Aquella maravillosa cabellera dorada brillaba ante el sol de una
manera que parecía imposible. Sus labios rosados se curvaban en una
sonrisa por la suavidad de la seda que tenía entre sus dedos. Suspiré y
me quedé completamente embelesado mirándola. Su belleza era aún mayor de
la que recordaba.
- Señorita, ¿se llevará ese lazo? -preguntó el tendero.
- Sí, por favor, ¿podría darme lo suficiente para dos cinturillas?
- Por supuesto.
Miré mis ropas. No podía presentarme ante una damisela con semejante
atuendo. Era nada más que el campesino a sueldo de dos ancianos
campesinos. Era de la subclase más pobre dentro de las clases más bajas.
Fruncí mi ceño ante mi desdicha. No podría cumplir mi sueño al menos
en ese momento aunque si usase mis poderes de vampiro podría alejarla de
todo el mundo, llevarla a un lugar lejano y mostrarle los placeres
prohibidos de la carne.
Sus cabellos se movieron para girar su rostro hacia una de las damas que la acompañaban. Mi envidia en ese momento.
Mordí mi labio inferior contemplando como sus pechos ligeramente
visibles por el escote se movían al igual que su cuerpo. ¡Oh, maldita
necesidad! Ella era la razón de mi locura.
Miré como los hombres se agolpaban a mi alrededor contemplando a
todas las mujeres que allí estaban. Todos embelesados por la belleza de
alguna pero la mayoría contemplaba nada más que a la joven delicia que
era mi fruto prohibido.
Escuché muchos cuchicheos y uno de ellos que realmente me interesó.
Agudicé un poco el oído pues me era difícil escuchar tantos pensamientos
juntos y a la vez.
- ¿Quién es ella? -preguntó un joven.
- ¿Quién de todas? -respondió su amigo.
- La joven rubia con el vestido azul.
- ¿No la conoces?
- ¿Por qué crees que pregunto? Anda, díme.
- Es Helen Devonshire. Es la princesa mayor del reino -susurró.
¡Princesa! Me quedé estupefacto. ¿Cómo podía haber pensado ni tan
siquiera en tocarla cuando era un simple humano? Hubiese muerto
inmediatamente. Ahora entendía porque parecía tan inmaculada. Era cierto
que jamás nadie se había posado sobre ella. Su castidad era la
seguridad de un nuevo reino al que unirse o aspirar que los
descendientes gobernasen algo más que Cronsworld.
¿Cómo podía ser posible que aún por el peligro que eso ocasionaba me atrajese aún más la idea de poseerla?
Decidí desaparecer de allí. Tenía que pensar ahora mejor que antes
como lograría estar a su altura pero además de eso debía buscar el
medicamento por el que había ido a la capital.
Paseé entre la multitud que se agolpaban para ver a la joven princesa
comprar y entré en la farmacia. Ni tan siquiera tuve que decir nada
pues el boticario sabía cual era el pedido. Le entregué la moneda que me
quedaba y salí de nuevo de la farmacia.
Miré a mi alrededor y fue en ese momento cuando creció en mí la ira animal.
Un hombre alto, vestido elegantemente y paseando con un bastón que
apoyaba en el suelo de manera que eso le otorgaba mayor porte y clase,
se dirigía hasta donde estaba la princesa.
- Buenos días, Helen -sonrió con suficiencia mirando a la joven como si fuese alguien inferior a ella y fácil de conseguir.
- Buenos días, duque Steven -le devolvió la sonrisa ella.
- ¿Cómo está, a parte de cada día más hermosa?
Tomó su delicada mano y depositó en ella un beso. Gruñí internamente.
La estaba manchando con un estúpido beso. Ella era inmaculada y él la
veía también como objeto de deseo. Por mucho que él lo desease sabía que
Helen sería mía antes que suya. Si después deseaba desposarse con ella
para el resto de sus miserables vidas, me era completamente indiferente.
- Muy bien, duque. ¿Y usted? -preguntó con amabilidad mientras intentaba deshacerse de la prisión de los dedos del rufián.
- De maravilla contemplando su belleza -respondió.
- Estúpido -dije en una voz quizá demasiado alta.
Todos se giraron para mirarme y rodé los ojos sin importarme su sorpresa.
- ¿Disculpe? -aquel hombre bien vestido se dirigía hacia mí-. ¿Qué ha dicho?
- He dicho, estúpido -contesté sin problema alguno.
- ¿Perdón? -volvió a preguntar.
- ¿Es usted sordo? He dicho es-tú-pi-do -dije la palabra lentamente para que así no tuviese que volver a repetirla.
- ¿Qué le resulta tan estúpido?
- Usted -respondí altanero- Es obvio que le interesa la señorita pero coquetea con ella como un pavo real.
- ¿Coqueteo?
No pude evitarlo y exploté en carcajadas mirándole. Sus cejas se
curvaron mirándome con odio lo cuál me hizo ponerme aún más altanero si
podía.
- Tanto dinero y tan poca cultura. ¿No sabe que es coquetear? Pues
así es, coquetea con la damisela pero es más que obvio que para ella sus
intentos de seducción le son completamente indiferentes -volví a reír-.
¿No ve como pretende librarse de usted como si su tacto la ardiese o le
produjese malestar? Bien es cierto que si el tacto de un hombre quema a
la mujer puede ser por amor y pura pasión pero en este caso es
completamente distinto pues intenta evitarlo y no mantiene su mano
agarrada para no separarla -razoné.
La joven me miró sorprendida y con un gesto de desaprobación en su
mirada, tomó lo que había comprado y rápidamente se marchó de aquel
lugar. Aquella escena la había abochornado pero yo estaba tan sumamente
divertido que no me importó ni lo más mínimo.
- Así que un… campesino de cuarta viene a darme clases de cortejo
-rió sonoramente acercándose a mí-. ¿Qué mujeres son las que no se han
resistido a sus encantos, mozo? ¿Las cerditas o las ovejitas? -volvió a
reír y puso la borla de su bastón sobre la nuez de mi garganta-. No
vuelva a dirigirme la palabra si no desea que yo mismo acabe con su
vida.
Sin más se fue y en ese instante por haber sido humillado por él, el
odio se hizo patente en mi interior. Me vengaría de eso me costase lo
que me costase.
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