Cerré mis ojos y respiré profundamente. Decidí pasear por aquel
jardín hasta que la joven apareciese. Podría ser una mentira convincente
el haberme quedado observando la belleza de la naturaleza. Según tenía
entendido a las mujeres les gustaba ese tipo de sensiblerías.
Aquel jardín era inmenso. Mis ojos buscaron algún indicio de vida alrededor pero por suerte no era así.
Encontré un pequeño lago en el que varios peces revoltosos de colores
jugaban entre ellos bajo aquella luz blanquecina que hacía ver el mundo
desde otra perspectiva.
Me senté en la orilla observándolos. Su existencia era tan
insignificante. Su único objetivo era procrear y alimentarse mientras
nadan en aquellas turbulentas aguas. ¿Sentirían frío alguna vez? El agua
es agradable pero cuando está a determinadas temperaturas superiores a
su propia congelación.
- ¡Oh, me enganché!
La voz de la joven Helen llegaba a mis oídos bastante cerca del lugar
donde me encontraba. Me levanté y fui en su auxilio como un completo
caballero a pesar de que me era más que indiferente que se quedase allí
media vida.
Al llegar a dónde se encontraba vi como las tiras de su corsé se
habían enredado con algunas ramas. No era capaz de desengancharse por si
sola y a decir verdad la situación me resultó realmente divertida.
Pensaba, incluso, en la posibilidad de desnudarse en aquel lugar para
ser capaz de escapar de aquella presa.
- ¿Me permite? -susurré cerca de su oído.
Ella rápidamente volvió su rostro hacía el mío mientras su corazón se disparaba ya que había recibido un gran susto.
Antes de que pudiese responderme, deslicé mis dedos por las ramas y rompí las puntas para que así pudiese seguir caminando.
- Salvada -sonreí mirándola.
Sus ojos azules no dejaban de observarme ni un solo momento. Estaba
visiblemente desconcertada y se preguntaba lo que estaba haciendo allí
en ese momento. Después sus mejillas se volvieron de un rojo intenso al
avergonzarse por como debía haber sido para mí encontrarla atrapada por
unas pequeñas ramas. Se sentía torpe y dejó escapar un suspiro.
- Gracias -susurró y bajó su mirada.
Se separó unos pasos de mí y después, como si acabase de darse cuenta
de mi presencia se giró y con su mirada completamente fija en cada uno
de mis posibles movimientos, frunció su ceño y arrugó sus labios
mientras formulaba la pregunta.
- ¿Qué está haciendo usted aquí?
Su expresión me inquietó. Había parecido tan segura durante todo el
baile y ahora parecía temerme. Bien hecho por su parte pues podría
romperle el cuello en cualquier momento.
- ¿No puede pasear uno de sus invitados por el jardín?
A pesar de que intentaba ser inocente ella pareció no creérselo
mucho. Se alejó de mí otro paso más y agarró con fuerza su falda
alzándola suavemente por si tenía que salir corriendo.
- El baile terminó hace al menos una hora -respondió-. ¿No se percató que la música hace tiempo que dejó de sonar?
Un razonamiento muy lógico. A pesar de ello debía hacerme el tonto
para que mi excusa por permanecer entre los árboles resultase creíble.
- Para serle sincero -bajé mi mirada fingiendo avergonzarme-, no hace
mucho que recuperé la consciencia. Había salido a pasear y al encontrar
ese hermoso lago, me senté en la orilla. Para mi mala fortuna, me apoyé
en un tronco y digamos que el alcohol ingerido hizo su efecto. Me quedé
dormido – alcé de nuevo mi mirada hacia la de ella-. Espero no ser una
molestia.
- En absoluto -negó con suavidad-. ¿En serio se quedó dormido?
- Con gran vergüenza, debo admitir la verdad -sonreí.
Ella se rió mientras comenzaba a relajarse. Me hizo una pequeña
inclinación de cabeza indicándome que podía seguirla si lo deseaba.
Caminé tras ella observando cada pequeño gesto de su rostro y
deleitándome con el latido de su corazón. La sed comenzaba a quemar mi
garganta pero intenté centrarme en la situación y en mi propósito antes
de beber hasta la última gota de su sangre.
- ¿Le gustó el baile, señor Byron?
- Es el primer baile al que voy desde hace tiempo. No es que sean
mucho de mi agrado pero hay realmente pocas maneras diferentes para
distraerse, ¿no cree?
Helen frunció sus labios pensativa antes de responder mientras llegábamos a la orilla del lago en el que antes había estado.
- En realidad, es una de las maneras más agradables. No es usual que
en los bailes una persona inocente resulte herida -giró sobre sus
talones para mirarme-. He de reconocer que la frivolidad que se respira
en las reuniones sociales tampoco es de mi agrado pero lamentablemente
deberé convivir con ellas toda mi vida. Negocios, placer, aburrimiento,
diversión… suelen ir de la mano en estos eventos. La mezcla entre clases
lleva a buenos negocios, es cierto, pero detesto que la mayoría de
todos los magnates que estuvieron entre esas cuatro paredes hace tan
solo una hora, sean tan poco caballeros cuando se trata de sus
ganancias. No importa si el resto de familias deben morir de hambre
mientras sus bolsillos estén llenos hasta los bordes. ¿Para qué ayudar
si puedes poseer más dinero del que puedes gastar en toda tu vida?
Sinceramente, ridículo.
La miré perplejo y después sonreí. Era la primera mujer a la que
había escuchado hablar sobre un tema semejante y más con una opinión tan
firme acerca del egoísmo de aquellos hombres que podían limpiarse con
billetes que algunas familias de aquel reino no habían sido capaces de
volver a ver desde la guerra.
- Envidio su valentía, señorita. Siendo capaz de hablar de los egocéntricos magnates teniendo delante a uno de ellos.
- Me he percatado, pero créame que conozco su historia. Usted, más
que alguien increíblemente inteligente para los negocios, fue alguien
extraordinariamente afortunado por aquella repentina muerta de su
antecesor en poseer esa enorme fortuna -sonrió.
- Es encantadoramente inteligente como para insultar a un hombre pero
después regalarle su sonrisa para que así el dolor o sus palabras
venenosas dejen de tener ese efecto tan dañino -le devolví la sonrisa.
Me miró fijamente a los ojos mientras su sonrisa se borraba por
completo de sus labios y agarraba su falda entre sus dedos para caminar
de nuevo hacia la puerta del palacio.
- Será mejor que se marche o rápidamente enviaré a los soldados -me previno.
- Gracias por su consejo.
- No era ningún consejo. Pero ahora si le daré alguno -se giró para
mirarme con una expresión realmente fría-. La próxima vez que desee que
una princesa acceda a sus favores, seas cuales sean, piense bien con
quién está hablando -se volvió a girar y corrió hacia el edificio.
Alcé una ceja por sus palabras y después me percaté de una presencia.
Alcé mi mirada hacia donde pensaba que me estaban observando y vi allí a
la princesa.
¿Cómo había llegado tan deprisa hasta su cuarto? Era completamente imposible.
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