El traje me quedaba como un guante. El negro intenso y mate que me hacía lucir más elegante.
El reloj de la estancia marcó la hora indicada. Enfundé mis manos en
unos guantes elegantes, tomé mi bastón de madera de caoba y salí de mi
habitación.
Recorrí el pasillo hasta la escalera mientras la alfombra amortiguaba los golpes del bastón contra el suelo y mis pasos.
Deslicé la borla del bastón por la palma de mi mano mientras mis
criados vestidos con sus mejores galas me observaban bajar cada uno de
los escalones de aquel palacio. Así era. Un inmenso edificio tan solo
para mí.
- Que tenga una buena velada, señor Byron -dijeron todos al unísono mientras se inclinaban ante mí, su patrón, su dueño.
Clive me abrió la puerta y salí de mi hogar. El carruaje estaba justo
en la puerta. Cuatro espléndidos pura sangre negros, domesticados y
perfectamente alineados. Sus correas del más resistente de los cueros
rodeaban sus cuerpos y como adorno unos remates plateados que brillaban a
la luz del crepúsculo. El viejo cochero, con su chistera perfectamente
puesta y erguido en una posición que parecía infinitamente difícil de
mantener, esperaba que entrase para así dar la orden a las bestias de
caminar.
Mi mayordomo se adelantó para hacerme posible el acceso al habitáculo
donde viajaría escondido de miradas curiosas. Con ayuda de las
escaleras entré y cerraron la portezuela una vez me hube acomodado en mi
lugar. Dos golpes sordos contra las paredes del carruaje, un latigazo y
estuvimos en marcha.
Cronsworld parecía mucho más tranquilo de noche ahora que el rumor de
las criaturas chupadoras de vida se había extendido. Pocas fiestas se
celebraban y las reuniones eran dentro de los hogares. A pesar de todo
había valientes, que aunque borrachos, danzaban por la calle gritando a
ese ser demoníaco que se acercase a ellos y luchasen cuerpo a cuerpo.
Estupidez considerable pues si lo hubiese deseado habría roto su cuello
antes de que pronunciase si tan siquiera una sílaba.
Tomé el extremo de la cortina aterciopelada que cubría la ventana
para que no se viese el interior del carromato y observé como varias
personas con las mejores galas que poseían iban caminando hasta el
palacio real. Hombres irguiéndose por primera vez en su vida mientras
llevaban a la mujer más linda que habían podido encontrar entre sus
posibilidades como pareja para aquel esperado día.
Las prostitutas también se habían vestido de la manera más discreta
que conocían y esperaban esperanzadas que algún hombre sin pareja fuese
tan amable de llevarlas agarradas de su brazo como todas unas señoritas.
Una joven conocida se acercó y miró esperanzada aquel carruaje por si
tenía compañía. Sonreí y asentí, mintiéndola. Si iba con alguna de esas
mujeres tan solo haría el ridículo.
Volví a dejar la cortina en su lugar y cerré los ojos mientras visualizaba mi momento.
En apenas diez minutos ya no escuchaba el ruido de los cascos de mis
pura sangre. Escuché un golpe seco contra la grava que estaba sobre el
suelo y como los pasos del viejo conductor se acercaban hasta la
portezuela. Un chirrido me hizo saber que la había abierto por lo que
sin decir nada salí del habitáculo comenzando a caminar sin mirar atrás,
con la cabeza alta y mi bastón apretado entre mis dedos, por las
pequeñas piedrecitas que precedían a los escalones que llevaban hasta la
puerta principal del palacio.
Los soldados estaban situados a cada lado de las puertas abiertas de
par en par para poner un poco de orden. El gentío se agolpaba como si se
tratase de una manada para ser los primeros en entrar y contemplar a
las personas que más admiraban o que más envidiaban.
Subimos las escaleras despacio pues teníamos que ser divididos por
nuestra clase social para entrar en el gran salón de dos maneras
diferentes. Las clases bajas irían directamente a las pistas de baile
mientras que los adinerados subían más peldaños para situarse en la
parte alta no sabía muy bien porqué razón pero ya lo descubriría.
Cuando llegué hasta el cerco de la puerta me fijé en el trato que le daban a la pareja que estaba delante de mí.
Un hombre, tan serio que parecía enfadado, miraba a todos los
presentes como si fuesen personas grises que ninguna se diferenciase de
la otra. Alzaba su mano y pedía las invitaciones para comprobar donde
debía mandar a cada persona.
- Diríjanse hasta la puerta abierta que encuentren por ese pasillo -dijo en un tono seco y esperó que se moviesen.
Los jóvenes alegres y sin percatarse de los modales tan rudos de
aquel hombre, comenzaron a reír y caminaron casi corriendo hasta el
lugar que les había indicado.
Le mostré rápidamente a aquel hombre mi invitación y sus ojos
cambiaron rápidamente al igual que su expresión. Sabía que debía ser el
hombre más importante que pisaría ese lugar. Los títulos y el dinero que
me habían sido otorgados hacía unos días tras haber sido descubierto el
cadáver de mi predecesor en su despacho.
- Suba por la escalera hasta la parte alta, señor -me explicó e hizo una reverencia.
Sin responder subí los escalones sin prisas. Era el último que
subiría por aquellos peldaños pues normalmente se llegaba temprano al
baile pero yo al haber hecho cola las horas habían transcurrido lentas y
pesadas.
La alfombra roja de terciopelo hacía que mis zapatos negros brillantes resaltasen aún más.
Llegué a la parte más alta donde un hombre rechoncho, vestido de la
misma manera que el que me había recibido salvo que los botones estaban a
punto de reventar si respiraba un poco más de lo necesario.
- ¿Su nombre, señor? -preguntó con una voz grave pero era difícil entenderle pues parecía tener la boca llena de patatas.
Le contesté y asombrado me hizo una reverencia. Se acercó al megáfono y dijo con un grave grito.
- Lord Byron -me anunció.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.