El amor devastado. Un corazón roto. Desde el instante en que el
cielo comenzó a llorar supe lo que significaba. Tú ya no estabas
conmigo, ya no me pertenecías.
El dolor se hizo
presente. Cerré mis ojos y continué pensando en ti. Tu sonrisa que me
dejó completamente indefenso. Tus labios, tan carnosos y apetecibles,
que siempre deseé besarlos. Tus ojos. Aquellos malditos océanos en los
que necesitaba bañarme. Ese bosque en el que quería perderme y ahora ya
no eran míos.
Dejé el botellín de cerveza sobre una
mesilla mientras abría mis ojos intentando negarme a mí mismo el intenso
dolor que me estabas causando.
Ligera, cristalina.. la lluvia resbalaba por los cristales de mi habitación mientras escuchaba sus ligeros golpes contra ellos.
Aquella
maldita llovizna también me recordaba a ti. Sí, tú igual que ella. Tan
resbaladiza como adorable, hipnotizante, seductora… Podría estar siglos
observándote al igual que puedes pasarlo contemplando las gotas que
descendían desde el cielo.
Deslicé la cadena entre
los dedos de mi mano. Aquello era lo último que me quedaba de ti. Te
habías llevado toda mi vida cuando saliste por esa puerta después de
jurarme que regresarías para que por fin hiciésemos nuestros sueños
realidad.
Mentira. No niego que no tuvieses las intenciones pero algo se cruzó en tu camino y decidiste cambiar tus planes.
Siempre
fuiste tan perfecta que algún defecto debías tener pero no. Ni tan
siquiera eso lo podía calificar como defecto porque al fin y al cabo me
lo merecía. No te cuidé, no era suficiente para ti y cada día lo notaba.
Siempre
fuiste una fragancia de aire fresco para mí a pesar de los problemas
que podrías haber en mi vida. Verte conseguía eliminarlos todos y cada
uno de ellos. Nada importaba salvo tú. Tus manos recorriendo mis
mejillas de una manera que ninguna mujer lo había hecho.
Jamás
había sabido lo que era la soledad hasta que debías salir por la puerta
de la casa. Ahora ya no estabas y aquella sensación no se iría nunca.
Miré un punto fijo de la habitación. La luz estaba apagada y estaba envuelto en la penumbra.
Nada
ya tenía sentido y tampoco importaba mucho lo que fuese a hacer en unas
horas. Lo primordial era el dolor que se habría paso en mi pecho.
Lenta, cruel y agresivamente inundaba mi interior.
Me dejé caer en el sofá. No tenía ánimo de nada salvo de perderme en el inmenso malestar que reinaba dentro de mí.
No
quería moverme ni respirar para evitar que aumentase el dolor. Suspiré
soltando todo el aire que aún permanecía dentro de mis pulmones.
El
final llegó o eso me parecía en el instante que las lágrimas dejando de
obedecerme se derramaron por mis mejillas haciendo que comprendiese que
nada de todo eso era una fantasía o un sueño sino que era la única e
inimitable realidad.
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