Agarré su cadera apretándola contra la pared mientras mis labios
devoraban la piel de su cuello. Deslicé entre mis dedos el cordón de su
corsé mientras pensaba que no lograría soportar tanto tiempo hasta que
la desprendiese de todas sus prendas.
La pareja de baile que tenía a mi lado no era nada más ni nada
menos que la joven Helen junto a su inseparable acompañante. Apreté a
Johanna contra mi cuerpo furioso por tener que soportar que me siguiese
frustrando mis planes.
Su cabello se deslizaba por mi mejilla haciéndome ligeras cosquillas
mientras mis manos agarraban con más fuerza sus caderas pegando nuestras
pelvis aún sobre la ropa.
Los delicados dedos de Helen se habían posado en el hombro de su guía
en aquella extraña danza única en nuestro reino. Su mirada se cruzó con
la mía y sus mejillas se sonrojaron por vergüenza de ser descubierta
observando algo que no debía mirar.
Fruncí mi ceño. Ella no parecía desearme como cada mujer de aquel
lugar lo que me hacía perder la paciencia. No podría soportar mucho más
aquella situación. ¿Qué tenía ella? ¿Era inmune a los encantos de un
vampiro? Quizá desde lejos no podría ver bien que todo mi ser estaba
destinado a atraparla y envolverla en una cúspide de la que jamás
desearía salir pero que sería yo el primero que la devolvería a la
realidad.
- William -susurró mientras la giraba y me deshacía rompiendo de un tirón de aquella especie de mantel que tenía como falda.
Me acerqué a ella. Tomé su mano en el momento más inesperado y la
besé con suma suavidad. La pieza terminaba y sus ojos azules estaban
clavados en mis actos. Al fin pude sentir su delicada piel contra la
mía. Unos escalofríos recorrieron todo mi cuerpo. Ella debía ser mía
antes de que otro la tocase.
La tomé en mis brazos y la llevé hasta la cama. La dejé sobre ella
mientras me sonreía sabiendo lo que iba a pasar. Aquello la encantaba.
- Alteza, es un placer conocerla -musité.
- ¿Un placer conocerme? -rió y aquella risa me resultaba
increíblemente atrayente-. Es usted quien tiene revolucionada a todo el
gentío de esta fiesta, señor Byron.
Sabía mi nombre. Se había fijado en mí al menos. Eso era un tanto
a mi favor. La sonreí y su sonrisa correspondió a la mía mientras
soltaba su mano.
Me quité la ropa. Me estorbaba. No la necesitaba en ese momento para
nada. La giré, dejé que apoyase sus manos en el cabecero de aquella
cama.
- ¿Señorita Helen? -susurró el larguirucho.
- ¿Sí? -sonrió ella con una increíble amabilidad.
- ¿Le está importunando?
- En absoluto, el señor Byron desea devolverme el protagonismo de
este baile, pero ya le dije que sería algo innecesario pues con su sola
presencia cautivó a todas las mujeres y con su porte todos los hombres
desean realizar negocios con tan apuesto y abierto empresario. La
juventud en este mundo es una gran ventaja pues aunque resulte extraño
se piensa que en ella se conseguirá la experiencia -rió.
Agarré sus caderas y la apreté con brusquedad contra mí. Maldita maldición. ¿Por qué aquel deseo era aún mayor que antes?
Tomó su mano después de que hubiésemos hablado durante un rato
maravilloso. Su risa estaba siempre presente al igual que su sonrisa
algo que resultaba sumamente agradable, pero aquel engreído no la dejaba
sola ni un minuto.
Intenté seguir pero me era imposible, no podía quitarme a Helen de la
cabeza, mi obsesión era por ella. Me estaba volviendo completamente
loco.
- ¿William?
- ¡Lárgate! -grité.
- ¿Cómo voy a irme? -respondió elevando un poco la voz.
Lo que me faltaba. Una estúpida que ahora se sentía ofendida porque no la había dado su buena dosis de placer.
- ¡HE DICHO QUE TE LARGUES! -la agarré de su brazo y la empujé fuera del colchón.
Necesitaba a Helen no a cualquiera que se me entregase. No podría
acostarme con otra mujer hasta que no tuviese el cuerpo inmaculado de
aquella joven. Tenía que enamorarla de alguna manera.
- Imbécil -dijo a mis espaldas.
Me giré y la apreté contra la pared. ¿Quería encontrarme? Lo había
conseguido. Abrí sus piernas y sin piedad arremetí contra ella mientras
gritaba el nombre de la belleza rubia que me volvía completamente loco
físicamente.
No me importaba nada de lo que escuchaba solo descargarme. Necesitaba
soltar mi ira. Mis ojos se volvieron de un intenso rojo y mientras ella
me suplicaba piedad ya que se había asustado, clavé mis colmillos en su
yugular.
Noté como su sangre bajaba por mi garganta y succioné con todas mis
ansias para que así se quedase vacía y dejase de chillar. Me encantaba
arrebatar el alma, robarles la vida de esa manera a mis víctimas.
Y mientras su cuerpo aún permanecía caliente, la tiré al suelo y me
vestí saliendo por la ventana sin ser visto. Debía ver una sola vez más
aquellos ojos azules antes de que terminase el día.
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