La luz del sol se deslizaba por su piel mientras permanecía
observando aquel semblante sereno. Por sus brazos se podía pensar que no
tenía fuerza comparado con otros hombres pero cuando lo doblaba o se
tensaba se veían sus músculos.
Mordí mi labio inferior cuando mi mirada se paseó por su pecho
descubierto. Me encantaba que durmiese siempre sin camiseta. Tenía un
poco de vello cubriéndole el cuerpo que en ocasiones se quitaba con una
máquina que había visto anunciada en la televisión. Él conocía
perfectamente el nombre pero a mí hacía tiempo que se me había olvidado.
Lo que estaba claro es que con vello o sin él contemplarle sin nada
cubriéndole era un verdadero espectáculo del que me dejaba participar.
Permanecía con los ojos cerrados, soñando. Aún no sabía que me
despertaba siempre una hora antes que él para poder contemplarle
mientras dormía. Era un glorioso show ver como la luz del amanecer iba
alumbrando cada centímetro de su cuerpo sin que él se moviese ni se
percatase. Una obra de arte expuesta para una sola visitante, yo.
Su cabello castaño rojizo se dejaba caer grácilmente sobre su frente.
Le quedaba perfecto. No dejaría que se lo cortase pero luego lo hacía y
estaba aún más guapo si cabía. Fuese como fuese sabía que aquel hombre
derretía a cada mujer que estuviese cerca de él pero mi parte favorita
era que él no tenía ojos para ninguna otra que no fuese yo.
En ocasiones me miraba al espejo y buscaba algo que pudiese atraer
tanto a un hombre. Nunca encontraba nada pero él aparecía por detrás, me
rodeaba con sus brazos y me susurraba que no existía nadie que tuviese
tantísimas cualidades para ser amada. Me conformaba con saber que él se
había vuelto tan loco por mí como yo por él a pesar de habernos conocido
en unas circunstancias un tanto complicadas para ambos.
Daniel se movió entre las sábanas que tapaban de su cintura hasta sus
pies y se abrazó a la almohada. Me gustaba verle así, tan
adorablemente tierno buscando siempre un abrazo aunque fuese de un
objeto inanimado como era nuestro almohadón.
Sabía que iba a despertarse en poco tiempo y al fin podría ver sus
ojos azules observarme de nuevo lo que haría que como siempre me
terminaría derritiendo como una colegiala que ve por primera vez al
actor o cantante por el que chilló más que en toda su vida simplemente
para que se fijara en ella.
Apoyé mis dedos entre los mechones de su cabello y comencé a
acariciarlos disfrutando de esa sedosa sensación. Podría pasarme el
resto de los segundos de mi vida dejando que sus cabellos se deslizasen
entre mis dedos pues sabía lo que eso conseguía que no tardó mucho en
llegar.
Una sonrisa comenzaba a dibujarse en su rostro mientras de entre sus
labios se iban escapaban pequeños ronroneos como si de un gatito se
tratase. Continué trazando formas entre sus mechones viendo como él se
desprendía del abrazo de la almohada y sus brazos comenzaban a rodear mi
cintura acercándome a su cuerpo lentamente.
- Mmmmm…. –murmuró antes de esconder su rostro en el hueco que había entre mi cuello y mi clavícula.
Sonreí como una boba enredando mis piernas con las suyas que
recibieron gustosas el abrazo. Sus extremidades me apretaron con fuerza
contra su cuerpo y contra la piel de mi cuello podía sentir su
respiración consiguiendo de esa manera que mi piel se erizase.
Mi cuerpo respondía automáticamente a cada pequeño gesto que hacía, a
cada minuciosa caricia como si no tuviese voluntad propia. Éramos dos
imanes unidos que hacían todo juntos.
Una relación enfermiza podrían considerarlo muchas personas pero para
nosotros aquella era lo normal. Estábamos perdidamente enamorados el
uno del otro y no deseábamos separarnos nunca.
Sus labios se deslizaron por mi clavícula consiguiendo que mi cuerpo
se estremeciese. Un escalofrío deliciosamente electrizante, propició que
cada célula de mi cuerpo estuviese alerta de su siguiente movimiento.
Comenzó a besar suavemente mi cuello. Desde la base de este ascendía
hasta la parte inferior de mi oreja. Sabía que era mi punto débil y lo
usaba a su antojo. Cerré mis ojos dejando que aquella excitación que
solo él conseguía encender fuese gobernando cada partícula de mi cuerpo.
Sus dientes arañaron levemente el lóbulo de mi oreja y de mi boca se
escapó un gemido ante la sorpresa. Pude escuchar a la perfección su
sonrisa de satisfacción. Con cuidado nos fue girando hasta que su cuerpo
quedó sobre el mío aprovechando el movimiento una de sus manos para
subir con un roce estimulante desde mi rodilla hasta el glúteo de mi
pierna izquierda.
Se había despertado juguetón y para mí eran los mejores despertares
que tenía. Empecé a reaccionar dándole pequeños besitos en su hombro.
Daniel comprendió que si él quería jugar estaba dispuesta por eso
bajó sus besos hasta la parte superior de mis pechos mientras sus dedos
se enredaban en la sábana haciendo que se deslizase por mi cuerpo para
que quedase a su vista.
Una vez que la tela hubo desaparecido mis pequeños y redondos pechos
le recibieron listos para volver a ser el centro de sus atenciones.
Daniel no esperó un segundo más del necesario y pude sentir sus labios
besando mis pezones sonrosados para después hacerse dueño con su boca de
toda la piel que podía. El placer que con eso me hacía sentir me hacía
gemir. Mis dedos se agarraron con fuerza a su cabello sedoso y arqueando
mi espalda dejé escapar la primera súplica desesperada porque
continuase.
Al escucharme su lengua se enredó en mi pezón y comenzó a juguetear
con él hasta llevarme a las puertas del delirio. Él sabía cómo dejarme a
su merced, como excitarme de manera que solo desease más y más de él.
Recorrí con las palmas de mis manos su espalda dibujándose en ellas
los surcos de sus músculos tensos por el delirio que también estaba
sintiendo por mí.
Una vez que mis pezones quedaron tan endurecidos que solo su aliento
sobre ellos me hacía gemir con necesidad, se colocó a mi altura y quitó
los mechones de mi cabello de mi rostro. Rozó con su dedo pulgar mi
labio y abrí mis ojos para encontrarme con los suyos llameantes de
pasión. Me sonrió y me besó con fuerza. Me hizo sonreír el hecho de que
mis gemidos le hubiesen llevado a aquel límite de nuevo.
Abrió mis piernas quedándose entre ellas mientras su lengua se
adentraba en mi boca. Sentí como colocó su virilidad para después
hundirse en mis entrañas y hacerme gritar.
- Buenos días –murmuró entre la batalla de la que estaban siendo partícipes nuestras lenguas.
- Buenos días –respondí.
Estaba loca de deseo. Su cuerpo lograba llevarme a la locura hasta
tal punto que deseaba pasarme el resto de mi vida disfrutando de sus
caricias, de sus besos y de su amor.
Sus caderas se movieron rápidamente, embistiéndome de manera
placentera. Sabía que nadie podría dar tanto placer como él. Solamente
su cuerpo podía llevarte al cielo en dos segundos.
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