viernes, 30 de noviembre de 2012

Capítulo 5

Un mar azul. Cientos de larguísimas pestañas rodeando aquel ojo almendrado perfecto. Su mirada tan penetrante tan solo dirigida a mí durante un segundo me había calado tan hondo. ¿Cómo era eso posible? Aquella quemazón en mi brazo por su calor…
¡No! No podía seguir pensando en unos ojos aunque las sensaciones que me hubiesen transmitido fuesen de tanta serenidad pero a la vez había arrasado con todo lo que consideraba normal como un huracán.
Escuché el sonido del timbre. ¿Quién podría ser a esa hora? Llegué en un segundo a la puerta. La abrí mientras permanecía sumido en mis propios pensamientos y me encontré con ella.
- Buenas noches -sonrió con dulzura-. Lamento haber llamado a estas horas pero creo que han dejado una carta para usted por error en mi buzón.
Me había quedado sin habla. Era… era preciosa. Sus ojos emanaban cariño, amor, paz, tranquilidad y sosiego pero la hermosura era aún mayor que la que había guardado en mi memoria. Sus espesas pestañas negras se movían grácilmente para juntarse en el parpadeo y no volver a encontrarse entre ellas hasta que su dueña no volviese a pestañear. Su piel era de porcelana con pequeñas pecas en la parte superior de sus mejillas y su nariz. Tenía una sonrisa impresionante. Me hizo sentir que el dolor ya no existía.
- Buenas noches -atiné a responder.
- Lo lamento de nuevo si le he despertado -hizo una pequeña mueca que indicaba que realmente lo sentía.
Podía leer claramente sus pensamientos. No se fijaba en si yo era hermoso o no. Parecía preocupada por mi aspecto. ¿Mi aspecto? ¿Tenía algo malo?
- No se preocupe -respondí y tomé el sobre que me tendía.
- Disculpe pero ¿está usted bien? -su rostro cambió hasta transformarse en la más absoluta de todas las preocupaciones.
- Eh… sí -me apresuré a responder.
- ¡Oh, perdón! Habrá sido cosa mía -movió sus hombros y después rió.
Tenía una risa que era igual que la más bella sinfonía de cualquiera de los autores de música clásica. ¿Qué me ocurría? No podía pensar con claridad, solo podía observarla. Había olvidado hasta a mis compositores favoritos. Fruncí levemente el ceño pero no duró mucho pues perderme en aquella sonrisa me estaba haciendo enloquecer. ¿Por qué sentía tanta paz?
- Debería irme ya -arrugó su nariz riendo-. Cuídese ¿si? Por si me necesita está en el piso de arriba.
- Está… está bien -noté una punzada extraña en mi pecho-. Cuídese también.
Vi como se despedía con un saludo de la mano y subía las escaleras mientras su melena rubia ondulaba en forma de cascada por su espalda. ¿Quién era esa mujer? Era humana sin duda pero tenía que tener un don poderoso porque no me había sentido así jamás. Mi pecho se oprimía y notaba como las espinas que se deslizaban alrededor de mi corazón comenzaban a desaparecer cada vez que recordaba su sonrisa.
No quería subir ahora pero lo necesitaba. Quería no sentir nada, solo esa paz que se escapaba entre mis dedos pero que me rodeaba hasta meterse bajo mi piel. ¿Sería ella consciente de lo que podía hacer? Cerré la puerta y apoyé mi espalda mientras intentaba serenar mi respiración. Había olvidado respirar mientras estaba frente a ella. ¿Cómo se llamaría?
- ¿Somos vecinos de Reese Brooks? -preguntó mi hermana Alice.
Di un respingo tan ensimismado que estaba que ni me había percatado que había salido de la habitación de mi hija.
- ¿Quién es Reese Brooks? -alcé una ceja sorprendido.
- ¿Quién es…? Puf, ¿Edward en que mundo vives?
Caminó danzarina por toda la estancia hasta llegar al portatil. Tecleó rápidamente y con elegancia unas palabras. Después giró la pantalla del ordenador y me mostró una foto de la hermosa joven que acababa de ver con un óscar entre sus manos, enfundada en un vestido de color marfil con destellos dorados. Sonreía feliz y podía verse su rostro dado que su cabello estaba recogido en un moño sencillo. Estaba preciosa pero ni punto de comparación a como ahora la había contemplado. Sus ojos dulces, cautivadores y ella preocupándose por mí, por un completo desconocido.
- ¿Ha ganado un óscar? -pregunté sintiendo curiosidad.
- Claro que sí. Interpretó el segundo papel protagonista en la película Walk the line. Su voz dulce cantando como June Carter le dio el óscar que tanto ansian todos los actores. ¿Interesante? -movió las cejas con suavidad de arriba abajo mi hermana.
- Simplemente me dio curiosidad. No sabía quien era -me encogí de hombros.
- ¡Oh, Edward! Jamás te había visto mirar de una manera tan extraña a nadie. Salvo a ya sabes quién pero tenía todo un ápice distinto -mordió su labio pensativa y resoplé al escuchar sus pensamientos-. Te dijo donde vive. ¿Por qué no vas?
- ¿Por qué debería hacerlo? -arqueé mis cejas mirándola.
- ¿Porque es la primera mujer que se preocupa por ti que no sea uno de tus familiares? ¡Oh, vamos! No creo que sea horrible y tú sabes que también quieres subir arriba porque tiene algo que te desconcierta -dijo con un brillo en su mirada.
- No digas tonterías… -gruñí y caminé de nuevo hasta mi sillón quedándome en él observando las luces parpadeantes de la gran manzana.
Era tontería negarlo. Alice tenía razón. Quería subir y ver porqué razón ejercía aquel extraño embrujo. Porqué me sentía como me sentía cuando me miraba. ¿Y para qué negarlo? Quería a alguien que sin conocer a Bella me dijese lo que pensaba sobre lo sucedido.
Alice se quedó en la habitación de Renesmee mientras yo aún permanecía pensativo. Me incorporé al escuchar como estaba sumida en sus pensamientos sin enterarse de nada más intentando ver algo en el futuro de todos y con la rapidez que me caracterizaba salí del apartamento. Subí las escaleras y toqué suavemente el timbre. Poco tiempo después la belleza rubia me sonrió tras abrir la puerta.
- ¿Puedo ayudarte en algo?
- ¿Puedes ayudarme a entender lo que me está sucediendo?
Ella confusa pero preocupada abrió más la puerta y me dejó pasar sin importarle ni tan siquiera si yo podría hacerle daño.

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