viernes, 30 de noviembre de 2012

Dulce tentación


Aquella podía ser la peor noticia que me habían dado en mucho tiempo. Mi padre había muerto hacía tan solo unos pocos meses y mi madre enferma no podía trabajar en absoluto, solamente yo mantenía a la familia pero el hecho de ser despedido era lo peor que podían decirme. 

- No señor Brown, es lo único que le pido por favor no me despida. Trabajaré las horas que quiera extra pero sabe cuanto necesito este trabajo. Tengo que llevar dinero a casa para mis hermanos y mi madre -le supliqué mientras ponía mis manos sobre su escritorio. 

- Hijo -suspiró-, sabes que apreciaba mucho a tu padre y a ti también te aprecio pero la fábrica se va a la ruina y tengo que despedir a todo el personal. Aunque trabajases tú solo y tuviese nada más que dar el sueldo a una persona la fábrica no volvería a resurgir de sus cenizas, es imposible. 

- Señor Brown, no tengo otro trabajo. Sabe que necesito el dinero para comprar los medicamentos de mi madre si no no se lo rogaría tanto -imploré mientras apretaba mis manos contra el escritorio. 

- Lo siento, chico. Es imposible.. Lamento todo esto pero si sé de algún trabajo no dudaré en hacértelo saber. Ahora vete por favor, tengo que seguir hablando con toda la plantilla -suspiró y volvió a sus papeles. 

No podía hacer nada. Me habían echado de mi empleo. Había estado trabajando en aquella fábrica desde que tenía prácticamente uso de razón para aquel hombre que había sido amigo de mi padre durante mucho tiempo pero todo se había ido al traste. 

Mi madre ya me había avisado que hacía tres años muchas fábricas estaban comenzando a cerrar pero pensé que yo tendría más suerte y podría seguir mucho tiempo en aquel empleo pero ahora me daba cuenta que debía haberla hecho caso cuando me sugirió buscar por si las moscas otro oficio. 

¿Con qué cara podría decirle a mi madre que no podría llevar dinero a casa hasta vete a saber cuando? Puse mi rostro entre mis manos y me dirigí a la cantina. Quizá podía tener suerte y allí el viejo Billy Stuart necesitase a alguien que limpiase, atendiese las mesas o lo que él quisiese. No estaba precisamente dispuesto a esperar que un empleo maravilloso cayese del cielo sino que aceptaría lo que me ofreciesen por muy bochornoso que fuese para mí.




Mi camino hasta ti
Capítulo 118. Dulce tentación


Salí a la calle. Todos los que pasaban por allí tenían sus propias vidas, seguramente sus propios problemas pero ahora tan solo me importaba yo. Mi familia. Mi madre se angustiaría en exceso si se enteraba de lo acontecido.
No, no podía decirle tenía que callar, debía guardar silencio y presentarme en la casa a la hora de siempre para que no sospechasen. Aquel tiempo lo aprovecharía en buscar algún trabajo por muy horrible que fuese lo que tuviese que hacer siempre sería mejor que no tener nada que llevarse a la boca después de dos semanas en las que los medicamentos de mi madre se llevaban la mayor parte del dinero. 

Crucé la calle hasta la poder andar entre medias de todos los vagabundos que se arremolinaban a lo largo de las escasas aceras que había en las travesías. 

Suspiré mientras escuchaba los carromatos acercarse de un lado a otro llevando a gente que tenía más suerte o mejor dicho, más dinero que yo en esos momentos. Daría lo que fuese para trabajar con ellos como su chófer ya que si les encantabas tenías trabajo aseguro de por vida. 

Ni tan siquiera miré a la chica que muchas veces había conseguido engatusarme con sus carantoñas tan solo para dejar escapar como idiota entre mis dedos unos centavos que eran huecos ya que nunca llegábamos a nada importante. Tan solo caricias. 

Entré en la cantina del viejo Billy Stuart el cuál le debía unos cuantos favores a mi padre cuando aún estaba en vida. 

Su hijo me saludó desde la barra y después le sonreí para devolverle de esa manera el saludo aunque sentí mis músculos rígidos y no era para menos porque obviamente no tenía ganas en ese momento de sonreír después de lo que tenía sobre mis hombros. 

- ¿Dónde está el viejo? -le pregunté mientras servía unas pintas a la mesa más cercana a la barra donde se estaba llevando a cabo una partida de póquer. 

- Por ahí detrás -contestó moviendo la cabeza bruscamente hacia una puerta-. ¿Quieres que vaya a llamarle? 

Asentí y me dio una palmada en el hombro mientras se encaminaba hacia la puerta que me había señalado. Entró en ella. Desvié mi mirada y la pasé por todo el bar. Había al fondo de las estancia detrás de unas pocas mesas, una escalera que conducía hacia el piso de arriba donde se podían ver a la perfección cuatro puertas de un tono rosáceo envejecido por el tiempo. En cada una de ellas se podía distinguir a lo lejos una especie de dibujo y una letra al lado. 

Sabía de sobra que en aquella cantina más que solo bebida por la noche también se despachaban otras cosas pero no me importaba en absoluto. Jamás estaría con una de aquellas mujeres, ya ni con la que tantas veces había jugueteado porque mis prioridades a pesar de mi edad habían cambiado en tan solo unos segundos. 

Un palmada me sacó de mi ensimismamiento. Ahí estaba el viejo Stuart al que tenía que intentar engatusar de alguna manera para que me dejase trabajar allí como fuese.

- Hijo, ¿cómo estás? -sonrió ampliamente-. No esperaba verte por aquí y menos a estas horas. ¿Cómo es que no estás en la fabrica? -frunció su ceño haciendo que sus pobladas y gruesas cejas pareciesen convergir hasta juntarse del todo haciendo que a simple vista fuesen una sola ceja. 

- Están echando a la plantilla, a mí me acaban de despedir -dije en lo que consideré un mísero susurro-. Te vendrán muchos de la fábrica por aquí. 

Billy me miró sin poder creérselo al principio. Después asintió y comprendió que todos vendrían por aquí para evitar la vergüenza de llegar antes de tiempo a sus casas e incluso de alguna manera como yo lo había planeado ocultar que habían perdido su empleo. 

- Billy -susurré mientras el aire que había contenido un instante en mis pulmones se escapaba entre mis dientes-, necesito encontrar algo y lo sabes. No me importa lo que sea pero las medicinas de mi madre no se van a pagar solas de eso puedo estar más que seguro y mis... 

El viejo puso de nuevo la mano en mi hombro parando mi discurso desesperado en el que suplicaba por su compasión. 

- No tienes nada más que decir, chico. Vamos a buscarte algo -sonrió y me hizo un gesto para que le siguiese.

Mi camino hasta ti
Capítulo 119. Dulce tentación II


Seguí al viejo Stuart hasta la habitación a la que conducía la puerta por la que había desaparecido. 

Entramos en lo que parecía su despacho. Tenía algunos cuadros en las paredes colgados y una cutre mesa de madera en el centro. 

Con un gesto de la mano me ofreció asiento para así poder tener la conversación que quería mantuviésemos. 

- ¿Qué es lo que sabes hacer, hijo? -sonrió mirándome fijamente. 

- No te importe lo que sepa o no sepa hacer. Lo que desconozca lo aprenderé. No me importa lo que sea. Si tengo que limpiar también lo haré, sabes que me es igual -contesté rápidamente. 

- Lo sé, lo sé muchacho. Pero verás, tengo un gran problema -hizo una mueca-. No tengo nada en los turnos de por la mañana, nada salvo bueno.. la limpieza de las habitaciones de las chicas y ellas son tan escrupulosas que obviamente dudo que dejen que un jovencito sin mucha experiencia se pierda entre su lencería -me guiñó un ojo-. Tu ya me entiendes. Pero en cambio por la noche si que tengo un trabajo, aunque no muy agradable y no sé si tú puedas ocuparte de hacerlo.. 

- Dime lo que sea. Haré lo que tengas -supliqué levemente mientras él me contemplaba como estudiándome. 

- Lo único que puedo ofrecerte es la contención de borrachos -se encogió de hombros-. ¿Sabes lo que es eso? 

- En absoluto -respondí de inmediato esperando que me explicase cuál sería mi trabajo. 

- Sabes que aquí hacemos espectáculos y ciertas señoritas trabajan regalando momentos inolvidables a los hombres que han gastado más dinero del que deberían en alcohol y ya no tienen fuerzas para decir que no a sus instintos más carnales pero.. siempre con una ligera discreción y después de haber pagado el estar con la señorita en cuestión sin tocar más de la cuenta. Luego pueden pagarles a ellas lo que les pidan o se les antoje pero sin previo pago nadie sube a las habitaciones.

- Mm.. está bien haber si me he enterado -suspiro- tengo que mantener a ralla a unos malditos borrachos para que paguen antes de subir a la planta de arriba ¿no? 

- Así es pequeño -sonrió-. Pero no es un trabajo fácil no te creas.. si en algún momento te llaman tienes que subir y sacar de la habitación si es necesario al hombre que se esté saltando las reglas que las chicas ya saben. No te preocupes también te las presentaré para que sepas quienes son y no tengas problema a la hora de sacar del local a una pareja que no sea de aquí -sonrió mientras se levantaba. 

Puso una mano entre mis omoplatos mientras yo me incorporaba y me sacó de su despacho medio empujándome. 

- Dicho y hecho chico -rió sonoramente-. Esta noche será tu primer turno, dejaremos que descanses un rato ya que debes estar agotado. Seguro una de las habitaciones no está ocupada por alguna de mis chicas y nos encargaremos de despertarte a una hora para que estés lo suficientemente despierto como para empezar a trabajar después de haber llenado tu estómago de algo de comida. 

Levantó una mano y chasqueó los dedos. Un pequeño hombrecito se acercó a nosotros. Me llegaría más o menos por la cintura y parecía al lado del viejo Billy Stuart su hijo pequeño. 

- Lleva a Thomas hasta la habitación que esté libre, cérrala y déjale descansar, que nadie le moleste y si la dueña de la habitación aparece también se lo dices, ¿está bien? ¡Vamos! -ordenó al chico y luego me miró-. Descansa muchacho -sonrió y me dió una palmada en la mejilla pero su mano enorme abarcaba todo el lateral de mi cara. 

Por un momento creí quedarme sordo y después seguí al pequeño hombrecito que me guiaba hasta las escaleras y buscaba la habitación que estaba vacía. 

Al fondo del pasillo de aquellas puertas rosáceas estaba una puerta ligeramente abierta, allí no había nadie. 

Entré dentro y sin pensarlo más me tumbé sobre la cama para intentar conciliar un sueño, un sueño que sería tormentoso después de los momentos vividos hoy.

Mi camino hasta ti
Capítulo 120. Dulce tentación III


Me desperté cuando los gritos eran atronadores y las risas subían desde el piso de abajo. Froté mis ojos con mis dedos intentando así conseguir recuperar al fin el enfoque que debían tener para no ver todo como una mancha borrosa. 

Me incorporé en el colchón escuchando de él un débil crujido. No había sido tan difícil después de todo conciliar el sueño después de toda aquella frustración, estrés o lo que fuese que se me hubiese amontonado al fin y al cabo no era consciente de todo lo que sentía en momentos como ese. 

Suspiré mientras seguía escuchando algunos gritos entre música y ruidos de sillas arrastradas por el suelo moviéndose de un lado a otro. 

Me acerqué a la puerta y abrí lentamente el picaporte mientras miraba para todos lados. 

En el pasillo no parecía haber nadie y salí con cautela de la habitación con mi mirada fija en la puerta para no hacer demasiado ruido por si molestaba o algo. 

- Vaya, ya has despertado -dijo una voz femenina a mi espalda y me sobresalté saltando hacia un lado girando mi rostro para observar a la mujer que me había hablado. 

Sus ojos marrones me miraron sorprendida por reacción pero también por algo más que no supe distinguir hasta que volvió a hablar. 

- Vaya, vaya.. pero si eres un yogurín -rió y acarició mi mejilla-. No te preocupes monada puedes pasar solo en mi cuarto el tiempo que quieras.. y si quieres compañía solo dime ¿eh? -se mordió su labio inferior, me guiñó un ojo y entró en su habitación. 

Me quedé en estado de shock durante unos minutos. ¿Qué había sido eso? ¿Me había tirado los tejos? No podía creer que perdiera su tiempo en calentar a un chiquillo recién despierto. Mis hormonas siempre están revolucionadas y por muchos deseos que tenga debía contenerme para que así pudiese trabajar en aquel lugar tan solo eso, trabajar. 

Caminé por el pasillo y bajé las escaleras mirando como todo estaba lleno a rebosar de personas que aún no habían consumido suficiente. Tan solo era la hora de la comida por lo que mucho no había dormido después de todo. 

La música y las risas seguían siendo muy altas para esas horas pero los trabajadores de la fábrica comenzaban a embriagarse para olvidar lo sucedido, para perder de su memoria el despido que les había destrozado la vida. 

Pasé al lado de muchos de ellos que les contaban las penas a alguna de las chicas que allí trabajaban. 

Escuchar sus pesares aunque fuese de pesada me hacía recordar de nuevo el mío propio pero que parecía haberse resulto un poco con aquel nuevo trabajo aunque desconocía algo importante. ¿Cuánto me pagarían? 

Me dirigí hacia la barra donde vi al viejo Billy Stuart que me hacía gestos con el brazo para que me acercase a donde estaba. 

- ¿Qué tal has dormido, chico? -sonrió mientras apoyaba sus brazos en la barra. 

- Bien -me encogí de hombros mientras miraba el plato de comida que me ponían delante. 

- Adelante, chaval. No te cortes. Come todo lo que quieras -sonrió mirándome y me dio una palmada en el hombro tan fuerte que pensé que me caería al suelo. 

Rió sonoramente al ver mi inestabilidad momentánea y conseguí sujetarme a algo para no caerme. Comí sin ni tan siquiera mirar lo que había en el plato y después noté la mirada del viejo Stuart en mí. 

- Vamos a hablar con las chicas -sonrió y caminó hacia las jóvenes que empezaban a acercarse a la barra.

Mi camino hasta ti
Capítulo 121. Dulce tentación IV


Me giré para ver a las cuatro chicas que vestían de manera despampanante. Sus vestidos dejaban poco a la imaginación ya que los escotes se encargaban de hacer visibles aquellos hermosos senos que con un movimiento brusco sabía que se saldrían de su posición.

Cada una de ellas tenía un tono diferente de cabello. Una morena con el pelo largo y tocados rojos de plumas en su cabello no era la más agraciada de todas. Poseía un lunar en su labio superior que parecía atraer a los hombres por lo poco común. Ella fue la primera que me presentó el viejo Stuart. 

- Natalie, Nicole, Cameron y Dulce éste será vuestro nuevo guardaespaldas -rió sonoramente-. Tendréis que tenerle en cuenta porque él se encargará de ayudaros en vuestros problemas con los clientes ¿está bien? 

Los ocho ojos de las jóvenes se posaron en mí. Supe que había dicho los nombres en orden por lo que podía entender que Nicole era la chica castaña con unos labios siempre pintados de rojo pasión pero que no le quedaban en absoluto bien. 
Cameron era la joven rubia con el pelo corto. El rosa parecía ser su color ya que todo lo que llevaba en ese momento todo era de la misma tonalidad. 
Dulce tenía un pelo de una tonalidad como nunca lo había visto. Sus cabellos eran rojos como los labios de Nicole. 

Todas me sonrieron mientras me miraban de arriba abajo. Les miré ligeramente sonrojado ya que jamás unas mujeres me habían analizado de aquella manera. 

Miré al viejo mientras él estaba pendiente de la hora. En poco tiempo el lugar estaría completamente lleno hasta las tantas de la noche, hasta que sus cuerpos aguantasen o hasta que amaneciese. 

- Chicos y chicas a vuestros puestos, es la hora y en poco llegarán los clientes habituales - anunció y me tomó del hombro para separarme de las chicas. 

Caminamos unos cuantos pasos hacia la barra de nuevo y me miró fijamente. Permaneció en silencio mientras respiraba profundamente como dispuesto a decir un gran discurso. 

- Chico, si tienes cualquiera problema no dudes en pedir ayuda a cualquiera que sea más fortachón que tú o que veas con una pistola, ¿entendido? No tengas vergüenza, no será ninguna deshonra -dijo bastante despacio y después las puertas se abrieron.

Ambos las miramos y vimos como todos los que podían considerarse clientes frecuentes entraban y comenzaban a pedir en la barra bebidas demasiado fuertes para comenzar pero su hígado debía estar ya tan dañado que seguramente estarían acostumbrados a que el alcohol quemase sus gaznates y sus estómagos a todas horas. 

Suspiré y me preparé para que dentro de poco tuviese que enfrentarme a borrachos que deseasen sobrepasarse con señoritas que se dejarían hacer de todo una vez que hubiesen subido las escaleras. ¿Ilógico? Sí pero ¿qué importaba? Tenía trabajo, podría llevar dinero a mi casa y aquello si debía tenerlo en consideración ya que así sería capaz de poder comprar lo que mi madre necesitaba para alargar su vida unos pocos años más.

Mi camino hasta ti
Capítulo 122. Dulce tentación V


Poco tiempo pasó para que aquellos hombres borrachos comenzasen a pedir los servicios de las jóvenes que paseaban por las mesas intentando así saber quien no quitaba los ojos de encima a alguna para saber de donde podrían sacar al primer cliente. 

Veía como las mujeres se sentaban en el regazo de los hombres y estos subían sus manos por las faldas de ellas mientras besando sus pechos, sus bocas o incluso el escote. 

Debo reconocer que me hubiese gustado estar en el lugar de alguno de ellos ya que jamás había visto una mujer desnuda y menos tocarla de aquella manera. Toda mi vida había estado concentrado en el trabajo, trabajo y más trabajo y lo único a lo que había llegado a rozar era por encima de la ropa sin pasar de la cintura. 

Miraba como iban subiendo un hombre tras otro junto a las mujeres. Después de una hora a la sumo salían los mismos que habían entrado arreglándose las ropas. 

Mi trabajo parecía bastante sencillo. Miraba quién había pagado antes de subir y si no le recordaba que debía hacerlo. Salvo alguna frase como "aguafiestas" o "vamos, chico no puedes hacer la vista gorda" no había tenido problemas por el momento. 



Esa misma noche cuando yo pensaba que los problemas no iban a aparecer me encontré con uno que jamás imaginaría tener que solucionar. 

Por las puertas de la cantina entró una mujer. No era extraño que lo hiciese, algunas de hecho iban allí para bailar con hombres que no eran sus esposos pero no subían nunca al piso de arriba ni les dejaba que tuviesen comportamientos inapropiados. En cambio aquella tenía algo especial. 

Llevaba puesto un abrigo elegante y parecía que había salido con un simple camisón bajo su chaquetón. Miraba para todos lados mientras las lágrimas parecían brotar de sus ojos. Su cabello rubio se movía junto a su rostro y no pude evitar quedarme embelesado ante tanta belleza. 

Sus ojos tan solo se posaron un segundo sobre mí pero sentí como mi corazón se aceleró. ¿Qué me estaba pasando? 

En ese preciso instante un hombre bajaba del piso de arriba. Se colocaba la ropa después de haber pasado dos horas junto a Nicole. 

Ella se percató y parecía ser a quien buscaba ya que caminó tan aprisa como le fue posible hacia él poniéndose aún más furiosa. 

- ¡Ni tan siquiera la noche de bodas puedes dejar de venir a este lugar! -gritó furiosa mientras el hombre la miraba algo perplejo. 

- ¿Cómo sabes que estaba aquí? 

- ¡No fue muy difícil de adivinar cuando George vino a buscarte! 

Las lágrimas seguían recorriendo las mejillas de la mujer que estaba a escasos metros de mí. 

Levanté un solo instante mis ojos de ella para darme cuenta que el viejo Billy Stuart me pedía que la sacase a ella de allí para que no armase tanto escándalo. 

Suspiré, me acerqué a ella con cuidado. 

- Disculpe, señorita -murmuré-, ¿le importaría acompañarme a la salida? 

- ¡No! -dijo sin mirarme mientras intentaba seguir chillando a su marido. 

No sabía que hacer pero su marido fue el que optó por sacarla del lugar tomándola por la cintura subiéndosela al hombro mientras ella pataleaba para que la dejase en el suelo. 

Les seguí sin poder evitar mi curiosidad y comprobé como fuera en la calle el comportamiento de él era diferente. 

- ¡Lárgate de aquí! ¡Hago lo que quiero! ¡Esto es muy normal y tú no tienes porqué escandalizarte de esa manera! -le chilló. 

- ¡Ni tan siquiera te importa que sea nuestra noche de bodas! ¡Ni me has tocado! -gritó ella. 

- ¡Por qué no hay nada que tocar! ¡Recuerda porqué nos casamos! 

- ¡Eres un idiota! 

Sin que nadie pudiese imaginarlo, él levantó su mano y la golpeó hasta dejarla tirada en el suelo. 

La cólera pudo conmigo. ¿Cómo aquel hombre era capaz de semejante vejación? 

En el momento que volvió a levantar su mano para golpearla de nuevo no pude evitarlo. Salí del lugar y tomé el brazo del hombre alejándolo de aquella pobre mujer. 

- ¿Qué te crees que haces?

- No permitiré que pegue más a esta mujer. 

- Mira por donde te salió un defensor, Jeanne -rió aquel estúpido hombre mientras volvía a entrar al local. 
  



Mi camino hasta ti 
Capítulo 124. Dulce tentación VI


Giré mi rostro para mirar a la joven mujer que había sido maltratada delante de mí por su marido. 

Su mano estaba sobre su boca mirando si aquel estúpido hombre la había hecho sangre. 

- ¿Está bien? -pregunté al ver que casi ni se movía a pesar de estar en el suelo. 

- Sí, no se preocupe -murmuró e intentó levantarse sola. 

Vi como se tambaleaba por lo que la agarré de su brazo y de la cintura para ayudarla. Ella por primera vez levantó la mirada hacia mis ojos mientras la incorporaba. 

Sus ojos azules eran tan hermosos como toda ella. Parecía una diosa. No podía comprender como su marido no era capaz de ver que era lo mejor que podía haberle pasado en la vida. 

- Muchas gracias -dijo dejando de mirarme a los ojos. 

Para ella era fácil pero para mí no. Era tan sumamente preciosa que no era capaz de comprender como alguien teniéndola podía preferir estar con otra mujer que no podía ser nada más que la mitad que aquella belleza. 

Suspiré mientras aún la tenía agarrada de la cintura. Mis manos me ardían al sentir su tacto aunque fuese por encima de aquel abrigo que era capaz de darme su calor a pesar de lo grueso que era. 

Ella no dejaba de mirarse su labio del cuál pude comprobar como salía un poco de sangre. 

- Debería curarse eso en su casa -puntualicé. 

Sus ojos volvieron a posarse sobre los míos lo cuál agradecí infinitamente aunque mi corazón comenzaba a desbocarse. 

- Sí, gracias -contestó. 

Después miró a la puerta y suspiró. Se separó de mí caminando por la calle hacia la que era su casa. Tenía deseos de seguirla ya que cualquiera podría hacerle algo de noche y sola. 

- ¡Muchacho! -gritó el viejo Billy desde dentro. 

Giré mi rostro y le miré sabiendo que me pediría que volviese dentro así que comencé a caminar hacia la puerta. 

- ¿Qué te crees que haces? Vamos, ve con ella que por tu cara sé que quieres hacerlo. Vamos.. 

- Pero.. ¿y mi trabajo? -pregunté sin entender lo que estaba diciendo. 

- Chico, yo también he sido joven y sé que esa chica te a calado hondo por tu forma de mirarla. Ve tras ella y asegúrate que está bien. El cabrón de su marido ha subido de nuevo así que tienes como otras dos horas -me guiñó un ojo. 

No era consciente de lo que me estaba diciendo pero sin pensarlo más corrí detrás de ella para no perderla de vista. Durante mi carrera vi algo brillante y comprobé que era un pendiente. ¿Podría ser de ella? No lo sabía pero si podía usarlo como excusa para volver a acercarme a ella. 

- Disculpe, disculpe -elevé un poco la voz para que ella me escuchase. 

Giró su rostro haciendo que sus cabellos rubios se moviesen de una manera realmente hipnótica. 

- ¿Si? -preguntó mientras me acercaba a ella dejando de correr. 

- He visto este pendiente en el suelo -levanté mi mano y le mostré el pendiente en mi palma-. ¿Es suyo? 

- Oh -dijo sorprendida mirando mi mano-. Sí, es mío, muchas gracias. 

Levantó su mano y tomó su pendiente rozando con sus dedos la palma de mi mano. Sentí como por mi columna mil y un sensaciones la recorrieron en forma de escalofrío. 

Me sonrió levemente y volvió a girarse para continuar su camino. 

- Esto.. ¿le importa que la acompañe? -pregunté sintiendo como las mejillas se me encendían. 

Volvió a girar su hermoso rostro hacia mí y me miró fijamente unos instantes con sus facciones serias. 

- ¿Por algún motivo en especial? Si mi marido le ha dicho que se asegure de que no vaya a volver a aquel lugar a montarle un numerito no tiene ni que preocuparse por ello -contestó bastante seca. 

- No, no.. en absoluto -comencé a balbucear-. Es tan solo que bueno.. me... me gustaría saber que llega sana y salva. Eso es todo. 

Levantó una ceja sin comprender pero después suspiró. Asintió levemente y retomó su camino. 

Ella parecía una mujer con dinero por lo que no entendía como no tenía el carruaje para que la llevase a algún lugar.

Mi camino hasta ti
Capítulo 125. Dulce tentación VII


Al llegar a su casa no lo podía creer. Sabía que era rica pero no tanto. Aquella era un enorme mansión. 

Su mayordomo no tardó nada en salir para abrirla. 

- Muchas por acompañarme, joven -murmuró la maravillosa mujer que tenía a mi lado mirándome a mi rostro-. Ya puede marcharse. 

- Eh..yo..no hay de qué -suspiré y metí mis manos en mis bolsillos mientras giraba mi cuerpo para volver a la cantina por el mismo lugar. 

En ese momento sentí una mano que agarraba mi brazo. Giré mi rostro y encontré aquellos ojos azules tan hermosos mirándome. 

- Gracias por haberme defendido. No sé que hubiese pasado si no hubiese salido a parar a mi marido -susurró algo triste. 

Se acercó a mí y besó mi mejilla haciendo que sintiese como si sus suaves labios me quemasen con su pequeño roce. 

- Señora Stevens -dijo el mayordomo. 

Ella se giró al escuchar su nombre y caminó hacia él. El hombre canoso mantuvo la puerta abierta para su señora pero rápidamente comenzó un diálogo. 

- Señora, tenemos un problema -susurró. 

- ¿Cuál Gastón? -preguntó ella sin ni tan siquiera mirarle. 

- El joven que cuida de su caballo se ha ido. Dijo que su marido le golpeó y que le acusó de ciertas cosas que no había hecho por lo que no tiene a nadie que cuide de su pura sangre Eleazar -dijo mientras se iban alejando llegando a la puerta de la casa haciéndome más difícil que pudiese seguir escuchando la historia. 

Suspiré y comencé a caminar hacia la cantina de nuevo al saber que lo que estaba haciendo allí era espiar. 

¿Volvería a verla? ¿Volvería a saber de aquella mujer que sentía como si me hubiese robado el corazón con tan solo una mirada? ¿Por qué era tan idiota de enamorarme de una mujer casada si es que lo había hecho? 

Sí, siempre me había dicho mi madre que el amor tenía que ser con el tiempo pero ella también se enamoró de mi padre nada más conocerle y no le importaron más tarde los defectos que tenía. 

- ¡Ey! ¡Chico! -gritó una voz femenina detrás de mí. 

Me giré mientras veía como aquella mujer tan perfecta como prohibida se acercaba a mí corriendo. 

Sonrió levemente mientras tomaba aire llegando hasta mi posición. 

- Me gustaría preguntarle algo -dijo mientras aún recuperaba el aliento. 

- Claro -asentí sin dejar de perderme en sus preciosos ojos-. Pregúnteme lo que quiera. 

- ¿Trabaja en la cantina? Verá es que acabo de quedarme sin mozo para que cuide a mi hermoso caballo Eleazar y me preguntaba si usted sabía algo de caballos o le interesaba el trabajo -dijo como si fuese lo más normal del mundo. 

¿Sé estaba dando cuenta de que me estaba abriendo el más hermoso de los paraísos permitiéndome estar a su lado o saber de ella? 

- Yo.. bueno.. esto.. -no sabía como contestarle que me encantaba que lo haría hasta gratis si era necesario. 

- Pago muy bien. ¿Qué le parecen veinte dólares semanales? -sonrió sin dejar de mirarme. 

- Wow ¿tanto? -sonreí. 

Aquello era el doble de lo que había ganado siempre en tan solo un mes. No podía creer que ella fuese capaz de darme en un mes lo que tardaba normalmente cuatro en ganar. 

- Por supuesto, cuente conmigo. 

- Muchas gracias -sonrió ampliamente-. Verá. Quiero que esté a las siete de la mañana a ser posible en el establo donde Eleazar descansa. Puede preguntarle a Gastón si es tan amable de guiarle dudo que tenga algún problema. Después si que debo advertirle que el cuidado de mi caballo no es como el de otros, requiere prácticamente las veinticuatro horas a mi disposición. ¿Podrá entonces trasladarse usted a la casa que hay sobre el establo para vivir? 

Estaba pidiéndome que viviese cerca de ella. Estaba en éxtasis por lo que tan solo pude asentir. Ya no me importaba la cantina del viejo Billy Stuart, ya no me importaba nada. Podría llevar conmigo a mi madre seguramente a una casa mejor y mis hermanos pequeños. Era indiscutible. Aquella mujer era un verdadera ángel.


Mi camino hasta ti
Capítulo 127. Dulce tentación VIII


La miré y después me percaté que ese labio se estaba hinchando considerablemente.

- Tiene que ir a curarse eso -musité sin poder dejar de mirar sus hermosos labios que aún hinchados atraían a besarlos para no soltarlos nunca. 

- ¡Oh! es cierto -puso su mano sobre sus labios haciendo que los míos envidiasen a sus finos dedos. 

- ¿Puede curarse usted sola o ...? 

- Sí, sí, no se preocupe -sonrió con cuidado para no hacerse daño-. Espero verle mañana a primera hora. Cuídese. 

La miré completamente embobado cuando se giraba y caminaba moviendo sus caderas de un lado a otro de regreso a su casa. 

Era una mujer tan sumamente deseable que todo lo que la rodeaba la hacía parecer infinitamente perfecta. 

Sí la deseaba con todo mi ser pero como un hombre desea a una mujer no como un hombre desea nada más que descargar sus hormonas. 














Después de hablar con Billy Stuart el cuan entendió sin problema que no fuese a trabajar más en aquel lugar. Volví a mi casa con algo de dinero que me había dado el dueño de la cantina ya que le debía más de un favor a mi padre cuando el estaba vivo y quería compensarlo de alguna manera si podía. 

Cuando regresé a mi casa mi madre aún estaba despierta y preocupada. 

- ¿Thomas? ¿Dónde has estado todo este tiempo? -dijo entre toses. 

- Madre, ¿qué hace aquí? -suspiré al ver que estaba en el salón a aquellas horas y no en su cama-. Debería estar descansando. 

- Estaba preocupada por ti, Thomas -musitó y volvió a toser. 

- No debería preocuparse por mí, madre -susurré para no despertar a mis hermanos que dormían donde podían. 

Tomé a mi madre en brazos y caminé con ella esta su habitación. La dejé sobre la cama y la tapé bien para que no cogiese más frío del que ya tenía. 

- ¿Dónde has estado? -suspiró mientras cogía lo que podía de aire. 

- Madre no se preocupe -sonreí-. Hubo un problema en la fábrica como usted dijo y bueno tuve que ir a pedir otro trabajo, pero antes de que se agobie déjeme decirle que encontré un trabajo mucho mejor donde me pagarán en un mes lo que me pegaban en la fábrica en cuatro meses. 

- ¡Oh! ¿Hijo mío hablas en serio? -preguntó mientras se tapaba la boca con una de sus manos. 

- Sí, madre. Una mujer muy amable y rica se quedó sin mozo para su establo y me pidió que fuese su sustituto. También tendré que vivir allí pero preguntaré si puedo llevaros a todos para que así no estén solos en esta casa. Imagino que no tendrá inconveniente -sonreí y después besé su fría frente-. Descanse madre. Prometí que les cuidaría y es lo que siempre haré. 

Salí de su habitación y pasé al lado de las improvisadas camas de mis hermanos. Les tapé a todos y cada uno y después me dirigí hacia la pequeña cuna donde se encontraba la benjamina. Cassie era su nombre y yo adoraba a mi pequeña hermanita. 

Cuando llegué estaba con sus ojos grises abiertos de par en par como si no pudiese conciliar el sueño. 

- Hola pequeña -susurré sonriendo y vi como ella comenzaba a soltar una pequeña carcajada. 

La tomé entre mis brazos y besé su naricita mientras ella tomaba la mía con una de sus manitas no pude evitar reír bajito. 

Era tan hermosa y graciosa. La quería muchísimo. La besé la frente y miré si había que cambiarla. 

- Creo princesita que usted se va a venir conmigo a dormir porque no parece querer descansar solita -reí bajito y ella comenzó a aplaudir como si supiese de lo que le estaba hablando. 

Caminé hacia mi cama y le dejé con cuidado entre las sábanas, después me quité la camisa y los pantalones y me metí entre las sábanas también. Tomé una de sus manitas y comencé a cantar muy bajito su nana preferida mientras la pequeña Cassie cerraba sus ojitos quedándose dormida. 

Besé su manita y cerré mis ojos para descansar las pocas horas que pudiese hasta que tuviese que volver a ver a la hermosa mujer que me había salvado a mí y a mi familia.

Mi camino hasta ti
Capítulo 128. Dulce tentación IX


Me desperté lo más temprano que pude y sonreí al ver como la pequeña Cassie aún descansaba entre las sábanas de mi cama. Besé dulcemente su frente y pude comprobar como una pequeña sonrisa se dibujaba en su angelical rostro. 

Me levanté y después la tomé entre mis brazos. Caminé hacia su cuna y la dejé en ella. Odiaba tener que dejarla para irme a trabajar a otro lugar pero tenía que hacerlo. 

Moví la cuna y le dejé al lado de la cama de mi madre. Suspiré y me vestí rápidamente. Tomé un poco de agua que eso simbolizaba mi desayuno y subí con otro vaso de agua dejando las pastillas de mi madre preparadas en su mesilla de noche. Luego bajé y me despedí con un beso en la frente de mis hermanos. Si no salía pronto llegaría tarde a la casa de mi nueva jefa. 

Salí corriendo. Faltaban apenas cinco minutos y no deseaba llegar el primer día tarde. Quería al menos que ella tuviese una buena impresión de mí. No me importaba que tuviese marido. 

Llegué a la hora en punto a la puerta y el mayordomo me abrió. 

- Buenos días, joven. ¿En qué pudo ayudarle? 

- Soy el nuevo mozo para la señora de la casa. Trabajaré en el establo -contesté. 

- ¡Oh, vaya es usted! Sígame. Los empleados jamás pueden pasar por la puerta principal -salió de la casa y me guió hasta la puerta del establo que estaba unos metros más allá. 

Entré y vi todo lleno de paja. Sonreí al ver el hermoso ejemplar pura sangre que descansaba en aquel lugar. 

- Es precioso -susurré. 

- Es de la señora como ya sabes. Ella aparecerá dentro de poco por aquí. Nunca te refieras a ella de otra manera que no sea señora y no toques su caballo hasta que ella te dé luz verde -me dijo mirándome fijamente. 

Le miré y asentí. Obedecería todo lo que me dijesen ya que aquel trabajo me estaba salvando la vida. 

- La señora también me dijo que te mostrase la que será tu casa de ahora en adelante hasta que decidas irte o los señores no quieran más tus servicios. 

Me hizo un gesto y me guió escaleras arriba hasta una casa perfectamente amueblada en el piso superior. A pesar del olor a establo la casa era increíblemente perfecta y al olor uno siempre podía acostumbrarse. 

- Señor, creo que debería bañarse y cambiarse antes de ver a la señora -dijo mirándome fijamente mientras miraba las distintas habitaciones de la casa maravillado. 

- Por supuesto. ¿Sabe cuanto tardará la señora? -le pregunté. 

- No mucho pero el suficiente para un baño y que se cambie de ropa -dijo fríamente-. Le dejaré solo. 

Asentí y cuando desapareció me metí en el baño. Me desvestí rápidamente y comencé a bañarme con el agua que estaba en la bañera. Seguramente ya la habían preparado para mí. 

Jamás me había dado un baño semejante. Era increíble poder tumbarse en un bañera enorme en la que podría quedarme hasta a dormir de lo cómoda que era. 

No quería terminar de bañarme por eso lo hacía lentamente. Pasaba el jabón por mi torso y también me lavé el cabello para estar lo más limpio posible. 

Salí de la bañera y me puse una toalla alrededor de mi cintura para que me cubriese mientras iba a buscar algo de ropa. ¿Tendía la suerte de que en el armario que había visto en la habitación hubiese ropa para mí? 

Caminé hacia ella y abrí la puerta del armario encontrándolo completamente lleno. Me había tocado un milagro a mí, no podía creerme lo que estaba viendo. 

- ¿Hay alguien ahí? 

Escuché su voz, su hermosa voz y me giré para verla. Allí estaba en el cerco de la puerta mirándome. Ella seguía tan perfecta como el otro día.

Mi camino hasta ti
Capítulo 129. Dulce tentación X


No pude evitar quedarme mirándola como un bobo mientras ella me observaba con cara de sorpresa y después se sonrojaba rápidamente. ¿Qué le pasaba? ¿Por qué estaba comenzando a tener su color de piel de un rojo encendido? 

Miré abajo y me di cuenta que tenía solamente una toalla cubriendo mi cuerpo. Sentí como me ruborizaba también mientras ella salía de la habitación tapándose la cara con las manos sumamente avergonzada. 

No podía comprender como había pasado. Estaba en shock y no sabía si podría mirar a aquella hermosa mujer de nuevo a la cara ya que solo sería capaz de recordar ese momento. 

Suspiré y me sequé rápidamente. Después me puse la primera ropa que encontré y salí de la habitación buscándola. 

No estaba por la casa así que bajé al establo y allí la encontré. Realmente hermosa acariciando las crines de su pura sangre. Me acerqué silenciosamente a ella. 

- Buenos días -musité. 

- Buenos días -contestó ella mirando al caballo. 

- ¿Cómo está? -pregunté deseoso de saber si su marido le había hecho algo más. 

- Muy bien. Gracias por preguntar -dijo secamente pero aún podía ver como sus mejillas seguían enrojecidas. 

Suspiré. Sabía que no volvería ella a mirarme nunca. Detestaba que eso fuese así por lo que decidí mirar a su pura sangre. 

- Está bien. Le explicaré los cuidados que quiero para Eleazar pero me gustaría a ser posible saber su apellido al menos. 

La miré de nuevo y asentí. Respiré hondo para no ponerme tan nervioso por escuchar tan solo aquel canto de ángeles que me parecía su voz. 

- Me llamo Thomas Williams -contesté mientras caminaba hasta el otro lado del caballo peinando sus crines. 

- Perfecto entonces señor Williams. Yo me llamo Jeanne Laura Stevens -dijo mientras me miraba desde el otro lado del caballo. 

Crucé mi mirada con la suya y noté como volvía a sonrojarse. Pasé por debajo del cuello del caballo y me acerqué cuanto pude a Jeanne. Tomé una de sus manos y deposité un besito en sus nudillos. 

Su piel era tan suave y cálida que no pude evitar quedarme prendado de su tacto. Era infinitamente perfecta. 

Levanté mi mirada para encontrarme con sus ojos sorprendidos fijos en mí. 

- Encantado, señora -musité. 

- Lo mismo digo -susurró y después se separó de mi con sus mejillas completamente encendidas. 

Suspiré. ¿Por qué me costaba controlarme tantísimo cn aquella mujer? Mis manos solo querían abarcar su cintura pero era obvio que no debían hacerlo. Ella estaba casada y no quería intentar algo donde tan solo sufriría por un amor imposible. 

- Está bien, señor Williams. Quiero que cuide de Eleazar. Su trabajo es sencillo. Eleazar tiene que ser montado al menos una vez al día. Normalmente yo suelo montarlo pero si no es así deberá hacerlo usted. Debe aprender a ensillarlo correctamente porque no quiero que sufra ni un solo momento. Debe encargarse también de su cuidado, limpieza y demás -me miró fijamente mientras acariciaba con dulzura la cabeza de Eleazar-. Le agradecería muchísimo que le cuide como si fuese suyo porque es lo más importante que tengo. 

Jeanne volvió a mirar los ojos azabache del caballo que la miraba como si realmente la estuviese escuchando, como si comprendiese todo lo que había dicho. 

Su dueña le regaló una hermosa sonrisa y un beso en su cabellera. Me miró después y se acercó a mí. 

- Disculpe por haber pasado a su casa sin deber -susurró completamente sonrojada-. No se preocupe no vi nada y considero que sería mejor olvidarlo. 

- Claro, no se preocupe por eso. Pero me gustaría hablar con usted otra cosa -musité mirando fijamente aquellos hipnóticos ojos. 

- Dígame -fijo frunciendo ligeramente su entrecejo de manera que estaba pensativa. 

- Verá. Me gustaría saber si podría traer aquí a mi familia para que viviesen conmigo. 

Suspiró y se quedó un instante pensativa. 

- Deje que hable con mi marido. Le daré una respuesta pronto -asintió y volvió a mirar a su caballo. 

¿Su marido decidiría? Entonces estaba más que claro que no dejaría que mi familia viniese conmigo.

Mi camino hasta ti
Capítulo 130. Dulce tentación XI


Caminó hacia donde se encontraba la silla de montar de Eleazar e intentó cogerla para ponérsela. Parecía demasiado pesada para ella por lo que corrí hasta donde estaba y la agarré en su lugar. Era cierto, pesaba bastante. 

- Gracias -musitó Jeanne y volvió a dirigirse hasta su cabello. 

Puse la silla sobre el lomo del corcel y comencé a atarla y sujetarla siguiendo las instrucciones que Jeanne me daba. Parecía sencillo así que imaginé la próxima vez podía hacerlo yo solo sin problemas. 

Me incorporé y Jeanne sonrió al ver que estaba perfectamente sujeta. Puso un pie en uno de los estribos y se subió ágilmente sobre el lomo del hermoso ejemplar. 

Agarró las riendas del caballo y este elegantemente comenzó a caminar. Su señorío era extraordinario y Eleazar parecía una prolongación de Jeanne. Simplemente ambos parecían uno. Era increíblemente hermoso ver aquello. 

No pude evitar quedarme embobado mirando la escena. Jeanne cabalgaba con aquel pura sangre levantando un viento por la velocidad que hacía que los cabellos platinos de la amazona se moviesen como el envidiable viento desease. Rozaban sus mejillas, sus labios, su sonrisa.. esta última no se borraba nunca mientras estaba sobre su corcel. 

Diosa. Esa era la única palabra que podía definirla. Mi corazón estaba prendado de su hermosura. Necesitaba verla cada segundo de mi vida de eso ya estaba seguro. ¿Por qué era tan estúpido de enamorarme de la princesa de otro? 

Puse mi frente contra la madera del establo sin poder dejar de contemplar semejante milagro. 

Eleazar y Jeanne se alejaron un poco pero mi vista estaba fija en ellos. De vez en cuando paraban y la grácil amazona acariciaba el cuello del pura sangre. Le tenía la mayor de las envidias. Un animal podía disfrutar de aquel maravilloso tacto, tan cálido y suave. 

Aún podía sentir su mano rozando la mía. Como mi piel se había erizado por ese sutil contacto que había conseguido que los latidos se disparasen como jamás lo habían hecho. 

- ¡¡JEANNE!! -escuché que alguien gritaba. 

La susodicha giró su hermoso rostro hacia aquel que la había llamado. Sonrió levemente por lo que no pude evitar saber quien había conseguido sacarle esa hermosa sonrisa. 

Era él. Su marido, aquel cabrón que la había pegado delante de mí y aún no la había hecho su mujer como ella lo merecía. 

Vi como una enorme sonrisa recorría el rostro de aquel hombre y estiraba los brazos hacia la preciosa amazona que sin pensarlo dejaba que su marido la tomase de su diminuta cintura para bajarla del caballo en el que había estado sentada todo aquel tiempo. 

Estuvieron hablando un momento y después vi como sus labios se fusionaron en un beso que me volvió loco. ¿Cómo se atrevía después de haberla despreciado de aquella manera a besarla? Ella debería odiarle por lo que le había hecho pero aún continuaba como una esposa dócil al lado de su marido. 

En ese momento ambos me miraron mientras mi mandíbula se apretaba y mis puños también. 

- ¡SEÑOR WILLIAM! -gritó aquel odioso hombre e hizo un gesto para que fuese hacia ellos. 

Caminé tan rápido como pude intentando contener el odio que le tenía. 

- Chico -sonrió y puso su mano en mi hombro-, llévate al caballo a su lugar. La señora y yo tenemos cosas que hacer -rió y tomó en brazos a su mujer mientras ella se sonrojaba muchísimo al escucharle. 

La miré una última vez. Ojalá yo fuese capaz de sacar aquella hermosa sonrisa de ella. Suspiré y después tomé las riendas de Eleazar llevándole al establo mientras Jeanne y su marido se alejaban de camino a su casa.
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Capítulo 131. Dulce tentación XII


Recogí a Eleazar en su cubículo para que descansase y comiese el pienso que pondría poco después en su lugar. Miré la majestuosidad que tenía aquel ejemplar y suspiré al recordarme tanto a su hermosa amazona. 

Acaricié las crines del caballo mientras este relinchaba dándome las gracias por alimentarle. 

Me apoyé en un trozo de madera mirándole fijamente como si no tuviese nada mejor que hacer y la verdad no lo tenía pero contemplarle me hacía más fácil imaginar a esa hermosa mujer que me había robado el corazón. 

- ¿Interrumpo? 

Me giré rápidamente al escuchar la melodía que mis oídos habían querido seguir escuchando hasta que su odioso marido se la llevó. 

- No, en absoluto -musité mientras contemplaba la sonrisa me regalaba. 

- ¿Cómo está mi precioso corcel? -sonrió ampliamente mientras acariciaba las orejas de aquel caballo con suerte. 

Le miró durante unos segundos y me di cuenta que parecía estúpido estando allí tan solo observando cada gesto que Jeanne hacía. 

- Estaré arriba si necesita cualquier cosa, señora -musité y caminé hacia las escaleras después de hacer una pequeña reverencia. 

Subí unos cuantos escalones hasta que noté como unos tibios dedos se posaban sobre mi antebrazo. Giré mi rostro y vi sus hermosos ojos azules mirarme fijamente. 

- ¿Podemos hablar? -preguntó mientras sus mejillas se sonrojaban considerablemente. 

- Por supuesto, señora -asentí-. Usted dirá. 

- ¿Podríamos dejar de llamarnos de usted mientras no esté mi marido? Me resulta bastante incómodo. 

- Como desee -me encogí de hombros- no tengo inconveniente. 

- Llámame Jeanne, por favor -sonrió mientras se ponía a mi misma altura. 

- De acuerdo, Jeanne. Llámame Thomas. 

- Es un nombre precioso -sonrió más ampliamente mientras sentía como se ruborizaba de nuevo. 

Deseaba acariciar sus hermosas mejillas y preguntarle porqué motivo se estaba sonrojando pero debía controlarme, al fin y al cabo solo era un empleado para ella. 

Jeanne se sentó en el escalón y tomó mi mano para que me sentase a su lado. Lo hice mientras disfrutaba de su suave tacto en mi mano. 

- Cuéntame algo de ti, Thomas -sonrió y me arregló el cuello de la camisa que parecía no estar precisamente en su lugar. 

- Eh, yo.. bueno -me rasqué la nuca indeciso al no saber qué podía contarle-. Soy el primogénito de mi familia. Sí, tengo a mi cargo a todos mis hermanos y a mi madre ya que mi padre falleció hace tiempo. 

- ¡Oh, eso es horrible! -exclamó mientras apretaba levemente mi mano en señal de consuelo. 

- Supongo -suspiré y discretamente retiré mi mano de entre las suyas ya que sabía que si no lo hacía podría hacer algo de lo que me arrepentiría. 

- ¿Por qué tienes a tu madre a tu cargo? -preguntó mirándome fijamente. 

Desvié la mirada a Eleazar para intentar controlar los deseos irrefrenables que crecían en mi interior. 

- Mi madre está enferma. Tengo que trabajar para que así tengamos dinero para sus medicamentos y también para la comida de mis hermanos. La casa es fría pero acogedora por lo que ella está mejor allí que deambulando por las calles para encontrar empleo -contesté. 

- ¿Qué enfermedad tiene tu madre?

- Lo desconozco. Todos hasta el médico lo desconocemos pero parece que con los remedios que le receta a mi madre ella está mejor de su enfermedad -me encogí de nuevo de hombros-. A veces pienso que tan solo es como un pequeño placebo porque en realidad sigue exactamente igual. 

- Espero que se recupere pronto -musitó y después depositó un pequeño beso en mi mejilla. 

Noté como esta rápidamente se sonrojo, sentía como si la piel me hirviese. ¿Podía un solo besito causar fiebre? 

El de Jeanne me había dejado completamente sorprendido. Jamás esperaría que estando tan cerca ella fuese tan tierna de darme el más maravilloso regalo que estaba tan solo en sus manos darme. Un beso de sus suaves y perfectos labios. 


Mi camino hasta ti
Capítulo 132. Dulce tentación XIII


Miré a Jeanne completamente enamorado. Deseaba acariciar todo su rostro y estampar mis labios contra los suyos hasta que ella me devolviese los besos con la misma intensidad que yo se los daría pero era obvio que jamás sucedería. 

Sus ojos estaban fijos en Eleazar. Se veía como ella le adoraba muchísimo. Contemplé su expresión, ella parecía algo triste más de lo que quería aparentar. 

Me acerqué levemente a ella y miré sus ojos azules que comenzaban a brillar como si estuviese a punto de llorar. 

- ¿Estás bien, Jeanne? -pregunté. 

Negó y me miró mientras unas lágrimas recorrían sus mejillas. La miré preocupado, no sabía lo que le estaba sucediendo. ¿Por qué estaba llorando? 

Levanté una mano para acariciar su cabello pero me contuve. 

- No me siento bien. Creo que debería ir a la casa -musitó mientras se secaba las lágrimas. 

- Está bien -suspiré y me levanté del escalón. 

Sentí como su mano se ceñía alrededor de mi muñeca y me hacía volver a sentarme a su lado. 

- Cuida a Eleazar, por favor -susurró y besó mi mejilla de nuevo. 

Después se levantó y se fue del establo mientras un inmenso suspiro salía de entre mis labios. 

La deseaba tanto que ella no podía ni imaginárselo. Quería que pasasen las horas rápidamente para volver a verla. Sentía como si solo pudiese ver su mirada para estar bien. 

Definitivamente era más que idiota. Yo solo me había enamorado de una mujer que jamás se fijaría en mí, de un amor completamente prohibido. 

Comencé a bañar a Eleazar. Después le cepillé las crines y su cuerpo. 

Parecía contento. Una vez que terminé mi labor le di de nuevo de comer y subí escaleras arriba. 

Me quité la ropa y me metí entre las sábanas mientras pensaba en Jeanne. No podía quitármela de la cabeza y desconocer porque lloraba me ponía demasiado ansioso como para soportarlo. 

Intentaba dormir. Quería relajarme y conseguir entrar en el reino de Morfeo pero parecía más que imposible. 

Me levanté de la cama. Quizá como otras veces me pasaba si me tomaba un vaso de agua o quizá algo de comer. La verdad es que llevaba sin comer algo así como dos días pero no me había importado ya que mis hermanos eran mi prioridad al igual que mi madre. 

Esperaba que todos ellos estuviesen bien. Los adoraba.

Me volví a vestir y bajé los escalones hasta que llegué al establo. Allí Eleazar aún se estaba alimentándose. 

Caminé hacia la gran casa y supuse que debía pasar por la puerta de servicio por la que siempre entraba el mayordomo. 

Me dirigí a ella con paso firme y en ese preciso instante una luz se encendió de una de las habitaciones. Vi a la hermosa dueña de mi corazón que miraba hacia algún objeto que parecía ser un espejo. 

Se quedó quieta un instante mientras la contemplaba absolutamente hipnotizado. 

En ese momento vi como sus manos se deslizaron hacia atrás para desabrochar su vestido. No entendía como estaba haciendo eso y sabía que debía quitar mi mirada de su hermoso cuerpo pero no podía. Ansiaba más que nada ver su hermoso cuerpo. Estaba completamente descontrolado. 

La seda de su vestido comenzaba a deslizarse por sus hombros bajando hasta hacer ligeramente más visibles las pequeñas montañas que eran sus pechos. 

Apreté mis manos a ambos lados de mi cuerpo mientras me gritaba en la mente que debía dejar de mirarla, de observar. 

Unas manos desde detrás abrazaron su cintura y ella sonrió al sentirlo. Era él, el maldito idiota que odiaba con toda mi alma. Apreté mi mandíbula y desvié la mirada, no quería ver como él besaba una piel que jamás debió ser suya nunca. 

Caminé hacia la puerta y entré por ella encontrándome directamente en la cocina. Poco después escuché un grito salir de algún lugar de la casa. 

¿Qué había pasado?

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Capítulo 133. Dulce tentación XIV


No pude evitarlo. Era un grito de mujer lo que había escuchado y temía que fuese de Jeanne. 

Busqué la puerta que llevaba al interior de la casa a tientas. La mayoría de las luces estaban completamente apagadas. El servicio parecía estar descansando y no preocuparse por lo que podía haber sucedido a alguien dentro de la casa. 

Otro chillido más me indicó que provenía del piso superior. No podía evitar pensar que era ella, mi amor, Jeanne estaba sufriendo. 

- ¡Richard! ¡Estate quieto por favor! 

No. Aquel malnacido le estaba haciendo algo y no lo permitiría. 

Subí las escaleras de dos en dos mientras escuchaba como algo se rompía en miles de pedazos. 

- ¡Cállate! ¡Cállate! ¡Me iré donde quiera! -bramaba el energúmeno con un bastón en sus brazos blandiéndolo sobre la cabeza de Jeanne que estaba en el suelo tapándose el rostro como podía. 

- ¡Richard, por favor! -suplicaba mientras veía como sobre su vestido de seda caían algunas gotas de un líquido rojo intenso. 

No me contuve más. Entré a la habitación sin importarme lo que pudiese encontrarme y le pegué un puñetazo en todo el rostro a aquel estúpido hombre que se atrevía a pegar a una mujer. Le quité tan rápido como me fue posible su bastón siendo yo la que lo blandiese sobre mi hombro para golpearle. 

- ¡Thomas! -gritó Jeanne a mi espalda y giré levemente mi rostro sin dejar de mirar a su marido-. ¡No lo hagas! 

¿Por qué seguía protegiéndole? ¿Seguía amándole después de lo que le hizo la noche pasada y esta noche?No entendía nada de todo aquello. Ella se merecía algo mucho mejor. 

- Chico -rió fríamente Richard delante de mí-, no sabes la idiotez que acabas de comer. 

- No me importa lo que me hagas a mí pero no la vuelvas a tocar -dije furioso. 

- ¿Quién me lo va a impedir? ¿Tú? Es mi esposa e hice, hago y haré lo que quiera con ella -dijo bajando lentamente su rostro pareciendo un toro dispuesto a embestir. 

- No es un trozo de carne sin sentimientos. La duele cuando la pegas -dije elevando la voz. 

- Me voy -dijo como si escupiese-. No pienso discutir ni pegarme con un niño de mamá. 

Miró a Jeanne que aún permanecía en el suelo y salió de la habitación completamente vestido dejando entre mis manos su bastón. 

Me giré y vi como Jeanne se tocaba la nariz de donde le salía sangre. Me arrodillé a su lado y tomé con cuidado su mentón para poder ver la gravedad de sus heridas. 

- Te sacaré de aquí. No quiero que tu marido te encuentre o volverá a pegarte. 

- No, ¿dónde vas a llevarme? Tengo que estar en mi casa -contestó mirándome sorprendida por lo que acababa de decir. 

- Estarás en tu casa pero no bajo su mismo techo -respondí rápidamente mientras la tomaba en mis brazos-. No pienso dejarte aquí. 

Caminé con ella bajando las escaleras y después me dirigí hasta el establo donde estaba mi casa. 

Subí las escaleras tan rápido como me fue capaz y la deposité sobre la cama. Volví a contemplar su rostro que estaba deteriorado por los golpes que le había propinado su marido sin motivo aparente. 

Caminé hacia el baño y tomé las pocas cosas que había para curar por si Eleazar me lastimaba o yo me hacía daño por el trabajo con él. 

Tomé unas gasas y comencé a curar como pude y con cuidado la herida de su labio que estaba mal curada del día anterior y después taponé la hemorragia de su nariz por el reciente golpe. 

Nos miramos un instante a los ojos pero continué curando sus heridas. No podía entender como alguien con tanta suerte como su marido podía hacerle él mismo eso.

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Capítulo 134. Dulce tentación XV


Terminé de curarle las heridas que no debía tener ya que no se las merecía y después guardé todo lo que había usado para hacerlo tirando las gasas que había utilizado para mi labor. 

Suspiré mirándola. Se veía tan frágil, tan indefensa que no entendía como se podía maltratar de aquella manera a nadie. 

Me acerqué y me senté a su lado en mi cama. Miré mis manos nervioso y después sentí la calidez de su tacto en mi mejilla. 

- Gracias, Thomas -musitó contra mi piel. 

- No tienes nada que agradecerme -susurré mientras mis ojos se cerraban automáticamente centrándose en el suave contacto de sus tan deseados labios. 

- Sí, nadie me había tratado como tu lo has hecho -contestó mientras una de sus manos acariciaba con delicadeza mi antebrazo. 

¿Cómo controlarse ante el más suave y puro de los tactos? Aquello era tan inmensamente duro que no sabía como era capaz de soportarlo. 

Giré mi rostro y me encontré con sus ojos azules intensos. No supe como lo hice pero perdí por completo el control de mi ser. 

Tomé su mentón y la besé con suavidad para no lastimar su labio hinchado. 

Ella se quedó completamente helada. No recibí respuesta pero no me importaba. Necesitaba besarla, hacer que se sintiese amada ya que su marido era tan idiota de no valorar que se había casado con un ángel. 

Volví a besarla con un poco de intensidad, intentando demostrar en aquel beso que era todo, que desde que la conocí solo pensaba en ella. 

No recibí de nuevo respuesta pero seguía sin importarme. Quizá el hecho de estar casada era lo que la paralizaba en ese momento o no saber que no quería aprovecharme de ella sino que quería amarla como se merecía. 

Después de un tercer beso sentí como sus labios reaccionaron amoldándose a los míos, como una de sus manos se dirigió hasta mi mejilla y la acarició con suavidad. 

- Thomas -musitó entre mis labios cuando me separé para dejarla respirar. 

- ¿Sí? -susurré poniendo una de mis manos en su nuca para acariciar su suave piel. 

- Estoy casada -contestó a centímetros de mis labios. 

- No me importa -respondí rápidamente. 

- Pero.. -comenzó ella. 

La hice callar con un beso mientras la recostaba sobre la cama. 

Me daba igual que estuviese casada, que alguien la hubiese tocado antes. Mi cuerpo y mi alma suplicaban por ella y no podía negarles lo que tanto ansiaban. 

Sus manos comenzaron a acariciar mis hombros por encima de mi camisa mientras me colocaba lentamente sobre ella. 

- Thomas -musitó mientras seguíamos enfrascados en uno de aquellos besos. 

- ¿Mmm? -susurré bajando tímidamente una de mis manos hasta su pierna. 

- Para -ordenó con algo de tristeza en su voz por tener que hacerlo. 

La miré sorprendido. ¿Me estaba diciendo que parase cuando no parecía desearlo? Todo eso era por estar casada estaba más que seguro. 

- Tengo algo que decirte.. -susurró completamente sonrojada mirándome a los ojos y de vez en cuando desviando la mirada hacia otro lugar de la habitación. 

- ¿Qué es? -pregunté desesperado por saber que le estaba ocurriendo para que su rostro experimentase tantísimos cambios de color. 

- Nunca he estado con un hombre -murmuró mientras sus mejillas se tornaban de un rojo encendido. 

- Yo tampoco, Jeanne -contesté mientras sentía como también me avergonzaba por haberle dicho la verdad. 

Nos quedamos mirándonos a los ojos un largo tiempo en el que me mostró un hermoso paraíso que solo ella podía mostrarme.

Mi camino hasta ti
Capítulo 135. Dulce tentación XVI


La amaba de eso no había ya duda. Lentamente y con mucho cuidado me acerqué de nuevo a sus labios. Comencé a besarla con suavidad sin desear que se separase de nuevo de mí. 

Puse mi mano sobre la piel de una de sus mejillas acariciando con lentitud su tersa piel. Me encantaba su tacto contra el mío. Su tez era un pecado para todo aquel que fuese hombre. 

Seguí besándola mientras aquellos se iban volviendo cada vez más y más apasionados dejando la inseguridad a un lado. 

Ella daba todo en un beso. Podía sentir como sus labios se fundían con los míos deseando ambos que jamás terminase lo que estaba sucediendo. 

La mano que estaba en su mejilla la fui bajando lentamente por todo su cuello rozándolo con tan solo las yemas de mis dedos, seguía deslizándolo por su cuerpo con lentitud hasta que llegué a su pierna, subí lo necesario su vestido para descubrir una de sus piernas. 

Sentía como mi pulso temblaba pero no por ello mi mano se quedó sobre la tela sino que comenzó a acariciar toda la longitud de su sedosa tez. 

Era una perfecta diosa. En su piel se podían escribir poesías toda la vida y seguir más allá de la muerte. 

Bajé mis besos con delicadeza por su cuello mientras sentía como la piel de su pierna se iba estremeciendo bajo mi tacto. 

No se podía ser tan hermosa y dejarla olvidada en un rincón para ir a satisfacer tus deseos con otra que por mucha experiencia que tuviese jamás te entregaría el amor que ella era capaz. 

Escuché sus jadeos por los pequeños besos que iba dejando por su fina y tersa piel sintiendo el latido de su corazón bajo mis labios. 

Subí mis manos y aunque tenía miedo a su rechazo las deslicé por su cintura hasta dejarlas debajo de ella. 

Mi diosa comprendió lo que quería hacer y arqueó su espalda para hacerme más fácil la labor. 

Desabroché su vestido con lentitud, no queriendo parecer desesperado. Una vez estaba desabrochado subí mis manos hasta sus tirantes y los bajé descubriendo sus hombros. 

Deposité un besito en el hueco que dejaban sus clavículas. 

Escuché unos suspiros salir de entre sus labios cada vez que mis labios rozaban su hermosa piel. Podía volverme tan adicto a ella que ni siquiera podría darse cuenta de ello y eso que aún tan solo había rozado una parte del inmenso néctar que sabía podría darme. 

Volví a besar sus exquisitos labios mientras mis manos bajaban la tela de su vestido descubriendo sus pechos. 

Separé nuestros labios después de unos cuantos besos apasionados y comencé a bajar de nuevo mis labios por su cuello tan solo rozándolo. 

Sus suspiros eran una inmensa delicia. Los adoraba más sabiendo que había sido yo quien los había provocado. 

Bajé mis labios hasta la parte superior de sus pechos y después levanté la mirada mirando aquellos hermosos montes que estaban desprotegidos de mi vista. 

Miré sus ojos que indicaban que estaba sumamente avergonzada porque estuviese contemplando aquella hermosura tan inigualable de la que era dueña.

Mi camino hasta ti
Capítulo 136. Dulce tentación XVII


Subí con temor una de mis manos y acaricié con las yemas de mis dedos aquel seno que me hizo descubrir mil y un sensaciones. 

Era cálido, suave y blando. Jamás imaginé que su tacto pudiese ser tan placentero tanto para mí como para ella que a pesar de estar completamente sonrojada de entre sus labios se escapaban leves gemidos que me indicaban que le gustaba. 

No podía dejar de observarlos. Era la primera vez que contemplaba aquellos maravillosos montículos. Veía como la zona más rosada me invitaba a besarla y eso hice, deposité un pequeño beso sobre cada pezón para después abarcar con mis dos manos sus pechos para acariciarlos con deliberada lentitud. 

Adoré cada uno de los gemidos que salían de su garganta por mis caricias. Cerraba los ojos sintiendo como además de por su perfecto cuerpo sus sonidos ayudaban a que mi excitación fuese cada vez mayor pero deseaba que nuestra primera vez fuese hermosa, sin desesperación solo con amor y dulzura. Al menos eso la debía. 

Sus dedos temblorosos se acercaron a los botones de mi camisa y comenzaron a desabrocharlos mientras continuaba con mi admiración por sus senos y las sensaciones que me hacían sentir al notarlos bajo mis palmas.

En el momento que comenzaba a quitarme la camisa deslizándola por mis brazos pasé mis pulgares por sus pezones consiguiendo así otros gemidos salir de entre sus labios. 

Le facilité la labor quitándome la camisa mientras ella bajaba las yemas de sus dedos por mi torso y llegaba hasta el cierre de mi pantalón. 

La miré a los ojos y noté como quitaba el botón para deshacerse más tarde de la tela que cubría mis piernas. 

Tomé entre mis manos su vestido y lo deslicé por su cuerpo hasta que terminó quedándose entre mis manos. Lo tiré fuera de la cama y volví a besar sus labios. 

Sus manos acariciaban mis brazos con lentitud mientras mis manos se dirigían hasta sus piernas de nuevo. Deslicé por toda la longitud de sus piernas las yemas de mis dedos con suavidad. 

Seguí besando lentamente sus labios mientras subía mis caricias sintiendo como su cuerpo se estremecía bajo mis manos. 

La sensación era increíble. Notaba como su cuerpo pedía más del mío como el mío pedía del suyo. 

Abrí con lentitud mis labios mientras ella también abría los suyos consiguiendo que nuestros alientos se mezclasen entre nuestras bocas. 

Sus manos acariciaban toda mi espalda consiguiendo que de mis labios saliesen suspiros que se ahogaban en su boca mientras de entre los suyos se volvieron a escapar gemidos cuando llegué a sus pechos por mis caricias. 

Era lo más hermoso a lo que iba a rendirme, a lo que íbamos a unirnos por la pasión que nuestros cuerpos nos estaban demandado la que estábamos siguiendo en ese instante. 

Los jadeos y los gemidos iban aumentando por parte de ambos cuando sentía como nos íbamos fundiendo entre besos y caricias. 

Ambos nos terminamos quedando desnudos para que así fuese posible que nuestros cuerpos fuesen uno. 

Nos besamos hasta el delirio hasta que no soportamos más estar separados. Mis manos recorrían todo el tiempo su cuerpo. 

Mi camino hasta ti
Capítulo 137. Dulce tentación XVIII


- Te necesito -murmuró entre jadeos mi diosa contra mis labios. 

- Y yo a ti -susurré mientras mis manos separaban con suavidad sus piernas. 

Ansiaba entrar en ella. Necesitaba hacerla mía. Mis manos se ciñeron alrededor de sus muslos y con delicadeza comencé a entrar en su cuerpo. 

Gemí al sentir la presión que las paredes de su intimidad hacía sobre mi sexo. 

Cada centímetro era un gusto y al vez una tortura. Dolía pero sentía placer, adoraba saberla mía pero desconocía si lo estaba haciendo bien. 

Podía escuchar sus ruidos de placer hasta que su cuerpo se tensó cuando llegué a la frontera de su virginidad. No sabía si podía dolerle pero por algún motivo se dejó de relajar en ese instante. 

La miré a los ojos en el instante que decidí continuar hasta que fuese por completo mía. Su cuerpo se tensó más y una pequeña expresión de dolor se dibujó en su rostro. 

La contemplé asustado pero me acarició las mejillas y me suplicó que siguiese, que no parase. 

Subí con lentitud las yemas de mis dedos por sus muslos hasta que ceñí mis manos en su cintura profundizando mi labor hasta lo que me permitió su ser. 

- Te amo -susurré y volví a besarla con intensidad comenzando a moverme muy suavemente ya que era lo que mi cuerpo me pedía. 

La expresión de dolor de su rostro terminó pasando hasta que de sus labios solo salían intensos alaridos de placer por aquel vaivén en el que nuestros cuerpos se estaban convirtiendo en uno y nuestras almas se estaban fundiendo. 

No podía evitar unirme a sus gemidos, a sus ronroneos en los que dejábamos claro el placer que ambos nos estábamos proporcionando sin que el otro lo sospechase hasta que escuchábamos los excitantes sonidos provenientes del interior del otro que por disfrute no podía controlarlos en su ser. 

Aumenté el ritmo cuando el placer era insuficiente para ambos. En ocasiones ella me lo pedía, en otras era yo quien me suplicaba a mí mismo por no flaquear y subir el ritmo de aquella danza de pasión donde continuamente cambiábamos de posición para buscar el mayor de los placeres para nuestro amante, la persona a la que nos estábamos entregando en todos los sentidos habidos y por haber. 

Suspiré mientras sentía como ella gritaba por el placer que nuestros movimientos la estaban ocasionando. Ya era mía tan solo mía y era capaz de sentir como todo su cuerpo suplicaba por mis caricias al igual que el mío deseaba llegar al inmenso final. 

Sentía una intensa presión en mi ser. Sus paredes se iban estrechando y mi miembro estaba tan duro que dolía. La sentía llegar al más intenso de los placeres y poco después estallaba dentro de ella sintiendo un gran alivio acompañado de la más hermosa y potente sensación de todas cuantas había experimentado en mi vida. 

Acaricié su espalda y el resto de su cuerpo mientras estábamos jadeantes por el esfuerzo que ambos habíamos hecho. 

Besé sus hombros mientras ella acariciaba mi cabello con tanta delicadeza que no podía entender como era tan infinitamente perfecta. 

Deposité su cuerpo en la cama con suavidad mientras acariciaba todo lo que mis manos abarcaban sin ánimo de más tan solo de reconfortarla. 

Durante toda la noche estuvimos hablando hasta que ella se quedó dormida después de contarme parte de su infancia. 

Besé su frente y la acurruqué en mi pecho para que no se resfriase. Poco después me quedé dormido también.
  


Los hermosos rayos del sol entraban por las ventanas translúcidas por no haberse limpiado desde hacía bastante tiempo pero considerablemente más grandes que las que había en la casa que me había visto crecer.

Miré a mi alrededor. Todo estaba tal y como había permanecido la noche anterior. 

Un ligero ronroneo en mi lado derecho me hizo observar hacia aquel lugar y poder contemplar de esa manera al hermoso rostro de aquella diosa que estaba a mi lado. 

Jeanne descansaba aún en mi pecho. Una de sus manos se posaba sobre mi pectoral izquierdo. 

Su tacto me quemaba pero era tan placentero que necesitaba seguir sintiéndolo. 

Me quedé analizando cada centímetro de su piel de porcelana. Sus rasgos estaban tan tranquilos, relajados y maravillosos como el primer día que la vi. No importaba que aquel hijo de puta la hubiese pegado. Ella seguía siendo más que perfecta. 

Con las yemas de mis dedos acaricié su pómulo derecho. Era tan suave como lo recordaba y en ese instante tuve un maravilloso flashback. 

El tacto de sus piernas, la manera en como sus gemidos me llevaron a la más inmensa de las locuras, la tersura de sus pechos, la hermosura de sus besos. Adoraba ese mágico recuerdo en el que ella y yo nos habíamos fundido por primera y única vez entre los brazos de alguien. 

Besé su frente con cuidado y después la acurruqué más en mi pecho. 

Sus ojos azules se abrieron en ese instante y me miraron con dulzura pero en cierto sentido sin saber lo que había ocurrido, como si estuviese perdida. 

Sonrió y comprendí que al fin había recordado aquella maravillosa noche en la que desee que fuésemos los únicos que quedásemos al amanecer. 

- Buenos días -susurró. 

- Buenos días -contesté y no pude evitar robarle un pequeño beso. 

Sonrió feliz y levantó una mano con la que comenzó a acariciar mi mejilla. Por un segundo desvió la mirada de mis ojos para posarla sobre su mano y entonces palideció. 

Se levantó con rapidez separándose de mí como si fuese puro fuego y le quemase. 

- Thomas, dios ¿qué hemos hecho? -se tapó el rostro con las manos mientras las sábanas aún cubrían sus pechos.

Se sentó y puso toda la sábana sobre su cuerpo para intentar que no fuese capaz de ver nada que ya había contemplado la noche anterior. 

- ¿Pe..pero de qué...? -comencé a balbucear pero no podía seguir. 

¿Qué le estaba pasando a la mujer que se había entregado a mí? No me amaba. Parecía más que evidente que no le importaba nada en absoluto. 

- ¡Thomas, estoy casada! Si mi marido se entera nos matará -dijo con una voz que parecía quebrarse. 

La abracé por los hombros y la obligué a girarse para que me mirase directamente a los ojos. 

- Nadie, escúchame bien, nadie va a conseguir que me separe de ti. Estoy enamorado de ti y te necesito. No se enterará tu marido pero tampoco permitiré que él te toque -susurré con suma sinceridad. 

Ella negó rápidamente sin desviar su mirada. 

- Jamás permitiré que me haga el amor. Soy tuya -musitó y me besó con dulzura devolviéndome la felicidad que creía que había perdido-. Pero nadie debe saber esto.. nadie -susurró entre nuestros labios. 

- Nadie -puntualicé indicándole que estaba de acuerdo con lo que me estaba proponiendo. 

No me importaba ser el otro, ser su amante si eso significaba que la tendría para mí en lo que verdaderamente importaba, en amor, en su corazón, en su cuerpo y en su vida. Solo un dichoso papel decía que no era mía sino de otro. Un papel que se pude romper o perder. 

Mi camino hasta ti 
Capítulo 140. Dulce tentación XX


Nos dejamos llevar por el placer de sentir los labios del otro sobre los nuestros. La amaba con mi vida y no quería dejarla escapar nunca. 

Sin darnos cuenta la pasión aumento ligeramente en aquellas muestras de amor hasta convertirlas en muestras de puro deseo. 

Mis manos comenzaron a recorrer su espalda mientras sentía como su piel se erizaba bajo mis palmas. No podía evitar sentirme lleno de gozo cuando notaba como volvía a rendirse ante mis caricias. 

Besé su cuello mientras me ponía sobre ella y una de mis manos quitaba con lentitud la sábana que separaba nuestros cuerpos evitando el pleno tacto. 

Sus jadeos y gemidos por cada una de mis caricias, por cada uno de mis besos los cuales iba depositando en su tersa piel hacían que no desease parar nunca. 

Volví a entrar en ella. Volvimos a fundirnos en una danza de pasión en la que la música que nos guiaba eran los gritos de placer de el otro. 

Ella sonrió después de llegar a la cumbre de su pirámide de pasión. Puso su frente contra la mía y me besó con dulzura. 

Sentí como sus dedos jugueteaban con delicadeza con mi cabello. 

- Te amo -musitó justo después de separar nuestras bocas para que nos fuese más fácil respirar. 

La senté sobre mí. Necesitaba ver su belleza en todo su esplendor. 

Los rayos del sol dieron contra sus cabellos platino y sus ojos azules se iluminaron más que antes. 

- Te amo más que a mi propia vida, Jeanne -musité mientras ella acariciaba con mucha suavidad mis mejillas. 

- Thomas, debo volver a mi casa -susurró muy bajito y apesadumbrada.

No puede evitar suspirar. Separarme de ella sería lo más doloroso que podía hacer. No sabía cuando volvería a ser mía, cuando podríamos ser los amantes entregados que solo querían besarse y decirse cuantísimo se amaban aunque solo fuese eso. 

- Thomas -susurro- tengo que irme vida mía -musitó y besó con cuidado cada una de mis sienes-. No quiero pero tengo que hacerlo. 

Se levantó de encima de mí y comenzó a vestirse con la ropa que llevaba puesta la noche anterior. 

- Pero y .. ¿y él? -pregunté con un tono de preocupación por lo que pudiese hacerle. 

- No me importa -suspiró y terminó de abrocharse el vestido-. Amor no te preocupes ¿sí? No me hará nada. Él ahora se fue a sus viñedos, supongo que me dejará tranquila. Además tenemos fiesta esta noche de esas frívolas para uno de sus amigos -rodó los ojos y me robó un beso una vez vestida-. En cuanto pueda vendré a montar a Eleazar. Te amo -sonrió. 

Salió corriendo por la puerta y escuché sus tacones mientras bajaba las escaleras. Era la mujer más hermosa de la tierra y en el instante que supe que ya no estaba bajo el techo en el que vivía mi corazón me comenzó a doler. 

Me acordé de mi familia. Supuse que estarían ya preocupados por mí. Tenía que hablar con Jeanne fuese como fuese ya que mi madre estaba demasiado enferma como para estar sola cuidado de mis hermanos y además necesitaba ver a mi pequeña princesita. La adoraba, Cassie había sido durante mucho tiempo mi única alegría. 


Me levanté y decidí hacer mis labores mientras intentaba ver a Jeanne por algún lugar. No me importaba ser un espía mientras fuese su maravilloso rostro lo que viese que me hiciese recordar que el paraíso existe pero solo ella puede mostrarlo.

Mi camino hasta ti
Capítulo 141. Dulce tentación XXI


Eleazar estaba tranquilo ese día. No era un caballo problemático en absoluto y la sola idea de ver en poco tiempo a su dueña montarle me llenaba de alegría. 

Tan solo tuve tiempo para ensillar al hermoso corcel cuando vi a mi ángel caminar hacia nosotros vestida con su ropa para montar al animal que parecía otra parte de ella. 

Suspiré enamorado al ver como el aire le pedía permiso para rozar su hermosa figura que como si fuese la puerta del cielo llegaba hasta mi posición. 

- Hola de nuevo -sonrió mirándome y después desvió su mirada hasta las crines del ejemplar gracias al que podíamos vernos. 

- Hola -sonreí mirándola intentando contenerme para no besarla. 

- ¿Cómo está Eleazar? -preguntó mientras me miraba de reojo y notaba como sus mejillas se sonrojaban. 

- Bien, está muy tranquilo hoy -susurré.

Ella levantó una de sus manos hasta la cabeza del caballo y la acarició con suavidad. Después sin poder evitarlo hice lo mismo consiguiendo que nuestras manos se rozasen en el proceso. Cuando lo hicieron Jeanne suspiró cerrando los ojos. 

Me miró y separó rápidamente la mano. Caminó hacia el lado por donde siempre se subía. Eleazar se inclinó un poco para darle otra indicación y mi princesa rió. 

- ¿Quieres que le enseñemos a Thomas nuestro secreto? -musitó y después me miró con una inmensa sonrisa-. Deberías estar orgulloso, Eleazar quiere que veas algo que nadie sabe sobre nosotros. Tienes que prometer que guardarás el secreto -sonrió mientras acariciaba una de las oreja del corcel deslizándola entre sus dedos. 

- ¿En serio? -sonreí y me acerqué un poco más a ellos-. ¿Seré tan afortunado de verlo y de guardar vuestro secreto? 

- Eso parece -musitó Jeanne mirando diez centímetros por debajo de mis ojos. 

Le dediqué una sonrisa y la robé un beso haciendo que ella se sonrojase y mirase para todos lados asegurándose que nadie lo hubiese visto. 

- No lo vuelvas a hacer -susurró son sus mejillas aún encendidas.

- ¿Por qué? Eres mía princesa -musité en su oído pasando tras ella mientras olía su cabello-. Adoro tu aroma. 

- Thomas.. para por favor -susurró un poco jadeante. 

- No hago nada malo -contesté y en un segundo dejé un pequeño beso en su hombro.

- Estás loco -rió y tomó las riendas de Eleazar separándose de mí. 

Después miró al hermoso corcel a los ojos y él en tan solo dos gestos de ella comenzó a inclinarse obediente, poco a poco más con cada paso que ella daba. Dejó una mano sobre la cabeza del hermoso caballo para a continuación deleitarme con una hermosa figura. 

Eleazar se quedó completamente quieto mientras la mujer más hermosa del mundo se ponía sobre su lomo tumbándose hasta parecer que ambos descansaban en la pose más mágica de todas como si juntos tan solo necesitasen una música ambiental que demostrase que dos seres vivos más perfectos podían coexistir sin maltratarse. 

Era inevitable que me quedase como un idiota mirando la figura de mi amada sobre el corcel. Desde ese momento supe que lucharía por ella me costase lo que me costase

Mi camino hasta ti
Capítulo 142. Dulce tentación XXII


La grácil mujer se levantó del lomo del caballo y éste cuando ya no sintió su liviana figura sobre ella se incorporó para recibir los elogios de su dueña que lo acarició como si hubiese sido la primera vez que se comportaba así. 

Les contemplé un instante aún completamente incrédulo de la hermosura y elegancia de ambos juntos. 

Jeanne me miró y me sonrió con dulzura. Después se subió al lomo de Eleazar que dobló su pata delantera para que sirviese como un pequeño escalón ayudándola a trepar hasta la silla para que así se sentase. 

- Jeanne, ten cuidado te puedes caer -salió de mi garganta como un pequeño grito de voz aguda en la que indicaba mi preocupación. 

- No te preocupes -sonrió y se sentó ágilmente sobre el caballo-. Llevo muchos años practicando subirme así -rió-. Mi madre de pequeña decía que debía trabajar en un circo -se encogió de hombros- pero se ve como una gran deshonra.

Tomó de nuevo las riendas de Eleazar y le hizo girar sobre si mismo para salir del establo. Después me miró por encima de su hombro sonriéndome. 

- Nos vemos más tarde, Thomas -me guiñó un ojo y salió al galope con su caballo haciendo que el viento levantase la hermosa cabellera platino de la amazona. 

Me apoyé en una de las columnas de madera que había en mitad del establo. La sonrisa no se borraba de mi rostro mientras contemplaba semejante belleza. 

Después de un rato decidí seguir con mis labores para ver si me era posible ir a visitar a mi familia y ver a mi preciosa Cassie alimentarse. 





Pasaron las horas y escuché los cascos de Eleazar llegar de nuevo a su hogar. Me giré y vi que su amazona se bajaba de él bastante más seria de como se marchó. 

- ¿Señor Williams, ha terminado con su trabajo? 

¿Señor Williams? ¿Por qué no me llamaba Thomas? Su mirada era fría. No parecía la misma que había salido de entre las sábanas de mi cama ese mismo amanecer. 

- Sí, terminé todo señora Stevens -murmuré y al fin fui consciente. 

Le vi. El hijo de puta de su marido estaba caminando hacia nosotros por eso ella hablaba tan alto y se mostraba tan fría. Tenía que actuar ante él. 

- Jeanne -elevó la voz su marido entrando en el establo. 

Ella aferró sus manos a las riendas del caballo. Se notaba que no quería ni verle pero tenía que hacer un esfuerzo. Me miró con una mezcla de pánico y súplica y después se giró para observarle. 

- Oh, Richard -sonrió mirándole fingiendo alegría-. ¿Tan pronto estás aquí? 

- Jeanne, amor -susurró tomando una de sus manos-. ¿Puedo hablar contigo? 

¿Cómo era capaz de llamarla amor? ¿Por qué se creía con derecho a tocarla? No era su amor, era tan solo el mío, ella era mi vida, mis ganas de seguir luchando por todo, ella se había convertido en mi universo después de aquella noche pero ahora tenía que soportar que alguien que no la valoraba y encima la pegaba la llamase amor. 

Tomé las riendas de Eleazar y la conduje hasta su cubículo. Le quité su silla mientras los señores Stevens seguían hablando. 

- No tienes que disculparte más.. -musitó Jeanne. 

- Amor, quiero hacerlo. Me estoy comportando fatal, con lo que yo te amo -susurró y tomó su rostro entre sus manos. 

Vi como la besó y apreté entre mis dedos la silla de montar. Le quería matar pero en su lugar me giré y dejé la silla donde debía estar. Volví al lado del corcel y comencé a cepillar sus crines mientras Jeanne se separaba de su marido y salían del establo. 

Él, siempre él.

Mi camino hasta ti
Capítulo 143. Dulce tentación XXIII


Anocheció. Tuve tiempo suficiente para ver a mi familia sin que nadie se diese cuenta que no estaba en mi lugar de trabajo. Había cogido algunas cosas de comida y se las di a mis hermanos y mi madre. Me preocupé porque tomé su medicación pero parecían no estar bien por lo que no pude evitarlo y los llevé a la casa donde ahora estaba yo viviendo. Nadie tenía porque entrar allí si yo no lo deseaba y se instalaron en tan solo unos minutos. 

Mi madre estaba mucho más cómoda en aquella cama que en la suya. Mis hermanos cada uno buscaron un lugar confortable para descansar y mientras tanto me quedé con Cassie mirando a Eleazar. 

La pequeña se durmió casi enseguida después de tomar un poco de leche. Subí y la dejé en la cuna que me había traído desde casa. 

Bajé los escalones hasta el establo donde el caballo descansaba. 

- Señor Williams -dijo un voz grave. 

El mayordomo se acercaba a mí y para evitar que escuchase o viese a alguno de mis hermanos decidí caminar para cortarle el paso antes de que pasase al establo. 

- ¿Sí? 

- Señor Williams, me temo que son necesarios sus servicios. El señor Stevens ha pedido expresamente que se ocupe de servir junto al resto de los empleados -me anunció. 

Fruncí mis labios furioso. No era para nada justo lo que aquel hijo de puta estaba haciendo. Me estaba obligando a ser su sirviente. Seguramente por lo que ocurrió la pasada noche. No sabía lo que había sucedido entre su mujer y yo pero sí que le paré los pies cuando le daba semejante paliza a Jeanne. 

Asentí y el mayordomo me dio un traje para que no desentonase con el resto del servicio. 

No tardé prácticamente nada en cambiarme y avisar a mi familia de que no hiciesen demasiado ruido para que nadie les echase de mi hogar. 

Caminé hacia la casa y entré por la puerta de servicio. Nadie me dejaría pasar por la principal ya que obviamente ahora entraban los invitados. 

La cocina estaba más iluminada que la otra vez que la visité. Tomé una de las botellas que me dieron para que siguiese sirviendo el champán a los invitados. 

Respiré hondo antes de seguir a una de las chicas que debían llevar una bandeja con los aperitivos. 

Tenían en aquella casa una sola habitación para las fiestas. Era enorme y tenía una pista de baile. La música era increíble e invitaba a estar en movimiento todo el tiempo. 

Allí en aquella sala cientos de hermosas mujeres con sus respectivas parejas bailaban y conversaban enfundadas en elegantes vestidos de distintos colores pero la tela y la elegancia sobrepasaba a los bailes que yo había visto en toda mi vida. Era cierto que los que yo había conocido no eran más que las danzas que había en plazas en medio del pueblo. 

Pero no pude evitar quedarme completamente embobado mirando a Jeanne. Allí, en mitad de la pista mi amor, mi vida se movía para otro hombre que no era yo con un elegante vestido blanco que realzaba su figura y su belleza natural. 

Debía controlarme para no tomarla de la cintura y besarla. 

Me acerqué a ella al ver que tenía una copa de champán en la mano. Ella se separó del grupo con el que bailaba para descansar a un lado de la pista. Caminé hasta quedar justo detrás de ella. 

- ¿Quiere algo más de champán, señora? -susurré en su oído y ella se giró para mirarme.

Mi camino hasta ti
Capítulo 144. Dulce tentación XXIV


Los ojos de Jeanne me miraron asustada y después miró como estaba vestido sin entender mucho. Tomó mi brazo alejándome de toda la gente. 

- Thomas, ¿le ocurre algo a Eleazar? -preguntó con cierta ansiedad por su tono y su mirada. 

- No, no tranquila. Tu marido requirió mis servicios para que sirviese a todos los aquí presentes -me encogí de hombros. 

- Dios, por eso estaba tan amable hoy -susurró-. Lo mejor que puedes hacer es no enfadarle. Supongo que intentará burlarse de ahí o algo así -musitó. 

- No me importa mientras pueda verte, Jeanne. Es una tortura pensar en ti y no tenerte a mi lado -susurré. 

Ella no pudo evitar sonrojarse y decidí llenar su copa de champán para que nadie sospechase lo que la estaba diciendo. 

- Estás demasiado hermosa -musité mirando sus hermosos ojos azules. 

- Tú también estás demasiado guapo -susurró jugueteando con su copa. 

- Quiero besarte -continué. 

- Y yo que lo hagas -respondió rápidamente. 

- No puedo hacerlo aquí en medio -musité mirando de reojo a su marido. 

- Lo sé -suspiró y volvió a la mitad de la sala para ponerse al lado de su marido mirando de vez en cuando por encima del hombro para verme al otro lado de la habitación. 

No podía no contemplarla, no quedarme embobado con su maravillosa belleza. Ella era tan sublime, tan hermosa, tan deseable... 

Suspiré y caminé hacia la cocina de nuevo al tener la botella completamente vacía. Me quedé unos instantes en ella para que así mis deseos de matar a su marido y tomarla entre mis brazos en medio del salón se despejasen. 

Me encaminé de nuevo hacia la sala cuando vi el vestido blanco de la hermosura personificada salir hacia el jardín delantero. 

Vi como uno de los que servían en aquella fiesta se acercaba con una botella que supuse completamente vacía. 

- Ten -le di la botella que acababa de coger-. Úsala yo cogeré otra nueva. 

- Ehm, gracias -sonrió y volvió hacia la sala. 

Yo con la botella vacía me apresuré a ir al jardín delantero para seguirla. ¿Qué estaba haciendo sola allí? 

Vi su vestido blanco perderse entre los arbustos y seguía su trayectoria. En un pequeño claro entre arbustos al que no había fácil acceso, Jeanne estaba sentada llorando en una piedra que había decorativa para no mancharse el vestido. 

- ¿Jeanne? -pregunté y ella se giró rápidamente. 

Vi su brazo en el que habían marcas rojas. Sabía que aquellos dedos que habían dejado su huella en la nivea piel de Jeanne eran de su marido. 

Tomé su rostro entre mis manos. 

- Oh, Thomas -sollozó al verme allí y se abrazó a mí. 

La acurruqué entre mis brazos, protegiéndola de esa manera hasta del aire para que nada la pudiese lastimar pero el dolor de su corazón no podía arrebatarlo. 

- No quiero que vuelva a tocarte, Jeanne -musité-. Si lo hace le mataré. 

- ¡No! Por favor -puso sus suaves manos sobre mis mejillas-. No le mates, no te inmiscuyas, Thomas. 

Suspiré y puse mi frente contra la suya. Sus ojos azules eran aún más hipnóticos bajo la luz de la luna. 

Unos segundos después noté como sus labios rozaban los míos haciendo que despertasen del letargo en el que ella los había sumido al separarse de mí. Sus manos comenzaron a descender por mi cuello acariciándolo con tanta suavidad que sentía como mi tez se estremecía bajo su tacto. 

- Te amo -musitó haciendo que nuestros labios se entremezclasen en un espacio muy reducido. 

- Yo también a ti -respondí mientras mi corazón latía con excesiva fuerza. 

Al fin en un abrir y cerrar de ojos, tímidamente nos fundimos en un beso bajo la mirada atenta de las estrellas.


Mi camino hasta ti
Capítulo 147. Dulce tentación XXV


Sus labios y los míos se fundían. Suspiré mientras aquella maravillosa sensación de escalofrío recorría mi espalda una y otra vez. 

Quería perderme en ella. Quería sentir de nuevo que su cuerpo se mezclaba con el mío para que no nos separásemos nunca más. Quería que fuese mía y de nadie más. 

Mis pulgares acariciaron sus mejillas. Su suave y hermosa piel empapada en lágrimas me daba la voluntad para que mi tez siguiese viva, despertando de un letargo que no debió sentir nunca. 

- No quiero verte llorar nunca más -musité mientras ponía mi frente contra la suya. 

- Necesito tenerte siempre cerca -susurró contra mis labios. 

- Siempre -sonreí y la acurruqué en mi pecho refugiándola entre mis brazos. 

Ella rodeó mi cintura con los suyos mientras mis manos recorrían su espalda para darle mi calor y mi consuelo. Besé su frente y olí el aroma de su cabello. Era igual que oler un campo de flores. 

No deseaba separarme de ella nunca pero la echarían de menos en la fiesta. 

- Tienes que volver -dije sin desearlo. 

- No quiero -contestó apretando mis sus brazos a mi cuerpo para que no tuviese manera de obligarla-. Llévame contigo. 

- Jeanne, tengo algo que contarte -susurré mientras ella levantaba su mirada preocupada. 

¿Qué podía estar pasando por su preciosa cabecita con la frase que había dicho? ¿Y si pensaba que iba a darle una mala noticia? 

- Tuve que traer a mi familia -susurré mirándola a los ojos perdiéndome como un estúpido enamorado en ellos-. Todos mis hermanos y mi madre están durmiendo allí. 

Ella suspiró aliviada y después miró hacia la puerta de la casa. Se escondió aún entre los arbustos llevándome con ella para que así nadie nos viese. 

- Richard -susurró mirando entre algunas hojas como su marido había salido por la puerta y miraba de un lado a otro el jardín. 

- No te tocará ¿verdad? -musité mirándola fijamente mientras ella aún observaba a su marido. 

- Espero que no. Está furioso y no quiero darle más motivos para que se enfade. Thomas tienes que irte a tu casa. No te molestará más. Diremos que Eleazar empezó a encontrarse mal, ¿vale? -susurró y me miró después a los ojos. 

- Está bien -suspiré y la besé dulcemente. 

Ella puso sus manos en mis mejillas. Continuó besándome sin querer ninguno de los dos separarnos. 

- Richard está cerca -murmuró-. Por favor, vete ¿sí? 

Asentí y después de robarle un beso me perdí entre los arbustos del jardín pero a pesar de lo que me había pedido me quedé entre ellos. 

- ¡Jeanne! -gritó Richard acercándose al lugar donde su mujer estaba escondida. 

- ¿Sí? -preguntó ella girándose para mirarle fijamente y con una leve sonrisa. 

- ¿¡Cómo te atreves a desobedecer mis órdenes!? -preguntó a voz en grito-. ¡Te advertí que no desaparecieses de mi lado! ¿¡Por qué estás aquí sola!? ¿¡Acaso tienes encuentros con algún amante que yo no conozco!?

- ¿Qué? -le miró sin comprender-. ¿Pero qué estás diciendo? ¿Ves a alguien acaso aquí? Estoy completamente sola. 

- ¡Zorra! -gritó en el instante que levantaba la mano y le golpeaba en el rostro. 

Apreté la mandíbula. Hijo de puta. ¿Cómo se atrevía a tocarla? 

Richard no se quedó ahí. Comenzó a darle patadas en el estómago mientras ella estaba en el suelo por el puñetazo que había recibido en su rostro. 

No lo soporté. No podía. Si seguía pegándola le mataría. ¿Qué demonios? Iba a matarle ahora mismo. 

Salí hecho un basilisco de entre los matorrales y le empujé lejos de Jeanne. 

- ¡Hijo de puta no vuelvas a tocarla! -grité mientras mis puños se hundían en su rostro.

Él me pegó en el estómago pero no me importó. Tenía demasiada ira como para pararme. Esquivé uno de sus golpes que iba directo a mi mandíbula para después darle yo uno en todo el ojo derecho. 

Vi tarde un puño que se hundió en mejilla izquierda. Él fue capaz de librarse de un golpe que iba directo a su estómago pero mi patada no la vio y como hombre que soy sé cuanto duele recibir un rodillazo en ciertas partes. 
Escuché un quejido de dolor del cuál me alegré muchísimo pero noté como uno de sus puños daba de lleno en mi mandíbula haciendo que un dolor punzante me atravesase la médula espinal. 

En ese preciso momento le asesté un puñetazo en uno de sus costados y noté como se retorcía. 

- ¡Thomas, Richard, parad! -gritó mi amada. 

Richard a pesar de estar peleando conmigo comenzó a caminar hacia ella para seguir pegándola. Eso sí que no se lo permitiría. Saqué fuerzas de donde no tenía y le agarré de la cintura tirándole al suelo. 

- No volverás a tocarla -dije como pude. 

- Es mi mujer, hago lo que quiero con ella -bramó.

- No mientras viva -le contesté notando como su ira iba aumentando.

Mi camino hasta ti
Capítulo 148. Dulce tentación XXVI


No tardé mucho tiempo más en sentir como unas manos, desconocía el número de cuantas, me separaban de Richard para que no siguiésemos pegándonos. 

- ¿Qué te crees que haces, chaval? -escuché algunas voces. 

- ¡Jeanne! ¡Oh, Jeanne! ¿Estás bien? -otras voces preguntaban por el estado de mi amada pero yo tan solo quería escuchar su voz. 

- Richard, ¿qué ha ocurrido? -preguntaron otros. 

Miraba como podía bajo mis párpados hinchados buscando a la reina de mi corazón mientras seguía sujeto por unos hombres. 

- ¿Qué ha sucedido aquí? -preguntó una voz más autoritaria. 

- Alcalde -susurraron unos a mi espalda. 

- ¿Richard? -preguntó acercándose a él. 

Puso una mano en la barbilla del hombre y examinó el fruto de mis golpes del cual me sentí muy orgulloso. Él no debía ni tan siquiera mirar a la mujer con la que se había casado y encima se atrevía a golpearla. 

- Ese chico está loco -comenzó a decir-. Se acercó a mi esposa y a mí que nos abrazábamos tranquilamente diciéndonos lo mucho que nos amábamos cuando empezó a pegarnos a los dos. 

No daba crédito a lo que estaba escuchando. ¿Cómo se atrevía a mentir de aquella manera? 

- ¡Eso es mentira! ¡Di la verdad, cabrón! -grité-. ¡Eras tú quien pegaba a tu mujer! ¡Tú le estabas dando patadas en el estómago cuando aparecí yo para pararte a base de puñetazos! 

- No es manera de parar a nadie -contestó el alcalde-. ¿Eso es verdad, Richard? 

- Sabes que no -respondió con rapidez haciéndose el ofendido-. ¿Cómo iba yo a levantarle la mano a mi princesa, a la mujer que amo? 

Aquello debía ser una pesadilla. ¿Cómo se podía ser tan mentiroso? Yo sí que no me atrevería a tocar más de lo necesario a Jeanne por si se rompía entre mis brazos. 

- Muchacho, tendremos que hablar -anunció el alcalde. 

- No me importa, lo único que quiero saber es como está Jeanne -respondí sin ocultar mi desesperación por saber su estado. 

El alcalde me observó durante mucho tiempo y Richard también. Uno con curiosidad y también incomprensión pero el otro con tan solo puro odio.


Noté como los brazos me soltaron después de un solo gesto del mandamás y me acerqué hacia el cuerpo que aún permanecía tumbado en el suelo. 

- ¿Jeanne? -pregunté mientras giraba con mucha lentitud aquella hermosura-. ¿Estás bien?

Escuché pequeños quejidos y después vi sus ojos azules. Tenía una brecha en su cabeza, magulladuras en sus brazos y piernas por no hablar como debía estar su estómago. 

- Necesita que la curen, por favor. Hagan algo -supliqué a las mujeres que estaban delante de mí mirándome incrédulas. 

Ellas asintieron y la pidieron a algunos hombres que les ayudasen a llevar a la razón de mi existencia dentro de la casa. 

Me levanté y miré al resto de los hombres. Todos me miraban boquiabiertos pero el único que no lo estaba era porque sus mandíbulas de tan encajadas que estaban por la furia terminaría que terminarían rompiéndose sus dientes. 

El alcalde, bien arreglado con un traje y corbata a juego pero con la camisa blanca, se acercó a mi y puso una de sus manos sobre mi hombro menos magullado. 

- Muchacho, ¿puedo hablar contigo? -preguntó. 

Rápidamente asentí y nos alejamos un poco. El hombre tuvo que ayudarme a caminar ya que apenas podía hacerlo. 

- ¿Cómo te llamas? 

- Thomas, señor. 

- ¿Cuántos años tienes muchacho? 

- Veinticuatro años. 

- ¿Tienes madre, padre o hermanos? 

- Sí, tengo madre y cinco hermanos señor -contesté. 

Él asintió y después me miró fijamente girándose hacia mí. Supe que ahora vendría la pregunta seguramente más difícil de todas. 

- Thomas, lo más probable es que después de esto te echen de aquí. Lo sabes, ¿verdad? Tu versión de los hechos me convence más que la de Richard a pesar de que soy su amigo desde hace años no me extrañaría que pegase a su mujer. Siempre habla de ella cuando está borracho como si fuese un animal y no la dulce princesa que dice que es cuando está sobrio. La ama, no lo dudo, pero lo hace a su manera un tanto extraña. Creo lo que me dijiste además que sé que es excesivamente violento. No es la primera pelea de la que soy testigo -suspiró-. ¿Tienes otro empleo? 

- No, no tengo más empleos pero no puedo dejar aquí a Jeanne en más de él -protesté. 

- Voy a hacer lo que pueda para mantenerla a salvo. Se nota que la amas pero sé que debe ser duro que tu amor no sea correspondido -suspiró de nuevo más profundamente que antes-. Thomas, ve a recoger tus cosas, te vendrás conmigo. ¿Tienes otra casa?

- No, no tengo ninguna más -mentí. 

- No te preocupes. Yo me encargaré de eso. Ve a por tus cosas -musitó y me dejó caminar hasta mi casa. 

Yo solo tenía una cosa en la cabeza. ¿Y mi amor? ¿Y Jeanne?
  


Mi camino hasta ti
Capítulo 153. Dulce tentación XXVII


El alcalde iba a venir a mi casa. ¿Pero Jeanne estaría bien? No lo soportaría si a ella le había pasado algo horrible. 

Suspiré mientras llegaba a mi casa. Mis manos estaban completamente agarrotadas, mis nudillos me dolían, mis pómulos me quemaban por el ardor de los golpes. Seguramente tendría los moratones por todas partes de mi cara y mi cuerpo. 

El dolor era agudo pero no me importaba, tan solo deseaba saber el estado de mi amor. Jeanne había sufrido una paliza delante de mis narices y no había podido evitar que ese hijo de puta la tocase de nuevo. 

Miré hacia atrás y vi como una luz en el piso superior estaba encendida. Allí estaría ella, Jeanne descansando de sus heridas y golpes junto a las mujeres y hombres que habían subido con ella. 

- Thomas -dijo una voz a mi lado. 

Me giré de nuevo y vi al alcalde que había llegado a mi lado. Observé sus ojos fijamente y sentí después como sus brazos se ceñían a mi alrededor para darme un fuerte abrazo. 

- Chico, ¿has terminado de hacer la maleta? -preguntó. 

Me separé y suspiré mirándole. Tenía el cuerpo dolorido por las heridas y su abrazo me hizo daño aún más del que esperaba. 

- No, aún no las hice. Alcalde quiero hablar con usted -musité. 

- Claro, muchacho -sonrió y puso su mano en mi hombro mientras caminábamos hacia el establo. 

- Verá, no quiero que ese tal Richard pegue a su esposa de nuevo. Nunca más -fruncí mi ceño observando su reacción. 

- ¿Te parece si le buscamos otra casa hasta que Richard se calme, muchacho? -preguntó con una sonrisa. 

- Por supuesto -sonreí mucho más. 

- Veamos, ya sé que empleo te daré -sonrió ampliamente. 

- ¿En serio? -pregunté incrédulo. 

- Sí, no te preocupes por nada. Todo será muy diferente a partir de ahora -me guiñó un ojo. 

Le miré algo completamente extrañado. Necesitaba ver a mi amada de nuevo para sentir que estaba perfectamente bien. La amaba muchísimo más que a mi propia vida, la necesitaba a mi lado o moriría de la angustia. 

- Thomas estate tranquilo. Puedes ver si quieres a Jeanne, mantendré alejado a Richard de la casa unas horas mientras terminas de hacer tu equipaje y yo termino de preparar todo para que tanto tú como Jeanne os mudéis esta noche a casas distintas -sonrió. 

- Muchas gracias -sonreí y después me encaminé hasta la casa donde Jeanne descansando. 

Suspiré y me metí por la puerta de servicio hasta llegar al piso de arriba. Allí ya estaban todos pero no podía entrar antes de que todos se marchasen.

Mi camino hasta ti
Capítulo 154. Dulce tentación XXVIII


Vi su cuerpo sobre la cama. Su rostro estaba horriblemente magullado y no pude soportar más no acercarme a ella. 

Entré en la habitación ante la mirada de todos los presentes y sin dejar de contemplarla me acerqué con lentitud hasta donde ella estaba. 

Producía unos ligeros quejidos cada vez que se movía una parte de su cuerpo. 

- Jeanne -musité muy bajo mientras ella seguía moviéndose con cautela para encontrar uno posición más cómoda. 

Sus ojos se entreabrieron levemente una vez que el dolor pareció cesar un poco cuando no se movía. 

- ¿Tho...Thomas? -susurró con un hilo de voz. 

- Estoy aquí, Jeanne -contesté y tomé con cuidado una de sus manos entre las mías. 

Su piel estaba completamente magullada aunque a pesar de eso seguía siendo realmente suave. 

¿Cómo un hombre podía estar tan desquiciado para pegar una paliza a ese ángel? No comprendía porque razón alguien desearía dañar a una mujer pero menos a aquella. Jeanne era absolutamente perfecta. 

- ¿Estás bien? -pregunté a pesar de saber realmente la respuesta. 

- Sí -mintió. 

Acaricié su suave piel con las yemas de mis dedos. Suspiré mientras veía como su rostro parecía ligeramente descompuesto por el dolor que ese cabrón de Richard le había causado. 

- No te preocupes -murmuré con lentitud-. No va a volver a hacerte daño. Te sacaremos de aquí. 

- Me buscará y me encontrará -dijo con un tono de histeria y de miedo. 

- No, no lo permitiré. Haré lo que sea para que no vuelva a encontrarte nunca más -suspiré.

Levanté con lentitud mi mano derecha hasta su mejilla y comencé a acariciarla con muchísima suavidad. Noté como si piel se erizaba bajo las yemas de mis dedos. 

- Por favor, no me dejes nunca -susurró mientras unas lágrimas recorrían sus amoratadas mejillas. 

- No lo haré, pero por favor no llores -musité mientras secaba con cuidado sus lágrimas con mis dedos. 

Parecía aún más frágil que como siempre me había dado a entender. Su figura tan fina, tan elegante y cristalina. Ella seguramente necesitaría estar entre algodones toda la vida. 

Los que estaban en la habitación comenzaron a salir para dejarnos algo de privacidad. 

Jeanne me miró fijamente a los ojos, después bajó su mirada por mi rostro y suspiró. 

- ¿Te duele mucho? -preguntó mientras levantaba una de sus manos y acariciaba algunas de las heridas que su marido me había dejado en mi rostro. 

- No te preocupes -suspiré sintiendo un ligero dolor a pesar de la suavidad y cuidado que estaba teniendo. 

Me bajé hasta su altura y dejé un pequeño beso en su frente. Sus manos acariciaron mis mejillas como si de un ciego se tratase para así dejar grabado mi tacto en las yemas de mis dedos. 

- Bésame -suplicó en un susurro. 

Sin pensarlo más uní nuestros labios en un beso dulce, lleno de amor y cariño. 

Escuché un pequeño carraspeo y vi al alcalde. Suspiré y me separé de Jeanne. 

- Es hora de irnos


Mi camino hasta ti
Capítulo 156. Dulce tentación XXIX


Miré a Jeanne que me observaba con tristeza. Suspiré mientras acariciaba lentamente su mejilla. 

- Tengo que irme -susurré y me separé mientras fui a donde estaba el alcalde. 

Ella comenzó a sollozar y se me partió el corazón mientras el alcalde me tomaba del brazo. Suspiré y salí de la casa acompañado de él. 

- Jeanne está mal muy mal -susurré suspirando. 

- Lo sé, Thomas pero la sacaré de aquí no te preocupes -musitó el alcalde mientras seguíamos caminando. 

Salimos de la casa y miré a mi alrededor. Allí estaba Richard mirándome fijamente con una intensa mirada de odio. 

- No olvidaré tu cara, cuando te vea te juro que te mataré -gritó a nuestro lado. 

- Ni se te ocurra acercarte a Jeanne porque entonces seré yo quien te mate a ti -bramé apretando la mandíbula y frunciendo el ceño tanto que pensé que se me quedaría incrustado en la frente con aquel ángulo. 

- ¿Tienes algo con mi mujer? -preguntó gritando de nuevo. 

- Yo solo la defiendo de un hijo puta como tú -contesté mientras el alcalde seguía tirando de mí y los amigos de Richard de él. 

- ¡SI VUELVO A VERLA CON UN MORATÓN MÁS JURO QUE TE MORIRÁS ENTRE TERRIBLES SUFRIMIENTOS!!! -grité y salí de aquel lugar. 

Miré hacia el vehículo al que me llevaba el alcalde y después de eso los caballos comenzaron a galopar alejándome del amor de mi vida. 


Mi pecho me dolía muchísimo más que antes. No podía estar alejado de ella, mi mano estaba comenzando a posarse sobre mi pecho y apretar la mano en el lugar en el que estaba mi corazón. 

Mis lágrimas tenían su rostro grabado mientras recorrían mis mejillas una y otra vez. 

- Jeanne -murmuré lentamente sin que pudiese escucharme el alcalde. 

Miré por la ventana una y otra vez mientras en las nubes era capaz de encontrar cualquier forma que me recordase a ella, mientras en mi mente sus ojos tomaban forma, mientras en mis labios imaginaba la suavidad de los suyos sobre los míos. En mi piel imaginaba la cálidez de su piel sobre la mía. 

La amaba más que a mi vida. La deseaba conmigo para acurrucarla en mi pecho y sentirme seguro. 
























El camino fue largo y pasé la mayor parte del tiempo dormido mientras algunas lágrimas por mis sueños indicaban que estaba destrozado. Después de llegar el alcalde me despertó con cuidado. 

- Hijo, ya hemos llegado -sonrió.
  

Mi camino hasta ti
Capítulo 165. Dulce tentación XL


Habían pasado varios días desde que el alcalde consiguió sacarme de aquella casa. Hablé con él y después apenas unas horas traje conmigo a mis hermanos. 

La lucha por ver al amor de mi vida era más que inútil. Richard la asedió los dos días que pasó en la casa que el alcalde le había proporcionado. Después se la llevaron lejos de mí, tan lejos que no sabía nada de ella. Su ausencia comenzaba a desesperarme. 

Cada noche soñaba con su cuerpo, con sus labios y lloraba de rabia por haberlos perdido hasta quedarme completamente dormido. Deliraba por ella. 

La enfermedad de mi madre iba empeorando como mi alma se volvía oscura, vacía.. 

- ¡Thomas! -escuché gritar a uno de mis hermanos mientras acunaba a la pequeña Cassie entre mis brazos. 

La deposité sobre la cuna y corrí hasta el lugar donde provenía el grito de mi hermano.

- ¿Qué ocurre? -pregunté completamente preocupado. 

- Es mamá -me explicó-. No respira. 

No, aquello no podía pasarme ahora. 

Entré tan rápido como mis piernas me lo permitieron hasta la habitación donde había pasado descansando las últimas veinticuatro horas ya que se sentía fatigada. 

Su rostro estaba completamente blanco. Después de mucho tiempo sus facciones estaban relajadas, ella parecía descansar en paz pero a mí me había roto por completo por dentro. 

Me acerqué a la cama para comprobar lo que ya sabía. Su piel estaba fría, helada más bien. Sus músculos estaban rígidos por lo que había expirado mientras descansaba y no hacía pocas horas precisamente. 

Unas lágrimas recorrieron mis mejillas. No podía comprender como había muerto si todos los días se tomaba su medicina. 

Besé su frente con toda la entereza de la que fui capaz y noté un olor extraño. No era el olor habitual de alguien descomponiéndose ni mucho menos sino un olor que provenía de sus labios. 

Me fijé en ellos con el ceño fruncido y vi como los rodeaba un líquido apenas visible sobre su piel pálida. Era de un tono blanquecino o más bien incoloro. El aroma que penetraba mi pituitaria era como de almendras amargas. 

Ahí había algo raro. Mi madre no comía almendras nunca, las detestaba y menos amargas. 

Miré hacia la mesilla donde descansaba un vaso de agua y lo tomé para beberlo un poco pero cuando otra vez el potente aroma de almendras llegó hasta mi nariz ni tan siquiera rocé mis labios con el vidrio. ¿Podría haber sido un envenenamiento? 

Había escuchado que algunas personas estaban muriendo y no precisamente por causas naturales bajo el poder de un potente veneno llamado cianuro. 

¿Quién podría tener deseos de matar a mi madre de aquella manera tan terrible? No sabía que pensar, estaba confuso por lo que decidí llamar al médico de aquel lugar para hacerle una consulta. 

Me incorporé, tomé el auricular del teléfono que mi madre tenía a su lado. Aquello era un lujo pero gracias a que trabajaba para el alcalde éramos unos de los primeros en poseer semejante invento. 

El médico contestó rápidamente a mi llamada. Notaba como el auricular temblaba en mi mano contra mi oreja. 

- ¿Dr. Facinelli? -pregunté cuando escuché un diga desde el otro lado. 

- Habla con él, joven -respondió. 

- Tengo una pregunta que hacerle. Las muertes producidas por cianuro... ¿poseían un olor característico? 

- Así es. Tenían un olor a almendras amargas muy potente. ¿Conoce a alguien que haya muerto en circunstancias similares? -dijo con un tono levemente desesperado. 

- Sí... -fue lo único que pude decir hasta que mi voz se quebró por completo y dejé caer el vaso de entre mis manos.

Mi camino hasta ti
Capítulo 166. Dulce tentación XLI


Asesinada. Sabía que mi madre no podía haber muerto tan rápido si había comenzado a tener ciertas mejorías según el médico que la había revisado tan solo hacía una semana. 

Miré el cuerpo sin vida de mi madre y comencé a sentir deseos de matar a alguien en ese mismo momento. Quería romper en mil pedazos cada uno de los huesos del bastardo que había envenenado a una mujer inocente. 

Vi el desastre producido por el vaso y ni tan siquiera me importó. 

- ¡Thomas! -escuché gritar en el piso de abajo. 

Levanté mi mirada del suelo. ¿Había sido un delirio? Fruncí mi ceño enfadado conmigo mismo. 

- ¡THOMAS! -escuché muchas voces de niños gritar a la vez. 

Eran mis hermanos. Mi corazón dio un vuelco mientras mis pies comenzaban a reaccionar para que así pudiese moverme de la habitación. 

- ¡CALLAOS MOCOSOS! ¡CALLAOS DE UNA VEZ! -gritó una voz de hombre.

Escuché risas de voces graves y gritos de dolor procedentes de otras inmaculadas como las de mis jóvenes hermanos. 

Mis piernas al final respondieron y pude correr hasta el lugar donde se estaba produciendo semejante situación. Vi como algunos hombres estaban tomando a mis hermanos en brazos intentando subirlos hasta un carromato. 

La ira me invadía. Los pegaban mientras ellos se defendían. 

Apreté mis puños y cargué contra ellos como pude con desesperación por salvarlos de las garras de aquellos insensatos que estaban intentando robarme a mi familia. 

- ¡NO LOS TOQUÉIS, HIJOS DE PUTA! -grité en el momento que uno de mis puños se hundió en el estómago del que tenía entre sus brazos a mi hermana Susie. 

Escuché un alarido de dolor y como Susie intentaba escapar pero otro de los hombres la agarraba con fuerza para subirla al carromato. 

Mi hermano William descansaba inconsciente en el suelo de aquel carro tirado por caballos negros mientras una brecha en su cabeza sobre su deja derecha seguía derramando sangre. 

El fuego por la rabia me quemaba en mi interior. Me abalancé sobre otro de los que intentaban capturar a mis hermanos. 

Golpeaba a todos los veteranos que veía en aquel lugar mientras también recibía algún que otro golpe en el desesperado intento por salvar lo que era de mi propia sangre. 

- ¡CORRED! ¡NO DEJÉIS QUE OS ATRAPEN! -grité con todas mis fuerzas a mis parientes. 

Ellos gritaron. Algunos de dolor, otros de rabia, otros entre lágrimas. ¿Por qué estaba sufriendo aquella horrible situación? 

- Vaya, vaya, vaya... -escuché a mi espalda.

Las voces de los hombres cesaron en ese instante solamente los gritos de los pequeños se escuchaban. 

- Así que el roba esposas ha venido a salvar a los desdichados niñitos que acaban de perder a su pobre e indefensa mamá -rió burlonamente una voz que reconocería toda mi vida. 

Richard. Ese cabrón estaba detrás de todo esto. Ahora sí que lo pagaría, me costase lo que me costase, le mataría allí mismo. 

Escupí un poco de sangre que tenía en mi boca mientras me giraba para mirarle cara a cara. 

- No mancilles a mi madre en esa boca, gilipollas -contesté-. Dejad a mis hermanos en paz, me quieres a mí pues lucha conmigo pero ellos no tienen que conocer lo hijo de puta que eres. 

Rió a carcajadas y enseñó en ese momento una pistola que tenía en la mano, la cual no había visto hasta ese momento. 

- No deberías hablarle así al hombre que tiene tu vida en sus manos -dijo tajante. 

- ¿Por qué haces esto? ¿Porque yo si fui lo suficientemente hombre como para follarme a tu mujer?


Para mí no había sido solo sexo. Había sido un acto completo de amor pero sabía que aquello le enfurecería más que nada en el mundo. 

- ¿Te has... te has follado a mi mujer, hijo de la gran puta? -preguntó mientras su voz se convertía en un grito. 

Después comenzó a reír como un maníaco. 

- No me extraña. Ella es una zorra, una gran zorra -rió más-. Es buena en la cama ¿verdad? Sí, yo también lo sé. Hace unos tres días que la hago mía quiera o no quiera. Sí, sus gemidos son algo..no sé como explicarlo pero tú ya lo sabes, aunque conmigo más que gemidos emite gritos, llantos pero no me importa. Es mía y aunque no quiera tiene que cumplir como mujer. 

- Maldito cabrón.. -dije dando un paso hacia él. 

- ¡Eh! -rió-. Necesitaba que te fueses así al otro mundo. 

Quitó el seguro de la pistola y apretó el gatillo. Entonces todo se volvió negro mientras caía al suelo.

Mi camino hasta ti
Capítulo 167. Dulce tentación XLII


Apreté mis ojos que estaban cerrados. Escuchaba voces a lo lejos. Quizá estuviesen más cerca pero mi cabeza me daba vueltas. Todo lo que era capaz de percibir era distorsionado y con eco. 

La cabeza me estallaba y mi hombro me ardía de dolor. Apreté mi mandíbula e intenté abrir os ojos soportando el continuo martilleo que sentía en mis sienes. 

Una luz me dejó por unos instantes sin retinas. No estaba acostumbrado a la claridad. Quizá llevaba demasiado tiempo con los ojos cerrados. 

¿Tiempo? Es cierto, ¿cuanto había pasado? ¿Dónde estaba? 

A mi mente vino un recuerdo. Gritos de niños y un disparo. 

¿A quién habían disparado? ¿Por qué gritaban esos niños? 

Entonces lo recordé. ¡Mis hermanos! Abrí mis ojos como platos. Me incorporé en la cama e intenté salir de allí pero me fijé en todo lo que estaba a mi alrededor. 

Aquello parecía una iglesia o un castillo. Mi sentido de la orientación o de la comparación estaba completamente fuera de servicio. 

- Señor, señor no se mueva -escuché una dulce voz que se acercaba rápidamente a mí. 

- Tengo que moverme, mi.. mis hermanos -contesté rápidamente. 

- No puede moverse de la cama, señor -puso sus suaves manos sobre mis brazos y me obligó a tumbarme. 

En ese momento vi lo débil que en realidad estaba y suspiré dejando que me arropase de nuevo. 

- Disculpe, usted no lo entiende. Tengo que encontrar a mis hermanos. Tengo que salvarles de las garras de unos hombres -le dije completamente desesperado. 

- No se preocupe caballero. Ahí está el sheriff Rathborne al que si quiere puedo llamar y él le ayudará en su problema -contestó señalándome a un hombre al otro extremo de la sala. 

- No, yo.. yo tengo que ir en persona -protesté. 

La monja me ignoró por completo y caminó hasta el hombre que había señalado antes. Bramé furioso algo entre dientes mientras veía como el sheriff se giraba hacia mí y me miraba con detenimiento escuchando a la mujer. Poco tiempo después comenzó a caminar hacia donde estaba mi cama. 

- Joven -sonrió el hombre de la ley y se sentó en la cama que estaba al lado de la mía completamente vacía-. ¿Cómo se encuentra? 

- Mal, pero eso no importa -respondí-. Necesito que me saque de aquí tengo que ir a por mis hermanos. 

- No puedo sacarle de aquí, joven. A ver, dígame, ¿cómo se llama? -preguntó mirándome fijamente. 

- Thomas Williams -respondí-. Por favor, se lo imploro deje que me vaya. 

- Muchacho, tranquilo -suspiró-. Verás, no estás en la misma ciudad donde te ocurrió eso -señaló el vendaje que ahora me daba cuenta tenía en el hombro-. Te dejaría quien fuese en mitad de la nada y tuviste suerte porque un mensajero pasaba por allí y te vi trayéndote hasta el monasterio más cercano que encontró. No sé donde podrán estar esos hermanos de los que le hablaste a sor Eleonor pero tienes que contarme todo lo que puedas de la historia de tu vida, chico. Quizá pueda ayudarte -terminó serio esperando que comenzase mi relato. 

Tomé aire y comencé a contarle todo lo sucedido desde que empecé a trabajar en la casa de Jeanne, de mi amor. Noté como cambiaba de expresión cientos de veces hasta la de infinita sorpresa por lo último que me había ocurrido. 

- No te preocupes. Te ayudaré -asintió y después se apartó cuando vino el médico para revisarme. 

Dejé que curase la herida que no tenía a mi parecer buena pinta pero el hombre con gafas ataviado con una bata blanca parecía satisfecho con una supuesta evolución. Me sonrió, me dio un calmante y me hizo dormir mientras en mi mente aún tenía a Jeanne, a mis hermanos y el tremendo odio que sentía por Richard.

Mi camino hasta ti
Capítulo 168. Dulce tentación XLIII


Me desperté con los latidos del corazón disparados. Habían pasado desde aquel momento exactamente dos años y no había sabido nada de mis hermanos ni de Jeanne. 

Mi buen amigo Jackson Rathbone, el sheriff del condado de Wenningster me ayudaba en lo que podía descubrir pero tan solo y por suerte había recuperado a mi pequeña Cassie. 

Mi hermanita había permanecido en su cuna y aquellos horribles hombres no se la habían llevado. Durante dos días había estado llorando en aquel camastro hasta que gracias a dios una joven que pasaba por allí la recogió y le salvó la vida. Desde entonces estaba muy agradecido a Emma y se había convertido en mi mejor amiga, en la cual podía confiar. 

Siempre estaba allí para cuidar de mi princesita cuando yo tenía que ir a trabajar. Sí había empezado desde lo más bajo pero en dos años me había convertido en uno de los hombres más respetados del condado. 

Todas las mujeres intentaban que me fijase en sus hijas en edad casadera aunque muchos de los hombres padres de aquellas jóvenes, pensaban que mantenía un idilio con Emma. No podían estar más equivocados. La única mujer con la que pecaba en mis sueños era Jeanne. Su cuerpo aún seguía en mi mente tan nítido como el primer día. Seguía deseándola más que vivir pero desconocía su paradero. 

Miré a mi lado y la princesita de mis ojos descansaba aún con sus puños cerrados. Sonreí mirándola. Era la única razón por la que seguía luchando de cara a los demás pero no era cierto, la sed de venganza era aún más poderosa cada día. 

Me giré en la cama y puse mi cabeza sobre una de mis manos apoyando en ella todo el peso mientras observaba con detenimiento a Cassie. 

- Eres tan perfecta, mi princesita -susurré y dejé un besito en su mejilla. 

Cassie sonrió mientras aún era de noche. No quería separarme casi nunca de ella por temor a que me la arrebatasen de cualquiera manera cruel como lo habían hecho con mi madre y mis hermanos. 

Sus ojitos se abrieron y me dejaron perderme en unos intensos iris grises. 

- Hoda, Thomy -susurró mientras con una de sus manitas se refregaba uno de sus ojitos. 

Aún no hablaba muy bien pero era tan adorable que no me importaba lo que tardase en pronunciar completamente bien todas las palabras. 

- Hola, princesita -sonreí-. ¿No tienes un poco de sueñito? 

- No -dijo negando con la cabeza pero su boquita se abrió dándome a entender que era una pequeña mentirosilla. 

- ¿Sabías que a las niñitas que mienten les tengo que dar un castigo? -dije poniéndome un poco serio intentando disimular mi sonrisa. 

- ¿Un caztijo? -preguntó poniendo los ojos como platos-. ¿Qué ez esho? 

Sus ojitos le brillaban por la curiosidad y mi sonrisa no pudo esconderse más. La tomé entre mis manos y la levanté. Me recosté en la cama boca arriba y la puse sobre mi pecho mientras ella me miraba con una inmensa sonrisa que enseñaba sus dientecitos blancos.

- Un castigo normalmente es algo malo -le aclaré mirándola. 

Vi como las comisuras de sus labios se curvaron hacia abajo y le acaricié una de sus mejillas mientras la otra mano la mantenía firme en su cintura para que no se cayese de mi pecho.

- Pero los castigos que yo te ponga serán algo así como pedorretas en la barriguita, cosquillitas en los pies -sonreí mientras ella comenzaba a reír. 

- No, sabes que duejo no pado de leír -contestó ruborizándose. 

- Eres tan adorable.. -susurré. 

La tomé de nuevo de la cintura con mis manos y la acerqué a mi rostro para llenarle el suyo de mil y un besitos.

Mi camino hasta ti
Capítulo 169. Dulce tentación XLIV


Se hizo de día. Cassie aún descansaba en mi pecho después de haberse quedado dormida unos minutos más tarde de despertarse. 

La deposité con cuidado en la cama mientras escuchaba el sonido de unos nudillos contra la madera de entra de la casa. 

Me levanté de la cama y caminé hacia la puerta. La abrí con cuidado y vi a Emma al otro lado sonriendo. 

- Buenos días -susurró. 

- Buenos días -contesté a su sonrisa y la dejé pasar. 

Ella entró. Estaba hermosa vestida con un vestido de seda de tono pastel y el pelo recogido en un sencillo moño. Era una chica de campo y no tenía mucho dinero pero se había venido al condado tan solo para cuidar de la pequeña mientras yo trabajaba, según había dicho por tomarla demasiado cariño en poco tiempo. 

Cerré la puerta y caminé hacia la habitación mientras escuchaba el taconeo de los zapatos de aquella joven salvadora siguiéndome. 

- Está en mi cama -sonreí mirando por encima del hombro a sus ojos marrones-. Quería dormir con ella como casi siempre -reí bajo-. Ya me conoces. 

- Sí, sois ambos adorables -contestó y se acercó al colchón donde mi angelito descansaba. 

- Iré a lavarme un poco -anuncié. 

Emma me sonrió y acarició la manita de Cassie. Me acerqué a la pequeña y deposité un besito en su frente, después me fui al baño para asearme un poco antes de ir a trabajar. Hoy tenía que hacer unos negocios que si me salían como esperaba me reportarían mucho dinero y me permitirían moverme en círculos más distinguidos como los de mi amada Jeanne. 

Entré en el baño y me aseé con rapidez. Después salí y me vestí con un traje elegante pero no el más elegante que poseía para ir a hablar con el señor Radcliffe. 

Me acomodé la camisa y después me puse una corbata. para rematar el modelo. 

Me despedí una última vez de Cassie y salí de la casa. Miré el carromato que ya estaba en la puerta esperándome. Entré en él después de saludar a mi cochero el señor Grint. 

Después de un movimiento de amarras y un latigazo los caballos comenzaron a andar haciendo que comenzase a escuchar el ruido de los cascos contra el suelo de las calles. 

Intenté relajarme mientras meditaba una vez más mi plan. Tenía que convencer a aquel magnate de los negocios como fuese de que yo era la mejor opción para que vendiese sus terrenos cerca del condado de Vancouver. Estaba lejos de Wennington pero podría pasar allí un tiempo para que así saliese el negocio redondo y todo el mundo terminase olvidándose del nombre que hasta la fecha siempre había usado. Thomas Williams al menos tenía que esconderse durante un tiempo para conseguir que mi venganza pudiese cumplirse. 

El coche me dejó a las puertas de la más lujosa de las mansiones de aquel condado. El ricachón señor Radcliffe estaría entre los muros de aquel inmenso palacio pensando que hacer con los millones de billetes que asomaban todos los días de su bolsillo. 

Respiré hondo y tras cruzar el jardín llamé a la puerta de entrada haciendo que un hombre canoso y con el rostro lleno de arrugas me abriese. 

Mi camino hasta ti
Capítulo 170. Dulce tentación XLV


El mayordomo me miró de arriba abajo y mientras juntaba sus talones haciendo su pose aún más rígida se dirigió a mí. 

- ¿En qué puedo ayudarle, buen hombre? -preguntó mientras sus rostro permanecía completamente impasible como si todos los días estuviese acostumbrado a ver de todo y ya nada le asombrase. 

- Vengo a tratar unos negocios con el señor Radcliffe -contesté. 

- ¿El señor le está esperando? -cuestionó aún con aquel rostro que parecía no sentir ni padecer. 

- Así es -respondí. 

- En ese caso dígame su nombre caballero para poder anuncarle ante el señor -me pidió gentilmente pero en su voz siempre había el mismo tono de pasividad. 

- Williams, Thomas Williams. 

El hombre me dejó pasar. Me indicó con una señal de la mano que la siguiese hasta el piso de arriba donde suponía que estaba su señor. 

- El señor Radcliffe está desayunando -me informó mientras subíamos los escalones con tranquilidad-. Supongo que le hará esperar hasta que termine pero aún así es el señor quien decide -concluyó en el instante que terminamos de ascender el primer tramo de la escalera. 

La escalinata ahora se dividía en dos tramos que iban cada uno a un lugar diferente de la casa. Unos se dirigían al ala norte mientras los otros se dirigían al ala sur. 

Seguí al mayordomo por el ala norte hasta que quedamos frente a una gran puerta de roble barnizada con hermosos dibujos labrados que habían sido rematados en una pintura dorada. 

La exquisitez de las obras de arte que allí estaban colgadas era increíble. 

- Espere aquí -me indicó el hombre y después entró en la sala que escondían aquellas hermosas puertas. 

Observé con detenimiento el pasillo. Un suelo rojo, solo digno para reyes invitaba a caminar sobre él durante el resto de la vida. 

Soñé siempre con poseer una casa así y bien sabía que difícil sería conseguirla pero a pesar de todo no terminaría rindiéndome nunca. En mi cabeza estaba claro un objetivo, la venganza. 

Escuché unos tacones que se acercaban por el otro lado del pasillo hacia mi posición y no supe como reaccionar. El mayordomo aún no salía de la estancia imaginé que no queriendo meter prisa a su señor pues no era bien visto que un hombre al servicio de otro le exigiese nada. 

Entonces dobló la esquina una joven dama de cabellos dorados que reía muy alegremente junto a su compañera que tenía los cabellos morenos pero mis ojos estaban fijos en la joven que estaba luciendo un hermoso vestido azul apastelado. En un primer momento pensé que podría ser mi amada Jeanne y el corazón comenzó a latir a un ritmo frenético, mi boca se secó y mi cerebro comenzaba a mandarle señales a mi cuerpo para que en cuanto se acercarse a mi la besase hasta dejarla sin más mínimo aliento pero me equivoqué. 

Una sonrisa que no era la que recordaba asomó de entre sus labios y cuando se hubieron acercado lo suficiente comprobé que era una chica hermosa pero no el amor de mi existencia. 

No pude evitar sentirme abatido, dolido en cierta medida por el maldito golpe que la vida me había dado. 

Conocía a aquella joven, era Emilie de Ravin, prima lejana del ricachón señor Radcliffe. 

Sentí como sus mejillas se sonrojaron y después pasó a la sala donde esperaba entrar en breves instantes sin quitarme sus ojos azules de encima sin poder ser comparables con los azul cielo de mi Jeanne. 

- Señor Williams -escuché la voz del mayordomo-, pase mi señor le está esperando. 

Asentí y tras aquellas jóvenes pasé a la enorme estancia donde empezaría a trabajar en aquel negocio con el dueño de toda aquella mansión

Mi camino hasta ti
Capítulo 171. Dulce tentación XLVI


Allí sentado en una enorme mesa rodeado de manjares estaba el joven, pero muy joven a mi parecer para poseer tanto dinero, señor Radcliffe. 

- Señor Williams -se levantó entusiasmado-, por fin lo conozco. Tanto tiempo deseando tener una conversación con usted. En este condado es tan amado como las fiestas que se celebran todos los años. Le tienen todos en un altar. Pero donde están mis modales -sonrió ampliamente-. ¿Ha desayunado? Siéntese y acompáñenos a mí y mis hermosas primas, por favor. 

Asentí y me acerqué a la mesa mientras el mayordomo me corría la silla. Me senté en ella y las doncellas rápidamente me sirvieron todo lo que podía esperar y más de un desayuno. 

- Muchas gracias. Es usted muy amable, señor Radcliffe -sonreí y después escuché un pequeño suspiro que provenía de mi derecha. 

Miré hacia ese lugar y vi como la joven de Ravin tenía los ojos puestos en mí y se había vuelto a sonrojar. Rápidamente aparté mi mirada de ella pues no quería que pensase que me resultaba de alguna manera atrayente ni que se hiciese ilusiones de ningún tipo. 

- ¿Le importa, señor Williams, que nos tuteemos? Con alguien con quien estoy dispuesto a hacer algún tipo de negocio no tengo costumbre de llamarlo de usted.

- Por mí no hay ningún inconveniente -respondí. 

- ¡Perfecto, entonces! Puede llamarme Daniel... Thomas si no me equivoco ¿verdad? -preguntó mirándome con una ceja arqueada esperando mi respuesta. 

- Así es. 

Comencé a comer. No podía evitarlo. Estaba hambriento pero decidí no parecerlo al menos ante los ojos de los demás comensales de aquella mesa. 

Comí despacio pero abundante de manera que sentí un gran alivio en mi estómago. Una de las doncellas que se acercó hasta mí rió un poco cuando volvía a llenarme la taza de café. 

- ¿Quiere que le guarde algo para más tarde, señor? -susurró sin que Daniel se diese cuenta. 

- ¿Podría guardarme en un paño algunos bollos de leche? Por favor -musité y ella me miró sorprendida. 

De todo lo que podía pedirle solo le había dicho bollos de leche pero no podía pensar en nadie más que en Cassie. A ella le encantaban aquellos bollos y casi nunca podía comprárselos porque a pesar de tener dinero estaba ahorrando para aquella compra de terreno y aquella clase de bollería era excesivamente cara para lo que podía permitirme al día. 

La joven doncella asintió y después volvió a su lugar. Miré a Daniel que me contemplaba comer y decidí parar aunque a penas había llenado un tercio de mi estómago hambriento. 

- Puede seguir comiendo si lo desea, Thomas -contestó. 

- No, estoy servido. Gracias -respondí y él hizo un pequeño mohín. 

- Vancouver, ¿no? ¿Planeas viajar hasta allí? Según tengo oído tiene dinero pero no posee el suficiente como para permitirse quedarse en estas tierras lejos de las personas que serán su mano de obra... ¿o me equivoco? -preguntó. 

- No, Daniel. No te equivocas. Viajaré a Vancouver para así poder estar al pendiente de las plantaciones -respondí. 

- Tienes suerte que venda esas tierras. Mis amados negocios en aquella ciudad fueron los primeros que tuve gracias al padre de mi adorada prima Emilie -sonrió y miró a su prima. 

- No tienes nada que alagar a mi padre, Daniel. Tú lo merecías todo -contestó rápidamente su prima.

- ¿No es adorable? -me preguntó-. Sin embargo aún no tiene marido. Algo inaudito, ¿no crees? En fin, a lo que iba. Viajaré a Europa donde tengo plantaciones mucho más productivas que aquellas así que tengo que deshacerme de mis recuerdos -suspiró y me miró. 

- Es una lástima pero sí una gran suerte para mí -respondí. 

Asintió y se encendió un puro mirando hacia algún lugar lejano donde su mente viajaba sola y nadie podía seguirle. 

- Quiero conocer bien a aquella persona que se quede con parte de mis recuerdos por ello -dijo elevando la voz-, tendrá que venir todos los días hasta mi partida del condado para que hablemos sobre sus planes con mis terrenos. ¿Te parece bien? 

¿No había otro remedio? Suspiré interiormente sin que se me notase. Yo quería cerrar el negocio de una maldita vez pero me percaté que le hizo un guiño a su prima. Seguro todo aquello era por ella. ¿Le había gustado? 

Gruñí en mi interior y después me dije que debía apresurarme a contestar. 

- Sí, me parece justo y perfecto -respondí.

Mi camino hasta ti
Capítulo 172. Dulce tentación XLVII


Permanecí dos horas más conversando con Daniel. Después me levanté de la mesa y me despedí gentilmente de él y de las jóvenes. 

Caminé hasta la puerta que me abrió el mayordomo. Me miró un instante y después comenzó a caminar hacia la salida. 

Le seguí esperando que en cualquier momento apareciese la doncella que se había retirado de la sala hacía una hora y media con los bollos que le había pedido para mi pequeña princesita.

Bajé los escalones mientras miraba hacia todos lados nervioso por si no aparecería. 

- Señor Williams -chistó una voz de mujer desde un lado de la escalinata. 


Giré mi rostro y vi como elevaba sobre su cabeza el paño con un montón de aquellos bollos. Me acerqué a ella y con cuidado agarré el paño. 

- Muchas gracias. De verdad que no sabe cuantísimo se lo agradezco -dije con una inmensa sonrisa y ella emitió un pequeño suspiro. 

- De nada.. -hizo una pequeña reverencia y se fue hacia la cocina de nuevo para que nadie la viese. 

El mayordomo había bajado casi todos los escalones por lo que me apresuré a recuperar el tiempo perdido y llegué hasta estar un escalón por detrás de él justo en el momento que él bajaba el último peldaño. 


Caminó a la puerta y la abrió manteniéndola así para que pudiese irme. Me puse mi sombrero y con una ligera in inclinación de cabeza el mayordomo se despidió de mí. 

Comencé a cruzar el jardín delantero de la enorme vivienda y en ese momento escuché como otros pasos se habrían camino por la grava del sendero que conducía a la puerta de la verja detrás de mí. 

- Señor Williams -escuché a mi espalda una voz femenina y dulce. 

Me giré y comprobé que tal y como sospechaba la joven de Ravin me estaba siguiendo. Suspiré y la intenté mirar con el más profundo de mis respetos pero era evidente que comenzaba a arrastrarse ante algo que sería más que imposible. Solo amaba a una mujer y jamás dejaría de amarla. 

- ¿Sí, señorita de Ravin? 

- Mi primo olvidó mencionarle que esta noche hay una fiesta a la que le gustaría que asistiese. Estará toda la alta sociedad. Lamentablemente hay que acudir en pareja y no sé si usted poseerá tiempo de encontrar una dama que no la tenga ya -me informó.

- ¡Oh! Quizá pueda convencer a una joven encantadora de que me acompañe. Supongo que tendría que meditar que posibles mujeres no tendrían pareja sin desmerecerlas por supuesto de su atractivo físico o de carácter -respondí. 

- ¡Ah! Bueno, si lo desea yo conozco cuales de las damas más distinguidas aún no poseen pareja o tienen demasiados pretendientes para haber elegido y por indecisa se quedó sin nadie de compañía -dijo emitiendo un suspiro. 

- ¿Me está diciendo, señorita de Ravin, que usted no tiene acompañante para tan distinguida fiesta? -pregunté sabiendo cuál sería la respuesta. 

Obviamente no podía decir de manera abierta que deseaba que yo la llevase al baile al ser una dama refinada pero para ser una de las mujeres más amadas de aquel condado simplemente muy lista no me parecía. 

- Lamentablemente sí, señor Williams -asintió mirando sus manos mientras veía como se sonrojaba. 

- Entonces, ¿me haría el inmenso honor de ser mi pareja en ese baile que acaba usted de mencionarme? -sonreí fingidamente para que pensase que me hacía ilusión. 

- Por supuesto -dijo haciéndose la sorprendida.

- ¿Puedo preguntarle algo? -la miré con mucha curiosidad. 

- Claro, señor -asintió rápidamente mirándome a los ojos. 

- ¿Qué parejas distinguidas han confirmado su asistencia? 

- Creo que hasta la fecha los únicos que no la han confirmado son los señores Stevens -respondió. 

Aquello fue como una puñalada en el corazón. A la única que querría ver en aquella fiesta y no aparecería. 

- Muchas gracias por su información -agradecí y me subí en mi carromato.

Mi camino hasta ti
Capítulo 173. Dulce tentación XLVIII


Mientras pasaba las horas con mi princesita el tiempo se hacía ameno, demasiado para lo que quería. No deseaba que se hiciese de noche y tener que ir acompañado de Emilie a una fiesta a la que ni tan siquiera quería asistir. 

Se hizo de noche y Emma volvió a la casa para cuidar a Cassie mientras estuviese en la fiesta. 

Me vestí lo más elegante que pude y me resigné a intentar pasármelo lo mejor posible para así conseguir la aprobación rápida del señor Radcliffe y olvidarme por completo de tener que seguir viendo a aquella señorita. 

Llegué a la mansión. Estaba vez me impresionó como todo estaba decorado desde la verja. Cientos de velas indicaban el camino hasta la puerta de entrada que estaba abierta de par en par. En el lado derecho estaba el mayordomo y en el izquierdo la doncella para recoger los bolsos, sombrillas o abrigos que llevasen los invitados a semejante evento. 

Caminé con mi bastón ya que era signo de distinción a pesar de no necesitarlo en absoluto a mi edad y se lo dí al mayordomo junto con mi sombrero. 

La música se oía ahora mucho más fuerte que antes y caminé hacia donde las parejas andaban y el griterío era aún más escandaloso. Detestaba los bailes pero nunca había estado en ninguno de sociedad. 

Entré en el salón abarrotado de hombres y mujeres con sus más distinguidas prendas mientras en el centro, donde era el lugar para bailar, estaban algunas parejas comenzando a soltarse mientras el resto conversaban de las últimas novedades de sus negocios en el extranjero. 

Sonreí varias veces a aquellas personas que me reconocieron y conversé con algunos de ellos antes de llegar donde mi pareja impaciente esperaba al lado de su primo mirando a todos lados deseando verme aparecer entre la multitud que tenía por delante. 

Quería demorarme lo más que pudiese hasta llegar junto a ella porque eso significaría que sí o sí tendría que sacarla a bailar y yo tenía dos pies izquierdos. 

- ¿Has visto a la señora Stevens, Roger? -preguntó un joven a mi lado. 

¿Había escuchado bien? ¿La señora Stevens? El corazón me dio un vuelco y comenzó a latirme con fuerza deseando que esa vez no fuese un delirio sino que ella si hubiese ido a pesar de no esperarla. 

- Sí, está más hermosa que nunca -contestó ese tal Roger. 

- ¿Sabes que no ha venido su marido con ella? Según parece tenía negocios que hacer y está en Francia pero ella vino porque él se lo pidió. Cualquiera puede bailar con ella ahora. Vino acompañada de su mayordomo nada más -dijo con un tono de esperanza que no me gustó para nada. 

Ella, Jeanne era mía. Quién se atreviese a tocarla sufriría una inmensa ira desde lo más profundo de mi ser pero mis ojos y mis oídos ya no estaban pendientes de la conversación de aquellos muchachos estúpidos sino que buscaban con desesperación a la mujer de rubios cabellos que había robado por completo mi corazón. 

A un lado de la pista pude verla. Mi corazón me amenazaba con salirse de mi pecho. 

Sin ni tan siquiera pensarlo comencé a caminar hacia mi diosa, hacia mi vida que estaba dada la vuelta dándome su maravillosa espalda que tantas veces desee rozar de nuevo como la última vez. 

Cuando llegué a su lado estaba rodeada por cientos de hombres que la miraban embobados. 

- Buenas noches -musité cerca de su oído. 

Sentí como se estremeció y una vez que se hubo dado la vuelta comprobé que sí era ella. No pude evitar sonreír mientras ella también hacía lo mismo y contenía las lágrimas. Imaginé que su marido le habría dicho que estaba muerto. 

- Tho..Thomas -susurró con aquella angelical voz devolviéndome la vida. 

- Jeanne -musité y sentí la imperiosa necesidad de besarla pero tuve que contenerme al darme cuenta de todos los presentes. 

- ¡Thomas! -gritó una voz a mi espalda. 

No, aquello no. No quería tener que explicarle al amor de mi vida que no había ido solo al baile sino que había tenido que ir con una muchacha en edad casadera.

Mi camino hasta ti
Capítulo 174. Dulce tentación XLIX


Miré a Emilie que se acercaba a mí y tuve que sonreír a la fuerza. 

- Señorita de Ravin -me incliné haciendo una pequeña reverencia. 

- Emilie querida -sonrió Jeanne y me quedé perplejo al saber que se conocían-. ¿Así que el señor Williams es tu pareja esta noche? 

Me miró sonriendo como si no sintiese nada por mí ni nada hubiese sucedido hacía unos segundos. 

- Así es, Jeanne -sonrió-. El joven señor decidió invitarme cuando supo que yo no tenía pareja. 

- Eso no fue precisament... -comencé a decir. 

- ¡Oh, señor Williams no se haga! -rió con aquella dulce risa mi vida haciendo que perdiese el sentido de donde me encontraba y estuviese a punto de escaparse de entre mis labios un te amo-. Mi joven amiga, Emilie es un chica muy hermosa. Es completamente normal que un hombre de su edad se sienta atraído por ella y decida llevarla a un baile al tener la más mínima oportunidad de pasar un tiempo en su compañía. 

Miré a Jeanne sin comprender. ¿Acaso tenía que gritarle que la amaba delante de todo el mundo? ¿Por qué ese cambio de actitud? Podía sentir como mi corazón se estaba rompiendo con cada una de sus palabras en las que incluía la posibilidad de que yo ni tan siquiera mirase a una mujer como la miraba a ella, como la miraré y la miraría siempre. 

- No digas eso, Jeanne -rió nerviosa Emilie completamente sonrojada. 

- Supongo que es más que obvio que semejante belleza no puede ocultarse a los ojos de un caballero que ni tan siquiera está casado -contesté fríamente al ver que Jeanne no parecía cambiar su actitud. 

- Cierto es. Forman una hermosa pareja. ¿Quién sabe si en un futuro no nos dan la sorpresa del matrimonio? Son jóvenes, fogosos, los amantes perfectos -respondió mirándome fijamente. 

- Tiene razón, señora Stevens. Nunca se sabe donde se puede encontrar la pasión a pesar de que un corazón pueda estar tocado desde hace años por la misma mujer -respondí sin apartar mi mirada. 

- Quizá debería aventurarse a averiguar si dicha mujer aún arde en las llamas del amor por usted o solamente fue una aventura. Aunque a mi modo de ver usted debe ser un amante cuidadoso e imposible de olvidar -replicó.

- Vaya.. parece que se conocen de hace mucho tiempo como para tener una conversación semejante -metió baza Emilie. 

- Sí, querida. Su apuesto compañero estuvo trabajando en mi hogar hará unos años. Un verdadero caballero, sí señor -le respondió con aquella sonrisa que estaba consiguiendo dejarme sin aliento. 

Me decía a mi mismo que el autocontrol era la clave pero tan solo deseaba tomarla entre mis brazos y hacerla mía de nuevo. Quería expresarle mi amor de la única manera que ambos habíamos deseado otras veces. 

- Señora Stevens -dijo un hombre a la espalda de mi bella diosa y ella se giró grácilmente para mirarle. 

- ¿Sí? -preguntó con una sonrisa que me hizo envidiar a aquel hombre más que a ninguno de los que allí estaban. 

- Me preguntaba si.. ¿me concedería este baile? 

Jeanne sonrió al ver que el chico estaba nervioso. Dejó su copa a un lado y se disculpó con nosotros. 

- Por supuesto que sí -contestó tomándole del brazo y caminando ambos hacia la pista de baile. 

La ira me invadió. Quería matarle, deseaba alejarle de ella. Tan solo yo podía bailar con ella, tan solo yo podía tener el placer de su tacto, tan solo yo podía tomarla entre mis brazos para llevarla al más maravilloso de los placeres.

Mi camino hasta ti
Capítulo 175. Dulce tentación L


- Y bien señor Williams, ¿cómo está? -preguntó Emilie que estaba a mi lado observándome. 

- De maravilla -sonreí para ocultar el fuego de odio que crecía dentro de mí. 

- Me alegro mucho. Me contentó verle. Pensé que se había olvidado del baile -respondió haciendo unos pequeños pucheros. 

¿No se daba cuenta que no tenía cabeza para eso? Respiré hondo y tomé una de sus manos. 

- Jamás me olvidaría de una cita con una bella dama -besé sus nudillos y vi como se sonrojó. 

Después me giré y tomé una de las copas que llevaba una de las doncellas en una pequeña bandeja. Necesitaba calmar mis emociones con algo y no tenía nada más a mano que el alcohol. 

No sé como pero quedamos en una posición favorable para mí donde podía observar con detenimiento a Jeanne mientras Emilie me daba conversación acerca de cosas para mí completamente superficiales como sus vestidos o lo que un amigo le había contestado al otro que estaban ambos perdidamente enamorados de ella pero ahora se pegaban entre ellos por la atención de una de sus amigas igual de superficial que la que estaba delante de mí. 

Daba pequeñas contestaciones al cabo de cierto tiempo para que pensase que le prestaba toda mi atención pero ni mucho menos. Mis ojos estaban fijos en mi amor. 

Vi como el joven la tomaba de las caderas y mi sangre comenzó a hervir cuando el licor pasó por mi gaznate dejándomelo reseco y casi en carne viva. 

No estaba muy acostumbrado a beber pero tampoco parecía haber escogido el momento propicio para convertirme en un experto en la materia. 

Me estaba volviendo absolutamente loco viendo como estaba bailando con otro hombre. 

Después de un instante, inspiré conteniendo el aire para así centrarme solamente en la sensación de estarme ahogando por unos momentos cuando llevase tiempo sin expulsarlo y decidí prestar más atención a la hermosa joven que estaba frente a mí. 

Había enrojecido. ¿Por qué lo había hecho? No me había fijado en absoluto. 

- Esta canción es una de mis favoritas -susurró mirando sus manos. 

Me sonreí. Una manera muy disimulada de pedirme que bailase aquella pieza con ella. Escuché los primeros compases y vi que era un ritmo lento. 

Tomé una de sus manos y ella levantó los ojos completamente perpleja. 

- ¿Me haría el honor de concederme este baile? -pregunté. 

Sus ojos brillaron y asintió. La guié hasta el centro de la pista y puse una de mi otra mano en su cintura. Ella la posó sobre mi hombro y comenzamos a balancearnos al ritmo de la música mientras yo rezaba por no montar un espectáculo pisando uno de sus pies. 

De reojo miraba a Jeanne con su pareja de baile que también me observaba de vez en cuando. Al fin, no le era completamente indiferente. 

- Esta es una noche muy hermosa -musitó mi acompañante. 

- Así es. Aunque quizá podría ser conveniente ver las estrellas para decir eso, ¿no cree? 

- No opino lo mismo. Las noches pueden ser hermosas sin ver las estrellas. La compañía también puede hacer hermosa la noche o incluso que un sueño se haga realidad -susurró. 

- ¿Se le ha hecho algún sueño realidad? Vaya, me alegro por usted -sonreí. 

- Sí, aunque hubiese deseado que otro de ellos también se cumpliese -contestó. 

Un fogonazo me vino a la mente. Ella, Emilie. La había visto muchas veces antes. Sí, había sabido desde un principio que me era familiar pero desconocía porque además de verla pasear por las calles del condado. Ahora lo recordé. Ella había estado ayudando en aquel monasterio hasta que pude salir de él. Ella me había curado muchas veces cuando me entraron fiebres por las noches. 

- ¿Cuál? -pregunté sin percatarme cuanto nos habíamos acercado el uno al otro. 

- Un beso de sus labios, Thomas -contestó en un pequeño susurro. 

Sentí su tibio aliento en mis labios y en poco tiempo me besó sin que pudiese evitarlo. Ella pensaba que yo lo deseaba porque hacía mucho tiempo le había susurrado que la amaba cuando estaba en esa cama delirando por la fiebre pero tan solo lo había hecho porque pensaba que ella era Jeanne. Mi Jeanne, la mujer de mi vida.

Mi camino hasta ti
Capítulo 176. Dulce tentación LI


Sus labios eran suaves pero no sentí nada en ese beso que me fue robado sin que me diese cuenta de que me lo estaban dando. 

Me alejé rápidamente de ella antes de que nadie se diese cuenta de lo sucedido pero cuando miré hacia donde debía encontrarse Jeanne me di cuenta que no era así. Ya era tarde, ella lo había visto todo y se dirigía caminando deprisa hasta la salida o hacia el baño de aquella casa pero el caso es que fuese como fuese se estaba alejando por ese beso o eso es lo que al menos pensé. Tenía que comprobarlo, debía saberlo. 

- Disculpa -susurró Emilie sonrojándose más que nunca. 

- Emilie, tengo que irme -musité sin mirarla a penas y caminé detrás de mi amada que se abría paso como podía entre las felices parejas de enamorados que bailaban al ritmo de la música. 

Salió por una de las puertas y aceleré el paso para no perderla. 

Me encontré en el pasillo oscuro a medida que me alejaba de la puerta de la sala donde se estaba celebrando la fiesta y vi a lo lejos el vestido rojo de mi amor moverse doblando la esquina. 

Ahora estábamos solos, podría agarrarla y obligarla a que me dijese que me amaba tanto como yo a ella. 

Corrí en su busca, doblé la esquina y en poco la alcancé, la tomé de un brazo y la hice girar. 

- Jeanne -musité. 

- Suéltame -dijo mientras se deshacía de mi agarre-. Vete a besar a tu novia. 

- ¿Qué? 

La tomé de los dos brazos con fuerza mientras ella me miraba a los ojos con odio, con mucho odio rompiéndome de nuevo el corazón. 

- ¡Qué vayas a besar a tu novia! ¿Cómo tengo que decírtelo? -contestó a mi pregunta de incomprensión. 

- ¿Te molestó ese beso? -pregunté incrédulo-. Me has estado ignorando todo el tiempo.. 

- ¡No! -gritó-. ¡No me molestó para nada! ¡Vete, bésala, hazle el amor, lo que se te antoje pero déjame tranquila! 

Intentaba soltarse de mi agarre pero no la dejé. Tomé su cintura con fuerza, la acorralé contra la pared y apreté mis labios contra los suyos con desesperación. 

Ella no seguía mi beso. Me golpeaba los hombros, gritaba en mis labios que la dejase pero aún así no cesaba de besarla. 

Sus labios comenzaron a devolverme el beso. Sus dedos se enredaron en mi cabello y de su interior ahogándose en mi boca comenzaban a salir pequeños gemidos por la cercanía de nuestros cuerpos. 

La robaba el aliento y ella a mí el mío. Sin poder evitarlo nuestro beso se volvió aún más desesperado. Mis manos planearon por su cintura y tomaron una de sus piernas subiéndola hasta mi cadera para acariciarla con detenimiento. 

Como había anhelado su suave piel, sus dulces labios, su aliento, todo de ella. 

Dejé a un lado sus labios y comencé a besar su cuello mientras ella echaba su cabeza hacia atrás dejándome más espacio para mi labor. 

Podía escuchar como gemía por mis caricias en la parte interior de su muslo acercándome a su feminidad. 

- Te amo -susurré en su oído y continué bajando de nuevo mis besos por su extenso y apetitoso cuello de cisne. 

- Y yo a ti -conseguí escuchar entre gemidos de placer. 

Me estaba volviendo loco más que nunca por ella. Deseaba hundirme en ella y hacerla gritar en medio de aquel pasillo mientras los invitados ajenos a todo seguían disfrutando de aquella horrible fiesta. 

- Te deseo -gimó con su respiración acelerada en mi oído. 

Si pronunciaba una sola palabra más, la haría mía sin importarme quién pudiese descubrirnos. 

- Hazme tuya -volvió a susurrar entre aquellos adorables y excitantes sonidos que producía. 

Estábamos perdidos por la locura de amor que sentíamos pero haría su deseo realidad.

Mi camino hasta ti
Capítulo 177. Dulce tentación LII


Tomé sus dos piernas con mis manos e hice que las subiese a mi cintura. Ella me ayudó con un pequeño salto y las enredó para así no escurrirse. 

La besé en los labios con más desesperación que antes y ella rodeando mi cuello con sus brazos le agregó fuerza y más pasión a aquel beso. 

Subí con lentitud su vestido por sus muslos acariciando su suave piel en el proceso. Sentí como su piel se estremecía, como de sus labios los gemidos quería salir y no ahogarse en mi boca pero eran sumamente apetitosos de la misma manera. 

Dejé la tela de su falda a mitad de sus muslos y bajé mis besos por su cuello de cisne de nuevo hasta sus hombros. Subí mis manos por sus costados lentamente y acaricié un lado de cada uno de sus pechos al hacerlo. 

Necesitaba verlos, necesitaba besarlos. Bajé con mis dientes la tira derecha de su vestido mientras mis manos se afirmaban en su cintura. Dejó descubierto su perfecto, redondo y sonrosado seno. Después hice lo mismo con el otro tirante bajándolo para dejar a mi vista sus dos hermosos pechos. 

De un movimiento subí mis manos a ellos y los tomé con cuidado. Ella gimió cuando lo hice. Tan suaves, tan blandos y maravillosamente provocadores como los recordaba. 

Pude sentir como mi excitación aumentaba haciéndome daño en los pantalones pero me daba igual en ese momento. 

Pasé mis pulgares por las piedrecitas que eran ya sus pezones haciendo que ella emitiese un gemido más fuerte. 

Miré con intensidad aquellas dos montañas que tenía entre mis manos. Me incliné y comencé a besar una de ellas. Acto seguido mi diosa tomó mi cabello entre sus dedos apretando mi boca contra su blando seno para que no dejase de besarlo. 

Permanecí bastante tiempo pasando de un seno al otro besándolos con detenimiento, lamiéndolos con cuidado y mordisqueándolos con suavidad mientras tanto ella bajó sus manos entre nuestros cuerpos y desabrochó mi pantalón sacando mi dura erección de entre las telas. 

Cuando terminé de succionar uno de sus pezones sentí como palpitaba por el deseo de poseerla, por lo que subí con lentitud, sin prisas lo que quedaba de su falda por sus muslos y corrí a un lado su ropa íntima que aquellas alturas estaba completamente empapada. 

- Thomas, no esperes más -me rogó desesperada mordiendo el lóbulo de mi oreja. 

La hice caso y comencé a entrar dentro de su ser. Notaba una presión con cada centímetro que la profanaba de nuevo. Ahora volvería a ser mía, solamente mía. 

Ella con sus piernas hizo que la penetrase por completo de un movimiento. 

Jeanne gritó, yo gemí de placer por sentirme dentro al fin de ella. 

La música era alta, fuerte y había ahogado nuestros sonidos en el aire. 

Miré sus pechos un instante pero no, necesitaba besarla a ella. Subí mi boca a la suya y sus labios recibieron con un gran abrazo desesperado a los míos. 

En ese momento comencé a moverme. Intentaba ser cuidadoso pero la excitación podía conmigo y mi lado más primario salía a la superficie. Los movimientos, el vaivén de nuestras caderas cada vez se hacía más duro, rápido e increíblemente excitante el anterior. 

- ¡Oh, Thomas! -gritaba del intenso placer producido aquella bella creación del mundo.

Hundí mis dedos en sus muslos mientras ella tiraba de mi cabello. La penetración dura y rápida nos estaba dejando sin aliento. Ambos gritábamos, cerrábamos los ojos de placer, suplicábamos al otro porque no cesase nunca, buscábamos el placer del otro, aumentábamos el ritmo y en el mismo momento que mi amor llegó por tercera vez a la locura gritamos juntos con fuerza el nombre del otro al haber finalizado en el más delicioso de los orgasmos. 

Permanecimos dos piezas de baile más abrazados de aquella misma postura mientras conseguíamos calmar nuestras respiraciones. 

- Te he extrañado tanto -susurró ella y me besó dulcemente. 

- Y yo a ti, mi amor -musité entre besos-. No quiero dejar de verte. 

- Ni yo, mi vida. Pensé que estabas muerto -suspiró y volvió a besarme-. Necesito verte todos los días. 

- Y yo -susurré. 

- No te preocupes, buscaré una manera pero nos veremos todos y cada uno de los días -volvió a besarme y a pesar de ninguno desearlo salí de ella. 

Nos vestimos con cuidado y comprobamos que estábamos decentes. 

Ella fue la primera en volver al salón de baile y después fui yo. Volví hasta donde estaba Emilie con una gran sonrisa. Arreglaría la manera en la que me había ido pero desde luego aquel encuentro clandestino a la par que exhausto me había dado más fuerzas para seguir luchando por estar al lado de mi reina

Mi camino hasta ti
Capítulo 178. Dulce tentación LIII


No podía evitar mirar a Jeanne todo el tiempo era tan pero tan hermosa. Llegué hasta donde Emilie se encontraba. Unas lágrimas recorrían sus mejillas y suspiré al ver que la había hecho daño al irme de aquella manera. Ella no se merecía lo que ocurría pero yo no podía evitar estar enamorado de la mujer más hermosa o al menos para mí. Ella debía intentar enamorarse de alguien que no fuese yo porque al fin y al cabo no podría corresponderle nunca. 

- Señorita de Ravin -susurré-. 

Ella se giró rápidamente al escuchar mi voz y me miró con una mezcla de vergüenza y tristeza. Suspiré y la observé con detenimiento un segundo. Después alargué una mano y sequé sus lágrimas con las yemas de mis dedos. Me miró con incomprensión por la manera en la que la estaba tratando después de haberla dejado sola tras un beso. 

- Emilie, siento mucho lo que está sucediendo. Yo no quiero que se sienta mal pero lo que me confesaste sentir no es lo que a mí me sucede cuando la observo. Yo no deseaba ningún beso suyo. Estoy enamorado de otra persona -le confesé. 

- ¿Ella...ella le corresponde? -me preguntó mirándome fijamente. 

- Sí, pero nuestro amor es de sobra imposible. Ambos lo sabemos.. -le respondí sinceramente. 

- Entonces, ¿podría haber alguna pequeña posibilidad de que se olvidase de ella para empezar una nueva vida con otra mujer que pudiese hacerle feliz? 

Fruncí mi ceño y me quedé pensativo. ¿Sería capaz de casarme con otra mujer si en realidad estaba completamente enamorado de Jeanne? Lo dudaba muchísimo. Ella estaría siempre en mis pensamientos y seguramente lo que haría sería imaginármela a cada instante. Podría ser incluso que jamás llegase a tocar a mi esposa ya que a la única que mi cuerpo desearía rozar es a mi amada. 

Miré de nuevo a Emilie que me observaba expectante. Sabía que deseaba escuchar una respuesta afirmativa pero yo no sabía si sería capaz de dársela. Debería dejarlo en completa duda para que cualquiera pensase lo que quisiese. 

- No lo sé -respondí siendo completamente sincero. 

- Seguramente encontrarás a la mujer indicada algún día cuando menos lo esperes y comenzarás a olvidar a la mujer que ahora mismo te quita el sueño -susurró y noté en su mirada una cierta esperanza. 

Sabía que intentaría ser ella aquella mujer pero yo estaba completamente convencido de que a la única que amaría sería a Jeanne toda la vida. 

La miré fijamente a los ojos y suspiré de manera tan audible que me observó con detenimiento al no entender mi reacción. 

- ¿Podemos hacer como si nada hubiese sucedido de lo anterior? -pregunté. 

- Por supuesto -respondió rápidamente. 

Sonreí levemente y mi mirada se dirigió hacia los cabellos rubios de Jeanne. Ella tan elegante como maravillosa parecía posar para ser admirada con una copa en la mano tomando pequeños sorbos de champán. 

Mi corazón se desbocó de nuevo. Tenía que volver a su lado para embriagarme de su aroma o no podría estar bien. Jeanne era una completa y absoluta droga para un hombre. Era imposible no ser adicto a ella.
Mi camino hasta ti
Capítulo 179. Dulce tentación LIV


En ese preciso instante un joven se acercó a Emilie y le pidió bailar. Ella me miró y asentí para que aceptase esa invitación. El joven la tomó la mano y se fueron a la pista de baile para comenzar a moverse al ritmo de la música. 

Aproveché ese momento para acercarme a mi amada. 

Alejada de mi posición miraba hacia todas partes como si estuviese buscando algo. Sonreí, quizá podía estar buscándome a mí. 

Me metí tras una columna que dejaba un lugar oscuro. Ella estaba justo al otro lado de la columna. Era tan hermosa y olía a rosas, definitivamente estaba completa e irrevocablemente enamorado de ella.

La tomé del lazo que tenía en la parte trasera de su cintura. La tela de seda de su vestido era tan suave pero no tantísimo como su hermosa piel. 

Ella conversaba con algunos interesados, por supuesto, en conocer el paradero de su esposo o ver si tenía la posibilidad de sacar tajada de estar con la fantástica Jeanne. 

Reí bajo al imaginarme sus caras cuando ella les rechazase a todos y cada uno de ellos categóricamente. 

Tiré un poquito del lazo para que supiese que alguien estaba suplicando por su mirada. Se despidió de aquella persona con la que estaba dialogando y miró hacia atrás. 

Me escondí para que no me viese y ella suspiró. Volvió a girarse y tomó un sorbo de champán. Dejó la copa vacía apoyada en una mesita que tenía a su lado. 

Era mi momento. Tomé con fuerza el trozo de tela que antes había sujetado y con un tirón no muy fuerte para no romperlo la atraje hacia la oscuridad, la tomé entre mis brazos y nos escondí tras la columna. 

- Estás loco -rió bajito y me miró fijamente a los ojos. 

- Lo sé, loco de amor por ti -susurré poniendo mi frente contra la suya. 

- ¿Quieres que bailemos juntos? -preguntó mientras acariciaba una de mis mejillas. 

- ¿Me estás preguntando si quiero bailar con un ángel? ¿Si quiero tomar entre mis brazos sin que nadie lo vea raro a la mujer que amo? ¿Cuál crees que es la respuesta? 

Noté como se sonrojó. Se puso ligeramente de puntillas y me robó un beso. Después tomó una de mis manos y me guió hacia la pista de baile. 

Puse mis manos donde ella me indicó y comenzamos a bailar al ritmo de la música. Era tan bella. Bailaba tan bien que sabía que me vería como un completo y absoluto patoso a su lado. Normalmente es el hombre quien lleva a la mujer pero mi hermosa Jeanne en esta ocasión tenía la iniciativa. Esa es una de las múltiples cosas que amaba de ella. 

Mientras nos movíamos al ritmo de la música me perdía en sus hermosos ojos azules. Pusimos tan cerca nuestros rostros que casi podía rozarla. ¿Por qué el mundo era tan injusto y no podía ser mía? ¿A quién engañaba? Era mía. Ella me suplicaba por serlo al igual que yo deseaba que lo fuese. 

- No sabes cuantísimo te he extrañado -susurró mirándome con intensidad. 

- Tú tampoco sabes cuanto yo lo hice -musité. 

Sentí como sus dedos acariciaban mi nuca y me estremecí de pies a cabeza. Solamente ella era capaz de hacer eso.

Mi camino hasta ti 
Capítulo 180. Dulce tentación LV


- ¿Te has estremecido? -preguntó ella intentando ocultar una gran sonrisa. 

- Tú eres la única que me hace perder el control de mi cuerpo -respondí. 

- Aún después de haber... -dejó la frase sin terminar. 

- He estado soñando contigo tantas noches que no me extraña que no pudiese controlarme nunca más... -musité. 

Escuché un pequeño gemido salir de entre sus labios cuando pegué su cuerpo al mío después de decirle aquella respuesta. 

- Necesito verte todos los días -musité contra su oído. 

- Yo también lo necesito, Thomas -contestó. 

Mi corazón comenzó a hacerme daño cada vez que bombeaba sangre. Me palpitaban las sienes y mis dedos comenzaban a temblarme en su cintura. Ella apretaba demasiado mi mano y agarraba mi chaqueta con la otra un poco fuerte. 

- ¿Podemos vernos después del baile? -preguntó ella cerrando levemente los ojos. 

- Claro que sí -respondí-. ¿Quieres que te presente a alguien muy especial para mí? 

Se apartó un poco de mí y me miró con el ceño ligeramente fruncido. Dejó de apretarme la mano y después me miró como ligeramente ofendida. 

- ¿Importante para ti? -preguntó con cierto temor. 

Sonreí levemente. Tomé su cintura entre mis dos manos y la acerqué de nuevo a mí pegándola a mi cuerpo por completo. 

- Ey, amor, no te pongas así -reí un poco mientras ella ligeramente enfurruñada intentaba mirar al otro lado. 

Intentó separarse y comencé a respirar su aroma mientras intentaba que me mirase de nuevo. 

- No estoy enamorado de nadie más que de ti aunque esa personita que quiero presentarte me ha robado por completo el corazón -le informé mirándola a los ojos-. Ella es mi hermanita, mi princesita. Tiene tan solo dos añitos. 

Jeanne me miró con los ojos como platos y noté como se sonrojó rápidamente. Después rió como si se hubiese dado ella misma cuenta de lo que había pasado. Se había puesto celosa otra vez por la idea de que alguien más pudiese estar en mi vida.

- Pensé algo estúpido, perdona -musitó-. Estaré más que encantada de conocer a tu hermanita, pero también me gustaría saber que fue lo que te ocurrió todo este tiempo.

- No te preocupes. Te contaré todo -susurré en el momento que la pieza de baile se terminó. 

Para que nadie sospechase de nosotros tuvimos que separarnos a pesar de no desearlo ninguno. Aplaudimos a la orquesta y después estuvimos separados de todos los demás conversando de cosas triviales para que si alguien nos escuchaba no pensasen nada extraño. Para nosotros no era la charla que manteníamos lo que importaba sino poder mirarnos y susurrarnos de vez en cuando lo que nos amábamos sin que nadie pudiese separarnos, sin tener que preocuparnos por el cabrón de su marido al que esperaba no volver a ver nunca hasta ser capaz de vengarme por hacerle eso a la más bella de las mujeres y quitarme a mi familia.

Mi camino hasta ti
Capítulo 181. Dulce tentación LVI


La esperé mientras llegaba hasta donde nos habíamos citado. Cuando bajó de su carruaje, la tomé entre mis brazos y la acurruqué en mi pecho. Al fin podía abrazarla sin importarme ni nada ni nadie. 

- Thomas -susurró sonriendo mientras se abrazaba a mi cintura. 

- Jeanne -musité y olí el aroma de su cabello mientras mis manos recorrían su espalda con lentitud para sentir como se estremecía bajo mis manos. 

- Te extrañé muchísimo -murmuró su suave voz mientras escondía su rostro en mi cuello haciendo que lo rozase su tibio aliento. 

- Y yo también a ti, mi amor -contesté y la alcé en mis brazos caminando hasta mi carruaje. 

La senté sobre mis piernas y acaricié cada centímetro de su perfecto rostro mientras nos llevaban hasta mi casa. 

- ¿Por qué me has robado mi corazón? -preguntó ella mientras me perdía en la belleza que poseía. 

- ¿Por qué me has hecho esclavo de todo tu cuerpo, tu mente y tu alma? Tú no eres justa -susurré y le robé un pequeño beso. 

Ella puso una mano sobre mi mentón y me besó de nuevo. Vi como cerró sus ojos y seguí su beso dejándome llevar por la sed que mis labios tenían de los suyos y la necesidad que mis pulmones sentía de respirar su aliento. 

Sus manos subieron hasta mis mejillas y permaneciendo allí mientras sus pulgares acariciaban mis pómulos. Mis brazos mientras tanto se estrecharon alrededor de su cintura para así pegarla más a mi cuerpo. 

Nuestros troncos rápidamente se amoldaron el uno al otro. Me dejaría llevar por la pasión si no conseguía ser más fuerte de mente que de corazón. 

- Te amo -musité contra sus carnosos labios que me encantaban, me volvían loco. 

- Yo también te amo, mi amor -contestó mientras sus dedos comenzaban a enredarse en mi cabello. 

- No sabes cuantísimo he deseado besarte, llamarte mía de nuevo -suspiré mientras ponía mi frente contra la suya porque sabía que si continuaba besando sus apetecibles labios no sería capaz de controlar mi sed de ella. 

- Fue tan doloroso pensar que habías muerto, mi vida.. Pensar que jamás volvería a ver tus ojos, tu rostro, tus labios, que jamás volvería a escuchar tu hermosa voz de nuevo.. -dijo con un tono muy melancólico y triste. 

- Sh.. sh mi amor -la paré-. Ya estoy aquí y nunca voy a volver a dejarte -contesté mirándola fijamente a los ojos. 

- Por favor, no lo hagas, nunca vuelvas a dejarme -suplicó mi diosa con sus preciosos ojos que parecían dispuestos a llorar en cualquier momento. 

- Vida mía -acaricié sus mejillas-, no llores por favor. Recuperaremos el tiempo perdido te lo prometo -susurré y comencé a besar todo su rostro dulcemente. 

En ese mismo momento el conductor frenó. Abrí la puerta del carromato y salí. Tomé a Jeanne entre mis brazos y la bajé también. 

Me acerqué a la puerta de mi casa y la abrí. Besé un solo segundo los labios de mi amor hasta escuchar la voz de otra mujer dentro de mi casa. 

- ¿Thomas, has vuelto? -preguntó Emma. 

Jeanne se separó y me miró fijamente. Sabía lo que estaba pensando pero estaba confundida.

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