Permaneció en mi pecho ronroneando mientras acariciaba lentamente sus
cabellos con mis dedos. Me gustaba escuchar como le tranquilizaba todo
después de haber hecho el amor.
- Princesa -susurró dejando suaves besos en mi pecho.
- ¿Sí, mi amor? -murmuré.
- ¿Qué tal si hoy no nos levantamos de la cama? -alzó su mirada hasta mis ojos.
Pude ver en su mirar como una pequeña sonrisa pícara se asomaba. No
podía resistirme a él por lo que asentí dejando un dulce beso en sus
labios entreabiertos. Volvió a ronronear como respuesta y se quedó
apoyado de nuevo en mi pecho.
Comencé a rozar la curvatura de su columna con la yema de mi dedo índice recordando como nos habíamos conocido.
Agarré mi bolso. Tenía que salir de la habitación pues ya era la
hora que me había impuesto para permanecer lejos de aquellas cuatro
paredes que eran lo único que veía durante horas. Había quedado con mi
psicóloga que al menos permanecería los sesenta minutos completos fuera
de mi casa. La proposición estaba e intentaría cumplirla a pesar de ser
para mí algo tan complicado.
Habían pasado cinco años desde la última vez que había salido de
mi hogar sin saber que los años siguientes los pasaría encerrada para no
ver el mundo. Tantos miedos y tanta locura consumieron el poco carisma
que me quedaba dejándome aislada siempre a pesar de estar rodeada de
gente.
Había perdido peso y se notaba en mis ropas pero no hacía mucho
había ido de compras para intentar poner un poco al día mi ropero.
Estiré mi mano hacia el pomo de la puerta del portal. Estaba a un
solo paso de salir del edificio. Tenía que hacerlo por mi bien. Cada
día la misma historia, miedos estúpidos que me dejaban parada durante
media hora esperando alguna razón convincente que me permitiese quedarme
en casa.
Cerré mis ojos y atraje la puerta hasta mí abriéndola. Como si me
empujasen salí del lugar para encontrarme en aquella calle que me era
tan conocida. Podía decir el número de ladrillos que tenía la fachada
del edificio de en frente sin problema alguno pues había pasado más
horas observándolo que los albañiles en terminarla.
-Piensa, piensa -me susurraba mi subconsciente-. Haz algo concreto, agradable, se pasará pronto la hora y volverás a tu casa.
Tenía razón. Debía hacer algo sencillo para así evitar tener
agobios y volver antes a casa de lo esperado. El día anterior a penas
había estado fuera un cuarto de hora. Me reproché mi fallo y caminé por
la acera hacia el café bar más cercano. El café de allí me encanta pues
no era tan amargo como el resto que había probado.
Suspiré cuando vi a un grupo de personas de mi edad riendo y
algunos cogidos de las manos de sus parejas. ¿De quién iban a reírse que
no fuese yo? Estaba clarísimo. Bajé mi mirada conteniendo mi ira y mis
lágrimas para salir después corriendo hasta el café en el que quería
enterrarme, esperar que nadie me viese, ni me criticase durante una hora
para regresar donde realmente creía que estaba segura.
Acalorada abrí la puerta del pequeño cafetal y entré. Todos los
presentes me observaron y solo quería que la tierra me tragase. No sabía
porqué siempre me observaban. Caminé hasta una solitaria mesita al
fondo del local y me deslicé entre las sillas para colocarme en las
sombras.
Me dediqué a observar a todos los que estaban tomando aquel
delicioso café. Seis mesitas, cada una con una historia diferente, en
unas risas, en otras llantos, en alguna indiferencia y en dos de ellas
soledad.
Al otro extremo de la sala pude ver a un joven que estaba sumido
en sus propio pensamientos mientras observaba la pantalla de su teléfono
móvil. La luz rozaba sus facciones y se podía ver la tristeza reflejada
en su mirar desde aquella distancia.
En la mesa de al lado, dos chicas permanecían con la boca abierta
mirándole y cuchicheando entre ellas, riendo a cada rato por sus
ocurrencias.
Al lado de aquella jovialidad, una mujer de mediana edad tomaba
la décima servilleta para secar sus lágrimas mientras entre los dedos de
su otra mano mantenía alzada a cierta distancia de su rostro, un folio
que parecía ser una carta. Seguramente había recibido malas noticias.
El camarero llegó hasta mi mesa y bajé mi mirada pensando en la
posibilidad de tomar algo de chocolate pues era el único que subía
ligeramente mi ánimo tras aquellos momentos de tristeza y odio hacia mí
misma en los que estaba sumida.
- Un café chocolat -murmuré.
Era la especialidad de la casa y venía acompañado de unas
pastitas de mantequilla realmente apetecibles. Aquella era la única
comida que hacía durante el día por lo que podía permitirme alguna vez
tomar aquel sustituto del autoestima.
Sentí como alguien me observaba y recé para que ese sentimiento
no siguiese allí en minutos. No me gustaba saber que era el objeto a
observar, prefería ser yo la que lo hiciese y como siempre decía
Lorraine, mirar siempre desde la barrera la vida, a pesar de ser eso
completamente perjudicial para mí.
Bajé mi mirada a mi bolso y saqué mi teléfono móvil. Había
conseguido al fin comprarme una blackberry. No era la última del mercado
pero a mí me valía. Cuando veía todas las aplicaciones que podía tener
en las que todo era compartir con los demás la soledad me invadía de
manera poderosa pero no era eso lo que pretendía en ese momento sino que
quizá escuchando música encontraría las fuerzas que me faltaban para
permanecer allí durante el resto de la hora.
Puse los auriculares en su correspondiente clavija y después los
introduje en mis orejas. Suspiré pesadamente y deslicé mi dedo pulgar
por la lista de mis canciones favoritas. Apreté una al azar que resultó
ser una desgarradora balada la cual hizo estremecerse mi corazón.
Dejaron frente a mí el pedido y alcé mi mirada hasta aquella mano
que había traído lo que pronto descansaría en mi estómago. Unos ojos
azules me observaban y pude ver como una sonrisa se deslizaba por sus
labios. Con un gesto me pidió que me quitase el auricular y lo hice para
escucharle.
- Perdone, ¿le importa que me siente aquí?
Sentí un beso en mi cuello y después como su nariz se deslizaba por él. Me apretó a su musculoso cuerpo.
- Regresa a mí, hermosa -dejó un beso bajo mi oreja.
Reí divertida y entrelacé mis dedos con los suyos mientras acariciaba el dorso de su mano con mi dedo pulgar.
- Ya volví contigo
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