Regresé a mi nuevo hogar tras un breve paseo. Los ronquidos de Jacob
no se escuchaban por ningún lado pero si los gritos de su mente. Entré
en la casa y me sonrió en el momento que le daba un gran bocado a un
enorme bocata que se había preparado con todo lo que había en el
frigorífico.
- ¿Recuperando fuerzas? -pregunté dejando las llaves sobre una mesita al lado de la puerta.
- Nof -negó.
Dejé mis manos sobre la encimera de la cocina y Jacob terminó de
masticar y tragar lo que tenía en la boca. Mientras lo hacía intentaba
escuchar a mis hermanos y parecía que estaban dando a Renesmee de cenar
en ese instante aunque Emmett jugaba con ella. Rosalie le regañaba
porque no hacía más que causarle risa a mi hija y ella podría
atragantarse.
- Quería cenar un poco.
Presté de nuevo atención a Jacob y sonreí levemente. Vi como volvía a
meterse en la boca otro montón de comida después de encogerse de
hombros.
- ¿Viste la nota que dejé en la puerta? -pregunté alzando ligeramente
mi mentón hacia el electrodoméstico que tenía a su espalda.
Asintió y entrecerró los ojos esperando terminar de tragar para que
pudiese entenderle. Pude leer en su mente que iba a ir a ver a Renesmee
en cuanto terminase de comerse aquel inmenso bocadillo.
- Aún cena como tú -me apresuré a responder-. No tengas prisa, puedes
ir cuando tu quieras. Seguramente te está extrañando tanto como tú a
ella.
Caminé hacia el salón y me senté en el sofá en el que había estado
antes de que mi hija se despertase. Apreté suavemente el puente de mi
nariz observando el exterior. Nueva York parecía tan tranquilo pero era
como si unas alas estuviesen protegiendo esa ciudad de todo lo que
pasaba. Forks en cambio la última vez que lo había contemplado, el verde
se había transformado en fuego. Era mi propio infierno.
Bella aún recorría mi mente como un orgulloso vampiro al acecho para
arrancar mi corazón de nuevo y jugar con él como un balón de fútbol.
Suspiré en el instante que escuchaba la puerta cerrarse. Todos tenían
allí a la persona con la que pasarían el resto de sus existencias. Esme
y Carlisle se habían enamorado casi al instante. Alice y Jasper, no
había pareja que se conociese mejor que ellos. Emmett y Rosalie después
de todo eran perfectos el uno para el otro. Jacob estaba destinado a
pasar su vida junto a Renesmee y aunque detestase que tuviese que
mantenerse metida en ese mundo de locura entre vampiros y lobos, no
había duda que estaría protegida siempre junto al hombre que se había
ligado a ella por la imprimación.
Era el único que tras buscar el amor durante más de un siglo lo había
perdido. Podía sentirme más solo que nunca. Mi corazón era atrapado por
unas espinas dolorosas que intentaban hacer que se desangrase a pesar
de estar muerto y no tener sangre en mi sistema.
Respiré de nuevo y por alguna razón mis pulmones no dolían como
siempre. Fue entonces cuando recordé aquel ahora cicatrizante,
embriagador y poderoso que había penetrado mis pulmones. Aquella melena
rubia que había rozado mi pecho y deslicé instintivamente mis dedos por
los botones de mi camisa. Uno de sus sedosos cabellos se había quedado
enganchado. Lo agarré entre mis dedos y fue entonces cuando en mi otro
brazo sentí la agradable sensación de un fuego quemándome lentamente la
piel. Mis dedos me hormigueaban.
¿Sería algún tipo de criatura? No era posible pues su corazón latía.
Latía con tanta fuerza por la vergüenza cuando nos habíamos chocado.
Moví la cabeza rápidamente de un lado al otro. Los ojos dorados de mi
esposa aparecieron en mi mente en el momento que cerré los míos. Amarga
tristeza. Ansiaba con tanta fuerza verlos de nuevo y tener su pequeña
cintura entre mis brazos pero mientras esos ojos parpadeaban el dolor de
mi pecho se hacía mucho más intenso que antes.
¿Qué había hecho él? ¿Por qué no me había dicho ni tan siquiera un
adiós? Mi cabeza estaba hecha un completo lío y solo deseaba llorar pero
por mi estúpida naturaleza no podía hacerlo.
Apreté mis dientes hasta que se encajaron mis mandíbulas y fue en ese
momento cuando en un simple parpadeo los ojos de mi esposa se
convirtieron en los azules de aquella pequeña mujer que había visto
hacía unos instantes.
¿Por qué su solo recuerdo sanaba las posibles heridas que me causaba
mi esposa? Debía encontrar para ver si era uno de nosotros, o quizá una
mujer híbrida como mi hija. Si estaba usando su don en mí solo quería
que cesase pero también darle las gracias. Nadie sin conocerme se había
preocupado tantísimo por mí para curar mis heridas amorosas con un don.
Abrí mis ojos y me levanté del sillón. Una ciudad enorme y yo estaría
en busca de una diminuta muchacha. ¿Me estaría volviendo loco? No podía
ser nada de lo que estaba pensando simplemente la soledad me estaba
calando demasiado hondo.
Locura. Era lo único que me faltaba. Locura e incoherencia. Debía
olvidar aquel dolor y centrarme en mi princesa. Nadie merecía tener un
padre loco, obsesionado con una idea e imaginando realidades
alternativas.
Bella había desaparecido. Tenía que aceptarlo pero sabía que si
volvía comprendería que nadie salvo yo podría amar de esa manera en la
que nosotros nos amábamos.
Bajé mi mirada hasta mi anillo de casado y lo deslicé por mi dedo
quitándomelo por completo. Ni Bella, ni aquella pequeña mujercita con la
que me había chocado. Ahora solo y exclusivamente existiría para mi
hija.
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