No pasó mucho más tiempo. Como había imaginado ella tenía todo
preparado para que juntos nos fuésemos cuanto antes de aquella casa.
La
observé durante gran parte de nuestro recorrido en el taxi que nos
llevaría hasta el aeropuerto y me di cuenta también que estaba
equivocado. Todo lo que me atraía de ella era el recuerdo a Emilie pero
cuando hacía algún gesto que no era como el de ella la magia se rompía.
Era
confusión, tan solo eso y por eso respiré aliviado ya que sino unas
vacaciones con ella podían ser realmente desquiciantes si tenía que
controlarme cada segundo del día.
Laura bromeó todo
el tiempo que pasamos en el avión para que así consiguiese sacarme una
sonrisa y el nuevo ambiente había hecho que no me sintiese tan devastado
pero a un corazón roto solo se le podía engañar durante un rato.
Nuestro
lugar de destino era un pueblo al norte de Italia en el que podríamos
perdernos entre las montañas. No había casi nadie allí y eso lo hacía
aún más maravilloso para Laura. Me explicó que teníamos ambos que
olvidar, dejar que nuestro cuerpo se pusiese de nuevo en contacto con la
naturaleza y olvidarnos de todo lo demás por unas semanas.
Tenía
razón. ¿Por qué no iba a hacerla caso cuando ella había sido la única
que había permanecido a mi lado tantas veces en mi desesperación?
Aquella no había sido la primera vez que Emilie me había arrebatado la
vida. Habíamos discutido varias veces de manera que en cada una de ellas
sentía como si mi corazón me lo estuviesen arrancando de mi pecho de la
manera más cruel de todas las que conocía.
Llegamos al aeropuerto de Turín y ella me guió hasta un taxi. Le dio la dirección de aquel lugar donde debíamos ir.
-
Imagina que esto será el principio de tu nueva vida. No más momentos
amargos, no más recuerdos tristes porque todo lo que tienes lo dejas
allí en aquella casa y no lo volverás a retomar nunca más. Que se lo
quede el nuevo inquilino de tu casa si quiere o sino que los tire pero
jamás volverás a almacenarlos en tu mente. ¿Prometido? -sonrió con
amplitud mientras me miraba con los ojos expectantes.
- Prometido -sonreí levemente.
Más de tres horas tardamos en llegar a aquel pueblecito al que debíamos llegar pero ahí no acababa nuestro viaje.
- Bueno, ¿listo para hacer un poco de senderismo?
Miré
todas las calles adornadas con pequeñas banderas italianas dándole un
cierto aire patriotismo que en muchísimos sitios no se veía. Podía tener
que ver con el hecho de que estábamos muy cerca de la frontera ya que
los Alpes estaban prácticamente a nuestro lado.
- Thomas..
Sentí
la mano de Laura colocarse sobre mi codo. Me giré y la miré aún un poco
anonadado por lo que hacía poco había estado contemplando y aún podía
hacerlo ya que no iba a desaparecer.
- ¿Vamos a hacer un poco de senderismo?
- ¿Senderismo? ¿Ahora? -la miré incrédulo.
- Pues claro -sonrió-. No vamos a estar viviendo aquí, sino un poco más alto, entre las montañas. Venga.
Tomó
sus maletas, hice lo propio con las mías y la seguí montaña arriba ya
que ella era la única de los dos que sabía cual era exactamente nuestro
destino.
El camino se hacía largo y pesado pero ella parecía soportarlo.
Yo
poco a poco comenzaba a sentir como me iba quedando sin oxígeno pero
obvio también debía ser por la mala vida que llevaba. Fumar, beber.. no
son buenos aliados en lo que se refiere al deporte.
Giraba
de vez en cuando mi rostro y miraba hacía atrás para ver lo que
habíamos avanzado. Las banderitas poco a poco fueron menos visibles
hasta que apenas se podían distinguir.
En una
pequeña explanada en medio de la montaña vi a lo lejos una casa que no
sabía ni como podía mantenerse en pie. Estaba más que claro que no
tendría luz y por supuesto mucho menos agua caliente y calefacción por
si hacía frío por las noches.
Laura sonrió
encantada y corrió hacia la puerta de aquella casucha que sería testigo
de un intento por mi parte de superar la pérdida del que sabía que era
el amor de mi vida
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.