le había parecido especial. Todas caían en la primera cita y eso era algo que le daba bastante seguridad. Algunos lo llamarían arrogancia pero mientras a él le sirviera, le importaba poco.
Sonrió mientras se quitaba la camisa que había sido víctima de las gotas de lluvia ya que el abrigo no resistió mucho. Su tela debía ser de muy dudable impremeabilidad. Tiró la camisa al suelo y miró por la ventana cuando un fogonazo recorrió la oscura habitación. Sin duda alguna era una señora tormenta la que estaba cayendo.
Abrió sus ojos y notó el abrazo gélido de las gotas de lluvia y la temperatura tan baja que asolaba la ciudad. Sonrió pues ahora la precipitación conseguía calmar el ácido que emanaba de sus ojos. Si la naturaleza no curaba era porque el mundo no quería que lo hiciera.
Las nubes grisáceas sonreían liberadas de aquella carga de litros y litros que habían tenido que almacenar durante horas o días hasta que el final pudo descargarlos. Un rayo cruzó el firmamento y con sus azules ojos vio la libertad. Aquella lluvia lo era y todo lo que la envolvía le estaban brindando al fin la sensación de libertad que ella necesitaba. Quería ser un pájaro.
Con cuidado pero ágilmente hizo lo que tantas veces había hecho de pequeña. Apoyó sus pies en el alfeizar de la ventana y después se puso de pie y con cuidado de no rasparse contra los ladrillos abrió sus brazos hacia el cielo dejando que el tiempo mojara toda su ropa.
Finalmente era un pájaro dejando que el vendaval la llevase hasta el lugar más inconcebible del planeta. Podía notar como le crecían las alas y como cuanto más empapada estaba más ligera se sentía.
- Llévame contigo -susurró muy suavemente suplicando al viento.
No pudo creer lo que estaba viendo. Una mujer estaba sobre el alfeizar de su ventana con los brazos extendidos seguramente dispuesta a tirarse. Se puso la primera camiseta que encontró y abrió de par en par su ventana.
- ¡No lo haga! -gritó Chris esperanzado en poder evitar que se quitase la vida.
Ella sorprendida perdió el equilibrio y gritó presa del pánico. Se apretó contra la pared sin importarle el daño que pudiese hacerse y miró al joven con el cabello empapado que la estaba observando.
- ¡Cállese! No voy a hacer nada -respondió visiblemente ofuscada de que le hubiesen interrumpido en su momento de libertad.
Chris la miró sin comprender. ¿Encima que la estaba intentando salvar la vida ella le daba esas contestaciones? ¿Quién se creía que era? ¿Él solo había querido hacer una buena acción?
- Muy bien. Tírese si quiere entonces -bufó.
- No iba a tirarme -siseó ella.
Chris movió la cabeza mientras murmuró lo loca que estaba y ella cuando pareció haberle oído, fue a reprenderle olvidándose de donde estaba.
Lo que ocurrió después fue tan rápido que Chris solamente tuvo tiempo de agarrar la cuerda de tender tan deprisa como le fue posible.
El chillido de aquella mujer lo había amortiguado el nuevo relámpago que había azotado la ciudad justo en ese instante. Sus zapatillas estaban en el suelo de aquel patio de luces a más de tres pisos de altura y colgando de una fina cuerda de tender estaba su vecina que había salvado la vida gracias a que sus brazos mantenían la cuerda donde debía estar.
- ¡Por favor, no la suelte! -chilló ella con horror.
- Tranquila, no lo haré. Solamente intente ayudarme a subirla ¿vale? -respondió con esfuerzo Chris.
Ella asintió y con un gran esfuerzo comenzó a elevar aquel cuerpecito hasta su ventana. Una vez que ella puso las manos en el alfeizar, la metió en su casa y ambos cayeron sobre la cama empapados y completamente sin aire.
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