viernes, 30 de noviembre de 2012

Capítulo 1

El amor devastado. Un corazón roto. Desde el instante en que el cielo comenzó a llorar supe lo que significaba. Tú ya no estabas conmigo, ya no me pertenecías.

El dolor se hizo presente. Cerré mis ojos y continué pensando en ti. Tu sonrisa que me dejó completamente indefenso. Tus labios, tan carnosos y apetecibles, que siempre deseé besarlos. Tus ojos. Aquellos malditos océanos en los que necesitaba bañarme. Ese bosque en el que quería perderme y ahora ya no eran míos.

Dejé el botellín de cerveza sobre una mesilla mientras abría mis ojos intentando negarme a mí mismo el intenso dolor que me estabas causando.

Ligera, cristalina.. la lluvia resbalaba por los cristales de mi habitación mientras escuchaba sus ligeros golpes contra ellos.

Aquella maldita llovizna también me recordaba a ti. Sí, tú igual que ella. Tan resbaladiza como adorable, hipnotizante, seductora… Podría estar siglos observándote al igual que puedes pasarlo contemplando las gotas que descendían desde el cielo.

Deslicé la cadena entre los dedos de mi mano. Aquello era lo último que me quedaba de ti. Te habías llevado toda mi vida cuando saliste por esa puerta después de jurarme que regresarías para que por fin hiciésemos nuestros sueños realidad.

Mentira. No niego que no tuvieses las intenciones pero algo se cruzó en tu camino y decidiste cambiar tus planes.

Siempre fuiste tan perfecta que algún defecto debías tener pero no. Ni tan siquiera eso lo podía calificar como defecto porque al fin y al cabo me lo merecía. No te cuidé, no era suficiente para ti y cada día lo notaba.

Siempre fuiste una fragancia de aire fresco para mí a pesar de los problemas que podrías haber en mi vida. Verte conseguía eliminarlos todos y cada uno de ellos. Nada importaba salvo tú. Tus manos recorriendo mis mejillas de una manera que ninguna mujer lo había hecho.

Jamás había sabido lo que era la soledad hasta que debías salir por la puerta de la casa. Ahora ya no estabas y aquella sensación no se iría nunca.

Miré un punto fijo de la habitación. La luz estaba apagada y estaba envuelto en la penumbra.

Nada ya tenía sentido y tampoco importaba mucho lo que fuese a hacer en unas horas. Lo primordial era el dolor que se habría paso en mi pecho. Lenta, cruel y agresivamente inundaba mi interior.

Me dejé caer en el sofá. No tenía ánimo de nada salvo de perderme en el inmenso malestar que reinaba dentro de mí.

No quería moverme ni respirar para evitar que aumentase el dolor. Suspiré soltando todo el aire que aún permanecía dentro de mis pulmones.

El final llegó o eso me parecía en el instante que las lágrimas dejando de obedecerme se derramaron por mis mejillas haciendo que comprendiese que nada de todo eso era una fantasía o un sueño sino que era la única e inimitable realidad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.