Ha sido el mejor despertar de mi vida. Aún puedo
sentir su mejilla sobre mi pecho como si no hubiese pasado ni un solo
segundo. Ojalá permaneciésemos aún en la cama.
Caminamos por la calle pero no sé si sea la mejor
opción que permanezca con ella. Creo que no confía en mí lo suficiente
para contarme todo lo que le ocurre y cuando comienza a decir algo no
soy lo bastante rápido o no me expreso de manera elocuente para
reconfortarla.
Observo sus ojos tristes mientras alza su mirada
hasta la mía. Me sonríe pero no llega a su mirada. Suspira y busca en su
pequeño bolsito las llaves de su casa pero no puedo dejar de analizar
sus preciosos rasgos.
Saca la llave y la mete en la cerradura. Entra y
me quedo en el marco de la puerta esperando que diga alguna palabra para
que entre o puede que ya se haya arrepentido. Se gira sobre sus talones
y me sonríe mientras se apoya en la madera.
- Pasa, Daniel.
Entro con demasiado cuidado intentando imitar a
un gato en su sigilo. La casa en la que vive Elle es inmensamente
grande. Se nota que sus padres manejan dinero. El vestíbulo es amplio.
Sus paredes son grises pero tiene una araña en el techo de la que
cuelgan pequeños cristales haciendo que la habitación esté mucho más
iluminada.
- Wow –suspiro.
En comparación mi hogar ha debido parecerle la
casa de un pobre obrero. Ella vive en un palacio. Sonrío ante mi
pensamiento pues las princesas no pueden vivir en otro lugar.
- Grande, ¿verdad? –hace una mueca como disgustada- Demasiado.
Mueve su cabeza haciendo que sus cabellos se
deslicen por el aire como si fuese a cámara lenta. Quiero enterrar mi
nariz entre sus mechones para así aspirar el aroma a cítricos que
desprenden.
- Ven, sígueme.
Me sonríe y camina hasta las majestuosas
escaleras que hay frente a nosotros. Me mantengo a una distancia
prudencial de ella para que no se sienta incómoda. Una parte de mí
siente miedo de pisar aquella casa. Soy un pez fuera del agua que no
puede respirar pero solo observando a aquella princesa de cuento de
hadas, un riachuelo fresco y puro recorre mis escamas volviendo a
entregarme el delicioso oxígeno que ansían mis branquias.
En el piso de arriba nos recibe un inmenso
pasillo repleto de puertas de las más exquisitas maderas. Vivir rodeado
de lujos debe ser un privilegio que evidentemente no está al alcance de
todos los bolsillos.
Elle abre la segunda puerta de la derecha y
entramos en una habitación blanca decorada con detalles plateados y
rosados. El rosa nunca puede faltar en aquella princesa pero se nota que
hay una pequeña transición hasta encontrarse con la mujer ligeramente
más apagada que está comenzando a ser.
- Me iré a duchar –me anuncia-. Puedes ponerte cómodo, ¿vale?
Camina hasta mí y como comienza a ser costumbre
deja un beso en mi mejilla haciendo que inmediatamente se tornen de un
rojo intenso. Bajo la mirada y ella recibe mi timidez con una dulce
caricia.
Escucho la puerta cuando choca contra el cerrojo
tras ella por lo que estoy solo frente a la habitación en la que tantas
veces me imaginé observarla. Deslizo mis dedos por el fino dosel que
decora la cama. Desconozco que tela puede ser pero ninguna se compararía
jamás con la suavidad única que posee su piel.
Camino por la habitación siendo capaz de escuchar
cada suspiro, cada risa que esas paredes han tenido la suerte de
presenciar mientras que mi mente solamente se conformaba con soñarlas.
Giro la silla del escritorio y me siento en ella.
Rozo la madera blanca de su escritorio para después tomar entre mis
dedos un cuaderno que está abierto sobre la mesa. Leo las primeras
líneas y paro cuando soy consciente que esos son los pensamientos más
profundos de Elle.
Escucho un ruido y por temor a que me encuentre
la dueña con su diario entre mis manos me aparto del escritorio. Suspiro
aliviado cuando en su lugar veo que ha sido la puerta del baño la que
se ha abierto sola.
Llego hasta ella y sin levantar la mirada del
suelo la junto hasta que queda una rendija. No quiero que si suena al
cerrarse piense que la he abierto a propósito. Elle debió de no cerrarla
bien y por eso el poco viento que recorre la habitación la empujaría.
Alzo mi mirada cuando observo algo moverse dentro
de la sala contigua. Mi pulso se acelera mientras el vapor golpea
ligeramente mi rostro.
Allí está. La mampara no tapa su cuerpo pues es
completamente transparente y solo impide que las gotas de la ducha no
mojen el suelo. Sus curvas son delirantes. Tiene unos senos
perfectamente redondos y sonrosados.
Noto en mi interior un deseo irrefrenable por
estar también esa ducha. Aquella mujer está hecha para el pecado. Se me
escapa un jadeo. No comprendo a mi cuerpo, nunca había reaccionado así y
a pesar de saber que está mal no quiero dejar de mirar. Es la primera
vez que veo un cuerpo que no sea el mío.
El jabón recorre junto al agua aquella piel
inmaculada que suplica por ser amada. Niego por mis pensamientos pero
ella merece ser la única mujer en la vida de un hombre.
- T-t-te a-a-mo –murmuro muy bajo para que ella no pueda escucharme.
Internamente me reprendo por lo que acabo de
hacer pero sé que jamás en mi vida olvidaré aquel brillante cuerpo bajo
la cascada de agua con mayor suerte de este universo pues podía perderse
entre sus curvas hasta cansarse.
Me vuelvo a sentar en la mesa del escritorio
cuando en mi mente aún se está grabando a fuego el contorno de sus
pechos. Como deseaba saber porqué un hombre se siente tan atraído por
una mujer pero ahora lo sé. La mujer posee la belleza del cuerpo, de la
mente, de la inteligencia.
Su cabello empapado descansando sobre sus
hombros, su piel resplandeciente con ligeros cambios de tonalidades en
la pigmentación por el bañador del verano… todo aquello no podía ser
superado por ningún cuerpo de hombre, ninguna palabra, ningún poema
podría hacer justicia a la suerte del sentido de la vista que
prevaleciendo sobre otros disfruta antes que nadie del aspecto de lo que
más tarde sus compañeros podrán degustar.
Sonrío, me sonrojo hasta las orejas y mi sonrisa
se ensancha aún más. Deseo plasmar de alguna manera la imagen que aún
está impresa en mi retina pero sé que no hay sitio más privado que mis
recuerdos para almacenarla.
Esta vez el ruido que oigo es muy diferente.
Parece un llanto. No puede ser. ¿Acaso está llorando? Me levanto
rápidamente y temeroso llamo a la puerta.
No recibo respuesta.
Me pongo nervioso y retuerzo el puño de mi jersey
esperando que me conteste. El grifo del agua parece ahogar todos los
sonidos que salen del baño pero poco después soy capaz de escuchar de
nuevo su lloriqueo.
- ¿E-e-ll-ll-e?
No me responde pero vuelve a lanzarse sin
paracaídas al llanto. Intento encontrar el valor suficiente y abro la
puerta. Me giro y busco un albornoz. Tomo entre mis manos el blanco.
Vuelvo a girarme y me encuentro con su cuerpo hecho un ovillo en el
suelo de la ducha. No comprendo que puede pasarle pero siento un intenso
dolor en mi pecho.
Meto mi mano hasta agarrar el grifo sin
importarme que me empape la ropa y lo cierro. Ella no se percata,
permanece inmóvil en el suelo llorando sin cesar.
- ¿E-es-t-tás b-b-ien-n? –pregunto asustado.
No me contesta. Parece que está absorta en un
mundo al que mi voz no consigue llegar. La arropo con el albornoz e
intento que se mueva. Parece que su cuerpo sí desea hacerme caso. De
todas formas no pesa casi nada por lo que es fácil moverla.
Tomo su rostro entre mis manos una vez que he
anudado el cinturón del albornoz entorno a su cintura. No es momento de
recrearse con su cuerpo. Ella necesita no sentirse usada ahora. Miro sus
ojos pero ellos no miran los míos. Está en otro lugar. ¿Qué le está
ocurriendo?
Camino con ella hasta la habitación y la dejo
sobre su cama. Es sencillo moverse con ella entre los brazos pero
procuro tener cuidado pues soy torpe por naturaleza.
Cuando se siente sobre la cama, vuelve a hacerse
un ovillo colocándose en posición fetal. Su llanto continúa y no sé que
puedo hacer para calmarlo. Acaricio suavemente su mejilla y su húmedo
cabello mientras comienzo a susurrarle al oído a duras penas, algo que
siempre me decía mi madre.
- N-no es-s-t-tás s-so-sol-l-a. Y-yo e-es-s-t-toy con-nt-ti-tigo.
Tras escuchar mi voz agarra entre sus dedos mi
jersey haciéndome saber que no desea que me vaya, que no quiere sentirse
sola, que me necesita. Sé lo que siente. Al menos en ese instante
cualquier persona que no te grite, que te cuide, que te abrace, es todo
lo que ansías. Rodeo con mis brazos su pequeño cuerpo y lo aprieto a mi
pecho sin dejar de repetir esa frase una y otra vez hasta que al fin se
queda dormida mientras la mezo como si se tratase de un bebé.
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