Robert cogió la mano de Maria entre las suyas. Vio que estaba roja y suspiró. Debía dejar de ser tan torpe.
- ¿Te duele mucho?
María negó rápidamente obligándose a mentir. Algo le dolía pero por
alguna razón le daba demasiada vergüenza que él intentara cuidarla o
algo semejante.
- Mmm… ¿Qué haces aquí? -se aventuró a preguntar ella.
- Viajo a España -se encogió de hombros como si fuese obvio.
- ¡Oh, vamos! Robert no me engañas. Sé que hoy tenías un compromiso que incluía cámaras en el MOMA.
- Chss -miró hacia todos lados-, baja la voz ¿quieres? Ya te he dicho
que no soy Robert Pattinson. Me parezco mucho, sí. Es algo que no he
soportado desde que ese inglés se hizo famoso pero yo soy de Boston
-respondió tan rápido que le sorprendió su propia mentira.
- Ya… tus mentiras valdrán con otra pero conmigo no.
Eso era realmente frustrante. ¡Oh, por favor! Créeme, aunque solo sea
en este maldito avión pero créeme. Suspiró mientras se pasaba su mano
como si fuese una garra por su cabello ahora más corto que otras veces.
- María -se acercó a ella mirándola con los sus ojos azules tan
oscuros que ella se perdió en ellos-, por lo menos, durante estas horas,
déjame ser otra persona. No quiero ser yo por el momento. No aquí, no
encerrados en un avión con un montón de niñas que me podrán reconocer y
tendré que firmar autógrafos hasta decir basta. Por favor, te lo
suplico.
Vio el agobio en su rostro y como suspiraba desgarradoramente. ¿Haría
mal engañando a todo el mundo por unas horas y teniendo a Robert
Pattinson para ella sola durante diez horas? ¡Al diablo lo que estuviese
mal! Diez horas siendo el único consuelo de ese hombre tan
increíblemente maravilloso.
- Te ayudaré -asintió ella.
- Gracias.
María notó como los brazos de Robert le rodeaban su cintura y le
apretaban a su cuerpo a pesar de tener los reposabrazos entre sus
cuerpos. Se le estaban clavando en la parte de abajo de sus costillas.
Frunció ligeramente el ceño y se separó de él.
- Me estás ahogando -rió.
- Perdón -rió al ver su sonrisa.
- No te preocupes. Debería ser yo la que me preocupase porque parece que me estás intentando matar -rió otra vez.
- No, no estoy intentando matarte. Perdón, de nuevo.
- Deja ya de disculparte o gritaré que Robert Pattinson está en este
avión -alzó una ceja y después tomó su libro entre sus manos para
continuar leyendo.
Robert suspiró aliviado de haber tenido esa suerte. Parecía una chica
simpática y lo mejor de todo es que no le había pedido nada a cambio.
Le agradaba haberse encontrado con ella y haber seguido su estela hasta
el avión. Sin duda era lo mejor que le había ocurrido desde que esa
apareció en el MOMA. ¿Qué demonios estaba haciendo allí salvo quitar
atención a la película que más le había gustado grabar? Cerró sus ojos
mientras se relajaba en la butaca que le habían asignado en la zona
turista del avión.
María sonría mientras leía la novela. De vez en cuando alzaba la
mirada hasta el hombre que era su sueño hecho realidad. Mordió su labio
inferior para controlar las ganas que tenía de volver a tocarle. Cuando
le contase aquello a sus niñas no se lo creerían.
Abrió los ojos mientras la azafata recitaba las reglas de seguridad
tanto en español como en inglés. Pasó su mirada por las personas que
estaban sumidas en sus propias conversaciones pero entonces vio a una
jovencita que no le quitaba ojo. Llevaba una foto de Bella y Edward por
lo que rodó los ojos. Sabía que ella le creería enamorado de la idiota
que había dejado plantada en la premiere. Se giró y se encontró a Mari
leyendo de nuevo. Esperaba no asustarla. Se inclinó hasta apoyar su
mentón en su hombro y después enterrar su rostro en el hueco de su
cuello.
María se quedó completamente paralizada. ¿Qué estaba haciendo? ¿Cómo
tenía que reaccionar ella? ¿Se había dormido? Lo dudaba mucho pues su
respiración no era tan calmada como la de alguien que soñaba.
- Tranquila, no te voy a hacer nada. Solamente una chica me está
observando y quiero que no pueda ver mi rostro. La única manera es
ocultarme aquí -susurró.
- E.. está bien -murmuró suavemente-.
Podía notar su aliento rozando la piel de su cuello y como ese roce le hacía estremecerse de pies a cabeza.
Robert permanecía quieto y entre los cabellos de ella observaba a la
chica que le había estado mirando. Seguía pendiente de él por lo que
decidió rodear la cintura de María con sus brazos para hacerse pasar por
pareja. Con su nariz acarició suavemente su nuca mientras María. Ella
se estremeció de nuevo y después dejó escapar un pequeño gemido.
- ¿Qué.. qué haces? -preguntó con un hilo de voz.
- Necesito que te hagas pasar por mi pareja porque esa chica no cesa de mirarme.. -respondió.
Entonces ambos se pusieron nerviosos y se sonrojaron. Jamás había
pensado que tuviese que pedirle algo así a una completa desconocida.
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