viernes, 30 de noviembre de 2012

Capítulo 1

La luz del sol se deslizaba por su piel mientras permanecía observando aquel semblante sereno. Por sus brazos se podía pensar que no tenía fuerza comparado con otros hombres pero cuando lo doblaba o se tensaba se veían sus músculos.
Mordí mi labio inferior cuando mi mirada se paseó por su pecho descubierto. Me encantaba que durmiese siempre sin camiseta. Tenía un poco de vello cubriéndole el cuerpo que en ocasiones se quitaba con una máquina que había visto anunciada en la televisión. Él conocía perfectamente el nombre pero a mí hacía tiempo que se me había olvidado. Lo que estaba claro es que con vello o sin él contemplarle sin nada cubriéndole era un verdadero espectáculo del que me dejaba participar.
Permanecía con los ojos cerrados, soñando. Aún no sabía que me despertaba siempre una hora antes que él para poder contemplarle mientras dormía. Era un glorioso show ver como la luz del amanecer iba alumbrando cada centímetro de su cuerpo sin que él se moviese ni se percatase. Una obra de arte expuesta para una sola visitante, yo.
Su cabello castaño rojizo se dejaba caer grácilmente sobre su frente. Le quedaba perfecto. No dejaría que se lo cortase pero luego lo hacía y estaba aún más guapo si cabía. Fuese como fuese sabía que aquel hombre derretía a cada mujer que estuviese cerca de él pero mi parte favorita era que él no tenía ojos para ninguna otra que no fuese yo.
En ocasiones me miraba al espejo y buscaba algo que pudiese atraer tanto a un hombre. Nunca encontraba nada pero él aparecía por detrás, me rodeaba con sus brazos y me susurraba que no existía nadie que tuviese tantísimas cualidades para ser amada. Me conformaba con saber que él se había vuelto tan loco por mí como yo por él a pesar de habernos conocido en unas circunstancias un tanto complicadas para ambos.
Daniel se movió entre las sábanas que tapaban de su cintura hasta sus pies y se abrazó a la almohada. Me gustaba verle así, tan  adorablemente tierno buscando siempre un abrazo aunque fuese de un objeto inanimado como era nuestro almohadón.
Sabía que iba a despertarse en poco tiempo y al fin podría ver sus ojos azules observarme de nuevo lo que haría que como siempre me terminaría derritiendo como una colegiala que ve por primera vez al actor o cantante por el que chilló más que en toda su vida simplemente para que se fijara en ella.
Apoyé mis dedos entre los mechones de su cabello y comencé a acariciarlos disfrutando de esa sedosa sensación. Podría pasarme el resto de los segundos de mi vida dejando que sus cabellos se deslizasen entre mis dedos pues sabía lo que eso conseguía que no tardó mucho en llegar.
Una sonrisa comenzaba a dibujarse en su rostro mientras de entre sus labios se iban escapaban pequeños ronroneos como si de un gatito se tratase.  Continué trazando formas entre sus mechones viendo como él se desprendía del abrazo de la almohada y sus brazos comenzaban a rodear mi cintura acercándome a su cuerpo lentamente.
- Mmmmm…. –murmuró antes de esconder su rostro en el hueco que había entre mi cuello y mi clavícula.
Sonreí como una boba enredando mis piernas con las suyas que recibieron gustosas el abrazo. Sus extremidades me apretaron con fuerza contra su cuerpo y contra la piel de mi cuello podía sentir su respiración consiguiendo de esa manera que mi piel se erizase.
Mi cuerpo respondía automáticamente a cada pequeño gesto que hacía, a cada minuciosa caricia como si no tuviese voluntad propia. Éramos dos imanes unidos que hacían todo juntos.
Una relación enfermiza podrían considerarlo muchas personas pero para nosotros aquella era lo normal. Estábamos perdidamente enamorados el uno del otro y no deseábamos separarnos nunca.
Sus labios se deslizaron por mi clavícula consiguiendo que mi cuerpo se estremeciese. Un escalofrío deliciosamente electrizante, propició que cada célula de mi cuerpo estuviese alerta de su siguiente movimiento.
Comenzó a besar suavemente mi cuello. Desde la base de este ascendía hasta la parte inferior de mi oreja. Sabía que era mi punto débil y lo usaba a su antojo. Cerré mis ojos dejando que aquella excitación que solo él conseguía encender fuese gobernando cada partícula de mi cuerpo.
Sus dientes arañaron levemente el lóbulo de mi oreja y de mi boca se escapó un gemido ante la sorpresa. Pude escuchar a la perfección su sonrisa de satisfacción. Con cuidado nos fue girando hasta que su cuerpo quedó sobre el  mío aprovechando el movimiento una de sus manos para subir con un roce estimulante desde mi rodilla hasta el glúteo de mi pierna izquierda.
Se había despertado juguetón y para mí eran los mejores despertares que tenía. Empecé a reaccionar dándole pequeños besitos en su hombro.
Daniel comprendió que si él quería jugar estaba dispuesta por eso bajó sus besos hasta la parte superior de mis pechos mientras sus dedos se enredaban en la sábana haciendo que se deslizase por mi cuerpo para que quedase a su vista.
Una vez que la tela hubo desaparecido mis pequeños y redondos pechos le recibieron listos para volver a ser el centro de sus atenciones. Daniel no esperó un segundo más del necesario y pude sentir sus labios besando mis pezones sonrosados para después hacerse dueño con su boca de toda la piel que podía. El placer que con eso me hacía sentir me hacía gemir. Mis dedos se agarraron con fuerza a su cabello sedoso y arqueando mi espalda dejé escapar la primera súplica desesperada porque continuase.
Al escucharme su lengua se enredó en mi pezón y comenzó a juguetear con él hasta llevarme a las puertas del delirio. Él sabía cómo dejarme a su merced, como excitarme de manera que solo desease  más y más de él.
Recorrí con las palmas de mis manos su espalda dibujándose en ellas los surcos de sus músculos tensos por el delirio que también estaba sintiendo por mí.
Una vez que mis pezones quedaron tan endurecidos que solo su aliento sobre ellos me hacía gemir con necesidad, se colocó a mi altura y quitó los mechones de mi cabello de mi rostro. Rozó con su dedo pulgar mi labio y abrí mis ojos para encontrarme con los suyos llameantes de pasión. Me sonrió y me besó con fuerza. Me hizo sonreír el hecho de que mis gemidos le hubiesen llevado a aquel límite de nuevo.
Abrió mis piernas quedándose entre ellas mientras su lengua se adentraba en mi boca. Sentí como colocó su virilidad para después hundirse en mis entrañas y hacerme gritar.
- Buenos días –murmuró entre la batalla de la que estaban siendo partícipes nuestras lenguas.
- Buenos días –respondí.
Estaba loca de deseo. Su cuerpo lograba llevarme a la locura hasta tal punto que deseaba pasarme el resto de mi vida disfrutando de sus caricias, de sus besos y de su amor.
Sus caderas se movieron rápidamente, embistiéndome de manera placentera. Sabía que nadie podría dar tanto placer como él. Solamente su cuerpo podía llevarte al cielo en dos segundos.

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