viernes, 30 de noviembre de 2012

Mi camino hasta ti (Segunda temporada cuarta parte)



Mi camino hasta ti
Capítulo 91. Nuevo huésped


Suspiré mientras intentaba serenarme pero no había manera posible. El dolor en mi pecho era grande pero otro foto estaba creciendo en mi cabeza. Empezaba a sentir como si me la taladrasen el cerebro. 

Escuché en ese instante un ruido extraño, metálico, como si unas cadenas fuesen arrastradas por el suelo de mi casa. 

Fruncí mi ceño sabiendo que aquello no podía ser normal pero no tenía nada en mi casa que pudiese sonar así ni siquiera accidentalmente. 

Me levanté lentamente del suelo cuando los crujidos del suelo de mi casa se iban acercando poco a poco. 

- Lucía.... -susurró una voz completamente diferente, algo que jamás había escuchado en mi vida. 

Miré hacia delante y vi como las ventanas comenzaban a llenarse de escuchar y vaho como si la habitación hubiese bajado muchísimos grados en un solo segundo. 

De mi boca salía un humo blanquecino que era propicio de temperaturas realmente bajas por lo que podía cuadrar aunque mucho sentido no tenía que tan rápido hubiese bajado la temperatura de mi apartamento. 

Mis dedos comenzaban a helarse poniéndose casi morados mientras el aire gélido me quedaba al llegar a mis pulmones. 

El sonido metálico que antes había escuchado se estaba como acercando. Parecía el metal arañar el suelo de mi casa. 

- ¿Qué..qué es eso? -susurré para mí misma mientras giraba mi rostro para mirar hacia el lugar donde una pequeña luz parpadeaba como si fuese un brillo. 

Di unos poco pasos hasta que un rayo de luz me hizo detenerme por completo. Esa pequeña luz había iluminado parte de lo que se acercaba y no podía ni creérmelo. 

No, aquello no era posible. Me estaba volviendo completamente loca. Tenía que ver por completo ya que no podía tener sentido que eso se estuviese acercando a mí. 

Fruncí mi ceño intentando que mis pupilas se acostumbrasen a la oscuridad que había en mi hogar. 

Un pie apareció al fin en la misma sala en la que me encontraba. Unas pequeñas gotas de un líquido descendían hasta el suelo formando un pequeño charquito. El sonido metálico paró por completo. 

Los rojos de aquella persona que me estaba mirando me dejaron paralizada. Me quedé sin aliento. 

Se acercó un poco más a la luz hasta que fue completamente visible. 

Su cuello estaba horriblemente cortado, sus brazos tenían cientos de puñaladas de las que salía el mismo líquido rojo. 

Era una visión completamente horrible. Era un moribundo, un hombre que se estaba desangrando en mi casa pero con los ojos rojos del mismo color que el líquido que salía de sus heridas. 

Se acercó aún más mientras yo intentaba salir de mi estado de shock. No, iba a tocarme y no quería que lo hiciese. 

Chillé en el instante que él alargaba una de sus manos e intenté por todos los medios de salir de mi casa. Lamentablemente estaba tan nerviosa que no era capaz ni de mirar donde estaba la manecilla de la puerta. 

Al final conseguí abrirla y salir corriendo gritando de mi habitación. Me estaba volviendo realmente loca. En ese momento me choqué contra un cuerpo que me acurrucó entre sus brazos mientras forcejeaba. 

- ¡No! ¡Suéltame! 

- ¡NO! ¡NO TE SOLTARÉ! 

Noté como algo me agarraba las muñecas e intentaba controlar mis aspavientos.

Mi camino hasta ti
Capítulo 92. Loca


Aquel cuerpo cálido que me había agarrado cuando había intentado salir huyendo comenzaba a perder toda su calor corporal. Eso solamente podía significar una cosa. 

Notaba como unos brazos helados me sostenían la cintura y un líquido comenzaba a deslizarse por ellos manchando mi ropa ya que era capaz de sentir el frío que me daba en la espalda. 

Levanté mi mirada cuando volvía a notar aquel gélido aire que me quemaba los pulmones una y otra vez como si algunos cuchillos se clavasen y me los desgarrasen.

Los ojos que normalmente eran azules de ese maravilloso rostro ahora eran rojos, me miraban como vacíos, sin vida. 

- ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡NO!!!!!!!!!!!! -grité con todas mis fuerzas mientras las lágrimas recorrían mis mejillas. 

Me intenté separar rápidamente. Los pétreos brazos parecían clavados en mi cintura. 

Aquello no podía estar sucediéndome. Estaba completamente loca. ¿Ahora veía muertos? Eso ya no era para nada normal. 

Mis ojos comenzaron a desorbitarse, podía sentirlo. Las manos gélidas de aquel Robert muerto luchaban contra mi cuerpo por mantenerme pegada a él. 

- ¡¡SUÉLTAME!! ¡¡SUÉLTAME!! -chillaba una y otra vez mientras forcejeaba contra ellos. 

No era capaz de escuchar nada, tan solo quería huir, alejarme de aquella horrible pesadilla. 

El aliento se estaba convirtiendo en un blanco vaho. Conseguí al fin y no sin esfuerzo deshacerme de aquel abrazo de la muerte, del terror. 

Salí corriendo por el pasillo bajando las escaleras que me llevaban hasta el portal casi sin tocar los peldaños. Mi cuerpo se estaba comenzando a quedar sin oxígeno pero no por eso iba a dejar de huir de lo que me estaban mostrando mis ojos aunque no fuese cierto. 

Los latidos de mi corazón comenzaban a acelerarse hasta que delante de mí junto a la puerta dos figuras me miraban con sus ojos rojos, llenos de ira. 

Mi corazón en ese instante se paralizó. ¿Cómo iba a salir de allí? No tenía escapatoria posible. Mi mente no parecía reaccionar, no quería reaccionar. Tenía que pensar, tenía que encontrar la manera de alejarme de allí. 

Me giré sobre mis talones y comencé a correr hacia el ascensor, seguramente podría salir por la puerta del garaje si me daba prisa y no miraba a nadie ni a ningún sitio específico. 

Mis piernas empezaban a flaquear mientras sentía como todo el oxígeno se me estaba acabando de mis pulmones pero volver a respirar sería como una tortura. 

- Lucía.. no, ¿dónde vas? 

No quería girarme. No quería ver el rostro de nuevo demacrado de Robert persiguiéndome como en la más horrible de las pesadillas, el hombre de mi vida completamente muerto intentando detenerme de huir de lo que parecía el verdadero infierno. 

No podía comprender como me habían dejado salir de aquel lugar si cada segundo estaba peor que el anterior. 

Mis manos intentaron poder agarrar la manecilla de la puerta del ascensor. No podía temblar más de lo que lo hacía. 

Mientras sentía como todo comenzaba a ir peor noté como las fuerzas me flaquearon y tuve que sentarme en el suelo ya que las rodillas comenzaban a temblarme descontroladamente. 

- No, dejadme en paz, dejadme en paz... -susurraba una y otra vez mientras me comenzaba a balancear y agarraba mi cabeza entre mis manos. 

Cientos de voces empezaban a chillar a gritarme verdades sobre lo que yo era hasta que notaba como mi cuerpo de la angustia se desmayó perdiendo por completo todo conocimiento.

Mi camino hasta ti
Capítulo 93. Mi diario


Desperté sobre mi cama. Las sábanas me cubrían protegiéndome de los cambios de temperatura de la habitación. 

¿Cómo había llegado hasta allí? No recordaba haber caminado desde el portal de vuelta a mi casa. 

Me incorporé y me quedé sentada entre las sábanas que me hacían sentir un poco más segura. Miré por la ventana y comprobé que volvía a ser de día por lo que había pasado toda la noche en la inconsciencia. 

Pasé mis manos por mi rostro en el momento que varios flashes me mostraron los dolorosos recuerdos de aquel crepúsculo. Robert había aparecido ante mí muerto de la peor manera posible. 

Moví la cabeza. No quería recordar más eso. No debía darle poder a mi mente para que siguiese atormentándome. ¿Por qué quería destruirme de esa manera a mí misma? Primero acabaría con mi razón para que me tratasen como loca aunque hasta yo misma dudaba que ya no fuese así. 

¿Podía alguien recuperar la cordura con unas alucinaciones como aquellas? Temía quedarme siempre así. Había sufrido y me lo había merecido pero no quería seguir soportando tantísimo dolor como el que me estaban causando todas aquellas paranoias. 

Solo había una solución posible que mi mente me había brindado en bandeja de plata demasiado tiempo. Debía haberle hecho caso mucho tiempo antes, básicamente desde el instante que me susurró esa posibilidad. 

Me levanté de la cama y encendí el ordenador. Necesitaba descargar de una vez todos mis pensamientos o al menos escribir mis últimas palabras. 

Abrí el documento word que contenía todo mi diario. Pasé las páginas hasta llegar a la última y después de eso me dispuse a teclear. 

¿Puede haber mayor sufrimiento que el hecho de comprender que tu vida tiene que llegar a su fin porque ni siquiera deberías haber nacido?

Cuando miro a mi pasado compruebo que la sola explicación a todos aquellos sucesos donde estaba sola, donde me sentía vacía, cuando nadie se acercaba a mí, cuando mis pensamientos se concentraban en aquel mundo lleno de letras que era insuficiente... es que no debía estar. Quizá mi lugar nunca debió ser ocupado. Pude ser parte de un plan fracasado al que había que poner fin de una vez por todas. 

¿Quién se lamentaría si algo así sucediese? Dudaba que pudiese hacerlo alguna sola persona. Es más, dudaba siquiera que a Taylor le importase de verdad porque ¿qué sentido tenía un beso cuando ya otra persona me había dado otro antes yéndose de mi vida para en teoría no volver? 

Solamente me queda suplicar al cielo porque me dé una única señal por la que mi destino sea padecer todo esto sin necesidad de una muerte prematura pero esa señal no llega nunca. 

Siento que hasta el cielo se olvidó de mí. ¿Quizá sea porque no existo? ¿Puede ser que no tenga alma? Nadie dijo que todas esas cosas fuesen imposibles aunque suenen a puras incoherencias pero aún sin alma el corazón duele. No hay día que no sea atravesado por cientos de cuchillos consiguiendo que durante unos momentos deje de respirar y descubra el verdadero dolor que las mínimas cosas pueden causar. 

¿Es necesario hablar del pasado? ¿Es preciso rememorar todo lo que en mi vida había pasado hasta llevarme a aquella situación? ¿Por qué no? Había llorado demasiadas veces por esos recuerdos, podría ser conveniente que en mis últimos momentos los dejase escritos para así poder irme de aquel mundo en paz. 

Sé que nadie leerá esto por lo que para mí es aún mejor. Descargaré mi mente dejándola vacía para que solo sea capaz de pensar en lo que en minutos, quizá horas llegase a suceder. 


Estaba decidida a hacerlo por mucho que me costase. Debía dejar constancia fuera de mi mente de lo que había pasado y quizá así el malestar consiguiese ceder en los momentos previos a mi muerte. Puede que incluso descubriese la felicidad antes de recibir el abrazo de la parca. 

Respiré hondo. Sí, iba a decir el adiós en poco tiempo a aquellos cuchillos que ahora atravesaban con saña mi corazón como si no tuviese o fuese un juego para ellos. Todo iba a terminar.

Mi camino hasta ti
Capítulo 94. Los comienzos


Era el momento de poner en una hoja todo lo vivido que ahora me perturbaba. Quizá de esa manera nunca más me iban a lastimar de aquella manera horrible como ahora lo hacían. 

El primer día que recuerdo quizá para muchos no tenga mucho sentido pero parece ser a en mi mente se grabó a fuego porque me hizo demasiado daño. 

Había pasado toda mi vida en mi casa. No había ido a guarderías ni nada por el estilo. Hasta que fui al colegio no supe lo que era el contacto con niños que no tuviesen mi misma sangre. 

Veneraba por completo a mi prima. Para mí mi prima Nicole era la chica más maravillosa y perfecta del mundo entero. Soñaba con seguir sus pasos y conseguir todas las metas que ella se había propuesto, al igual que tener su mismo aspecto físico y su carisma. 

También mi tía Elizabeth era un verdadero ejemplo a seguir a mis ojos. Siempre era muy segura, completamente respetada y se hacía imponer. Sus razonamientos iban a misa y convencería a un papa de que dejase su puesto si era precioso con sus debates. También era preciosa. A su lado me sentía nada como al lado de la mayoría de mis tías pero en especial al suyo. 

Mi madre era el centro de mi vida. Mi hermano y yo siempre habíamos peleado por estar junto a ella, por tener su cariño, por poder llamarla solo nuestra pero en ningún momento fue así. Kellan era detestable. Mi hermano se comportaba fatal conmigo desde hacía muchísimo tiempo y siempre vivía a su sombra. Él era el mejor en todo. Sacaba las mejores notas, su físico era envidiable y tenía muchos amigos. 

Cada día vivido a su lado era una tortura. Kellan siempre llegaba a casa con las mejores notas del mundo lo que hacía que mis notas a mis ojos no valiesen para nada, que los dieces que sacaba jamás me parecían realmente suficiente. ¿Qué nota podía superar a la misma en un curso superior? Ninguna. No había nada suficiente que pudiese hacer posible que llegase a su altura ya que de otra manera me consideraba estúpida. 

¿Qué valía que entendiese los libros de texto de mi hermano si en el fondo no podía demostrar que los entendía ni tampoco podía decirle a nadie que era capaz de hacer los ejercicios, que podía comprender razonamientos matemáticos que nadie me había explicado o incluso hacer ejercicios que no debía hacer. No servía para nada, era mucho mejor callarlo y guardarlo para mí como mérito personal. 

¿Hasta que punto un mérito personal no se queda en el olvido cuando nadie ni siquiera tú consigues dar valía a lo que haces? El destino podía parecer cruel pero no llegaba a comprender aún porque motivo ni siquiera conseguía ver entonces bien mis dieces de toda la vida. No me parecían nada, es más si no los hubiese sacado lo hubiese tomado como un verdadero fracaso como si sacando un solo nueve se hubiesen convertido rápidamente en suspensos. 

Detestaba como me comportaba conmigo misma pero al fin y al cabo me parecía lógico ser tan exigente. 

En fin... me fui por las ramas y no conté el primer día que estaba grabado en mi memoria. Recuerdo poco pero fue en el patio del colegio. Sabía que no estaba sola pero si me lo sentía. Mi pecho jamás había sufrido de esa manera e internamente me estaba diciendo que tenía que buscarme una manera de evitar aquel malestar que mi pequeño cuerpo no era capaz de asimilar. 

¿Qué más fácil que imaginarme un mundo en el que no estuviese sola? ¿Por qué no podía vivir en aquel lugar en los momentos que no tenía que estar dentro del aula pendiente de lo poco que explicaba la profesora?

Mi camino hasta ti
Capítulo 95. Buscando mi lugar


¿Cómo puedes llegar a convertirte en esclavo de tu propia mente para el resto de tus días? Todo es sencillo si lo ves bien. 

Los latidos del corazón dejan de importar. La respiración es secundaria. Las personas que te dañan con tan solo una mirada dan igual o finges que así es a pesar que te estén torturando por dentro, que tu corazón esté roto que hasta su involuntario movimiento te daña y te duele respirar como si el aire estuviese a seiscientos grados de temperatura. 

¿Puedes guardar todo eso en tu mente o en tu corazón destrozado? Por supuesto que sí. No permites que tu rostro diga la realidad. Enseñas una sonrisa porque a nadie le importa si tú sufres o no, si a ti te duele sentirte sola o no, si lo único que deseas en todo momento es llorar y que alguien te consuele o no. Todo eso es un secreto que debe quedar entre tú y tu misma. 

Miras a tu alrededor y te ves perdida en un mundo donde no puedes relacionarte con la gente de tu edad. Miras al otro lado y tienes el mundo de los adultos al que tampoco perteneces pero en el que sí te has encontrado a gusto a pesar de tu corta edad. 

Decides enfrentar esa situación. ¿Por qué aunque tengas siete años no puede estar a gusto en un lugar en el que podrías ser mejor aceptada? No importan las barreras de la edad tan solo importa tu bienestar aquel que desde nunca has sentido. 

¿En qué puedes intentar ser igual a aquellos adultos que tienen más de cuatro veces tu edad? El intelecto. Así de simple. Si tu tienes tantos conocimientos como ellos no pueden negarte la entrada a su mundo. 

Los libros de texto, enemigos de la mayoría de los estudiantes para mí se volvieron en mis amigos y aliados ante aquel intento desesperado por ser alguien, por tener un papel y ser aceptada en la sociedad fuese como fuese. 

Horas y horas dedicaba a la labor de mi propósito. Tenía que intentar llegar cuanto antes a aquel nirvana que sabía me regalaría el continuo almacén de conocimientos. 

Hacer los deberes en mi casa no era tan solo algo que tenía que hacer porque me los habían mandado sino que debía hacerlos para demostrarme a mí misma que sabía cada día un poco más que el anterior, que a la primera había entendido lo que me explicaban y no debían repetírmelo de nuevo. 

Ejercicios excesivamente perfectos con explicaciones de más de un párrafo que en ocasiones no servían de nada porque con una frase la cuestión estaba resulta y tenía el beneplácito del profesor pero para mí era insuficiente. 

¿Por qué explicar con pocos conocimientos y en una frase lo que se podía explicar más detalladamente? 

En mi intento de realizar semejante labor encontré un handicap. No tenía el vocabulario necesario para poder dar por perfecta mi respuesta ante las cuestiones que los libros de un simple segundo de primaria me imponía. 

¿Quién conocía que usase un lenguaje verdaderamente rico? Mi tía. Elizabeth siempre había sido la persona de la que había aprendido en ese aspecto. Tenía manejo de un extenso vocabulario que en mi vida había escuchado. 

Preguntar de donde había sacado aquellas palabras me haría quedar como una estúpida ingenua que no sabía nada de la vida. ¿Por qué no podía averiguar por mí misma el significado de aquellos vocablos que desconocía? Sí conocía la existencia de los diccionarios pero ¿eso tendría mérito? En absoluto o al menos yo lo vi en ese momento así. 

¿Podría saber su significado si analizaba la frase? ¿Si intentaba averiguar lo que en ella quería decir? Sí, sería una ardua labor pero sabía que con perseverancia conseguiría hacerlo sin problema. 

Analizaba las frases como sabía pero aquello no parecía ser suficiente. Necesitaba más ejemplos de usos de la misma palabra. 

Observé a mi tía y me percaté que siempre llevaba un libro, que muchas veces estaba leyendo. ¿Podría ser esa la causa de que su vocabulario fuese tan rico? La lectura puede ser el mejor aliado y siempre ha sido así por lo que podía necesitar la ayuda de los libros para llevar a cabo mi propósito.
Mi camino hasta ti
Capítulo 96. Obsesión


En pocos días me di cuenta que era cierto. Devoraba libros como si fuesen tan solo dos páginas. Cada vez necesitaba más y más y de hecho leía tres libros distintos enterándome de todas las historias sin problema a la vez. Uno para los recreos, otro por la tarde y otro a la hora de dormir. 

¿Podía considerarse aquello normal? Yo no lo veía malo. Es más con la lectura conseguía no sentir dolor porque me evadía de todo lo que pasaba a mi alrededor y me encantaba. Un día estaba en un mundo de magia, otro estaba leyendo las aventuras de cinco amigos y como resolvían crímenes o misterios. Todo era increíble. Adoraba leer porque me transportaba a mundos que hubiese deseado vivir, me mostraba amistades que hubiese querido tener y me enseñaba valores que jamás habían tenido sentido en el mundo en el que tenía que convivir con gente intelectualmente inmadura para mí y adultos que jamás me verían como ellos hasta que no fuese legalmente de su condición. 

Vivía mejor en ese mundo lejano, alternativo donde el dolor no existía y todo era posible. Una rata podía transformarse en humano y un vampiro podía aparecer en tu habitación en mitad de la noche. 

Adoraba aquella sensación en la que nada era imposible que hasta tus mayores enemigos podrían volverse tus amigos en tan solo unos segundos. La hermosa amistad que había entre dos personajes protagonistas y el amor verdadero que se encontraba en edades tan tempranas. 

Era adicta a comprobar como la fantasía era mejor que la vida que tenía que vivir. No podía evitar no sumergirme en aquel mundo tan maravillosamente atractivo y en el que además estaba aprendiendo un exquisito vocabulario que me ayudaría a llevar a buen puerto mi propósito. 

Mi mente adoraba estar enriquecida de aquella manera que tan poco pedía salvo un libro, una fantástica aventura nueva todas las semanas en la que como siempre lo imposible no existiese, que ocurriese hasta lo improbable y que el mundo terminase siendo tan maravilloso entre elfos y enanos como entre humanos después de una gran batalla donde algunas vidas se perdían pero merecía la pena perderlas para ese buen propósito. 

La felicidad podía encontrarse en pequeñas cosas en aquellos diferentes lugares, parajes donde las hojas podían ser tan rojas como el fuego y las nubes de color verde si al autor le apetecía pero al fin y al cabo todos hermosos en mil y un sentidos distintos. 

Los libros iban cayendo entre mis manos como el queso desaparece si lo dejas frente a un ratón. Las historias cada vez me eran más insustanciales y la cantidad de páginas de aquellos tomos iba aumentando hasta que con tan solo con 11 años las páginas superaban el número quinientos. 

Todos a mi alrededor se quedaban asombrados al ver como caían en tan solo una semana más de quinientas páginas que para mí incluso se me habían hecho cortas. 

¿Podía clasificarse como obsesión? En el momento no lo veía así ya que me encantaba pero en el fondo era como si lo necesitase. Ansiaba llegar a mi casa para ponerme rápidamente a leer y llegar al final. 

Sin darme cuenta competía conmigo misma para saber si cada libro que leía lo hacía más rápido que el anterior pero además empecé a ponerme reglas en mi lectura. 

Libros de menos de trescientas páginas para mí era estúpido leerlos ya que consideraba que eran libros para niños pequeños que no supiesen leer. Caso error ya que no es así sino que como más tarde intenté decirme a mí misma la literatura se cataloga por edades tengan el grosor que tengan sus libros. 



Aquello estaba siendo muy doloroso. Las lágrimas no dejaban de recorrer mis mejillas porque el dolor me estaba matando. ¿Sería capaz de escribir todo antes de hacer lo que deseaba llevar acabo de una vez?

Mi camino hasta ti
Capítulo 97. Última tortura 


No quería pero debía seguir escribiendo. ¿Nadie leería eso pero al menos en un momento dejaría todas mis torturas personales en un archivo que jamás volvería a abrirse. Nadie iba a saber lo que en mi vida había sucedido ni me librarían del malestar que había sufrido y sufriría hasta siempre. 

Suspiré mientras intentaba serenarme. Me encantaba que al menos mi mente en este momento en el que me sentía aún más vulnerable mi mente no estuviese torturando de nuevo. Aunque también podía ser que aún no le hubiese dado el tiempo suficiente para que lo hiciese. 

Pasé mis manos por mi rostro intentando dejar de pensar en eso y solo centrarme en lo que realmente debía hacer en ese instante. 

Volví a poner mis manos sobre el teclado intentando que las palabras fuese tecleadas obedientemente por mis falanges para que así quedasen al fin en una documento y fuera de aquel revoltijo torturador de mi subconsciente. 

Por algún motivo que no podía comprender mis dedos no me hacían caso en ningún momento. Permanecían paralizados sobre los botones sin un solo movimiento. Mi cuerpo estaba como congelado. 

En ese preciso momento comencé a escuchar algunos ruidos. Mis oídos se agudizaron intentando descubrir así la naturaleza de ese sonido. 

Había aparecido en mi cama y ni siquiera sabía como lo había hecho pero pensaba que estaba sola en mi casa. ¿Sería así? ¿Podría estar confundida y tener compañía de esa que preferirías no tener para evitar que te destrozase poco a poco? 

Parpadeé intentando salir de mi ensimismamiento pero parecía imposible. Era como si hubiese salido de mi propio cuerpo en ese momento. Estaba harta de sentirme completamente vacía y tener esa expresión de horror a todas horas. 

El tiempo pasaba lento y los sonidos estaban comenzando a aumentar. 

Pude sentir como la temperatura iba bajando lentamente en ese momento. Las ventanas volvieron a llenarse de escarcha hasta que la temperatura bajó a grados bajo cero. Empecé a no sentir mis dedos, se estaban helando quedando como témpanos. Su color se estaba tornando hacia ese horrible tono morado que solamente tienes cuando el frío, un frío invernal les está rozando una y otra vez cambiando tu calor corporal por la temperatura ambiental. 

Los ruidos iban aumentando por lo que sabía que mi mente estaba volviendo a ganar la partida contra mía. La última que libraríamos, de eso estaba absolutamente segura.

Me giré con cara de poker hacia la figura que estaba tomando forma sobre mi cama. Allí estaba ella con una gran sonrisa entre sus labios carmesí. 

- Al final te rendirás... 

- No tengo otro remedio. No puedo más, pero piensa esto. Si yo muero tú también lo vas a hacer, quizá es algo que no tuviste en cuenta -le contesté. 

Su rostro se quedó serio, frío mirándome como si le acabase de dar la peor noticia del mundo. 

- Yo podré seguir viviendo en tu cuerpo, la única que morirás eres tú ... -musitó. 

- No preciosa, si el cuerpo muere ni tú ni yo volveremos a la vida pero no tiene importancia, ¿no? al fin y al cabo es lo que tú deseas, ¿verdad? -sonreí sin ganas al ver que al final algo había fallado en sus planes. 

Sus ojos verdes volvieron a tornarse rojos mientras su mirada se volvía de puro odio. Sus manos se convertían en puños y se levantó de la habitación. 

- No lo hagas entonces -bramó con la mandíbula apretada mientras como si un viento muy fuerte le diese su pelo comenzó a moverse en todas direcciones. 

- Ya está decidido. No me importa que me tortures más. No me importa que hagas lo que quieras porque este es el final -le contesté levantándome también de la silla. 

Caminé hacia la puerta, la abrí y salí de la habitación mientras escuchaba un chillido de furia desde el otro lado de la madera. Estaba claro que la había hecho enfadar como nunca pero aquellas diferencias jamás se resolverían.

Mi camino hasta ti
Capítulo 98. El adiós


Una vez que hube salido de allí estaba un poco mejor. Sentía una gran presión en mi pecho como si ya supiese lo único que me quedaba por hacer. Debía ir a donde hacía tanto tiempo que tenía que haber ido y hacer la idea con la que mi mente me había intentado seducir muchísimo tiempo. 

- ¿Ya has despertado? -preguntó una voz. 

Miré la sala. En el sofá sentado estaba Robert mirándome fijamente con una pequeña sonrisa en la cara. Se levantó y se acercó a mí mientras intentaba comprender lo que él estaba haciendo en mi casa. 

¿Por qué quería pensar eso? Tenía la oportunidad de despedirme para siempre de él, de decirle aunque fuese real o ficticio que lo amaba de verdad, que había sido el único hombre del que me había enamorado. 

Sus ojos azules miraron fijamente los míos mientras estaba intentando concentrarme en lo que iba a decirle para poder despedirme, para poder expresar en poco tiempo lo que necesitaba contarle. 

- Sí... me desperté -susurré mirándole mientras sus manos subieron hasta mis mejillas y las acariciaron con mucha suavidad. 

- No quiero volver a verte como te encontré -murmuró mientras me miraba con tristeza-. Verte chillar, llorar de aquella manera me estaba destrozando Lucía.. 

- No volverás a verlo más.. -contesté absolutamente segura de ello porque en mis planes estaba que aquel sería el último día que viviría. 

- Eso espero.. -susurró y después me abrazó con fuerza acurrucándome en su pecho.

Puse mi oreja sobre el lugar exacto donde estaba su corazón y los latidos comenzaron a relajarme para que así en mi mente pudiese sentirme mejor por saber que sería un adiós del que nunca me arrepentiría ya que nadie me extrañaría. 

Robert el real o el de fantasía, no sufriría nunca más porque al fin y al cabo ya no existiría. El adiós tan solo haría feliz a todo el mundo incluida a mí que así no volvería a sufrir salvo que en la otra vida hubiese tan solo sufrimiento. 

¿Podría mi alma estar condenada a una tortura eterna en el infierno? No tenía porque ser así pero podía suceder. ¿Soportaría mi alma más dolor del que ya había estado expuesta? Esperaba que no fuese así ya que dudaba que lo hiciese. 

Mis manos se abrazaron a su cintura mientras él me apretaba más contra su cálido cuerpo. Sus manos acariciaron mi cabello lentamente y cerré los ojos para concentrarme en sus caricias. 

- Lucía, por favor, no vuelvas a alejarme de ti te lo suplico... -susurró en mi oído y suspiré sin poder evitarlo. 

- Lo siento tanto, Robert pero esta es la despedida... -musité y me separé de él-. Te amo y no quiero ocultarlo más pero al fin y al cabo sé que jamás estaríamos juntos. Tú estás con Resee y yo jamás sería capaz de confesar a tu verdadero yo la verdad. Nunca podría decirte que te amo, y lo peor fue que esa fantasía es realmente horrible. Saber que fui tuya solamente en mi mundo imaginario es lo peor que me puede pasar cuando se ama. 

- Espera, espera -me dijo parando mi discurso-. ¿Has dicho que esto es un adiós? No puede serlo. ¿Qué es lo que harás Lucía? No me asustes por favor. No quiero que te vayas a ningún lugar ni que hagas ni una sola locura -me dijo completamente serio. 

- Lo siento, Robert pero tanto tú como yo sabemos que no puedo estar sufriendo toda la vida. Es mi decisión y tan solo te pido que la respetes por favor.. -suspiré. 

- ¡No! ¡No voy a dejar que destruyas tu vida por lo que sea que te está pasando, Lucía! Quiero que vivas la vida que te fue destinada. Por favor, no te vayas nunca de esta vida hasta que no tengas que irte cuando seas muy muy viejecita -ordenó mientras las lágrimas comenzaban a recorrer sus mejillas. 

Le miré a los ojos y le sequé sus lágrimas con las yemas de mis dedos. Su tacto era tan real como en otras ocasiones mi mente me había regalado, de forma que pudiese dudar que fuese o no realidad. 

¿Podría estar el verdadero Robert ahí conmigo?

Mi camino hasta ti
Capítulo 99. La confesión de Robert


Mi corazón latía sabiendo que le faltaban cada vez menos segundos para seguir viviendo aquella horrible agonía en ese momento. 

- Robert, necesito irme de aquí para siempre -susurré. 

- ¡No! Lucía, yo estoy aquí contigo, estoy aquí ahora, soy real. ¡Dios! -se había puesto excesivamente nervioso. 

Comenzó a andar de un lado a otro mientras pasaba sus manos por su rostro. ¿Qué le estaba sucediendo? ¿Por qué se comportaba como lo hacía? 

- Robert, ¿qué te ocurre? -me acerqué un poco a él. 

- Que ya no puedo ocultarte la verdad. Lucía, no.. no fue una fantasía ese momento. Fuiste mía Lucía, fuiste mía de verdad. Estuvimos juntos. No fue ningún producto de tu mente. No dejo de pensar en ese momento, no dejo de suplicar porque de una vez por todas te des cuenta de que es imposible que una fantasía sea tan fuerte como para que puedas sentir todo con tanta intensidad. ¿Puedes comprenderlo? -me dijo mirándome fijamente. 

No podía créerlo. Aquello que me estaba diciendo era mentira. Tenía que ser mentira. No podía no haberme dado cuenta que era él en realidad. 

Aquello era aún peor porque me había convertido en la otra de la relación que tenía con Resee. 

- No, dime que es mentira. No es cierto. 

- Sí lo es, Lucía. Es verdad. 

- ¿¡Por qué no me lo dijiste en el momento!? ¡Si no hubiese pensado que era una fantasía jamás, escúchame bien, jamás hubiese estado de esa manera contigo! -chillé.

- ¡Me acabas de decir que me amas! ¿¡Era mentira también!? 

- Para la parte de mi cerebro que me hace verte no, no era mentira pero tú, tú el real no tienes que saberlo. ¡NO QUIERO QUE LO SEPAS! 

- Lucía, no puedo comprenderte. Me estás volviendo loco. ¿Me amas pero quieres que me aleje? -me dijo con los ojos fuera de las órbitas. 

- Robert, no quiero que volvamos a vernos más porque no voy a estar contigo. Voy a irme de aquí para no sufrir nunca más. No quiero nunca más volver a sentir ese dolor penetrante que me hace que no quiera respirar porque hasta eso me duele. Mi cuerpo termina estando tan dolorido que no sé ni como me despierto por las mañanas. Tampoco puedo comer en condiciones, la comida quiere salir en cuanto la tomo y estoy cansada de tener intensas conversaciones con una parte de mi ser que quiere destruirme además de aterrarme de las peores maneras posibles. No quiero no ser capaz de distinguir la ficción de la realidad. Estoy harta de eso -chillé-. Además tuviste ocasión de decirme que eras real pero no lo hiciste. Estoy cansada de mentiras, de que me utilicen de todo. ¡Vete!

Rápidamente y sin darle opción a responder, corrí hacia el baño encerrándome en él. 

El final iba a llegar antes de lo que esperaba y eso que mi mente coherente había decidido que en poco tiempo sería el adiós y recibiría el abrazo de la muerte. 

Suspiré mientras una sola lágrimas abría camino a las demás por mis mejillas. 

- Este es el final -me susurré a mi misma. 

Mi camino hasta ti
Capítulo 100. ¿El final?


(RECOMENDACIÓN: Si sois muy sensibles no recomiendo leer este capítulo por motivos obvios. Espero que os guste si no os hace sentir mal, os adoro) 

Allí estaba. Por fin iba a hacer mi propósito en la vida. Era irónico ¿verdad? Había nacido para morir cuando no pudiese soportar ese dolor que me había sido concedido como "don" un horrible regalo que hubiese preferido no tener en la vida. 

Ese sería el último lugar que vería y donde moriría. El baño. Un lugar no muy agradable o al menos nunca piensas que tu muerte sea producida en esa pequeña sala. 

En ese momento comencé a escuchar como Robert llamaba una y otra vez a la puerta pero sabía que esa puerta no se abriría hasta que hubiese hecho lo que era necesario hacer. 

Levanté mi mirada del suelo. Busqué con ella el objeto que me ayudaría a poner punto y final a todo. Alargué mi mano hasta encontrarlo. Allí estaba esa maquinilla que se convertiría en mi aliada. 

Respiré hondo. Sería una de las últimas veces que estaría el oxígeno en mis pulmones. 

- Lucía, por favor abre la puerta... por favor... 

Suspiré mientras notaba como las lágrimas seguían recorriendo mis mejillas hasta comenzar a bajar por mi cuello. 

Iba a decir en verdad adiós a todo. A mi mente vinieron todos los momentos de mi vida y me di cuenta que sí, estaba en lo cierto y era lo único que podía hacer. 

Tomé con cuidado la cuchilla y la pasé por uno de mis dedos para saber si estaba lo suficientemente afilada y cuanto tenía que apretar para conseguir el corte lo suficientemente profundo. 

Noté el dolor cuando el líquido rojo recorrió mi dedo índice sin descanso. Aquello seria mil veces peor en mis muñecas pero debía hacerlo. 

- ¡Lucía! ¡Lucía abre por favor! ¡Ábreme ya! -gritó Robert al otro lado la puerta. 

Las lágrimas me estaban quemando llegando ya hasta mi escote porque el dolor del adiós era aún peor que el físico. El remordimiento de mi alma se estaba haciendo muy patente. 

No podía aguantar más porque si seguía pensando o escuchando los gritos de Robert no lo haría cuando no podía seguir retrasando un final que era necesario para mi bien y para el bien de tantos... 

Puse el frío acero sobre una de mis muñecas mientras mi pulso me temblaba. Tenía que ser valiente y ser capaz de hacerlo, de cortar aquella fina piel. 

No lo pensé más. Pasé el afilado acero por mi muñeca notando como se cortaba y el dolor y la quemazón que me producía.

La sangre comenzó a brotar por mi muñeca poco a poco cayendo por mi brazo pero no quise mirar. Lo único que hice fue cambiar la cuchilla de mano y volver a repetir la operación en mi otra muñeca. 

Tiré la cuchilla y no quise mirar mi obra ya que podía sentir como el líquido rojo seguía recorriendo mis brazos sin parar. 

Sí, era definitivo, aquello era el final. Los gritos de Robert cada vez eran menos audibles y supe que llegaba el momento de la inconsciencia en aquel dulce abrazo de la muerte que solo causaba sueño. 

Adiós mundo cruel fue mi último pensamiento. 

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