Mi camino hasta ti
Capítulo 101. Nuevo despertar
<<Según las últimas noticias ha ocurrido un accidente en la autovía dirección Nueva York donde ha muerto una pareja de adolescentes. Todo indica que el conductor estaba ebrio. La tasa de alcohol era del doble de lo permitido.>>
Estaba escuchando la voz del presentador de las noticias de la tarde. ¿Cómo podía escuchar aquello? ¿Dónde estaba? Mi cuerpo parecía estar en posición horizontal y levemente dolorido.
¿Estaba aún viva? ¿Cómo había podido llegar hasta donde quiera que estuviese?
Mis oídos se agudizaron para así escuchar lo que sea que también produjese sonido en aquel lugar ya que no podía abrir los ojos por temor a encontrarme en aquel baño de nuevo y que el final de mi vida no hubiese llegado.
Unas gotas parecían caer sobre un charco. Sentía como algo estaba clavado en uno de mis brazos.
Era el momento de abrir los ojos de una vez por todas. No sabía lo que estaba pasando a mi alrededor y me ponía bastante nerviosa.
Los abrí y parpadeé muchas veces ya que una luz estaba dándome fijamente en ellos. Entrecerré los ojos hasta que las pupilas comenzaron a acostumbrarse a la claridad del lugar.
El techo era blanco pero me daba poca información de donde me encontraba.
Miré hacia un lado y vi como había un gotero. Seguí con la mirada el cable y comprobé que estaba conectado a mi vena.
Cerré los ojos al verlo y sentí un escalofrío. Estaba claro donde estaba. Había vuelto a un hospital aunque no tenía que estar en esos momento bajo tierra.
Me intenté incorporar sin apenas apoyar mis muñecas para así no notar como podía estar la obra que me había ayudado a llevar acabo aquel afilado trozo de metal.
Miré a mi alrededor. Aquella habitación era pequeña, igual que todas las que normalmente se construían para los hospital.
Observé como la ventana estaba completamente cerrada pero la persiana subida para que el sol de la tarde alumbrase la estancia a pesar de estar la luz artificial conectada.
¿Cómo había podido llegar hasta el hospital si lo último que recordaba era perder el conocimiento en aquel estrecho baño?
Conseguí sentarme en la cama y crucé mis piernas como si fuese una india mientras intentaba calmar mi ira por no haber sido capaz de llevar a cabo algo tan fácil como eso.
Sonreí sin ganas. Ni siquiera era buena para hacer posible algo tan simple. ¿Tenía que seguir aguantando todo el tiempo aquella tortura hasta que me muriese con ochenta años o de un horrible accidente que fuese más doloroso que aquella dulce muerte que había descubierto?
Estaba segura de ello ya que ¿cómo iban a regalarme una muerte más placentera que la vida? Aquello sería un verdadero milagro que estaba ya más que claro que no iba a suceder.
Maldecía cada segundo de aquello que parecía seguir siendo la mayor de las torturas para mí. Mi cuerpo no parecía estar dispuesto a dejar este mundo por mucho que se lo hubiese ordenado. ¿Podría ser masoquista o incluso adicta al dolor?
La verdad era el único que me permitía conocer que de verdad seguía allí que seguía existiendo a pesar de no desearlo más ya.
Bajé mi mirada hacia mis muñecas que permanecían vendadas para que los cortes no se infectasen y pudiesen curarse.
La puerta en ese instante se abrió y miré hacia ella para ver quien entraba en la pequeña estancia.
Capítulo 101. Nuevo despertar
<<Según las últimas noticias ha ocurrido un accidente en la autovía dirección Nueva York donde ha muerto una pareja de adolescentes. Todo indica que el conductor estaba ebrio. La tasa de alcohol era del doble de lo permitido.>>
Estaba escuchando la voz del presentador de las noticias de la tarde. ¿Cómo podía escuchar aquello? ¿Dónde estaba? Mi cuerpo parecía estar en posición horizontal y levemente dolorido.
¿Estaba aún viva? ¿Cómo había podido llegar hasta donde quiera que estuviese?
Mis oídos se agudizaron para así escuchar lo que sea que también produjese sonido en aquel lugar ya que no podía abrir los ojos por temor a encontrarme en aquel baño de nuevo y que el final de mi vida no hubiese llegado.
Unas gotas parecían caer sobre un charco. Sentía como algo estaba clavado en uno de mis brazos.
Era el momento de abrir los ojos de una vez por todas. No sabía lo que estaba pasando a mi alrededor y me ponía bastante nerviosa.
Los abrí y parpadeé muchas veces ya que una luz estaba dándome fijamente en ellos. Entrecerré los ojos hasta que las pupilas comenzaron a acostumbrarse a la claridad del lugar.
El techo era blanco pero me daba poca información de donde me encontraba.
Miré hacia un lado y vi como había un gotero. Seguí con la mirada el cable y comprobé que estaba conectado a mi vena.
Cerré los ojos al verlo y sentí un escalofrío. Estaba claro donde estaba. Había vuelto a un hospital aunque no tenía que estar en esos momento bajo tierra.
Me intenté incorporar sin apenas apoyar mis muñecas para así no notar como podía estar la obra que me había ayudado a llevar acabo aquel afilado trozo de metal.
Miré a mi alrededor. Aquella habitación era pequeña, igual que todas las que normalmente se construían para los hospital.
Observé como la ventana estaba completamente cerrada pero la persiana subida para que el sol de la tarde alumbrase la estancia a pesar de estar la luz artificial conectada.
¿Cómo había podido llegar hasta el hospital si lo último que recordaba era perder el conocimiento en aquel estrecho baño?
Conseguí sentarme en la cama y crucé mis piernas como si fuese una india mientras intentaba calmar mi ira por no haber sido capaz de llevar a cabo algo tan fácil como eso.
Sonreí sin ganas. Ni siquiera era buena para hacer posible algo tan simple. ¿Tenía que seguir aguantando todo el tiempo aquella tortura hasta que me muriese con ochenta años o de un horrible accidente que fuese más doloroso que aquella dulce muerte que había descubierto?
Estaba segura de ello ya que ¿cómo iban a regalarme una muerte más placentera que la vida? Aquello sería un verdadero milagro que estaba ya más que claro que no iba a suceder.
Maldecía cada segundo de aquello que parecía seguir siendo la mayor de las torturas para mí. Mi cuerpo no parecía estar dispuesto a dejar este mundo por mucho que se lo hubiese ordenado. ¿Podría ser masoquista o incluso adicta al dolor?
La verdad era el único que me permitía conocer que de verdad seguía allí que seguía existiendo a pesar de no desearlo más ya.
Bajé mi mirada hacia mis muñecas que permanecían vendadas para que los cortes no se infectasen y pudiesen curarse.
La puerta en ese instante se abrió y miré hacia ella para ver quien entraba en la pequeña estancia.
Mi camino hasta ti
Capítulo 102. Robert, ¿salvador o enemigo?
Él apareció en la habitación. Mi mandíbula se apretó inmediatamente porque estaba odiando muchísimo que él fuese el causante que ahora no estuviese en cualquier lugar donde fuese mandada después de la muerte.
- Vaya.. ya despertaste -sonrió Robert, se acercó a mí y me besó la frente-. ¿Estás mejor?
Le miraba sin poder creérmelo. ¿Qué le pasaba? ¿No sabía que había intentado irme de este mundo y él era el culpable de que aún siguiese allí?
- ¿Cómo..cómo has podido hacer eso? -le pregunté mientras mi ceño se fruncía rápidamente.
- ¿Hacer qué? -cuestionó como si no supiese de lo que le estaba hablando.
- ¿Cómo que hacer qué? Robert me has traído al hospital cuando yo intenté matarme en mi casa. ¿Por qué te tienes que meter en lo que hago? No tenías ningún derecho de evitar que yo hiciese lo que quisiese con mi vida -siseé entre mis dientes.
- Porque no pienso permitir que te mates Lucía, es así de simple. Sí tú te mueres... -suspiró- yo no sé que haría si tú no pudieses vivir tu vida feliz. No te mereces la muerte tienes que seguir luchando por la vida que te mereces.
- ¿¡ Y tú que sabes lo que yo me merezco Robert!? Mi vida es odiosa, vivirla es igual que estar en un infierno. Estoy harta de llorar todos los días, de no encontrar salida nada más que puro y horrible dolor por todas partes es lo que hay. No tengo a nadie que me acompañe, no quiero sentirme más sola. ¡No quiero seguir luchando conmigo misma para toda la vida porque es imposible vivir como si otra persona odiosa quisiese matarte pero el peor problema de todos es que soy yo esa otra persona! ¡Mi cuerpo ya no soporta ver alucinaciones! ¡Odio todos los días que estoy luchando por no llorar, por no derramar las lágrimas que cuando recorren mis mejillas las queman! ¡ESTOY HARTA DE SUFRIR! ¿¡PUEDES ENTENDER ESO!? -grité con todas mis fuerzas.
Robert me tapó la boca para que nadie más pudiese escuchar aquellos gritos que estaban saliendo de mi boca.
- No chilles por favor o te pondrán más tranquilizantes y no quiero que te droguen más -susurró mirándome fijamente a los ojos-. Lucía, estoy harto de que sufras y no sabes lo que desearía quitarte ese dolor pero no sé como puedo ayudarte, ya no sé que hacer para saber cuando crees ver la realidad o cuando vives una de esas fantasías en las que puedes ser al fin tú misma. Me estás volviendo completamente loco porque no sé lo que puedes llegar a hacer al momento siguiente pero lo peor de todo no es eso sino que por lo que acabas de hacer volverán a llevarte al hospital para ingresarte de nuevo donde estabas cuando nos conocimos. Lucía, ¿puedes comprender de una vez que necesitas ayuda? Tienes que tener a alguien que te pueda salvar de esta situación que tienes pero sea quien sea esa persona escúchame bien, estemos juntos o no lo estemos no pienso dejarte sola ni un solo segundo porque estás mal muy mal y no soporto verte así.
Suspiré mientras le escuchaba. No me dolía como todo eso estaba sucediendo. Él parecía realmente estar preocupado por mí pero llevándome de nuevo a una odiosa tortura que era el sobrenombre de mi vida.
Sus ojos me miraban sin apartar ni un instante su penetrante mirada. Me acarició lentamente la mejilla con su pulgar una y otra vez mientras sacaba su mano sobre mis labios.
- Por favor, Lucía... Te acompañaré hasta que salgas de esto y hasta que tú me digas que no quieres verme más pero estando perfectamente bien, ¿de acuerdo? –susurró.
Capítulo 102. Robert, ¿salvador o enemigo?
Él apareció en la habitación. Mi mandíbula se apretó inmediatamente porque estaba odiando muchísimo que él fuese el causante que ahora no estuviese en cualquier lugar donde fuese mandada después de la muerte.
- Vaya.. ya despertaste -sonrió Robert, se acercó a mí y me besó la frente-. ¿Estás mejor?
Le miraba sin poder creérmelo. ¿Qué le pasaba? ¿No sabía que había intentado irme de este mundo y él era el culpable de que aún siguiese allí?
- ¿Cómo..cómo has podido hacer eso? -le pregunté mientras mi ceño se fruncía rápidamente.
- ¿Hacer qué? -cuestionó como si no supiese de lo que le estaba hablando.
- ¿Cómo que hacer qué? Robert me has traído al hospital cuando yo intenté matarme en mi casa. ¿Por qué te tienes que meter en lo que hago? No tenías ningún derecho de evitar que yo hiciese lo que quisiese con mi vida -siseé entre mis dientes.
- Porque no pienso permitir que te mates Lucía, es así de simple. Sí tú te mueres... -suspiró- yo no sé que haría si tú no pudieses vivir tu vida feliz. No te mereces la muerte tienes que seguir luchando por la vida que te mereces.
- ¿¡ Y tú que sabes lo que yo me merezco Robert!? Mi vida es odiosa, vivirla es igual que estar en un infierno. Estoy harta de llorar todos los días, de no encontrar salida nada más que puro y horrible dolor por todas partes es lo que hay. No tengo a nadie que me acompañe, no quiero sentirme más sola. ¡No quiero seguir luchando conmigo misma para toda la vida porque es imposible vivir como si otra persona odiosa quisiese matarte pero el peor problema de todos es que soy yo esa otra persona! ¡Mi cuerpo ya no soporta ver alucinaciones! ¡Odio todos los días que estoy luchando por no llorar, por no derramar las lágrimas que cuando recorren mis mejillas las queman! ¡ESTOY HARTA DE SUFRIR! ¿¡PUEDES ENTENDER ESO!? -grité con todas mis fuerzas.
Robert me tapó la boca para que nadie más pudiese escuchar aquellos gritos que estaban saliendo de mi boca.
- No chilles por favor o te pondrán más tranquilizantes y no quiero que te droguen más -susurró mirándome fijamente a los ojos-. Lucía, estoy harto de que sufras y no sabes lo que desearía quitarte ese dolor pero no sé como puedo ayudarte, ya no sé que hacer para saber cuando crees ver la realidad o cuando vives una de esas fantasías en las que puedes ser al fin tú misma. Me estás volviendo completamente loco porque no sé lo que puedes llegar a hacer al momento siguiente pero lo peor de todo no es eso sino que por lo que acabas de hacer volverán a llevarte al hospital para ingresarte de nuevo donde estabas cuando nos conocimos. Lucía, ¿puedes comprender de una vez que necesitas ayuda? Tienes que tener a alguien que te pueda salvar de esta situación que tienes pero sea quien sea esa persona escúchame bien, estemos juntos o no lo estemos no pienso dejarte sola ni un solo segundo porque estás mal muy mal y no soporto verte así.
Suspiré mientras le escuchaba. No me dolía como todo eso estaba sucediendo. Él parecía realmente estar preocupado por mí pero llevándome de nuevo a una odiosa tortura que era el sobrenombre de mi vida.
Sus ojos me miraban sin apartar ni un instante su penetrante mirada. Me acarició lentamente la mejilla con su pulgar una y otra vez mientras sacaba su mano sobre mis labios.
- Por favor, Lucía... Te acompañaré hasta que salgas de esto y hasta que tú me digas que no quieres verme más pero estando perfectamente bien, ¿de acuerdo? –susurró.
Mi camino hasta ti
Capítulo 103. Su beso
Iba a volver a ese horrible sitio por su culpa. Todo era culpa de él. Me estaba llevando a una tortura continúa de lo que quería haberme librado hace mucho tiempo pero él no dejaba que lo hiciese.
Suspiré mirándole a los ojos solamente con deseos de pegarle, de gritarle, de decirle que me estaba arruinando los planes con su deseos de salvarme la vida, una vida inútil que no debía ser salvada pero ¿serviría para algo? En absoluto.
Enterré mi cabeza en la almohada mientras intentaba contener mis ganas de llorar. ¿Por qué me estaba pasando eso? ¿Por qué tenía que estar viviendo una pesadilla constante? No podía soportar estar día tras día sintiendo aquella infinita soledad que no parecía pasarse nunca y jamás iba a dejar de sentirla. Podría estar sumergida en un universo del que no habría salida posible, que mi mente gobernaría las veinticuatro horas del día.
- ¿Por qué? -susurré mientras él me miraba aún fijamente a los ojos.
- ¿Por qué qué? -musitó mientras las yemas de sus dedos comenzaban a acariciar con lentitud mis mejillas.
Sus caricias eran tan suaves. Me encantaba sentir lo tierno que era. Nadie había conseguido que mi piel se estremeciese con solamente un roce de su piel. Podía sentir como si dejase de estar muerta, como si al sentir su calor sobre mi tez esta volviese a la vida para enseñarme podían existir sensaciones diferentes a la tortura y el dolor.
Cerré los ojos para intentar serenarme. Sus dedos descendieron por mi barbilla y dibujaron con lentitud mi mandíbula hasta que al terminar bajaron por mi cuello como si cada milímetro de mi piel fuese único e inigualable.
Sentía como estaban temblorosos como si pensase que los apartaría en un instante de un manotazo.
En segundos sentí su aliento sobre mis labios. Tan cálido que invitaba a perderse en él. Su olor a menta me hacía enloquecer de a poco mientras mi cuerpo me decía que abriese los ojos para ver la expresión de los suyos.
Lentamente abrí mis párpados para así ser capaz de perderme en su mirada.
Estaba muy cerca de mi rostro mientras acariciaba con soberana lentitud toda la longitud de mi cuello. Nuestras miradas se cruzaron como otras veces lo habían hecho.
- Por favor, no me odies por lo que he hecho -susurró haciendo que su vaho calentase lentamente mi nariz y mis labios.
- Lo siento.. pero no puedo no odiarte... me estás condenando a una vida horrible. Sé que otras personas lo pasan mucho peor que yo pero mi corazón y mi alma ya no pueden con eso -susurré mientras nuestros labios se secaban.
- Lucía... -suspiró-. Necesito que estés bien.. por favor.. tienes que estarlo, tienes que conocer lo que te ocurre y superarlo -musitó.
- No puedo.. ya no sé como luchar contra ello -sollocé mientras las lágrimas comenzaban a recorrer mis mejillas.
Robert rápidamente las secó y posó sus labios sobre los míos haciendo que nuestros alientos se mezclasen en aquel dulce beso que deseaba seguir hasta el fin de nuestros días.
¿Por qué tenía que permanecer separada de él cuando era más que obvio que le amaba con mi vida? Él tenía novia pero me estaba besando. ¿Por qué no me importa? ¿Por qué tan solo deseaba que susurrase que me amaba?
Capítulo 103. Su beso
Iba a volver a ese horrible sitio por su culpa. Todo era culpa de él. Me estaba llevando a una tortura continúa de lo que quería haberme librado hace mucho tiempo pero él no dejaba que lo hiciese.
Suspiré mirándole a los ojos solamente con deseos de pegarle, de gritarle, de decirle que me estaba arruinando los planes con su deseos de salvarme la vida, una vida inútil que no debía ser salvada pero ¿serviría para algo? En absoluto.
Enterré mi cabeza en la almohada mientras intentaba contener mis ganas de llorar. ¿Por qué me estaba pasando eso? ¿Por qué tenía que estar viviendo una pesadilla constante? No podía soportar estar día tras día sintiendo aquella infinita soledad que no parecía pasarse nunca y jamás iba a dejar de sentirla. Podría estar sumergida en un universo del que no habría salida posible, que mi mente gobernaría las veinticuatro horas del día.
- ¿Por qué? -susurré mientras él me miraba aún fijamente a los ojos.
- ¿Por qué qué? -musitó mientras las yemas de sus dedos comenzaban a acariciar con lentitud mis mejillas.
Sus caricias eran tan suaves. Me encantaba sentir lo tierno que era. Nadie había conseguido que mi piel se estremeciese con solamente un roce de su piel. Podía sentir como si dejase de estar muerta, como si al sentir su calor sobre mi tez esta volviese a la vida para enseñarme podían existir sensaciones diferentes a la tortura y el dolor.
Cerré los ojos para intentar serenarme. Sus dedos descendieron por mi barbilla y dibujaron con lentitud mi mandíbula hasta que al terminar bajaron por mi cuello como si cada milímetro de mi piel fuese único e inigualable.
Sentía como estaban temblorosos como si pensase que los apartaría en un instante de un manotazo.
En segundos sentí su aliento sobre mis labios. Tan cálido que invitaba a perderse en él. Su olor a menta me hacía enloquecer de a poco mientras mi cuerpo me decía que abriese los ojos para ver la expresión de los suyos.
Lentamente abrí mis párpados para así ser capaz de perderme en su mirada.
Estaba muy cerca de mi rostro mientras acariciaba con soberana lentitud toda la longitud de mi cuello. Nuestras miradas se cruzaron como otras veces lo habían hecho.
- Por favor, no me odies por lo que he hecho -susurró haciendo que su vaho calentase lentamente mi nariz y mis labios.
- Lo siento.. pero no puedo no odiarte... me estás condenando a una vida horrible. Sé que otras personas lo pasan mucho peor que yo pero mi corazón y mi alma ya no pueden con eso -susurré mientras nuestros labios se secaban.
- Lucía... -suspiró-. Necesito que estés bien.. por favor.. tienes que estarlo, tienes que conocer lo que te ocurre y superarlo -musitó.
- No puedo.. ya no sé como luchar contra ello -sollocé mientras las lágrimas comenzaban a recorrer mis mejillas.
Robert rápidamente las secó y posó sus labios sobre los míos haciendo que nuestros alientos se mezclasen en aquel dulce beso que deseaba seguir hasta el fin de nuestros días.
¿Por qué tenía que permanecer separada de él cuando era más que obvio que le amaba con mi vida? Él tenía novia pero me estaba besando. ¿Por qué no me importa? ¿Por qué tan solo deseaba que susurrase que me amaba?
Mi camino hasta ti
Capítulo 104. Vuelta a mi cárcel
Ya todo estaba claro. Sus labios eran mi droga pero a la vez eran los que me condenaban a una tortura a pesar de tener novia. Debía olvidarle para siempre y estar encerrada en el hospital me ayudaría a ello.
Separé nuestros labios y giré mi rostro mientras sentía como sus labios rozaban toda la piel de mis mejillas. Escuché su suspiro al ver mi reacción y como aspiraba mi aroma.
- Ya no sé que hacer... -susurró contra mi piel y después se incorporó en el instante que una enfermera entraba en la habitación.
- Lucía Jaymes Noriega -sonrió intentando ser amable a pesar que sabía la noticia que me traía-, hoy te cambiarás de habitación para volver a la que tenías hace unas semanas. ¿Estás lista?
¿Cómo se podía estar lista para eso? Nadie debía estar preparado para encerrarse en una habitación solo con sus pensamientos.
Suspiré y tan solo asentí con la cabeza. Me incorporé sin tan siquiera mirar a Robert y la enfermera dejó sobre mi cama el pijama que debía ponerme para permanecer como la otra vez unos días en ese hospital y después el lunes a primera hora trasladarme a la horrible cárcel que volvería a acogerme durante un período de tiempo tan largo como los médicos deseasen.
Me metí en la baño de mi habitación y me cambié para que así pudiesen llevarme a la habitación que estaba en un piso superior en el aula opuesta a donde me encontraba.
Salí ya cambiada y la enfermera me sonrió. Tomé las pocas cosas que tenía que recoger y me senté en la silla de ruedas que tenía preparada ya que en los hospitales no podía pasear un enfermo caminando.
- Lucía... -susurró Robert y tomó una de mis manos con delicadeza para que no me doliese el fruto de mi locura hecho patente en mis muñecas.
Le miré mientras sus ojos azules me observaban con la mayor de las tristezas.
- Iré a verte estés donde estés todos los días.. por favor no me niegues verte.. por favor.. -susurró mientras dejaba pequeños besitos en mi mano.
Puse mi frente contra su cabello y aspiré su aroma mientras la enfermera nos miraba.
- Olvídate de mí... -musité en el momento que la enfermera nos separaba sacándome de la habitación donde había estado en observación.
Los pasillos se hicieron realmente eternos mientras las lágrimas recorrían mis mejillas por la despedida, me estaba despidiendo de nuevo de Robert. Le amaba demasiado, creo que más que nunca pero era obvio que tenía que decirle adiós para siempre.
Mi pecho comenzó a sentir una gran presión amenazándome con no dejarme respirar. Aquel sería el momento idóneo para que ella apareciera. Siempre conseguía llegar en los momentos en los que estaba más odiosamente vulnerable.
La enfermera me dejó en una habitación y rápidamente me tumbé en la cama. Solo quería dormir y dejar de estar en ese mundo donde la tortura era el más horrible de los regalos que te ofrecía. Un regalo que parecía ser eterno.
Mis ojos se cerraron e intentaron desconectar mi cerebro para que así pudiese relajarme en el mundo de Morfeo.
Capítulo 104. Vuelta a mi cárcel
Ya todo estaba claro. Sus labios eran mi droga pero a la vez eran los que me condenaban a una tortura a pesar de tener novia. Debía olvidarle para siempre y estar encerrada en el hospital me ayudaría a ello.
Separé nuestros labios y giré mi rostro mientras sentía como sus labios rozaban toda la piel de mis mejillas. Escuché su suspiro al ver mi reacción y como aspiraba mi aroma.
- Ya no sé que hacer... -susurró contra mi piel y después se incorporó en el instante que una enfermera entraba en la habitación.
- Lucía Jaymes Noriega -sonrió intentando ser amable a pesar que sabía la noticia que me traía-, hoy te cambiarás de habitación para volver a la que tenías hace unas semanas. ¿Estás lista?
¿Cómo se podía estar lista para eso? Nadie debía estar preparado para encerrarse en una habitación solo con sus pensamientos.
Suspiré y tan solo asentí con la cabeza. Me incorporé sin tan siquiera mirar a Robert y la enfermera dejó sobre mi cama el pijama que debía ponerme para permanecer como la otra vez unos días en ese hospital y después el lunes a primera hora trasladarme a la horrible cárcel que volvería a acogerme durante un período de tiempo tan largo como los médicos deseasen.
Me metí en la baño de mi habitación y me cambié para que así pudiesen llevarme a la habitación que estaba en un piso superior en el aula opuesta a donde me encontraba.
Salí ya cambiada y la enfermera me sonrió. Tomé las pocas cosas que tenía que recoger y me senté en la silla de ruedas que tenía preparada ya que en los hospitales no podía pasear un enfermo caminando.
- Lucía... -susurró Robert y tomó una de mis manos con delicadeza para que no me doliese el fruto de mi locura hecho patente en mis muñecas.
Le miré mientras sus ojos azules me observaban con la mayor de las tristezas.
- Iré a verte estés donde estés todos los días.. por favor no me niegues verte.. por favor.. -susurró mientras dejaba pequeños besitos en mi mano.
Puse mi frente contra su cabello y aspiré su aroma mientras la enfermera nos miraba.
- Olvídate de mí... -musité en el momento que la enfermera nos separaba sacándome de la habitación donde había estado en observación.
Los pasillos se hicieron realmente eternos mientras las lágrimas recorrían mis mejillas por la despedida, me estaba despidiendo de nuevo de Robert. Le amaba demasiado, creo que más que nunca pero era obvio que tenía que decirle adiós para siempre.
Mi pecho comenzó a sentir una gran presión amenazándome con no dejarme respirar. Aquel sería el momento idóneo para que ella apareciera. Siempre conseguía llegar en los momentos en los que estaba más odiosamente vulnerable.
La enfermera me dejó en una habitación y rápidamente me tumbé en la cama. Solo quería dormir y dejar de estar en ese mundo donde la tortura era el más horrible de los regalos que te ofrecía. Un regalo que parecía ser eterno.
Mis ojos se cerraron e intentaron desconectar mi cerebro para que así pudiese relajarme en el mundo de Morfeo.
Mi camino hasta ti
Capítulo 105. Soledad
Los árboles mal podados del patio interior era lo único que podía observar. Quizá podía intentar descubrir quien estaba ingresado en las ventanas de enfrente pero no me gustaba espiar por lo tanto a los demás tampoco debía agradarles que alguien lo hiciese.
Dejé mi sien reposando en el frío cristal mientras abrazaba mis piernas intentando así sentirme un poco más abrigada.
Tener que permanecer en aquella habitación solamente saliendo para las comidas era absolutamente deprimente. Sí tenía baño propio y obviamente no tenía tanta vigilancia como en el otro lugar pero no deseaba estar encerrada ni allí ni en ningún otro lugar más.
Sabía que tenía dos días por delante en los que me estaban preparando para volver a aquella pequeña cárcel que yo misma había pedido por mi comportamiento sin ni siquiera verlo conscientemente.
Sabía que en aquella habitación al menos por dos días podría estar con alguien que me acompañase pero Robert que era el único que deseaba ver sabía que no volvería ya que le había pedido que me olvidase ya por segunda vez. Robert se cansaría de mis continuos desprecios y lo entendía por eso ya no esperaba que volviese a aparecer.
Tantas cosas tenía que descubrir de mí misma para poder al menos yo sola soportar cada día sin caerme al suelo, sin derrumbarme, sin querer volver a decir adiós a la vida ya que Robert me había salvado de irme hacia un lugar donde no había marcha atrás.
Suspiré mientras sentía un poco de dolor en mis muñecas. Mi cuerpo me dolía. Sentía demasiada ansiedad en ese momento.
Miré de nuevo hacia la habitación mientras en el pecho comenzaba a sentir una horrible presión que dejaba lentamente sin aire mis pulmones.
Me levanté de la cama y me puse a pasear un poco por la habitación ya que no tenía nada que hacer.
Mi corazón deseaba ahora más que nunca un abrazo, quería que alguien me acurrucase en su pecho y me dijese que todo lo malo pasaría que yo podría salir de todo aquello pero en este momento solo sentía que no podría volver a la normalidad porque desconocía si la había vivido en algún momento.
Volví a sentarme en la cama mientras intentaba controlar mis ganas de llorar. ¿Cuánto tiempo podría estar reprimiendo las lágrimas que quemaban las cuencas de mis ojos y que podían quizá descargar un poco mi alma del sufrimiento que en ella gobernaba?
Mordí mi labio inferior lentamente para intentar olvidar que aquella agua salada quería recorrer mis mejillas lentamente arrastrando si era posible con ellas todo el dolor que pudiesen. Normalmente te sientes mejor después de llorar pero no era así en mi caso. Me torturaba más tarde por haber derramado las lágrimas que hubiesen sido por cada una de ellas tenía una palabra hiriente para que me sintiese culpable por hacer algo que puede considerarse una acción vital. ¿Quién no ha llorado alguna vez en la vida? Quién conteste afirmativamente es más que obvio que miente. Si no quieres admitirlo no es importante pero al menos no te mientras a ti mismo.
Suspiré y me tumbé sobre la cama. Las horas, los minutos y los segundos pasaban tan despacio que el tiempo se estaba convirtiendo en eterno.
La soledad, mi compañera, podría volver loco al más cuerdo de los hombres.
Capítulo 105. Soledad
Los árboles mal podados del patio interior era lo único que podía observar. Quizá podía intentar descubrir quien estaba ingresado en las ventanas de enfrente pero no me gustaba espiar por lo tanto a los demás tampoco debía agradarles que alguien lo hiciese.
Dejé mi sien reposando en el frío cristal mientras abrazaba mis piernas intentando así sentirme un poco más abrigada.
Tener que permanecer en aquella habitación solamente saliendo para las comidas era absolutamente deprimente. Sí tenía baño propio y obviamente no tenía tanta vigilancia como en el otro lugar pero no deseaba estar encerrada ni allí ni en ningún otro lugar más.
Sabía que tenía dos días por delante en los que me estaban preparando para volver a aquella pequeña cárcel que yo misma había pedido por mi comportamiento sin ni siquiera verlo conscientemente.
Sabía que en aquella habitación al menos por dos días podría estar con alguien que me acompañase pero Robert que era el único que deseaba ver sabía que no volvería ya que le había pedido que me olvidase ya por segunda vez. Robert se cansaría de mis continuos desprecios y lo entendía por eso ya no esperaba que volviese a aparecer.
Tantas cosas tenía que descubrir de mí misma para poder al menos yo sola soportar cada día sin caerme al suelo, sin derrumbarme, sin querer volver a decir adiós a la vida ya que Robert me había salvado de irme hacia un lugar donde no había marcha atrás.
Suspiré mientras sentía un poco de dolor en mis muñecas. Mi cuerpo me dolía. Sentía demasiada ansiedad en ese momento.
Miré de nuevo hacia la habitación mientras en el pecho comenzaba a sentir una horrible presión que dejaba lentamente sin aire mis pulmones.
Me levanté de la cama y me puse a pasear un poco por la habitación ya que no tenía nada que hacer.
Mi corazón deseaba ahora más que nunca un abrazo, quería que alguien me acurrucase en su pecho y me dijese que todo lo malo pasaría que yo podría salir de todo aquello pero en este momento solo sentía que no podría volver a la normalidad porque desconocía si la había vivido en algún momento.
Volví a sentarme en la cama mientras intentaba controlar mis ganas de llorar. ¿Cuánto tiempo podría estar reprimiendo las lágrimas que quemaban las cuencas de mis ojos y que podían quizá descargar un poco mi alma del sufrimiento que en ella gobernaba?
Mordí mi labio inferior lentamente para intentar olvidar que aquella agua salada quería recorrer mis mejillas lentamente arrastrando si era posible con ellas todo el dolor que pudiesen. Normalmente te sientes mejor después de llorar pero no era así en mi caso. Me torturaba más tarde por haber derramado las lágrimas que hubiesen sido por cada una de ellas tenía una palabra hiriente para que me sintiese culpable por hacer algo que puede considerarse una acción vital. ¿Quién no ha llorado alguna vez en la vida? Quién conteste afirmativamente es más que obvio que miente. Si no quieres admitirlo no es importante pero al menos no te mientras a ti mismo.
Suspiré y me tumbé sobre la cama. Las horas, los minutos y los segundos pasaban tan despacio que el tiempo se estaba convirtiendo en eterno.
La soledad, mi compañera, podría volver loco al más cuerdo de los hombres.
Mi camino hasta ti
Capítulo 106. Acompañante inesperado
Toc, toc, toc...
Giré rápidamente mi rostro hacia el lugar de procedencia de aquel sonido. Alguien estaba llamando a la puerta y sabía que no sería ninguna de las enfermeras ya que ellas entraban sin más.
¿Quién podía hacer aquello? ¿Quién podía estar al otro lado de la puerta? Mi pecho se oprimió en el instante que la madera comenzó a abrirse dando paso a aquella persona que intentaba entrar.
Mis ojos estaban fijos en cada centímetro que comenzaba a estar libre de algo que lo cubriese. Pero poco tiempo después apareció una cabeza que no esperaba ver allí. ¿Qué hacía en aquel lugar y en mi habitación?
Su sonrisa me dejó paralizada mientras pasaba y después acercándose a mí me dio un gran abrazo contra su cuerpo moldeado por el gimnasio.
- Hola, Lucía
- Hola... -susurré mientras abrazaba su cintura.
Ya no estaba tan sola. No era la compañía que dentro de mi ser esperaba pero no me encontraba completamente sola. Él me entendía, él me había mimado los momentos que nos habíamos visto y las veces que me había hablado. Sabía lo que me ocurría más o menos y sus palabras siempre me habían hecho bien.
Miré sus ojos marrones un momento y él me regaló una hermosa sonrisa.
- Necesito hablar contigo, Lucía.. -susurró bajito mientras se sentaba a mi lado en la cama.
- No digas más -musité mirándole-. Olvidemos ese beso, olvidemos lo que ocurrió. Tan solo no quiero que te vayas nunca..
Me acurruqué más entre sus brazos mientras su sonrisa se ensanchaba. Podía escuchar los latidos de su corazón acelerado por algún motivo desconocido pero supuse que habría venido corriendo al hospital ya que tanto le encantaba el deporte.
Taylor levantó mi rostro y comenzó a besar todo mi rostro haciendo ruido cuando dejaba sus pequeños besos. No pude evitar no reír. Él también se contagió de mis risas mientras me apretaba más a su pecho.
Me hacía mucho bien. Podía sentirme un poco mejor en su compañía.
Le miré mientras me separaba un poco de él y comencé a jugar con los dedos de su mano.
- ¿Cómo supiste que estaba aquí? -pregunté sin mirarle.
- Me preocupé cuando no te conectaste. No sabía como podía encontrarte. Fui a Central Park por si daba la casualidad de que caminabas por allí o pasabas cerca pero tampoco pude encontrarte. Llamé a Robert por si sabía algo de ti pero no quiso contestarme y hace apenas media hora recibí una llamada suya. Me dijo donde estabas y me pidió que viniese a verte algo que iba a hacer sí o sí -sonrió y después se puso serio-. Lucía, jamás vuelvas a hacer algo similar. No quiero perderte, ¿puedes entenderlo? Eres muy importante más de lo que tú te piensas para muchas personas y espero que algún día puedas llegar a verlo.
Levanté mi mirada hacia sus ojos y después de eso fruncí mi ceño. ¿Cómo había podido Robert decirle dónde estaba y encima pedirle que él fuese? ¿Por qué no había sido él mismo en persona?
Suspiré y puse mi frente contra el hombro de Taylor. Sentía unas inmensas ganas de llorar. Robert se había dado por vencido después de todos mis rechazos. Era única consiguiendo que lo que más me importaba se alejase de mí. Me detestaba aún más que antes pero al menos tenía a Taylor. No dejaría que él se fuese de mi lado por mucho rechazo que le hiciese. Intentaría disculparme después o susurrarle al oído que le necesito más que a nada porque ahora mi corazón destrozado solo ansía consuelo. Debo cicatrizar cuanto antes las heridas que tiene como nombre Robert en aquel destrozado órgano que de tantas veces roto, sabía que no volvería a ser el mismo de antes.
Capítulo 106. Acompañante inesperado
Toc, toc, toc...
Giré rápidamente mi rostro hacia el lugar de procedencia de aquel sonido. Alguien estaba llamando a la puerta y sabía que no sería ninguna de las enfermeras ya que ellas entraban sin más.
¿Quién podía hacer aquello? ¿Quién podía estar al otro lado de la puerta? Mi pecho se oprimió en el instante que la madera comenzó a abrirse dando paso a aquella persona que intentaba entrar.
Mis ojos estaban fijos en cada centímetro que comenzaba a estar libre de algo que lo cubriese. Pero poco tiempo después apareció una cabeza que no esperaba ver allí. ¿Qué hacía en aquel lugar y en mi habitación?
Su sonrisa me dejó paralizada mientras pasaba y después acercándose a mí me dio un gran abrazo contra su cuerpo moldeado por el gimnasio.
- Hola, Lucía
- Hola... -susurré mientras abrazaba su cintura.
Ya no estaba tan sola. No era la compañía que dentro de mi ser esperaba pero no me encontraba completamente sola. Él me entendía, él me había mimado los momentos que nos habíamos visto y las veces que me había hablado. Sabía lo que me ocurría más o menos y sus palabras siempre me habían hecho bien.
Miré sus ojos marrones un momento y él me regaló una hermosa sonrisa.
- Necesito hablar contigo, Lucía.. -susurró bajito mientras se sentaba a mi lado en la cama.
- No digas más -musité mirándole-. Olvidemos ese beso, olvidemos lo que ocurrió. Tan solo no quiero que te vayas nunca..
Me acurruqué más entre sus brazos mientras su sonrisa se ensanchaba. Podía escuchar los latidos de su corazón acelerado por algún motivo desconocido pero supuse que habría venido corriendo al hospital ya que tanto le encantaba el deporte.
Taylor levantó mi rostro y comenzó a besar todo mi rostro haciendo ruido cuando dejaba sus pequeños besos. No pude evitar no reír. Él también se contagió de mis risas mientras me apretaba más a su pecho.
Me hacía mucho bien. Podía sentirme un poco mejor en su compañía.
Le miré mientras me separaba un poco de él y comencé a jugar con los dedos de su mano.
- ¿Cómo supiste que estaba aquí? -pregunté sin mirarle.
- Me preocupé cuando no te conectaste. No sabía como podía encontrarte. Fui a Central Park por si daba la casualidad de que caminabas por allí o pasabas cerca pero tampoco pude encontrarte. Llamé a Robert por si sabía algo de ti pero no quiso contestarme y hace apenas media hora recibí una llamada suya. Me dijo donde estabas y me pidió que viniese a verte algo que iba a hacer sí o sí -sonrió y después se puso serio-. Lucía, jamás vuelvas a hacer algo similar. No quiero perderte, ¿puedes entenderlo? Eres muy importante más de lo que tú te piensas para muchas personas y espero que algún día puedas llegar a verlo.
Levanté mi mirada hacia sus ojos y después de eso fruncí mi ceño. ¿Cómo había podido Robert decirle dónde estaba y encima pedirle que él fuese? ¿Por qué no había sido él mismo en persona?
Suspiré y puse mi frente contra el hombro de Taylor. Sentía unas inmensas ganas de llorar. Robert se había dado por vencido después de todos mis rechazos. Era única consiguiendo que lo que más me importaba se alejase de mí. Me detestaba aún más que antes pero al menos tenía a Taylor. No dejaría que él se fuese de mi lado por mucho rechazo que le hiciese. Intentaría disculparme después o susurrarle al oído que le necesito más que a nada porque ahora mi corazón destrozado solo ansía consuelo. Debo cicatrizar cuanto antes las heridas que tiene como nombre Robert en aquel destrozado órgano que de tantas veces roto, sabía que no volvería a ser el mismo de antes.
Mi camino hasta ti
Capítulo 107. Historias de Taylor
Me regañé internamente a mí misma por pensar en Robert. ¿Cómo no iba a irse si era lo que yo le había demostrado que quería que hiciese?
Era obvio que nada más lejos de lo normal haría. Siendo bebé cuando intentas coger algo solo recibes manotazos para no cogerlo terminas aprendiendo que no debes por alguna razón hacerlo así que decides abandonar tu propósito y coger en su lugar algo que no lleva consigo mil y un golpes en el dorso de tu mano. Esto era exactamente igual.
Sonreí internamente al darme cuenta que al final yo siempre conseguía alejar a todos. ¿Era una manera de demostrarme a mí misma que nadie me quiere o era una forma de darme la razón inconscientemente sin que yo lo supiese ver?
Estaba claro que si internamente tenía una idea mis comportamientos intentarían convencerme a mí misma que mi otro yo tenía razón cuando decía que nadie iba a quererme, que no importaba. ¿Cómo no iba a tener razón cuando yo misma se la daba comportándome como lo hacía?
Intenté dejar de pensar en eso y me centré en mi amigo que permanecía a mi lado observándome atentamente. Me dio un pequeño besito en la punta de la nariz haciendo que una sonrisa se comenzase a dibujar en mi rostro.
- Taylor, quiero saber alguna cosa más de ti -susurré-. Quiero que me cuentes algo.
Me miró sorprendido y después besó mi frente para volver a sonreír más tarde.
- Claro, no tengo ningún problema. Hmm.. pero ¿qué quieres saber? ¿Quieres que te cuente algo concreto? -preguntó mientras una de sus manos jugaba con los mechones de mi cabello que caían por mi espalda.
Me quedé un instante pensativa. Me gustaría que me contase algo concreto pero no sabía si él estaría dispuesto a ello.
- ¿Podrías contarme como os conocisteis Robert y tú? -dije mirándole a los ojos mientras ponía un tono de voz que más bien parecía de súplica.
- Hmm por ser tú te lo contaré.. -rió un poco mientras ponía su frente solo dos segundos contra la mía-. ¿Has visto la película de Twilight?
Asentí para no interrumpirle y que así pudiese comenzar su relato de una buena vez.
- Bueno, él interpreta a Edward Cullen, ese vampiro que está enamorado de Bella Swan y que la salva de morir en las manos de James. Yo también aparezco en esa película aunque quizá te cueste reconocerme. Tampoco es que tenga un gran papel -rió-. Pero solamente en esa película, en las siguientes aparezco más -me guiñó un ojo y siguió acariciando mi cabello-. Mi personaje es el de Jacob Black. Soy el amigo de Bella Swan, ese chico que tiene el pelo largo.
Me levanté para mirarle incrédula. No podía creerme que aquel chico al que casi ni había mirado ya que estaba en shock cada vez que aparecía Robert en la pantalla, fuese él.
- ¿Eres tú? No puedo creerlo -reí mientras notaba como mis mejillas se sonrojaban-. No pareces el mismo. Lo siento mucho pero el pelo largo te queda fatal.
- No tienes que decírmelo -rió a carcajadas-. Ya lo sé.. estoy horrible con el pelo largo. Pero lo bueno es que no era mío, era una peluca. Si hubiese tenido que dejarme crecer tanto el pelo ya podemos esperar a que seamos viejitos.
Reí con él durante un buen rato mientras conversábamos sobre la longitud de su cabello y lo poco que aparecía en la película.
Me lo pasaba muy bien con él. Me hacía reír muchísimo pero aún había cosas que tenía que contarme sobre todo eso. Apenas me había hablado de su relación con Robert y yo necesitaba saber más a pesar que mi interior me gritaba que debía olvidarle como él iba a hacerlo en tan solo tres o cuatro días ya que tampoco era tan importante en su vida.
Capítulo 107. Historias de Taylor
Me regañé internamente a mí misma por pensar en Robert. ¿Cómo no iba a irse si era lo que yo le había demostrado que quería que hiciese?
Era obvio que nada más lejos de lo normal haría. Siendo bebé cuando intentas coger algo solo recibes manotazos para no cogerlo terminas aprendiendo que no debes por alguna razón hacerlo así que decides abandonar tu propósito y coger en su lugar algo que no lleva consigo mil y un golpes en el dorso de tu mano. Esto era exactamente igual.
Sonreí internamente al darme cuenta que al final yo siempre conseguía alejar a todos. ¿Era una manera de demostrarme a mí misma que nadie me quiere o era una forma de darme la razón inconscientemente sin que yo lo supiese ver?
Estaba claro que si internamente tenía una idea mis comportamientos intentarían convencerme a mí misma que mi otro yo tenía razón cuando decía que nadie iba a quererme, que no importaba. ¿Cómo no iba a tener razón cuando yo misma se la daba comportándome como lo hacía?
Intenté dejar de pensar en eso y me centré en mi amigo que permanecía a mi lado observándome atentamente. Me dio un pequeño besito en la punta de la nariz haciendo que una sonrisa se comenzase a dibujar en mi rostro.
- Taylor, quiero saber alguna cosa más de ti -susurré-. Quiero que me cuentes algo.
Me miró sorprendido y después besó mi frente para volver a sonreír más tarde.
- Claro, no tengo ningún problema. Hmm.. pero ¿qué quieres saber? ¿Quieres que te cuente algo concreto? -preguntó mientras una de sus manos jugaba con los mechones de mi cabello que caían por mi espalda.
Me quedé un instante pensativa. Me gustaría que me contase algo concreto pero no sabía si él estaría dispuesto a ello.
- ¿Podrías contarme como os conocisteis Robert y tú? -dije mirándole a los ojos mientras ponía un tono de voz que más bien parecía de súplica.
- Hmm por ser tú te lo contaré.. -rió un poco mientras ponía su frente solo dos segundos contra la mía-. ¿Has visto la película de Twilight?
Asentí para no interrumpirle y que así pudiese comenzar su relato de una buena vez.
- Bueno, él interpreta a Edward Cullen, ese vampiro que está enamorado de Bella Swan y que la salva de morir en las manos de James. Yo también aparezco en esa película aunque quizá te cueste reconocerme. Tampoco es que tenga un gran papel -rió-. Pero solamente en esa película, en las siguientes aparezco más -me guiñó un ojo y siguió acariciando mi cabello-. Mi personaje es el de Jacob Black. Soy el amigo de Bella Swan, ese chico que tiene el pelo largo.
Me levanté para mirarle incrédula. No podía creerme que aquel chico al que casi ni había mirado ya que estaba en shock cada vez que aparecía Robert en la pantalla, fuese él.
- ¿Eres tú? No puedo creerlo -reí mientras notaba como mis mejillas se sonrojaban-. No pareces el mismo. Lo siento mucho pero el pelo largo te queda fatal.
- No tienes que decírmelo -rió a carcajadas-. Ya lo sé.. estoy horrible con el pelo largo. Pero lo bueno es que no era mío, era una peluca. Si hubiese tenido que dejarme crecer tanto el pelo ya podemos esperar a que seamos viejitos.
Reí con él durante un buen rato mientras conversábamos sobre la longitud de su cabello y lo poco que aparecía en la película.
Me lo pasaba muy bien con él. Me hacía reír muchísimo pero aún había cosas que tenía que contarme sobre todo eso. Apenas me había hablado de su relación con Robert y yo necesitaba saber más a pesar que mi interior me gritaba que debía olvidarle como él iba a hacerlo en tan solo tres o cuatro días ya que tampoco era tan importante en su vida.
Mi camino hasta ti
Capítulo 108. Gore
Después de horas conversando con Taylor necesitaba descansar. Mis párpados bajaban una y otra vez siendo cada una de ellas más difícil que subiesen que la anterior.
Me tumbé en la cama acurrucándome entre las ásperas sábanas que recubrían aquel pequeño colchón duro como una roca.
Intenté amoldar mi cuerpo a la rigidez pero parecía imposible. Aquello poco importó porque en segundos me quedé dormida.
- Lucía.. Lucía -susurraba una voz a lo lejos.
Me giré. Ahí estaba mi amiga de hacía tanto tiempo. Ashley Greene con su pelo moreno que caía en forma de cascada por su espalda.
Corría hacia mí mientras el resto de los chicos miraban lo perfecta que era. Sonreí al ver su sonrisa ya que parecía tener buenas noticias.
- ¿A qué no sabes quién a conseguido una cita con el chico más guapo de este instituto? -preguntó como si aquello fuese lo más importante del mundo.
- Enhorabuena, Ash -sonreí intentando fingir que me importaba el hecho de que ella estuviese con un chico similar a ella en cociente intelectual.
- Aún no puedo creerme que lo haya conseguido. Todas están detrás de él porque es tan guapo.. -suspiró-. Avril se quedó con las ganas.. se le quité delante de sus narices.
- Ash, no tienes miedo de que te empiecen a llamar cosas como.. ya sabes.. -murmuré mientras abríamos las puertas de las taquillas para coger los libros de la siguiente asignatura.
- Para serte sincera, no. Me da igual lo que ese par de niñas vayan a decir. Yo sé la verdad, toda la gente que me conoce también, simplemente ellas quedarían como tontas -se encogió de hombros.
- Si tú lo dices... -susurré más para mí que para ella mientras cerrábamos las puertas de las taquillas.
Caminé junto a Ashley hasta el laboratorio de química. Esa asignatura estaba impartida por una profesor que conseguía que casi todos nos durmiésemos.
Nos separamos y cada una nos sentamos en nuestro lugar. Ella tenía la suerte de que se sentaba al lado de aquel chico que le acababa de pedir salir.
Me senté en el otro extremo de la clase mientras llegaban el resto de nuestros compañeros.
Y ahí estaba. Dougie Poynter el chico más guapo de todo el instituto que tenía la suerte Ash de que se hubiese fijado en ella entraba ahora por la puerta.
Sus ojos azules miraban hacia la que ahora era su novia y los míos bajaron hasta mi cuaderno. Me dolía tanto que nadie se fijase en mí de aquella manera pero no debía demostrarlo, me centraría en la clase y olvidaría todo aquello.
Suspiré mientras sentía como los latidos de mi corazón me indicaban que de nuevo sufría para que otro fuese feliz. Ashley no sabía que a mí me gustaba Dougie ni tenía que saberlo nunca. Ella era feliz así y yo debía apoyarla, nada más importaba.
Un carraspeo me indicó que el profesor Pitt ya estaba allí. Levanté mi mirada feliz porque al fin podría reprimir todos mis sentimientos bajo el papel de la chica intelectual que todos parecían detestar.
- Queridos alumnos.. -carraspeó de nuevo mientras se colocaba unas gafas para ver mejor-. Les tengo que dar una sorpresa importante. Ustedes llevan mucho tiempo sin recibir a carne nueva, están acostumbrados a comer solo carroña de los restos de los antiguos nuevos.
Ahí estaba de nuevo el lenguaje que utilizaba que conseguía que todos los alumnos le odiasen. A mí me parecía muy divertido pero me contenía la risa para que no me llevasen pelota y cosas similares.
- ... Gracias al cielo para ustedes podrán alimentarse de un nuevo ingenuo que decidió entrar en esta tortura llamada instituto. Sin más les presento a su nuevo compañero. Señor, cuando quiera puede pasar -dijo mirando a la puerta que estaba abierta pero desde mi posición solo podía ver el cerco.
Miré rápidamente a todos los lugares. Tan solo la silla que estaba a mi lado era la única libre por lo que me tocaría con el alumno nuevo fuese quien fuese y yo con respecto a mi diálogo era pésima así que dudaba que fuésemos a hablar más de cinco minutos seguidos si me preguntaba alguna duda.
En ese instante entró y se hizo el silencio en el aula.
Capítulo 108. Gore
Después de horas conversando con Taylor necesitaba descansar. Mis párpados bajaban una y otra vez siendo cada una de ellas más difícil que subiesen que la anterior.
Me tumbé en la cama acurrucándome entre las ásperas sábanas que recubrían aquel pequeño colchón duro como una roca.
Intenté amoldar mi cuerpo a la rigidez pero parecía imposible. Aquello poco importó porque en segundos me quedé dormida.
- Lucía.. Lucía -susurraba una voz a lo lejos.
Me giré. Ahí estaba mi amiga de hacía tanto tiempo. Ashley Greene con su pelo moreno que caía en forma de cascada por su espalda.
Corría hacia mí mientras el resto de los chicos miraban lo perfecta que era. Sonreí al ver su sonrisa ya que parecía tener buenas noticias.
- ¿A qué no sabes quién a conseguido una cita con el chico más guapo de este instituto? -preguntó como si aquello fuese lo más importante del mundo.
- Enhorabuena, Ash -sonreí intentando fingir que me importaba el hecho de que ella estuviese con un chico similar a ella en cociente intelectual.
- Aún no puedo creerme que lo haya conseguido. Todas están detrás de él porque es tan guapo.. -suspiró-. Avril se quedó con las ganas.. se le quité delante de sus narices.
- Ash, no tienes miedo de que te empiecen a llamar cosas como.. ya sabes.. -murmuré mientras abríamos las puertas de las taquillas para coger los libros de la siguiente asignatura.
- Para serte sincera, no. Me da igual lo que ese par de niñas vayan a decir. Yo sé la verdad, toda la gente que me conoce también, simplemente ellas quedarían como tontas -se encogió de hombros.
- Si tú lo dices... -susurré más para mí que para ella mientras cerrábamos las puertas de las taquillas.
Caminé junto a Ashley hasta el laboratorio de química. Esa asignatura estaba impartida por una profesor que conseguía que casi todos nos durmiésemos.
Nos separamos y cada una nos sentamos en nuestro lugar. Ella tenía la suerte de que se sentaba al lado de aquel chico que le acababa de pedir salir.
Me senté en el otro extremo de la clase mientras llegaban el resto de nuestros compañeros.
Y ahí estaba. Dougie Poynter el chico más guapo de todo el instituto que tenía la suerte Ash de que se hubiese fijado en ella entraba ahora por la puerta.
Sus ojos azules miraban hacia la que ahora era su novia y los míos bajaron hasta mi cuaderno. Me dolía tanto que nadie se fijase en mí de aquella manera pero no debía demostrarlo, me centraría en la clase y olvidaría todo aquello.
Suspiré mientras sentía como los latidos de mi corazón me indicaban que de nuevo sufría para que otro fuese feliz. Ashley no sabía que a mí me gustaba Dougie ni tenía que saberlo nunca. Ella era feliz así y yo debía apoyarla, nada más importaba.
Un carraspeo me indicó que el profesor Pitt ya estaba allí. Levanté mi mirada feliz porque al fin podría reprimir todos mis sentimientos bajo el papel de la chica intelectual que todos parecían detestar.
- Queridos alumnos.. -carraspeó de nuevo mientras se colocaba unas gafas para ver mejor-. Les tengo que dar una sorpresa importante. Ustedes llevan mucho tiempo sin recibir a carne nueva, están acostumbrados a comer solo carroña de los restos de los antiguos nuevos.
Ahí estaba de nuevo el lenguaje que utilizaba que conseguía que todos los alumnos le odiasen. A mí me parecía muy divertido pero me contenía la risa para que no me llevasen pelota y cosas similares.
- ... Gracias al cielo para ustedes podrán alimentarse de un nuevo ingenuo que decidió entrar en esta tortura llamada instituto. Sin más les presento a su nuevo compañero. Señor, cuando quiera puede pasar -dijo mirando a la puerta que estaba abierta pero desde mi posición solo podía ver el cerco.
Miré rápidamente a todos los lugares. Tan solo la silla que estaba a mi lado era la única libre por lo que me tocaría con el alumno nuevo fuese quien fuese y yo con respecto a mi diálogo era pésima así que dudaba que fuésemos a hablar más de cinco minutos seguidos si me preguntaba alguna duda.
En ese instante entró y se hizo el silencio en el aula.
Mi camino hasta ti
Capítulo 109. Gore II
Miré fijamente a aquel chico que entraba en el aula. Observaba con vergüenza a todos los que estábamos allí. Ni siquiera era capaz de sacar una sonrisa por lo que se notaba lo mal que lo estaba pasando.
Bajé rápidamente mi mirada cuando el profesor le indicó a aquel chico que podía sentarse a mi lado.
Fruncí mi ceño sin que nadie lo viese. Mi mandíbula se tensó cuando sentía que la silla de al lado se movía para dejar espacio a aquel joven.
Miré de reojo como dejaba caer su peso sobre la silla dejando escapar un gran suspiro.
Susurró algo inaudible mientras ponía su cuaderno sobre la mesa y miraba hacia la pizarra esperando que todos terminasen con su continuo examen, repasándole de arriba abajo.
Miré hacia todos mis compañeros y comprobé como muchas de las chicas le observaban mordiéndose levemente su labio inferior y los chicos intentaban mirarle por encima del hombro.
A mí me parecía un chico normal como otro cualquiera, sí podía ser guapo pero a mis ojos no debía ni tan siquiera fijarme en él. ¿Para qué si nunca enamoraba a ningún chico ya que por un motivo u otro no deseaban acercarse más a mí?
Volví a mirar mi libro mientras el profesor comenzaba a explicar y tomé apuntes sin prestar caso nada más que a la lección que nos estaba siendo impartida.
Poco tiempo después el profesor hizo un descanso para que realizásemos los ejercicios que nos había puesto para saber si habíamos comprendido o no.
Resolví los problemas en un abrir y cerrar de ojos y después me quedé contemplando la página de mi cuaderno sin atender a ningún tipo de ruido que hubiese a mi alrededor.
¿Qué podía hacer ahora en ese momento si no tenía ganas de nada más que de perderme en un mundo donde no tuviese que tener dolor ni malestar?
Podía volver a meterme en ese mundo que nadie controlaba salvo yo. Entrecerré mis ojos mientras ponía mi cabeza entre mis manos y me centré en lo que quería olvidar en ese mundo.
Comencé a visualizar mil y un cosas mientras conseguía centrarme en aquella situación que empezaba a imaginarme.
Una mano se posó en ese momento en mi hombro haciendo que girase mi rostro para ver quién era quién estaba demandando mi atención.
- Disculpa...-musitó una voz grave a mi lado mientras miraba aquella mano que estaba sobre mi clavícula.
- ¿Sí?
- ¿Estás bien? -susurró la misma voz de mi nuevo compañero.
- Sí -asentí y volví a dirigir mi mirada a mi libro para volver a meterme en mi mundo de fantasía.
- Estás muy pálida.. -puntualizó mientras quitaba su mano de mi hombro.
- No importa, estoy bien -contesté rápidamente esperando que me dejase un poco tranquila.
- ¿Terminaste ya los ejercicios? -preguntó mientras seguía mirándome fijamente.
Giré mi rostro para cruzarme con aquella mirada de aquel que intentaba mantener una conversación conmigo la cual era más una misión imposible que otra cosa y esperaba que se diese cuenta de una vez por todas para que pudiese centrarme en aquel mundo donde tan solo mi imaginación era capaz de serenarme.
Sus ojos estaba fijos en los míos mientras fruncía mi ceño al no entender como seguía intentando tener algún tipo de diálogo.
- Sí, los terminé -respondí y di por concluida la conversación.
Capítulo 109. Gore II
Miré fijamente a aquel chico que entraba en el aula. Observaba con vergüenza a todos los que estábamos allí. Ni siquiera era capaz de sacar una sonrisa por lo que se notaba lo mal que lo estaba pasando.
Bajé rápidamente mi mirada cuando el profesor le indicó a aquel chico que podía sentarse a mi lado.
Fruncí mi ceño sin que nadie lo viese. Mi mandíbula se tensó cuando sentía que la silla de al lado se movía para dejar espacio a aquel joven.
Miré de reojo como dejaba caer su peso sobre la silla dejando escapar un gran suspiro.
Susurró algo inaudible mientras ponía su cuaderno sobre la mesa y miraba hacia la pizarra esperando que todos terminasen con su continuo examen, repasándole de arriba abajo.
Miré hacia todos mis compañeros y comprobé como muchas de las chicas le observaban mordiéndose levemente su labio inferior y los chicos intentaban mirarle por encima del hombro.
A mí me parecía un chico normal como otro cualquiera, sí podía ser guapo pero a mis ojos no debía ni tan siquiera fijarme en él. ¿Para qué si nunca enamoraba a ningún chico ya que por un motivo u otro no deseaban acercarse más a mí?
Volví a mirar mi libro mientras el profesor comenzaba a explicar y tomé apuntes sin prestar caso nada más que a la lección que nos estaba siendo impartida.
Poco tiempo después el profesor hizo un descanso para que realizásemos los ejercicios que nos había puesto para saber si habíamos comprendido o no.
Resolví los problemas en un abrir y cerrar de ojos y después me quedé contemplando la página de mi cuaderno sin atender a ningún tipo de ruido que hubiese a mi alrededor.
¿Qué podía hacer ahora en ese momento si no tenía ganas de nada más que de perderme en un mundo donde no tuviese que tener dolor ni malestar?
Podía volver a meterme en ese mundo que nadie controlaba salvo yo. Entrecerré mis ojos mientras ponía mi cabeza entre mis manos y me centré en lo que quería olvidar en ese mundo.
Comencé a visualizar mil y un cosas mientras conseguía centrarme en aquella situación que empezaba a imaginarme.
Una mano se posó en ese momento en mi hombro haciendo que girase mi rostro para ver quién era quién estaba demandando mi atención.
- Disculpa...-musitó una voz grave a mi lado mientras miraba aquella mano que estaba sobre mi clavícula.
- ¿Sí?
- ¿Estás bien? -susurró la misma voz de mi nuevo compañero.
- Sí -asentí y volví a dirigir mi mirada a mi libro para volver a meterme en mi mundo de fantasía.
- Estás muy pálida.. -puntualizó mientras quitaba su mano de mi hombro.
- No importa, estoy bien -contesté rápidamente esperando que me dejase un poco tranquila.
- ¿Terminaste ya los ejercicios? -preguntó mientras seguía mirándome fijamente.
Giré mi rostro para cruzarme con aquella mirada de aquel que intentaba mantener una conversación conmigo la cual era más una misión imposible que otra cosa y esperaba que se diese cuenta de una vez por todas para que pudiese centrarme en aquel mundo donde tan solo mi imaginación era capaz de serenarme.
Sus ojos estaba fijos en los míos mientras fruncía mi ceño al no entender como seguía intentando tener algún tipo de diálogo.
- Sí, los terminé -respondí y di por concluida la conversación.
Mi camino hasta ti
Capítulo 110. Gore III
Miré un instante al resto de mis compañeros que seguían haciendo los ejercicios por lo que pensé que aún tenía tiempo de volver a mi mundo de fantasía sin que nadie más me molestase.
Cerré un solo segundo mis ojos para así intentar concentrarme en ese maravilloso mundo que iba a llevarme a un lugar sin sufrimiento.
- Yo también los terminé -escuché de repente sin pensarlo.
Aquel chico intentaba de nuevo volver a hablar conmigo. ¿No había entendido que no quería dialogar más? ¿Era tan difícil de ver en mi rostro que sencillamente me estaba molestando?
- Qué bien -susurré intentando ser fría poniendo una sonrisa que más que ser una muestra de alegría debía asustar.
Noté al fin en su mirada como se percataba y miraba a su libro para así poder dejarme a mí que pensase lo que quisiese.
Me volteé y observé de nuevo la página de mi cuaderno completamente escrita con las soluciones más que perfectas, estaba segura. Miraba todas aquellas líneas escritas con las soluciones pero aún así no terminaba de gustarme lo que allí estaba redactado como solución. ¿Podía haber algo que pudiese ser calificado de verdad como perfecta o superior que nadie pudiese decir la misma solución a ese pequeño problema?
- ¿Estás bien? -susurró de nuevo aquel chico que estaba a mi lado.
Giré mi tronco para verle fijamente con mi ceño fruncido. ¿Cómo podía ser que no se cansase nunca cuando le estaba diciendo con mi lenguaje corporal que no quería hablar con él?
- Sí, estoy bien -contesté tajante-. ¿Puedes dejar de preguntarme por mi estado?
- Disculpa, es tan solo que no te veo bien, te veo pálida, con la mirada perdida... solo quería ayudar -se encogió de hombros y miró la pizarra.
Suspiré mientras pasaba mis manos por mi rostro. Entrecerré los ojos y volví a mirarle mientras él garabateaba en su cuaderno con su bolígrafo.
- Perdona, no quería ser tan odiosamente desagradable -musité mientras volvía a mirar de nuevo mi cuaderno para intentar encontrar solución a aquella respuesta que ahora ya no me parecía perfecta sino horrible.
- No te preocupes.. soy un poco pesado -rió bajo-. Ni siquiera nos conocemos y ya te estoy torturando con una conversación sin sentido. No tienes que disculparte, si fue culpa de alguien es mía, no de nadie más.
- Bueno.. no me estabas torturando simplemente no soy muy habladora -musité y me encogí de hombros.
- ¿Cómo te llamas? -me preguntó acercándose un poco a mi oído.
- Lucía Noriega -susurré-. ¿y tú?
En ese momento el profesor nos mandó callar por lo que durante un instante permanecimos mirando cada uno a nuestro cuaderno como si aún estuviésemos haciendo los ejercicios.
El profesor volvió a enfrascarse en su lectura de nuevo y eso hizo posible que aquel chico me contestase a la pregunta.
- Mi nombre es Robert... -musitó-. Robert Pattinson.
Reí bajito sin poder evitarlo al escucharle.
- ¿Por qué te has reído? -preguntó mirándome curioso a la par que divertido.
- Porque lo has dicho con el mismo tono que Bond, James Bond -me mordí la lengua para no reír más alto mientras volvía mi mirada hasta mi cuaderno cuando el profesor comenzó de nuevo la lección.
Capítulo 110. Gore III
Miré un instante al resto de mis compañeros que seguían haciendo los ejercicios por lo que pensé que aún tenía tiempo de volver a mi mundo de fantasía sin que nadie más me molestase.
Cerré un solo segundo mis ojos para así intentar concentrarme en ese maravilloso mundo que iba a llevarme a un lugar sin sufrimiento.
- Yo también los terminé -escuché de repente sin pensarlo.
Aquel chico intentaba de nuevo volver a hablar conmigo. ¿No había entendido que no quería dialogar más? ¿Era tan difícil de ver en mi rostro que sencillamente me estaba molestando?
- Qué bien -susurré intentando ser fría poniendo una sonrisa que más que ser una muestra de alegría debía asustar.
Noté al fin en su mirada como se percataba y miraba a su libro para así poder dejarme a mí que pensase lo que quisiese.
Me volteé y observé de nuevo la página de mi cuaderno completamente escrita con las soluciones más que perfectas, estaba segura. Miraba todas aquellas líneas escritas con las soluciones pero aún así no terminaba de gustarme lo que allí estaba redactado como solución. ¿Podía haber algo que pudiese ser calificado de verdad como perfecta o superior que nadie pudiese decir la misma solución a ese pequeño problema?
- ¿Estás bien? -susurró de nuevo aquel chico que estaba a mi lado.
Giré mi tronco para verle fijamente con mi ceño fruncido. ¿Cómo podía ser que no se cansase nunca cuando le estaba diciendo con mi lenguaje corporal que no quería hablar con él?
- Sí, estoy bien -contesté tajante-. ¿Puedes dejar de preguntarme por mi estado?
- Disculpa, es tan solo que no te veo bien, te veo pálida, con la mirada perdida... solo quería ayudar -se encogió de hombros y miró la pizarra.
Suspiré mientras pasaba mis manos por mi rostro. Entrecerré los ojos y volví a mirarle mientras él garabateaba en su cuaderno con su bolígrafo.
- Perdona, no quería ser tan odiosamente desagradable -musité mientras volvía a mirar de nuevo mi cuaderno para intentar encontrar solución a aquella respuesta que ahora ya no me parecía perfecta sino horrible.
- No te preocupes.. soy un poco pesado -rió bajo-. Ni siquiera nos conocemos y ya te estoy torturando con una conversación sin sentido. No tienes que disculparte, si fue culpa de alguien es mía, no de nadie más.
- Bueno.. no me estabas torturando simplemente no soy muy habladora -musité y me encogí de hombros.
- ¿Cómo te llamas? -me preguntó acercándose un poco a mi oído.
- Lucía Noriega -susurré-. ¿y tú?
En ese momento el profesor nos mandó callar por lo que durante un instante permanecimos mirando cada uno a nuestro cuaderno como si aún estuviésemos haciendo los ejercicios.
El profesor volvió a enfrascarse en su lectura de nuevo y eso hizo posible que aquel chico me contestase a la pregunta.
- Mi nombre es Robert... -musitó-. Robert Pattinson.
Reí bajito sin poder evitarlo al escucharle.
- ¿Por qué te has reído? -preguntó mirándome curioso a la par que divertido.
- Porque lo has dicho con el mismo tono que Bond, James Bond -me mordí la lengua para no reír más alto mientras volvía mi mirada hasta mi cuaderno cuando el profesor comenzó de nuevo la lección.
Mi camino hasta ti
Capítulo 111. Gore IV
Volví a posar mi mirada sobre el profesor escuchando las risas de Robert por mi comentario. Aquel chico me estaba haciendo sentir bien, jamás con ningún hombre me había sentido segura antes de él y ahora podía ser más yo misma al menos aunque fuese era capaz de hacer una broma sin que me sintiese incómoda y cohibida.
¿Qué lo veía como un posible amor? En absoluto. Simplemente era agradable y a mí con eso todo me bastaba. No me importaba nada más allá salvo que al menos hoy había conseguido reír gracias a él.
Me levanté poco tiempo después cuando sonó el timbre y sin ni tan siquiera despedirme por las prisas fui directa hacia mi taquilla para recoger los libros que fuesen necesarios e irme a mi casa a descansar durante un largo fin de semana.
Puse mi frente contra la puerta de la taquilla una vez cerrada intentando comprender porqué motivo no era capaz de decirle a Ashley que me estaba haciendo daño con su comportamiento, es más que siempre conseguía dañarme con él porque ella era tan perfecta para todos como para mí.
Un golpe en mi hombro me sacó de mi ensimismamiento. Me giré rápidamente mientras escuchaba a una voz hablarme.
- Disculpa, ¿te queda mucho? Mi taquilla es la que está justo debajo y me gustaría dejar mis lib....
Dejó sin concluir la frase ya que reconoció mi rostro y en él se dibujó una gran sonrisa.
- Lucía.. -musitó.
- Sí, Robert perdona -reí avergonzada-. A veces me gusta pensar así, con la frente pegada a la puerta.
- Se nota que piensas mucho. ¿Dejas descansar esa cabecita alguna vez? -rió entre dientes mientras se agachaba a abrir la puerta de su taquilla.
- ¿Por qué dices eso? - le pregunté curiosa.
- Veamos -carraspeó y me sonrió-. En clase era más que obvio que tenías tu mente en algún lugar o estabas dando vueltas a algo ya que tus ejercicios estaban resueltos y por ese motivo te molestaba tanto que te sacase de tus cavilaciones, discúlpame por eso.
- No tienes que pedirme perdón por aquello -me encogí de hombros-. No te mentiré, me molestaste y mucho, pensaba en chillarte incluso para ver si así me dejabas un rato tranquila pero es normal así no tienes que seguir disculpándote por nada similar.
- Está bien -sonrió y se incorporó para volver a estar a mi altura.
- Supongo que nos veremos el lunes, después del fin de semana -musité mientras cerraba con llave mi compartimento.
- Sí, no sé ni para que empecé un viernes. Hubiese sido mucho mejor para mí comenzar las clases esta próxima semana -resopló- pero bueno a lo hecho pecho -rió.
Me despedí de él rápidamente y caminé hacia la puerta de salida del instituto. Como de costumbre aquella chica ya estaba allí y comenzaba a gritarme y a insultarme de camino a casa.
Supuse que ya la debían pagar por aquello porque no era normal. Ni tan siquiera la conocía y nadie salvo yo parecía escucharla pero aún así era sumamente irritante.
Caminé tan aprisa como mis piernas me permitieron. Entré en el portal y se desató la locura. Gritos, chillidos, golpes miles de ruidos que no podía parar llegaban a mis oídos.
Rápidamente subí los escalones de que me separaban de mi casa de dos en dos para llegar lo antes posible.
En ese momento no supe bien lo que pasó pero entré dentro de mi casa y estaba todo como si fuese de noche. Las luces encendidas y en el sofá mi hermano viendo la televisión, una de sus series preferidas.
Un escalofrío recorrió mi espalda y supe que algo malo iba a suceder.
Capítulo 111. Gore IV
Volví a posar mi mirada sobre el profesor escuchando las risas de Robert por mi comentario. Aquel chico me estaba haciendo sentir bien, jamás con ningún hombre me había sentido segura antes de él y ahora podía ser más yo misma al menos aunque fuese era capaz de hacer una broma sin que me sintiese incómoda y cohibida.
¿Qué lo veía como un posible amor? En absoluto. Simplemente era agradable y a mí con eso todo me bastaba. No me importaba nada más allá salvo que al menos hoy había conseguido reír gracias a él.
Me levanté poco tiempo después cuando sonó el timbre y sin ni tan siquiera despedirme por las prisas fui directa hacia mi taquilla para recoger los libros que fuesen necesarios e irme a mi casa a descansar durante un largo fin de semana.
Puse mi frente contra la puerta de la taquilla una vez cerrada intentando comprender porqué motivo no era capaz de decirle a Ashley que me estaba haciendo daño con su comportamiento, es más que siempre conseguía dañarme con él porque ella era tan perfecta para todos como para mí.
Un golpe en mi hombro me sacó de mi ensimismamiento. Me giré rápidamente mientras escuchaba a una voz hablarme.
- Disculpa, ¿te queda mucho? Mi taquilla es la que está justo debajo y me gustaría dejar mis lib....
Dejó sin concluir la frase ya que reconoció mi rostro y en él se dibujó una gran sonrisa.
- Lucía.. -musitó.
- Sí, Robert perdona -reí avergonzada-. A veces me gusta pensar así, con la frente pegada a la puerta.
- Se nota que piensas mucho. ¿Dejas descansar esa cabecita alguna vez? -rió entre dientes mientras se agachaba a abrir la puerta de su taquilla.
- ¿Por qué dices eso? - le pregunté curiosa.
- Veamos -carraspeó y me sonrió-. En clase era más que obvio que tenías tu mente en algún lugar o estabas dando vueltas a algo ya que tus ejercicios estaban resueltos y por ese motivo te molestaba tanto que te sacase de tus cavilaciones, discúlpame por eso.
- No tienes que pedirme perdón por aquello -me encogí de hombros-. No te mentiré, me molestaste y mucho, pensaba en chillarte incluso para ver si así me dejabas un rato tranquila pero es normal así no tienes que seguir disculpándote por nada similar.
- Está bien -sonrió y se incorporó para volver a estar a mi altura.
- Supongo que nos veremos el lunes, después del fin de semana -musité mientras cerraba con llave mi compartimento.
- Sí, no sé ni para que empecé un viernes. Hubiese sido mucho mejor para mí comenzar las clases esta próxima semana -resopló- pero bueno a lo hecho pecho -rió.
Me despedí de él rápidamente y caminé hacia la puerta de salida del instituto. Como de costumbre aquella chica ya estaba allí y comenzaba a gritarme y a insultarme de camino a casa.
Supuse que ya la debían pagar por aquello porque no era normal. Ni tan siquiera la conocía y nadie salvo yo parecía escucharla pero aún así era sumamente irritante.
Caminé tan aprisa como mis piernas me permitieron. Entré en el portal y se desató la locura. Gritos, chillidos, golpes miles de ruidos que no podía parar llegaban a mis oídos.
Rápidamente subí los escalones de que me separaban de mi casa de dos en dos para llegar lo antes posible.
En ese momento no supe bien lo que pasó pero entré dentro de mi casa y estaba todo como si fuese de noche. Las luces encendidas y en el sofá mi hermano viendo la televisión, una de sus series preferidas.
Un escalofrío recorrió mi espalda y supe que algo malo iba a suceder.
Mi camino hasta ti
Capítulo 112. Gore V
Dejé mis cosas en mi habitación y me dirigí al salón para ponerme sobre la mesa donde comíamos a hacer los ejercicios.
Mi hermano me conversaba sobre algo pero ni tan siquiera le escuchaba.
Se levantó y me dejó un instante tranquila para que puede dar por finalizada mi labor con los ejercicios pero mientras estaba terminando una redacción comenzó de nuevo el escándalo.
Mi hermano llegó con un gran cuchillo. Miré el cuchillo como si nada y seguí con lo que estaba haciendo hasta que sin previo aviso al menos ninguno que me hubiese permitido escuchar, oí un chillido desgarrador proveniente de mi hermano.
Cuando giré mi rostro hacia él no podía creer lo que estaba viendo. ¿Cómo se había puesto así en tan solo unos segundos?
Su rostro estaba completamente lleno de cortes, sus muñecas estaban como taladradas y un inmenso agujero las atravesaba, sus brazos chorreaban sangre.
Tan rápido como fui capaz llamé a una ambulancia. Alguien tenía que verle pero después me puse a curarle con todo lo que tuve.
No me daban en ese momento ni asco las heridas, ni la sangre ni nada, tan solo deseaba cortar la hemorragia que haría que mi hermano se fuese de mi lado de aquella manera tan horrible.
Sentía ganas de llorar, de vomitar, de gritar.
En ese momento fui capaz de despertarme. Las sábanas de la cama estaban pegadas a mi cuerpo por el sudor de la pesadilla.
¿Mi mente no tenía suficiente torturándome por el día que ahora también lo hacía en mis momentos de descanso? Podía haber sido un sueño bonito pero se convirtió en la peor de las pesadillas.
¿Qué podía hacer ahora yo con toda aquella angustia que amenazaba con destrozar mi pecho de la opresión que sentía?
Mi corazón palpitaba descontrolado mientras miraba de un lugar a otro. Un tremendo sufrimiento no podía comparársele a lo que es sentir una angustia continua que no te permite hacer nada ni de día ni de noche, que no te deja hacer lo que quieres, que no puedes descargar tu alma de ninguna manera porque te bloqueas hasta más no poder.
Quería decir adiós a todo pero las muescas de mi anterior obra y aquel terrible sueño me habían dejado sin ánimos de nada y menos de poner fin a nada, tan solo quería poner fin a una cosa: la angustia.
No pude más y mientras escuchaba como Taylor se movía en su sitio ya que se había quedado a dormir conmigo, solo pude arrancar gran parte de ella con lágrimas que a pesar de quemarme en su recorrido por mis mejillas habían conseguido disminuirla un poco.
Odiosas y traicioneras también conseguían ayudar cuando era necesario, hasta cuando no se lo pedías pero tu cuerpo por instinto te suplicaba, llora, que si eso es lo que quieres es lo que debes hacer para dejar atrás la amargura que te embarga.
Capítulo 112. Gore V
Dejé mis cosas en mi habitación y me dirigí al salón para ponerme sobre la mesa donde comíamos a hacer los ejercicios.
Mi hermano me conversaba sobre algo pero ni tan siquiera le escuchaba.
Se levantó y me dejó un instante tranquila para que puede dar por finalizada mi labor con los ejercicios pero mientras estaba terminando una redacción comenzó de nuevo el escándalo.
Mi hermano llegó con un gran cuchillo. Miré el cuchillo como si nada y seguí con lo que estaba haciendo hasta que sin previo aviso al menos ninguno que me hubiese permitido escuchar, oí un chillido desgarrador proveniente de mi hermano.
Cuando giré mi rostro hacia él no podía creer lo que estaba viendo. ¿Cómo se había puesto así en tan solo unos segundos?
Su rostro estaba completamente lleno de cortes, sus muñecas estaban como taladradas y un inmenso agujero las atravesaba, sus brazos chorreaban sangre.
Tan rápido como fui capaz llamé a una ambulancia. Alguien tenía que verle pero después me puse a curarle con todo lo que tuve.
No me daban en ese momento ni asco las heridas, ni la sangre ni nada, tan solo deseaba cortar la hemorragia que haría que mi hermano se fuese de mi lado de aquella manera tan horrible.
Sentía ganas de llorar, de vomitar, de gritar.
En ese momento fui capaz de despertarme. Las sábanas de la cama estaban pegadas a mi cuerpo por el sudor de la pesadilla.
¿Mi mente no tenía suficiente torturándome por el día que ahora también lo hacía en mis momentos de descanso? Podía haber sido un sueño bonito pero se convirtió en la peor de las pesadillas.
¿Qué podía hacer ahora yo con toda aquella angustia que amenazaba con destrozar mi pecho de la opresión que sentía?
Mi corazón palpitaba descontrolado mientras miraba de un lugar a otro. Un tremendo sufrimiento no podía comparársele a lo que es sentir una angustia continua que no te permite hacer nada ni de día ni de noche, que no te deja hacer lo que quieres, que no puedes descargar tu alma de ninguna manera porque te bloqueas hasta más no poder.
Quería decir adiós a todo pero las muescas de mi anterior obra y aquel terrible sueño me habían dejado sin ánimos de nada y menos de poner fin a nada, tan solo quería poner fin a una cosa: la angustia.
No pude más y mientras escuchaba como Taylor se movía en su sitio ya que se había quedado a dormir conmigo, solo pude arrancar gran parte de ella con lágrimas que a pesar de quemarme en su recorrido por mis mejillas habían conseguido disminuirla un poco.
Odiosas y traicioneras también conseguían ayudar cuando era necesario, hasta cuando no se lo pedías pero tu cuerpo por instinto te suplicaba, llora, que si eso es lo que quieres es lo que debes hacer para dejar atrás la amargura que te embarga.
Mi camino hasta ti
Capítulo 113. Petición de Taylor
Mi compañero aún seguía dormido a pesar de haber amanecido ya. No quería molestarle porque no sabía el tiempo que se había pasado despierto esa noche.
Me levanté de la cama y me senté mirando la ventana ya que era el único entretenimiento posible que tenía. ¿Puede alguien aburrirse hasta más no poder de sentir miedo, de sentir temor y dolor?
No era capaz de quitarme aquella pesadilla de la cabeza pero por mucho que lo desease no se lo contaría a nadie. No quería que pensasen que estaba loca.
Las gotas comenzaban a resbalar por el otro lado del cristal, se había puesto a llover sin que me hubiese percatado.
Pasé uno de mis dedos por la gota que llegaba a la altura de mis ojos. Ojalá fuese ella que en segundos llegaba su final, sabía cual era su destino. Después de terminar su recorrido se evaporaría y volvería a caer en forma de gota o de copo en algún lugar diferente.
Puse mi frente contra el cristal mientras sonreía sin ganas. Tenía envidia de una mísera gota de agua. Ella tenía un propósito en la vida y yo no podía estar más perdida de lo que ya lo estaba.
Giré mi rostro cuando escuché algunos ruidos y vi como Taylor se despertaba. Le sonreí en el momento que se levantó y se sentó frente a mí.
- Buenos días -susurró mientras besaba mi mejilla.
- Buenos días -sonreí levemente y volví a dirigir mi mirada hacia el patio interior.
- ¿Cómo has dormido? -preguntó mientras ponía un mechón de mi cabello detrás de mi oreja.
- Bien -mentí y le miré-. ¿Cómo has dormido tú en ese sillón?
- Bien -se encogió de hombros-. Solamente me he quedado muy rígido y frío pero por lo de más dormí en una nube.
Sonreí por su broma y la caricia que ahora estaba sintiendo en mi mejilla. Sus dedos se deslizaban lentamente por el hueso de mi mandíbula.
- Detesto verte mal -susurró.
- Lamentablemente eso es algo a lo que temo tendrás que acostumbrarte -contesté entre suspiros.
- Lo sé y no sabes cuanto me duele -musitó.
No quise contestarle pero me costaba tantísimo creer que de verdad le pudiese doler a alguien que yo estuviese sufriendo que seguramente terminaría consiguiendo que Taylor se alejase de mi ofendido si entraba en ese tema de discusión. Ya había perdido a demasiada gente y estaba más que harta de ello.
Noté como los dedos de mi compañero se fueron deslizando lentamente por mi cuello, pasando después por mi clavícula hasta llegar a mi hombro y bajar con lentitud por mi brazo hasta los vendajes que cubrían mi muñeca.
Puede sentir después como sus dedos acariciaban mi palma para después entrelazarse con los míos con muchísima suavidad.
- Tienes una piel tan suave...
Le miré confundida y después miré nuestras manos. Él tenía sus ojos clavados en ellas con una mezcla de nerviosismo en su mirada. Seguramente sería por temor a que aquello me desagradase y retirase mi mano.
Detestaba que me tuviesen miedo por lo que afirmé la unión de nuestros dedos y le dediqué una débil sonrisa para desviar mi mirada en segundos al patio interior de nuevo.
Nada nuevo sucedía pero podía notar como el pulgar de Taylor acariciaba el dorso de mi mano de una manera tan cálida pero sin comparación posible con las caricias que había sentido de Robert.
La cama se movió levemente cuando se acercó hacia mi y puso su frente contra mi sien. Levanté la mano que tenía libre y acaricié con ternura su cabello y su nuca para reconfortarle en lo que estuviese pensando o lo que le estuviese haciendo daño.
- Cuando te fuiste de aquella manera, temí no volver a verte. Sé que no debí besarte y lo siento. No me importó que me pegases porque me lo merecía pero lo que detesté es que te alejases de mí -musitó mientras sus labios rozaban mi mejilla al hablar.
- Perdóname -pedí entre suspiros.
Sabía yo misma que había actuado mal pero para ser precisos era lo único que había podido hacer. No entendía como debía comportarme en aquel tipo de situación que tan solo me había sucedido una vez para después de besarme romperme el corazón.
- No tengo nada que perdonarte -dijo tajante-. Tú no tienes que disculparte, quien debo hacerlo soy yo. Pero, ¿por qué pedirte perdón por algo que seguramente repetiría?
- ¿Qué quieres decir?
- Me gustas demasiado, Lucía. Tan solo quiero cuidarte y mimarte todos los días para que estés bien. Por favor, déjame hacerlo.
- Que yo sepa no te lo negué.
- Lucía, quiero que seas mi novia…
Capítulo 113. Petición de Taylor
Mi compañero aún seguía dormido a pesar de haber amanecido ya. No quería molestarle porque no sabía el tiempo que se había pasado despierto esa noche.
Me levanté de la cama y me senté mirando la ventana ya que era el único entretenimiento posible que tenía. ¿Puede alguien aburrirse hasta más no poder de sentir miedo, de sentir temor y dolor?
No era capaz de quitarme aquella pesadilla de la cabeza pero por mucho que lo desease no se lo contaría a nadie. No quería que pensasen que estaba loca.
Las gotas comenzaban a resbalar por el otro lado del cristal, se había puesto a llover sin que me hubiese percatado.
Pasé uno de mis dedos por la gota que llegaba a la altura de mis ojos. Ojalá fuese ella que en segundos llegaba su final, sabía cual era su destino. Después de terminar su recorrido se evaporaría y volvería a caer en forma de gota o de copo en algún lugar diferente.
Puse mi frente contra el cristal mientras sonreía sin ganas. Tenía envidia de una mísera gota de agua. Ella tenía un propósito en la vida y yo no podía estar más perdida de lo que ya lo estaba.
Giré mi rostro cuando escuché algunos ruidos y vi como Taylor se despertaba. Le sonreí en el momento que se levantó y se sentó frente a mí.
- Buenos días -susurró mientras besaba mi mejilla.
- Buenos días -sonreí levemente y volví a dirigir mi mirada hacia el patio interior.
- ¿Cómo has dormido? -preguntó mientras ponía un mechón de mi cabello detrás de mi oreja.
- Bien -mentí y le miré-. ¿Cómo has dormido tú en ese sillón?
- Bien -se encogió de hombros-. Solamente me he quedado muy rígido y frío pero por lo de más dormí en una nube.
Sonreí por su broma y la caricia que ahora estaba sintiendo en mi mejilla. Sus dedos se deslizaban lentamente por el hueso de mi mandíbula.
- Detesto verte mal -susurró.
- Lamentablemente eso es algo a lo que temo tendrás que acostumbrarte -contesté entre suspiros.
- Lo sé y no sabes cuanto me duele -musitó.
No quise contestarle pero me costaba tantísimo creer que de verdad le pudiese doler a alguien que yo estuviese sufriendo que seguramente terminaría consiguiendo que Taylor se alejase de mi ofendido si entraba en ese tema de discusión. Ya había perdido a demasiada gente y estaba más que harta de ello.
Noté como los dedos de mi compañero se fueron deslizando lentamente por mi cuello, pasando después por mi clavícula hasta llegar a mi hombro y bajar con lentitud por mi brazo hasta los vendajes que cubrían mi muñeca.
Puede sentir después como sus dedos acariciaban mi palma para después entrelazarse con los míos con muchísima suavidad.
- Tienes una piel tan suave...
Le miré confundida y después miré nuestras manos. Él tenía sus ojos clavados en ellas con una mezcla de nerviosismo en su mirada. Seguramente sería por temor a que aquello me desagradase y retirase mi mano.
Detestaba que me tuviesen miedo por lo que afirmé la unión de nuestros dedos y le dediqué una débil sonrisa para desviar mi mirada en segundos al patio interior de nuevo.
Nada nuevo sucedía pero podía notar como el pulgar de Taylor acariciaba el dorso de mi mano de una manera tan cálida pero sin comparación posible con las caricias que había sentido de Robert.
La cama se movió levemente cuando se acercó hacia mi y puso su frente contra mi sien. Levanté la mano que tenía libre y acaricié con ternura su cabello y su nuca para reconfortarle en lo que estuviese pensando o lo que le estuviese haciendo daño.
- Cuando te fuiste de aquella manera, temí no volver a verte. Sé que no debí besarte y lo siento. No me importó que me pegases porque me lo merecía pero lo que detesté es que te alejases de mí -musitó mientras sus labios rozaban mi mejilla al hablar.
- Perdóname -pedí entre suspiros.
Sabía yo misma que había actuado mal pero para ser precisos era lo único que había podido hacer. No entendía como debía comportarme en aquel tipo de situación que tan solo me había sucedido una vez para después de besarme romperme el corazón.
- No tengo nada que perdonarte -dijo tajante-. Tú no tienes que disculparte, quien debo hacerlo soy yo. Pero, ¿por qué pedirte perdón por algo que seguramente repetiría?
- ¿Qué quieres decir?
- Me gustas demasiado, Lucía. Tan solo quiero cuidarte y mimarte todos los días para que estés bien. Por favor, déjame hacerlo.
- Que yo sepa no te lo negué.
- Lucía, quiero que seas mi novia…
Mi camino hasta ti
Capítulo 114. ¿Error?
Miré incrédula a Taylor. Me había propuesto algo que jamás podía aceptar. Nunca podía ser novia de nadie porque sería tener una relación tormentosa para quien tuviese la desgracia de ser mi pareja pero ¿y si esa era la última vez que tenía la oportunidad de ser novia de alguien?
Puse mi frente contra la de mi compañero mientras cerraba mis ojos intentando pensar con claridad. ¿Por qué no? Él me gustaba, no le amaba pero sabía que solamente con él podría olvidar a Robert al que ya había alejado completamente de mi vida.
Asentí mientras él observaba con detenimiento mi rostro justo después de abrir mis ojos. La sonrisa se dibujó ampliamente como si jamás le hubiesen dado ninguna noticia mejor que esa.
- Gracias -susurró mientras me miraba a los ojos fijamente.
- No tienes nada que agradecerme -musité mientras observaba como poco a poco se acercaba a mí.
Sabía que tendría que besarle pero es lo normal entre novios. ¿Qué podía perder ya si había obligado a Robert a decirme adiós?
La mano de Taylor se puso sobre mi mejilla y junto nuestros labios en un tierno beso que seguí mientras mi mente jugaba con ese momento haciendo como si viese la imagen como tercera persona poniendo el rostro de Robert en el lugar del de Taylor.
Cuando lo vi aún sabiendo que era mentira no pude evitarlo y puse mis manos sobre sus mejillas acercándome más a él.
Mi corazón empezó a latir desbocado por mi fantasía. Sabía que me arrepentiría cuando abriese los ojos de nuevo y descubriese el verdadero rostro de aquel que me besaba pero mientras la mentira durase quería vivir ese sueño.
Deslicé mis manos hasta su nuca y enredé mis dedos en su pelo mientras sus manos se posaban sobre mi cintura.
Me levanté lentamente poniéndome de rodillas mientras él permanecía sentado sin que dejase de besarle ni un solo momento.
Ojalá fuese verdaderamente Robert, ojalá pudiese estar fundiéndome en sus labios, en aquellos que me habían hecho perder la cordura en muchos momentos por sentir su tierno roce. Mi mente al fin me estaba regalando un buen momento aunque significase el más doloroso de los castigos después de dejarme guiar nuevamente por ella.
Sentí como sus dedos se clavaban poco a poco en mi piel mientras nuestro beso no cesaba en ningún momento.
- Te amo -susurró entre nuestros labios con aquella voz que me hizo salir de mi fantasía.
Le miré fijamente y suspiré. No podía contestarle lo mismo porque no lo sentía. Puse mi frente contra la suya y acaricié lentamente sus mejillas. Él comprendió pero prefirió que fuese así, no quiso obligarme a decir algo que no sentía.
Me tomó entre sus brazos cuando comenzaba a sentir que mis fuerzas flaqueaban, mis lágrimas me quemaban en las cuencas de mis ojos, querían salir, deseaban recorrer mi rostro para que así supiese Taylor que necesitaba que él fuese otra persona, anhelaba que fuese Robert.
Me acarició lentamente la espalda y me tumbó en la cama sentándose a mi lado. Acarició mi cabello con suavidad y suspiró al ver mi expresión triste que no podía cambiar.
Respiré hondo para así ser capaz de evitar que las gotas saladas que segrega mi lacrimal recorriesen mis mejillas indicando mi malestar.
Capítulo 114. ¿Error?
Miré incrédula a Taylor. Me había propuesto algo que jamás podía aceptar. Nunca podía ser novia de nadie porque sería tener una relación tormentosa para quien tuviese la desgracia de ser mi pareja pero ¿y si esa era la última vez que tenía la oportunidad de ser novia de alguien?
Puse mi frente contra la de mi compañero mientras cerraba mis ojos intentando pensar con claridad. ¿Por qué no? Él me gustaba, no le amaba pero sabía que solamente con él podría olvidar a Robert al que ya había alejado completamente de mi vida.
Asentí mientras él observaba con detenimiento mi rostro justo después de abrir mis ojos. La sonrisa se dibujó ampliamente como si jamás le hubiesen dado ninguna noticia mejor que esa.
- Gracias -susurró mientras me miraba a los ojos fijamente.
- No tienes nada que agradecerme -musité mientras observaba como poco a poco se acercaba a mí.
Sabía que tendría que besarle pero es lo normal entre novios. ¿Qué podía perder ya si había obligado a Robert a decirme adiós?
La mano de Taylor se puso sobre mi mejilla y junto nuestros labios en un tierno beso que seguí mientras mi mente jugaba con ese momento haciendo como si viese la imagen como tercera persona poniendo el rostro de Robert en el lugar del de Taylor.
Cuando lo vi aún sabiendo que era mentira no pude evitarlo y puse mis manos sobre sus mejillas acercándome más a él.
Mi corazón empezó a latir desbocado por mi fantasía. Sabía que me arrepentiría cuando abriese los ojos de nuevo y descubriese el verdadero rostro de aquel que me besaba pero mientras la mentira durase quería vivir ese sueño.
Deslicé mis manos hasta su nuca y enredé mis dedos en su pelo mientras sus manos se posaban sobre mi cintura.
Me levanté lentamente poniéndome de rodillas mientras él permanecía sentado sin que dejase de besarle ni un solo momento.
Ojalá fuese verdaderamente Robert, ojalá pudiese estar fundiéndome en sus labios, en aquellos que me habían hecho perder la cordura en muchos momentos por sentir su tierno roce. Mi mente al fin me estaba regalando un buen momento aunque significase el más doloroso de los castigos después de dejarme guiar nuevamente por ella.
Sentí como sus dedos se clavaban poco a poco en mi piel mientras nuestro beso no cesaba en ningún momento.
- Te amo -susurró entre nuestros labios con aquella voz que me hizo salir de mi fantasía.
Le miré fijamente y suspiré. No podía contestarle lo mismo porque no lo sentía. Puse mi frente contra la suya y acaricié lentamente sus mejillas. Él comprendió pero prefirió que fuese así, no quiso obligarme a decir algo que no sentía.
Me tomó entre sus brazos cuando comenzaba a sentir que mis fuerzas flaqueaban, mis lágrimas me quemaban en las cuencas de mis ojos, querían salir, deseaban recorrer mi rostro para que así supiese Taylor que necesitaba que él fuese otra persona, anhelaba que fuese Robert.
Me acarició lentamente la espalda y me tumbó en la cama sentándose a mi lado. Acarició mi cabello con suavidad y suspiró al ver mi expresión triste que no podía cambiar.
Respiré hondo para así ser capaz de evitar que las gotas saladas que segrega mi lacrimal recorriesen mis mejillas indicando mi malestar.
Mi camino hasta ti
Capítulo 115. Mi habitación
Pasé dos días junto a Taylor en los que intentaba hacerme sentir bien. Acariciaba mis brazos lentamente intentando así serenarme aunque en realidad no hubiese resultado pero no podía seguir estando mal delante de él.
Decidía mentirle como si todos los males se me hubiesen pasado como si nada importase ya de todo lo que me había sucedido y me atormentaba a cada segundo pero no solo le mentía a él, a mí misma también lo hacía. Me obligaba inconscientemente a estar bien y por un instante era capaz de sentirme feliz, sin problemas pero por otro lado en mi interior me sentía extraña como si algo no fuese bien pero era capaz de reír y eso era lo único que me importaba.
Me gustaba sentirme "bien" pero al mismo tiempo no recordaba que aquello realmente fuese sentirse realmente bien.
Me acurrucaba en el pecho de Taylor varias veces a lo largo del día para así intentar sentirme segura.
Siempre había intentado recibir un abrazo que me quitase las penas o que no me hiciese sentir sola nunca más pero el de Taylor no era lo que quería aunque siempre te sientes mejor entre los brazos de alguien que imaginándote la sensación.
Los días pasaron y el lunes a primera hora de la mañana una enfermera entró en la habitación poco después de que me hubiese despertado.
- Lucía, tienes que ir al otro hospital.
- Está bien -asentí y me incorporé en la cama.
Pasé mis manos por mi rostro y suspiré. Detestaba aquellas duchas que me daban allí, tenía que desnudarme delante de unas mujeres, ponerme en la bañera y mientras ella pasaba agua por mi cuerpo yo tenía que enjabonarme mientras el resto de las mujeres de la planta miraban.
Al fin podría ducharme sola o ese era mi plan. Aunque tuviese que estar delante de una enfermera no era lo mismo que varias mujeres estuviesen esperando a que terminases de ducharte.
Terminé de refrescar mi cuerpo y volví a la habitación donde Taylor me miraba con tristeza.
Me acerqué a él y tomé su rostro entre mis manos. El sentimiento que estaba gobernando su mirada me hacía sentir culpable.
- ¿Cuánto tiempo estarás allí? -susurró mirándome fijamente.
- No lo sé, eso depende de los médicos -contesté sinceramente.
- ¿Volveré a verte? -preguntó con un tono de desesperación en su voz.
- Espero que sí..
Me besó dulcemente mientras acariciaba sus brazos con las yemas de mis dedos intentando que se separase lo más rápido que fuese posible sin que él fuese capaz de notarlo.
- Tengo que irme.. -susurré en sus labios.
Un suspiró salió de su boca y asintió lentamente. Se separó de mí y me ayudó a preparar la maleta con mis cosas para que lo llevase al otro hospital.
- Por favor cuídate mucho -susurró y asentí.
Me robó un beso y después salí de la habitación. Un enfermero me esperaba en la puerta ya que me llevaría en ambulancia hasta el otro hospital.
Me subí a la parte trasera y el viaje se me hizo completamente eterno. Me quedé dormida a pesar del intenso frío que hacía en aquella ambulancia.
Bajé de allí cuando llegamos y me subieron hasta mi habitación la que tendría de nuevo en mi estancia en aquel lugar.
- Hola -susurré mirando a la habitación vacía-. Me echabas de menos seguro... Tendremos que soportarnos mutuamente otra vez hasta vete tú a saber cuanto...-dejé mi ropa en mi armario y suspiré sentándome de nuevo en la misma cama que había sufrido mis penas la otra vez.
Capítulo 115. Mi habitación
Pasé dos días junto a Taylor en los que intentaba hacerme sentir bien. Acariciaba mis brazos lentamente intentando así serenarme aunque en realidad no hubiese resultado pero no podía seguir estando mal delante de él.
Decidía mentirle como si todos los males se me hubiesen pasado como si nada importase ya de todo lo que me había sucedido y me atormentaba a cada segundo pero no solo le mentía a él, a mí misma también lo hacía. Me obligaba inconscientemente a estar bien y por un instante era capaz de sentirme feliz, sin problemas pero por otro lado en mi interior me sentía extraña como si algo no fuese bien pero era capaz de reír y eso era lo único que me importaba.
Me gustaba sentirme "bien" pero al mismo tiempo no recordaba que aquello realmente fuese sentirse realmente bien.
Me acurrucaba en el pecho de Taylor varias veces a lo largo del día para así intentar sentirme segura.
Siempre había intentado recibir un abrazo que me quitase las penas o que no me hiciese sentir sola nunca más pero el de Taylor no era lo que quería aunque siempre te sientes mejor entre los brazos de alguien que imaginándote la sensación.
Los días pasaron y el lunes a primera hora de la mañana una enfermera entró en la habitación poco después de que me hubiese despertado.
- Lucía, tienes que ir al otro hospital.
- Está bien -asentí y me incorporé en la cama.
Pasé mis manos por mi rostro y suspiré. Detestaba aquellas duchas que me daban allí, tenía que desnudarme delante de unas mujeres, ponerme en la bañera y mientras ella pasaba agua por mi cuerpo yo tenía que enjabonarme mientras el resto de las mujeres de la planta miraban.
Al fin podría ducharme sola o ese era mi plan. Aunque tuviese que estar delante de una enfermera no era lo mismo que varias mujeres estuviesen esperando a que terminases de ducharte.
Terminé de refrescar mi cuerpo y volví a la habitación donde Taylor me miraba con tristeza.
Me acerqué a él y tomé su rostro entre mis manos. El sentimiento que estaba gobernando su mirada me hacía sentir culpable.
- ¿Cuánto tiempo estarás allí? -susurró mirándome fijamente.
- No lo sé, eso depende de los médicos -contesté sinceramente.
- ¿Volveré a verte? -preguntó con un tono de desesperación en su voz.
- Espero que sí..
Me besó dulcemente mientras acariciaba sus brazos con las yemas de mis dedos intentando que se separase lo más rápido que fuese posible sin que él fuese capaz de notarlo.
- Tengo que irme.. -susurré en sus labios.
Un suspiró salió de su boca y asintió lentamente. Se separó de mí y me ayudó a preparar la maleta con mis cosas para que lo llevase al otro hospital.
- Por favor cuídate mucho -susurró y asentí.
Me robó un beso y después salí de la habitación. Un enfermero me esperaba en la puerta ya que me llevaría en ambulancia hasta el otro hospital.
Me subí a la parte trasera y el viaje se me hizo completamente eterno. Me quedé dormida a pesar del intenso frío que hacía en aquella ambulancia.
Bajé de allí cuando llegamos y me subieron hasta mi habitación la que tendría de nuevo en mi estancia en aquel lugar.
- Hola -susurré mirando a la habitación vacía-. Me echabas de menos seguro... Tendremos que soportarnos mutuamente otra vez hasta vete tú a saber cuanto...-dejé mi ropa en mi armario y suspiré sentándome de nuevo en la misma cama que había sufrido mis penas la otra vez.
Mi camino hasta ti
Capítulo 116. Desesperación
No podía volver a estar allí. Detestaba aquel sitio, me ponía los pelos de punta y no tenía manera posible de escapar de mí misma.
¿Cómo sobreviviría en aquel lugar? ¿Cómo podría estar tranquila allí? Era más que imposible.
Me senté en la cama. ¿Cómo no me comía la desesperación que sentía dentro de mí al tener que estar de nuevo encerrada con mis pensamientos, aquellos que intentaban darme todo el dolor que fuese posible?
No sabía lo que podía llegar a hacer en aquel pozo de locura en la que se convertía mi alma cada vez que volvía a estar encerrada, sumergida en tan solo el vaivén de mis pensamientos.
Puse mis manos sobre mis ojos cuando sentía que el intenso horror me invadía una y otra vez. Mis manos intentaban de alguna manera desgarrar el dolor que ellos me causaban.
¿Había alguna manera de evadir de una maldita vez todo aquello de mi mente o sería más que imposible hacerlo? Mi mundo de fantasía podía servirme de algo interesante en lugar de servirme solo para causarme disgustos.
Cerré mis ojos mientras intentaba concentrarme en algo que no fuese la presión de mi pecho. Mis ojos me dolían bastante. Estaba cansada, muy cansada de tener que estar de un lugar para otro, de permanecer encerrada todo el tiempo tanto física como mentalmente.
Corría por un pasillo lleno de gente a todos lados. Gritaban una y otra vez un nombre que mis oídos no llegaban a entender.
Las lágrimas recorrían mis mejillas mientras corría en dirección contraria a la multitud.
Se me hacía cada vez más difícil pasar en medio de la gente que coreaban a la vez un nombre que estaba consiguiendo perforar mis oídos.
- ¡ROBERT!
No, no podía escuchar ese nombre más. Sentía como mi corazón acelerado se rompía poco a poco dándome a entender que aquella situación tan extraña no era la más horrible de mis pesadillas.
Llamé al taxi esperando en medio de la calle mientras las lágrimas aún seguían deslizándose por mis mejillas.
- ¡LUCÍA! ¡LUCÍA! -escuché como gritaba su voz desde lejos.
- ¡ROBERT! ¡ROBERT!
Nada más que chillidos en todas partes. Él era querido por todas ellas pero mucho más por aquella. Ese beso me había demostrado en un fogonazo el dolor que había hecho que ahora llorase.
El taxi llegó pero como si todo fuese a cámara lenta en ese instante.
- ¡LUCÍA! ¡NO TE VAYAS! -gritó más cerca que la última vez.
Me giré mirando como intentaba abrirse paso entre todas y cada una de sus fans que estaban completamente obsesionadas con él y no le dejaban casi avanzar.
- Déjame -susurré para mí misma y me metí en el taxi rápidamente para dejar aquel lugar en el que había visto como el amor de mi vida ya no me correspondía, como lo había perdido y todo por ella.
Me desperté impresionada. ¿Qué había sido eso? Había tenido un sueño que me había encantado? Me había comenzado a inventar una historia como aquella que estaba en mi mente dibujándose lentamente.
¿Podría llevar aquello a algún lugar para intentar sacarlo de mi cabeza? Quizá podía intentar escribir aquella pequeña historia que se había enredado en mi mente.
Capítulo 116. Desesperación
No podía volver a estar allí. Detestaba aquel sitio, me ponía los pelos de punta y no tenía manera posible de escapar de mí misma.
¿Cómo sobreviviría en aquel lugar? ¿Cómo podría estar tranquila allí? Era más que imposible.
Me senté en la cama. ¿Cómo no me comía la desesperación que sentía dentro de mí al tener que estar de nuevo encerrada con mis pensamientos, aquellos que intentaban darme todo el dolor que fuese posible?
No sabía lo que podía llegar a hacer en aquel pozo de locura en la que se convertía mi alma cada vez que volvía a estar encerrada, sumergida en tan solo el vaivén de mis pensamientos.
Puse mis manos sobre mis ojos cuando sentía que el intenso horror me invadía una y otra vez. Mis manos intentaban de alguna manera desgarrar el dolor que ellos me causaban.
¿Había alguna manera de evadir de una maldita vez todo aquello de mi mente o sería más que imposible hacerlo? Mi mundo de fantasía podía servirme de algo interesante en lugar de servirme solo para causarme disgustos.
Cerré mis ojos mientras intentaba concentrarme en algo que no fuese la presión de mi pecho. Mis ojos me dolían bastante. Estaba cansada, muy cansada de tener que estar de un lugar para otro, de permanecer encerrada todo el tiempo tanto física como mentalmente.
Corría por un pasillo lleno de gente a todos lados. Gritaban una y otra vez un nombre que mis oídos no llegaban a entender.
Las lágrimas recorrían mis mejillas mientras corría en dirección contraria a la multitud.
Se me hacía cada vez más difícil pasar en medio de la gente que coreaban a la vez un nombre que estaba consiguiendo perforar mis oídos.
- ¡ROBERT!
No, no podía escuchar ese nombre más. Sentía como mi corazón acelerado se rompía poco a poco dándome a entender que aquella situación tan extraña no era la más horrible de mis pesadillas.
Llamé al taxi esperando en medio de la calle mientras las lágrimas aún seguían deslizándose por mis mejillas.
- ¡LUCÍA! ¡LUCÍA! -escuché como gritaba su voz desde lejos.
- ¡ROBERT! ¡ROBERT!
Nada más que chillidos en todas partes. Él era querido por todas ellas pero mucho más por aquella. Ese beso me había demostrado en un fogonazo el dolor que había hecho que ahora llorase.
El taxi llegó pero como si todo fuese a cámara lenta en ese instante.
- ¡LUCÍA! ¡NO TE VAYAS! -gritó más cerca que la última vez.
Me giré mirando como intentaba abrirse paso entre todas y cada una de sus fans que estaban completamente obsesionadas con él y no le dejaban casi avanzar.
- Déjame -susurré para mí misma y me metí en el taxi rápidamente para dejar aquel lugar en el que había visto como el amor de mi vida ya no me correspondía, como lo había perdido y todo por ella.
Me desperté impresionada. ¿Qué había sido eso? Había tenido un sueño que me había encantado? Me había comenzado a inventar una historia como aquella que estaba en mi mente dibujándose lentamente.
¿Podría llevar aquello a algún lugar para intentar sacarlo de mi cabeza? Quizá podía intentar escribir aquella pequeña historia que se había enredado en mi mente.
Capítulo 117. Novela
Me levanté de mi cama y me senté frente al escritorio. Debía quitarme las mil y un ideas que tenía en mi mente que comenzaban a desquiciarme haciendo que solo tuviese deseos de chillar para que así solo escuchase en medio de aquel torbellino mi grito y nada más que eso.
Jamás había pensado en la posibilidad de comenzar a escribir una novela para quitarme de desesperanza pero siempre podía hacerme bien, nada podía hacerme más daño ya del que yo misma me ocasionaba.
No sabía si comenzaría ahora o después. ¿Y si no era capaz de hacerlo? ¿Y si no terminaba lo que empezaba? ¿Y si jamás sería capaz de enseñárselo a nadie? ¿Y si jamás podía estar contenta con lo que hiciese? Aquello no debía importarme lo que debía tener en cuenta era la posibilidad de dejar de estar todo el día dando vueltas a mil y un cosas.
Pasé mis manos por mi rostro intentando aclararme pero no encontraba la manera. ¿Por qué no lo hacía? Solamente era probar y nada más que eso.
Miré el cuaderno que tenía allí. ¿Qué hacía sobre la mesa? Yo no recordaba haberlo puesto ahí, quizá me lo habían dejado para que así pudiese expresarme como siempre había hecho la otra vez. Respiré hondo y tomé el bolígrafo para intentar plasmar lo que tenía en mi mente.
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