viernes, 30 de noviembre de 2012

Capítulo 1

Ella había muerto. Ese era el único que recuerdo que tenía en esos tormentosos días en los que se estaba convirtiendo mi existencia cuando su rostro inmortal desapareció entre las llamas de la hoguera. No había podido hacer nada en contra para que no la tocasen, no había sido capaz de salvarla como siempre la había prometido.
Tapé mi rostro con mis manos mientras sentí como un inmenso cuchillo, duro y frío pero a la vez ardiente perforaba mi pecho. Su ausencia.
Miles de horas vividas a su lado. Contantes recuerdos invadiendo mi mente. La amaba, la necesitaba, la ansiaba y ella se había ido para no volver.
Todo había terminado para mí.
Aquella maldita batalla a la que no quise ir, que ella me obligó y me juró que volveríamos juntos sin tener ambos ni tan siquiera un rasguño. Mentira. Sabía que no iba a salir bien. Estuve seguro durante aquel momento pero nada. Ahora ya no se podía solucionar que me hubiese quedado sin motivo para seguir viviendo una eternidad en la que pensaría solo y exclusivamente en ella.
Por entre mis dedos se deslizó como a cámara lenta aquel colgante que había conseguido localizar de entre sus cenizas. Ver para creer. Lo único que me quedaba de ella era una joya. Una cadena donde colgaba un simple anillo. Esa alianza con la que nos comprometimos entre nosotros a pasar la eternidad cuidándonos.
No había marcha atrás. Ya no había doble camino o posibilidad de salvar de los brazos de la parca. Ella había desaparecido. Su cuerpo. Su alma. Su vida.
Sentía que era más vulnerable ahora que siempre. De mi pecho tan solo querían salir gritos, alaridos de dolor y de tristeza pero debía contenerme. Ella no me hubiese querido ver hundido y jamás lo haría de eso podía estar segura hasta que hubiese puesto fin a la última tarea que tenía pendiente.
Venganza.
Cuando esa palabra resonaba en mis oídos con tanta claridad como si yo mismo la hubiese pronunciado sentía como la garganta de ardía, me quemaba de pura ira. La ponzoña llenaba cada centímetro de mi boca. Mis colmillos afilados esperaban el momento de clavarse en el cuello de la que sería mi última víctima. ¿Podía clasificarse a un asesino como tal si era castigado a mi juicio de manera acertada por otro asesino de su misma clase y condición? No, esa era la respuesta obvia.

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