viernes, 30 de noviembre de 2012

Capítulo 2

Permaneció en mi pecho ronroneando mientras acariciaba lentamente sus cabellos con mis dedos. Me gustaba escuchar como le tranquilizaba todo después de haber hecho el amor.
- Princesa -susurró dejando suaves besos en mi pecho.
- ¿Sí, mi amor? -murmuré.
- ¿Qué tal si hoy no nos levantamos de la cama? -alzó su mirada hasta mis ojos.
Pude ver en su mirar como una pequeña sonrisa pícara se asomaba. No podía resistirme a él por lo que asentí dejando un dulce beso en sus labios entreabiertos.  Volvió a ronronear como respuesta y se quedó apoyado de nuevo en mi pecho.
Comencé a rozar la curvatura de su columna con la yema de mi dedo índice recordando como nos habíamos conocido.
Agarré mi bolso. Tenía que salir de la habitación pues ya era la hora que me había impuesto para permanecer lejos de aquellas cuatro paredes que eran lo único que veía durante horas.  Había quedado con mi psicóloga que al menos permanecería los sesenta minutos completos fuera de mi casa. La proposición estaba e intentaría cumplirla a pesar de ser para mí algo tan complicado. 
Habían pasado cinco años desde la última vez que había salido de mi hogar sin saber que los años siguientes los pasaría encerrada para no ver el mundo. Tantos miedos y tanta locura consumieron el poco carisma que me quedaba dejándome aislada siempre a pesar de estar rodeada de gente. 
Había perdido peso y se notaba en mis ropas pero no hacía mucho había ido de compras para intentar poner un poco al día mi ropero. 
Estiré mi mano hacia el pomo de la puerta del portal. Estaba a un solo paso de salir del edificio. Tenía que hacerlo por mi bien. Cada día la misma historia, miedos estúpidos que me dejaban parada durante media hora esperando alguna razón convincente que me permitiese quedarme en casa. 
Cerré mis ojos y atraje la puerta hasta mí abriéndola. Como si me empujasen salí del lugar para encontrarme en aquella calle que me era tan conocida. Podía decir el número de ladrillos que tenía la fachada del edificio de en frente sin problema alguno pues había pasado más horas observándolo que los albañiles en terminarla. 
-Piensa, piensa -me susurraba mi subconsciente-. Haz algo concreto, agradable, se pasará pronto la hora y volverás a tu casa. 
Tenía razón. Debía hacer algo sencillo para así evitar tener agobios y volver antes a casa de lo esperado. El día anterior a penas había estado fuera un cuarto de hora. Me reproché mi fallo y caminé por la acera hacia el café bar más cercano. El café de allí me encanta pues no era tan amargo como el resto que había probado. 
Suspiré cuando vi a un grupo de personas de mi edad riendo y algunos cogidos de las manos de sus parejas. ¿De quién iban a reírse que no fuese yo? Estaba clarísimo. Bajé mi mirada conteniendo mi ira y mis lágrimas para salir después corriendo hasta el café en el que quería enterrarme, esperar que nadie me viese, ni me criticase durante una hora para regresar donde realmente creía que estaba segura. 
Acalorada abrí la puerta del pequeño cafetal y entré. Todos los presentes me observaron y solo quería que la tierra me tragase. No sabía porqué siempre me observaban. Caminé hasta una solitaria mesita al fondo del local y me deslicé entre las sillas para colocarme en las sombras. 
Me dediqué a observar a todos los que estaban tomando aquel delicioso café. Seis mesitas, cada una con una historia diferente, en unas risas, en otras llantos, en alguna indiferencia y en dos de ellas soledad. 
Al otro extremo de la sala pude ver a un joven que estaba sumido en sus propio pensamientos mientras observaba la pantalla de su teléfono móvil. La luz rozaba sus facciones y se podía ver la tristeza reflejada en su mirar desde aquella distancia. 
En la mesa de al lado, dos chicas permanecían con la boca abierta mirándole y cuchicheando entre ellas, riendo a cada rato por sus ocurrencias. 
Al lado de aquella jovialidad, una mujer de mediana edad tomaba la décima servilleta para secar sus lágrimas mientras entre los dedos de su otra mano mantenía alzada a cierta distancia de su rostro, un folio que parecía ser una carta. Seguramente había recibido malas noticias. 
El camarero llegó hasta mi mesa y bajé mi mirada pensando en la posibilidad de tomar algo de chocolate pues era el único que subía ligeramente mi ánimo tras aquellos momentos de tristeza y odio hacia mí misma en los que estaba sumida. 
- Un café chocolat -murmuré. 
Era la especialidad de la casa y venía acompañado de unas pastitas de mantequilla realmente apetecibles. Aquella era la única comida que hacía durante el día por lo que podía permitirme alguna vez tomar aquel sustituto del autoestima. 
Sentí como alguien me observaba y recé para que ese sentimiento no siguiese allí en minutos. No me gustaba saber que era el objeto a observar, prefería ser yo la que lo hiciese y como siempre decía Lorraine, mirar siempre desde la barrera la vida, a pesar de ser eso completamente perjudicial para mí. 
Bajé mi mirada a mi bolso y saqué mi teléfono móvil. Había conseguido al fin comprarme una blackberry. No era la última del mercado pero a mí me valía. Cuando veía todas las aplicaciones que podía tener en las que todo era compartir con los demás la soledad me invadía de manera poderosa pero no era eso lo que pretendía en ese momento sino que quizá escuchando música encontraría las fuerzas que me faltaban para permanecer allí durante el resto de la hora. 
Puse los auriculares en su correspondiente clavija y después los introduje en mis orejas. Suspiré pesadamente y deslicé mi dedo pulgar por la lista de mis canciones favoritas. Apreté una al azar que resultó ser una desgarradora balada la cual hizo estremecerse mi corazón. 
Dejaron frente a mí el pedido y alcé mi mirada hasta aquella mano que había traído lo que pronto descansaría en mi estómago. Unos ojos azules me observaban y pude ver como una sonrisa se deslizaba por sus labios. Con un gesto me pidió que me quitase el auricular y lo hice para escucharle. 
- Perdone, ¿le importa que me siente aquí? 
Sentí un beso en mi cuello y después como su nariz se deslizaba por él. Me apretó a su musculoso cuerpo.
- Regresa a mí, hermosa -dejó un beso bajo mi oreja.
Reí divertida y entrelacé mis dedos con los suyos mientras acariciaba el dorso de su mano con mi dedo pulgar.
- Ya volví contigo

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