Ella había muerto. Ese era el único que recuerdo que tenía en
esos tormentosos días en los que se estaba convirtiendo mi existencia
cuando su rostro inmortal desapareció entre las llamas de la hoguera. No
había podido hacer nada en contra para que no la tocasen, no había sido
capaz de salvarla como siempre la había prometido.
Tapé
mi rostro con mis manos mientras sentí como un inmenso cuchillo, duro y
frío pero a la vez ardiente perforaba mi pecho. Su ausencia.
Miles
de horas vividas a su lado. Contantes recuerdos invadiendo mi mente. La
amaba, la necesitaba, la ansiaba y ella se había ido para no volver.
Todo había terminado para mí.
Aquella
maldita batalla a la que no quise ir, que ella me obligó y me juró que
volveríamos juntos sin tener ambos ni tan siquiera un rasguño. Mentira.
Sabía que no iba a salir bien. Estuve seguro durante aquel momento pero
nada. Ahora ya no se podía solucionar que me hubiese quedado sin motivo
para seguir viviendo una eternidad en la que pensaría solo y
exclusivamente en ella.
Por entre mis dedos se deslizó
como a cámara lenta aquel colgante que había conseguido localizar de
entre sus cenizas. Ver para creer. Lo único que me quedaba de ella era
una joya. Una cadena donde colgaba un simple anillo. Esa alianza con la
que nos comprometimos entre nosotros a pasar la eternidad cuidándonos.
No
había marcha atrás. Ya no había doble camino o posibilidad de salvar de
los brazos de la parca. Ella había desaparecido. Su cuerpo. Su alma. Su
vida.
Sentía que era más vulnerable ahora que siempre.
De mi pecho tan solo querían salir gritos, alaridos de dolor y de
tristeza pero debía contenerme. Ella no me hubiese querido ver hundido y
jamás lo haría de eso podía estar segura hasta que hubiese puesto fin a
la última tarea que tenía pendiente.
Venganza.
Cuando
esa palabra resonaba en mis oídos con tanta claridad como si yo mismo
la hubiese pronunciado sentía como la garganta de ardía, me quemaba de
pura ira. La ponzoña llenaba cada centímetro de mi boca. Mis colmillos
afilados esperaban el momento de clavarse en el cuello de la que sería
mi última víctima. ¿Podía clasificarse a un asesino como tal si era
castigado a mi juicio de manera acertada por otro asesino de su misma
clase y condición? No, esa era la respuesta obvia.
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