Mi
camino hasta ti
Capítulo 1. Sin sentido
¿Cómo llegué a odiarme? Esa pregunta se la hacen tantísimas personas que me han conocido a lo largo de mi inútil vida...
¿Tiene sentido preguntarse algo semejante si en tan solo segundos puedo desaparecer del planeta? Yo creo que no pero es la pregunta que sé que cada día, cada minuto, cada maldito segundo pasa por la mente de todos los que se creen conocerme.
¿Alguien salvo yo tiene derecho a decirme que hago las cosas mal? Ahora ya no, quizá haya normas, tal vez haya moral, no lo niego pero me volví agnóstica de todos y cada uno de los sentidos posibles. Temo decir que ni creo ni dejo de creer, para mí todo comenzó a carecer de sentido hace demasiado tiempo cuando aún creía en papá noel y me maravillaba que un diente se transformase en dinero por obra y gracia de un pequeño ratoncito que siempre intentaba atrapar con queso. Ahí, ahí quedó mi inocencia en cuatro malditos recuerdos que echando la vista atrás solo están borrosos y no soy capaz de desbloquear mi mente para que me muestre ni un solo momento feliz.
¿Crueldad del destino? Lo dudo, tan solo yo sé que es lo que ocurrió para que dejase de comportarme como debía una niña de mi edad... pero eso quedó tan atrás...
Ahora con veinte años mi mundo es simple y llanamente lo peor que jamás haya nadie podido imaginar. ¿Me pongo de víctima? ¿Para qué? Importaría poco si mis problemas seguirán ahí aferrándome a un destino que yo misma, por estúpida decidí sin saberlo.
Dejé el bolígrafo a un lado, estaba exhausta de escribir nada más que puras incoherencias que conseguían taladrar mi pecho una y otra vez como si nada más tuviese sentido que el maldito dolor que no tuvo derecho de ser creado.
Las páginas del diario aquel que ahora había comenzado debían estar llenas en poco tiempo o al menos eso esperaba aquel que me había mandado escribirlo pero no sentía ánimos de redactar nada más. Las lágrimas resbalaban por mis mejillas indicándome que estaba llorando pero como tantísimas otras veces no me lo permití. Las sequé rápido antes de que comenzasen su recorrido de descenso hasta llegar a mi barbilla donde si llegaban ellas habrían triunfado sobre mi voluntad.
Levanté la mirada y vi como el cielo compasivo de mí también lloraba. Daba pena hasta los ángeles y eso me molestaba, me irritaba considerablemente pero no podía hacer nada más que aguantar todo aquello que sentía porque nadie iba a poder escucharlo o a mi entender comprenderlo.
Las gotas de lluvia resbalaban por el doble cristal que tenía la habitación para aislarla del frío. Las observé atentamente como si fuese cierto que todas fuesen iguales y hermosas pero cuando me di cuenta de la estupidez que estaba cometiendo me levanté de un salto después de hacer una mueca de asco y me senté en la cama.
En aquella habitación la temperatura era idónea para estar toda la vida lo deseases o no. En mi caso, no tenía mucho caso discutir por una posible alternativa así que permanecía allí las horas que debía que solo salía para las comidas ya que hasta ellos sabían que debía comer; pero hacía bastante que la comida no podía entrar por mi garganta. En su lugar la servilleta servía de mucho. No tenía anorexia en absoluto pero una vez que la comida llegaba a mi estómago por alguna razón que yo ahora mismo desconocía volvía con mayor intensidad provocándome un odioso malestar e incluso el vomito que tantísimo detestaba.
Subí las piernas a la cama y me senté como una india ya que era lo que mi ropa podía permitirme.
¿Había algún posible pasatiempo que me ayudase a dejar de pensar en aquel dichoso diario que tenía que escribir? No, la habitación estaba completamente vacía de cosas divertidas, solo un sillón, una cama y una televisión que no funcionaba. Bueno, además de mi amiga "Vica" con la que compartía los días y las noches, las fantasías y las realidades, el dolor, la tristeza.... ella siempre estaba allí. Estaba hasta cuando no deseabas verla pero estar siempre, ocurriese lo que ocurriese.
Me quedé sentada mirando el frente con el ceño fruncido como si la pared cobrase vida, como si alguien me hablase o como si algo interesante estuviese ocurriendo pero en su lugar mi mirada estaba fija en un punto blanco de la habitación intentando viajar para dejar de sentir aquel dolor que gobernaba mi pecho.
Capítulo 1. Sin sentido
¿Cómo llegué a odiarme? Esa pregunta se la hacen tantísimas personas que me han conocido a lo largo de mi inútil vida...
¿Tiene sentido preguntarse algo semejante si en tan solo segundos puedo desaparecer del planeta? Yo creo que no pero es la pregunta que sé que cada día, cada minuto, cada maldito segundo pasa por la mente de todos los que se creen conocerme.
¿Alguien salvo yo tiene derecho a decirme que hago las cosas mal? Ahora ya no, quizá haya normas, tal vez haya moral, no lo niego pero me volví agnóstica de todos y cada uno de los sentidos posibles. Temo decir que ni creo ni dejo de creer, para mí todo comenzó a carecer de sentido hace demasiado tiempo cuando aún creía en papá noel y me maravillaba que un diente se transformase en dinero por obra y gracia de un pequeño ratoncito que siempre intentaba atrapar con queso. Ahí, ahí quedó mi inocencia en cuatro malditos recuerdos que echando la vista atrás solo están borrosos y no soy capaz de desbloquear mi mente para que me muestre ni un solo momento feliz.
¿Crueldad del destino? Lo dudo, tan solo yo sé que es lo que ocurrió para que dejase de comportarme como debía una niña de mi edad... pero eso quedó tan atrás...
Ahora con veinte años mi mundo es simple y llanamente lo peor que jamás haya nadie podido imaginar. ¿Me pongo de víctima? ¿Para qué? Importaría poco si mis problemas seguirán ahí aferrándome a un destino que yo misma, por estúpida decidí sin saberlo.
Dejé el bolígrafo a un lado, estaba exhausta de escribir nada más que puras incoherencias que conseguían taladrar mi pecho una y otra vez como si nada más tuviese sentido que el maldito dolor que no tuvo derecho de ser creado.
Las páginas del diario aquel que ahora había comenzado debían estar llenas en poco tiempo o al menos eso esperaba aquel que me había mandado escribirlo pero no sentía ánimos de redactar nada más. Las lágrimas resbalaban por mis mejillas indicándome que estaba llorando pero como tantísimas otras veces no me lo permití. Las sequé rápido antes de que comenzasen su recorrido de descenso hasta llegar a mi barbilla donde si llegaban ellas habrían triunfado sobre mi voluntad.
Levanté la mirada y vi como el cielo compasivo de mí también lloraba. Daba pena hasta los ángeles y eso me molestaba, me irritaba considerablemente pero no podía hacer nada más que aguantar todo aquello que sentía porque nadie iba a poder escucharlo o a mi entender comprenderlo.
Las gotas de lluvia resbalaban por el doble cristal que tenía la habitación para aislarla del frío. Las observé atentamente como si fuese cierto que todas fuesen iguales y hermosas pero cuando me di cuenta de la estupidez que estaba cometiendo me levanté de un salto después de hacer una mueca de asco y me senté en la cama.
En aquella habitación la temperatura era idónea para estar toda la vida lo deseases o no. En mi caso, no tenía mucho caso discutir por una posible alternativa así que permanecía allí las horas que debía que solo salía para las comidas ya que hasta ellos sabían que debía comer; pero hacía bastante que la comida no podía entrar por mi garganta. En su lugar la servilleta servía de mucho. No tenía anorexia en absoluto pero una vez que la comida llegaba a mi estómago por alguna razón que yo ahora mismo desconocía volvía con mayor intensidad provocándome un odioso malestar e incluso el vomito que tantísimo detestaba.
Subí las piernas a la cama y me senté como una india ya que era lo que mi ropa podía permitirme.
¿Había algún posible pasatiempo que me ayudase a dejar de pensar en aquel dichoso diario que tenía que escribir? No, la habitación estaba completamente vacía de cosas divertidas, solo un sillón, una cama y una televisión que no funcionaba. Bueno, además de mi amiga "Vica" con la que compartía los días y las noches, las fantasías y las realidades, el dolor, la tristeza.... ella siempre estaba allí. Estaba hasta cuando no deseabas verla pero estar siempre, ocurriese lo que ocurriese.
Me quedé sentada mirando el frente con el ceño fruncido como si la pared cobrase vida, como si alguien me hablase o como si algo interesante estuviese ocurriendo pero en su lugar mi mirada estaba fija en un punto blanco de la habitación intentando viajar para dejar de sentir aquel dolor que gobernaba mi pecho.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 2. El continuo rememorar
Me tumbé sobre la cama y puse mis manos bajo mi nuca. Miles de pensamientos que todos los días recorrían mi mente cada uno de ellos volvía clavar su veneno en mi corazón para que la herida fuese aún más profunda de lo que jamás había sido.
Cerré mis ojos ante el dolor que poco a poco tomaba forma, una forma tan grande que deseaba parar. ¿Podría alguien morirse del dolor? No, aquello no era el adelanto de mi muerte ya que en múltiples ocasiones había sufrido un dolor similar. Aquel era el dichoso amigo que jamás me abandonaría.. el dolor.
Algunas personas necesitan cariño, otras necesitan sustancias pero yo no necesitaba nada más que el dolor para darme cuenta que mi vida, mi miserable vida continuaría otro día más.
Respiré tan hondo como mis pulmones que parecían quemarse me permitieron. Abrí de nuevo los ojos dejando mi vista fija en una mancha que había en el techo.
¿Pueden ser los días aburridos? Nadie puede saber lo que es verdaderamente aburrirse hasta que le sucede algo similar a dejar de pensar por lo que yo jamás podría expresarme como vaya aburrimiento de día ya que mi cerebro siempre me regalaba algún recuerdo doloroso para que el día tuviese un ápice de normalidad.
Me incorporé de nuevo y miré hacia la ventana mientras de mi boca salía el aliento que tantas veces había intentado parar.
La lluvia no cesaba y yo no deseaba que lo hiciese, de alguna manera saber que los demás eran un poco desgraciados porque no podían salir me alegraba un poco pero rápidamente me castigaba mentalmente a mí misma por pensar algo así.
Pasé mis manos por mi rostro un instante y solté el aire que llevaba en mis pulmones unos segundos. Sabía que no podía retrasarlo más, aquellas páginas parecían cantarme para que volviese e intentase llenarlas con aquellos garabatos que yo llamaba frases.
Volví a levantarme y me senté en la silla. En la mesa sin moverse aún estaban el diario y aquel bolígrafo barato con el que había empezado a escribir.
Pasé mi mano por mi pelo indecisa si aquella sería la solución que realmente debía tomar o no, quizá tan solo me estaba comiendo la cabeza con una idea que no tendría sentido. Nadie leería eso, nadie salvo yo. ¿Qué más daba si estaba lleno o estaba completamente vacío? Pero si nadie salvo yo iba a leerlo podría intentar para ver si aquella podría ser la manera en la que descargase mi alma.
Apreté la mandíbula enfadada conmigo misma por no ser capaz para tomar una simple decisión como esa. Cerré los ojos y con el puño apretado avancé hasta el lugar donde descansaba el bolígrafo. Lo tomé entre mis dedos y abrí los ojos después.
Puse la punta sobre el papel intentando decirme a mí misma que nada malo pasaría por seguir probando pero algo dentro de mí me pedía que no lo hiciese. ¿Podía haber alguna extraña razón? No lo sé... pero si piensas mal acertarás, ese era mi lema. ¿Podría ocurrirme algo peor?
Fruncí mi ceño, nada, nada absolutamente nada podía compararse ya a lo que me sucedía. Simplemente escribir sería algo inútil y nada más.
Respiré hondo y me dispuse a escribir.
Tantas preguntas recorren mi mente todos los días. Desearía preguntar ¿por qué? a tantísimas personas... Todas las situaciones que me siguen hiriendo desearía borrarlas pero no puedo hacerlo, no soy capaz, en mi mente siguen clavadas, fijas para que mi cerebro jamás las olvide. Todo aquello no quería volver a repetirlo pero mi vida parecía un círculo donde hasta el más mínimo detalle tiende a sucederse de igual manera en un futuro no muy lejano.
Ya no sé a qué puedo temerle y a qué no. Pff para ser sincera temo a todo, absolutamente todo. Mi mundo me da pánico, estar en esta maldita habitación me hace sentir segura porque todo lo demás me da miedo, me aterra tanto que no sé ni como despierto todas las mañanas con la esperanza de que por un día no llegue a sufrir.
Tan solo yo podría saber como parar todo aquel miedo pero lo desconozco.. Me odio por ser tan miedosa, por no darme cuenta que en realidad todo lo sucedido debería ya darme igual y mirar al futuro, vivir el presente, saber que no soy aquella niña de seis años con la que todos se metían, aquella tonta que siempre estaba en todo momento para cuando a todos les convenía, aquella niña que dejó su infancia pasar sin disfrutarla...
En ese instante la puerta de mi habitación se abrió y dejé rápidamente el bolígrafo sobre la mesa. Una mujer entró y me sonrió.
- Lucía.. tienes que venir conmigo, ¿de acuerdo?
Asentí, estaba acostumbrada a que todos los días una mujer diferente me llevase a distintos lugares así que me levanté y después de ponerme mis zapatillas la seguí.
Capítulo 2. El continuo rememorar
Me tumbé sobre la cama y puse mis manos bajo mi nuca. Miles de pensamientos que todos los días recorrían mi mente cada uno de ellos volvía clavar su veneno en mi corazón para que la herida fuese aún más profunda de lo que jamás había sido.
Cerré mis ojos ante el dolor que poco a poco tomaba forma, una forma tan grande que deseaba parar. ¿Podría alguien morirse del dolor? No, aquello no era el adelanto de mi muerte ya que en múltiples ocasiones había sufrido un dolor similar. Aquel era el dichoso amigo que jamás me abandonaría.. el dolor.
Algunas personas necesitan cariño, otras necesitan sustancias pero yo no necesitaba nada más que el dolor para darme cuenta que mi vida, mi miserable vida continuaría otro día más.
Respiré tan hondo como mis pulmones que parecían quemarse me permitieron. Abrí de nuevo los ojos dejando mi vista fija en una mancha que había en el techo.
¿Pueden ser los días aburridos? Nadie puede saber lo que es verdaderamente aburrirse hasta que le sucede algo similar a dejar de pensar por lo que yo jamás podría expresarme como vaya aburrimiento de día ya que mi cerebro siempre me regalaba algún recuerdo doloroso para que el día tuviese un ápice de normalidad.
Me incorporé de nuevo y miré hacia la ventana mientras de mi boca salía el aliento que tantas veces había intentado parar.
La lluvia no cesaba y yo no deseaba que lo hiciese, de alguna manera saber que los demás eran un poco desgraciados porque no podían salir me alegraba un poco pero rápidamente me castigaba mentalmente a mí misma por pensar algo así.
Pasé mis manos por mi rostro un instante y solté el aire que llevaba en mis pulmones unos segundos. Sabía que no podía retrasarlo más, aquellas páginas parecían cantarme para que volviese e intentase llenarlas con aquellos garabatos que yo llamaba frases.
Volví a levantarme y me senté en la silla. En la mesa sin moverse aún estaban el diario y aquel bolígrafo barato con el que había empezado a escribir.
Pasé mi mano por mi pelo indecisa si aquella sería la solución que realmente debía tomar o no, quizá tan solo me estaba comiendo la cabeza con una idea que no tendría sentido. Nadie leería eso, nadie salvo yo. ¿Qué más daba si estaba lleno o estaba completamente vacío? Pero si nadie salvo yo iba a leerlo podría intentar para ver si aquella podría ser la manera en la que descargase mi alma.
Apreté la mandíbula enfadada conmigo misma por no ser capaz para tomar una simple decisión como esa. Cerré los ojos y con el puño apretado avancé hasta el lugar donde descansaba el bolígrafo. Lo tomé entre mis dedos y abrí los ojos después.
Puse la punta sobre el papel intentando decirme a mí misma que nada malo pasaría por seguir probando pero algo dentro de mí me pedía que no lo hiciese. ¿Podía haber alguna extraña razón? No lo sé... pero si piensas mal acertarás, ese era mi lema. ¿Podría ocurrirme algo peor?
Fruncí mi ceño, nada, nada absolutamente nada podía compararse ya a lo que me sucedía. Simplemente escribir sería algo inútil y nada más.
Respiré hondo y me dispuse a escribir.
Tantas preguntas recorren mi mente todos los días. Desearía preguntar ¿por qué? a tantísimas personas... Todas las situaciones que me siguen hiriendo desearía borrarlas pero no puedo hacerlo, no soy capaz, en mi mente siguen clavadas, fijas para que mi cerebro jamás las olvide. Todo aquello no quería volver a repetirlo pero mi vida parecía un círculo donde hasta el más mínimo detalle tiende a sucederse de igual manera en un futuro no muy lejano.
Ya no sé a qué puedo temerle y a qué no. Pff para ser sincera temo a todo, absolutamente todo. Mi mundo me da pánico, estar en esta maldita habitación me hace sentir segura porque todo lo demás me da miedo, me aterra tanto que no sé ni como despierto todas las mañanas con la esperanza de que por un día no llegue a sufrir.
Tan solo yo podría saber como parar todo aquel miedo pero lo desconozco.. Me odio por ser tan miedosa, por no darme cuenta que en realidad todo lo sucedido debería ya darme igual y mirar al futuro, vivir el presente, saber que no soy aquella niña de seis años con la que todos se metían, aquella tonta que siempre estaba en todo momento para cuando a todos les convenía, aquella niña que dejó su infancia pasar sin disfrutarla...
En ese instante la puerta de mi habitación se abrió y dejé rápidamente el bolígrafo sobre la mesa. Una mujer entró y me sonrió.
- Lucía.. tienes que venir conmigo, ¿de acuerdo?
Asentí, estaba acostumbrada a que todos los días una mujer diferente me llevase a distintos lugares así que me levanté y después de ponerme mis zapatillas la seguí.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 3. La consulta
Seguí a la mujer como me lo pidió tras un pasillo en el que cientos de puertas cerradas estaban a cada lado de el. El pasillo era estrecho y cada puerta tenía su número. En ellas también había una pequeña ventanita por donde se podía ver a los que estaban dentro de ellas.
Algunos de ellos estaban descansando en sus camas, otros miraban a través de la ventanilla el pequeño y estrecho pasillo mientras que otros aprovechaban la ventanilla para comunicarse con sus vecinos mediante gestos. Un lenguaje que bien mirada había llevado su tiempo por lo que si vendiesen la patente podrían ganar millones.
Pasamos al lado de un puerta blindada tras la que no se escuchaban nada más que gritos y golpes y en la puerta una simple mirilla permitía a los adultos responsables observar lo que estaba ocurriendo en aquella sala.
Me abracé a mi misma mientras seguíamos caminando. Parecía que nuestro destino era el final del pasillo, la puerta del fondo donde siempre entraban y salían personas durante toda la mañana.
La mujer me abrió la puerta y pasé a la habitación mucho más pequeña de lo que me esperaba. Había dos sillas vacías frente a una mesa de escritorio y tres sillas ocupadas por tres personas frente a las vacías con el escritorio de por medio.
Me senté en una de las sillas vacías sin mirar mucho a ninguno de los presentes pero después alcé la mirada cuando uno de ellos dijo mi nombre.
- Lucía... -sonrió- ¿cómo estás?
El hombre tenía una voz grave, tenía aspecto de ser simpático o al menos disimulaba bien su mal caracter con una sonrisa. Sus gafas resbalaban por su nariz y su pelo canoso me dio a entender que llevaba años trabajando en aquel lugar.
- Bien.. supongo -musité y después miré a la mujer que me había acompañado la cual estaba mirando algunos papeles en un extremo de la habitación.
Frente a ella mucho más cercana a mí, otra mujer tomaba apuntes o rellenaba algún formulario fuese de lo que fuese. No le presté mucha importancia.
- Me alegro.. bueno, antes que nada quiero presentarte a el doctor en prácticas. Durante estos meses que debe hacerlas estará con nosotros en la consulta.. ¿No te molesta, Lucía? Sí es así puedo pedirle que se vaya -sonrió amable mirándome curioso.
Mis ojos se posaron en aquel chico de ojos azules que parecía visiblemente nervioso. Me miró un instante y después desvié la mirada al serme el chico completamente indiferente.
- Me es igual -musité y pasé mi mirada del joven doctor en prácticas, al veterano doctor y de ese hasta la ventana.
- Perfecto -dijo rápidamente el veterano doctor- Imagino que sabes para lo que estás aquí...
- Por supuesto.. -contesté seca mirándole- quiere que descargue mi alma con usted contándole cosas que no he contado a nadie.. Antes de que continuemos con está reunión.. -hice una mueca- quiero explicarle que su labor al menos en mí resultará completamente inútil, pero si aún así usted desea seguir con su trabajo por mi me parece perfecto...
Noté como los ojos de ambos se abrían de golpe de la incomprensión de lo que acababa de decir, estaban estupefactos por mi razonamiento pero dejé de mirarlos para posar de nuevo mi mirada en la ventana por la que pude comprobar que seguía lloviendo.
Unos minutos incómodos siguieron a ese momento. El doctor parecía muy desconcertado, demasiado, pero acto seguido comenzó a rebuscar en un libro algo.
Yo ya sabía lo que eso significaba pero esperaba que me lo explicase él más adelante con detenimiento.
Capítulo 3. La consulta
Seguí a la mujer como me lo pidió tras un pasillo en el que cientos de puertas cerradas estaban a cada lado de el. El pasillo era estrecho y cada puerta tenía su número. En ellas también había una pequeña ventanita por donde se podía ver a los que estaban dentro de ellas.
Algunos de ellos estaban descansando en sus camas, otros miraban a través de la ventanilla el pequeño y estrecho pasillo mientras que otros aprovechaban la ventanilla para comunicarse con sus vecinos mediante gestos. Un lenguaje que bien mirada había llevado su tiempo por lo que si vendiesen la patente podrían ganar millones.
Pasamos al lado de un puerta blindada tras la que no se escuchaban nada más que gritos y golpes y en la puerta una simple mirilla permitía a los adultos responsables observar lo que estaba ocurriendo en aquella sala.
Me abracé a mi misma mientras seguíamos caminando. Parecía que nuestro destino era el final del pasillo, la puerta del fondo donde siempre entraban y salían personas durante toda la mañana.
La mujer me abrió la puerta y pasé a la habitación mucho más pequeña de lo que me esperaba. Había dos sillas vacías frente a una mesa de escritorio y tres sillas ocupadas por tres personas frente a las vacías con el escritorio de por medio.
Me senté en una de las sillas vacías sin mirar mucho a ninguno de los presentes pero después alcé la mirada cuando uno de ellos dijo mi nombre.
- Lucía... -sonrió- ¿cómo estás?
El hombre tenía una voz grave, tenía aspecto de ser simpático o al menos disimulaba bien su mal caracter con una sonrisa. Sus gafas resbalaban por su nariz y su pelo canoso me dio a entender que llevaba años trabajando en aquel lugar.
- Bien.. supongo -musité y después miré a la mujer que me había acompañado la cual estaba mirando algunos papeles en un extremo de la habitación.
Frente a ella mucho más cercana a mí, otra mujer tomaba apuntes o rellenaba algún formulario fuese de lo que fuese. No le presté mucha importancia.
- Me alegro.. bueno, antes que nada quiero presentarte a el doctor en prácticas. Durante estos meses que debe hacerlas estará con nosotros en la consulta.. ¿No te molesta, Lucía? Sí es así puedo pedirle que se vaya -sonrió amable mirándome curioso.
Mis ojos se posaron en aquel chico de ojos azules que parecía visiblemente nervioso. Me miró un instante y después desvié la mirada al serme el chico completamente indiferente.
- Me es igual -musité y pasé mi mirada del joven doctor en prácticas, al veterano doctor y de ese hasta la ventana.
- Perfecto -dijo rápidamente el veterano doctor- Imagino que sabes para lo que estás aquí...
- Por supuesto.. -contesté seca mirándole- quiere que descargue mi alma con usted contándole cosas que no he contado a nadie.. Antes de que continuemos con está reunión.. -hice una mueca- quiero explicarle que su labor al menos en mí resultará completamente inútil, pero si aún así usted desea seguir con su trabajo por mi me parece perfecto...
Noté como los ojos de ambos se abrían de golpe de la incomprensión de lo que acababa de decir, estaban estupefactos por mi razonamiento pero dejé de mirarlos para posar de nuevo mi mirada en la ventana por la que pude comprobar que seguía lloviendo.
Unos minutos incómodos siguieron a ese momento. El doctor parecía muy desconcertado, demasiado, pero acto seguido comenzó a rebuscar en un libro algo.
Yo ya sabía lo que eso significaba pero esperaba que me lo explicase él más adelante con detenimiento.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 4. Encerrada
Desvié mi mirada hacia mis manos. Miré detenidamente mis dedos como si ocultasen algo e intentase que me lo revelasen.
Escuchaba como los doctores cuchicheaban entre ellos sobre mí sin importarles ni lo más mínimo que estuviese delante.
Sentía que todos los ojos allí presentes me miraban pero unos permanecían fijos. Alguien no apartaba la vista de mí hasta tal punto que me entró curiosidad. Lentamente subí mi mirada por la mesa hasta la altura de sus rostros y volví a encontrarme con aquellos ojos azules. Estaban fijos en algún lugar de mi rostro unos centímetros por debajo de mis ojos porque cuando le miré sus pupilas se movieron un poco.
Noté como parecía ponerse nervioso porque le hubiese descubierto observándome pero a mi parecer no tenía sentido que estuviese así. Era solo un doctor observando las reacciones de su paciente. Seguramente sería porque estaba en prácticas que se puso así de nervioso por lo que tampoco le di mayor importancia.
- Lucía -susurró la mujer que estaba mirando unos papeles.
Rápido aunque me costó extrañamente aparté la mirada del chico y la posé sobre la figura de aquella enfermera.
- Lucía, por hoy terminamos ¿sí? lo demás lo discutiremos nosotros -me sonrió ampliamente intentando darme seguridad.
Asentí y me levanté de la silla en la que estaba sentada. Podía ver como los ojos azules de aquel chico seguían fijos en mí y como en su rostro parecía haber decepción. ¿Decepción? ¿Acaso pensaba que fuese la alegría de la huerta? ¿Qué esperaba de mí? Fruncí mi ceño completamente confusa y después me dirigí hacia mi habitación siguiendo de nuevo a aquella mujer que me abrió la puerta con su llave.
- Descansa pequeña... -sonrió y me metí en mi habitación mientras ella cerraba la puerta tras de mí.
Pasé mi mano por mi pelo, allí permanecía aquel dichoso diario y mi amiga Vica obviamente no se había movido.
- Hola Vica.. -susurré mirando al suelo para que no se diese cuenta que la saludaba.
Vica, era el diminutivo que había decidido ponerle a la videocámara de vigilancia que día a día controlaba todos mis movimientos.
Caminé hacia la mesa de nuevo y me quedé pensativa mirando la hoja medio escrita con aquellos garabatos. Me mordí mi labio inferior intentando saber que podía hacer para controlar esas inútiles ganas de escribir algo que al final no serviría.
Me dejé caer en el respaldo de la silla mientras me arreglaba el pelo en una coleta.
Miré al techo y mordí mi labio inferior. No encontraba sentido a nada y para colmo aquellas horribles ganas de salir de la habitación estaban creciendo en mi interior. ¿Por qué tenía aún en mi mente la mirada aquella tan extraña que me había escudriñado hacía tan solo unos instantes?
Pasé mis manos por mi rostro como si de esa manera pudiese borrarlo de mi mente. Después moví mi cabeza con la esperanza de que realmente desapareciese.
Tomé el bolígrafo de la mesa y lo puse sobre las hojas sin saber que podía explicar que yo misma no supiese.
Me siento encerrada. Siento que estoy atrapada en una cárcel en la que yo misma me he metido y he tirado la llave por la ventana. Nadie puede salvarme de esta tortura porque estoy tan sumida que mi mundo carecería de sentido si no tengo esa tortura. ¿Qué sería entonces? No sería nada. Soy la chica continuamente torturada, sin el dolor dejaría de ser, dejaría de existir, dejaría de ser yo misma... si es que en algún momento he podido serlo. ¿Me he permitido ser aquella niña que según mis padres siempre regalaba una sonrisa? ¿Me he permitido ser aquella que llenaba de besos a todo el mundo? ¿Me he permitido ser...?
En ese instante sentí como alguien me observaba. Normalmente no le daba importancia pero ¿porqué razón ahora tenía la necesidad de mirar hacia aquella persona que me estuviese observando?
Intenté luchar contra mí misma pero me fue imposible. Sin dejar caer el bolígrafo giré mi rostro lentamente hacia la ventana de la habitación donde aquellos ojos azules tan penetrantes me observaban.
Capítulo 4. Encerrada
Desvié mi mirada hacia mis manos. Miré detenidamente mis dedos como si ocultasen algo e intentase que me lo revelasen.
Escuchaba como los doctores cuchicheaban entre ellos sobre mí sin importarles ni lo más mínimo que estuviese delante.
Sentía que todos los ojos allí presentes me miraban pero unos permanecían fijos. Alguien no apartaba la vista de mí hasta tal punto que me entró curiosidad. Lentamente subí mi mirada por la mesa hasta la altura de sus rostros y volví a encontrarme con aquellos ojos azules. Estaban fijos en algún lugar de mi rostro unos centímetros por debajo de mis ojos porque cuando le miré sus pupilas se movieron un poco.
Noté como parecía ponerse nervioso porque le hubiese descubierto observándome pero a mi parecer no tenía sentido que estuviese así. Era solo un doctor observando las reacciones de su paciente. Seguramente sería porque estaba en prácticas que se puso así de nervioso por lo que tampoco le di mayor importancia.
- Lucía -susurró la mujer que estaba mirando unos papeles.
Rápido aunque me costó extrañamente aparté la mirada del chico y la posé sobre la figura de aquella enfermera.
- Lucía, por hoy terminamos ¿sí? lo demás lo discutiremos nosotros -me sonrió ampliamente intentando darme seguridad.
Asentí y me levanté de la silla en la que estaba sentada. Podía ver como los ojos azules de aquel chico seguían fijos en mí y como en su rostro parecía haber decepción. ¿Decepción? ¿Acaso pensaba que fuese la alegría de la huerta? ¿Qué esperaba de mí? Fruncí mi ceño completamente confusa y después me dirigí hacia mi habitación siguiendo de nuevo a aquella mujer que me abrió la puerta con su llave.
- Descansa pequeña... -sonrió y me metí en mi habitación mientras ella cerraba la puerta tras de mí.
Pasé mi mano por mi pelo, allí permanecía aquel dichoso diario y mi amiga Vica obviamente no se había movido.
- Hola Vica.. -susurré mirando al suelo para que no se diese cuenta que la saludaba.
Vica, era el diminutivo que había decidido ponerle a la videocámara de vigilancia que día a día controlaba todos mis movimientos.
Caminé hacia la mesa de nuevo y me quedé pensativa mirando la hoja medio escrita con aquellos garabatos. Me mordí mi labio inferior intentando saber que podía hacer para controlar esas inútiles ganas de escribir algo que al final no serviría.
Me dejé caer en el respaldo de la silla mientras me arreglaba el pelo en una coleta.
Miré al techo y mordí mi labio inferior. No encontraba sentido a nada y para colmo aquellas horribles ganas de salir de la habitación estaban creciendo en mi interior. ¿Por qué tenía aún en mi mente la mirada aquella tan extraña que me había escudriñado hacía tan solo unos instantes?
Pasé mis manos por mi rostro como si de esa manera pudiese borrarlo de mi mente. Después moví mi cabeza con la esperanza de que realmente desapareciese.
Tomé el bolígrafo de la mesa y lo puse sobre las hojas sin saber que podía explicar que yo misma no supiese.
Me siento encerrada. Siento que estoy atrapada en una cárcel en la que yo misma me he metido y he tirado la llave por la ventana. Nadie puede salvarme de esta tortura porque estoy tan sumida que mi mundo carecería de sentido si no tengo esa tortura. ¿Qué sería entonces? No sería nada. Soy la chica continuamente torturada, sin el dolor dejaría de ser, dejaría de existir, dejaría de ser yo misma... si es que en algún momento he podido serlo. ¿Me he permitido ser aquella niña que según mis padres siempre regalaba una sonrisa? ¿Me he permitido ser aquella que llenaba de besos a todo el mundo? ¿Me he permitido ser...?
En ese instante sentí como alguien me observaba. Normalmente no le daba importancia pero ¿porqué razón ahora tenía la necesidad de mirar hacia aquella persona que me estuviese observando?
Intenté luchar contra mí misma pero me fue imposible. Sin dejar caer el bolígrafo giré mi rostro lentamente hacia la ventana de la habitación donde aquellos ojos azules tan penetrantes me observaban.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 5. Castigo
Permanecía encerrada en mi habitación. No dejaba de mirar a aquellos ojos azules que me estaban observando a través de la ventanita.
No sabía qué podía hacer. Aquel doctor tenía que observarme... o no tenía porqué no lo sabía. Estaba confusa, su comportamiento era extraño y no sabía porqué era así conmigo ya que no parecía estar preocupado de ningún otro paciente al menos en ese momento.
Noté como sus mejillas se sonrojaban rápidamente al descubrirle mirarme. Fruncí mi ceño aún más confusa que antes. ¿Qué le sucedía? Me sentía realmente incómoda, no me gustaba estar bajo su mirada. Le hice una mueca y después le di la espalda para poder seguir escribiendo sin que me molestase.
Dirigí mi mirada de nuevo hasta el papel ligeramente garabateado.
Ahora no tengo nada más que tristeza, soledad y vacío en mi interior. No siento deseos de hacer absolutamente nada de lo que antes me interesaba. La literatura, el arte, los videojuegos, la lectura... todo me importa poco, tan solo me interesa saber que esta agonía que sufro algún día terminará, que mi pecho dejará de sentir dolor, que mis ojos podrán dejar de llorar antes de que se sequen por falta de lágrimas...
Dentro de mí no deseo nada más que un poco de paz. Desearía poder dormir, poder estar cinco segundos sin pensar en absolutamente nada que no sea el tiempo que pasa.. solo eso.
Mi corazón solamente late porque es un movimiento involuntario y es la única manera de que siga viva. Siendo de otra manera el continuo dolor que tengo haría que dejase de latir, que me desangrase...
Me gustaría tanto poder saber lo que se siente cuando nada te perturba, cuando no todo te duele, cuando no todo te molesta, cuando no tergiversas las cosas de manera que todo termina dañándote, es como si yo buscase que todo me hiciese daño, que todo significase un horrible rechazo...
En ese momento se abrió la puerta. Me giré rápidamente esperando encontrar a ese chico de ojos azules que me había estado observando pero en su lugar encontré a dos enfermeros.
Me levanté algo nerviosa al verlos, no los esperaba.
- Lucía.. tendrás que tomarte esto, el doctor te lo ha mandado... -se acercaron a mí y me dieron un vaso de agua de plástico y también una especie de pastilla.
¿Pastilla? Yo no iba a tomarme nada de eso. Intenté parecer serena e imaginé que podría razonar que no necesitaba nada de eso, ni un solo medicamento.
- No quiero tomármela -susurré.
- Quieras o no quieras tendrás que hacerlo... -me dijo el otro enfermero mirándome con el ceño fruncido.
-No pienso hacerlo, ¿no me han oído? -dije un poco alterada y entonces ellos se acercaron.
Intentaron darme la pastilla por la fuerza pero me negué todo lo que pude para no tomarla. Estaba convencida que no la necesitaba y entonces comencé a patalear. Aquello no estaba tomando en ningún caso un buen camino...
En tan solo unos minutos que no supe ni como pudieron hacerlo estaba atada de pies y manos a mi cama con unas correas de cuero y sin poder moverme. Este era el castigo por no querer hacer lo que te ordenaban, el castigo por tener criterio propio y no dejarte dominar, el castigo... por ser una cabezona.
Capítulo 5. Castigo
Permanecía encerrada en mi habitación. No dejaba de mirar a aquellos ojos azules que me estaban observando a través de la ventanita.
No sabía qué podía hacer. Aquel doctor tenía que observarme... o no tenía porqué no lo sabía. Estaba confusa, su comportamiento era extraño y no sabía porqué era así conmigo ya que no parecía estar preocupado de ningún otro paciente al menos en ese momento.
Noté como sus mejillas se sonrojaban rápidamente al descubrirle mirarme. Fruncí mi ceño aún más confusa que antes. ¿Qué le sucedía? Me sentía realmente incómoda, no me gustaba estar bajo su mirada. Le hice una mueca y después le di la espalda para poder seguir escribiendo sin que me molestase.
Dirigí mi mirada de nuevo hasta el papel ligeramente garabateado.
Ahora no tengo nada más que tristeza, soledad y vacío en mi interior. No siento deseos de hacer absolutamente nada de lo que antes me interesaba. La literatura, el arte, los videojuegos, la lectura... todo me importa poco, tan solo me interesa saber que esta agonía que sufro algún día terminará, que mi pecho dejará de sentir dolor, que mis ojos podrán dejar de llorar antes de que se sequen por falta de lágrimas...
Dentro de mí no deseo nada más que un poco de paz. Desearía poder dormir, poder estar cinco segundos sin pensar en absolutamente nada que no sea el tiempo que pasa.. solo eso.
Mi corazón solamente late porque es un movimiento involuntario y es la única manera de que siga viva. Siendo de otra manera el continuo dolor que tengo haría que dejase de latir, que me desangrase...
Me gustaría tanto poder saber lo que se siente cuando nada te perturba, cuando no todo te duele, cuando no todo te molesta, cuando no tergiversas las cosas de manera que todo termina dañándote, es como si yo buscase que todo me hiciese daño, que todo significase un horrible rechazo...
En ese momento se abrió la puerta. Me giré rápidamente esperando encontrar a ese chico de ojos azules que me había estado observando pero en su lugar encontré a dos enfermeros.
Me levanté algo nerviosa al verlos, no los esperaba.
- Lucía.. tendrás que tomarte esto, el doctor te lo ha mandado... -se acercaron a mí y me dieron un vaso de agua de plástico y también una especie de pastilla.
¿Pastilla? Yo no iba a tomarme nada de eso. Intenté parecer serena e imaginé que podría razonar que no necesitaba nada de eso, ni un solo medicamento.
- No quiero tomármela -susurré.
- Quieras o no quieras tendrás que hacerlo... -me dijo el otro enfermero mirándome con el ceño fruncido.
-No pienso hacerlo, ¿no me han oído? -dije un poco alterada y entonces ellos se acercaron.
Intentaron darme la pastilla por la fuerza pero me negué todo lo que pude para no tomarla. Estaba convencida que no la necesitaba y entonces comencé a patalear. Aquello no estaba tomando en ningún caso un buen camino...
En tan solo unos minutos que no supe ni como pudieron hacerlo estaba atada de pies y manos a mi cama con unas correas de cuero y sin poder moverme. Este era el castigo por no querer hacer lo que te ordenaban, el castigo por tener criterio propio y no dejarte dominar, el castigo... por ser una cabezona.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 6. ¿Sola?
Abrí los ojos en aquella horrible habitación. ¿Por qué tenía que estar atada aún? Aquello ya no me gustaba, me horrorizaba aquel lugar, solo imaginar que en cualquier momento podrían volver a atarme me hacía sentir ganas de llorar pero no, ¿llorar? aquello demostraría mi debilidad ante ellos y yo no podía ser débil, jamás. El orgullo era todo lo que me quedaba intacto, quizá hasta el punto de ser penoso ante los ojos de los demás, algo que realmente detestaba, dar pena me podía, me sacaba de quicio.
Suspiré apesadumbrada, ¿qué importaba ya? Estaba ya allí, atada, solamente cuando ellos deseasen podría volver a moverme como una persona normal pero..¿ en el fondo eso me servía... o no?
La puerta sonó y supe que entraban a la habitación. El doctor entró junto a los dos enfermeros que unas horas antes me habían atado a la cama.
- Lucía.. ¿podemos hablar? -preguntó el doctor mirándome fijamente.
Yo mientras tanto recorría los rostros de todos los presentes como queriendo recordarlos para vengarme más tarde cuando fuese fuerte y tuviese deseos de atormentar a otros.
- Claro -musité casi sin mover los labios en el instante que el doctor en prácticas entraba a la habitación poniéndose al lado del que me hablaba.
Su rostro era un completo poema en el instante que me vio atada a la cama. Sus ojos se desorbitaron, su rostro se desencajó y sus manos se cerraron en puños mientras su mandíbula volvía a apretarse mirando a los hombres que me habían atado.
Fruncí el ceño sin comprender, ¿era normal aquella reacción que estaba teniendo? A mi parecer un doctor no debería ponerse así cuando ve a cualquier paciente, es más debería estar acostumbrado.
- Le suplico, doctor que por favor suelten a la paciente, para ella debe ser humillante -dijo muy bajo esperando que yo no le escuchase pero tenía un gran oído y era capaz de escuchar conversaciones a bastante distancia.
- Disculpe joven pero sabemos como debemos tratar a los pacientes y mucho más a los problemáticos como la señorita Noriega -dijo tajante mientras veía como el ceño del joven se fruncí considerablemente y cerró la boca para no decir nada más.
Después se giró para verme con una gran tristeza en su mirada que me hizo comprender que debía darle una pena horrible. Bufé internamente, fantástico lo único que no quiero y es lo que siempre termino consiguiendo.
- Lucía, ¿puedo saber por qué te negabas a tomar la pastilla? ¿Acaso piensas que quiero drogarte, que deseamos lavarte la mente o algo similar con esa medicación? -preguntó como muy seguro de que le iba a dar una respuesta afirmativa.
- No, tan solo no quería tomármela, no tiene más vuelta de hoja.. no le busque motivos que no hay.. -repliqué.
- ¿Así que me estás dando a entender que no te has tomado una simple pastilla por pura cabezonería? -levantó una ceja intentando intimidarme.
Gruñí internamente. No iba a conseguir intimidarme ni lo más mínimo, le mantuve la mirada intensamente para que él diese su brazo a torcer.
- Sí, eso mismo le digo -dije tajante y seca.
Entonces sin que nadie lo esperase el chico joven se acercó y me comenzó a desatar.
- Me da igual lo que digan ustedes esto es inhumano y no consentiré que la traten así -dijo frío y con un tono autoritario que sorprendió a todos al igual que a mí.
Terminó de desatarme y después me acarició con cuidado una de mis muñecas que aún tenía las marcas del forcejeo con el cuero de las ataduras.
- Gra...gracias -fue lo único que pude susurrar mirándole fijamente a los ojos.
Capítulo 6. ¿Sola?
Abrí los ojos en aquella horrible habitación. ¿Por qué tenía que estar atada aún? Aquello ya no me gustaba, me horrorizaba aquel lugar, solo imaginar que en cualquier momento podrían volver a atarme me hacía sentir ganas de llorar pero no, ¿llorar? aquello demostraría mi debilidad ante ellos y yo no podía ser débil, jamás. El orgullo era todo lo que me quedaba intacto, quizá hasta el punto de ser penoso ante los ojos de los demás, algo que realmente detestaba, dar pena me podía, me sacaba de quicio.
Suspiré apesadumbrada, ¿qué importaba ya? Estaba ya allí, atada, solamente cuando ellos deseasen podría volver a moverme como una persona normal pero..¿ en el fondo eso me servía... o no?
La puerta sonó y supe que entraban a la habitación. El doctor entró junto a los dos enfermeros que unas horas antes me habían atado a la cama.
- Lucía.. ¿podemos hablar? -preguntó el doctor mirándome fijamente.
Yo mientras tanto recorría los rostros de todos los presentes como queriendo recordarlos para vengarme más tarde cuando fuese fuerte y tuviese deseos de atormentar a otros.
- Claro -musité casi sin mover los labios en el instante que el doctor en prácticas entraba a la habitación poniéndose al lado del que me hablaba.
Su rostro era un completo poema en el instante que me vio atada a la cama. Sus ojos se desorbitaron, su rostro se desencajó y sus manos se cerraron en puños mientras su mandíbula volvía a apretarse mirando a los hombres que me habían atado.
Fruncí el ceño sin comprender, ¿era normal aquella reacción que estaba teniendo? A mi parecer un doctor no debería ponerse así cuando ve a cualquier paciente, es más debería estar acostumbrado.
- Le suplico, doctor que por favor suelten a la paciente, para ella debe ser humillante -dijo muy bajo esperando que yo no le escuchase pero tenía un gran oído y era capaz de escuchar conversaciones a bastante distancia.
- Disculpe joven pero sabemos como debemos tratar a los pacientes y mucho más a los problemáticos como la señorita Noriega -dijo tajante mientras veía como el ceño del joven se fruncí considerablemente y cerró la boca para no decir nada más.
Después se giró para verme con una gran tristeza en su mirada que me hizo comprender que debía darle una pena horrible. Bufé internamente, fantástico lo único que no quiero y es lo que siempre termino consiguiendo.
- Lucía, ¿puedo saber por qué te negabas a tomar la pastilla? ¿Acaso piensas que quiero drogarte, que deseamos lavarte la mente o algo similar con esa medicación? -preguntó como muy seguro de que le iba a dar una respuesta afirmativa.
- No, tan solo no quería tomármela, no tiene más vuelta de hoja.. no le busque motivos que no hay.. -repliqué.
- ¿Así que me estás dando a entender que no te has tomado una simple pastilla por pura cabezonería? -levantó una ceja intentando intimidarme.
Gruñí internamente. No iba a conseguir intimidarme ni lo más mínimo, le mantuve la mirada intensamente para que él diese su brazo a torcer.
- Sí, eso mismo le digo -dije tajante y seca.
Entonces sin que nadie lo esperase el chico joven se acercó y me comenzó a desatar.
- Me da igual lo que digan ustedes esto es inhumano y no consentiré que la traten así -dijo frío y con un tono autoritario que sorprendió a todos al igual que a mí.
Terminó de desatarme y después me acarició con cuidado una de mis muñecas que aún tenía las marcas del forcejeo con el cuero de las ataduras.
- Gra...gracias -fue lo único que pude susurrar mirándole fijamente a los ojos.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 7. Hora de visita
Nos quedamos mirando unos segundos fijamente a los ojos. La manera en la que había actuado me había dejado atónita. Nadie se había preocupado de esa manera por mí antes. Cualquiera de las personas que había conocido en mi vida seguramente habrían permanecido impasibles al verme de aquella manera y por algún extraño motivo ese chico había tenido pena por mí. Pena, pena.. sabía que no podía preocuparse por mí simplemente era una niña que daba lástima a todo aquel que la mirase.
Mi rostro cambió rápidamente de expresión. Fruncí mi ceño y noté como él no comprendía mi reacción. Se alejó rápidamente y poco después salieron todos de la habitación no sin antes advertirme que volvería a ocurrirme lo mismo si no deseaba tomarme la medicación.
Me levanté de la cama enfadada conmigo misma. ¿Cómo había podido llegar a pensar que podía importarle a alguien de manera que hubiese hecho eso por mí? Aquel chico solamente había sido "humano", se había dejado llevar por sentimientos normales que aquellos médicos que parecían robots habían olvidado hacía años cuando entraron a trabajar a aquel lugar por eso el doctor de prácticas había sido el único que había reaccionado.
Pasé mis manos por mi rostro suspirando tenía una ligera presión en mi pecho que me estaba volviendo loca, ¿por qué a todas horas la sentía?
Me acerqué al escritorio donde estaba completamente intactas las hojas tal y como las había dejado la última vez que escribí.
Deseaba escribir pero no tenía ganas de hacerlo. Suspiré ¿por qué no era ahora capaz de descargar mis emociones en un trozo de papel que nadie leería? Me dolía ahora más el pecho de nadie. Fruncí más el ceño. Aquello era demasiado frustrante. No sabía como podría quitarme aquel intenso dolor que iba creciendo más y más cada segundo.
Respiré hondo y entonces fui consciente de la hora que era. Todas las puertas se estaban abriendo poco a poco. Era la hora de las visitas. Otra de las horas que pasaría sola.
Abrieron mi puerta y para evitar volver a ser atada como a un animal salí de mi habitación con el ceño ligeramente fruncido pero llevándome aquellas páginas que me habían ayudado a intentar descargarme.
Todos los que ya tenían visitas allí se metieron en una sala y yo como de costumbre me quedé sola en la sala de al lado.
Me senté en una de las sillas y centré todo mi dolor mientras cerraba mis ojos para después abrirlos y concentrarme en la escritura.
¿Sola? ¿Alguien puede sentirse realmente solo cuando está rodeado de personas? ¿Alguien puede sentirse solo cuando está entre una multitud? Sí, sí se puede sentir alguien solo aunque esté rodeado. Tú mismo puedes aislarte, tu cuerpo sabe que a escasos centímetros tienes a alguien pero tu mente no te deja ver más allá de tus propios pensamientos.
Es en ese momento cuando un dolor punzante amenaza con desgarrarte el pecho, con llegar a volverte loca si no consigues pararlo a tiempo.
¿Hay alguna manera de poder frenarlo? ¿De algún modo cada vez que revives tus propios dolorosos recuerdos puedes intentar pararlos? ¿Puedes intentar mantenerte cuerda para no sucumbir en el profundo pozo de la desesperación?
El camino fácil es dejarse llevar por tus propios sentimientos, por la propia melancolía y tristeza pero también dejarse llevar por aquello que alguna personas llaman diablo que es la parte de oscura de nosotros mismos.
¿Quién salvo tú mismo puede ser tu peor enemigo?
Escuché un pequeño ruido. Alguien estaba golpeando con los nudillos la puerta de la habitación.
Levanté mi mirada y vi a aquel chico que me había desatado de la cama. Sus ojos azules estaban fijos en mí.
¿Qué podía hacer allí?
Capítulo 7. Hora de visita
Nos quedamos mirando unos segundos fijamente a los ojos. La manera en la que había actuado me había dejado atónita. Nadie se había preocupado de esa manera por mí antes. Cualquiera de las personas que había conocido en mi vida seguramente habrían permanecido impasibles al verme de aquella manera y por algún extraño motivo ese chico había tenido pena por mí. Pena, pena.. sabía que no podía preocuparse por mí simplemente era una niña que daba lástima a todo aquel que la mirase.
Mi rostro cambió rápidamente de expresión. Fruncí mi ceño y noté como él no comprendía mi reacción. Se alejó rápidamente y poco después salieron todos de la habitación no sin antes advertirme que volvería a ocurrirme lo mismo si no deseaba tomarme la medicación.
Me levanté de la cama enfadada conmigo misma. ¿Cómo había podido llegar a pensar que podía importarle a alguien de manera que hubiese hecho eso por mí? Aquel chico solamente había sido "humano", se había dejado llevar por sentimientos normales que aquellos médicos que parecían robots habían olvidado hacía años cuando entraron a trabajar a aquel lugar por eso el doctor de prácticas había sido el único que había reaccionado.
Pasé mis manos por mi rostro suspirando tenía una ligera presión en mi pecho que me estaba volviendo loca, ¿por qué a todas horas la sentía?
Me acerqué al escritorio donde estaba completamente intactas las hojas tal y como las había dejado la última vez que escribí.
Deseaba escribir pero no tenía ganas de hacerlo. Suspiré ¿por qué no era ahora capaz de descargar mis emociones en un trozo de papel que nadie leería? Me dolía ahora más el pecho de nadie. Fruncí más el ceño. Aquello era demasiado frustrante. No sabía como podría quitarme aquel intenso dolor que iba creciendo más y más cada segundo.
Respiré hondo y entonces fui consciente de la hora que era. Todas las puertas se estaban abriendo poco a poco. Era la hora de las visitas. Otra de las horas que pasaría sola.
Abrieron mi puerta y para evitar volver a ser atada como a un animal salí de mi habitación con el ceño ligeramente fruncido pero llevándome aquellas páginas que me habían ayudado a intentar descargarme.
Todos los que ya tenían visitas allí se metieron en una sala y yo como de costumbre me quedé sola en la sala de al lado.
Me senté en una de las sillas y centré todo mi dolor mientras cerraba mis ojos para después abrirlos y concentrarme en la escritura.
¿Sola? ¿Alguien puede sentirse realmente solo cuando está rodeado de personas? ¿Alguien puede sentirse solo cuando está entre una multitud? Sí, sí se puede sentir alguien solo aunque esté rodeado. Tú mismo puedes aislarte, tu cuerpo sabe que a escasos centímetros tienes a alguien pero tu mente no te deja ver más allá de tus propios pensamientos.
Es en ese momento cuando un dolor punzante amenaza con desgarrarte el pecho, con llegar a volverte loca si no consigues pararlo a tiempo.
¿Hay alguna manera de poder frenarlo? ¿De algún modo cada vez que revives tus propios dolorosos recuerdos puedes intentar pararlos? ¿Puedes intentar mantenerte cuerda para no sucumbir en el profundo pozo de la desesperación?
El camino fácil es dejarse llevar por tus propios sentimientos, por la propia melancolía y tristeza pero también dejarse llevar por aquello que alguna personas llaman diablo que es la parte de oscura de nosotros mismos.
¿Quién salvo tú mismo puede ser tu peor enemigo?
Escuché un pequeño ruido. Alguien estaba golpeando con los nudillos la puerta de la habitación.
Levanté mi mirada y vi a aquel chico que me había desatado de la cama. Sus ojos azules estaban fijos en mí.
¿Qué podía hacer allí?
Mi
camino hasta ti
Capítulo 8. La primera conversación
Le miré durante un rato y después volví mi vista hasta los papeles que tenía entre mis manos. Debía seguir escribiendo lo que sentía pero por algún extraño motivo sentir como él me seguía mirando me ponía de los nervios.
- ¿Qué haces aquí tan sola? -dijo mientras sentía como su voz se acercaba.
Levanté mi mirada y rápidamente oculté lo que estaba escribiendo. Se acercaba intranquilo, nervioso.. como temeroso de incomodarme y en realidad era lo único que estaba consiguiendo.
Me encogí de hombros al no querer responderle. Sus ojos no dejaban de mirarme y se sentó en un sillón un poco alejado de mí.
- ¿Es que nadie vino a visitarte? -preguntó como preocupado.
- Nadie ha venido nunca.. es algo normal -me encogí de nuevo de hombros tensa al no saber porqué estaba ahí intentando darme conversación, una conversación extremadamente incómoda.
Suspiré y vi como su rostro se desencajaba como si me estuviese...dios perfecto. ¿Por qué no hacía nada más que darle pena a ese chico? Me dejé caer en el sofá furiosa conmigo misma porque estuviese permitiendo que algo así pasase.
- ¿Te ocurre algo? -susurró y se incorporó un poco en su asiento.
Le miré y negué rápidamente. Él me observó con el ceño fruncido y después se levantó de su asiento.
- ¿Está libre? -me preguntó mirándome atento mientras señalaba el asiento que estaba a mi lado.
Asentí y él se sentó en él. Me miró todo el tiempo e hizo que me tensase por completo. Sabía que tenía que sacar conversación pero no quería hacerlo.
- Perdona por ser tan maleducado.. -susurró y me extendió su mano-. Me llamo Robert..
Miré su mano y después le miré a él un poco confundida. Así que el misterioso doctor en prácticas se llamaba Robert... interesante información, no servía de nada.
- Encantada -musité y después le di mi mano para estrecharlas.
Su tacto cálido, suave hizo que me estremeciese un poco. Nunca un hombre me había rozado la piel de una manera tan suave. Me gustó la sensación.
Intenté separar mi mano pero la tenía agarrada con un poco de fuerza y tendría que ser brusca al quitarla, no deseaba serlo ya que era el único que aunque fuese por sus modales había sido amable conmigo como nunca nadie lo fue.
- Tienes...una mano muy pequeña y suave... -susurró y después dejó un besito en mis nudillos.
Le miré confundida y me mordí un poco el labio inferior, no sabía si debía preguntarle o no pero mi curiosidad me estaba pudiendo.
- ¿Por qué eres tan amable? -le pregunté mirándole a los ojos sin percatarme de la cercanía de nuestros rostros.
- No sé... normalmente no soy así... pero siento que todos te tratan con demasiada dureza.... -le interrumpí.
- .... y por supuesto te doy pena por eso actúas así, ¿verdad? -quité rápido mi mano sin importarme ser brusca-. Detesto que me tengan lástima. No quiero darla ni quiero que la tengan por mí cuando no la pido. Cientos de personas suplican por ella pero yo no, no la quiero, no quiero la lástima de nadie. Prefiero el odio antes que eso.
Me miró completamente boquiabierto sin saber qué podía decir. Fruncí mis labios hasta que los convertí en una fina línea y me levanté tomando mis hojas para que no se me olvidasen. Aquel diario tenía cosas que no quería que nadie accidentalmente leyese.
En ese momento sentí como su cálida mano agarraba mi muñeca y me giró de manera que pudiese mirarle a los ojos.
- No te vayas.. no deseaba incomodarte ... por favor, siento haberlo hecho, haberte incomodado, nunca fue mi intención... -me miró con los ojos que irradiaban profunda tristeza-. Vuelve a sentarte.. por favor
Le miré unos segundos a los ojos y sentí como el pecho se me encogía. Si aquella tristeza era fingida de verdad debía haber sido actor.
Suspiré apesadumbrada y volví a sentarme en mi asiento mientras a él se le dibujaba una pequeña sonrisa en su rostro. Acarició levemente mi muñeca y después volvió a sonreírme soltándola.
- ¿Dijiste que nunca nadie viene a visitarte? -me miró como si tuviese algún tipo de idea.
- Así es.. -asentí.
- Entonces.. ¿te gustaría que yo viniese a visitarte todos los días? No tengo nada que hacer a esta hora y.. no me gusta verte sola..
Le miré pensando que en cualquier momento iba a decir que era una broma, pero no lo hizo.
- ¿Es en serio? -le pregunté mirándole sorprendida.
- Claro que sí.. ¿aceptas? -sonrió ampliamente con un brillo de esperanza en su mirada.
- Mmm.. está bien, acepto -estreché su mano con la mía mientras su sonrisa se ensanchaba aún más.
Capítulo 8. La primera conversación
Le miré durante un rato y después volví mi vista hasta los papeles que tenía entre mis manos. Debía seguir escribiendo lo que sentía pero por algún extraño motivo sentir como él me seguía mirando me ponía de los nervios.
- ¿Qué haces aquí tan sola? -dijo mientras sentía como su voz se acercaba.
Levanté mi mirada y rápidamente oculté lo que estaba escribiendo. Se acercaba intranquilo, nervioso.. como temeroso de incomodarme y en realidad era lo único que estaba consiguiendo.
Me encogí de hombros al no querer responderle. Sus ojos no dejaban de mirarme y se sentó en un sillón un poco alejado de mí.
- ¿Es que nadie vino a visitarte? -preguntó como preocupado.
- Nadie ha venido nunca.. es algo normal -me encogí de nuevo de hombros tensa al no saber porqué estaba ahí intentando darme conversación, una conversación extremadamente incómoda.
Suspiré y vi como su rostro se desencajaba como si me estuviese...dios perfecto. ¿Por qué no hacía nada más que darle pena a ese chico? Me dejé caer en el sofá furiosa conmigo misma porque estuviese permitiendo que algo así pasase.
- ¿Te ocurre algo? -susurró y se incorporó un poco en su asiento.
Le miré y negué rápidamente. Él me observó con el ceño fruncido y después se levantó de su asiento.
- ¿Está libre? -me preguntó mirándome atento mientras señalaba el asiento que estaba a mi lado.
Asentí y él se sentó en él. Me miró todo el tiempo e hizo que me tensase por completo. Sabía que tenía que sacar conversación pero no quería hacerlo.
- Perdona por ser tan maleducado.. -susurró y me extendió su mano-. Me llamo Robert..
Miré su mano y después le miré a él un poco confundida. Así que el misterioso doctor en prácticas se llamaba Robert... interesante información, no servía de nada.
- Encantada -musité y después le di mi mano para estrecharlas.
Su tacto cálido, suave hizo que me estremeciese un poco. Nunca un hombre me había rozado la piel de una manera tan suave. Me gustó la sensación.
Intenté separar mi mano pero la tenía agarrada con un poco de fuerza y tendría que ser brusca al quitarla, no deseaba serlo ya que era el único que aunque fuese por sus modales había sido amable conmigo como nunca nadie lo fue.
- Tienes...una mano muy pequeña y suave... -susurró y después dejó un besito en mis nudillos.
Le miré confundida y me mordí un poco el labio inferior, no sabía si debía preguntarle o no pero mi curiosidad me estaba pudiendo.
- ¿Por qué eres tan amable? -le pregunté mirándole a los ojos sin percatarme de la cercanía de nuestros rostros.
- No sé... normalmente no soy así... pero siento que todos te tratan con demasiada dureza.... -le interrumpí.
- .... y por supuesto te doy pena por eso actúas así, ¿verdad? -quité rápido mi mano sin importarme ser brusca-. Detesto que me tengan lástima. No quiero darla ni quiero que la tengan por mí cuando no la pido. Cientos de personas suplican por ella pero yo no, no la quiero, no quiero la lástima de nadie. Prefiero el odio antes que eso.
Me miró completamente boquiabierto sin saber qué podía decir. Fruncí mis labios hasta que los convertí en una fina línea y me levanté tomando mis hojas para que no se me olvidasen. Aquel diario tenía cosas que no quería que nadie accidentalmente leyese.
En ese momento sentí como su cálida mano agarraba mi muñeca y me giró de manera que pudiese mirarle a los ojos.
- No te vayas.. no deseaba incomodarte ... por favor, siento haberlo hecho, haberte incomodado, nunca fue mi intención... -me miró con los ojos que irradiaban profunda tristeza-. Vuelve a sentarte.. por favor
Le miré unos segundos a los ojos y sentí como el pecho se me encogía. Si aquella tristeza era fingida de verdad debía haber sido actor.
Suspiré apesadumbrada y volví a sentarme en mi asiento mientras a él se le dibujaba una pequeña sonrisa en su rostro. Acarició levemente mi muñeca y después volvió a sonreírme soltándola.
- ¿Dijiste que nunca nadie viene a visitarte? -me miró como si tuviese algún tipo de idea.
- Así es.. -asentí.
- Entonces.. ¿te gustaría que yo viniese a visitarte todos los días? No tengo nada que hacer a esta hora y.. no me gusta verte sola..
Le miré pensando que en cualquier momento iba a decir que era una broma, pero no lo hizo.
- ¿Es en serio? -le pregunté mirándole sorprendida.
- Claro que sí.. ¿aceptas? -sonrió ampliamente con un brillo de esperanza en su mirada.
- Mmm.. está bien, acepto -estreché su mano con la mía mientras su sonrisa se ensanchaba aún más.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 9. Razonamientos
Le miré aún sin comprender porqué estaba haciendo aquello. Fruncí mi ceño y suspiré. Me quedé mirándole a los ojos algo indecisa si preguntarle algo o no. Al fin y al cabo no le conocía de nada y no podía comprender porqué estaba haciendo aquello como si yo le importase algo, como si realmente fuese a la única persona a la que yo importase.
- Hmm...-frunció su ceño mirándome divertido-. La señorita está pensando algo ¿verdad?
Me fijé en su sonrisa que cada vez era más amplia. Sus dientes blancos y bien colocados eran realmente perfectos y cuando sonreía tenía una sensación de calidez que nunca había sentido sobretodo al saber que esa sonrisa la había producido yo.
- Sí, tienes razón, estoy pensando.. pero no sé si vaya a molestarte la pregunta que quiero hacerte... -susurré y después desvié mi mirada hacia mis manos comenzando a jugar con mis dedos.
- Entiendo...-musitó y después escuché un profundo suspiro-. No me tienes nada de confianza como para hacerme preguntas, es más el simple hecho de que esté aquí tiene que chocarte muchísimo. Ni yo mismo sé realmente lo que estoy haciendo aquí porque debe incomodarte mucho... discúlpame.
Su tono mientras iba hablando cada vez era más bajo y parecía muy triste. Le miré curiosa al no saber porqué lo que yo había dicho había causado esa reacción en él tan devastadora.
- Para serte sincera sí, me sorprende que tú estés aquí hablando conmigo, que parezcas preocuparte por mí aunque solamente sé que eres más humano que todos los robots que trabajan por aquí... -suspiro- no es que me incomode tu presencia, en absoluto, es tan solo que me gustaría saber algunos porqués, las razones que te llevan a hacer lo que haces.. a ser diferente de los demás -me encojo de hombros- pero no sé.. es extraño espero que lo comprendas, eres un doctor en prácticas y doctores y pacientes son como dos mundos completamente distintos que no se juntan nunca.
Me miró asombrado al escuchar todo lo que yo había dicho. Seguramente le había asustado con mi razonamiento, todos siempre se quedaban con expresión de no comprenderme cada vez que hablaba.
Miré el techo y comencé a inflar y desinflar mis mejillas nerviosa al saber que no volvería a hablarme al considerarme una rarita.
- Vaya...-susurró.
Le miré un instante y asentí.
- Si lo sé, sé que soy la chica más... -me interrumpió.
- Más madura con la que he hablado nunca... -musitó sonriendo-. Jamás había escuchado un razonamiento de esa clase y menos en un lugar como este.. Seguro eres una chica muy inteligente.
Le miré confundida. Volvía a sorprenderme como lo había hecho otras veces. Aquel no era un chico fácil de clasificar. Nunca sabía que respuesta podía llegar a darme ni siquiera con sus reacciones.
- En cuanto a lo que has dicho es normal que no sepas de que podemos hablar y que tenemos poca confianza lo entiendo pero.. como tu bien dijiste yo soy un doctor en prácticas, es decir, estoy entre los dos mundos por lo que si quiero puedo mezclarme con los pacientes -me guiñó un ojo-. Y con respecto a la confianza también tengo una solución. Si lo deseas podemos hacernos tandas de preguntas en las horas de visita.. yo no tengo nada que esconder, no recuerdo haber matado a nadie -rió- y tú puedes contestar solo las que quieras contestar.
Le miré y asentí. Me gustaba muchísimo su idea, era realmente fantástica. Él sonrió aún más y acarició dulcemente mi mano. Sentí como unos escalofríos recorrieron mi espalda. Me quedé un poco asombrada del efecto que una caricia tenía en mí.
Intenté recordar la última vez que me habían acariciado y salvo él... hacia muchísimo tiempo que nadie me tocaba y un hombre para acariciarme jamás.
Subió lentamente su mano por mi muñeca y se fijó en como seguían las marcas que me habían dejado las correas de cuero.
- No quiero que vuelvan a atarte... no quiero que te den cosas que puedan tenerte dormida todo el día pero por favor, haz lo que sea para que no te aten de nuevo.. eso es completamente inhumano -susurró y me miró a los ojos.
Asentí sin comprender porqué razón era tan tierno conmigo, deseaba preguntárselo pero en ese instante terminó la hora de visita.
Capítulo 9. Razonamientos
Le miré aún sin comprender porqué estaba haciendo aquello. Fruncí mi ceño y suspiré. Me quedé mirándole a los ojos algo indecisa si preguntarle algo o no. Al fin y al cabo no le conocía de nada y no podía comprender porqué estaba haciendo aquello como si yo le importase algo, como si realmente fuese a la única persona a la que yo importase.
- Hmm...-frunció su ceño mirándome divertido-. La señorita está pensando algo ¿verdad?
Me fijé en su sonrisa que cada vez era más amplia. Sus dientes blancos y bien colocados eran realmente perfectos y cuando sonreía tenía una sensación de calidez que nunca había sentido sobretodo al saber que esa sonrisa la había producido yo.
- Sí, tienes razón, estoy pensando.. pero no sé si vaya a molestarte la pregunta que quiero hacerte... -susurré y después desvié mi mirada hacia mis manos comenzando a jugar con mis dedos.
- Entiendo...-musitó y después escuché un profundo suspiro-. No me tienes nada de confianza como para hacerme preguntas, es más el simple hecho de que esté aquí tiene que chocarte muchísimo. Ni yo mismo sé realmente lo que estoy haciendo aquí porque debe incomodarte mucho... discúlpame.
Su tono mientras iba hablando cada vez era más bajo y parecía muy triste. Le miré curiosa al no saber porqué lo que yo había dicho había causado esa reacción en él tan devastadora.
- Para serte sincera sí, me sorprende que tú estés aquí hablando conmigo, que parezcas preocuparte por mí aunque solamente sé que eres más humano que todos los robots que trabajan por aquí... -suspiro- no es que me incomode tu presencia, en absoluto, es tan solo que me gustaría saber algunos porqués, las razones que te llevan a hacer lo que haces.. a ser diferente de los demás -me encojo de hombros- pero no sé.. es extraño espero que lo comprendas, eres un doctor en prácticas y doctores y pacientes son como dos mundos completamente distintos que no se juntan nunca.
Me miró asombrado al escuchar todo lo que yo había dicho. Seguramente le había asustado con mi razonamiento, todos siempre se quedaban con expresión de no comprenderme cada vez que hablaba.
Miré el techo y comencé a inflar y desinflar mis mejillas nerviosa al saber que no volvería a hablarme al considerarme una rarita.
- Vaya...-susurró.
Le miré un instante y asentí.
- Si lo sé, sé que soy la chica más... -me interrumpió.
- Más madura con la que he hablado nunca... -musitó sonriendo-. Jamás había escuchado un razonamiento de esa clase y menos en un lugar como este.. Seguro eres una chica muy inteligente.
Le miré confundida. Volvía a sorprenderme como lo había hecho otras veces. Aquel no era un chico fácil de clasificar. Nunca sabía que respuesta podía llegar a darme ni siquiera con sus reacciones.
- En cuanto a lo que has dicho es normal que no sepas de que podemos hablar y que tenemos poca confianza lo entiendo pero.. como tu bien dijiste yo soy un doctor en prácticas, es decir, estoy entre los dos mundos por lo que si quiero puedo mezclarme con los pacientes -me guiñó un ojo-. Y con respecto a la confianza también tengo una solución. Si lo deseas podemos hacernos tandas de preguntas en las horas de visita.. yo no tengo nada que esconder, no recuerdo haber matado a nadie -rió- y tú puedes contestar solo las que quieras contestar.
Le miré y asentí. Me gustaba muchísimo su idea, era realmente fantástica. Él sonrió aún más y acarició dulcemente mi mano. Sentí como unos escalofríos recorrieron mi espalda. Me quedé un poco asombrada del efecto que una caricia tenía en mí.
Intenté recordar la última vez que me habían acariciado y salvo él... hacia muchísimo tiempo que nadie me tocaba y un hombre para acariciarme jamás.
Subió lentamente su mano por mi muñeca y se fijó en como seguían las marcas que me habían dejado las correas de cuero.
- No quiero que vuelvan a atarte... no quiero que te den cosas que puedan tenerte dormida todo el día pero por favor, haz lo que sea para que no te aten de nuevo.. eso es completamente inhumano -susurró y me miró a los ojos.
Asentí sin comprender porqué razón era tan tierno conmigo, deseaba preguntárselo pero en ese instante terminó la hora de visita.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 10. Extraña sensación
Separarme de él fue algo extraño. Su sonrisa se evaporó de repente cuando supo que tenía que irme de allí. Sus comisuras comenzaron a descender hasta su barbilla dejándole con una expresión triste y desoladora.
En ese instante sentí el impulso de abrazarle para intentar consolarle por aquello que le hubiese puesto tan triste aunque desconocía en lo que podía estar pensando.
- Tienes que irte....-suspiró mientras su mano soltaba la mía como si estuviese viviendo una ruptura de un relación de aquellas típicas de la televisión en la que ella le deja por cualquier estúpido motivo.
- Sí, tengo que volver a mi habitación -musité mirándola aún más curiosa que antes-. ¿Por qué.. por qué de repente estás tan triste?
La curiosidad me podía, no llegaba a comprender porque cada pequeña cosa que tenía que ver conmigo terminaba entristeciéndole al menos a simple vista.
Mordí mi labio inferior ansiosa por escuchar su respuesta y después volver a mi habitación.
Levantó su mirada y la cruzó con la mía. Sus ojos parecían esconder algo que no llegaba a descifrar. Algo ocultaba pero no sabía lo que podía ser y aquello me intrigaba de alguna manera que ni yo misma era capaz de pararme a preguntar el porqué. Mi curiosidad estaba siendo demasiado fuerte, como si tuviese la necesidad de saber lo que aquel chico me ocultaba.
Sencillamente era obsesiva en muchísimas cosas y parecía aquello también haber calado hasta a mis pequeños defectos pero lamentablemente a ninguna virtud si es que tenía.
Sus labios se despegaron un instante para decir algo pero pareció arrepentirse. Después tomó aire mientras seguía observándole demasiado ansiosa por cada pequeño gesto para ver si de alguna manera podía delatarle o darme una pista de ese secreto que ocultaba y no parecía dispuesto a revelar.
- No es nada no te preocupes... -sonrió de repente pero era obvio que de manera mucho más forzada que antes.
- Está bien... -murmuré y me levanté rápidamente. Tomé mi diario y mi bolígrafo y me dispuse a salir de la sala en la que nos encontrábamos pero en ese momento su mano tomó mi brazo y me hizo retoceder unos cuantos pasos.
Sus ojos me miraban como ansiosos por hacer algo que no era capaz de comprender. ¿Por qué me ha parado? ¿Por qué actúa de esta manera? ¿Qué le sucede? ¿Estará bien? Eso era lo que no hacía nada más que pensar ya que era obvio que no actuaba como las personas normales.
Sus ojos observaron los míos durante un instante y después respiró hondo. Comenzó a acercar lentamente su rostro al mío y me tensé de inmediato.
¿Qué era lo que iba a hacer? ¿Por qué se acercaba tanto?
Mi corazón comenzó a latir acelerado al no saber porqué razón estaba tan odiosamente cerca. Desconocía sus intenciones y la mano que me quedó libre la cerré en un puño para que ante el menor descaro pegarle con todas mis fuerzas.
Entonces desvió un poco su trayectoria y dirigió sus labios a mi mejilla donde depositó un pequeño beso.
Noté instantáneamente como mi mejilla me ardía al sentir sus labios allí. Jamás ningún chico me había dado un beso en la mejilla y aquel era el primero que lo hacía.
Cerré mis ojos unos segundos los que sus labios permanecieron allí sobre mi piel. Eran tan suaves, cálidos... aquel besito era algo tan inesperado pero a la vez placentero para mí.
En mi interior comencé a sentir impulsos a los que no quise ni prestar atención para poder seguir allí, quieta, descubriendo cada pequeño detalle de aquella nueva situación.
Sentí como su pulgar acarició con mucha delicadeza el brazo que tenía agarrado y como sus labios se movían tan solo unos milímetros más cerca de los míos.
¿Qué estaba pasando? Aquello no era usual, aquel besito estaba despertando en mí sentimientos raros, sentía paz pero a la vez estaba nerviosa. Sus caricias hacían que la piel se me erizase pero rápidamente encontré la causa.
Nadie me había besado o acariciado de aquella forma. Tenía una manera de hacerlo tan inusual que a cualquiera podría haberle despertado las mismas sensaciones.
Después como arrepentido acercó sus labios hasta mi oído y después de sentir como aspiraba mi aroma me susurró:
- Nos veremos mañana...descasa, Lucía.
Su aliento hizo que un escalofrío recorriese mi espalda y sin pensarlo más me separé un poco brusca.
- Hasta mañana, Robert -susurré y salí de la sala intentando calmar aquel corazón que nunca había estado tan desbocado.
Capítulo 10. Extraña sensación
Separarme de él fue algo extraño. Su sonrisa se evaporó de repente cuando supo que tenía que irme de allí. Sus comisuras comenzaron a descender hasta su barbilla dejándole con una expresión triste y desoladora.
En ese instante sentí el impulso de abrazarle para intentar consolarle por aquello que le hubiese puesto tan triste aunque desconocía en lo que podía estar pensando.
- Tienes que irte....-suspiró mientras su mano soltaba la mía como si estuviese viviendo una ruptura de un relación de aquellas típicas de la televisión en la que ella le deja por cualquier estúpido motivo.
- Sí, tengo que volver a mi habitación -musité mirándola aún más curiosa que antes-. ¿Por qué.. por qué de repente estás tan triste?
La curiosidad me podía, no llegaba a comprender porque cada pequeña cosa que tenía que ver conmigo terminaba entristeciéndole al menos a simple vista.
Mordí mi labio inferior ansiosa por escuchar su respuesta y después volver a mi habitación.
Levantó su mirada y la cruzó con la mía. Sus ojos parecían esconder algo que no llegaba a descifrar. Algo ocultaba pero no sabía lo que podía ser y aquello me intrigaba de alguna manera que ni yo misma era capaz de pararme a preguntar el porqué. Mi curiosidad estaba siendo demasiado fuerte, como si tuviese la necesidad de saber lo que aquel chico me ocultaba.
Sencillamente era obsesiva en muchísimas cosas y parecía aquello también haber calado hasta a mis pequeños defectos pero lamentablemente a ninguna virtud si es que tenía.
Sus labios se despegaron un instante para decir algo pero pareció arrepentirse. Después tomó aire mientras seguía observándole demasiado ansiosa por cada pequeño gesto para ver si de alguna manera podía delatarle o darme una pista de ese secreto que ocultaba y no parecía dispuesto a revelar.
- No es nada no te preocupes... -sonrió de repente pero era obvio que de manera mucho más forzada que antes.
- Está bien... -murmuré y me levanté rápidamente. Tomé mi diario y mi bolígrafo y me dispuse a salir de la sala en la que nos encontrábamos pero en ese momento su mano tomó mi brazo y me hizo retoceder unos cuantos pasos.
Sus ojos me miraban como ansiosos por hacer algo que no era capaz de comprender. ¿Por qué me ha parado? ¿Por qué actúa de esta manera? ¿Qué le sucede? ¿Estará bien? Eso era lo que no hacía nada más que pensar ya que era obvio que no actuaba como las personas normales.
Sus ojos observaron los míos durante un instante y después respiró hondo. Comenzó a acercar lentamente su rostro al mío y me tensé de inmediato.
¿Qué era lo que iba a hacer? ¿Por qué se acercaba tanto?
Mi corazón comenzó a latir acelerado al no saber porqué razón estaba tan odiosamente cerca. Desconocía sus intenciones y la mano que me quedó libre la cerré en un puño para que ante el menor descaro pegarle con todas mis fuerzas.
Entonces desvió un poco su trayectoria y dirigió sus labios a mi mejilla donde depositó un pequeño beso.
Noté instantáneamente como mi mejilla me ardía al sentir sus labios allí. Jamás ningún chico me había dado un beso en la mejilla y aquel era el primero que lo hacía.
Cerré mis ojos unos segundos los que sus labios permanecieron allí sobre mi piel. Eran tan suaves, cálidos... aquel besito era algo tan inesperado pero a la vez placentero para mí.
En mi interior comencé a sentir impulsos a los que no quise ni prestar atención para poder seguir allí, quieta, descubriendo cada pequeño detalle de aquella nueva situación.
Sentí como su pulgar acarició con mucha delicadeza el brazo que tenía agarrado y como sus labios se movían tan solo unos milímetros más cerca de los míos.
¿Qué estaba pasando? Aquello no era usual, aquel besito estaba despertando en mí sentimientos raros, sentía paz pero a la vez estaba nerviosa. Sus caricias hacían que la piel se me erizase pero rápidamente encontré la causa.
Nadie me había besado o acariciado de aquella forma. Tenía una manera de hacerlo tan inusual que a cualquiera podría haberle despertado las mismas sensaciones.
Después como arrepentido acercó sus labios hasta mi oído y después de sentir como aspiraba mi aroma me susurró:
- Nos veremos mañana...descasa, Lucía.
Su aliento hizo que un escalofrío recorriese mi espalda y sin pensarlo más me separé un poco brusca.
- Hasta mañana, Robert -susurré y salí de la sala intentando calmar aquel corazón que nunca había estado tan desbocado.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 11. Desahogo
La puerta de mi habitación estaba abierta esperando que yo llegase para rápidamente cerrarla después sin que hubiese manera alguna en la que yo pudiese salir. En ese momento no me importaba quedarme encerrada lo único que quería era parar aquel corazón que parecía salirse de mi pecho y sin ningún tipo de motivo aparente.
Llevé una mano a mi pecho cuando me quedé a los pies de mi cama. La respiración acelerada, la boca seca por respirar más deprisa de lo necesario pero sin llenar lo pulmones en cada bocanada de aire.
Nunca me había sentido así y me asustaba. ¿Por qué mi cuerpo había reaccionada así con un simple beso en la mejilla de alguien desconocido?
Ahí tenía la clave. Era alguien desconocido y por eso mi cuerpo como defensa actuaba así.
La cabeza me dolía mientras mi mejilla seguía ardiéndome aún. Era como si pudiese sentir aún sus labios sobre la fina piel de mi rostro.
Puse una mano sobre mi mejilla y deslicé la yema de mis dedos por la piel que sus labios habían rozado.
En ese momento cerré los ojos reviviendo aquel recuerdo donde en tan solo unos segundos mi cuerpo había sentido todo tipo de sentimientos y había reaccionado como jamás lo había hecho.
Aquello no me gustó y me paré abriendo los ojos. ¿Qué me estaba pasando? No, no podía estar sintiendo aquellas sensaciones y no me lo consentiría más. Todo aquello sera una simple y llana mala jugada de mi fantasía y no deseaba dejarme llevar de nuevo por ella como tantas veces lo hacía.
Me senté en el escritorio furiosa conmigo misma por haber estada apunto de caer en la odiosa tentación que siempre supone la creación de un mundo alternativo al real.
Tomé el bolígrafo y dejando a un lado lo que había escrito anteriormente comencé a explayarme con lo que ahora se cocía tomando forma en mi mente.
Cuando dicen que tu peor enemigo eres tú mismo no hay mayor verdad que esta en este odioso mundo.
Yo misma he podido comprobar como si lo permites nadie mejor para destruirte que tu propio ser.
El dolor se combate de maneras tan insospechadas...algunas personas lloran de manera que descargan así sus frustraciones; otras personas gritan, rompen cosas, se ponen furiosas y maldicen todo lo que puede llamar suyo aquello que le haya dolido; otras simplemente guardan el dolor y les ayuda a ser más fuertes pero... ¿qué ocurre cuando no puedes soltar el dolor porque no te dejas llorar, no te permites gritar ni maldecir y tampoco tu dolor guardado te hace más fuerte? Todo tiene que terminar saliendo de alguna manera de tu mente o se corrompe haciendo que las peores cosas imaginables nublen tu mundo.
La mente es como el demonio, sabe tentarte, saber hacerte bien pero en realidad te está haciendo el peor de los favores sin que tú seas capaz de verlo hasta que es demasiado tarde.
Ella sabe como seducirte hacia un mundo donde el dolor no existe, la frustración tampoco y todo tú puedes controlarlo para que tenga el final propicio para ti.
Sí, es perversa, te invita a un paraíso del que te vuelves adicto, del que jamás deseas salir, de aquel que tú solamente tú tienes la llave para escapar pero no deseas usarla hasta que terminas olvidando como hacerlo convirtiéndose en tu manera automática de escapar del dolor y la tortura, del odioso malestar que día y noche oscurece tu vida sin que puedas encontrar mayor salida que la fantasía.
Ella termina volviéndose tu vida, la razón por la que cada segundo respiras para poder seguir estando en el mundo fantástico en el que nunca nada malo te sucede porque todo el mundo te venera, te quiere, te mima... pero no te conviene dormirse en los laureles porque en el instante que su dulce engaño consigue tentarte ya es demasiado tarde para abandonar lo que será una tortura por mucho tiempo a lo largo de tu vida...
Cuando te des cuenta que todo ha pasado, que has vivido años sin vivirlos, que has estado de cuerpo presente pero tu mente permanecía en otro lugar.. cuando puedas ver aquello la frustración podrá contigo y ese es el instante en el que deberás librar la más dura de las batallas. Puedes abandonarte y continuar viviendo en una realidad alternativa o madurar soportando el dolor de tener que descubrir aquel maravilloso aunque en ocasiones inhumano mundo que te perdiste...
Dejé el bolígrafo sobre la mesa y releí lo que había escrito. Aquellas páginas tenían más de mí que nada que hubiese hecho en mi vida.
Capítulo 11. Desahogo
La puerta de mi habitación estaba abierta esperando que yo llegase para rápidamente cerrarla después sin que hubiese manera alguna en la que yo pudiese salir. En ese momento no me importaba quedarme encerrada lo único que quería era parar aquel corazón que parecía salirse de mi pecho y sin ningún tipo de motivo aparente.
Llevé una mano a mi pecho cuando me quedé a los pies de mi cama. La respiración acelerada, la boca seca por respirar más deprisa de lo necesario pero sin llenar lo pulmones en cada bocanada de aire.
Nunca me había sentido así y me asustaba. ¿Por qué mi cuerpo había reaccionada así con un simple beso en la mejilla de alguien desconocido?
Ahí tenía la clave. Era alguien desconocido y por eso mi cuerpo como defensa actuaba así.
La cabeza me dolía mientras mi mejilla seguía ardiéndome aún. Era como si pudiese sentir aún sus labios sobre la fina piel de mi rostro.
Puse una mano sobre mi mejilla y deslicé la yema de mis dedos por la piel que sus labios habían rozado.
En ese momento cerré los ojos reviviendo aquel recuerdo donde en tan solo unos segundos mi cuerpo había sentido todo tipo de sentimientos y había reaccionado como jamás lo había hecho.
Aquello no me gustó y me paré abriendo los ojos. ¿Qué me estaba pasando? No, no podía estar sintiendo aquellas sensaciones y no me lo consentiría más. Todo aquello sera una simple y llana mala jugada de mi fantasía y no deseaba dejarme llevar de nuevo por ella como tantas veces lo hacía.
Me senté en el escritorio furiosa conmigo misma por haber estada apunto de caer en la odiosa tentación que siempre supone la creación de un mundo alternativo al real.
Tomé el bolígrafo y dejando a un lado lo que había escrito anteriormente comencé a explayarme con lo que ahora se cocía tomando forma en mi mente.
Cuando dicen que tu peor enemigo eres tú mismo no hay mayor verdad que esta en este odioso mundo.
Yo misma he podido comprobar como si lo permites nadie mejor para destruirte que tu propio ser.
El dolor se combate de maneras tan insospechadas...algunas personas lloran de manera que descargan así sus frustraciones; otras personas gritan, rompen cosas, se ponen furiosas y maldicen todo lo que puede llamar suyo aquello que le haya dolido; otras simplemente guardan el dolor y les ayuda a ser más fuertes pero... ¿qué ocurre cuando no puedes soltar el dolor porque no te dejas llorar, no te permites gritar ni maldecir y tampoco tu dolor guardado te hace más fuerte? Todo tiene que terminar saliendo de alguna manera de tu mente o se corrompe haciendo que las peores cosas imaginables nublen tu mundo.
La mente es como el demonio, sabe tentarte, saber hacerte bien pero en realidad te está haciendo el peor de los favores sin que tú seas capaz de verlo hasta que es demasiado tarde.
Ella sabe como seducirte hacia un mundo donde el dolor no existe, la frustración tampoco y todo tú puedes controlarlo para que tenga el final propicio para ti.
Sí, es perversa, te invita a un paraíso del que te vuelves adicto, del que jamás deseas salir, de aquel que tú solamente tú tienes la llave para escapar pero no deseas usarla hasta que terminas olvidando como hacerlo convirtiéndose en tu manera automática de escapar del dolor y la tortura, del odioso malestar que día y noche oscurece tu vida sin que puedas encontrar mayor salida que la fantasía.
Ella termina volviéndose tu vida, la razón por la que cada segundo respiras para poder seguir estando en el mundo fantástico en el que nunca nada malo te sucede porque todo el mundo te venera, te quiere, te mima... pero no te conviene dormirse en los laureles porque en el instante que su dulce engaño consigue tentarte ya es demasiado tarde para abandonar lo que será una tortura por mucho tiempo a lo largo de tu vida...
Cuando te des cuenta que todo ha pasado, que has vivido años sin vivirlos, que has estado de cuerpo presente pero tu mente permanecía en otro lugar.. cuando puedas ver aquello la frustración podrá contigo y ese es el instante en el que deberás librar la más dura de las batallas. Puedes abandonarte y continuar viviendo en una realidad alternativa o madurar soportando el dolor de tener que descubrir aquel maravilloso aunque en ocasiones inhumano mundo que te perdiste...
Dejé el bolígrafo sobre la mesa y releí lo que había escrito. Aquellas páginas tenían más de mí que nada que hubiese hecho en mi vida.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 12. El sueño
Cuando levanté mi mirada de las páginas del diario comprobé que ya era de noche. Había pasado el día demasiado rápido como ningún otro día de todos los que allí había vivido.
Me acerqué al armarito y saqué el pijama. Después de eso me fui al baño para cambiarme y salí un poco después con el pijama ya puesto dispuesta a intentar dormir.
Me metí entre las sábanas y me acurruqué entre ellas para sentir el calor que ellas me daban. La cama no era precisamente confortable pero tampoco podía quejarme de ello.
Cerré mis ojos e intenté conciliar el sueño para poder descansar después de dos días sin dormir. Detestaba que los pensamientos me llegasen todos a la misma hora, que no me dejasen dormir porque me aterraban como si fuesen verdaderas pesadillas.
Sin que me diese cuenta de ello el cansancio me pudo quedándome completamente dormida.
Ante mí se abría el mar. Las olas chocaban incansablemente contra la orilla.
Cerré un instante los ojos sonriendo al sentir la suave brisa en mi rostro y como jugaba con mi pelo. El maravilloso murmuro del mar hizo que me relajase rápidamente.
En ese momento unos brazos, rodearon mi cintura desde la espalda mientras yo permanecía serena como si aquello fuese normal o lo esperase.
Dulces besitos descendían por mi cuello haciendo que mi sonrisa se ensanchase aún más. Después noté como los labios se cambiaban por la nariz de aquella persona que me estaba abrazando.
No podía dejar de sonreír mientras me apretaba contra su pecho. Comenzaba a acariciar mi cintura mientras abría lentamente los ojos para seguir observando aquel maravilloso mar que me daba mucha serenidad.
- Estás preciosa -susurró con su grave voz en mi oído mientras ponía sus manos en mis costados.
- Gracias -musité sonriendo al sentir como de nuevo sus labios besaban ahora mis hombros y sus manos acariciaban de arriba abajo mis costados.
Pero en ese momento todo cambió. El mar se volvió completamente negro y de él salió una horrible figura que me sonaba familiar.
- No dejarás de sufrir -dijo con una completa voz de ultratumba.
Estaba completamente vestido de negro y vi como el mar a medida que esa figura se acercaba comenzaba a reptar por mis piernas convirtiéndose en una especie de troncos duros que no me dejaban moverme ni un solo centímetro.
Intenté chillar pero no había manera de que la voz saliese de mi garganta. Parecían ahogarse mis chillidos antes de poder intentar comenzar a sonar.
Nadie podría oírme si seguía chillando sin hacerlo realmente. Ahora comenzaba a quedarme sin respiración en los pulmones, no podía siquiera ver en claridad.
- Tu sufrimiento será cada vez más doloroso -susurró aquella figura ahora en mi oído.
Me desperté rápidamente con un grito ahogado. Un sudor frío recorría todo mi cuerpo y mi corazón iba a mil por hora.
Jamás había tenido una pesadilla tan horrible desde hacía muchísimo tiempo. Me dolía el pecho por la ansiedad mientras intentaba tomar un poco de aire para que el dolor o el agobio cesase.
En ese momento no me di cuenta que las lágrimas descendían por mis mejillas, tan solo me importaba saber como podría evitar que aquella pesadilla se repitiese.
Capítulo 12. El sueño
Cuando levanté mi mirada de las páginas del diario comprobé que ya era de noche. Había pasado el día demasiado rápido como ningún otro día de todos los que allí había vivido.
Me acerqué al armarito y saqué el pijama. Después de eso me fui al baño para cambiarme y salí un poco después con el pijama ya puesto dispuesta a intentar dormir.
Me metí entre las sábanas y me acurruqué entre ellas para sentir el calor que ellas me daban. La cama no era precisamente confortable pero tampoco podía quejarme de ello.
Cerré mis ojos e intenté conciliar el sueño para poder descansar después de dos días sin dormir. Detestaba que los pensamientos me llegasen todos a la misma hora, que no me dejasen dormir porque me aterraban como si fuesen verdaderas pesadillas.
Sin que me diese cuenta de ello el cansancio me pudo quedándome completamente dormida.
Ante mí se abría el mar. Las olas chocaban incansablemente contra la orilla.
Cerré un instante los ojos sonriendo al sentir la suave brisa en mi rostro y como jugaba con mi pelo. El maravilloso murmuro del mar hizo que me relajase rápidamente.
En ese momento unos brazos, rodearon mi cintura desde la espalda mientras yo permanecía serena como si aquello fuese normal o lo esperase.
Dulces besitos descendían por mi cuello haciendo que mi sonrisa se ensanchase aún más. Después noté como los labios se cambiaban por la nariz de aquella persona que me estaba abrazando.
No podía dejar de sonreír mientras me apretaba contra su pecho. Comenzaba a acariciar mi cintura mientras abría lentamente los ojos para seguir observando aquel maravilloso mar que me daba mucha serenidad.
- Estás preciosa -susurró con su grave voz en mi oído mientras ponía sus manos en mis costados.
- Gracias -musité sonriendo al sentir como de nuevo sus labios besaban ahora mis hombros y sus manos acariciaban de arriba abajo mis costados.
Pero en ese momento todo cambió. El mar se volvió completamente negro y de él salió una horrible figura que me sonaba familiar.
- No dejarás de sufrir -dijo con una completa voz de ultratumba.
Estaba completamente vestido de negro y vi como el mar a medida que esa figura se acercaba comenzaba a reptar por mis piernas convirtiéndose en una especie de troncos duros que no me dejaban moverme ni un solo centímetro.
Intenté chillar pero no había manera de que la voz saliese de mi garganta. Parecían ahogarse mis chillidos antes de poder intentar comenzar a sonar.
Nadie podría oírme si seguía chillando sin hacerlo realmente. Ahora comenzaba a quedarme sin respiración en los pulmones, no podía siquiera ver en claridad.
- Tu sufrimiento será cada vez más doloroso -susurró aquella figura ahora en mi oído.
Me desperté rápidamente con un grito ahogado. Un sudor frío recorría todo mi cuerpo y mi corazón iba a mil por hora.
Jamás había tenido una pesadilla tan horrible desde hacía muchísimo tiempo. Me dolía el pecho por la ansiedad mientras intentaba tomar un poco de aire para que el dolor o el agobio cesase.
En ese momento no me di cuenta que las lágrimas descendían por mis mejillas, tan solo me importaba saber como podría evitar que aquella pesadilla se repitiese.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 13. Terror
Seguía sentada sobre la cama sin deseos de volver a dormirme nunca más. Aquel sueño me había traído una enorme sensación de angustia además de un inmenso terror a que algo así pudiese suceder de verdad.
¿Qué había sido aquel cambio tan repentino? Por un momento había soñado algo hermoso, alguien me acunaba, me besaba, me amaba como era pero en poco tiempo todo había cambiado, todo me había sido arrebatado.
Escondí mi rostro entre mis manos intentando recuperar el aliento aunque no dejaba de temblar por el terror que aquel sueño me había producido.
Fruncí mi ceño intentando sin éxito que mi respiración volviese a la normalidad pero seguía acompasada con los latidos de mi corazón que iban a mil por hora.
Comenzaba a hiperventilarme. Me empezaba a doler la cabeza por la ansiedad que el recuerdo de aquel sueño que me torturaba una y otra vez me producía.
Notaba como mis labios comenzaba a dejar de sentirlos y tenía un gran cosquilleo en mis mejillas como si la sangre no corriese ya por ellas. No me extrañaría que el color hubiese abandonado mi rostro. Podía estar sin ningún problema blanca como la pared de la habitación.
Me sentía sola, triste, confusa, sin ganas de hacer nada, sin deseos de moverme. Tenía temor de que en la oscuridad alguien apareciese y aquel sueño se hiciese realidad.
Abrí los ojos y miré entre los dedos de mi mano mientras sentía miles de escalofríos en mi espalda. Todo estaba muy oscuro, no podía ver nada, no distinguía ninguna forma. Suspiré y me quedé estática congelada pero en ese momento escuché como una segunda respiración.
Mi corazón se paralizó. Allí había alguien. ¿Quién podía estar allí? Sentía como si me estuviesen observando.
Con temor y muy despacio busqué unos ojos por la habitación. En ese momento la respiración comenzó a acercarse.
Mi corazón empezó a latir desbocado, cerré mis ojos con fuerza mientras esperaba que aquella respiración no se acercase más pero entonces pude sentir un aliento en mi oído.
- Lucía -susurró una voz de ultratumba.
No lo soporté más y chillé. Grité con todas mis fuerzas cuando sentía como una mano intentaba agarrarme.
Me levanté de la cama sin parar de gritar y llorar como si todo aquello fuese una pesadilla pero lo vivía como real.
- ¡Déjame! ¡Suéltame! -gritaba una y otra vez intentando que aquello no terminase cogiéndome.
Pocos minutos tardaron en abrir la puerta de la habitación y encender la luz. Alguien me abrazó y después me tomó en brazos acurrucándome en su pecho caliente mientras intentaba dejar de llorar.
No era capaz de controlar mi cuerpo que convulsionaba por el horrible miedo que eso me producía. La visión de que mi sueño pudiese hacerse realidad...
¿Por qué mi mente quería torturarme de aquella manera? ¿Por qué mi angustia crecía a cada segundo por cosas que yo misma terminaba provocando?
- Lucía... -dijo una voz conocida mientras tomaba mi rostro entre sus manos apartando los mechones de mi cara empapada en lágrimas-. Lucía.. ¿estás bien? ¿Puedes escucharme?
Robert estaba ahí frente a mi rostro, él me estaba acurrucando en su pecho como si fuese una niña pequeña frágil y en sus ojos podía ver la soberana preocupación que se apoderaba de todo su ser.
Mi cuerpo no podía responder solo lloraba y lloraba mientras él secaba incansablemente las lágrimas que recorrían mis mejillas.
Algunos médicos querían acercarse pero Robert no les dejaba. Él me acurrucaba más en su pecho intentando calmarme. Comenzaba a balancearse lentamente como si me acunase, como si intentase calmar a un bebé.
Puse mi oreja sobre el corazón de Robert ya que estaba en su pecho. La sensación de tranquilidad que me estaba dando era considerable. Un poco tiempo me calmé pero no por ello Robert dejó de acunarme. Seguía mirándome muy preocupado sin parecer desear separarse de mí.
- Yo te protegeré -musitó en mi oído mientras intentaba cerrar mis ojos para centrarme solo en los latidos de su corazón.
Capítulo 13. Terror
Seguía sentada sobre la cama sin deseos de volver a dormirme nunca más. Aquel sueño me había traído una enorme sensación de angustia además de un inmenso terror a que algo así pudiese suceder de verdad.
¿Qué había sido aquel cambio tan repentino? Por un momento había soñado algo hermoso, alguien me acunaba, me besaba, me amaba como era pero en poco tiempo todo había cambiado, todo me había sido arrebatado.
Escondí mi rostro entre mis manos intentando recuperar el aliento aunque no dejaba de temblar por el terror que aquel sueño me había producido.
Fruncí mi ceño intentando sin éxito que mi respiración volviese a la normalidad pero seguía acompasada con los latidos de mi corazón que iban a mil por hora.
Comenzaba a hiperventilarme. Me empezaba a doler la cabeza por la ansiedad que el recuerdo de aquel sueño que me torturaba una y otra vez me producía.
Notaba como mis labios comenzaba a dejar de sentirlos y tenía un gran cosquilleo en mis mejillas como si la sangre no corriese ya por ellas. No me extrañaría que el color hubiese abandonado mi rostro. Podía estar sin ningún problema blanca como la pared de la habitación.
Me sentía sola, triste, confusa, sin ganas de hacer nada, sin deseos de moverme. Tenía temor de que en la oscuridad alguien apareciese y aquel sueño se hiciese realidad.
Abrí los ojos y miré entre los dedos de mi mano mientras sentía miles de escalofríos en mi espalda. Todo estaba muy oscuro, no podía ver nada, no distinguía ninguna forma. Suspiré y me quedé estática congelada pero en ese momento escuché como una segunda respiración.
Mi corazón se paralizó. Allí había alguien. ¿Quién podía estar allí? Sentía como si me estuviesen observando.
Con temor y muy despacio busqué unos ojos por la habitación. En ese momento la respiración comenzó a acercarse.
Mi corazón empezó a latir desbocado, cerré mis ojos con fuerza mientras esperaba que aquella respiración no se acercase más pero entonces pude sentir un aliento en mi oído.
- Lucía -susurró una voz de ultratumba.
No lo soporté más y chillé. Grité con todas mis fuerzas cuando sentía como una mano intentaba agarrarme.
Me levanté de la cama sin parar de gritar y llorar como si todo aquello fuese una pesadilla pero lo vivía como real.
- ¡Déjame! ¡Suéltame! -gritaba una y otra vez intentando que aquello no terminase cogiéndome.
Pocos minutos tardaron en abrir la puerta de la habitación y encender la luz. Alguien me abrazó y después me tomó en brazos acurrucándome en su pecho caliente mientras intentaba dejar de llorar.
No era capaz de controlar mi cuerpo que convulsionaba por el horrible miedo que eso me producía. La visión de que mi sueño pudiese hacerse realidad...
¿Por qué mi mente quería torturarme de aquella manera? ¿Por qué mi angustia crecía a cada segundo por cosas que yo misma terminaba provocando?
- Lucía... -dijo una voz conocida mientras tomaba mi rostro entre sus manos apartando los mechones de mi cara empapada en lágrimas-. Lucía.. ¿estás bien? ¿Puedes escucharme?
Robert estaba ahí frente a mi rostro, él me estaba acurrucando en su pecho como si fuese una niña pequeña frágil y en sus ojos podía ver la soberana preocupación que se apoderaba de todo su ser.
Mi cuerpo no podía responder solo lloraba y lloraba mientras él secaba incansablemente las lágrimas que recorrían mis mejillas.
Algunos médicos querían acercarse pero Robert no les dejaba. Él me acurrucaba más en su pecho intentando calmarme. Comenzaba a balancearse lentamente como si me acunase, como si intentase calmar a un bebé.
Puse mi oreja sobre el corazón de Robert ya que estaba en su pecho. La sensación de tranquilidad que me estaba dando era considerable. Un poco tiempo me calmé pero no por ello Robert dejó de acunarme. Seguía mirándome muy preocupado sin parecer desear separarse de mí.
- Yo te protegeré -musitó en mi oído mientras intentaba cerrar mis ojos para centrarme solo en los latidos de su corazón.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 14. ¿Odio?
Permanecí acurrucada en el pecho de Robert mientras él me acunaba lentamente de un lado a otro.
Sus dedos seguían recorriendo mis mejillas limpiándolas de lágrimas que no dejaban de salir.
Miraba como un cachorrito asustado a mi alrededor buscando aquello que antes había conseguido ponerme excesivamente nerviosa.
- Lucía.. -susurró Robert dulcemente en mi oído-. ¿Estás bien?
Intentaba levantar mi mirada pero no podía. Mi cuerpo permanecía a alerta para ante cualquier mínimo aviso de que aquella "cosa" seguía allí, me levantaría de los brazos de Robert e iría corriendo hasta la puerta para escapar de aquella prisión en la que estaba volviéndome completamente loca.
Robert me estrechó aún más como queriendo protegerme contra su pecho haciendo que lentamente me fuese relajando y sintiendo mejor.
Sus labios se posaron en mi frente y me dieron un beso con tantísimo cuidado que si me hubiese descuidado un solo segundo no lo hubiese sentido.
Sus manos ahora recorrían mi espalda con soberana lentitud para así seguir el compás al que nos mecía e intentar que todo mi ser se destensase aunque mi cerebro no dejase de pensar en lo que me había atormentado tanto en sueños como una vez despierta.
Unos minutos más tarde levanté mi mirada y él bajó la suya para cruzarla con la mía. Con sus ojos llenos de tristeza me observó unos instantes y después dibujo una sonrisa en su rostro para darme ánimos.
- ¿Ya estás mejor? -musitó.
Asentí lentamente sin dejar de mirarle a los ojos como si en ellos sintiese paz, serenidad, como si solamente observando sus ojos todo lo malo desapareciese.
En aquella posición en la que estábamos todo me parecía perfecto, me gustaba estar así, me sentía segura como si nadie ni nada pudiese hacerme daño. Seguramente sería la sensación de aquel abrazo que tanto había anhelado pero jamás había pedido.
- ¿Qué ha ocurrido, Lucía? -preguntó de repente mientras su continuo balanceo y sus caricias no cesaban.
- Yo... -musité y después callé.
Me daba vergüenza aceptar, afirmar que lo que me había pasado al menos yo lo había vivido como real. Mi cuerpo se había desentumecido pero mi cerebro seguía pendiente aún de que aquello, completamente ilógica e imposible, volviese a suceder.
- Vamos, Lucía dímelo -me sonrió para darme más ánimos y confianza.
Negué y entonces fui verdaderamente consciente de la situación, de como estábamos, lo que había sucedido. No, aquello.. aquello estaba fuera por completo de todo lo que en algún momento hubiese podido planear.
Le miré medio asustada y medio avergonzada, me levanté rápidamente y él me miró con completa incomprensión.
- ¿Lucía, qué sucede? -preguntó preocupado intentando acercarse a mí.
- ¿Qué..qué haces aquí? -le pregunté mientras sentía como una gran ira se apoderaba de mí.
Una ira que no llegaba a entender, que se estaba adueñando de mi cuerpo sin motivo aparente, sin causa que pudiese llamar lógica para que tratase mal a la única persona que parecía haberse preocupado por mí allí, en aquel lugar.
La respiración se me agitó, el pulso se me disparó y no dejaba de medio gruñir entre mis dientes como si alguien estuviese controlar todas las acciones de mi cuerpo. Mis puños se apretaron hasta convertirse en puños y los mechones de mi cabello que estaban sobre mi rostro volaban con el aire que salía de entre mis dientes.
- ¿Lucía? -me preguntó más preocupado aún Robert que se intentaba acercar a mí.
Me acarició la mejilla y le di una manotada a tu brazo para que no me tocase. Él volvió a hacerlo y le di de nuevo. Después tomó mis muñecas dejándolas con cuidado a cada lado de mi cuerpo y me miró fijamente a los ojos.
- Lucía.. ¿qué te está sucediendo?
No podía contestarle, sentía una gran sensación de posesión, que yo no era yo misma, como si estuviese mirando la situación desde otro punto de la habitación, como si mi cuerpo no fuese el mío sino el de otra chica.
En ese momento una gran presión inundó mi pecho causándome dolor y esa ira se desvaneció hasta que me agarré de nuevo a su pecho y lloré desconsoladamente.
Capítulo 14. ¿Odio?
Permanecí acurrucada en el pecho de Robert mientras él me acunaba lentamente de un lado a otro.
Sus dedos seguían recorriendo mis mejillas limpiándolas de lágrimas que no dejaban de salir.
Miraba como un cachorrito asustado a mi alrededor buscando aquello que antes había conseguido ponerme excesivamente nerviosa.
- Lucía.. -susurró Robert dulcemente en mi oído-. ¿Estás bien?
Intentaba levantar mi mirada pero no podía. Mi cuerpo permanecía a alerta para ante cualquier mínimo aviso de que aquella "cosa" seguía allí, me levantaría de los brazos de Robert e iría corriendo hasta la puerta para escapar de aquella prisión en la que estaba volviéndome completamente loca.
Robert me estrechó aún más como queriendo protegerme contra su pecho haciendo que lentamente me fuese relajando y sintiendo mejor.
Sus labios se posaron en mi frente y me dieron un beso con tantísimo cuidado que si me hubiese descuidado un solo segundo no lo hubiese sentido.
Sus manos ahora recorrían mi espalda con soberana lentitud para así seguir el compás al que nos mecía e intentar que todo mi ser se destensase aunque mi cerebro no dejase de pensar en lo que me había atormentado tanto en sueños como una vez despierta.
Unos minutos más tarde levanté mi mirada y él bajó la suya para cruzarla con la mía. Con sus ojos llenos de tristeza me observó unos instantes y después dibujo una sonrisa en su rostro para darme ánimos.
- ¿Ya estás mejor? -musitó.
Asentí lentamente sin dejar de mirarle a los ojos como si en ellos sintiese paz, serenidad, como si solamente observando sus ojos todo lo malo desapareciese.
En aquella posición en la que estábamos todo me parecía perfecto, me gustaba estar así, me sentía segura como si nadie ni nada pudiese hacerme daño. Seguramente sería la sensación de aquel abrazo que tanto había anhelado pero jamás había pedido.
- ¿Qué ha ocurrido, Lucía? -preguntó de repente mientras su continuo balanceo y sus caricias no cesaban.
- Yo... -musité y después callé.
Me daba vergüenza aceptar, afirmar que lo que me había pasado al menos yo lo había vivido como real. Mi cuerpo se había desentumecido pero mi cerebro seguía pendiente aún de que aquello, completamente ilógica e imposible, volviese a suceder.
- Vamos, Lucía dímelo -me sonrió para darme más ánimos y confianza.
Negué y entonces fui verdaderamente consciente de la situación, de como estábamos, lo que había sucedido. No, aquello.. aquello estaba fuera por completo de todo lo que en algún momento hubiese podido planear.
Le miré medio asustada y medio avergonzada, me levanté rápidamente y él me miró con completa incomprensión.
- ¿Lucía, qué sucede? -preguntó preocupado intentando acercarse a mí.
- ¿Qué..qué haces aquí? -le pregunté mientras sentía como una gran ira se apoderaba de mí.
Una ira que no llegaba a entender, que se estaba adueñando de mi cuerpo sin motivo aparente, sin causa que pudiese llamar lógica para que tratase mal a la única persona que parecía haberse preocupado por mí allí, en aquel lugar.
La respiración se me agitó, el pulso se me disparó y no dejaba de medio gruñir entre mis dientes como si alguien estuviese controlar todas las acciones de mi cuerpo. Mis puños se apretaron hasta convertirse en puños y los mechones de mi cabello que estaban sobre mi rostro volaban con el aire que salía de entre mis dientes.
- ¿Lucía? -me preguntó más preocupado aún Robert que se intentaba acercar a mí.
Me acarició la mejilla y le di una manotada a tu brazo para que no me tocase. Él volvió a hacerlo y le di de nuevo. Después tomó mis muñecas dejándolas con cuidado a cada lado de mi cuerpo y me miró fijamente a los ojos.
- Lucía.. ¿qué te está sucediendo?
No podía contestarle, sentía una gran sensación de posesión, que yo no era yo misma, como si estuviese mirando la situación desde otro punto de la habitación, como si mi cuerpo no fuese el mío sino el de otra chica.
En ese momento una gran presión inundó mi pecho causándome dolor y esa ira se desvaneció hasta que me agarré de nuevo a su pecho y lloré desconsoladamente.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 15. Conversación en la noche
Sus brazos me estrecharon contra su cuerpo hasta que me serené por completo.
Las lágrimas habían conseguido ganarme esta vez la partida. Después de años y años sin permitirme llorar no había podido pararlas y se habían salido con la suya.
Cerré mis ojos aún con el rostro escondido en el pecho de Robert que me acariciaba la espalda con suma tranquilidad y parsimonia intentando que su estado de fingida calma penetrase en mi ser.
Cuando mi respiración volvía a ser normal, levanté la mirada hasta que la crucé con la suya.
Él me sonrió y yo me separé rápidamente para sentarme en la cama. Vi como en el rostro de aquel que me había consolado todo el tiempo se dibujaba una mueca.
- Lucía, ¿qué es lo que te está pasando?
Suspiré al escucharle y me quedé mirando la nada. Un punto en el suelo que no parecía para nada importante pero para mí era la salida perfecta del mundo real y podía centrarme tan solo en lo que tenía en mi mente dándome mil y un vueltas.
Aquel sueño seguía perturbándome. ¿Por qué me importaba tanto ese sueño? ¿Podría convertirse de nuevo en realidad como lo había hecho una vez? Seguramente sí.
Mi mente cada vez me parecía más poderosa. Era capaz de no dejarme diferenciar la fantasía de la realidad sin que yo por mucho que lo intentase pudiese evitarlo.
El dolor de mi pecho estaba aumentando pero Robert tomó mi rostro entre sus manos e hizo que le mirase a los ojos.
- Lucía, ¿qué está pasando?
- No me siento bien -musité.
- Lucía, ¿qué.. qué te ha hecho gritar de esa manera? -me miró intensamente con gran preocupación dándome a entender que realmente le importaba, que por eso estaba allí aún conmigo.
- Vi..vi algo -musité intentando no ponerme nerviosa por su intensa mirada que a cualquiera la hubiese sacado de quicio.
- ¿Algo? ¿Alguien ha entrado a tu habitación? -me preguntó con mucha curiosidad pero con una mezcla de ¿furia?
- No, no.. o bueno no sé, tan solo sé que sentí como si otra persona estuviese en esta habitación, simplemente eso.. -me separé de nuevo de él cuanto pude.
Frunció su ceño y se sentó a mi lado. Después tomó una de mis manos y comenzó a acariciarla lentamente.
Aquel suave tacto estaba haciendo que mi piel se erizase. Podía sentir como si de verdad desease mimarme, cuidarme, que nada ni nadie pudiese tocarme.
Levanté mi mirada viendo como él estaba fijamente observándome, contemplando cada centímetro de mi rostro como si desease acariciarlo, estar observándolo toda la vida.
Aquella sensación era muy extraña e intenté separarme de él de nuevo pero algo dentro de mí no quería, se sentía a salvo si él estaba allí.
- ¿Cuánto has dormido, Lucía? -preguntó mientras sus dedos seguían rozando con una suave caricia mi mano.
- No lo sé.. -me encogí de hombros mientras le miraba.
- Unas dos horas ¿verdad? -suspiró-. Tienes que dormir más, Lucía.
- Pero.. no quiero dormir -susurré y bajé la mirada.
Rápidamente me aparté de él y fruncí mi ceño intentando calmarme al ver como en mi mente aquellos pensamientos volvían a tomar forma de manera alarmante.
- ¿Quieres que me quede contigo? Puedo quedarme aquí hasta que te duermas..
Le miré. Aquello era definitivo, se estaba implicando demasiado en lo que me estaba sucediendo.
Capítulo 15. Conversación en la noche
Sus brazos me estrecharon contra su cuerpo hasta que me serené por completo.
Las lágrimas habían conseguido ganarme esta vez la partida. Después de años y años sin permitirme llorar no había podido pararlas y se habían salido con la suya.
Cerré mis ojos aún con el rostro escondido en el pecho de Robert que me acariciaba la espalda con suma tranquilidad y parsimonia intentando que su estado de fingida calma penetrase en mi ser.
Cuando mi respiración volvía a ser normal, levanté la mirada hasta que la crucé con la suya.
Él me sonrió y yo me separé rápidamente para sentarme en la cama. Vi como en el rostro de aquel que me había consolado todo el tiempo se dibujaba una mueca.
- Lucía, ¿qué es lo que te está pasando?
Suspiré al escucharle y me quedé mirando la nada. Un punto en el suelo que no parecía para nada importante pero para mí era la salida perfecta del mundo real y podía centrarme tan solo en lo que tenía en mi mente dándome mil y un vueltas.
Aquel sueño seguía perturbándome. ¿Por qué me importaba tanto ese sueño? ¿Podría convertirse de nuevo en realidad como lo había hecho una vez? Seguramente sí.
Mi mente cada vez me parecía más poderosa. Era capaz de no dejarme diferenciar la fantasía de la realidad sin que yo por mucho que lo intentase pudiese evitarlo.
El dolor de mi pecho estaba aumentando pero Robert tomó mi rostro entre sus manos e hizo que le mirase a los ojos.
- Lucía, ¿qué está pasando?
- No me siento bien -musité.
- Lucía, ¿qué.. qué te ha hecho gritar de esa manera? -me miró intensamente con gran preocupación dándome a entender que realmente le importaba, que por eso estaba allí aún conmigo.
- Vi..vi algo -musité intentando no ponerme nerviosa por su intensa mirada que a cualquiera la hubiese sacado de quicio.
- ¿Algo? ¿Alguien ha entrado a tu habitación? -me preguntó con mucha curiosidad pero con una mezcla de ¿furia?
- No, no.. o bueno no sé, tan solo sé que sentí como si otra persona estuviese en esta habitación, simplemente eso.. -me separé de nuevo de él cuanto pude.
Frunció su ceño y se sentó a mi lado. Después tomó una de mis manos y comenzó a acariciarla lentamente.
Aquel suave tacto estaba haciendo que mi piel se erizase. Podía sentir como si de verdad desease mimarme, cuidarme, que nada ni nadie pudiese tocarme.
Levanté mi mirada viendo como él estaba fijamente observándome, contemplando cada centímetro de mi rostro como si desease acariciarlo, estar observándolo toda la vida.
Aquella sensación era muy extraña e intenté separarme de él de nuevo pero algo dentro de mí no quería, se sentía a salvo si él estaba allí.
- ¿Cuánto has dormido, Lucía? -preguntó mientras sus dedos seguían rozando con una suave caricia mi mano.
- No lo sé.. -me encogí de hombros mientras le miraba.
- Unas dos horas ¿verdad? -suspiró-. Tienes que dormir más, Lucía.
- Pero.. no quiero dormir -susurré y bajé la mirada.
Rápidamente me aparté de él y fruncí mi ceño intentando calmarme al ver como en mi mente aquellos pensamientos volvían a tomar forma de manera alarmante.
- ¿Quieres que me quede contigo? Puedo quedarme aquí hasta que te duermas..
Le miré. Aquello era definitivo, se estaba implicando demasiado en lo que me estaba sucediendo.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 16. El guardián de mis sueños
Le miré incrédula cuando me mencionó aquello. ¿Cómo podía pensar si quiera en una idea tan absurda? ¿Qué iba él a hacer toda la noche conmigo? ¿Mirarme y así intentan velar mis sueños?
Él vio mi incomprensión, mi soberana incredulidad ante su propuesta. Pude ver como se ponía de todos los colores del arcoiris hasta que se quedó en el rojo, un rojo tan intenso que cualquiera hubiese pensando que estaba observando una escena de dibujos animados.
Intentó disimular y sonrió para darme un poco de esperanza. ¿Qué estaba sucediendo? Los sentimientos que parecía transmitirme cada vez eran más y más confusos. Creo que en determinadas situaciones ni siquiera él sabía lo que estaba intentando decirme con cada gesto y aquello volvía todo mucho más extraño ya de por si que la situación en sí.
Me abracé las piernas mirándole fijamente intentando descubrir que intenciones había en su ofrecimiento o si quizá él podía haber estado en mi habitación y aprovechando el caos del momento haberse metido entre la gente como si viniese a salvarme pero no, no era así, no podía ser así ya que la voz de ambos era realmente diferente.
- Si..si no quieres puedo irme sin problema no te preocupes -se encogió de hombros y se levantó para caminar hacia la puerta de la habitación.
No pude evitarlo y tomé inconscientemente su muñeca. Ya había perdido la batalla contra mis lágrimas y él había sido el único que había estado ahí para protegerme, para consolarme, para acunarme entre sus brazos como nunca nadie lo había hecho.
Sus caricias me habían serenado en poco tiempo. Si hubiese estado sola quizá hubiese estado llorando incansablemente toda la noche, abrazando a la almohada y con aquella horrible sensación de vacío creciendo en mi interior.
Robert se giró para mirarme a los ojos y me sonrojé un poco sin poder evitarlo al ver que yo le había parado para que no se alejase de mi lado.
- No.. no te vayas por favor -musité sonrojándome aún más que antes y él se sentó a mi lado de nuevo.
Acarició lentamente mi mejilla mientras sentía como mi piel se volvía a estremecer bajo su suave caricia. Me sonrió y dejó un besito en la otra mejilla.
- Claro.. me quedaré, tú descansa -musitó.
Acarició mi pelo y después me tumbé en mi cama acurrucándome entre las sábanas. Él se sentó en uno de los sillones más cercanos mientras me observaba atentamente con una gran sonrisa.
Cerré mis ojos aunque no me sentía muy a gusto observada de aquella manera. Por alguna extraña razón mi mente comenzó a hacer que una imagen tomase forma mientras seguía con mis ojos cerrados.
Mi mente proyectaba como algo parecía desear que Robert se levantase, se acercase lentamente a mi cama y me abrazase mientras dormía para yo acurrucarme en su pecho.
Tan fuerte fue mi deseo o la manera que mi mente tenía de mostrármelo que pude sentir de nuevo la calidez de su cuerpo y su fragancia cerca de mí como si realmente estuviese pasando la imagen que en mi mente se estaba creando.
Suspiré y aspiré ese aroma falso hasta que pude quedarme completamente dormida.
Capítulo 16. El guardián de mis sueños
Le miré incrédula cuando me mencionó aquello. ¿Cómo podía pensar si quiera en una idea tan absurda? ¿Qué iba él a hacer toda la noche conmigo? ¿Mirarme y así intentan velar mis sueños?
Él vio mi incomprensión, mi soberana incredulidad ante su propuesta. Pude ver como se ponía de todos los colores del arcoiris hasta que se quedó en el rojo, un rojo tan intenso que cualquiera hubiese pensando que estaba observando una escena de dibujos animados.
Intentó disimular y sonrió para darme un poco de esperanza. ¿Qué estaba sucediendo? Los sentimientos que parecía transmitirme cada vez eran más y más confusos. Creo que en determinadas situaciones ni siquiera él sabía lo que estaba intentando decirme con cada gesto y aquello volvía todo mucho más extraño ya de por si que la situación en sí.
Me abracé las piernas mirándole fijamente intentando descubrir que intenciones había en su ofrecimiento o si quizá él podía haber estado en mi habitación y aprovechando el caos del momento haberse metido entre la gente como si viniese a salvarme pero no, no era así, no podía ser así ya que la voz de ambos era realmente diferente.
- Si..si no quieres puedo irme sin problema no te preocupes -se encogió de hombros y se levantó para caminar hacia la puerta de la habitación.
No pude evitarlo y tomé inconscientemente su muñeca. Ya había perdido la batalla contra mis lágrimas y él había sido el único que había estado ahí para protegerme, para consolarme, para acunarme entre sus brazos como nunca nadie lo había hecho.
Sus caricias me habían serenado en poco tiempo. Si hubiese estado sola quizá hubiese estado llorando incansablemente toda la noche, abrazando a la almohada y con aquella horrible sensación de vacío creciendo en mi interior.
Robert se giró para mirarme a los ojos y me sonrojé un poco sin poder evitarlo al ver que yo le había parado para que no se alejase de mi lado.
- No.. no te vayas por favor -musité sonrojándome aún más que antes y él se sentó a mi lado de nuevo.
Acarició lentamente mi mejilla mientras sentía como mi piel se volvía a estremecer bajo su suave caricia. Me sonrió y dejó un besito en la otra mejilla.
- Claro.. me quedaré, tú descansa -musitó.
Acarició mi pelo y después me tumbé en mi cama acurrucándome entre las sábanas. Él se sentó en uno de los sillones más cercanos mientras me observaba atentamente con una gran sonrisa.
Cerré mis ojos aunque no me sentía muy a gusto observada de aquella manera. Por alguna extraña razón mi mente comenzó a hacer que una imagen tomase forma mientras seguía con mis ojos cerrados.
Mi mente proyectaba como algo parecía desear que Robert se levantase, se acercase lentamente a mi cama y me abrazase mientras dormía para yo acurrucarme en su pecho.
Tan fuerte fue mi deseo o la manera que mi mente tenía de mostrármelo que pude sentir de nuevo la calidez de su cuerpo y su fragancia cerca de mí como si realmente estuviese pasando la imagen que en mi mente se estaba creando.
Suspiré y aspiré ese aroma falso hasta que pude quedarme completamente dormida.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 17. El despertar
El sueño había conseguido envolverme como si estuviese en una paz en la que jamás me había encontrado. Extraños sueños habían perturbado mi mente durante mis horas de descanso pero ninguno de ellos había conseguido despertarme y llevarme a la locura.
¿Qué extraños sueños? Uno de ellos me marcó de una manera incomprensible para cualquiera pero así había sido.
Mi mente era capaz de transformar cualquier pequeña cosa en realidad. Mezclarla de tal manera que podía conseguir que dos cosas aparentemente imposible de casar, encuadrasen en una historia. Pero no una simple historia no, si fuese capaz de plasmar todo lo que tengo en mi mente en el papel podría escribir novelas y novelas hasta hartarme.
Me moví un poco entre las sábanas de la estrecha cama y en ese momento fue consciente de un peso que descansaba sobre mi cintura.
Extrañada decidí abrir los ojos y miré hacia abajo, donde había sentido ese peso y aún era capaz de hacerlo.
Un brazo. Eso era lo que estaba sobre mi cintura. Recorrí rápidamente con la mirada aquel brazo hasta llegar al hombro, después al cuello y más tarde a la cara para descubrir el dueño o dueña de aquella extremidad.
Robert dormía a mi lado plácidamente. ¡Ah, bueno era Robert! Entonces para mi sorpresa cerré los ojos y me acurruqué en su pecho como si tal cosa hasta que unos segundos después reaccioné.
Me separé rápidamente todo lo que pude. ¿Qué hacía él hay? Después de todo parecía que mi mente no se había vuelto tan poderosa ya que la imagen que había tenido en mente era lo que en realidad había sucedido.
Él siguió descansando tranquilamente y el brazo que reposaba sobre mi cintura se ciñó un poco más atrayéndome a su cuerpo de manera protectora. Su cuerpo emanaba calor, un calor realmente atrayente como si fuese un imán ya que no era el mismo calor que una sábana puede darte sino que era su propio calor, con su esencia. Era calor humano aquel que tan pocas veces había sentido en mi piel.
Dejé que su brazo me llevase todo lo cerca que quisiese de él reprochándome por permitirme aquello. Estaba siendo demasiado débil y él no debía descubrirlo. Ni él ni nadie. Aquello para mí sería aceptar la mayor de mis debilidades pero no pude evitarlo, mi cuerpo parecía nuevamente actuar solo y mientras me gritaba en mi interior porque no lo hiciese mis brazos rodearon su cintura, pegué mi cuerpo al suyo y reposé mi cabeza en su pecho.
Automáticamente los brazos de Robert me rodearon en un cerco más estrecho para que me sintiese más protegida algo que rápidamente consiguió.
Su mejilla se puso sobre mi pelo mientras él aún dormía y ronroneó dándome a entender que parecía encontrarse a gusto en su sueño.
Una sonrisa se dibujó en mi rostro ya que una pequeña parte de mí pensaba orgullosa que se sentía bien solamente porque yo estuviese allí acurrucada a su lado algo que en pocos segundos me reproché haciendo que mi expresión cambiase repentinamente.
Robert parecía seguir completamente dormido y yo no debía estar más tiempo en aquella extraña situación. Quité su brazo de mi cintura y me incorporé.
Miré de nuevo a aquel guardián que había tenido aquella noche y me levanté de la cama para ir hacia el escritorio donde descansaban las páginas de aquel diario que me pedía a gritos que me desahogase como nunca lo había hecho con aquel torbellino de emociones que invadían cada centímetro de mi ser.
Me senté en la silla y sin pensarlo apenas comencé mi descarga. No quería que nadie pudiese leer aquello pero tal y como me encontraba me era indiferente. Solo deseaba quitarme aquel cúmulo de sensaciones, de sentimientos que estaban comenzando a marearme por la intensidad de todas y cada una de ellas.
Capítulo 17. El despertar
El sueño había conseguido envolverme como si estuviese en una paz en la que jamás me había encontrado. Extraños sueños habían perturbado mi mente durante mis horas de descanso pero ninguno de ellos había conseguido despertarme y llevarme a la locura.
¿Qué extraños sueños? Uno de ellos me marcó de una manera incomprensible para cualquiera pero así había sido.
Mi mente era capaz de transformar cualquier pequeña cosa en realidad. Mezclarla de tal manera que podía conseguir que dos cosas aparentemente imposible de casar, encuadrasen en una historia. Pero no una simple historia no, si fuese capaz de plasmar todo lo que tengo en mi mente en el papel podría escribir novelas y novelas hasta hartarme.
Me moví un poco entre las sábanas de la estrecha cama y en ese momento fue consciente de un peso que descansaba sobre mi cintura.
Extrañada decidí abrir los ojos y miré hacia abajo, donde había sentido ese peso y aún era capaz de hacerlo.
Un brazo. Eso era lo que estaba sobre mi cintura. Recorrí rápidamente con la mirada aquel brazo hasta llegar al hombro, después al cuello y más tarde a la cara para descubrir el dueño o dueña de aquella extremidad.
Robert dormía a mi lado plácidamente. ¡Ah, bueno era Robert! Entonces para mi sorpresa cerré los ojos y me acurruqué en su pecho como si tal cosa hasta que unos segundos después reaccioné.
Me separé rápidamente todo lo que pude. ¿Qué hacía él hay? Después de todo parecía que mi mente no se había vuelto tan poderosa ya que la imagen que había tenido en mente era lo que en realidad había sucedido.
Él siguió descansando tranquilamente y el brazo que reposaba sobre mi cintura se ciñó un poco más atrayéndome a su cuerpo de manera protectora. Su cuerpo emanaba calor, un calor realmente atrayente como si fuese un imán ya que no era el mismo calor que una sábana puede darte sino que era su propio calor, con su esencia. Era calor humano aquel que tan pocas veces había sentido en mi piel.
Dejé que su brazo me llevase todo lo cerca que quisiese de él reprochándome por permitirme aquello. Estaba siendo demasiado débil y él no debía descubrirlo. Ni él ni nadie. Aquello para mí sería aceptar la mayor de mis debilidades pero no pude evitarlo, mi cuerpo parecía nuevamente actuar solo y mientras me gritaba en mi interior porque no lo hiciese mis brazos rodearon su cintura, pegué mi cuerpo al suyo y reposé mi cabeza en su pecho.
Automáticamente los brazos de Robert me rodearon en un cerco más estrecho para que me sintiese más protegida algo que rápidamente consiguió.
Su mejilla se puso sobre mi pelo mientras él aún dormía y ronroneó dándome a entender que parecía encontrarse a gusto en su sueño.
Una sonrisa se dibujó en mi rostro ya que una pequeña parte de mí pensaba orgullosa que se sentía bien solamente porque yo estuviese allí acurrucada a su lado algo que en pocos segundos me reproché haciendo que mi expresión cambiase repentinamente.
Robert parecía seguir completamente dormido y yo no debía estar más tiempo en aquella extraña situación. Quité su brazo de mi cintura y me incorporé.
Miré de nuevo a aquel guardián que había tenido aquella noche y me levanté de la cama para ir hacia el escritorio donde descansaban las páginas de aquel diario que me pedía a gritos que me desahogase como nunca lo había hecho con aquel torbellino de emociones que invadían cada centímetro de mi ser.
Me senté en la silla y sin pensarlo apenas comencé mi descarga. No quería que nadie pudiese leer aquello pero tal y como me encontraba me era indiferente. Solo deseaba quitarme aquel cúmulo de sensaciones, de sentimientos que estaban comenzando a marearme por la intensidad de todas y cada una de ellas.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 18. Pensamientos
¿Qué es lo que me está sucediendo? Mi mente esta ganando la batalla en muchas ocasiones cuando creí que yo era capaz de enfrentarme a ella, de luchar contra ella y siempre vencer. ¿Soy ahora esclava de lo que decida? ¿Soy una simple marioneta como si ella fuese otra persona alguien completamente ajeno a mí? ¿Es posible que un cerebro funcione a dos ritmos a la vez de manera que sea como si fuesen dos personas completamente distintas? ¿Podía ser aquello probable o era otra de mis absurdos pensamientos que intentaban explicar los motivos de semejante angustia?
El pecho jamás deja de dolerme porque siento que no bajo ni un solo instante la increíble sensación de ansiedad, estrés o angustia que siento dentro de mí. Todo, y cuando digo todo es todo, me pude, me supera. No consigo vencer ninguna de las batallas en las que durante años era imbatible. Ahora no, ahora todas aquellas guerras internas que yo misma me imponía, ya que dudaba que el resto del mundo las tuviese o al menos de una magnitud similar a la mía, tenían un único resultado; mi derrota.
¿Cuál podía ser la sensación que describe exactamente mi manera de comprender como mi cerebro, mi mente juega? Supongamos que lo hace a dos bandas, determinados funcionamientos parecen grabados a fuego en ella y otros tantos consigo razonarlos a lo largo del día pero no soy capaz de borrarlos, de dejar de hacer lo que siempre he hecho. Si no lo hago exactamente igual termino tergiversando todo de manera que el final sea el que mi retorcida mente había predicho para darle la soberana satisfacción de aceptar que de una estaba equivocada frente a su poder y que tan solo podía fiarme de ella para el resto de mi vida.
¿Aquello que hacía era correcto? ¿Hasta que punto ser esclava de lo que dicta mi razón, muchas veces ilógica, me había hecho feliz o me había dejado de causar dolor?
Siendo sincera conmigo misma ninguna de ellas pero a la hora de la verdad aquella potente fuerza terminaba por vencerme, por anular toda mi capacidad de reacción de manera que terminaba controlando cada centímetro de mí.
He ahí lo que quiero explicar. Tantas veces siento que no soy yo la que hace las cosas, que veo las situaciones como si yo no estuviese en ellas porque en realidad estoy en otro mundo, en un mundo donde nada me hace daño, donde nada importa, donde puedo cambiarlo todo y cuando vuelvo a la realidad me doy cuenta de la infinita sensación de vacío y soledad que tengo lo que me lleva a ir por el camino fácil. Si vuelvo a aquel mundo donde nada me duele, no sufriré; ese siempre termina siendo mi razonamiento pero, caso error. Cada vez que vuelvo a la realidad siento como esa sensación de dolor, angustia.. todo aquello que no me gusta va en aumento.
No soy capaz de parar todo este funcionamiento ya que ni yo misma me doy cuenta muchas veces cuando entro en ese mundo, muchas veces soy capaz de percatarme cuando ya estoy fuera de él.
En ocasiones me pregunto cuanto tiempo habré vivido en realidad, que porción de mi vida realmente la he disfrutado y cuanto tiempo ha sido desperdiciado en aquel mundo de fantasía. Porque si echo la vista atrás no recuerdo gran cosa, hechos reales pocos pero miles y millones de fantasías que desde bien temprana edad comencé a tener.
¿Estaré loca sin remedio? ¿Todo lo que describo, lo que siento.. será normal? ¿Podré ponerle fin y ser una persona como todas las demás? ¿Podré enfrentarme algún día a mis problemas y mis miedo sin escapar a un mundo que jamás existirá? Y siendo así.. ¿seré capaz de recorrer el doloroso camino que seguro significará alejarme de ese mundo?
Ahora tan solo puedo ver todo negro, no encuentro esperanza en absolutamente ninguno de mis días. Muchas veces deseo abandonarme hasta que la muerte sea buena y me lleve con ella...
En ese momento dejé de escribir ya que no podía seguir sin derramar más lágrimas y creía que por un día ya habían ganado demasiadas veces la batalla.
Aún podía sentir como había recorrido mis mejillas una y otra vez.
Moví la cabeza intentando quitarme de la mente que aquello había sido un fracaso y entonces me percaté de aquel guardián que había estado a mi lado toda la noche. ¿Qué sucedería cuando se despertase?
Capítulo 18. Pensamientos
¿Qué es lo que me está sucediendo? Mi mente esta ganando la batalla en muchas ocasiones cuando creí que yo era capaz de enfrentarme a ella, de luchar contra ella y siempre vencer. ¿Soy ahora esclava de lo que decida? ¿Soy una simple marioneta como si ella fuese otra persona alguien completamente ajeno a mí? ¿Es posible que un cerebro funcione a dos ritmos a la vez de manera que sea como si fuesen dos personas completamente distintas? ¿Podía ser aquello probable o era otra de mis absurdos pensamientos que intentaban explicar los motivos de semejante angustia?
El pecho jamás deja de dolerme porque siento que no bajo ni un solo instante la increíble sensación de ansiedad, estrés o angustia que siento dentro de mí. Todo, y cuando digo todo es todo, me pude, me supera. No consigo vencer ninguna de las batallas en las que durante años era imbatible. Ahora no, ahora todas aquellas guerras internas que yo misma me imponía, ya que dudaba que el resto del mundo las tuviese o al menos de una magnitud similar a la mía, tenían un único resultado; mi derrota.
¿Cuál podía ser la sensación que describe exactamente mi manera de comprender como mi cerebro, mi mente juega? Supongamos que lo hace a dos bandas, determinados funcionamientos parecen grabados a fuego en ella y otros tantos consigo razonarlos a lo largo del día pero no soy capaz de borrarlos, de dejar de hacer lo que siempre he hecho. Si no lo hago exactamente igual termino tergiversando todo de manera que el final sea el que mi retorcida mente había predicho para darle la soberana satisfacción de aceptar que de una estaba equivocada frente a su poder y que tan solo podía fiarme de ella para el resto de mi vida.
¿Aquello que hacía era correcto? ¿Hasta que punto ser esclava de lo que dicta mi razón, muchas veces ilógica, me había hecho feliz o me había dejado de causar dolor?
Siendo sincera conmigo misma ninguna de ellas pero a la hora de la verdad aquella potente fuerza terminaba por vencerme, por anular toda mi capacidad de reacción de manera que terminaba controlando cada centímetro de mí.
He ahí lo que quiero explicar. Tantas veces siento que no soy yo la que hace las cosas, que veo las situaciones como si yo no estuviese en ellas porque en realidad estoy en otro mundo, en un mundo donde nada me hace daño, donde nada importa, donde puedo cambiarlo todo y cuando vuelvo a la realidad me doy cuenta de la infinita sensación de vacío y soledad que tengo lo que me lleva a ir por el camino fácil. Si vuelvo a aquel mundo donde nada me duele, no sufriré; ese siempre termina siendo mi razonamiento pero, caso error. Cada vez que vuelvo a la realidad siento como esa sensación de dolor, angustia.. todo aquello que no me gusta va en aumento.
No soy capaz de parar todo este funcionamiento ya que ni yo misma me doy cuenta muchas veces cuando entro en ese mundo, muchas veces soy capaz de percatarme cuando ya estoy fuera de él.
En ocasiones me pregunto cuanto tiempo habré vivido en realidad, que porción de mi vida realmente la he disfrutado y cuanto tiempo ha sido desperdiciado en aquel mundo de fantasía. Porque si echo la vista atrás no recuerdo gran cosa, hechos reales pocos pero miles y millones de fantasías que desde bien temprana edad comencé a tener.
¿Estaré loca sin remedio? ¿Todo lo que describo, lo que siento.. será normal? ¿Podré ponerle fin y ser una persona como todas las demás? ¿Podré enfrentarme algún día a mis problemas y mis miedo sin escapar a un mundo que jamás existirá? Y siendo así.. ¿seré capaz de recorrer el doloroso camino que seguro significará alejarme de ese mundo?
Ahora tan solo puedo ver todo negro, no encuentro esperanza en absolutamente ninguno de mis días. Muchas veces deseo abandonarme hasta que la muerte sea buena y me lleve con ella...
En ese momento dejé de escribir ya que no podía seguir sin derramar más lágrimas y creía que por un día ya habían ganado demasiadas veces la batalla.
Aún podía sentir como había recorrido mis mejillas una y otra vez.
Moví la cabeza intentando quitarme de la mente que aquello había sido un fracaso y entonces me percaté de aquel guardián que había estado a mi lado toda la noche. ¿Qué sucedería cuando se despertase?
Mi
camino hasta ti
Capítulo 19. Tormento
Miré durante un gran rato a Robert mientras descansaba intentando imaginarme que podía ocurrir cuando aquellos párpados descubriesen los ojos azules que ahora encerraban para que fuese posible su descanso.
Mi mente intentaba que tomasen forma las distintas posibilidades pero no se lo permitía. Estaba luchando de nuevo frente aquella poderosa enemiga que me llevaba a un mundo que parecía haberse convertido en mi droga. Algunos son adictos al alcohol, otros al tabaco, pues yo soy adicta a un mundo imaginario que bien podíamos llamarlo placebo, un placebo que conseguía "aliviar" el dolor que me gobernaba día tras día.
Puse mi mejilla sobre mi mano mientras volvía a dirigir mi mirada hacia aquellas hojas que algún día debería destruir para que nadie fuese capaz de saber hasta que punto llegaba mi locura.
Tomé de nuevo el bolígrafo y me dispuse a seguir escribiendo un poco más ya que no parecía que tuviese nada más que hacer.
¿Por qué? ¿Por qué ha sido posible lo acontecido esta noche? ¿Cómo ha sido capaz de que una de mis pesadillas traspasase la frontera de la ficción a la realidad? ¿Realmente había sido real o solo yo podía haberlo visto?
Esta segunda posibilidad me da más miedo que la primera ya que siendo así mi mente se había superado así misma, podría llevarme cuando y donde quisiese pero de manera que ante los ojos de los demás yo estuviese completamente loca. Sí, aquella era la única palabra que podía describir lo que me estaba sucediendo. Loca, me estaba volviendo loca y todo gracias a mi mayor enemigo, yo misma que por algún horrible deseo masoquista de mi ser necesito dañarme cuanto puedo.
Ni siquiera sé que hago aún aquí, como puedo seguir de pie después de tantas perrerías que yo misma me pongo, después de tantos obstáculos para ver si en algún de ellos me fallan las fuerzas y caigo.
Era suficiente, no podía más. Dejé rápidamente el bolígrafo a un lado y los papeles los retiré rápidamente intentando así evitar que la presión de mi pecho aumentase tanto como lo estaba haciendo. Tragaba y tragaba para quitarme el nudo que tenía en la garganta. No parecía desear irse pero tenía que intentar quitarlo para que las lágrimas no brotasen de nuevo quemándome las mejillas.
Subí mis piernas al asiento de la silla y después me agarré la cabeza con mis manos para parar aquello como si de esa manera intentando protegerme nada malo pudiese pasarme.
Mi desesperación aumentaba ante aquel horrible dolor que no cesaba, que seguía aumentando haciendo que sintiese como las lágrimas intentaban brotar de mis ojos pero no las dejaba. Si ellas salían volvería a rendirme como una debilucha y ya lo había sido demasiadas veces, cada una de las veces que algo me afectaba era débil y no consentiría volver a sufrir de nuevo.
En ese momento sentí como unas manos tomaron mi rostro entre sus manos dándome el calor que mis mejillas ya habían perdido.
- ¿Lucía? -dijo la voz de Robert intentando sacarme de aquel horrible sufrimiento en el que me había metido-. ¿Lucía? ¿Qué te ocurre?
Sus manos acariciaban mi rostro mientras sus ojos estaban fijos en los míos que pude comprobar en el reflejo de su pupila que estaban completamente desorbitados.
Sin pensarlo más volvió a abrazarme y acunarme en su pecho como hacía unas horas había hecho. Sus manos recorrían incansablemente mi cabello y mi espalda al ritmo de su balanceo. Sus labios besaban mi frente como intentando absorber con aquel beso todo lo que me estuviese dañando.
Me tomó en brazos y me tumbó de nuevo en la cama a su lado sin dejar de acunarme ni acariciarme un solo instante.
Puse mi oído contra su pecho de nuevo e intenté centrarme en los latidos de su corazón para calmarme con ellos como horas antes había hecho.
Sentí como susurró algo que no fui capaz de escuchar con claridad pero que había despertado mi curiosidad. Levanté mi rostro y crucé mi mirada con la suya.
Me miró fijamente a los ojos como nadie nunca lo había hecho y mientras acariciaba mi mejilla me sonrió para darme fuerzas y dejase de preocuparme por aquello que me estuviese perturbando.
Capítulo 19. Tormento
Miré durante un gran rato a Robert mientras descansaba intentando imaginarme que podía ocurrir cuando aquellos párpados descubriesen los ojos azules que ahora encerraban para que fuese posible su descanso.
Mi mente intentaba que tomasen forma las distintas posibilidades pero no se lo permitía. Estaba luchando de nuevo frente aquella poderosa enemiga que me llevaba a un mundo que parecía haberse convertido en mi droga. Algunos son adictos al alcohol, otros al tabaco, pues yo soy adicta a un mundo imaginario que bien podíamos llamarlo placebo, un placebo que conseguía "aliviar" el dolor que me gobernaba día tras día.
Puse mi mejilla sobre mi mano mientras volvía a dirigir mi mirada hacia aquellas hojas que algún día debería destruir para que nadie fuese capaz de saber hasta que punto llegaba mi locura.
Tomé de nuevo el bolígrafo y me dispuse a seguir escribiendo un poco más ya que no parecía que tuviese nada más que hacer.
¿Por qué? ¿Por qué ha sido posible lo acontecido esta noche? ¿Cómo ha sido capaz de que una de mis pesadillas traspasase la frontera de la ficción a la realidad? ¿Realmente había sido real o solo yo podía haberlo visto?
Esta segunda posibilidad me da más miedo que la primera ya que siendo así mi mente se había superado así misma, podría llevarme cuando y donde quisiese pero de manera que ante los ojos de los demás yo estuviese completamente loca. Sí, aquella era la única palabra que podía describir lo que me estaba sucediendo. Loca, me estaba volviendo loca y todo gracias a mi mayor enemigo, yo misma que por algún horrible deseo masoquista de mi ser necesito dañarme cuanto puedo.
Ni siquiera sé que hago aún aquí, como puedo seguir de pie después de tantas perrerías que yo misma me pongo, después de tantos obstáculos para ver si en algún de ellos me fallan las fuerzas y caigo.
Era suficiente, no podía más. Dejé rápidamente el bolígrafo a un lado y los papeles los retiré rápidamente intentando así evitar que la presión de mi pecho aumentase tanto como lo estaba haciendo. Tragaba y tragaba para quitarme el nudo que tenía en la garganta. No parecía desear irse pero tenía que intentar quitarlo para que las lágrimas no brotasen de nuevo quemándome las mejillas.
Subí mis piernas al asiento de la silla y después me agarré la cabeza con mis manos para parar aquello como si de esa manera intentando protegerme nada malo pudiese pasarme.
Mi desesperación aumentaba ante aquel horrible dolor que no cesaba, que seguía aumentando haciendo que sintiese como las lágrimas intentaban brotar de mis ojos pero no las dejaba. Si ellas salían volvería a rendirme como una debilucha y ya lo había sido demasiadas veces, cada una de las veces que algo me afectaba era débil y no consentiría volver a sufrir de nuevo.
En ese momento sentí como unas manos tomaron mi rostro entre sus manos dándome el calor que mis mejillas ya habían perdido.
- ¿Lucía? -dijo la voz de Robert intentando sacarme de aquel horrible sufrimiento en el que me había metido-. ¿Lucía? ¿Qué te ocurre?
Sus manos acariciaban mi rostro mientras sus ojos estaban fijos en los míos que pude comprobar en el reflejo de su pupila que estaban completamente desorbitados.
Sin pensarlo más volvió a abrazarme y acunarme en su pecho como hacía unas horas había hecho. Sus manos recorrían incansablemente mi cabello y mi espalda al ritmo de su balanceo. Sus labios besaban mi frente como intentando absorber con aquel beso todo lo que me estuviese dañando.
Me tomó en brazos y me tumbó de nuevo en la cama a su lado sin dejar de acunarme ni acariciarme un solo instante.
Puse mi oído contra su pecho de nuevo e intenté centrarme en los latidos de su corazón para calmarme con ellos como horas antes había hecho.
Sentí como susurró algo que no fui capaz de escuchar con claridad pero que había despertado mi curiosidad. Levanté mi rostro y crucé mi mirada con la suya.
Me miró fijamente a los ojos como nadie nunca lo había hecho y mientras acariciaba mi mejilla me sonrió para darme fuerzas y dejase de preocuparme por aquello que me estuviese perturbando.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 20. Vergüenza
Nos quedamos mirando fijamente a los ojos. Sus ojos tan profundos me tenían como hipnotizada. Me sentía muy bien como para desviar la mirada de aquel hombre que hacía que me sintiese a salvo al menos en esos momentos.
Sus dedos recorrieron cada milímetro de mi mejilla haciendo que mi piel terminase deseando que aquellas dulces caricias jamás cesasen.
Con uno de sus dedos recorrió mi mandíbula de un lado a otro hasta terminar en mi mentón. Después su pulgar recorrió con suavidad el espacio que separaba mi mentón de mi labio inferior.
Por todas aquellas caricias cientos de escalofríos recorrían una y otra vez mi espalda. Era una sensación muy agradable pero por algún motivo seguía luchando en mi interior por separarme de él.
Sus dedos tímidamente subieron por mi mentón hasta mis labios y los rozaron con demasiada lentitud y cuidado.
Separé un poco mis labios mientras cerraba mis ojos al sentir sus suaves caricias en ellos y sentí como su aliento se acercaba a mí. La calidez de su vaho calentaba mis labios que comenzaban a secarse en una absoluta y completa incomprensión de mi mente por aquellos sentimientos que empezaban a crecer en mi interior.
En ese momento fui consciente de la situación y abrí los ojos con una mezcla de terror en ellos pero también con algo que no supe comprender.
Robert suspiró y al ver como tenía un poco de miedo en mi mirada se separó rápidamente mientras sus mejillas se sonrojaban llegando a tener un intenso color rojo en ellas como jamás había visto a nadie sonrojarse.
- Yo..esto..perdona -musitó.
Se incorporó en la cama y pasó sus manos por su rostro mientras yo me sentaba también en ella al otro lado.
Mi corazón por algún motivo incomprensible me pedía que le volviese a mirar.
Giré mi rostro y le miré por encima de mi hombro. Su rostro seguía enrojeciendo por momentos y parecía debatirse por como podía reaccionar después de lo sucedido.
En mi interior también comenzaba a tomar forma un sentimiento que muy pocas veces había sentido. Mi cuerpo empezaba a notar en su interior un hormigueo que lejos de lo que pudiese parecer al principio me resultaba sumamente molesto.
Mis mejillas comenzaron a encenderse de manera que imaginé que en poco tiempo tendrían la misma tonalidad carmesí que las de Robert.
Me puse tan nerviosa que tan solo podía esperar a que él reaccionase de alguna manera para poder hacerlo yo de otra.
En mi mente cientos de posibles respuestas a preguntas que aún no se habían hecho comenzaban a tomar forma. Tenía que estar preparada para todo lo que pudiese suceder después de aquello, en el momento que Robert decidiese pronunciar palabra pero aquel momento no parecía llegar nunca.
Sin darme apenas cuenta volvía a mirar al suelo, a mis pies nerviosa por no saber lo que podía estar haciendo él, lo que podía pensar, lo que debía o no sentir en ese momento.
Respiré hondo para intentar tener más fuerzas y levanté de nuevo mi mirada para observarle por encima de mi hombro para intentar averiguar algo más de aquella incómoda situación. Quizá sus ojos si se cruzaban un instante con los míos podrían decirme que pasaba por su mente. Por algún motivo necesitaba saber si aquella tonalidad rojiza aún permanecía en sus mejillas o por el contrario ellas habían vuelto a su color habitual o incluso tomado uno infinitamente diferente.
Cuando mis ojos al fin se posaron en el lugar donde antes le habían contemplado se llevaron la mayor sorpresa de su vida.
Robert ya no estaba allí, debía haber aprovechado ese momento para irse de mi habitación. ¿Por qué lo había hecho? ¿Qué había pasado para que se fuese de aquella manera?
Pero ante todo había algo que me preocupaba más que ninguna otra posible pregunta que se me ocurriese. ¿Por qué me dolía que se hubiese ido de aquella manera de mi habitación sin tan solo decirme adiós?
Capítulo 20. Vergüenza
Nos quedamos mirando fijamente a los ojos. Sus ojos tan profundos me tenían como hipnotizada. Me sentía muy bien como para desviar la mirada de aquel hombre que hacía que me sintiese a salvo al menos en esos momentos.
Sus dedos recorrieron cada milímetro de mi mejilla haciendo que mi piel terminase deseando que aquellas dulces caricias jamás cesasen.
Con uno de sus dedos recorrió mi mandíbula de un lado a otro hasta terminar en mi mentón. Después su pulgar recorrió con suavidad el espacio que separaba mi mentón de mi labio inferior.
Por todas aquellas caricias cientos de escalofríos recorrían una y otra vez mi espalda. Era una sensación muy agradable pero por algún motivo seguía luchando en mi interior por separarme de él.
Sus dedos tímidamente subieron por mi mentón hasta mis labios y los rozaron con demasiada lentitud y cuidado.
Separé un poco mis labios mientras cerraba mis ojos al sentir sus suaves caricias en ellos y sentí como su aliento se acercaba a mí. La calidez de su vaho calentaba mis labios que comenzaban a secarse en una absoluta y completa incomprensión de mi mente por aquellos sentimientos que empezaban a crecer en mi interior.
En ese momento fui consciente de la situación y abrí los ojos con una mezcla de terror en ellos pero también con algo que no supe comprender.
Robert suspiró y al ver como tenía un poco de miedo en mi mirada se separó rápidamente mientras sus mejillas se sonrojaban llegando a tener un intenso color rojo en ellas como jamás había visto a nadie sonrojarse.
- Yo..esto..perdona -musitó.
Se incorporó en la cama y pasó sus manos por su rostro mientras yo me sentaba también en ella al otro lado.
Mi corazón por algún motivo incomprensible me pedía que le volviese a mirar.
Giré mi rostro y le miré por encima de mi hombro. Su rostro seguía enrojeciendo por momentos y parecía debatirse por como podía reaccionar después de lo sucedido.
En mi interior también comenzaba a tomar forma un sentimiento que muy pocas veces había sentido. Mi cuerpo empezaba a notar en su interior un hormigueo que lejos de lo que pudiese parecer al principio me resultaba sumamente molesto.
Mis mejillas comenzaron a encenderse de manera que imaginé que en poco tiempo tendrían la misma tonalidad carmesí que las de Robert.
Me puse tan nerviosa que tan solo podía esperar a que él reaccionase de alguna manera para poder hacerlo yo de otra.
En mi mente cientos de posibles respuestas a preguntas que aún no se habían hecho comenzaban a tomar forma. Tenía que estar preparada para todo lo que pudiese suceder después de aquello, en el momento que Robert decidiese pronunciar palabra pero aquel momento no parecía llegar nunca.
Sin darme apenas cuenta volvía a mirar al suelo, a mis pies nerviosa por no saber lo que podía estar haciendo él, lo que podía pensar, lo que debía o no sentir en ese momento.
Respiré hondo para intentar tener más fuerzas y levanté de nuevo mi mirada para observarle por encima de mi hombro para intentar averiguar algo más de aquella incómoda situación. Quizá sus ojos si se cruzaban un instante con los míos podrían decirme que pasaba por su mente. Por algún motivo necesitaba saber si aquella tonalidad rojiza aún permanecía en sus mejillas o por el contrario ellas habían vuelto a su color habitual o incluso tomado uno infinitamente diferente.
Cuando mis ojos al fin se posaron en el lugar donde antes le habían contemplado se llevaron la mayor sorpresa de su vida.
Robert ya no estaba allí, debía haber aprovechado ese momento para irse de mi habitación. ¿Por qué lo había hecho? ¿Qué había pasado para que se fuese de aquella manera?
Pero ante todo había algo que me preocupaba más que ninguna otra posible pregunta que se me ocurriese. ¿Por qué me dolía que se hubiese ido de aquella manera de mi habitación sin tan solo decirme adiós?
Mi
camino hasta ti
Capítulo 21. Fantasmas
Me quedé sola en la habitación de nuevo con la puerta cerrada mientras aún era de noche y comenzaba a amanecer.
Los primeros rayos de la mañana hacían que se proyectasen unas horribles sombras de los pocos muebles que contenía mi habitación.
Me abracé a mi misma y comprobé como mi dolor de cabeza iba aumentando considerablemente. Sin ni siquiera yo percatarme mi mente se había puesto a trabajar en exceso de ahí la única explicación posible para aquel tremendo dolor de cabeza.
La angustia en mi pecho también estaba aumentando y sentía la necesidad de chillar al no aguantarlo pero decidí quedarme callada ya que no había motivo razonable para que me pusiese así.
En ese instante me percaté de algo. Sentía como unos susurros llegaban hasta mis oídos. Aquel murmullo no conseguía ser claro para que supiese lo que estaba escuchando con exactitud.
Mis manos comenzaron a helarse mientras dejaba de tener color en mis mejillas. Mi respiración se aceleró en el instante que aquel murmullo se volvió más audible.
- Lucía...-musitó una voz de ultratumba como la otra vez.
No, aquello no podía estar sucediendo. Otra vez no. No podía consentir que volviese a controlar mi vida aquello que nadie salvo yo podía ver.
El miedo me estaba comenzando a congelar. Mis labios no respondían, mi respiración cada vez estaba más agitada pero mi cuerpo solo se entumecía sin dejarme escapatoria posible a lo que pudiese suceder.
En ese momento algo frente a mí comenzó a tomar forma. Una figura empezaba a caminar hacia mí y como si algunas velas se encendiesen a su paso la figura se hizo mucho más visible pero de manera aterradora. Parecía salir de la pared y caminaba hacia los pies de la cama.
Comencé a reptar hacia la parte superior hasta que terminé dejando mi espalda pegada al cabecero.
El terror estaba comenzando a paralizarme por completo.
Aquella horrenda figura negra estaba frente a mí, mirándome con un tremendo odio.
Las sábanas se estaban volviendo sus aliadas y como si tuviesen vida propia comenzaron a enredarse en mis piernas.
Ascendían hasta agarrarme las muñecas. Era como una horrible pesadilla pero en vida.
- Terminaré con tu sufrimiento -reía aquella escalofriante voz y entonces no pude soportarlo más.
Comencé a chillar, a llorar desesperada porque aquello que estaba pasando se fuese asustado por mis gritos de agonía. Estaba cediendo a la desesperación para no tenía fuerzas para controlar un impulso que me parecía normal ante aquello que te causa miedo, dolor, pánico...
Las sábanas seguían subiendo hasta que se cerraban alrededor de mi cuello apretándolo lentamente.
No podía chillar más, tan solo notaba como de repente había más luces en la habitación pero el aire comenzaba a faltarme.
Sentía como me ahogaba, como el berrinche mezclado con el terror no dejaba que entrase aire en mis pulmones. Podía comprobar la agonía de quedarse sin aire, sin aliento, sin respiración hasta que no pude soportar más la presión y me desmayé después de sentir como algo en mí se desconectaba por la ansiedad del momento.
Capítulo 21. Fantasmas
Me quedé sola en la habitación de nuevo con la puerta cerrada mientras aún era de noche y comenzaba a amanecer.
Los primeros rayos de la mañana hacían que se proyectasen unas horribles sombras de los pocos muebles que contenía mi habitación.
Me abracé a mi misma y comprobé como mi dolor de cabeza iba aumentando considerablemente. Sin ni siquiera yo percatarme mi mente se había puesto a trabajar en exceso de ahí la única explicación posible para aquel tremendo dolor de cabeza.
La angustia en mi pecho también estaba aumentando y sentía la necesidad de chillar al no aguantarlo pero decidí quedarme callada ya que no había motivo razonable para que me pusiese así.
En ese instante me percaté de algo. Sentía como unos susurros llegaban hasta mis oídos. Aquel murmullo no conseguía ser claro para que supiese lo que estaba escuchando con exactitud.
Mis manos comenzaron a helarse mientras dejaba de tener color en mis mejillas. Mi respiración se aceleró en el instante que aquel murmullo se volvió más audible.
- Lucía...-musitó una voz de ultratumba como la otra vez.
No, aquello no podía estar sucediendo. Otra vez no. No podía consentir que volviese a controlar mi vida aquello que nadie salvo yo podía ver.
El miedo me estaba comenzando a congelar. Mis labios no respondían, mi respiración cada vez estaba más agitada pero mi cuerpo solo se entumecía sin dejarme escapatoria posible a lo que pudiese suceder.
En ese momento algo frente a mí comenzó a tomar forma. Una figura empezaba a caminar hacia mí y como si algunas velas se encendiesen a su paso la figura se hizo mucho más visible pero de manera aterradora. Parecía salir de la pared y caminaba hacia los pies de la cama.
Comencé a reptar hacia la parte superior hasta que terminé dejando mi espalda pegada al cabecero.
El terror estaba comenzando a paralizarme por completo.
Aquella horrenda figura negra estaba frente a mí, mirándome con un tremendo odio.
Las sábanas se estaban volviendo sus aliadas y como si tuviesen vida propia comenzaron a enredarse en mis piernas.
Ascendían hasta agarrarme las muñecas. Era como una horrible pesadilla pero en vida.
- Terminaré con tu sufrimiento -reía aquella escalofriante voz y entonces no pude soportarlo más.
Comencé a chillar, a llorar desesperada porque aquello que estaba pasando se fuese asustado por mis gritos de agonía. Estaba cediendo a la desesperación para no tenía fuerzas para controlar un impulso que me parecía normal ante aquello que te causa miedo, dolor, pánico...
Las sábanas seguían subiendo hasta que se cerraban alrededor de mi cuello apretándolo lentamente.
No podía chillar más, tan solo notaba como de repente había más luces en la habitación pero el aire comenzaba a faltarme.
Sentía como me ahogaba, como el berrinche mezclado con el terror no dejaba que entrase aire en mis pulmones. Podía comprobar la agonía de quedarse sin aire, sin aliento, sin respiración hasta que no pude soportar más la presión y me desmayé después de sentir como algo en mí se desconectaba por la ansiedad del momento.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 22. Inconsciencia
Estaba perdida. Me había sumido en su mundo, en el mundo donde no era nada más que una marioneta para mi mente que controlaba aquella absurda realidad que no tenía ni pies ni cabeza para que con lo que a mi respecta daba tanto miedo como la pura realidad de todos los días.
La oscuridad se abría ante mí como si estuviese encerrada en un cuarto del que no pudiese escapar al no ser capaz de ver la puerta por mucho que intentase entrecerrar los ojos para que así quizá mis pupilas se acostumbrasen a la oscuridad sin éxito.
Una mano se posó sobre mi hombro y no llegué a tiempo de observarla cuando ya había desaparecido. Aún podía sentir su gélido tacto ya que miles de escalofríos recorrían mi espalda pero gracias a dios ya no estaba en mi hombro.
Miré a todos lados aterrada. Nada parecía moverse pero, ¿qué sabía yo? No veía nada por la espesa oscuridad que estaba ante mis ojos.
En ese instante unas pequeñas luces a lo lejos se iban encendiendo y apagando cada vez más cerca de mi posición.
No, aquello ya lo había visto y ahora si que no podía escapar en absoluto de lo que me tuviese preparado, ahora estaba en su mundo y no podría volver al mío o al menos desconocía como.
Aquella figura con la capa negra se acercaba más y más a mí hasta que fui capaz de ver sus dientes por la enorme sonrisa que tenía en su rostro gracias al pánico que estaba provocando en mí.
No sabía como podía aguantar aquella desesperación, aquel no saber que hacer. Imaginé cuanta gente pudo sentirse en alguna situación similar frente a un completo desconocido.
La impotencia por desconocer lo que pasará en unos minutos, lo que la otra persona tendrá escondido tras su maléfica sonrisa puede llegar a paralizar, a desesperar, incluso a llevarte a la más infinita de las locuras.
Quería chillar pero que sentido tenía hacerlo en aquel lugar que era suyo, en el lugar que nadie me podría escuchar jamás ya que mi grito se ahogaría en aquella oscuridad completa que había creado para su beneplácito.
Estaba en definitiva en su lugar, en aquel sitio que ella podía manejar muchísimo mejor que yo porque al fin y al cabo era su territorio. Nada podría hacer salvo seguir las reglas del juego que decidiese imponer.
- Lucía... no podrás hacer nada, ahora estás en mi territorio -sonrió entre risas escalofriantes.
Suspiré al ser lo único que podía hacer. No podía sentir nada, mi cuerpo se entumecía terminando por congelarse por completo.
Me desesperé en el instante que noté como aquel entumecimiento no era solo producto de mi terror, de mi miedo, sino por producto de aquella oscuridad que estaba enredada por todo mi cuerpo para no dejarme ni siquiera moverme un solo milímetro de mi posición.
Aquella figura parecía disfrutar con mi horrible sufrimiento. No gritaba porque estaban completamente ahogado en mi garganta cada sonido que intentaba emitir.
Era obvio que aquello parecía por completo mi final, que nunca más volvería a aquel mundo en el que siempre había vivido no feliz pero de alguna manera lo había hecho.
¿Se podía morir en un sueño? ¿Aquello podía suceder en verdad? Pasase lo que pasase al menos yo sentía como mis pulmones comenzaban a no llenarse ni un solo segundo más de aire.
Capítulo 22. Inconsciencia
Estaba perdida. Me había sumido en su mundo, en el mundo donde no era nada más que una marioneta para mi mente que controlaba aquella absurda realidad que no tenía ni pies ni cabeza para que con lo que a mi respecta daba tanto miedo como la pura realidad de todos los días.
La oscuridad se abría ante mí como si estuviese encerrada en un cuarto del que no pudiese escapar al no ser capaz de ver la puerta por mucho que intentase entrecerrar los ojos para que así quizá mis pupilas se acostumbrasen a la oscuridad sin éxito.
Una mano se posó sobre mi hombro y no llegué a tiempo de observarla cuando ya había desaparecido. Aún podía sentir su gélido tacto ya que miles de escalofríos recorrían mi espalda pero gracias a dios ya no estaba en mi hombro.
Miré a todos lados aterrada. Nada parecía moverse pero, ¿qué sabía yo? No veía nada por la espesa oscuridad que estaba ante mis ojos.
En ese instante unas pequeñas luces a lo lejos se iban encendiendo y apagando cada vez más cerca de mi posición.
No, aquello ya lo había visto y ahora si que no podía escapar en absoluto de lo que me tuviese preparado, ahora estaba en su mundo y no podría volver al mío o al menos desconocía como.
Aquella figura con la capa negra se acercaba más y más a mí hasta que fui capaz de ver sus dientes por la enorme sonrisa que tenía en su rostro gracias al pánico que estaba provocando en mí.
No sabía como podía aguantar aquella desesperación, aquel no saber que hacer. Imaginé cuanta gente pudo sentirse en alguna situación similar frente a un completo desconocido.
La impotencia por desconocer lo que pasará en unos minutos, lo que la otra persona tendrá escondido tras su maléfica sonrisa puede llegar a paralizar, a desesperar, incluso a llevarte a la más infinita de las locuras.
Quería chillar pero que sentido tenía hacerlo en aquel lugar que era suyo, en el lugar que nadie me podría escuchar jamás ya que mi grito se ahogaría en aquella oscuridad completa que había creado para su beneplácito.
Estaba en definitiva en su lugar, en aquel sitio que ella podía manejar muchísimo mejor que yo porque al fin y al cabo era su territorio. Nada podría hacer salvo seguir las reglas del juego que decidiese imponer.
- Lucía... no podrás hacer nada, ahora estás en mi territorio -sonrió entre risas escalofriantes.
Suspiré al ser lo único que podía hacer. No podía sentir nada, mi cuerpo se entumecía terminando por congelarse por completo.
Me desesperé en el instante que noté como aquel entumecimiento no era solo producto de mi terror, de mi miedo, sino por producto de aquella oscuridad que estaba enredada por todo mi cuerpo para no dejarme ni siquiera moverme un solo milímetro de mi posición.
Aquella figura parecía disfrutar con mi horrible sufrimiento. No gritaba porque estaban completamente ahogado en mi garganta cada sonido que intentaba emitir.
Era obvio que aquello parecía por completo mi final, que nunca más volvería a aquel mundo en el que siempre había vivido no feliz pero de alguna manera lo había hecho.
¿Se podía morir en un sueño? ¿Aquello podía suceder en verdad? Pasase lo que pasase al menos yo sentía como mis pulmones comenzaban a no llenarse ni un solo segundo más de aire.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 23. ¿Dos Lucías?
La intensa presión de mi pecho comenzaba a hacer estragos en mí, estaba claro que el dolor era mucho más penetrante en mi ser en un simple sueño que en la realidad, en el propio mundo que mi mente odiosa había creado.
¿Hasta tal punto llegaba yo misma a odiarme que buscaba mi propia muerte de la manera más tortuosa que existiese? Había creado un mundo donde no podía chillar, donde no podía pedir auxilio, donde tan solo una persona a quien solo veía su sonrisa podía escucharme y le divertía hacerlo.
Mis ojos comenzaban a desorbitarse cuando sentía como si mis costillas se rompiesen por la presión, como si algo muy pesado se hubiese posado sobre mi tórax y estuviese triturando cada uno de mis huesos sin piedad, sin importarle lo que pudiese doler o no.
En ese momento algo inesperado sucedió. Aquella figura tapada con aquella capa negra se acercó andando cautelosamente hasta mi posición como si el suelo estuviese hecho de arenas movedizas, un suelo en el que no podías dejar tu peso y en el que sentía como poco a poco me iba hundiendo. Aquella era la inmensa presión que ahora tenía en mi pecho y pude comprobar como no ayudaba que aquella horrible figura se acercase a mí.
La ansiedad crecía sin remedio, la respiración, o más bien la poca respiración que tenía escaseaba aún más en el intento de llenar algo más mis pulmones ya que necesitaba más aire del que podía recoger.
Intenté chillar una vez más sin éxito ya que el grito se ahogaba en mi garganta. Se quedaba ahí sin poder salir como si lo apresasen.
- Lucía...-volvió a repetir aquella horrible voz-. ¿Quizá te gustaría saber quien está detrás de todo esto? ¿Quién idea este mundo en el que solo estás consiguiendo tu muerte tal y como lo deseo, lo desean..lo deseamos?
No podía responder ni siquiera moviendo una mínima parte de mi cuerpo porque ya casi ni lo sentía, solo era capaz de percibir algo en mí: dolor, dolor y más dolor.
Pero sí, ansiaba saber qué o quién estaba tras esa capucha negra que ocultaba absolutamente todo su ser. No era capaz de ver nada más que unos blancos dientes y un poco del mentón de aquella extraña figura que por otra parte me era bastante familiar.
Las manos envueltas en guantes de aquella "persona" se dirigieron hacia la capucha de su capa, comenzó a subirla a medida que se inclinaba hacia mi rostro para que así pudiese contemplarlo sin problemas.
Me quedé helada cuando vi que era, era...¡era yo! Mis ojos estaban pintados de negro en lo que estaba observando, su sonrisa era aún más terrorífica de lo que era sin capucha.
- ¿Cómo te sientes al saber que tú misma quieres destruirte, Lucía? Es irónico, ¿verdad? Tú, contra ti misma, la una no puede vivir sin la otra pero tampoco juntas... Difícil decisión, ¿no crees? ¿Vivir en una completa y continua agonía o por el contrario, morir haciendo que la lucha llegue a su fin sin que ninguna tenga que llorar sangre?
¿Cómo podía hablar aquello tan fríamente? ¿Cómo podía seguir riendo mientras me contaba que la única solución posible era el final de ambas? ¿Tan poco le importaba donde llevase aquella relación de horrible amor odio que sentíamos la una por la otra? ¿Tan disparatado sería querer seguir viviendo aunque significase no conocer nunca la alegría, la felicidad o la dicha? ¿Por qué no podía pensar en eso?
Es cierto cuando lo piensas, el verdadero demonio eres tú mismo, solo tú terminas queriendo tu propio final de una manera u otra.
Capítulo 23. ¿Dos Lucías?
La intensa presión de mi pecho comenzaba a hacer estragos en mí, estaba claro que el dolor era mucho más penetrante en mi ser en un simple sueño que en la realidad, en el propio mundo que mi mente odiosa había creado.
¿Hasta tal punto llegaba yo misma a odiarme que buscaba mi propia muerte de la manera más tortuosa que existiese? Había creado un mundo donde no podía chillar, donde no podía pedir auxilio, donde tan solo una persona a quien solo veía su sonrisa podía escucharme y le divertía hacerlo.
Mis ojos comenzaban a desorbitarse cuando sentía como si mis costillas se rompiesen por la presión, como si algo muy pesado se hubiese posado sobre mi tórax y estuviese triturando cada uno de mis huesos sin piedad, sin importarle lo que pudiese doler o no.
En ese momento algo inesperado sucedió. Aquella figura tapada con aquella capa negra se acercó andando cautelosamente hasta mi posición como si el suelo estuviese hecho de arenas movedizas, un suelo en el que no podías dejar tu peso y en el que sentía como poco a poco me iba hundiendo. Aquella era la inmensa presión que ahora tenía en mi pecho y pude comprobar como no ayudaba que aquella horrible figura se acercase a mí.
La ansiedad crecía sin remedio, la respiración, o más bien la poca respiración que tenía escaseaba aún más en el intento de llenar algo más mis pulmones ya que necesitaba más aire del que podía recoger.
Intenté chillar una vez más sin éxito ya que el grito se ahogaba en mi garganta. Se quedaba ahí sin poder salir como si lo apresasen.
- Lucía...-volvió a repetir aquella horrible voz-. ¿Quizá te gustaría saber quien está detrás de todo esto? ¿Quién idea este mundo en el que solo estás consiguiendo tu muerte tal y como lo deseo, lo desean..lo deseamos?
No podía responder ni siquiera moviendo una mínima parte de mi cuerpo porque ya casi ni lo sentía, solo era capaz de percibir algo en mí: dolor, dolor y más dolor.
Pero sí, ansiaba saber qué o quién estaba tras esa capucha negra que ocultaba absolutamente todo su ser. No era capaz de ver nada más que unos blancos dientes y un poco del mentón de aquella extraña figura que por otra parte me era bastante familiar.
Las manos envueltas en guantes de aquella "persona" se dirigieron hacia la capucha de su capa, comenzó a subirla a medida que se inclinaba hacia mi rostro para que así pudiese contemplarlo sin problemas.
Me quedé helada cuando vi que era, era...¡era yo! Mis ojos estaban pintados de negro en lo que estaba observando, su sonrisa era aún más terrorífica de lo que era sin capucha.
- ¿Cómo te sientes al saber que tú misma quieres destruirte, Lucía? Es irónico, ¿verdad? Tú, contra ti misma, la una no puede vivir sin la otra pero tampoco juntas... Difícil decisión, ¿no crees? ¿Vivir en una completa y continua agonía o por el contrario, morir haciendo que la lucha llegue a su fin sin que ninguna tenga que llorar sangre?
¿Cómo podía hablar aquello tan fríamente? ¿Cómo podía seguir riendo mientras me contaba que la única solución posible era el final de ambas? ¿Tan poco le importaba donde llevase aquella relación de horrible amor odio que sentíamos la una por la otra? ¿Tan disparatado sería querer seguir viviendo aunque significase no conocer nunca la alegría, la felicidad o la dicha? ¿Por qué no podía pensar en eso?
Es cierto cuando lo piensas, el verdadero demonio eres tú mismo, solo tú terminas queriendo tu propio final de una manera u otra.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 24. Confusión
En ese instante sentí como una pequeña liberación. La presión que sentía en mis pulmones estaba desapareciendo.
Sin saber como comencé a moverme y conseguí abrir al final los ojos de nuevo en la luminosidad de mi habitación. Por la ventana entraban los rayos de sol de la mañana.
Miré unos centímetros más abajo de mi nariz y vi como tenía una mascarilla puesta. Eso podría explicar porqué de repente había podido respirar bien.
Cerré de nuevo mis ojos un segundo mientras algo más relajada por aquel horrible momento que había vivido intentaba llenar por completo mis pulmones de aire para comprobar que efectivamente mis órganos vitales estaban bien y que todo había sido parte de la pesadilla de mi subconsciencia.
Pasé una mano por mi pelo y me di cuenta que tenía una vía puesta con suero. Alguien me había colocado todo aquello en apenas poco tiempo y sin que yo hubiese sentido nada, ni me había percatado. Ahí pude comprobar el poder de absorción de aquel mundo.
Mi corazón aún palpitaba con fuerza, amenazando con salirse de mi pecho pero para mí en ese preciso momento era una sensación agradable ya que me indicaba que seguía viva que fuese como fuese había conseguido volver al mundo real.
Miré a mi alrededor para asegurarme que aquella otra yo no andaba por ahí, no deseaba cruzarme con ella después de nuestro último encuentro hacía tan solo unos segundos pero... ¿acaso me estaba escuchando a mí misma? ¿Estaba meditando sobre mis propios pensamientos?
Realmente había sucumbido a la locura. ¿Cómo podía tratar aquello que había visto como si fuese otra yo? Aquello no era normal, no podía imaginar ni darle la razón a aquella parte de mí como si hubiese tomado vida propia. Yo misma le estaba concediendo autonomía, como si ya no fuese parte de mí, como si fuese otra persona, otro ser como yo con poder para realizar en el mundo terrenal lo que se le antoje conmigo.
Cerré mis ojos pero una ráfaga, como un destello luminoso me mostró otra vez lo que había ocurrido hacía unos momentos.
Los abrí rápidamente de nuevo mientras sentía como unas inmensas ganas de vomitar se apoderaban de mi cuerpo. La tos no cesaba y los continuos impulsos de algo que parecía moverse en su interior la hicieron darse cuenta que aquello solamente podía significar que terminaría devolviendo.
Intenté serenar mi tos pero fue tarde. Me incorporé lo necesario tan solo para poder vomitar sin manchar la cama y hacerlo en el suelo.
En ese momento una mano se posó en mi frente y otra en mi cintura, me sostenían mientras seguía regurgitando sin poder evitarlo, sin poder pararlo aunque poco había entrado en mi estómago en las últimas horas.
Cuando pude parar y respirar sin toser aquellas manos me recostaron sobre un pecho que emanaba un calor muy cómodo, maravilloso que hacía que me sintiese un poco mejor aunque seguía temblando por los esfuerzos de aquel acto tan atroz que había tenido que llevar a cabo.
La mano que estaba en mi frente comenzó a limpiarme la boca con un pañuelo mientras la mano que descasaba en mi cintura subía por mi brazo y lo acariciaba lentamente.
En ese preciso momento comprendí algo. ¿Quién era aquella persona que estaba siendo tan amable conmigo? Ni yo misma sabía donde me encontraba, si realmente era mi habitación o era algún otro lugar que desconocía.
Intenté moverme pero no pude hacerlo. Estaba exhausta por todo lo que había vivido en nada de tiempo y que parecía no me daría mucha más tregua.
Unos labios besaron mi frente sudorosa, llena de una secreción fría que seguía provocando en mí que mis dientes castañeteasen.
Me acurrucaron esos brazos en aquel pecho que me había recogido después de mi vomito. Cerré mis ojos mientras notaba como un mentón se posaba sobre mi pelo y las manos de aquella persona se quedaban en mi espalda como refugiándome para que me sintiese más segura.
El cansancio comenzó a invadirme y aunque con miedo, mucho miedo; volvía a quedarme dormida.
Capítulo 24. Confusión
En ese instante sentí como una pequeña liberación. La presión que sentía en mis pulmones estaba desapareciendo.
Sin saber como comencé a moverme y conseguí abrir al final los ojos de nuevo en la luminosidad de mi habitación. Por la ventana entraban los rayos de sol de la mañana.
Miré unos centímetros más abajo de mi nariz y vi como tenía una mascarilla puesta. Eso podría explicar porqué de repente había podido respirar bien.
Cerré de nuevo mis ojos un segundo mientras algo más relajada por aquel horrible momento que había vivido intentaba llenar por completo mis pulmones de aire para comprobar que efectivamente mis órganos vitales estaban bien y que todo había sido parte de la pesadilla de mi subconsciencia.
Pasé una mano por mi pelo y me di cuenta que tenía una vía puesta con suero. Alguien me había colocado todo aquello en apenas poco tiempo y sin que yo hubiese sentido nada, ni me había percatado. Ahí pude comprobar el poder de absorción de aquel mundo.
Mi corazón aún palpitaba con fuerza, amenazando con salirse de mi pecho pero para mí en ese preciso momento era una sensación agradable ya que me indicaba que seguía viva que fuese como fuese había conseguido volver al mundo real.
Miré a mi alrededor para asegurarme que aquella otra yo no andaba por ahí, no deseaba cruzarme con ella después de nuestro último encuentro hacía tan solo unos segundos pero... ¿acaso me estaba escuchando a mí misma? ¿Estaba meditando sobre mis propios pensamientos?
Realmente había sucumbido a la locura. ¿Cómo podía tratar aquello que había visto como si fuese otra yo? Aquello no era normal, no podía imaginar ni darle la razón a aquella parte de mí como si hubiese tomado vida propia. Yo misma le estaba concediendo autonomía, como si ya no fuese parte de mí, como si fuese otra persona, otro ser como yo con poder para realizar en el mundo terrenal lo que se le antoje conmigo.
Cerré mis ojos pero una ráfaga, como un destello luminoso me mostró otra vez lo que había ocurrido hacía unos momentos.
Los abrí rápidamente de nuevo mientras sentía como unas inmensas ganas de vomitar se apoderaban de mi cuerpo. La tos no cesaba y los continuos impulsos de algo que parecía moverse en su interior la hicieron darse cuenta que aquello solamente podía significar que terminaría devolviendo.
Intenté serenar mi tos pero fue tarde. Me incorporé lo necesario tan solo para poder vomitar sin manchar la cama y hacerlo en el suelo.
En ese momento una mano se posó en mi frente y otra en mi cintura, me sostenían mientras seguía regurgitando sin poder evitarlo, sin poder pararlo aunque poco había entrado en mi estómago en las últimas horas.
Cuando pude parar y respirar sin toser aquellas manos me recostaron sobre un pecho que emanaba un calor muy cómodo, maravilloso que hacía que me sintiese un poco mejor aunque seguía temblando por los esfuerzos de aquel acto tan atroz que había tenido que llevar a cabo.
La mano que estaba en mi frente comenzó a limpiarme la boca con un pañuelo mientras la mano que descasaba en mi cintura subía por mi brazo y lo acariciaba lentamente.
En ese preciso momento comprendí algo. ¿Quién era aquella persona que estaba siendo tan amable conmigo? Ni yo misma sabía donde me encontraba, si realmente era mi habitación o era algún otro lugar que desconocía.
Intenté moverme pero no pude hacerlo. Estaba exhausta por todo lo que había vivido en nada de tiempo y que parecía no me daría mucha más tregua.
Unos labios besaron mi frente sudorosa, llena de una secreción fría que seguía provocando en mí que mis dientes castañeteasen.
Me acurrucaron esos brazos en aquel pecho que me había recogido después de mi vomito. Cerré mis ojos mientras notaba como un mentón se posaba sobre mi pelo y las manos de aquella persona se quedaban en mi espalda como refugiándome para que me sintiese más segura.
El cansancio comenzó a invadirme y aunque con miedo, mucho miedo; volvía a quedarme dormida.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 25. Mi continuo protector
Sentía como un respiración movía mi pelo lentamente. Me gustó la sensación, el calorcito de su aliento en mi frente y como todo su cuerpo me daba también su calidez.
Sus manos seguían acariciando mi espalda y casi en segundos supe de quien podía tratarse cuando mis pulmones al fin pudieron respirar el aire que estaba embriagado de su aroma.
Era Robert, sin ninguna duda. Mi mente me chillaba en mi interior por que me alejase de su lado pero tal y como estábamos me encontraba tan bien, tan segura...
Cerré de nuevo los ojos sin desear moverme ni un solo centímetro y él no se percató de que estaba despierta así que continúo haciendo todo sin que nada le indicase que no lo hiciese.
Sus labios besaron mi frente de nuevo que pude sentir como ya no estaba pegajosa por aquel sudor frío que unas horas antes había tenido.
Una de sus manos ascendió hacia mi cabello y lo acarició lentamente mientras no podía evitar que una sonrisa se formase en mi rostro.
Nadie había sido tan tierno conmigo como él, nadie había sido así de cuidadoso. Nadie había rodeado mi cuerpo como si fuese lo más frágil del mundo y necesitase que fuese completamente protegido toda la vida, a cada segundo.
- ¿Qué te está sucediendo? -susurró mientras me movía un poquito poniendo mi oído sobre su corazón para intentar serenarme aún más con sus latidos.
¿Se estaba preocupando realmente por mí? ¿Le importaba lo que me estaba pasando?
Sus manos seguían trozando el mismo camino por mi espalda sin dejar de rozar mi piel que comenzó a erizarse de nuevo por su tacto.
- ¿Por qué no puedo ayudarte? Cuéntamelo, por favor y dime lo que puedo hacer para que toda tu tortura cese -musitó y comenzó a llenar mi rostro de dulces, suaves y cálidos besos.
Ni un solo centímetro de mi cara no lo rozó con sus labios excepto mis labios que se me comenzaban a secar por algún motivo que desconocía. Mi cuerpo ahora parecía actuar también por libre... ¿Alguna parte de mi ser era capaz de controlarla?
Bajó sus labios lentamente por mi nariz hasta dejar un besito entre el final de mi nariz y mi labio superior. Me tensé inmediatamente al sentirlo y entonces abrí en un segundo mis ojos mientras él se quedaba completamente paralizado.
Nos quedamos mirándonos a los ojos con sus labios a escasos centímetros de los míos que si los estiraba podría tocarlos.
Noté como sus mejillas comenzaban a sonrojarse tantísimo que no parecía normal. Mis mejillas mientras tanto comenzaban a arderme.
¿Qué eran aquellas extrañas reacciones que estaba teniendo? Sin saber porqué apreté mi mano en un puño en su camisa mientras él sonreía levemente al sentirlo.
Se acercó un poco más y mi respiración se disparó y eso que aún no me había rozado. Puso su frente contra la mía con sus labios aún más cerca que antes.
Sentía como no podía evitar que mi corazón fuese a mil por hora y me dispuse inconscientemente a cerrar mis ojos pero en ese preciso momento la ráfaga de luz que me indicaba que mi otro yo aún me vigilaba hizo que me alejase todo lo posible.
Aquel extraño flash me había devuelto a la realidad y aquello debía ser producto también de las artimañas de mi otro yo. No debía ser real por lo que le miré furiosa.
Los ojos de Robert se tornaron con completa y absoluta incomprensión. Me acarició las mejillas para intentar serenarme pero tan solo había algo que deseaba hacer, llorar y llorar por no saber distinguir ya la fantasía de la realidad.
Era definitivo, había sucumbido al fin a la locura, locura que yo misma había escogido.
Destino cruel...¿por qué no me dijiste que esto era lo que me esperaba cuando te presentaste tan dulce, tan perfecto y tan altruista? Nada ni nadie hacen las cosas sin nada a cambio y en mi caso mi mente me pedía mi propia vida, mi propia tortura y sufrimiento a cambio de seguir disfrutando de ese edén que me había regalado durante muchos años en el que me refugiaba de la dolorosa realidad.
Capítulo 25. Mi continuo protector
Sentía como un respiración movía mi pelo lentamente. Me gustó la sensación, el calorcito de su aliento en mi frente y como todo su cuerpo me daba también su calidez.
Sus manos seguían acariciando mi espalda y casi en segundos supe de quien podía tratarse cuando mis pulmones al fin pudieron respirar el aire que estaba embriagado de su aroma.
Era Robert, sin ninguna duda. Mi mente me chillaba en mi interior por que me alejase de su lado pero tal y como estábamos me encontraba tan bien, tan segura...
Cerré de nuevo los ojos sin desear moverme ni un solo centímetro y él no se percató de que estaba despierta así que continúo haciendo todo sin que nada le indicase que no lo hiciese.
Sus labios besaron mi frente de nuevo que pude sentir como ya no estaba pegajosa por aquel sudor frío que unas horas antes había tenido.
Una de sus manos ascendió hacia mi cabello y lo acarició lentamente mientras no podía evitar que una sonrisa se formase en mi rostro.
Nadie había sido tan tierno conmigo como él, nadie había sido así de cuidadoso. Nadie había rodeado mi cuerpo como si fuese lo más frágil del mundo y necesitase que fuese completamente protegido toda la vida, a cada segundo.
- ¿Qué te está sucediendo? -susurró mientras me movía un poquito poniendo mi oído sobre su corazón para intentar serenarme aún más con sus latidos.
¿Se estaba preocupando realmente por mí? ¿Le importaba lo que me estaba pasando?
Sus manos seguían trozando el mismo camino por mi espalda sin dejar de rozar mi piel que comenzó a erizarse de nuevo por su tacto.
- ¿Por qué no puedo ayudarte? Cuéntamelo, por favor y dime lo que puedo hacer para que toda tu tortura cese -musitó y comenzó a llenar mi rostro de dulces, suaves y cálidos besos.
Ni un solo centímetro de mi cara no lo rozó con sus labios excepto mis labios que se me comenzaban a secar por algún motivo que desconocía. Mi cuerpo ahora parecía actuar también por libre... ¿Alguna parte de mi ser era capaz de controlarla?
Bajó sus labios lentamente por mi nariz hasta dejar un besito entre el final de mi nariz y mi labio superior. Me tensé inmediatamente al sentirlo y entonces abrí en un segundo mis ojos mientras él se quedaba completamente paralizado.
Nos quedamos mirándonos a los ojos con sus labios a escasos centímetros de los míos que si los estiraba podría tocarlos.
Noté como sus mejillas comenzaban a sonrojarse tantísimo que no parecía normal. Mis mejillas mientras tanto comenzaban a arderme.
¿Qué eran aquellas extrañas reacciones que estaba teniendo? Sin saber porqué apreté mi mano en un puño en su camisa mientras él sonreía levemente al sentirlo.
Se acercó un poco más y mi respiración se disparó y eso que aún no me había rozado. Puso su frente contra la mía con sus labios aún más cerca que antes.
Sentía como no podía evitar que mi corazón fuese a mil por hora y me dispuse inconscientemente a cerrar mis ojos pero en ese preciso momento la ráfaga de luz que me indicaba que mi otro yo aún me vigilaba hizo que me alejase todo lo posible.
Aquel extraño flash me había devuelto a la realidad y aquello debía ser producto también de las artimañas de mi otro yo. No debía ser real por lo que le miré furiosa.
Los ojos de Robert se tornaron con completa y absoluta incomprensión. Me acarició las mejillas para intentar serenarme pero tan solo había algo que deseaba hacer, llorar y llorar por no saber distinguir ya la fantasía de la realidad.
Era definitivo, había sucumbido al fin a la locura, locura que yo misma había escogido.
Destino cruel...¿por qué no me dijiste que esto era lo que me esperaba cuando te presentaste tan dulce, tan perfecto y tan altruista? Nada ni nadie hacen las cosas sin nada a cambio y en mi caso mi mente me pedía mi propia vida, mi propia tortura y sufrimiento a cambio de seguir disfrutando de ese edén que me había regalado durante muchos años en el que me refugiaba de la dolorosa realidad.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 26. Rechazo
La ira me estaba invadiendo al tiempo que sentía como la poca cordura que me quedaba y la poca razón de la que era dueña se esfumaban de mi ser para convertirse en espectador de lo que iba a suceder.
Me separé bruscamente mirándole con ojos de odio. Robert no lo comprendía, me miraba como si me hubiese vuelto loca. Era obvio, lo estaba.
Sus manos intentaron rozar de nuevo mi piel pero le di un manotazo con fuerza mientras apretaba los dientes por el intenso terror que me producía que llegase a tocarme.
¿Por qué sentía ahora todo aquello? ¿Por qué rechazaba a la única persona que realmente se había preocupado por mí?
- Lucía.. ¿qué te ocurre? -me miró mientras una gran tristeza se sumía en su mirada.
- Lárgate -siseé entre mis dientes cada vez más apretados.
Sentía como mis mandíbulas se encajaban, como mi cuerpo se tensaba, como un ardor quemaba dentro de mi cuerpo pero en mi pecho tan solo había dolor, demasiado. Aquello que estaba provocando en él me estaba doliendo mucho más pero como escudo comencé a decirme puras incoherencias que me ponían furiosa, aún más furiosa que antes.
Él solo te hará daño, tan solo eso hará. No quiere nada de ti salvo lo que todos han querido toda la vida, tomará lo que quiera y dejará casi nada sin importarle como te quedes el día en que decida dar carpetazo, el día que no desee volver a verte de nuevo.
Sí, reconocí aquella fría y lúgubre voz al instante. Ella, ella estaba controlando mis actos, mis reacciones pero yo no luchaba para evitarlo, al contrario, dejaba que hiciese lo que le viniese en gana, dejaba que gobernase en mí como si fuese todo suyo pero el fin y al cabo. ¿Esa era yo? Quizá sí, quizá era una parte de mí que salía cuando los sentimientos enfrentados en aquel caos que podía llamar mente disputaban por cual debía reinar y si ninguno conseguía ganar, llegaba el odio, la amargura y la frustración arrasando con todos ellos, con toda esperanza de algún posible sentimiento hermoso.
Los latidos de mi corazón parecían conseguir que la sangre llegase a mi cerebro pero yo no era capaz de sentir ya mi corazón como propio. Empezaba a endurecerse hasta tal punto que solo el odio estaba quedando en la superficie y nada más que eso.
- Lucía, ¿qué te ocurre? ¿qué pasa? -preguntó Robert alarmado intentando tomar mi rostro entre sus manos.
Agarré sus muñecas con fuerza y las aparté de mi cara antes de que pudiesen ni siquiera rozarla como si su tacto me fuese a quemar como el fuego.
- No, me toques -dije levantando levemente la voz, después me separé todo lo que la cama me permitió.
- Pero..pero... -comenzó a decir Robert pero le interrumpí.
- Pero, pero nada. Lárgate de aquí, no quiero volver a verte nunca, no quiero que me toques, no quiero que me cuides, no quiero nada de ti -dije con tantísima frialdad que yo misma me sorprendí por lo que hice.
Sus ojos me miraron como si acabase de clavarle un puñal envenenado en su corazón. Su rostro se desencajó pero se compuso rápidamente. Asintió y se levantó de la cama.
Mi observó unos instante en los que sentía como si su mirada me estuviese abrasando. Suspiró y respiró hondo una vez más hasta que se quedó a los pies de la cama paseando.
- No volveré a molestarte, tan solo quería ayudarte. No era mi intención incomodarte. Discúlpame -susurró e inclinó la cabeza saliendo rápidamente de la habitación dejándome sola con el inmenso odio si sentido y sin razón que sentía en mi interior.
Capítulo 26. Rechazo
La ira me estaba invadiendo al tiempo que sentía como la poca cordura que me quedaba y la poca razón de la que era dueña se esfumaban de mi ser para convertirse en espectador de lo que iba a suceder.
Me separé bruscamente mirándole con ojos de odio. Robert no lo comprendía, me miraba como si me hubiese vuelto loca. Era obvio, lo estaba.
Sus manos intentaron rozar de nuevo mi piel pero le di un manotazo con fuerza mientras apretaba los dientes por el intenso terror que me producía que llegase a tocarme.
¿Por qué sentía ahora todo aquello? ¿Por qué rechazaba a la única persona que realmente se había preocupado por mí?
- Lucía.. ¿qué te ocurre? -me miró mientras una gran tristeza se sumía en su mirada.
- Lárgate -siseé entre mis dientes cada vez más apretados.
Sentía como mis mandíbulas se encajaban, como mi cuerpo se tensaba, como un ardor quemaba dentro de mi cuerpo pero en mi pecho tan solo había dolor, demasiado. Aquello que estaba provocando en él me estaba doliendo mucho más pero como escudo comencé a decirme puras incoherencias que me ponían furiosa, aún más furiosa que antes.
Él solo te hará daño, tan solo eso hará. No quiere nada de ti salvo lo que todos han querido toda la vida, tomará lo que quiera y dejará casi nada sin importarle como te quedes el día en que decida dar carpetazo, el día que no desee volver a verte de nuevo.
Sí, reconocí aquella fría y lúgubre voz al instante. Ella, ella estaba controlando mis actos, mis reacciones pero yo no luchaba para evitarlo, al contrario, dejaba que hiciese lo que le viniese en gana, dejaba que gobernase en mí como si fuese todo suyo pero el fin y al cabo. ¿Esa era yo? Quizá sí, quizá era una parte de mí que salía cuando los sentimientos enfrentados en aquel caos que podía llamar mente disputaban por cual debía reinar y si ninguno conseguía ganar, llegaba el odio, la amargura y la frustración arrasando con todos ellos, con toda esperanza de algún posible sentimiento hermoso.
Los latidos de mi corazón parecían conseguir que la sangre llegase a mi cerebro pero yo no era capaz de sentir ya mi corazón como propio. Empezaba a endurecerse hasta tal punto que solo el odio estaba quedando en la superficie y nada más que eso.
- Lucía, ¿qué te ocurre? ¿qué pasa? -preguntó Robert alarmado intentando tomar mi rostro entre sus manos.
Agarré sus muñecas con fuerza y las aparté de mi cara antes de que pudiesen ni siquiera rozarla como si su tacto me fuese a quemar como el fuego.
- No, me toques -dije levantando levemente la voz, después me separé todo lo que la cama me permitió.
- Pero..pero... -comenzó a decir Robert pero le interrumpí.
- Pero, pero nada. Lárgate de aquí, no quiero volver a verte nunca, no quiero que me toques, no quiero que me cuides, no quiero nada de ti -dije con tantísima frialdad que yo misma me sorprendí por lo que hice.
Sus ojos me miraron como si acabase de clavarle un puñal envenenado en su corazón. Su rostro se desencajó pero se compuso rápidamente. Asintió y se levantó de la cama.
Mi observó unos instante en los que sentía como si su mirada me estuviese abrasando. Suspiró y respiró hondo una vez más hasta que se quedó a los pies de la cama paseando.
- No volveré a molestarte, tan solo quería ayudarte. No era mi intención incomodarte. Discúlpame -susurró e inclinó la cabeza saliendo rápidamente de la habitación dejándome sola con el inmenso odio si sentido y sin razón que sentía en mi interior.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 27. Vacío
Me quedé observando un punto fijo mientras me respiración seguía agitada por aquel repentino sentimiento tan fuerte.
La magnitud de aquel odio sobrepasaban fronteras que jamás había sentido. Mi cuerpo pedía ser calmado pero lo único que había conseguido calmarlo otras veces lo había alejado de mí como de un trasto viejo se tratase.
Mi mente comenzó a estar más claro. Mi cuerpo entonces pudo serenarse de aquel odio que en pocos segundo terminó evaporándose.
¿Qué quedaba entonces? Nada, tan solo una horrible sensación inmensa de vacío. Mi pecho estaba comenzando a abrirse. Mi cuerpo sentía una gran sensación que me hacía estar en una nube en la que por la inmensidad de la nada que había en mí no podía sentir.
Miré mis manos y como sin que me percatase de ello estaban completamente llenas de gotas de agua. Estaba llorando sin que yo hubiese podido notarlo antes. Puse las manos sobre mis mejillas y sequé las lágrimas que no quería que siguiesen controlando mis emociones pero las pocas fuerzas que me quedaban ya comenzaban a flaquearme.
Me levanté de la cama pero aquella vía no me dejaba hacerlo sin que no me doliese clavándose más en mi brazo.
No sé como fui capaz pero tomé las hojas del diario junto al bolígrafo que usaba para escribir y me dispuse a cumplir la tarea que ahora mi cuerpo me demandaba.
¿Cómo puedo vivir en paz cuando tan solo ocasiono sufrimiento en los demás? ¿Por qué no soy capaz de creer que alguien pueda quererme, que alguien pueda preocuparse por mí, que realmente alguien desee ayudarme?
No, eso era imposible, no entraba en absoluto en mi cabeza. En mi mente estaban trazados distintos esquemas, uno de ellos era simple. Nadie podía quererme ni iba a hacerlo nunca, por decreto mío propio. Sí podría ser absurdo para todos los demás, para los que en algún momento que esperaba no llegase nunca supiesen que no importaba lo que otros pensasen, lo único que importaba es que yo me había metido en la cabeza que jamás me iban a querer y pese a lo que en realidad sucediese eso es lo que siempre se quedaría.
Echando la vista atrás siempre todas las personas que habían mostrado un poco de "aprecio" por mí habían recibido la misma respuesta, rechazo, rechazo y más rechazo.
Pero no todo es maravilloso desde mi punto de vista, sé que es injusto que obligue a alguien a que lo vea a mi modo pero al fin y al cabo esto solo lo leeré yo y nadie más.
Cada persona que me ha dicho que me quiere, que me aprecia o que siente un cariño "x" por mí me ha hecho sentir un solo instante bien pero en el momento que comprendía el bienestar que eso me ocasionaba mi mente tergiversaba todo de manera que a mi análisis final llegaba a una sola conclusión. Todos los que decían algo semejante me mentían como bellacos. Seguramente en su afán por conseguir algún beneficio propio, cualquiera para mí completamente irrelevante pero al que siempre terminaba cediendo para que toda persona que en mi corazón si había conseguido plantar un poco de amistad fuese feliz sin importar que en mi interior sintiese que aquello que estaba entregando jamás lo recibiría. Ni una mínima parte de lo que daba.
En ocasiones he meditado sobre la posibilidad de quedarme sola para siempre pero es más que obvio que no me ha ido bien y por mucho pánico que me ocasione sabía que tendría que terminar relacionándome con alguien al punto de poder entablar una amistad real pero...
¿Iba a ser capaz de ello? Si siempre creía que me mentían, que me estafaban con injustas frases falsas para vete tu a saber que fin, ¿estaba yo capacitada para poder hacer feliz a alguien aportándole algo?
Sinceramente, lo dudaba muchísimo.
Dejé el bolígrafo sobre mi regazo mientras miraba al techo intentando calmarme ya que aquello que ahora había conseguido garabatear en aquel trozo de papel era doloroso, muy doloroso de admitir.
Capítulo 27. Vacío
Me quedé observando un punto fijo mientras me respiración seguía agitada por aquel repentino sentimiento tan fuerte.
La magnitud de aquel odio sobrepasaban fronteras que jamás había sentido. Mi cuerpo pedía ser calmado pero lo único que había conseguido calmarlo otras veces lo había alejado de mí como de un trasto viejo se tratase.
Mi mente comenzó a estar más claro. Mi cuerpo entonces pudo serenarse de aquel odio que en pocos segundo terminó evaporándose.
¿Qué quedaba entonces? Nada, tan solo una horrible sensación inmensa de vacío. Mi pecho estaba comenzando a abrirse. Mi cuerpo sentía una gran sensación que me hacía estar en una nube en la que por la inmensidad de la nada que había en mí no podía sentir.
Miré mis manos y como sin que me percatase de ello estaban completamente llenas de gotas de agua. Estaba llorando sin que yo hubiese podido notarlo antes. Puse las manos sobre mis mejillas y sequé las lágrimas que no quería que siguiesen controlando mis emociones pero las pocas fuerzas que me quedaban ya comenzaban a flaquearme.
Me levanté de la cama pero aquella vía no me dejaba hacerlo sin que no me doliese clavándose más en mi brazo.
No sé como fui capaz pero tomé las hojas del diario junto al bolígrafo que usaba para escribir y me dispuse a cumplir la tarea que ahora mi cuerpo me demandaba.
¿Cómo puedo vivir en paz cuando tan solo ocasiono sufrimiento en los demás? ¿Por qué no soy capaz de creer que alguien pueda quererme, que alguien pueda preocuparse por mí, que realmente alguien desee ayudarme?
No, eso era imposible, no entraba en absoluto en mi cabeza. En mi mente estaban trazados distintos esquemas, uno de ellos era simple. Nadie podía quererme ni iba a hacerlo nunca, por decreto mío propio. Sí podría ser absurdo para todos los demás, para los que en algún momento que esperaba no llegase nunca supiesen que no importaba lo que otros pensasen, lo único que importaba es que yo me había metido en la cabeza que jamás me iban a querer y pese a lo que en realidad sucediese eso es lo que siempre se quedaría.
Echando la vista atrás siempre todas las personas que habían mostrado un poco de "aprecio" por mí habían recibido la misma respuesta, rechazo, rechazo y más rechazo.
Pero no todo es maravilloso desde mi punto de vista, sé que es injusto que obligue a alguien a que lo vea a mi modo pero al fin y al cabo esto solo lo leeré yo y nadie más.
Cada persona que me ha dicho que me quiere, que me aprecia o que siente un cariño "x" por mí me ha hecho sentir un solo instante bien pero en el momento que comprendía el bienestar que eso me ocasionaba mi mente tergiversaba todo de manera que a mi análisis final llegaba a una sola conclusión. Todos los que decían algo semejante me mentían como bellacos. Seguramente en su afán por conseguir algún beneficio propio, cualquiera para mí completamente irrelevante pero al que siempre terminaba cediendo para que toda persona que en mi corazón si había conseguido plantar un poco de amistad fuese feliz sin importar que en mi interior sintiese que aquello que estaba entregando jamás lo recibiría. Ni una mínima parte de lo que daba.
En ocasiones he meditado sobre la posibilidad de quedarme sola para siempre pero es más que obvio que no me ha ido bien y por mucho pánico que me ocasione sabía que tendría que terminar relacionándome con alguien al punto de poder entablar una amistad real pero...
¿Iba a ser capaz de ello? Si siempre creía que me mentían, que me estafaban con injustas frases falsas para vete tu a saber que fin, ¿estaba yo capacitada para poder hacer feliz a alguien aportándole algo?
Sinceramente, lo dudaba muchísimo.
Dejé el bolígrafo sobre mi regazo mientras miraba al techo intentando calmarme ya que aquello que ahora había conseguido garabatear en aquel trozo de papel era doloroso, muy doloroso de admitir.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 28. Visita inesperada
Después de varias horas observando el techo sin moverme con la mirada perdida mientras una y otra vez pasaba por mi mente aquellos horribles momentos vividos hacía tan solo otras pocas horas. La horrible fantasía, mi terrorífico descubrimiento y como había tratado a Robert.
Había sido demasiado dura con él y lo sabía. Él parecía haberse preocupado por mí sin nada a cambio pero una parte de mí no dejaba que me creyese aquello. Para mí era tan imposible que no conseguiría que ni una sola vez una persona se preocupase así y recibirlo como si nada.
En ese momento sonó la puerta, alguien llamaba con sus nudillos para no asustarme. Miré hacia el trozo de madera labrada que comenzaba abrirse lentamente como con miedo.
No sabía quién podía estar a punto de entrar en mi habitación pero seguramente no sería alguien que me desconociese al entrar con tanta prudencia.
Cuando la puerta terminó de abrirse vi a Robert que asomaba su cabeza por la rendija que había quedado para poder pasar. Me miraba con una gran tristeza y preocupación por si iba a gritarle seguramente.
- ¿Puedo pasar? -dijo bajito con una simple hilillo de voz que me costó escuchar.
Ni siquiera sabía que estaba haciendo de nuevo allí después de como le había tratado. Noté como inmediatamente me tensaba y mi cuerpo comenzaba a arder con aquella sensación de odio incomprensible pero también sentía una gran vergüenza por aquello que había pasado.
- Es un país libre -contesté seca.
Me debatía entre ser amable como sabía que se merecía o ser una chica borde a la que los sentimientos de los demás no le importaban ni lo más mínimo. Obviamente esa faceta ganó, por algún extraño motivo parecía más cómoda pero en realidad tan solo buscaba alejarle de mí por miedo. Miedos estúpidos e incoherentes pero al fin y al cabo condicionaban mi vida.
Robert suspiró y se quedó donde estaba sin moverse. Me observaba con detenimiento dándose cuenta de los papeles que estaban sobre mi regazo.
- Si te molesto puedo irme...
Fruncí mi ceño intentando controlar cual podía ser mi contestación pero lo único que conseguí a cabo fue un silencio que él tomó como un "obviamente me molestas".
Se comenzó a mover hasta desaparecer por el hueco de la puerta y empezó a cerrarla. Algo en mí que no pude controlar consiguió hablar.
- ¡No! -grité sin darme cuenta para después quedarme callada.
Robert rápidamente volvió a asomar su cabeza y me miró con un brillo de esperanza en su mirada y una pequeña sonrisa.
- Puedes quedarte, no me molestas ni lo más mínimo -musité mirando mis manos y eso fue suficiente para él que entró en la habitación.
Se acercó a mí y me miró un instante como intentando analizarme con la mirada. Suspiré mientras Robert no decía ni una sola palabra. Deseaba saber que hacía allí después de como yo le había pedido que se fuese antes tan solo unas horas, ni siquiera había pasado un día y Robert ya parecía haber olvidado como me había comportado.
- ¿Cómo estás? -preguntó mientras acercaba una de sus manos a mis papeles y los quitaba de mi regazo sin mirarlos hasta dejarlos en el escritorio.
- Bien, supongo -contesté tajante.
- ¿Supones? ¿Te duele algo? -preguntó con suma preocupación.
- Digamos que no es muy agradable estar tumbada en una cama de la que no te puedes levantar porque tienes una vía en tu brazo.. -hice una mueca.
Escuché como se reía un poco. Levanté mi mirada y vi como miraba hacia abajo con una pequeña sonrisa de costado, después alzó su mirada hasta cruzarla con la mía.
- Ni siquiera en estas ocasiones pierdes tu toque especial, ¿verdad? -rió bajito.
Fruncí mi ceño. ¿Mi toque especial? ¿Qué toque especial? La curiosidad empezaba a poder conmigo y me mordí mi labio inferior.
Él sonrió viéndolo mientras pasaba una de sus manos por su cabello que como siempre estaba ligeramente despeinado y le daba un aspecto agradable a la vista por así decirlo.
Nos quedamos mirando unos instantes sin ninguno de los dos saber que decir ya que obviamente sería el momento más embarazoso de nuestras vidas.
Capítulo 28. Visita inesperada
Después de varias horas observando el techo sin moverme con la mirada perdida mientras una y otra vez pasaba por mi mente aquellos horribles momentos vividos hacía tan solo otras pocas horas. La horrible fantasía, mi terrorífico descubrimiento y como había tratado a Robert.
Había sido demasiado dura con él y lo sabía. Él parecía haberse preocupado por mí sin nada a cambio pero una parte de mí no dejaba que me creyese aquello. Para mí era tan imposible que no conseguiría que ni una sola vez una persona se preocupase así y recibirlo como si nada.
En ese momento sonó la puerta, alguien llamaba con sus nudillos para no asustarme. Miré hacia el trozo de madera labrada que comenzaba abrirse lentamente como con miedo.
No sabía quién podía estar a punto de entrar en mi habitación pero seguramente no sería alguien que me desconociese al entrar con tanta prudencia.
Cuando la puerta terminó de abrirse vi a Robert que asomaba su cabeza por la rendija que había quedado para poder pasar. Me miraba con una gran tristeza y preocupación por si iba a gritarle seguramente.
- ¿Puedo pasar? -dijo bajito con una simple hilillo de voz que me costó escuchar.
Ni siquiera sabía que estaba haciendo de nuevo allí después de como le había tratado. Noté como inmediatamente me tensaba y mi cuerpo comenzaba a arder con aquella sensación de odio incomprensible pero también sentía una gran vergüenza por aquello que había pasado.
- Es un país libre -contesté seca.
Me debatía entre ser amable como sabía que se merecía o ser una chica borde a la que los sentimientos de los demás no le importaban ni lo más mínimo. Obviamente esa faceta ganó, por algún extraño motivo parecía más cómoda pero en realidad tan solo buscaba alejarle de mí por miedo. Miedos estúpidos e incoherentes pero al fin y al cabo condicionaban mi vida.
Robert suspiró y se quedó donde estaba sin moverse. Me observaba con detenimiento dándose cuenta de los papeles que estaban sobre mi regazo.
- Si te molesto puedo irme...
Fruncí mi ceño intentando controlar cual podía ser mi contestación pero lo único que conseguí a cabo fue un silencio que él tomó como un "obviamente me molestas".
Se comenzó a mover hasta desaparecer por el hueco de la puerta y empezó a cerrarla. Algo en mí que no pude controlar consiguió hablar.
- ¡No! -grité sin darme cuenta para después quedarme callada.
Robert rápidamente volvió a asomar su cabeza y me miró con un brillo de esperanza en su mirada y una pequeña sonrisa.
- Puedes quedarte, no me molestas ni lo más mínimo -musité mirando mis manos y eso fue suficiente para él que entró en la habitación.
Se acercó a mí y me miró un instante como intentando analizarme con la mirada. Suspiré mientras Robert no decía ni una sola palabra. Deseaba saber que hacía allí después de como yo le había pedido que se fuese antes tan solo unas horas, ni siquiera había pasado un día y Robert ya parecía haber olvidado como me había comportado.
- ¿Cómo estás? -preguntó mientras acercaba una de sus manos a mis papeles y los quitaba de mi regazo sin mirarlos hasta dejarlos en el escritorio.
- Bien, supongo -contesté tajante.
- ¿Supones? ¿Te duele algo? -preguntó con suma preocupación.
- Digamos que no es muy agradable estar tumbada en una cama de la que no te puedes levantar porque tienes una vía en tu brazo.. -hice una mueca.
Escuché como se reía un poco. Levanté mi mirada y vi como miraba hacia abajo con una pequeña sonrisa de costado, después alzó su mirada hasta cruzarla con la mía.
- Ni siquiera en estas ocasiones pierdes tu toque especial, ¿verdad? -rió bajito.
Fruncí mi ceño. ¿Mi toque especial? ¿Qué toque especial? La curiosidad empezaba a poder conmigo y me mordí mi labio inferior.
Él sonrió viéndolo mientras pasaba una de sus manos por su cabello que como siempre estaba ligeramente despeinado y le daba un aspecto agradable a la vista por así decirlo.
Nos quedamos mirando unos instantes sin ninguno de los dos saber que decir ya que obviamente sería el momento más embarazoso de nuestras vidas.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 29. Sentimientos encontrados
Sus profundos ojos azules seguían fijos en mí. No podía dejar de observarlos ya que parecía que tuviese un imán en ellos que me obligase a seguir fijamente contemplando aquel extenso océano que se abría ante mí si seguía mirándolos.
Sentí como sonreía levemente y sus mejillas comenzaban nuevamente a tomar aquella tonalidad carmesí que resultaba sumamente adorable.
Me gustaba verlo así, completamente sonrojado. Saber que provocaba algo así en alguien me daba cierta sensación de bienestar. Además provocaba que una especie de hormigueo tomase forma en mi estómago.
La sonrisa de Robert se ensanchaba a medida que seguíamos mirándonos durante más minutos de manera incansable.
Seguía completamente abstraída como si al quitar mi mirada de sus ojos lo que pasaba a mi alrededor fuese a convertirse en una pesadilla viviente como las que últimamente comenzaba a vivir sin problemas.
Robert se sentó al pie de la cama. Me miró fijamente sonriendo y pasó lentamente una de sus manos acariciando una de mis piernas sobre las sábanas.
- Te veo mejor -musitó.
Suspiré al sentir su mano recorrer mi pierna lentamente. Me quedé completamente estática. Fruncí mi ceño un poco pero Robert me hizo darme cuenta que estaba a gusto que a pesar de una pequeña sensación incómoda porque nunca había recibido una caricia similar salvo cuando él me había acariciado alguna otra vez, en mi interior me encontraba bien y segura.
Me parecía muchísimo más agradable aquella situación que otras veces. Era como si sentir su tacto consiguiese calmarme al instante, como si tan solo el tuviese la llave para frenar los impulsos que en mi mente tomaban forma a cada segundo pero estando a su lado ninguno de ellos se llevaba a cabo si conseguía no dejarme llevar por aquella horrible ira que me había hecho quedar como una estúpida.
- Puede ser... -susurré mientras bajaba mi mirada hasta mis manos y comenzaba a jugar con mis dedos.
Sentí como aquel sentimiento incomprensible se hacía más fuerte ahora que había dejado de observar sus ojos, de contemplar el azul hermoso que poseían.
Me incorporé en la cama hasta que me quedé sentada y él lentamente se sentó más cerca de mí. Levanté nuevamente mi mirada hacia sus ojos que estaban fijamente observando cada uno de los gestos de mi rostro.
- Me gustaría ayudarte -susurró mientras levantaba una mano y acariciaba con ella mi mejilla apenas rozándola.
¿Cómo era capaz de conseguir eso? Mi piel estaba completamente erizada por su culpa, por su simple contacto.
- Dudo que puedas ayudarme... -respondí con un hilillo de voz mientras que mis ojos se entrecerraban ante la suavidad de aquella caricia.
- Al menos déjame intentarlo.
En ese momento tomó uno de los mechones que tenía sobre mi rostro y lo puso tras mi oreja rozando en el proceso la sensible piel de mi otra mejilla.
No sabía que responderle. Por una parte deseaba que lo hiciese pero por otra parte no me gustaba que perdiese su tiempo conmigo aunque en el fondo saber que pasaría aquellos momentos en su compañía me alegraba muchísimo.
No, no podía permitirme que me gustase que estuviese conmigo. No debía alegrarme en absoluto de que él quisiese pasar tiempo conmigo.
- Bueno, está bien -musité mientras sentía como acariciaba mi mano lentamente con su pulgar.
No podía no pensar en ello. Me gustaba muchísimo que me acariciase de aquella manera, me estaba volviendo completamente paranoica. No hacía nada más que tener sentimientos contrariados. Deseaba que me tocase pero a la vez que no, deseaba que se alejase pero a la vez tenerle cerca.
En definitiva era realmente horrible sentir aquel montón de sensaciones completamente dispares.
Capítulo 29. Sentimientos encontrados
Sus profundos ojos azules seguían fijos en mí. No podía dejar de observarlos ya que parecía que tuviese un imán en ellos que me obligase a seguir fijamente contemplando aquel extenso océano que se abría ante mí si seguía mirándolos.
Sentí como sonreía levemente y sus mejillas comenzaban nuevamente a tomar aquella tonalidad carmesí que resultaba sumamente adorable.
Me gustaba verlo así, completamente sonrojado. Saber que provocaba algo así en alguien me daba cierta sensación de bienestar. Además provocaba que una especie de hormigueo tomase forma en mi estómago.
La sonrisa de Robert se ensanchaba a medida que seguíamos mirándonos durante más minutos de manera incansable.
Seguía completamente abstraída como si al quitar mi mirada de sus ojos lo que pasaba a mi alrededor fuese a convertirse en una pesadilla viviente como las que últimamente comenzaba a vivir sin problemas.
Robert se sentó al pie de la cama. Me miró fijamente sonriendo y pasó lentamente una de sus manos acariciando una de mis piernas sobre las sábanas.
- Te veo mejor -musitó.
Suspiré al sentir su mano recorrer mi pierna lentamente. Me quedé completamente estática. Fruncí mi ceño un poco pero Robert me hizo darme cuenta que estaba a gusto que a pesar de una pequeña sensación incómoda porque nunca había recibido una caricia similar salvo cuando él me había acariciado alguna otra vez, en mi interior me encontraba bien y segura.
Me parecía muchísimo más agradable aquella situación que otras veces. Era como si sentir su tacto consiguiese calmarme al instante, como si tan solo el tuviese la llave para frenar los impulsos que en mi mente tomaban forma a cada segundo pero estando a su lado ninguno de ellos se llevaba a cabo si conseguía no dejarme llevar por aquella horrible ira que me había hecho quedar como una estúpida.
- Puede ser... -susurré mientras bajaba mi mirada hasta mis manos y comenzaba a jugar con mis dedos.
Sentí como aquel sentimiento incomprensible se hacía más fuerte ahora que había dejado de observar sus ojos, de contemplar el azul hermoso que poseían.
Me incorporé en la cama hasta que me quedé sentada y él lentamente se sentó más cerca de mí. Levanté nuevamente mi mirada hacia sus ojos que estaban fijamente observando cada uno de los gestos de mi rostro.
- Me gustaría ayudarte -susurró mientras levantaba una mano y acariciaba con ella mi mejilla apenas rozándola.
¿Cómo era capaz de conseguir eso? Mi piel estaba completamente erizada por su culpa, por su simple contacto.
- Dudo que puedas ayudarme... -respondí con un hilillo de voz mientras que mis ojos se entrecerraban ante la suavidad de aquella caricia.
- Al menos déjame intentarlo.
En ese momento tomó uno de los mechones que tenía sobre mi rostro y lo puso tras mi oreja rozando en el proceso la sensible piel de mi otra mejilla.
No sabía que responderle. Por una parte deseaba que lo hiciese pero por otra parte no me gustaba que perdiese su tiempo conmigo aunque en el fondo saber que pasaría aquellos momentos en su compañía me alegraba muchísimo.
No, no podía permitirme que me gustase que estuviese conmigo. No debía alegrarme en absoluto de que él quisiese pasar tiempo conmigo.
- Bueno, está bien -musité mientras sentía como acariciaba mi mano lentamente con su pulgar.
No podía no pensar en ello. Me gustaba muchísimo que me acariciase de aquella manera, me estaba volviendo completamente paranoica. No hacía nada más que tener sentimientos contrariados. Deseaba que me tocase pero a la vez que no, deseaba que se alejase pero a la vez tenerle cerca.
En definitiva era realmente horrible sentir aquel montón de sensaciones completamente dispares.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 30. Debate
Me sonrió cuando recibió mi respuesta. En sus ojos pude ver que realmente le alegraba que no le hubiese vuelto a alejar.
Se sentó un poco más cerca de mí y decidió recostarse a mi lado en la cama. Aquello era un poco incómodo pero intenté asimilar que seguramente le dolería la espalda o que buscaba una postura donde estuviese a gusto.
Me tumbé a su lado y le miré un segundo completamente seria mientras él miraba al techo dubitativo.
Parecía estar conteniéndose para decir algo y la curiosidad comenzaba a poderme pero no dejé que lo hiciese. Me mordí mi labio inferior y miré al techo como él.
Después de unos segundos aquella situación parecía volverse aún más incómoda que en el instante que él se había tumbado a mi lado.
- Leí tu historia -enunció él de repente.
Le miré con el ceño ligeramente fruncido. Sabía lo que eso significaba. Sabía que llevaba así desde hacía mucho tiempo, sabía lo que ocurría en mi mente en muchas ocasiones pero desconocía lo que ahora estaba pasando, es decir, sabía mi pasado.
- Eso no es justo -objeté y volví a mirar el techo concentrándome en la mancha que día tras día observaba al menos una vez.
- ¿No lo es? -preguntó en un tono que indicaba su confusión.
- Por supuesto que no -añadí-. Tú lees una simple historia y ya crees conocerme o al menos conocer mi pasado. Siento decirte que no todo es ni tan blanco ni tan negro como ahí lo pintan, hay una escala considerable de matices que si se me hubiese permitido ser partícipe de aquel informe créeme no hubiese quedado igual que está aunque obviamente quizá la objetividad hubiese quedado a un lado ya que al ser yo partícipe de las situaciones que me ocurrieron no hubiese sido imparcial. En definitiva, no conoces todo de mí si es lo que piensas pero una visión aproximada sería más certero decir que ahora posees - respiré hondo-. Pero lo que me resulta realmente injusto es que tú tienes esa visión con la posibilidad de leer un informe pero yo no conozco en absoluto nada de ti.
- Eso es cierto, pero no estamos en las mismas condiciones. Tú eres una paciente y yo soy un médico por lo que para ser precisos no tendrías porque conocer nada mí y en cambio yo de ti todo lo que fuese posible para ayudarte -me debatió.
Le miré incrédula por su respuesta, podría tener razón pero tenía la odiosa costumbre de no dejarme dar mi brazo a torcer.
- Eso podría ser cierto salvo en un aspecto. Los médicos tampoco se relacionan tanto con los pacientes y como tú mismo dijiste estás entre los dos mundos al ser un médico de prácticas, he ahí tu error. ¿Por qué en unos casos estás en una posición y en otros en otra? Usas tu condición de "en prácticas" para tu propio beneficio sea el que sea. Muy inteligente de tu parte, pero siendo así y como yo misma me he dado cuenta; me permito observarte que tendría el derecho total y absoluto de saber al menos una parte de tu vida aunque no fuese tanto como tú sabes de mí porque si no con la poca confianza que tengo normalmente en las personas el hecho de desconocer por completo todo, salvo tu nombre, me llevaría a no mencionarte nada de lo que ocurre dentro de mí. Por lo tanto sería completamente inútil la ayuda que tú me ofreces.
Rió. Había hecho reír a alguien después de muchísimo tiempo. No recordaba que ninguna risa fuese así tan natural y espontánea como las que muchas veces había forzado a realizar a los miembros de mi familia.
- Cada día me sorprendes más -añadió sin quitar su sonrisa-. ¿Cómo puede ser que algo tan enrevesado salga de tu mente y tú lo expongas como lo más normal del mundo? Creo comprender que no soy el único en esta habitación que sabe colocarse en distintas posiciones cuando le place o usar algo para su propio beneficio ya que tú has hecho lo mismo. En lugar de en un solo instante mencionar que no te agradaba con una simple mueca que hubiese leído tu historia, comenzaste a enlazar ideas que llevaron a un objetivo: darte la razón el cual conlleva a que te cuente lo que desees. Es cierto que tus razonamientos no se equivocan aunque comprenderías que si no lo desease no tendría porque mencionar nada de mi vida, ¿verdad?
Abrí la boca para contestar pero él con una mirada me frenó para que le dejase continuar.
- Sin embargo, al ser tú la única que descubrió mi trampa de semejante manera, lo cuál me dio a entender que debo ser más complejo de lo que aparento, llegaré si no te molesta a un acuerdo contigo -me sonrió-. Espero que aún recuerdes la primera conversación que tuvimos, en ella te di la idea de que hiciésemos tandas de preguntas y accediste. Por lo tanto, podemos volver a retomar ese plan.
Asentí satisfecha al ver que había conseguido mi objetivo aunque internamente comencé a reprocharme esa alegría.
Capítulo 30. Debate
Me sonrió cuando recibió mi respuesta. En sus ojos pude ver que realmente le alegraba que no le hubiese vuelto a alejar.
Se sentó un poco más cerca de mí y decidió recostarse a mi lado en la cama. Aquello era un poco incómodo pero intenté asimilar que seguramente le dolería la espalda o que buscaba una postura donde estuviese a gusto.
Me tumbé a su lado y le miré un segundo completamente seria mientras él miraba al techo dubitativo.
Parecía estar conteniéndose para decir algo y la curiosidad comenzaba a poderme pero no dejé que lo hiciese. Me mordí mi labio inferior y miré al techo como él.
Después de unos segundos aquella situación parecía volverse aún más incómoda que en el instante que él se había tumbado a mi lado.
- Leí tu historia -enunció él de repente.
Le miré con el ceño ligeramente fruncido. Sabía lo que eso significaba. Sabía que llevaba así desde hacía mucho tiempo, sabía lo que ocurría en mi mente en muchas ocasiones pero desconocía lo que ahora estaba pasando, es decir, sabía mi pasado.
- Eso no es justo -objeté y volví a mirar el techo concentrándome en la mancha que día tras día observaba al menos una vez.
- ¿No lo es? -preguntó en un tono que indicaba su confusión.
- Por supuesto que no -añadí-. Tú lees una simple historia y ya crees conocerme o al menos conocer mi pasado. Siento decirte que no todo es ni tan blanco ni tan negro como ahí lo pintan, hay una escala considerable de matices que si se me hubiese permitido ser partícipe de aquel informe créeme no hubiese quedado igual que está aunque obviamente quizá la objetividad hubiese quedado a un lado ya que al ser yo partícipe de las situaciones que me ocurrieron no hubiese sido imparcial. En definitiva, no conoces todo de mí si es lo que piensas pero una visión aproximada sería más certero decir que ahora posees - respiré hondo-. Pero lo que me resulta realmente injusto es que tú tienes esa visión con la posibilidad de leer un informe pero yo no conozco en absoluto nada de ti.
- Eso es cierto, pero no estamos en las mismas condiciones. Tú eres una paciente y yo soy un médico por lo que para ser precisos no tendrías porque conocer nada mí y en cambio yo de ti todo lo que fuese posible para ayudarte -me debatió.
Le miré incrédula por su respuesta, podría tener razón pero tenía la odiosa costumbre de no dejarme dar mi brazo a torcer.
- Eso podría ser cierto salvo en un aspecto. Los médicos tampoco se relacionan tanto con los pacientes y como tú mismo dijiste estás entre los dos mundos al ser un médico de prácticas, he ahí tu error. ¿Por qué en unos casos estás en una posición y en otros en otra? Usas tu condición de "en prácticas" para tu propio beneficio sea el que sea. Muy inteligente de tu parte, pero siendo así y como yo misma me he dado cuenta; me permito observarte que tendría el derecho total y absoluto de saber al menos una parte de tu vida aunque no fuese tanto como tú sabes de mí porque si no con la poca confianza que tengo normalmente en las personas el hecho de desconocer por completo todo, salvo tu nombre, me llevaría a no mencionarte nada de lo que ocurre dentro de mí. Por lo tanto sería completamente inútil la ayuda que tú me ofreces.
Rió. Había hecho reír a alguien después de muchísimo tiempo. No recordaba que ninguna risa fuese así tan natural y espontánea como las que muchas veces había forzado a realizar a los miembros de mi familia.
- Cada día me sorprendes más -añadió sin quitar su sonrisa-. ¿Cómo puede ser que algo tan enrevesado salga de tu mente y tú lo expongas como lo más normal del mundo? Creo comprender que no soy el único en esta habitación que sabe colocarse en distintas posiciones cuando le place o usar algo para su propio beneficio ya que tú has hecho lo mismo. En lugar de en un solo instante mencionar que no te agradaba con una simple mueca que hubiese leído tu historia, comenzaste a enlazar ideas que llevaron a un objetivo: darte la razón el cual conlleva a que te cuente lo que desees. Es cierto que tus razonamientos no se equivocan aunque comprenderías que si no lo desease no tendría porque mencionar nada de mi vida, ¿verdad?
Abrí la boca para contestar pero él con una mirada me frenó para que le dejase continuar.
- Sin embargo, al ser tú la única que descubrió mi trampa de semejante manera, lo cuál me dio a entender que debo ser más complejo de lo que aparento, llegaré si no te molesta a un acuerdo contigo -me sonrió-. Espero que aún recuerdes la primera conversación que tuvimos, en ella te di la idea de que hiciésemos tandas de preguntas y accediste. Por lo tanto, podemos volver a retomar ese plan.
Asentí satisfecha al ver que había conseguido mi objetivo aunque internamente comencé a reprocharme esa alegría.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 31. Tanda de preguntas
Me quedé observando su sonrisa. Sus dientes blancos eran realmente hipnóticos y sentía alguna sensación que me estaba impulsando a acercarme más pero me mordí mi labio inferior para contenerme.
Robert pareció darse cuenta de ello y tragó saliva en seco sin yo comprender su reacción.
Levanté mi mirada hasta que la crucé con la suya que había estado fija en mis labios un buen instante. ¿Por qué miraba mis labios si yo no sonreía? Aquello era realmente extraño pero no quise preguntar.
- ¿Cuando empezaremos con la tanda de preguntas? -musité mientras desviaba mi mirada de nuevo al techo.
- Cuando quieras, al estar con suero no puedes moverte de la cama por lo que me quedaré aquí contigo -me contestó rápidamente.
- Sé que sonará muy descortés por mi parte esta pregunta pero -hice una mueca disgustada conmigo misma por lo que iba a preguntar- ¿es realmente necesario que te quedes aquí?
Un incómodo silencio siguió a mi pregunta. Él parecía no saber que responder ya que al observarle lo encontré dubitativo.
- No -dijo al fin- no es necesario que me quede contigo, si te molesto puedes decírmelo y me voy ahora mismo -se encogió de hombros mientras se iba incorporando.
Perfecto. Siempre conseguía lo que no quería por mi odiosa manera de tratar a todos los que se acercaban a mí. Respiré hondo e intenté no contenerme. Puse una mano sobre su brazo haciendo que inmediatamente él se girase para observarme.
- No quise decir eso -musité-. No quiero que te vayas -moví mi cabeza mientras me incorporaba quedando ambos sentados en la cama-. Es solamente que.. tiendo a ser así, cuanto más me agrada la compañía de una persona, la alejo. No quiero que te vayas, la única persona con la que puedo hablar es conmigo misma y parece que últimamente está decidida a destruirme -reí amargamente.
Me miró algo confundido pero respiró hondo y asintió. Puso una mano sobre la mía que aún permanecía en su brazo.
- Gracias -musité.
- Entonces, tú ya hiciste tu primera pregunta, pero teniendo en cuenta que yo sé más sobre ti que tú sobre mí podrás hacerme más preguntas y yo prometo responder -sonrió mientras acariciaba con su pulgar el dorso de mi mano.
Me gustó que me permitiese hacerle preguntas pero antes de hacerle alguna otra preferí hacerle las preguntas que realmente podían con mi curiosidad.
- No eres de aquí, eso puedo saberlo por tu pronunciación, es obvio que tu inglés no es estadounidense pero dudo de que lugar exacto puedas ser -le miré fijamente esperando no haberme confundido.
- Wow -rió.
- ¿Qué? -le miré confundida.
- Nadie puede ser más enrevesado que tú para hacer preguntas -rió-. Está bien contestaré. No, tienes razón no soy de Estados Unidos, nací en Londres y hace poco vine a trabajar aquí.
Asentí y me dispuse a preparar mi siguiente pregunta. Debía aprovechar las que me diese ya que él "conocía" mucho de mí y no quería que fuesen preguntas que llevasen a un simple sí o un simple no. Necesitaba saber de él como él sabía de mí para estar a la par. Odiaba desconocer.
- Me gustaría saber el porqué decidiste esta profesión habiendo otras mucho más, a mi parecer, mejores aunque obviamente desde la subjetividad visto todo desde mi escala de valores -aclaré.
- Mmm veamos -frunció su ceño-. La verdad es que yo considero que esta profesión es muy gratificante, ayudas a personas para que su calidad de vida sea mejor, consigues que mujeres y hombres de todas las edades puedan enfrentar situaciones difíciles pero también es una profesión en la que no dejas de aprender los diferentes misterios que tiene el cerebro humano. Miles de matices que indican como una persona puede clasificarse en distintos grupos y te admiras de aquellas personas que consiguen superar problemas realmente adversos mediante un trabajo duro ya que nada de esto es sencillo ni de admitir, ni de llegar a su final -sonrió mientras me contestaba.
Miré de nuevo a un punto fijo para intentar concentrarme en alguna otra posible pregunta.
- Sé que no es mi turno pero me sorprende algo -anunció rompiendo el silencio.
Le miré con el ceño fruncido por la incomprensión.
- Está bien..-suspiré-. ¿Qué es lo que te sorprende?
- No estas haciéndome las preguntas de rigor que cualquiera haría sino que pareces rebuscar para encontrar respuestas más largas que te den más información. ¿No me preguntas mi edad? ¿Mi apellido? ¿Mi color favorito?
Levanté una ceja y fruncí un poco los labios mientras preparaba mi respuesta.
- Es obvio que si estás en prácticas tendrás unos veinticuatro, veinticinco años; siéndote sincera poco me importa. Tu color favorito me es irrelevante y tu apellido esta puesto en la tarjeta que cuelga de tu bata, se que es Pattinson -me encogí de hombros.
- Eres realmente observadora -musitó.
Capítulo 31. Tanda de preguntas
Me quedé observando su sonrisa. Sus dientes blancos eran realmente hipnóticos y sentía alguna sensación que me estaba impulsando a acercarme más pero me mordí mi labio inferior para contenerme.
Robert pareció darse cuenta de ello y tragó saliva en seco sin yo comprender su reacción.
Levanté mi mirada hasta que la crucé con la suya que había estado fija en mis labios un buen instante. ¿Por qué miraba mis labios si yo no sonreía? Aquello era realmente extraño pero no quise preguntar.
- ¿Cuando empezaremos con la tanda de preguntas? -musité mientras desviaba mi mirada de nuevo al techo.
- Cuando quieras, al estar con suero no puedes moverte de la cama por lo que me quedaré aquí contigo -me contestó rápidamente.
- Sé que sonará muy descortés por mi parte esta pregunta pero -hice una mueca disgustada conmigo misma por lo que iba a preguntar- ¿es realmente necesario que te quedes aquí?
Un incómodo silencio siguió a mi pregunta. Él parecía no saber que responder ya que al observarle lo encontré dubitativo.
- No -dijo al fin- no es necesario que me quede contigo, si te molesto puedes decírmelo y me voy ahora mismo -se encogió de hombros mientras se iba incorporando.
Perfecto. Siempre conseguía lo que no quería por mi odiosa manera de tratar a todos los que se acercaban a mí. Respiré hondo e intenté no contenerme. Puse una mano sobre su brazo haciendo que inmediatamente él se girase para observarme.
- No quise decir eso -musité-. No quiero que te vayas -moví mi cabeza mientras me incorporaba quedando ambos sentados en la cama-. Es solamente que.. tiendo a ser así, cuanto más me agrada la compañía de una persona, la alejo. No quiero que te vayas, la única persona con la que puedo hablar es conmigo misma y parece que últimamente está decidida a destruirme -reí amargamente.
Me miró algo confundido pero respiró hondo y asintió. Puso una mano sobre la mía que aún permanecía en su brazo.
- Gracias -musité.
- Entonces, tú ya hiciste tu primera pregunta, pero teniendo en cuenta que yo sé más sobre ti que tú sobre mí podrás hacerme más preguntas y yo prometo responder -sonrió mientras acariciaba con su pulgar el dorso de mi mano.
Me gustó que me permitiese hacerle preguntas pero antes de hacerle alguna otra preferí hacerle las preguntas que realmente podían con mi curiosidad.
- No eres de aquí, eso puedo saberlo por tu pronunciación, es obvio que tu inglés no es estadounidense pero dudo de que lugar exacto puedas ser -le miré fijamente esperando no haberme confundido.
- Wow -rió.
- ¿Qué? -le miré confundida.
- Nadie puede ser más enrevesado que tú para hacer preguntas -rió-. Está bien contestaré. No, tienes razón no soy de Estados Unidos, nací en Londres y hace poco vine a trabajar aquí.
Asentí y me dispuse a preparar mi siguiente pregunta. Debía aprovechar las que me diese ya que él "conocía" mucho de mí y no quería que fuesen preguntas que llevasen a un simple sí o un simple no. Necesitaba saber de él como él sabía de mí para estar a la par. Odiaba desconocer.
- Me gustaría saber el porqué decidiste esta profesión habiendo otras mucho más, a mi parecer, mejores aunque obviamente desde la subjetividad visto todo desde mi escala de valores -aclaré.
- Mmm veamos -frunció su ceño-. La verdad es que yo considero que esta profesión es muy gratificante, ayudas a personas para que su calidad de vida sea mejor, consigues que mujeres y hombres de todas las edades puedan enfrentar situaciones difíciles pero también es una profesión en la que no dejas de aprender los diferentes misterios que tiene el cerebro humano. Miles de matices que indican como una persona puede clasificarse en distintos grupos y te admiras de aquellas personas que consiguen superar problemas realmente adversos mediante un trabajo duro ya que nada de esto es sencillo ni de admitir, ni de llegar a su final -sonrió mientras me contestaba.
Miré de nuevo a un punto fijo para intentar concentrarme en alguna otra posible pregunta.
- Sé que no es mi turno pero me sorprende algo -anunció rompiendo el silencio.
Le miré con el ceño fruncido por la incomprensión.
- Está bien..-suspiré-. ¿Qué es lo que te sorprende?
- No estas haciéndome las preguntas de rigor que cualquiera haría sino que pareces rebuscar para encontrar respuestas más largas que te den más información. ¿No me preguntas mi edad? ¿Mi apellido? ¿Mi color favorito?
Levanté una ceja y fruncí un poco los labios mientras preparaba mi respuesta.
- Es obvio que si estás en prácticas tendrás unos veinticuatro, veinticinco años; siéndote sincera poco me importa. Tu color favorito me es irrelevante y tu apellido esta puesto en la tarjeta que cuelga de tu bata, se que es Pattinson -me encogí de hombros.
- Eres realmente observadora -musitó.
Mi camino
hasta ti
Capítulo 32. La primera sonrisa
Seguí pensando mientras Robert me observaba atento. Comenzaba a ponerme nerviosa. Levanté la mirada y fruncí mi ceño.
- Deduzco que desconoces tu capacidad para poner nervioso a alguien que intenta pensar -levanté una ceja.
Me miró sorprendido y sonrió levantando más su comisura derecha que la izquierda en un alarde quizá de coquetería pero era más que obvio que no le iba a funcionar conmigo si intentaba por aquellos medios que yo le contase más acerca de mí.
- ¿Te pongo nerviosa? -se acercó un poco más.
Me alejé inmediatamente ya que necesitaba un espacio vital que él estaba usurpando por completo.
- Que yo sepa no es tu momento para preguntar -le miré maliciosa y seguí pensando.
- ¿No me responderás a ni siquiera a una simple pregunta? -me miró sin que la sonrisa se borrase de su rostro.
- Tú me pides que te responda a una sola pregunta y está bien lo haré. Te responderé. Sí a una más y solo a una no contestaré ninguna otra más ya que tú mismo dijiste que era mi turno de preguntas.
- Entonces respóndeme, ¿te pongo nervioso?
- Me temo que tú mismo has caído en la trampa sin darte cuenta, tú me pediste que te respondiese a una pregunta y lo hiciste con una pregunta, por lo que esa cuestión la aclaré y no pienso dar respuesta a ni una sola más. Sé más observador la próxima vez.
- Wow -frunció su ceño y se dejó caer en el cabecero de la cama-. Eres única para ver los pequeños fallos, hablar contigo requiere demasiada concentración, no se te puede engañar en absoluto. Eres la única persona que conozco que haya hecho algo similar para conseguir su objetivo, te admiro -rió mientras ponía su mano sobre su frente.
- ¿Me admiras? Tan solo hay que estar más atento a las posibles tergiversaciones que la propia lengua tiene, no tendría sentido que si me pidieses responderte a una pregunta yo te responda a dos, sino que como tú mismo pediste te respondí a una y ya te avisé que no respondería ni una sola más pero para ser exactos te contesté a dos cuestiones ya, la de porqué no te preguntaba la edad y tu apellido y ahora esta. Yo también cometí errores si te das cuenta -me encogí de hombros y seguí pensando que pregunta podría conseguir que él hablase más que yo.
Él se quedó contemplándome mientras yo permanecía pensativa. Después una de sus manos comenzó a jugar con uno de los mechones de mi cabello. ¿Cómo era capaz de tener tanta confianza? No podía estar ni un solo momento sin tocarme, sin acariciarme, sin rozarme. ¿Podría ser aquella una pregunta que debería hacerle? Pero si lo hacía quizá se molestase y al fin y al cabo su tacto me resultaba agradable.
Levanté mi mirada mientras él seguía jugando con mi pelo y poco después se dio cuenta de que le observaba. Me sonrió.
- Tienes un pelo muy suave, brillante y bonito.. Me gusta mucho -sonrió-. Deberías tenerle mucho cariño y sacarle más partido, podrías enamorar incluso con tu cabello nada más.
Era extremadamente amable conmigo así que ni yo misma me di cuenta de que en señal de respuesta la sonreí levemente para volver a quedarme después pensativa.
Robert se incorporó y se acercó a mi oído lo cuál me tensó por completo ya que no sabía porqué motivo podía acercarse tanto.
- Tienes una sonrisa muy bonita. Deberías usarla más.. -musitó haciendo que sintiese su aliento en mi oído y después giré un poco mi rostro para quedar frente a él.
- Gracias -susurré.
En ese momento la puerta de la habitación se abrió y entraron dos enfermeras que venían a comprobar como iba la botella de suero y Robert rápidamente se levantó para sentarse en un sillón al lado de la cama.
Capítulo 32. La primera sonrisa
Seguí pensando mientras Robert me observaba atento. Comenzaba a ponerme nerviosa. Levanté la mirada y fruncí mi ceño.
- Deduzco que desconoces tu capacidad para poner nervioso a alguien que intenta pensar -levanté una ceja.
Me miró sorprendido y sonrió levantando más su comisura derecha que la izquierda en un alarde quizá de coquetería pero era más que obvio que no le iba a funcionar conmigo si intentaba por aquellos medios que yo le contase más acerca de mí.
- ¿Te pongo nerviosa? -se acercó un poco más.
Me alejé inmediatamente ya que necesitaba un espacio vital que él estaba usurpando por completo.
- Que yo sepa no es tu momento para preguntar -le miré maliciosa y seguí pensando.
- ¿No me responderás a ni siquiera a una simple pregunta? -me miró sin que la sonrisa se borrase de su rostro.
- Tú me pides que te responda a una sola pregunta y está bien lo haré. Te responderé. Sí a una más y solo a una no contestaré ninguna otra más ya que tú mismo dijiste que era mi turno de preguntas.
- Entonces respóndeme, ¿te pongo nervioso?
- Me temo que tú mismo has caído en la trampa sin darte cuenta, tú me pediste que te respondiese a una pregunta y lo hiciste con una pregunta, por lo que esa cuestión la aclaré y no pienso dar respuesta a ni una sola más. Sé más observador la próxima vez.
- Wow -frunció su ceño y se dejó caer en el cabecero de la cama-. Eres única para ver los pequeños fallos, hablar contigo requiere demasiada concentración, no se te puede engañar en absoluto. Eres la única persona que conozco que haya hecho algo similar para conseguir su objetivo, te admiro -rió mientras ponía su mano sobre su frente.
- ¿Me admiras? Tan solo hay que estar más atento a las posibles tergiversaciones que la propia lengua tiene, no tendría sentido que si me pidieses responderte a una pregunta yo te responda a dos, sino que como tú mismo pediste te respondí a una y ya te avisé que no respondería ni una sola más pero para ser exactos te contesté a dos cuestiones ya, la de porqué no te preguntaba la edad y tu apellido y ahora esta. Yo también cometí errores si te das cuenta -me encogí de hombros y seguí pensando que pregunta podría conseguir que él hablase más que yo.
Él se quedó contemplándome mientras yo permanecía pensativa. Después una de sus manos comenzó a jugar con uno de los mechones de mi cabello. ¿Cómo era capaz de tener tanta confianza? No podía estar ni un solo momento sin tocarme, sin acariciarme, sin rozarme. ¿Podría ser aquella una pregunta que debería hacerle? Pero si lo hacía quizá se molestase y al fin y al cabo su tacto me resultaba agradable.
Levanté mi mirada mientras él seguía jugando con mi pelo y poco después se dio cuenta de que le observaba. Me sonrió.
- Tienes un pelo muy suave, brillante y bonito.. Me gusta mucho -sonrió-. Deberías tenerle mucho cariño y sacarle más partido, podrías enamorar incluso con tu cabello nada más.
Era extremadamente amable conmigo así que ni yo misma me di cuenta de que en señal de respuesta la sonreí levemente para volver a quedarme después pensativa.
Robert se incorporó y se acercó a mi oído lo cuál me tensó por completo ya que no sabía porqué motivo podía acercarse tanto.
- Tienes una sonrisa muy bonita. Deberías usarla más.. -musitó haciendo que sintiese su aliento en mi oído y después giré un poco mi rostro para quedar frente a él.
- Gracias -susurré.
En ese momento la puerta de la habitación se abrió y entraron dos enfermeras que venían a comprobar como iba la botella de suero y Robert rápidamente se levantó para sentarse en un sillón al lado de la cama.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 33. Desilusión
Las enfermeras cambiaron la botella de suero y me pusieron otra. Después me tomaron la temperatura y vieron que tenía unas décimas de fiebre, lo apuntaron todo y se fueron de la habitación.
Me dejé caer en la cama y observé a Robert un instante que jugueteaba con sus pulgares poniéndolos uno encima de otro una y otra vez.
- ¿Por qué te retiraste? Que yo sepa no estabas haciendo nada inmoral cuando las enfermeras entraron -miré como sus dedos dejaron de moverse al escuchar mi voz.
- ¿Inmoral? No, inmoral no podría calificarse pero no era propicio -se encogió de hombros.
- Perdona pero no llego a comprender porqué. Tan solo estábamos hablando -puntualicé.
- Lo sé, pero la cercanía es algo que en este lugar se debe medir mucho y al menos no tendría que dejar entre nosotros un metro de distancia -suspiró-, pero como tú misma puedes comprobar no lo consigo hacer.
- Sí, ya me percaté de ello. Supongo que te ocurrirá con todos los pacientes así que tan solo deberás darte tiempo. Recientemente empezaste en prácticas -me encogí de hombros.
Él sonrió de una manera que parecía ser con ternura por algún pensamiento que hubiese cruzado su mente en ese instante.
- Tienes razón. Haré caso a tu consejo -sonrió más y después se quedó observándome como normalmente hacía.
- Me gustaría preguntarte algo -musité mientras miraba el techo-. Algunas cosas puedo saberlo pero no puedo saber determinadas respuestas solo con la observación. ¿Cuándo terminan tus prácticas aquí?
Desvié mi mirada y de nuevo la posé en él. Por un instante su rostro se entristeció y quise preguntarle porqué pero aún debía responderme a aquella cuestión que no me había contestado.
- ¿Ya quieres echarme? -rió intentando bromear aunque sabía que se había tomado aquella pregunta de otra manera diferente-. En unos días termino las prácticas e iré a trabajar a otro lugar -musitó seguido de un largo suspiro.
- ¿Unos días? ¿Cuántos exactamente? -pregunté rápidamente sin ni siquiera dejarme pensar.
- En dos días -susurró y otro largo suspiro prosiguió a su respuesta.
¿Qué...qué era aquello que sentía en mi pecho? Sí, era dolor, mi compañero de viaje. Apreté mi mandíbula y volví a mirar al techo. Era perfecto, en tan solo dos días otra persona más me abandonaría en mi vida. Robert había parecido preocuparse pero sus planes no habían cambiado, me dejaría allí, sola de nuevo. ¿De qué servía que hablase con él? No me serviría absolutamente de nada.
Sentí como las lágrimas, sí, lágrimas comenzaban a quemarme en las cuencas de mis ojos pero no iba a dejar que consiguiesen chivarse de mis verdaderos sentimientos, de que me dolía que me dejase, no. Él se iba sin importarle yo nada y eso mismo haría yo con él, le demostraría que para mí no era nada y desde luego nunca comprendí si llegó a ser algo. Simplemente echaría de menos su amabilidad, nada más.
- ¿Por qué haces esto entonces? -dije con frialdad sintiendo como mi coraza volvía a la superficie para que no supiese que sufría por nada.
- Porque quiero ayudarte...
- Pero te vas en dos días. No tiene sentido que ni tú pierdas tu tiempo ni yo pierda el mío en tu compañía. Es ridículo que finjas preocuparte por mí cuando es más que obvio que no lo haces. No seré una desagradecida no te preocupes, te agradeceré que me hayas acompañado en determinados momentos y tendré presente que tú me has ayudado a no estar tan sola pero.. ahora si no te molesta no quiero seguir ilusionándome con la posibilidad de no volver a sentir esa soledad, quiero que te vayas y me dejes vivir como debía haberlo hecho en los momentos que tú estabas aquí ya que tan solo creaban algo que terminaría tejiendo un doloroso final aunque por suerte para ambos nos es igual el otro -dije rápidamente notando como las lágrimas luchaban contra mis párpados para que las dejase salir.
- Pero...-intentó contestar.
- Te pido, no, te exijo que te vayas de aquí ahora -me giré en la cama dándole la espalda y entonces unas lágrimas consiguieron salir pero las sequé rápidamente.
Robert no se merecía que llorarse por él. Él se iba y a mí no me importaba, esa debía ser la única verdad.
Capítulo 33. Desilusión
Las enfermeras cambiaron la botella de suero y me pusieron otra. Después me tomaron la temperatura y vieron que tenía unas décimas de fiebre, lo apuntaron todo y se fueron de la habitación.
Me dejé caer en la cama y observé a Robert un instante que jugueteaba con sus pulgares poniéndolos uno encima de otro una y otra vez.
- ¿Por qué te retiraste? Que yo sepa no estabas haciendo nada inmoral cuando las enfermeras entraron -miré como sus dedos dejaron de moverse al escuchar mi voz.
- ¿Inmoral? No, inmoral no podría calificarse pero no era propicio -se encogió de hombros.
- Perdona pero no llego a comprender porqué. Tan solo estábamos hablando -puntualicé.
- Lo sé, pero la cercanía es algo que en este lugar se debe medir mucho y al menos no tendría que dejar entre nosotros un metro de distancia -suspiró-, pero como tú misma puedes comprobar no lo consigo hacer.
- Sí, ya me percaté de ello. Supongo que te ocurrirá con todos los pacientes así que tan solo deberás darte tiempo. Recientemente empezaste en prácticas -me encogí de hombros.
Él sonrió de una manera que parecía ser con ternura por algún pensamiento que hubiese cruzado su mente en ese instante.
- Tienes razón. Haré caso a tu consejo -sonrió más y después se quedó observándome como normalmente hacía.
- Me gustaría preguntarte algo -musité mientras miraba el techo-. Algunas cosas puedo saberlo pero no puedo saber determinadas respuestas solo con la observación. ¿Cuándo terminan tus prácticas aquí?
Desvié mi mirada y de nuevo la posé en él. Por un instante su rostro se entristeció y quise preguntarle porqué pero aún debía responderme a aquella cuestión que no me había contestado.
- ¿Ya quieres echarme? -rió intentando bromear aunque sabía que se había tomado aquella pregunta de otra manera diferente-. En unos días termino las prácticas e iré a trabajar a otro lugar -musitó seguido de un largo suspiro.
- ¿Unos días? ¿Cuántos exactamente? -pregunté rápidamente sin ni siquiera dejarme pensar.
- En dos días -susurró y otro largo suspiro prosiguió a su respuesta.
¿Qué...qué era aquello que sentía en mi pecho? Sí, era dolor, mi compañero de viaje. Apreté mi mandíbula y volví a mirar al techo. Era perfecto, en tan solo dos días otra persona más me abandonaría en mi vida. Robert había parecido preocuparse pero sus planes no habían cambiado, me dejaría allí, sola de nuevo. ¿De qué servía que hablase con él? No me serviría absolutamente de nada.
Sentí como las lágrimas, sí, lágrimas comenzaban a quemarme en las cuencas de mis ojos pero no iba a dejar que consiguiesen chivarse de mis verdaderos sentimientos, de que me dolía que me dejase, no. Él se iba sin importarle yo nada y eso mismo haría yo con él, le demostraría que para mí no era nada y desde luego nunca comprendí si llegó a ser algo. Simplemente echaría de menos su amabilidad, nada más.
- ¿Por qué haces esto entonces? -dije con frialdad sintiendo como mi coraza volvía a la superficie para que no supiese que sufría por nada.
- Porque quiero ayudarte...
- Pero te vas en dos días. No tiene sentido que ni tú pierdas tu tiempo ni yo pierda el mío en tu compañía. Es ridículo que finjas preocuparte por mí cuando es más que obvio que no lo haces. No seré una desagradecida no te preocupes, te agradeceré que me hayas acompañado en determinados momentos y tendré presente que tú me has ayudado a no estar tan sola pero.. ahora si no te molesta no quiero seguir ilusionándome con la posibilidad de no volver a sentir esa soledad, quiero que te vayas y me dejes vivir como debía haberlo hecho en los momentos que tú estabas aquí ya que tan solo creaban algo que terminaría tejiendo un doloroso final aunque por suerte para ambos nos es igual el otro -dije rápidamente notando como las lágrimas luchaban contra mis párpados para que las dejase salir.
- Pero...-intentó contestar.
- Te pido, no, te exijo que te vayas de aquí ahora -me giré en la cama dándole la espalda y entonces unas lágrimas consiguieron salir pero las sequé rápidamente.
Robert no se merecía que llorarse por él. Él se iba y a mí no me importaba, esa debía ser la única verdad.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 34. Tan solo escribir
Un nudo en mi garganta me pedía chillar mientras Robert se iba de la habitación sin decir ni una sola palabra. Sentía algo tan fuerte, como si todas las personas que habían dicho adiós en mi vida lo hiciesen juntas de nuevo lo que me causaba un mayor malestar.
Necesitaba escribir, solo eso, no quería nada más. No quería ver a nadie, no quería hablar solo escribir y escribir.
Está claro, siempre, haga lo que haga, todo el mundo termina yéndose de mi lado. ¿Por qué tengo que abrir mi corazón a alguien que a los días se ha cansado de mí y se irá para siempre de mi vida sin que pueda volver a encontrarle?
¿Por qué no tendría que hacer caso a aquella que siempre, aunque me odie está conmigo? Me aterrorizará pero tiene razón, siempre estaré completamente sola.
Puedo cambiar mi manera de actuar, puedo intentar explicar que no quiero alejar porque me importa pero al fin y al cabo todo el mundo hace sus planes y yo siempre termino estando fuera de ellos. Es comprensible, yo también debería hacer mis propios planes pero cada día me siento con menos fuerzas de planear nada en un futuro. Es más sueño muchas veces con la posibilidad de que no habrá ningún futuro. ¿Para qué moverme? ¿Para qué intentar evitar algo que parece que jamás dejará de ser así?
Cuesta tantísimo enfrentarse a ti mismo y aceptar que no eres suficiente para todo pero con tus limitaciones no sabes lidiar ya que debes ser algo que es imposible, una meta que se persigue por algún estúpido motivo aunque sepas que nada ni nadie podría conseguir que tú alcanzases una meta absolutamente irreal.
Lo peor de todo es que en el recorrido de esa meta terminas anulando todos y cada uno de los verdaderos potenciales que se tienen y entre ellos yo anuló por completo que considerase mi mente relevante tener amigos o personas que me aportasen algo.
Poco a poco mi corazón intentaba pedir a mi mente que necesitaba aquello que le había negado pero no lo podía tener. Soy nula completamente en las relaciones sociales pero eso no significa que no sienta, que no padezca, que no me duela que se alejen de mí.
No me permito aceptar que he cogido cariño a nadie o que alguien me importa pero eso no significa que no pase, que no lo sienta; que no lo demuestre.... ¿acaso hay mayor muestra de ello que las lágrimas que quieren recorrer mis mejillas pero no les dejo?
No, que yo sepa no lo hay pero he ahí lo que debería entender. Nadie verá esas lágrimas que no salen de mi interior. La única que sabe que existen soy yo, nadie más que yo. ¿Por qué no me permito hacerlo? ¿Por qué no me dejo decirle a alguien que es importante para mí?
Si lo admito más dolorosa será la pérdida porque aún sabiendo que me importa la otra persona se irá igual.
En definitiva, el dolor me acompañará siempre pero si lo callo será un dolor que yo sola conviviré con él y así no será mayor. Pudo con ello como hasta ahora he vivido en su compañía.
¿Tengo amigos? Un amigo es aquel que siempre está contigo ... quizá el dolor pudiese calificarse como mi amigo fiel.
Dejé de escribir y me abracé a la almohada dejando que solo algunas de mis lágrimas recorriesen mis mejillas limpiando todo rastro posible del tacto de Robert. Debía borrarlo por completo de mí, se iba y se iría para siempre.
Capítulo 34. Tan solo escribir
Un nudo en mi garganta me pedía chillar mientras Robert se iba de la habitación sin decir ni una sola palabra. Sentía algo tan fuerte, como si todas las personas que habían dicho adiós en mi vida lo hiciesen juntas de nuevo lo que me causaba un mayor malestar.
Necesitaba escribir, solo eso, no quería nada más. No quería ver a nadie, no quería hablar solo escribir y escribir.
Está claro, siempre, haga lo que haga, todo el mundo termina yéndose de mi lado. ¿Por qué tengo que abrir mi corazón a alguien que a los días se ha cansado de mí y se irá para siempre de mi vida sin que pueda volver a encontrarle?
¿Por qué no tendría que hacer caso a aquella que siempre, aunque me odie está conmigo? Me aterrorizará pero tiene razón, siempre estaré completamente sola.
Puedo cambiar mi manera de actuar, puedo intentar explicar que no quiero alejar porque me importa pero al fin y al cabo todo el mundo hace sus planes y yo siempre termino estando fuera de ellos. Es comprensible, yo también debería hacer mis propios planes pero cada día me siento con menos fuerzas de planear nada en un futuro. Es más sueño muchas veces con la posibilidad de que no habrá ningún futuro. ¿Para qué moverme? ¿Para qué intentar evitar algo que parece que jamás dejará de ser así?
Cuesta tantísimo enfrentarse a ti mismo y aceptar que no eres suficiente para todo pero con tus limitaciones no sabes lidiar ya que debes ser algo que es imposible, una meta que se persigue por algún estúpido motivo aunque sepas que nada ni nadie podría conseguir que tú alcanzases una meta absolutamente irreal.
Lo peor de todo es que en el recorrido de esa meta terminas anulando todos y cada uno de los verdaderos potenciales que se tienen y entre ellos yo anuló por completo que considerase mi mente relevante tener amigos o personas que me aportasen algo.
Poco a poco mi corazón intentaba pedir a mi mente que necesitaba aquello que le había negado pero no lo podía tener. Soy nula completamente en las relaciones sociales pero eso no significa que no sienta, que no padezca, que no me duela que se alejen de mí.
No me permito aceptar que he cogido cariño a nadie o que alguien me importa pero eso no significa que no pase, que no lo sienta; que no lo demuestre.... ¿acaso hay mayor muestra de ello que las lágrimas que quieren recorrer mis mejillas pero no les dejo?
No, que yo sepa no lo hay pero he ahí lo que debería entender. Nadie verá esas lágrimas que no salen de mi interior. La única que sabe que existen soy yo, nadie más que yo. ¿Por qué no me permito hacerlo? ¿Por qué no me dejo decirle a alguien que es importante para mí?
Si lo admito más dolorosa será la pérdida porque aún sabiendo que me importa la otra persona se irá igual.
En definitiva, el dolor me acompañará siempre pero si lo callo será un dolor que yo sola conviviré con él y así no será mayor. Pudo con ello como hasta ahora he vivido en su compañía.
¿Tengo amigos? Un amigo es aquel que siempre está contigo ... quizá el dolor pudiese calificarse como mi amigo fiel.
Dejé de escribir y me abracé a la almohada dejando que solo algunas de mis lágrimas recorriesen mis mejillas limpiando todo rastro posible del tacto de Robert. Debía borrarlo por completo de mí, se iba y se iría para siempre.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 35. Sorpresa
Pocos minutos después ya estaba calmada. Había conseguido quitar de mi mente que él se fuese y volviese a quedarme sola como parecía costumbre ya en mi vida.
Sonó la puerta y me giré para mirar quien entraba a mi habitación. Unas enfermeras se acercaron hasta mí y me sonrieron.
- Tenemos una sorpresa, Lucía -dijeron mientras me quitaban el suero y entraba en la habitación un enfermero con una silla de ruedas.
Las miré confundida. Pusieron la botella de suero en un enganche de la silla y el enfermero se acercó a mí, me tomó en brazos y me dejó sobre la silla de ruedas.
- Hoy saldrás a dar un paseo con uno de nosotros -sonrió la más joven de las enfermeras.
¿Aquello era una buena noticia? No lo sabía pero desde luego una sorpresa si que era.
El enfermero comenzó a mover la silla mientras salíamos de la habitación. Me pusieron una manta sobre las piernas lo cual agradecí ya que tenía un poco de frío y dejamos atrás la planta donde estaba situada.
Nos metimos en el ascensor y bajamos hasta la última planta. Descendimos una pequeña rampa y salimos del edificio hasta un patio interior que había.
Cerré mis ojos aspirando el aire fresco que había en la calle. Aquella sensación era muy agradable. Desconocía ya el tiempo que llevaba encerrada en aquel lugar y el que había pasado encerrada antes en mi casa pero sentir la brisa en mi rostro me hacía bien, me gustaba.
La silla se paró un segundo y me quedé contemplando el pequeño patio trasero. Sonreí un poco mirándolo. Estaba precioso aunque simplemente era un pequeño lugar.
Me dejé caer en la silla mientras volvía a respirar hondo llenando mis pulmones de aire fresco.
Pocos minutos después comencé a notar como la silla de ruedas se movía. Imaginé que era el enfermero de nuevo pero me gustaría poder agradecerle lo que estaba haciendo.
Giré mi rostro y me crucé con la sonrisa de Robert de nuevo. ¿Qué hacía ahí?
- ¿Qué haces aquí? -fruncí mi ceño mientras él me sonreía más como si nada hubiese pasado.
- Dejar que salgas de esa habitación en la que llevas un montón de tiempo y darte un paseo pequeño por el patio.. Espero que no te moleste -sonrió más y dejó un beso en la parte superior de mi cabeza.
Me gustó aquel beso y suspiré por ello pero me molestaba que Robert siempre terminase haciendo lo que deseaba. Lo esperase o no terminaba apareciendo en mi vida de nuevo dándome una gran sorpresa pero aquello me encantaba. De alguna manera terminaba cautivándome que Robert hiciese todo aquello, que aunque le tratase fatal terminaba volviendo para regalarme unos momentos de no sentirme sola, que pudiese averiguar que podía pensar en otra cosa que no fuese aquella odiosa sensación de malestar.
- ¿Por qué estás haciendo esto, Robert? ¿Por qué vuelves a mí después que no hago nada más que alejarte? -susurré mientras seguíamos paseando.
- Porque por algún estúpido motivo, quiero ayudarte y no me importa cuantas veces me digas que me vaya porque durante el tiempo que esté aquí volveré para hablar contigo -susurró en mi oído.
- Eres un masoquista -musité y giré levemente mi rostro.
- ¿Dispuesta a un paseo un tanto especial? -volvió a susurrar en mi oído haciendo que la piel de mi nuca se erizase.
Asentí y seguimos moviéndonos aunque en mi mente solo pensaba en que podría ser lo "especial" de aquel paseo.
Capítulo 35. Sorpresa
Pocos minutos después ya estaba calmada. Había conseguido quitar de mi mente que él se fuese y volviese a quedarme sola como parecía costumbre ya en mi vida.
Sonó la puerta y me giré para mirar quien entraba a mi habitación. Unas enfermeras se acercaron hasta mí y me sonrieron.
- Tenemos una sorpresa, Lucía -dijeron mientras me quitaban el suero y entraba en la habitación un enfermero con una silla de ruedas.
Las miré confundida. Pusieron la botella de suero en un enganche de la silla y el enfermero se acercó a mí, me tomó en brazos y me dejó sobre la silla de ruedas.
- Hoy saldrás a dar un paseo con uno de nosotros -sonrió la más joven de las enfermeras.
¿Aquello era una buena noticia? No lo sabía pero desde luego una sorpresa si que era.
El enfermero comenzó a mover la silla mientras salíamos de la habitación. Me pusieron una manta sobre las piernas lo cual agradecí ya que tenía un poco de frío y dejamos atrás la planta donde estaba situada.
Nos metimos en el ascensor y bajamos hasta la última planta. Descendimos una pequeña rampa y salimos del edificio hasta un patio interior que había.
Cerré mis ojos aspirando el aire fresco que había en la calle. Aquella sensación era muy agradable. Desconocía ya el tiempo que llevaba encerrada en aquel lugar y el que había pasado encerrada antes en mi casa pero sentir la brisa en mi rostro me hacía bien, me gustaba.
La silla se paró un segundo y me quedé contemplando el pequeño patio trasero. Sonreí un poco mirándolo. Estaba precioso aunque simplemente era un pequeño lugar.
Me dejé caer en la silla mientras volvía a respirar hondo llenando mis pulmones de aire fresco.
Pocos minutos después comencé a notar como la silla de ruedas se movía. Imaginé que era el enfermero de nuevo pero me gustaría poder agradecerle lo que estaba haciendo.
Giré mi rostro y me crucé con la sonrisa de Robert de nuevo. ¿Qué hacía ahí?
- ¿Qué haces aquí? -fruncí mi ceño mientras él me sonreía más como si nada hubiese pasado.
- Dejar que salgas de esa habitación en la que llevas un montón de tiempo y darte un paseo pequeño por el patio.. Espero que no te moleste -sonrió más y dejó un beso en la parte superior de mi cabeza.
Me gustó aquel beso y suspiré por ello pero me molestaba que Robert siempre terminase haciendo lo que deseaba. Lo esperase o no terminaba apareciendo en mi vida de nuevo dándome una gran sorpresa pero aquello me encantaba. De alguna manera terminaba cautivándome que Robert hiciese todo aquello, que aunque le tratase fatal terminaba volviendo para regalarme unos momentos de no sentirme sola, que pudiese averiguar que podía pensar en otra cosa que no fuese aquella odiosa sensación de malestar.
- ¿Por qué estás haciendo esto, Robert? ¿Por qué vuelves a mí después que no hago nada más que alejarte? -susurré mientras seguíamos paseando.
- Porque por algún estúpido motivo, quiero ayudarte y no me importa cuantas veces me digas que me vaya porque durante el tiempo que esté aquí volveré para hablar contigo -susurró en mi oído.
- Eres un masoquista -musité y giré levemente mi rostro.
- ¿Dispuesta a un paseo un tanto especial? -volvió a susurrar en mi oído haciendo que la piel de mi nuca se erizase.
Asentí y seguimos moviéndonos aunque en mi mente solo pensaba en que podría ser lo "especial" de aquel paseo.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 36. Algo inesperado
Me quedé pensando en lo que aquello podía significar pero no había manera de que se me ocurriese lo que podría ser. Fruncí el ceño enfadada conmigo misma por no saber la respuesta. Quería, necesitaba saber qué sería lo especial de aquella salida.
Me dejó al lado de un banco y él se sentó en él. Le miré sin desear hacerlo ya que en poco tiempo me dejaría sola como siempre temía que hiciesen pero total, que mas daba, siempre sería así.
Sus profundos ojos azules me miraron fijamente. Me mordí el labio inferior y suspiré, comencé a mirar hacia el frente intentando comprender todo lo que podía estar él pensando.
- Lucía... no sé si mañana nos podamos ver -musitó-. Intentaré que así sea pero tengo que hacer algunas cosas ya que al día siguiente volveré a trabajar.
- Amm... y ¿para qué me cuentas eso? -fruncí mi ceño.
- Lucía, es que antes de que.. de que me vaya quiero saber algo -susurró y se acercó a mí.
Me encogí de hombros y mientras respiré hondo desvié mi mirada y le observé.
- ¿Qué? ¿Qué quieres saber? -gruñí bastante enfadada notando como en mi interior el odio comenzaba a ser muy fuerte.
Intentaba odiar a toda persona que me hacía daño aunque jamás lo conseguía. En mi interior seguía queriendo a esa persona pero a sus ojos no sentía nada por ella salvo rechazo, puro y completo rechazo.
- ¿Te...te molesta que me vaya? -susurró y bajó su mirada hasta sus manos mientras sus mejillas se sonrojaban levemente.
Le miré atónita. ¿Cómo se atrevía a decirme aquello? ¿Se pensaba que me importaba? No, jamás sería así. No me importaba en absoluto. ¿A quién engañaba? Me molestaba que se fuese pero no dejaría que él lo supiese, ni siquiera que lo sospechase.
- ¿A que viene esa estúpida pregunta? -dije intentando con mi tono ser lo más hiriente que pudiese.
- Bueno, pues que me gustaría que me contestases a esa pregunta si no es mucha molestia -susurró entre suspiros.
Gruñí internamente. Una parte de mí comenzaba a estar infinitamente molesta pero otra deseaba contarle la verdad, quería decirle que sí, que le necesitaba conmigo porque por alguna estúpida razón me hacía sentir bien. Estar a su lado hacía que no me sintiese sola algo que solo me sucedía en su presencia ya que él parecía haber conseguido calar en mí de alguna manera.
- Robert... diga lo que diga nada cambiará.. te irás igual -susurré y le miré-. Tan solo espero que te vaya bien allí donde estés trabajando.
Sus ojos azules volvieron a mirarme intensamente mientras sentía como me tensaba. Mi corazón quería que le dijese la pura verdad pero no lo haría.
- Hace mucho que quiero hacer algo...-susurró mientras se acercaba y quitaba un mechón de mi pelo poniéndolo tras mi oreja.
Fruncí el ceño y le miré mientras se acercaba completamente confundida. ¿Qué es lo que había querido hacer hacía mucho tiempo? ¿Tenía planeado acaso pegarme o hacerme daño? Seguramente le divertía que en el fondo me molestase que se fuese. Eso significaría un logro para él, la chica de hielo no lo era tanto.
- ¿El qué? -musité.
En ese momento comenzó a acercarse más a mí mientras me tensaba aún más. Su aliento comenzó a rozar mi rostro haciendo que mi respiración se disparase. Sus dedos comenzaron a acariciar mi mejilla con lentitud.
Se acercó más a mí y entonces sus labios comenzaron a rozar los míos con suma lentitud mientras instintivamente cerraba los ojos.
Después sus manos se afirmaron lentamente alrededor de mis mejillas cubriéndolas por completo, entonces me besó con lenta y dulcemente.
Capítulo 36. Algo inesperado
Me quedé pensando en lo que aquello podía significar pero no había manera de que se me ocurriese lo que podría ser. Fruncí el ceño enfadada conmigo misma por no saber la respuesta. Quería, necesitaba saber qué sería lo especial de aquella salida.
Me dejó al lado de un banco y él se sentó en él. Le miré sin desear hacerlo ya que en poco tiempo me dejaría sola como siempre temía que hiciesen pero total, que mas daba, siempre sería así.
Sus profundos ojos azules me miraron fijamente. Me mordí el labio inferior y suspiré, comencé a mirar hacia el frente intentando comprender todo lo que podía estar él pensando.
- Lucía... no sé si mañana nos podamos ver -musitó-. Intentaré que así sea pero tengo que hacer algunas cosas ya que al día siguiente volveré a trabajar.
- Amm... y ¿para qué me cuentas eso? -fruncí mi ceño.
- Lucía, es que antes de que.. de que me vaya quiero saber algo -susurró y se acercó a mí.
Me encogí de hombros y mientras respiré hondo desvié mi mirada y le observé.
- ¿Qué? ¿Qué quieres saber? -gruñí bastante enfadada notando como en mi interior el odio comenzaba a ser muy fuerte.
Intentaba odiar a toda persona que me hacía daño aunque jamás lo conseguía. En mi interior seguía queriendo a esa persona pero a sus ojos no sentía nada por ella salvo rechazo, puro y completo rechazo.
- ¿Te...te molesta que me vaya? -susurró y bajó su mirada hasta sus manos mientras sus mejillas se sonrojaban levemente.
Le miré atónita. ¿Cómo se atrevía a decirme aquello? ¿Se pensaba que me importaba? No, jamás sería así. No me importaba en absoluto. ¿A quién engañaba? Me molestaba que se fuese pero no dejaría que él lo supiese, ni siquiera que lo sospechase.
- ¿A que viene esa estúpida pregunta? -dije intentando con mi tono ser lo más hiriente que pudiese.
- Bueno, pues que me gustaría que me contestases a esa pregunta si no es mucha molestia -susurró entre suspiros.
Gruñí internamente. Una parte de mí comenzaba a estar infinitamente molesta pero otra deseaba contarle la verdad, quería decirle que sí, que le necesitaba conmigo porque por alguna estúpida razón me hacía sentir bien. Estar a su lado hacía que no me sintiese sola algo que solo me sucedía en su presencia ya que él parecía haber conseguido calar en mí de alguna manera.
- Robert... diga lo que diga nada cambiará.. te irás igual -susurré y le miré-. Tan solo espero que te vaya bien allí donde estés trabajando.
Sus ojos azules volvieron a mirarme intensamente mientras sentía como me tensaba. Mi corazón quería que le dijese la pura verdad pero no lo haría.
- Hace mucho que quiero hacer algo...-susurró mientras se acercaba y quitaba un mechón de mi pelo poniéndolo tras mi oreja.
Fruncí el ceño y le miré mientras se acercaba completamente confundida. ¿Qué es lo que había querido hacer hacía mucho tiempo? ¿Tenía planeado acaso pegarme o hacerme daño? Seguramente le divertía que en el fondo me molestase que se fuese. Eso significaría un logro para él, la chica de hielo no lo era tanto.
- ¿El qué? -musité.
En ese momento comenzó a acercarse más a mí mientras me tensaba aún más. Su aliento comenzó a rozar mi rostro haciendo que mi respiración se disparase. Sus dedos comenzaron a acariciar mi mejilla con lentitud.
Se acercó más a mí y entonces sus labios comenzaron a rozar los míos con suma lentitud mientras instintivamente cerraba los ojos.
Después sus manos se afirmaron lentamente alrededor de mis mejillas cubriéndolas por completo, entonces me besó con lenta y dulcemente.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 37. El beso
Sus suaves labios seguían besando los míos. Aquella era una sensación completamente diferente a lo que esperaba. Fruncí mi ceño mientras seguía besándome intentando saber porqué razón en mi estómago comenzaba a sentir una sensación de hormigueo.
Sus dedos continuaban acariciando mi mejilla lentamente como si mi piel fuese lo más hermoso que hubiesen tocado, que hubiesen acariciado.
Mi piel seguía erizándose por la ternura de sus caricias. Mis labios lentamente se iban amoldando lentamente a los suyos aunque no sabía que debía hacer en aquella situación.
Sus labios comenzaban a pegarse más a los míos haciendo que sintiese la necesidad de continuar aquel beso que no parecía ir a más sino que tan solo parecía ser una muestra de un sentimiento puro y dulce.
No pude controlar lo que mi cuerpo hacía por lo que comencé a devolver lentamente su beso mientras sentía como las comisuras de sus labios se curvaban hacia arriba ocultando una sonrisa en aquel beso.
Sus manos entonces se posaron en mi cabello y comenzaron a acariciarlo con muchísima lentitud. Una de mis manos temblorosa se fue acercando lentamente hasta su antebrazo y la posé sobre él. Con mucho cuidado como si fuese a romperse empecé a acariciar lentamente su extremidad.
Sentí bajo mi palma como su piel se ponía de gallina, se erizaba lentamente poco a poco. Suspiró entre nuestros labios sin separarlos y fruncí un poco mi ceño.
En ese momento comprendí que aquello estaba muy mal. Él me estaba besando para irse después para dejarme allí con el recuerdo de ese momento.
No le permitiría que pensase que aquello había sido importante para mí, si es que lo había sido. Sí, era mi primer beso pero eso él lo desconocía y no iba a saber nunca la verdad. Jamás le sabría que él fue el único que había conseguido rozar mis labios de aquella manera.
El odio se volvió a apoderar de mí y le aparté bruscamente.
- ¡No! -grité mientras sus ojos azules me miraban con completa incredulidad.
- ¿Por..por qué? -musitó completamente incrédulo.
- ¿Por qué? ¿Te atreves a preguntarme porqué? -le dije medio gritando.
- Sí, no lo entiendo...
- ¡¿Por qué me besas si te vas a ir?! ¡Te vas y quieres que deje que me beses! Tú no tienes vergüenza! -gruñí enfada y comencé a caminar como pude con la silla de ruedas girando con mis brazos las ruedas para poder avanzar.
- Kris..Lucía pero... -comenzó lentamente él.
- ¡Pero nada! ¡Déjame en paz! -grité y entré como me fue posible en el lugar.
En ese momento cuando estaba apunto de entrar por la puerta, Robert me agarró por la silla de ruedas y me volvió a sacar al patio.
- Lucía, por favor, no es lo que piensas en absoluto -frunció su ceño mirándome pero con mucha tristeza.
- Déjame -susurré mirándole-. Te vas y me dejas.
Tomó mi rostro entre sus manos acariciando lentamente muy lentamente mis mejillas con sus pulgares mientras me miraba con intensidad a los ojos haciendo que me perdiese en sus hermosos ojos azules mientras él suspiraba.
- ¿Entonces te importa que me vaya? -susurró como con cautela.
- Eso da igual, déjame que me vaya ahora -le exigí medio gruñendo.
Él lentamente volvió a acercarse.
- Si me dejases explicarte...-musitó muy bajo.
- No, no quiero que nada me expliques -me separé bruscamente y volví a entrar al hospital tan rápido como me fue posible.
No sé como pero llegué al fin a mi habitación y comencé a llorar desconsoladamente en la cama. Utilizarme era lo último que podía añadir a la lista de sufrimiento que ya tenía pero no lloraba por eso sino por el verdadero daño que me ocasionaba que Robert se fuese, que se marchase y que no pareciese realmente importarle irse de mi lado porque si me hubiese querido no me abandonaría de esa manera tan asombrosamente cruel.
Me quedé dormida después de unas horas para que de esa manera el dolor de mi pecho dejase de molestarme al menos unos minutos.
Capítulo 37. El beso
Sus suaves labios seguían besando los míos. Aquella era una sensación completamente diferente a lo que esperaba. Fruncí mi ceño mientras seguía besándome intentando saber porqué razón en mi estómago comenzaba a sentir una sensación de hormigueo.
Sus dedos continuaban acariciando mi mejilla lentamente como si mi piel fuese lo más hermoso que hubiesen tocado, que hubiesen acariciado.
Mi piel seguía erizándose por la ternura de sus caricias. Mis labios lentamente se iban amoldando lentamente a los suyos aunque no sabía que debía hacer en aquella situación.
Sus labios comenzaban a pegarse más a los míos haciendo que sintiese la necesidad de continuar aquel beso que no parecía ir a más sino que tan solo parecía ser una muestra de un sentimiento puro y dulce.
No pude controlar lo que mi cuerpo hacía por lo que comencé a devolver lentamente su beso mientras sentía como las comisuras de sus labios se curvaban hacia arriba ocultando una sonrisa en aquel beso.
Sus manos entonces se posaron en mi cabello y comenzaron a acariciarlo con muchísima lentitud. Una de mis manos temblorosa se fue acercando lentamente hasta su antebrazo y la posé sobre él. Con mucho cuidado como si fuese a romperse empecé a acariciar lentamente su extremidad.
Sentí bajo mi palma como su piel se ponía de gallina, se erizaba lentamente poco a poco. Suspiró entre nuestros labios sin separarlos y fruncí un poco mi ceño.
En ese momento comprendí que aquello estaba muy mal. Él me estaba besando para irse después para dejarme allí con el recuerdo de ese momento.
No le permitiría que pensase que aquello había sido importante para mí, si es que lo había sido. Sí, era mi primer beso pero eso él lo desconocía y no iba a saber nunca la verdad. Jamás le sabría que él fue el único que había conseguido rozar mis labios de aquella manera.
El odio se volvió a apoderar de mí y le aparté bruscamente.
- ¡No! -grité mientras sus ojos azules me miraban con completa incredulidad.
- ¿Por..por qué? -musitó completamente incrédulo.
- ¿Por qué? ¿Te atreves a preguntarme porqué? -le dije medio gritando.
- Sí, no lo entiendo...
- ¡¿Por qué me besas si te vas a ir?! ¡Te vas y quieres que deje que me beses! Tú no tienes vergüenza! -gruñí enfada y comencé a caminar como pude con la silla de ruedas girando con mis brazos las ruedas para poder avanzar.
- Kris..Lucía pero... -comenzó lentamente él.
- ¡Pero nada! ¡Déjame en paz! -grité y entré como me fue posible en el lugar.
En ese momento cuando estaba apunto de entrar por la puerta, Robert me agarró por la silla de ruedas y me volvió a sacar al patio.
- Lucía, por favor, no es lo que piensas en absoluto -frunció su ceño mirándome pero con mucha tristeza.
- Déjame -susurré mirándole-. Te vas y me dejas.
Tomó mi rostro entre sus manos acariciando lentamente muy lentamente mis mejillas con sus pulgares mientras me miraba con intensidad a los ojos haciendo que me perdiese en sus hermosos ojos azules mientras él suspiraba.
- ¿Entonces te importa que me vaya? -susurró como con cautela.
- Eso da igual, déjame que me vaya ahora -le exigí medio gruñendo.
Él lentamente volvió a acercarse.
- Si me dejases explicarte...-musitó muy bajo.
- No, no quiero que nada me expliques -me separé bruscamente y volví a entrar al hospital tan rápido como me fue posible.
No sé como pero llegué al fin a mi habitación y comencé a llorar desconsoladamente en la cama. Utilizarme era lo último que podía añadir a la lista de sufrimiento que ya tenía pero no lloraba por eso sino por el verdadero daño que me ocasionaba que Robert se fuese, que se marchase y que no pareciese realmente importarle irse de mi lado porque si me hubiese querido no me abandonaría de esa manera tan asombrosamente cruel.
Me quedé dormida después de unas horas para que de esa manera el dolor de mi pecho dejase de molestarme al menos unos minutos.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 38. ¿Enemigas o amigas?
El sueño había conseguido invadirme y de esa manera parecía paliarse el dolor que sentía en mi pecho, las lágrimas ya no caían y el miedo ante lo que pudiese sucederme en mi estado de inconsciencia había desaparecido por completo.
Extrañamente me sentía bien, me sentía segura. Sabía que si algo me dolía o si algo hacía que me pusiese nerviosa mi cuerpo reaccionaría y despertaría de aquel mundo fantástico donde nada es imposible.
Estaba tal y como me encontraba en la habitación. Dormía sobre la cama como si estuviese viéndolo todo a tiempo real.
Parecía serena y eso me agradaba, saber que al menos durante unos minutos podía estar en paz, calmada sin que nada me atormentase.
La puerta de la habitación se abrió y aparecí yo. ¡Volvía a sucederme! Pero no me despertaba, no conseguía levantarme tan solo en aquel momento permanecía completamente quieta.
Se acercó con calma hasta mí y por extraño que pareciese me acarició el pelo mientras descansaba. Eso hizo que me despertase y mirase mi propio reflejo aunque sin espejo de por medio.
No tenía el aspecto aterrador que solía tener pero aún así me daba pánico estar a su lado ya que desconocía por completo sus intenciones.
Ella me sonrió y se sentó a los pies de la cama mientras yo me abrazaba las piernas como intentando protegerme.
- Siento mucho que otra vez estés volviendo a sufrir -musitó mientras un suspiro escapaba de sus labios.
¿Se estaba realmente preocupando por mí? Si ella había conseguido que sufriese mucho más que nadie en el mundo.
- Sé que yo he podido hacer determinadas cosas dolorosas para ti pero eso no significa que no me importes. Yo no quiero matarte a ti sino eliminar la forma que tienes de actuar, esa horrible manera de ser. Quiero que seas dura, que nada ni nadie te haga daño, que siempre estés conmigo y eso te sea más que suficiente. Las relaciones sociales realmente poco importan. ¿No te das cuenta que en todas y cada una de ellas sales lastimada? Todos son malos, tú no tienes porqué sufrir de nuevo todo eso, todo lo que pasaste. Vuelve a ponerte esa coraza que jamás debiste quitarte y no vuelvas a decirle a nadie nada de lo que te ocurre. Yo te ayudaré. Confía en mí y dame fuerzas para que puedas seguir estando bien, te prometo que lo haré.
¿Qué estaba pasando? ¿De verdad le importaba? Para ser sinceros su discurso me agradaba, me gustaba lo que me ofrecía. No volver a sufrir, no enfrentar mis miedo nunca más, quedarme así tal y como estaba dando importancia tan solo a lo que realmente la tiene y no a aquello que los médicos quieren que le dé. ¿Yo? No tenía ningún problema, es más tenía una aliada que me ayudaría a salir de aquel lugar. No estaba loca, tan solo había tenido más suerte que todos los demás porque en mí misma había conseguido encontrar el apoyo que necesitaba. Era autosuficiente.
- ¿Qué me dices? ¿Confiarás en mí? -sonrió mientras me miraba fijamente.
Lo medité unos instantes. ¿Por qué extraño motivo una parte de mí me decía que aquello estaba mal? Era lo mejor para mí, me estaba ofreciendo que no volviese a sufrir más porque la tendría a ella conmigo y me ayudaría a que todo el dolor jamás llegase a mí.
¡Despierta! -gritaba algo en mi interior.
¿Pero porqué? Yo quería decir que sí a aquel ventajoso trato, a aquella maravillosa vida que me estaba mostrando.
¡Despierta! -volvió a gritar con más fuerza.
No quería, no lo deseaba. Lucía aún me miraba sonriente esperando que le diese la respuesta afirmativa que ambas queríamos escuchar.
¡Despierta! -escuché mucho más fuerte.
Abrí los ojos sobresaltada en aquella habitación vacía. Debía estar delirando. ¿Por qué le había hecho caso a aquella voz interna que me había fritado para que volviese a la consciencia? Estaba a punto de aceptar el cielo en la tierra. Para mí no sufrir jamás era el mismísimo edén y ella, la que había considerado mi enemiga me lo estaba ofreciendo en bandeja de plata.
¿Por qué no debía decirle que sí? ¿Por qué debía negarlo? Quería ese mundo y lo aceptaría.
Capítulo 38. ¿Enemigas o amigas?
El sueño había conseguido invadirme y de esa manera parecía paliarse el dolor que sentía en mi pecho, las lágrimas ya no caían y el miedo ante lo que pudiese sucederme en mi estado de inconsciencia había desaparecido por completo.
Extrañamente me sentía bien, me sentía segura. Sabía que si algo me dolía o si algo hacía que me pusiese nerviosa mi cuerpo reaccionaría y despertaría de aquel mundo fantástico donde nada es imposible.
Estaba tal y como me encontraba en la habitación. Dormía sobre la cama como si estuviese viéndolo todo a tiempo real.
Parecía serena y eso me agradaba, saber que al menos durante unos minutos podía estar en paz, calmada sin que nada me atormentase.
La puerta de la habitación se abrió y aparecí yo. ¡Volvía a sucederme! Pero no me despertaba, no conseguía levantarme tan solo en aquel momento permanecía completamente quieta.
Se acercó con calma hasta mí y por extraño que pareciese me acarició el pelo mientras descansaba. Eso hizo que me despertase y mirase mi propio reflejo aunque sin espejo de por medio.
No tenía el aspecto aterrador que solía tener pero aún así me daba pánico estar a su lado ya que desconocía por completo sus intenciones.
Ella me sonrió y se sentó a los pies de la cama mientras yo me abrazaba las piernas como intentando protegerme.
- Siento mucho que otra vez estés volviendo a sufrir -musitó mientras un suspiro escapaba de sus labios.
¿Se estaba realmente preocupando por mí? Si ella había conseguido que sufriese mucho más que nadie en el mundo.
- Sé que yo he podido hacer determinadas cosas dolorosas para ti pero eso no significa que no me importes. Yo no quiero matarte a ti sino eliminar la forma que tienes de actuar, esa horrible manera de ser. Quiero que seas dura, que nada ni nadie te haga daño, que siempre estés conmigo y eso te sea más que suficiente. Las relaciones sociales realmente poco importan. ¿No te das cuenta que en todas y cada una de ellas sales lastimada? Todos son malos, tú no tienes porqué sufrir de nuevo todo eso, todo lo que pasaste. Vuelve a ponerte esa coraza que jamás debiste quitarte y no vuelvas a decirle a nadie nada de lo que te ocurre. Yo te ayudaré. Confía en mí y dame fuerzas para que puedas seguir estando bien, te prometo que lo haré.
¿Qué estaba pasando? ¿De verdad le importaba? Para ser sinceros su discurso me agradaba, me gustaba lo que me ofrecía. No volver a sufrir, no enfrentar mis miedo nunca más, quedarme así tal y como estaba dando importancia tan solo a lo que realmente la tiene y no a aquello que los médicos quieren que le dé. ¿Yo? No tenía ningún problema, es más tenía una aliada que me ayudaría a salir de aquel lugar. No estaba loca, tan solo había tenido más suerte que todos los demás porque en mí misma había conseguido encontrar el apoyo que necesitaba. Era autosuficiente.
- ¿Qué me dices? ¿Confiarás en mí? -sonrió mientras me miraba fijamente.
Lo medité unos instantes. ¿Por qué extraño motivo una parte de mí me decía que aquello estaba mal? Era lo mejor para mí, me estaba ofreciendo que no volviese a sufrir más porque la tendría a ella conmigo y me ayudaría a que todo el dolor jamás llegase a mí.
¡Despierta! -gritaba algo en mi interior.
¿Pero porqué? Yo quería decir que sí a aquel ventajoso trato, a aquella maravillosa vida que me estaba mostrando.
¡Despierta! -volvió a gritar con más fuerza.
No quería, no lo deseaba. Lucía aún me miraba sonriente esperando que le diese la respuesta afirmativa que ambas queríamos escuchar.
¡Despierta! -escuché mucho más fuerte.
Abrí los ojos sobresaltada en aquella habitación vacía. Debía estar delirando. ¿Por qué le había hecho caso a aquella voz interna que me había fritado para que volviese a la consciencia? Estaba a punto de aceptar el cielo en la tierra. Para mí no sufrir jamás era el mismísimo edén y ella, la que había considerado mi enemiga me lo estaba ofreciendo en bandeja de plata.
¿Por qué no debía decirle que sí? ¿Por qué debía negarlo? Quería ese mundo y lo aceptaría.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 39. Entresijos
Me quedé sentada en la cama. Me dolía la cabeza de tanto pensar. Todo el tiempo estaba meditando sobre millones de cosas y ahora se había añadido a mi lista la posibilidad de vivir toda la vida feliz o al menos sin sufrimiento que no siempre tiene porque significar lo mismo.
Por tendencia era la persona más desconfiada del planeta e intentaba ver todos los pros y los contras posibles de cada una de las decisiones. Siendo precisos era aún más enrevesada que eso. Buscaba los posibles entresijos que pudiese haber dentro de aquellas propuestas pero por alguna razón muy extraña no los buscaba en el maravilloso ofrecimiento que ella me daba.
Entrecerré los ojos. Fruncí mi ceño levemente y después cerré por completo los ojos. No tenía manera de concentrarme para poder pensar e intentar ver el lado negativo de aquella propuesta. Me dolía muchísimo la cabeza por todo lo que en poco tiempo estaba pasando, por toda la lista de cosas que cada segundo me inundaban para que volviese una y otra vez a desmenuzarlas e intentar encontrar los entresijos que seguro ni había en ellas.
Pasé mi manos por mi frente intentando de esa manera borrar por completo lo que sea que estuviese meditando sin ni siquiera percatarme.
Detestaba que aquello fuese automático y no encontrase manera de pararlo.
Debía intentar pensar sobre aquello que me había propuesto de manera tan altruista la otra parte de mi ser. Fruncí levemente mi ceño y me intenté concentrar en aquello que debía meditar, escudriñar hasta el punto de desmenuzarlo y que ni una sola de las múltiples posibilidades quedase fuera de mi conocimiento.
Ella me proponía la ausencia de dolor que aquella presión que tenía en mi pecho desapareciese por completo. Era demasiado bonito. Por algún motivo algo dentro de mí quería que no lo aceptase.
¿Por qué podría proponerme algo tan altruista para nada? Ella había hecho todo lo posible para que intentase irme de este mundo y causarme el mayor de los miedos que jamás hubiese tenido. ¿Tenía que fiarme ahora de ella? Me daba muchísimo pánico que en cualquiera momento decidiese volver a enviar aquella alucinación horrible que había tenido en dos ocasiones.
¿Podría eso significar que escondía algo detrás de aquel ofrecimiento? Puede que ella realmente se llevase algo si yo aceptaba que fuese...claro ahí lo tenía. Yo sería su esclava, ella controlaría absolutamente todo lo que yo podía o no podía hacer. ¿Ella realmente quería eso? ¿Por qué no podía desearlo?
No podía existir si yo no le daba fuerza para que siguiese controlando mi mente, mi cuerpo... para que gobernase por completo mi ser. Si yo aceptaba aquello ¿significaría realmente lo que ella me proponía no era tan altruista? Por supuesto que no, no sería un mundo de felicidad, sin sufrimiento sino que sería el mismo mundo, pasaría las mismas calamidades pero ella tendría mayor control sobre mí, sobre mi cuerpo y mi vida. Ella quería matar la personalidad que yo tenia, quería que cambiase de manera radical para que ella viviese.
Dios santo, aquello, todo era tan horriblemente retorcido. ¿Quién piensa que todo eso puede suceder? ¿Quién discute con sigo misma por quién domina su mente, su cuerpo y sus sentimientos? Nadie. Solamente yo, una chica que cruza la línea tan fina que hay entre coherencia y la demencia. Yo, Lucía Noriega, la chica que desde hace año no sabe ni en el mundo que vive.
Capítulo 39. Entresijos
Me quedé sentada en la cama. Me dolía la cabeza de tanto pensar. Todo el tiempo estaba meditando sobre millones de cosas y ahora se había añadido a mi lista la posibilidad de vivir toda la vida feliz o al menos sin sufrimiento que no siempre tiene porque significar lo mismo.
Por tendencia era la persona más desconfiada del planeta e intentaba ver todos los pros y los contras posibles de cada una de las decisiones. Siendo precisos era aún más enrevesada que eso. Buscaba los posibles entresijos que pudiese haber dentro de aquellas propuestas pero por alguna razón muy extraña no los buscaba en el maravilloso ofrecimiento que ella me daba.
Entrecerré los ojos. Fruncí mi ceño levemente y después cerré por completo los ojos. No tenía manera de concentrarme para poder pensar e intentar ver el lado negativo de aquella propuesta. Me dolía muchísimo la cabeza por todo lo que en poco tiempo estaba pasando, por toda la lista de cosas que cada segundo me inundaban para que volviese una y otra vez a desmenuzarlas e intentar encontrar los entresijos que seguro ni había en ellas.
Pasé mi manos por mi frente intentando de esa manera borrar por completo lo que sea que estuviese meditando sin ni siquiera percatarme.
Detestaba que aquello fuese automático y no encontrase manera de pararlo.
Debía intentar pensar sobre aquello que me había propuesto de manera tan altruista la otra parte de mi ser. Fruncí levemente mi ceño y me intenté concentrar en aquello que debía meditar, escudriñar hasta el punto de desmenuzarlo y que ni una sola de las múltiples posibilidades quedase fuera de mi conocimiento.
Ella me proponía la ausencia de dolor que aquella presión que tenía en mi pecho desapareciese por completo. Era demasiado bonito. Por algún motivo algo dentro de mí quería que no lo aceptase.
¿Por qué podría proponerme algo tan altruista para nada? Ella había hecho todo lo posible para que intentase irme de este mundo y causarme el mayor de los miedos que jamás hubiese tenido. ¿Tenía que fiarme ahora de ella? Me daba muchísimo pánico que en cualquiera momento decidiese volver a enviar aquella alucinación horrible que había tenido en dos ocasiones.
¿Podría eso significar que escondía algo detrás de aquel ofrecimiento? Puede que ella realmente se llevase algo si yo aceptaba que fuese...claro ahí lo tenía. Yo sería su esclava, ella controlaría absolutamente todo lo que yo podía o no podía hacer. ¿Ella realmente quería eso? ¿Por qué no podía desearlo?
No podía existir si yo no le daba fuerza para que siguiese controlando mi mente, mi cuerpo... para que gobernase por completo mi ser. Si yo aceptaba aquello ¿significaría realmente lo que ella me proponía no era tan altruista? Por supuesto que no, no sería un mundo de felicidad, sin sufrimiento sino que sería el mismo mundo, pasaría las mismas calamidades pero ella tendría mayor control sobre mí, sobre mi cuerpo y mi vida. Ella quería matar la personalidad que yo tenia, quería que cambiase de manera radical para que ella viviese.
Dios santo, aquello, todo era tan horriblemente retorcido. ¿Quién piensa que todo eso puede suceder? ¿Quién discute con sigo misma por quién domina su mente, su cuerpo y sus sentimientos? Nadie. Solamente yo, una chica que cruza la línea tan fina que hay entre coherencia y la demencia. Yo, Lucía Noriega, la chica que desde hace año no sabe ni en el mundo que vive.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 40. Alucinación
Mi cabeza me iba a estallar. Me hubiese encantado poder irme a cualquier lugar lejos de donde estaba en donde nadie ni yo misma pudiese localizarme.
Me levanté de la cama y me dirigí hacia la ventana. Miré por ella intentando centrar mi atención a algo que estuviese fuera aunque fuese el contoneo de las hojas pero parecía que el cruel destino hubiese paralizado todo para que así no pudiese pensar en nada fuera de lo que debía analizar.
No quería meditar más. Estaba cansada de no ver salida en nada, de sentirme como una completa chiflada que acaba viendo como la única salida para que todo termine es sucumbir a la única posibilidad que pueda considerar como aceptable. ¿Cómo puedo considerarlo así? Ni yo misma lo sé pero temo decir que puede llegar a considerarse como la más cómoda y obviamente quizá lo sea aunque lidiar con todos los fantasmas que hay en el interior de una sola mente puede causar más que dolor.
No, no debía dejarme llevar por la locura pero a veces parecía tan inevitable...
Puse mi frente contra la ventana, quizá el frío cristal despejaría mi mente un poco o al menos aliviaría mi dolor de cabeza. Sentía como si las sienes me fuesen a explotar en cualquier momento.
Respiré hondo y cerré mis ojos. Entonces fue el momento definitivo de en el que comprendí hasta que punto era capaz de llegar para torturarme.
Sentí como unos brazos rodearon mi cintura. Unos brazos que emanaban un calor tan acogedor, tan familiar para mí pero a la vez me hacía sentir deseos de vomitar.
Mi cuerpo se tensaba completamente mientras las manos de aquellos brazos comenzaban a acariciar con lentitud mi cintura describiendo pequeñas ondas que hacían que mi piel se erizase instintivamente.
Sentía su cálido aliento en mi nuca. Toda mi piel se puso de gallina. Un tierno beso depositó en mi nuca.
- Lucía -susurró en mi oído para que después la punta de su nariz recorriese una y otra vez con determinación pero suavidad toda la longitud de mi cuello.
Reconocí la voz de aquella persona inmediatamente pero no podía creerme que fuese real por lo que permanecí en la misma posición.
Robert se había ido y no iba a volver, el mismo me lo había dicho pero aún así su tacto era lo que parecía demandar mi cuerpo a cada instante. ¿Qué me había hecho? ¿Por qué me castigaba así hasta cuando no estaba? Me dijo que me protegería y él me está haciendo mucho más daño que otros. Ahora más que nunca lo necesito, necesito no sentirme sola.
Las lágrimas comenzaron a resbalar por mis mejillas y en ellas supe que estaba su rostro grabado, cada momento que había pasado con él, cada sonrisa que me había regalado, cada mirada que había conseguido que no me sintiese sola estaba allí, reflejada en cada una de las lágrimas que ahora derramaba.
- Lucía -musitó contra mi oído mientras sentía como sus manos se ceñían en mi cintura apretándome contra su cuerpo.
No, aquello no era real. Sabía que no estaba allí no podía estarlo, él había desaparecido para siempre y tenía que lograr que desapareciese ahora de allí me costase lo que me costase.
- Vete -dije lo más fría que pude-, vete Robert no te quiero volver a ver.. déjame en paz. Sal de mi mente.
Sus manos se posaron sobre mis costados y me giró con brusquedad haciendo que mirase sus ojos azules aquellos que habían conseguido tan solo una vez hacer que pensase que en realidad la vida valía la pena si conocías a alguien a quien le importases.
- Yo no decidí meterme, tú me has metido en tu mente, si me estás viendo es porque lo deseas. Sé sincera contigo misma, no quieres sacarme de tu vida. Eso es lo último que ansías pero no me lo dijiste y por eso no soy yo el que ahora está aquí contigo diciéndote que me quedaré pase lo que pase -susurró mirándome fijamente para que no me perdiese de esa manera ni una sola de sus palabras aunque le hubiese escuchado de la misma manera.
- Tú no sabes lo que quiero o lo que no, y si estás aquí es porque has sido el único que se ha preocupado por mí, el único que ha estado cuando me sentía sola, tan sola como nunca me he sentido... -dije mientras apretaba mis puños-. Pero te fuiste y ahora ya no me importas.. ahora vete.
Él respiró hondo y se separó de mí para mirarme mejor.
- Si eso es lo que quieres es lo que haré... -musitó.
Segundos después desaparecía de delante de mí y sin aguantar más me deslicé por la pared que estaba a mi espalda hasta quedar sentada en el suelo sujetándome la cabeza.
¿Acaso el dolor no terminaría nunca?
Capítulo 40. Alucinación
Mi cabeza me iba a estallar. Me hubiese encantado poder irme a cualquier lugar lejos de donde estaba en donde nadie ni yo misma pudiese localizarme.
Me levanté de la cama y me dirigí hacia la ventana. Miré por ella intentando centrar mi atención a algo que estuviese fuera aunque fuese el contoneo de las hojas pero parecía que el cruel destino hubiese paralizado todo para que así no pudiese pensar en nada fuera de lo que debía analizar.
No quería meditar más. Estaba cansada de no ver salida en nada, de sentirme como una completa chiflada que acaba viendo como la única salida para que todo termine es sucumbir a la única posibilidad que pueda considerar como aceptable. ¿Cómo puedo considerarlo así? Ni yo misma lo sé pero temo decir que puede llegar a considerarse como la más cómoda y obviamente quizá lo sea aunque lidiar con todos los fantasmas que hay en el interior de una sola mente puede causar más que dolor.
No, no debía dejarme llevar por la locura pero a veces parecía tan inevitable...
Puse mi frente contra la ventana, quizá el frío cristal despejaría mi mente un poco o al menos aliviaría mi dolor de cabeza. Sentía como si las sienes me fuesen a explotar en cualquier momento.
Respiré hondo y cerré mis ojos. Entonces fue el momento definitivo de en el que comprendí hasta que punto era capaz de llegar para torturarme.
Sentí como unos brazos rodearon mi cintura. Unos brazos que emanaban un calor tan acogedor, tan familiar para mí pero a la vez me hacía sentir deseos de vomitar.
Mi cuerpo se tensaba completamente mientras las manos de aquellos brazos comenzaban a acariciar con lentitud mi cintura describiendo pequeñas ondas que hacían que mi piel se erizase instintivamente.
Sentía su cálido aliento en mi nuca. Toda mi piel se puso de gallina. Un tierno beso depositó en mi nuca.
- Lucía -susurró en mi oído para que después la punta de su nariz recorriese una y otra vez con determinación pero suavidad toda la longitud de mi cuello.
Reconocí la voz de aquella persona inmediatamente pero no podía creerme que fuese real por lo que permanecí en la misma posición.
Robert se había ido y no iba a volver, el mismo me lo había dicho pero aún así su tacto era lo que parecía demandar mi cuerpo a cada instante. ¿Qué me había hecho? ¿Por qué me castigaba así hasta cuando no estaba? Me dijo que me protegería y él me está haciendo mucho más daño que otros. Ahora más que nunca lo necesito, necesito no sentirme sola.
Las lágrimas comenzaron a resbalar por mis mejillas y en ellas supe que estaba su rostro grabado, cada momento que había pasado con él, cada sonrisa que me había regalado, cada mirada que había conseguido que no me sintiese sola estaba allí, reflejada en cada una de las lágrimas que ahora derramaba.
- Lucía -musitó contra mi oído mientras sentía como sus manos se ceñían en mi cintura apretándome contra su cuerpo.
No, aquello no era real. Sabía que no estaba allí no podía estarlo, él había desaparecido para siempre y tenía que lograr que desapareciese ahora de allí me costase lo que me costase.
- Vete -dije lo más fría que pude-, vete Robert no te quiero volver a ver.. déjame en paz. Sal de mi mente.
Sus manos se posaron sobre mis costados y me giró con brusquedad haciendo que mirase sus ojos azules aquellos que habían conseguido tan solo una vez hacer que pensase que en realidad la vida valía la pena si conocías a alguien a quien le importases.
- Yo no decidí meterme, tú me has metido en tu mente, si me estás viendo es porque lo deseas. Sé sincera contigo misma, no quieres sacarme de tu vida. Eso es lo último que ansías pero no me lo dijiste y por eso no soy yo el que ahora está aquí contigo diciéndote que me quedaré pase lo que pase -susurró mirándome fijamente para que no me perdiese de esa manera ni una sola de sus palabras aunque le hubiese escuchado de la misma manera.
- Tú no sabes lo que quiero o lo que no, y si estás aquí es porque has sido el único que se ha preocupado por mí, el único que ha estado cuando me sentía sola, tan sola como nunca me he sentido... -dije mientras apretaba mis puños-. Pero te fuiste y ahora ya no me importas.. ahora vete.
Él respiró hondo y se separó de mí para mirarme mejor.
- Si eso es lo que quieres es lo que haré... -musitó.
Segundos después desaparecía de delante de mí y sin aguantar más me deslicé por la pared que estaba a mi espalda hasta quedar sentada en el suelo sujetándome la cabeza.
¿Acaso el dolor no terminaría nunca?
Mi
camino hasta ti
Capítulo 41. El poder de ella
Aquella alucinación había sido la más dolorosa de mi vida. Suspiré e intenté serenarme ya que mi corazón comenzaba a ir a mil por hora de nuevo.
Me detesto. Odio que pueda pasarme todo esto. Destruyo lo poco que avanzo en tan solo unos segundos. Suspiré de nuevo intentando llenar mis pulmones con un maravilloso aire que ojalá fuese puro.
En ese momento el dolor de cabeza fue en aumento. Las luces de la habitación comenzaron a centellear y después terminaron por apagarse por completo.
Me abracé fuerte las piernas intentando controlarme. Era solo un apagón, tan solo sería eso y nada más. La oscuridad rara vez conseguía alterarme tanto pero estaba claro que algo dentro de mí sabía que aquel había sido el principio del fin. Comenzaría otra vez a sentir la presión en mi pecho y el sufrimiento sería aún mayor que muchísimo antes.
Volvía a sentirme aún más sola que antes. En mi pecho la angustia se hacía patente y la oscuridad no ayudaba mucho a que me sintiese en compañía pero al final resultaba que jamás me conseguía sentir en compañía aunque estuviese en medio de muchísima gente. En realidad no era eso del todo cierto, con Robert si me sentía en compañía, comprendía que aquella agradable sensación de la que todos hablaban existía y no era inventada.
Poco tiempo más pude pensar ya que me quedé paralizada al sentir como unas manos heladas comenzaban a reptar por mis piernas. Me quité las manos de la cara y abrí los ojos, nada podía ver pero la nivea piel de aquellas manos parecía hasta tener luz propia.
Me agarraron con fuerza las piernas y no supe ni como aparecieron otras manos que con la misma brutalidad pegaron mis brazos contra la pared pero la helada piel no solo se quedó ahí sino que también me tapo la boca evitando por completo toda posibilidad de grito o chillido por mi parte.
Mi cuerpo estaba completamente entumecido y no habría podido aunque hubiese querido resistirme a aquella horrible trampa.
En el otro extremo de la habitación comencé a sentir una respiración y la temperatura de la habitación descendió como nunca. A mi alrededor había muchos vahos distintos que me dieron a entender que aquellas manos no salían de la nada sino que tenían sus dueños.
Sentía deseos de llorar pero no podía hacerlo por propio orgullo. Sabía que ella estaba detrás de todo esto. Ella intentaba intimidarme para que le diese la respuesta afirmativa que había deseado darle.
Al fondo de la habitación un vaho aparecía y desaparecía rápidamente y supe que era ella escondiéndose entre las sombras como era su fea costumbre. No podía chillarle que diese la cara porque aquellas heladas manos me lo impedían.
- ¿Aún estás considerando mi propuesta como posible? -dijo con aquella voz tan desagradable que hizo que toda mi piel se pusiese de gallina.
Gruñí un poco intentando que aquellas manos asquerosamente heladas me soltasen. Empecé a forcejear pero ninguna de ellas cedieron, parecían hechas de puro mármol.
Asentí como pude ya que ahora habían pegado mi cabeza por completo a la pared para que me moviese lo menos posible.
Aquello comenzaba a aterrorizar de verdad. Ahora sentía todo muchísimo más como si fuese real. Me dolía la manera en la que aquellas gélidas manos me agarraban con todas sus fuerzas y sentía como poco a poco se ceñían mucho más sobre mis articulaciones haciendo que sintiese dolor, verdadero dolor como si de verdad alguien las estuviese apretando.
¿Podría una alucinación conseguir romperme algún hueso? Quizá sí si yo le daba ese poder.
Entonces mordí una de aquellas manos y la luz se encendió rápidamente. Una de las enfermeras entró en mi habitación mientras que intentaba controlar mi respiración que por el terror estaba aceleradísima.
- Lucía, ¿estás bien? ¿Estás muy pálida? -preguntó la mujer.
- Sí...estoy bien -musité mientras me levantaba como podía del suelo.
Me dirigí medio tambaleándome hasta la cama sintiendo adoloridas todas mis articulaciones y me tumbé en ella.
El cansancio estaba llamando de nuevo a mi puerta y no me extrañaba ya que me estaba agotando por completo psicológicamente con todo lo que estaba sucediendo.
Capítulo 41. El poder de ella
Aquella alucinación había sido la más dolorosa de mi vida. Suspiré e intenté serenarme ya que mi corazón comenzaba a ir a mil por hora de nuevo.
Me detesto. Odio que pueda pasarme todo esto. Destruyo lo poco que avanzo en tan solo unos segundos. Suspiré de nuevo intentando llenar mis pulmones con un maravilloso aire que ojalá fuese puro.
En ese momento el dolor de cabeza fue en aumento. Las luces de la habitación comenzaron a centellear y después terminaron por apagarse por completo.
Me abracé fuerte las piernas intentando controlarme. Era solo un apagón, tan solo sería eso y nada más. La oscuridad rara vez conseguía alterarme tanto pero estaba claro que algo dentro de mí sabía que aquel había sido el principio del fin. Comenzaría otra vez a sentir la presión en mi pecho y el sufrimiento sería aún mayor que muchísimo antes.
Volvía a sentirme aún más sola que antes. En mi pecho la angustia se hacía patente y la oscuridad no ayudaba mucho a que me sintiese en compañía pero al final resultaba que jamás me conseguía sentir en compañía aunque estuviese en medio de muchísima gente. En realidad no era eso del todo cierto, con Robert si me sentía en compañía, comprendía que aquella agradable sensación de la que todos hablaban existía y no era inventada.
Poco tiempo más pude pensar ya que me quedé paralizada al sentir como unas manos heladas comenzaban a reptar por mis piernas. Me quité las manos de la cara y abrí los ojos, nada podía ver pero la nivea piel de aquellas manos parecía hasta tener luz propia.
Me agarraron con fuerza las piernas y no supe ni como aparecieron otras manos que con la misma brutalidad pegaron mis brazos contra la pared pero la helada piel no solo se quedó ahí sino que también me tapo la boca evitando por completo toda posibilidad de grito o chillido por mi parte.
Mi cuerpo estaba completamente entumecido y no habría podido aunque hubiese querido resistirme a aquella horrible trampa.
En el otro extremo de la habitación comencé a sentir una respiración y la temperatura de la habitación descendió como nunca. A mi alrededor había muchos vahos distintos que me dieron a entender que aquellas manos no salían de la nada sino que tenían sus dueños.
Sentía deseos de llorar pero no podía hacerlo por propio orgullo. Sabía que ella estaba detrás de todo esto. Ella intentaba intimidarme para que le diese la respuesta afirmativa que había deseado darle.
Al fondo de la habitación un vaho aparecía y desaparecía rápidamente y supe que era ella escondiéndose entre las sombras como era su fea costumbre. No podía chillarle que diese la cara porque aquellas heladas manos me lo impedían.
- ¿Aún estás considerando mi propuesta como posible? -dijo con aquella voz tan desagradable que hizo que toda mi piel se pusiese de gallina.
Gruñí un poco intentando que aquellas manos asquerosamente heladas me soltasen. Empecé a forcejear pero ninguna de ellas cedieron, parecían hechas de puro mármol.
Asentí como pude ya que ahora habían pegado mi cabeza por completo a la pared para que me moviese lo menos posible.
Aquello comenzaba a aterrorizar de verdad. Ahora sentía todo muchísimo más como si fuese real. Me dolía la manera en la que aquellas gélidas manos me agarraban con todas sus fuerzas y sentía como poco a poco se ceñían mucho más sobre mis articulaciones haciendo que sintiese dolor, verdadero dolor como si de verdad alguien las estuviese apretando.
¿Podría una alucinación conseguir romperme algún hueso? Quizá sí si yo le daba ese poder.
Entonces mordí una de aquellas manos y la luz se encendió rápidamente. Una de las enfermeras entró en mi habitación mientras que intentaba controlar mi respiración que por el terror estaba aceleradísima.
- Lucía, ¿estás bien? ¿Estás muy pálida? -preguntó la mujer.
- Sí...estoy bien -musité mientras me levantaba como podía del suelo.
Me dirigí medio tambaleándome hasta la cama sintiendo adoloridas todas mis articulaciones y me tumbé en ella.
El cansancio estaba llamando de nuevo a mi puerta y no me extrañaba ya que me estaba agotando por completo psicológicamente con todo lo que estaba sucediendo.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 42. De mi mente al papel
Pude despertarme unas horas después. Parecía que el agotamiento había remitido pero el intenso pánico, el frío que de aquellas manos y las intensas ganas de llorar aún seguían en mí, aún las sentía. Me acechaban.
No descasaba últimamente bien pero pensaba que era suficiente ya que podía seguir despertándome sin problemas. En ocasiones hasta pasaba las noches en vela pensando o tarareando una canción para no encontrarme peor de lo que ya me encontraba.
Me mordí mi labio inferior intentando contener las lágrimas que quería ser libres de la trampa de mi lacrimal pero no se lo permitiría.
Supuse que necesitaba desahogarme un poco y no tenía a nadie conmigo para que pudiese contarle lo que me estaba sucediendo y para ser exactos no se lo explicaría en realidad. Me quedaría mirando a otro lugar mientras mi mente si chillaba lo que me pasaba pero obviamente no tengo la suerte de tener telepatía con absolutamente nadie.
Estiré mi brazo y tomé las páginas del diario junto al bolígrafo barato que ya comenzaba a carecer un poco de tinta pero si eso sucedía pediría otro ya que así conseguía al menos relajarme unos segundos.
¿Puede alguien perder la locura si no descansa lo necesario? Todo lo que me está sucediendo, día y noche esta consiguiendo transtornarme. Jamás conseguiré olvidarlo y todo porque es lo más doloroso que he vivido nunca.
¿Cómo me siento? Creo estar en medio de una continua batalla a mil bandas pero con un único objetivo: mi autodestrucción.
No tengo nada que me consiga distraer, que sea capaz de parar a esa otra personalidad que intenta salir a la superficie por medio de tormentos.
Si sigue así quizá le conceda su deseo y le dé plena libertad a que haga lo que le plazca. ¿Alguien perdería si yo decidiese eso? Puede que solamente yo. ¿Pero en realidad perdería? ¡Dios! ¿Hasta que punto puede llegar mi soberana estupidez? Pues claro que perdería, yo sería la única que diría adiós a lo que es suyo, mandaría mi vida a la basura si dejo que en su afán de poderío aquella torturadora nata consiga su propósito.
He de ser fuerte aunque siento como cada día las fuerzas me fallan un poco más que el día anterior. Necesito algo donde apoyarme y sentir que si me quedo en el apoyo un tiempo no ocurrirá nada o que ese apoyo no desaparecerá nunca.
Aún me reprocho día y noche por haber sido débil, por admitir una parte de lo que en mí sucede, por haber llorado delante de alguien y que esa persona diese por sentado que debía estar aquí, en este lugar donde quizá me sienta un poco más segura pero está claro que si yo misma soy mi peor enemiga jamás estaré segura en ningún lugar.
Ello me lleva a plantearme tantísimas veces un plan final.. un adiós definitivo a todo para jamás volver.
¿Qué hay detrás de la muerte? No suele asustarme, no puede ser peor de lo que tengo en vida y quizá haya llegado el momento en que lo descubra, en que diga adiós a todo lo que me hace daño y tan solo reciba una mejor "vida" de la que ahora tengo pero si no hay nada tras el repentino abrazo de la parca... ¿por qué preocuparse? Eso sería aún mejor.
Yo soñé que algún día sería alguien en este mundo, que me querrían por lo que soy y no por lo que tenga o pueda dar pero esas fantasías son como las que tienen las niñas pequeñas que quieren ser princesas en un castillo donde estén encerradas para que su príncipe azul aparezca.
Los príncipes azules no existen, las princesas rosas tampoco, las casas de caramelo hace mucho que fueron comidas y los dragones años que se extinguieron. Es mejor poner los pies en la tierra y darse cuenta que en ocasiones lo obvio puede ser lo mejor o a veces el camino más fácil sea el indicado.
No sé cuando tendré valor para hacer lo que mi mente planea pero sé que lo haré. No tengo nada porqué luchar y el destino no juega en mi favor en ningún momento. Es más haré hasta un favor ya que sin mí habrá en el mundo una preocupación menos...
Sí, así es. No puedo no pensar en mi propia muerte cuando ya no tengo ni fuerzas para seguir viva. Puede que el destino sea eso lo que me tiene predestinado y por esa misma razón mi vida es tan dura porque ya no debería estar aquí.
Suspiré y miré hacia la ventana esperando que el nudo que tenía en mi garganta se deshiciese para así no derramar ni una lágrima por la idea de tener que marcharme.
Capítulo 42. De mi mente al papel
Pude despertarme unas horas después. Parecía que el agotamiento había remitido pero el intenso pánico, el frío que de aquellas manos y las intensas ganas de llorar aún seguían en mí, aún las sentía. Me acechaban.
No descasaba últimamente bien pero pensaba que era suficiente ya que podía seguir despertándome sin problemas. En ocasiones hasta pasaba las noches en vela pensando o tarareando una canción para no encontrarme peor de lo que ya me encontraba.
Me mordí mi labio inferior intentando contener las lágrimas que quería ser libres de la trampa de mi lacrimal pero no se lo permitiría.
Supuse que necesitaba desahogarme un poco y no tenía a nadie conmigo para que pudiese contarle lo que me estaba sucediendo y para ser exactos no se lo explicaría en realidad. Me quedaría mirando a otro lugar mientras mi mente si chillaba lo que me pasaba pero obviamente no tengo la suerte de tener telepatía con absolutamente nadie.
Estiré mi brazo y tomé las páginas del diario junto al bolígrafo barato que ya comenzaba a carecer un poco de tinta pero si eso sucedía pediría otro ya que así conseguía al menos relajarme unos segundos.
¿Puede alguien perder la locura si no descansa lo necesario? Todo lo que me está sucediendo, día y noche esta consiguiendo transtornarme. Jamás conseguiré olvidarlo y todo porque es lo más doloroso que he vivido nunca.
¿Cómo me siento? Creo estar en medio de una continua batalla a mil bandas pero con un único objetivo: mi autodestrucción.
No tengo nada que me consiga distraer, que sea capaz de parar a esa otra personalidad que intenta salir a la superficie por medio de tormentos.
Si sigue así quizá le conceda su deseo y le dé plena libertad a que haga lo que le plazca. ¿Alguien perdería si yo decidiese eso? Puede que solamente yo. ¿Pero en realidad perdería? ¡Dios! ¿Hasta que punto puede llegar mi soberana estupidez? Pues claro que perdería, yo sería la única que diría adiós a lo que es suyo, mandaría mi vida a la basura si dejo que en su afán de poderío aquella torturadora nata consiga su propósito.
He de ser fuerte aunque siento como cada día las fuerzas me fallan un poco más que el día anterior. Necesito algo donde apoyarme y sentir que si me quedo en el apoyo un tiempo no ocurrirá nada o que ese apoyo no desaparecerá nunca.
Aún me reprocho día y noche por haber sido débil, por admitir una parte de lo que en mí sucede, por haber llorado delante de alguien y que esa persona diese por sentado que debía estar aquí, en este lugar donde quizá me sienta un poco más segura pero está claro que si yo misma soy mi peor enemiga jamás estaré segura en ningún lugar.
Ello me lleva a plantearme tantísimas veces un plan final.. un adiós definitivo a todo para jamás volver.
¿Qué hay detrás de la muerte? No suele asustarme, no puede ser peor de lo que tengo en vida y quizá haya llegado el momento en que lo descubra, en que diga adiós a todo lo que me hace daño y tan solo reciba una mejor "vida" de la que ahora tengo pero si no hay nada tras el repentino abrazo de la parca... ¿por qué preocuparse? Eso sería aún mejor.
Yo soñé que algún día sería alguien en este mundo, que me querrían por lo que soy y no por lo que tenga o pueda dar pero esas fantasías son como las que tienen las niñas pequeñas que quieren ser princesas en un castillo donde estén encerradas para que su príncipe azul aparezca.
Los príncipes azules no existen, las princesas rosas tampoco, las casas de caramelo hace mucho que fueron comidas y los dragones años que se extinguieron. Es mejor poner los pies en la tierra y darse cuenta que en ocasiones lo obvio puede ser lo mejor o a veces el camino más fácil sea el indicado.
No sé cuando tendré valor para hacer lo que mi mente planea pero sé que lo haré. No tengo nada porqué luchar y el destino no juega en mi favor en ningún momento. Es más haré hasta un favor ya que sin mí habrá en el mundo una preocupación menos...
Sí, así es. No puedo no pensar en mi propia muerte cuando ya no tengo ni fuerzas para seguir viva. Puede que el destino sea eso lo que me tiene predestinado y por esa misma razón mi vida es tan dura porque ya no debería estar aquí.
Suspiré y miré hacia la ventana esperando que el nudo que tenía en mi garganta se deshiciese para así no derramar ni una lágrima por la idea de tener que marcharme.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 43. ¿Hay más ella en mí que yo?
Allí encerrada, nada podía servirme para que realizase aquella tarea para lo que parecía haber sido encomendada. Todo estaba perfectamente planeado para que no pudiese hacer nada salvo estar en la cama tranquila, tumbada mirando la nada pero yo no podía hacer aquello.
Había llegado el momento en que sabía que debía dejarme llevar por lo que siempre había hecho en mi vida. Si nadie sabía como me encontraba de verdad lo más seguro es que saliese de allí. Podía intentar fingir una sonrisa aunque no me llegase a los ojos, podía hablar aunque fuese de tonterías sin importancia que maquillasen por completo todo lo que me sucedía. Si yo daba pistas para que alguien viese algo que yo quería que observase lo haría sin ni siquiera percatarse que cae en una trampa sabiamente elaborada por la perversión de mi mente.
¿Sería eso lo correcto? ¿Aquello era lo que debía hacer? No estaba segura. Todos mis pensamientos intentaban tramar un plan que más parecía de ella que mío.
¿Hasta que punto había entrado en mí? Obviamente ella siempre ha estado en mi interior por lo que aquella pregunta no tiene ningún sentido.
¿Hasta que punto ella controla mi mente más de lo que la controlo yo? Eso estaba mucho mejor expresado.
Nunca había pensado que podría sentir como una lucha interna entre dos partes de una misma. Sí, una simple guerrilla en alguna decisión podía ser normal pero aquello no. Era como tener otra personalidad, como tener tu propia antítesis que además de ser todo lo contrario a ti te detesta con toda su alma.
¿No podía dejar de pensar ni un solo segundo? No quería, no lo deseaba. Odiaba pensar, meditar sobre todo lo que en mi vida estaba pasando. Era realmente horrible saber todo esto, intentar conocer los porqués de todo y descubrir que todos llevan a que necesito ayuda pero no sé pedirla, no puedo pedirla porque algo en mi interior me impide hacerlo.
Puede que sea más orgullosa de lo que creo que soy, nunca se sabe que es lo que en realidad escondes y además los secretos que en tu ser se vuelven completamente oscuros para ti.
Mi corazón latía por primera vez a un ritmo normal y mi respiración iba acompasada con los continuos bombeos de sangre.
Necesitaba en ese instante solo una cosa. Quería uno de sus abrazos, sentir su respiración a mi lado y escuchar los latidos de su corazón para poder relajarme.
¿Por qué se había ido? No era justo. Yo misma le había espantado y tenía razón la otra parte de mí diciéndome que siempre estaría sola porque además hacía todo lo posible porque la relación jamás se estrechase.
Me pregunto hasta que grado soy yo la que consigo que todos no quieran acercarse o me dejo llevar por estúpidos miedos que se apoderan de mí como si no tuviese voluntad propia.
¿Me había acostumbrado a la comodidad? Era más "cómodo" no luchar contra aquello que te asusta pero al final siempre llevaba aquello consigo mi sufrimiento o frustración. ¿Por qué siempre terminaba dañándome? Una parte de mí era masoquista o realmente deseaba mi final o un dolor inmenso y continuo.
Mi cuerpo necesitaba un poco de descanso. No cabía en mí de la ansiedad y la tensión que tenía en ese mismo instante. Debía permanecer alerta para intentar saber cuando ella comenzaba a controlarme y llevarme a un mundo completamente extraño. Ella tendía a apoderarse de mi cuerpo en el momento que no era consciente de que divagaba por extraños lugares de mi mente en los que realmente me perdía para intentar comprender algunas como actuaba en determinadas situaciones, buscar los porqués de que me encontrase en aquel continuo martirio.
Suspiré profundamente mientras me concentraba en una mancha que había en el techo quizá así conseguiría que nada ocurriese salvo que estuviese concentrada en aquella figura que había formado la humedad en la pintura plástica del techado.
Capítulo 43. ¿Hay más ella en mí que yo?
Allí encerrada, nada podía servirme para que realizase aquella tarea para lo que parecía haber sido encomendada. Todo estaba perfectamente planeado para que no pudiese hacer nada salvo estar en la cama tranquila, tumbada mirando la nada pero yo no podía hacer aquello.
Había llegado el momento en que sabía que debía dejarme llevar por lo que siempre había hecho en mi vida. Si nadie sabía como me encontraba de verdad lo más seguro es que saliese de allí. Podía intentar fingir una sonrisa aunque no me llegase a los ojos, podía hablar aunque fuese de tonterías sin importancia que maquillasen por completo todo lo que me sucedía. Si yo daba pistas para que alguien viese algo que yo quería que observase lo haría sin ni siquiera percatarse que cae en una trampa sabiamente elaborada por la perversión de mi mente.
¿Sería eso lo correcto? ¿Aquello era lo que debía hacer? No estaba segura. Todos mis pensamientos intentaban tramar un plan que más parecía de ella que mío.
¿Hasta que punto había entrado en mí? Obviamente ella siempre ha estado en mi interior por lo que aquella pregunta no tiene ningún sentido.
¿Hasta que punto ella controla mi mente más de lo que la controlo yo? Eso estaba mucho mejor expresado.
Nunca había pensado que podría sentir como una lucha interna entre dos partes de una misma. Sí, una simple guerrilla en alguna decisión podía ser normal pero aquello no. Era como tener otra personalidad, como tener tu propia antítesis que además de ser todo lo contrario a ti te detesta con toda su alma.
¿No podía dejar de pensar ni un solo segundo? No quería, no lo deseaba. Odiaba pensar, meditar sobre todo lo que en mi vida estaba pasando. Era realmente horrible saber todo esto, intentar conocer los porqués de todo y descubrir que todos llevan a que necesito ayuda pero no sé pedirla, no puedo pedirla porque algo en mi interior me impide hacerlo.
Puede que sea más orgullosa de lo que creo que soy, nunca se sabe que es lo que en realidad escondes y además los secretos que en tu ser se vuelven completamente oscuros para ti.
Mi corazón latía por primera vez a un ritmo normal y mi respiración iba acompasada con los continuos bombeos de sangre.
Necesitaba en ese instante solo una cosa. Quería uno de sus abrazos, sentir su respiración a mi lado y escuchar los latidos de su corazón para poder relajarme.
¿Por qué se había ido? No era justo. Yo misma le había espantado y tenía razón la otra parte de mí diciéndome que siempre estaría sola porque además hacía todo lo posible porque la relación jamás se estrechase.
Me pregunto hasta que grado soy yo la que consigo que todos no quieran acercarse o me dejo llevar por estúpidos miedos que se apoderan de mí como si no tuviese voluntad propia.
¿Me había acostumbrado a la comodidad? Era más "cómodo" no luchar contra aquello que te asusta pero al final siempre llevaba aquello consigo mi sufrimiento o frustración. ¿Por qué siempre terminaba dañándome? Una parte de mí era masoquista o realmente deseaba mi final o un dolor inmenso y continuo.
Mi cuerpo necesitaba un poco de descanso. No cabía en mí de la ansiedad y la tensión que tenía en ese mismo instante. Debía permanecer alerta para intentar saber cuando ella comenzaba a controlarme y llevarme a un mundo completamente extraño. Ella tendía a apoderarse de mi cuerpo en el momento que no era consciente de que divagaba por extraños lugares de mi mente en los que realmente me perdía para intentar comprender algunas como actuaba en determinadas situaciones, buscar los porqués de que me encontrase en aquel continuo martirio.
Suspiré profundamente mientras me concentraba en una mancha que había en el techo quizá así conseguiría que nada ocurriese salvo que estuviese concentrada en aquella figura que había formado la humedad en la pintura plástica del techado.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 44. Recuerdo
Cerré mis ojos e intenté pensar en blanco. Mi mente parecía estar vacía de todo pensamiento posible y eso me gustaba. Poco a poco unas formas extrañas me inquietaron pero me limité a observarlas, no parecía ocurrir nada. Tan solo eran sombras que se formaban en mi mente con los ojos cerrados, nada por lo que preocuparse.
En ese preciso momento comencé a escuchar muchas voces distintas, gritos y risas de niños pero como si estuviesen lejanas. ¿Qué estaba pasando?
Abrí los ojos y vi el patio de recreo en el que había jugado cuando estaba en el parvulario. Todo lleno de arena y con pequeños columpios en el centro que antes me parecían inmensos.
¿Cómo había llegado hasta allí?
- ¡Lucía! -gritaron detrás de mí e inmediatamente me giré para ver quién me estaba llamando.
Una niña con el pelo moreno y los ojos castaños se dirigía hacia mí. Pude reconocerla sin problema, era una amiga de la infancia. Sonreí al verla e hice ademán de ir saludarla pero en su lugar ella me atravesó y siguió caminando.
Me giré sin entenderlo. Quizá ella no me veía pero, ¿entonces porqué me había llamado? No me costó mucho comprenderlo.
- ¡Lucía! ¿Dónde estabas? Te estábamos esperando.. -dijo con una voz muy remilgada y me acerqué a ella.
Le estaba hablando a mi yo del pasado. Pude verme a mí con tan solo cuatro años sentada en la arena comiéndome el bocadillo que mi madre siempre me preparaba.
- No quiero jugar, siempre te enfadas conmigo -susurré a aquella niña.
- ¡Eso no es cierto pero como quieras! -me chilló y se dio la vuelta dándome un coletazo en toda la cara.
Puse mi mano sobre mi pecho al ver la cara que ponía de puro sufrimiento mi pequeña yo. ¿Cómo había controlado aquel dolor sin limitarme a llorar? Vi como me mordía el labio inferior y miraba hacia todos los niños que estaban allí jugando.
Me senté al lado de mi pequeña yo mientras ella comenzaba a derramar unas pocas lágrimas. Aquello me dolía. Desde entonces me había sentido sola, tan sola...
Día tras día se repetía aquella misma situación. Alguien me chillaba o simplemente me quedaba apartada bajo los columpios intentando que nadie supiese que me dolía que nadie quisiese estar conmigo, que me molestaba que me gritasen y que me atormentaba sentirme una extraña en un mundo que no parecía hecho para mí.
Mi pequeña yo se secó las lágrimas y miraba el bocadillo que tenía entre mis diminutas manos.
- No tengo que llorar -musitaba muy bajito-. No quiero llorar.. solo quiero entrar en clase y después irme a casa. Queda poco para estar en casa...
La angustia que sentía aquella pequeña en su pecho podía sentirlo yo ahora. Deseaba abrazarla y decirla que al menos yo no la dejaría nunca. A mí siempre me iba a tener pero no tendría sentido que lo intentase.
Sus pequeños dedos se limitaron a escribir en la arena y a dibujar en ella algo que me resultó precioso contemplar pero en mí solo deseaba que alguien se acercase y diese a aquella pequeña el abrazo que pedía a gritos con su mirada.
- Si al menos tuviese una amiga...-susurró mientras las lágrimas volvían a recorrer sus mejillas.
En ese momento sus ojos se posaron sobre los míos como si supiese que yo estaba allí.
Desperté repentinamente. Me había quedado dormida. Mi corazón me iba a mil por hora por la sensación tan horrible de intensa impotencia. Quería mimarme. Solo yo sabía lo que en esos momento sentía porque para los demás parecía estar bien pero en mi interior sufría sin consuelo y ansiaba un abrazo, aquel abrazo que nunca llegaba donde me sintiese feliz, segura y a salvo de todo lo que pudiese lastimarme.
Mi mente era perversa. No quería recordar esos momentos, no quería volver a vivir con la misma intensidad aquella horrible angustia que en mi pequeño pecho había aparecido en su momento. Quería olvidar, dejar atrás y borrar mi pasado pero él siempre me perseguía. En ocasiones pensaba que hasta de manera premeditada como si de verdad me dijese que no deseaba algo pero para mí fuese la tortura de hacerlo realmente placentera o incluso como si ganase algo con ello. ¿Podía ganar algo con estar torturándome a cada segundo con mis recuerdos y pensamientos?
Capítulo 44. Recuerdo
Cerré mis ojos e intenté pensar en blanco. Mi mente parecía estar vacía de todo pensamiento posible y eso me gustaba. Poco a poco unas formas extrañas me inquietaron pero me limité a observarlas, no parecía ocurrir nada. Tan solo eran sombras que se formaban en mi mente con los ojos cerrados, nada por lo que preocuparse.
En ese preciso momento comencé a escuchar muchas voces distintas, gritos y risas de niños pero como si estuviesen lejanas. ¿Qué estaba pasando?
Abrí los ojos y vi el patio de recreo en el que había jugado cuando estaba en el parvulario. Todo lleno de arena y con pequeños columpios en el centro que antes me parecían inmensos.
¿Cómo había llegado hasta allí?
- ¡Lucía! -gritaron detrás de mí e inmediatamente me giré para ver quién me estaba llamando.
Una niña con el pelo moreno y los ojos castaños se dirigía hacia mí. Pude reconocerla sin problema, era una amiga de la infancia. Sonreí al verla e hice ademán de ir saludarla pero en su lugar ella me atravesó y siguió caminando.
Me giré sin entenderlo. Quizá ella no me veía pero, ¿entonces porqué me había llamado? No me costó mucho comprenderlo.
- ¡Lucía! ¿Dónde estabas? Te estábamos esperando.. -dijo con una voz muy remilgada y me acerqué a ella.
Le estaba hablando a mi yo del pasado. Pude verme a mí con tan solo cuatro años sentada en la arena comiéndome el bocadillo que mi madre siempre me preparaba.
- No quiero jugar, siempre te enfadas conmigo -susurré a aquella niña.
- ¡Eso no es cierto pero como quieras! -me chilló y se dio la vuelta dándome un coletazo en toda la cara.
Puse mi mano sobre mi pecho al ver la cara que ponía de puro sufrimiento mi pequeña yo. ¿Cómo había controlado aquel dolor sin limitarme a llorar? Vi como me mordía el labio inferior y miraba hacia todos los niños que estaban allí jugando.
Me senté al lado de mi pequeña yo mientras ella comenzaba a derramar unas pocas lágrimas. Aquello me dolía. Desde entonces me había sentido sola, tan sola...
Día tras día se repetía aquella misma situación. Alguien me chillaba o simplemente me quedaba apartada bajo los columpios intentando que nadie supiese que me dolía que nadie quisiese estar conmigo, que me molestaba que me gritasen y que me atormentaba sentirme una extraña en un mundo que no parecía hecho para mí.
Mi pequeña yo se secó las lágrimas y miraba el bocadillo que tenía entre mis diminutas manos.
- No tengo que llorar -musitaba muy bajito-. No quiero llorar.. solo quiero entrar en clase y después irme a casa. Queda poco para estar en casa...
La angustia que sentía aquella pequeña en su pecho podía sentirlo yo ahora. Deseaba abrazarla y decirla que al menos yo no la dejaría nunca. A mí siempre me iba a tener pero no tendría sentido que lo intentase.
Sus pequeños dedos se limitaron a escribir en la arena y a dibujar en ella algo que me resultó precioso contemplar pero en mí solo deseaba que alguien se acercase y diese a aquella pequeña el abrazo que pedía a gritos con su mirada.
- Si al menos tuviese una amiga...-susurró mientras las lágrimas volvían a recorrer sus mejillas.
En ese momento sus ojos se posaron sobre los míos como si supiese que yo estaba allí.
Desperté repentinamente. Me había quedado dormida. Mi corazón me iba a mil por hora por la sensación tan horrible de intensa impotencia. Quería mimarme. Solo yo sabía lo que en esos momento sentía porque para los demás parecía estar bien pero en mi interior sufría sin consuelo y ansiaba un abrazo, aquel abrazo que nunca llegaba donde me sintiese feliz, segura y a salvo de todo lo que pudiese lastimarme.
Mi mente era perversa. No quería recordar esos momentos, no quería volver a vivir con la misma intensidad aquella horrible angustia que en mi pequeño pecho había aparecido en su momento. Quería olvidar, dejar atrás y borrar mi pasado pero él siempre me perseguía. En ocasiones pensaba que hasta de manera premeditada como si de verdad me dijese que no deseaba algo pero para mí fuese la tortura de hacerlo realmente placentera o incluso como si ganase algo con ello. ¿Podía ganar algo con estar torturándome a cada segundo con mis recuerdos y pensamientos?
Mi
camino hasta ti
Capítulo 45. Conversación con "Robert"
Miré alrededor de mi habitación y ahí estaba. Los ojos azules que en mi interior deseaba encontrar otra vez en mi vida me observaban fijamente como si me hubiesen escuchado.
Me tensé rápidamente al observarlo. Era producto de mi imaginación, lo sabía pero lo necesitaba allí conmigo. Ansiaba poder preguntarle.
- ¿Por qué? -le dije rápidamente mientras él me miraba con intensidad como si de verdad estuviese allí conmigo.
Esperé ansiosa para escuchar de nuevo su voz. Sabía que sería un eco en mi cabeza pero la necesitaba. Con él había podido sentirme en compañía lejos de aquel oscuro pozo en el que estaba yo sola junto a ella, aquella odiosa que deseaba mi muerte.
- ¿Por qué qué? -contestó con otra pregunta Robert que se acercaba a mí y se sentaba a los pies de la cama.
- ¿Por qué te has ido? -musité mientras sentía como las cuencas de mis ojos se llenaban de lágrimas pero no las dejaría salir de eso al menos si estaba segura.
- No me queráis a tu lado...
- Tú te ibas a ir igual te dijese lo que te dijese -apreté mi mandíbula.
- ¿Cómo puedes estar tan segura de eso? -me miró con más intensidad y acarició lentamente mi mejilla con las yemas de sus dedos.
- Porque... porque estaba en tus planes, Robert. Tú te ibas a marchar.. Lo que aún no comprendo es porqué me besaste entonces, ¿por qué no te fuiste sin más? Me hubieses hecho menos daño -musité.
- Tuviste que decirme que te importo. Imagino que algo hubiese hecho si tú me demostrabas que sentías algo por mí o que era importante aunque solo fuese para darte un abrazo, Lucía pero solo recibí de ti rechazo -susurró mientras acariciaba lentamente mi pelo.
- No quería que te fueses pero el dolor de saber que aún besándome te irías me hizo reaccionar así.. No debiste hacerlo -suspiré y él puso mi frente contra la suya.
- Llevaba tanto tiempo deseando ese beso, Lucía... no podía irme sin dártelo. Necesitaba sentir la suavidad de tus labios contra los míos...
Le miré fijamente y me separé. No podía dejarme llevar por aquella alucinación que mi mente estaba generando.
- No eres real, eres un reflejo de mi mente. No, no puedo creer nada de lo que dices porque no sería cierto. No lo sería.. -me agarré la cabeza entre las manos.
- Lucía.. por favor -tomó mi rostro entre sus manos-. No sé ni como pero quiero, sé que quiero volver a verte, necesito hacerlo porque...
- ¡No! ¡No mientas! ¡No digas mentiras! Robert no siente nada por mí absolutamente nada y eso es lo único que debo saber. Se fue, me dejó porque no le importo, para él no soy nada, ni lo fui ni lo seré nunca -sentía como mis mejillas comenzaban a ser invadidas por las lágrimas traicioneras que demostraban el intenso dolor que en mi pecho gobernaba.
Los ojos azules de mi alucinación me miraron con tristeza y sus dedos intentaron secar mis mejillas sin éxito. Dejó un pequeño beso en mi frente y acarició mi pelo con mucho cuidado mientras sentía como iba perdiendo fuerza.
- Búscame en tu mente y vendré siempre que lo pidas -susurró-. Intenta tomarme como tu ayuda y no como un enemigo aunque sea producto de un delirio pero siempre será mejor que aquellos horribles momentos que pasas en compañía de ella. Búscame porque siempre estaré ansioso de salir y acurrucarte entre mis brazos como sé que desearía si estuviese de verdad a tu lado...
Le miré a los ojos mientras intentaba serenarme pero solo sentía ira por sus palabras.
- Jamás volveré a buscarte porque no quiero sentir ni una sola vez más como me abrazas y después desapareces. No eres real y no tengo que tener claro. Sé que algún día dejaré de ver todo esto y será el más maravilloso de toda mi vida -dije fríamente mientras mi corazón se oprimía.
En realidad no deseaba ver más ninguna de estas alucinaciones pero con la suya era diferente. Si quería verla para al menos así sentirle un poco más cerca porque ahora podía estar en cualquier parte del mundo y yo encerrada allí jamás podría cruzarme con él ni de casualidad.
Sus ojos con aún más tristeza dejaron de ser visibles en segundos mientras sentía como mi pecho se desgarraba por completo.
Capítulo 45. Conversación con "Robert"
Miré alrededor de mi habitación y ahí estaba. Los ojos azules que en mi interior deseaba encontrar otra vez en mi vida me observaban fijamente como si me hubiesen escuchado.
Me tensé rápidamente al observarlo. Era producto de mi imaginación, lo sabía pero lo necesitaba allí conmigo. Ansiaba poder preguntarle.
- ¿Por qué? -le dije rápidamente mientras él me miraba con intensidad como si de verdad estuviese allí conmigo.
Esperé ansiosa para escuchar de nuevo su voz. Sabía que sería un eco en mi cabeza pero la necesitaba. Con él había podido sentirme en compañía lejos de aquel oscuro pozo en el que estaba yo sola junto a ella, aquella odiosa que deseaba mi muerte.
- ¿Por qué qué? -contestó con otra pregunta Robert que se acercaba a mí y se sentaba a los pies de la cama.
- ¿Por qué te has ido? -musité mientras sentía como las cuencas de mis ojos se llenaban de lágrimas pero no las dejaría salir de eso al menos si estaba segura.
- No me queráis a tu lado...
- Tú te ibas a ir igual te dijese lo que te dijese -apreté mi mandíbula.
- ¿Cómo puedes estar tan segura de eso? -me miró con más intensidad y acarició lentamente mi mejilla con las yemas de sus dedos.
- Porque... porque estaba en tus planes, Robert. Tú te ibas a marchar.. Lo que aún no comprendo es porqué me besaste entonces, ¿por qué no te fuiste sin más? Me hubieses hecho menos daño -musité.
- Tuviste que decirme que te importo. Imagino que algo hubiese hecho si tú me demostrabas que sentías algo por mí o que era importante aunque solo fuese para darte un abrazo, Lucía pero solo recibí de ti rechazo -susurró mientras acariciaba lentamente mi pelo.
- No quería que te fueses pero el dolor de saber que aún besándome te irías me hizo reaccionar así.. No debiste hacerlo -suspiré y él puso mi frente contra la suya.
- Llevaba tanto tiempo deseando ese beso, Lucía... no podía irme sin dártelo. Necesitaba sentir la suavidad de tus labios contra los míos...
Le miré fijamente y me separé. No podía dejarme llevar por aquella alucinación que mi mente estaba generando.
- No eres real, eres un reflejo de mi mente. No, no puedo creer nada de lo que dices porque no sería cierto. No lo sería.. -me agarré la cabeza entre las manos.
- Lucía.. por favor -tomó mi rostro entre sus manos-. No sé ni como pero quiero, sé que quiero volver a verte, necesito hacerlo porque...
- ¡No! ¡No mientas! ¡No digas mentiras! Robert no siente nada por mí absolutamente nada y eso es lo único que debo saber. Se fue, me dejó porque no le importo, para él no soy nada, ni lo fui ni lo seré nunca -sentía como mis mejillas comenzaban a ser invadidas por las lágrimas traicioneras que demostraban el intenso dolor que en mi pecho gobernaba.
Los ojos azules de mi alucinación me miraron con tristeza y sus dedos intentaron secar mis mejillas sin éxito. Dejó un pequeño beso en mi frente y acarició mi pelo con mucho cuidado mientras sentía como iba perdiendo fuerza.
- Búscame en tu mente y vendré siempre que lo pidas -susurró-. Intenta tomarme como tu ayuda y no como un enemigo aunque sea producto de un delirio pero siempre será mejor que aquellos horribles momentos que pasas en compañía de ella. Búscame porque siempre estaré ansioso de salir y acurrucarte entre mis brazos como sé que desearía si estuviese de verdad a tu lado...
Le miré a los ojos mientras intentaba serenarme pero solo sentía ira por sus palabras.
- Jamás volveré a buscarte porque no quiero sentir ni una sola vez más como me abrazas y después desapareces. No eres real y no tengo que tener claro. Sé que algún día dejaré de ver todo esto y será el más maravilloso de toda mi vida -dije fríamente mientras mi corazón se oprimía.
En realidad no deseaba ver más ninguna de estas alucinaciones pero con la suya era diferente. Si quería verla para al menos así sentirle un poco más cerca porque ahora podía estar en cualquier parte del mundo y yo encerrada allí jamás podría cruzarme con él ni de casualidad.
Sus ojos con aún más tristeza dejaron de ser visibles en segundos mientras sentía como mi pecho se desgarraba por completo.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 46. El ir y venir de mi mente
Para ser sincera conmigo misma desconozco los motivos que han llevado a todas las personas de mi vida a sentir algún determinado sentimiento por mí.
En algún momento juro que he intentado ser amable. He intentado comprender los motivos que podían llevar a alguien a quererme pero por mucho que lo meditaba comprendía que podía ser imposible.
Nadie podía quererme porque yo muchas veces dudaba si hacía algo porque fuese así, por ser aceptada por ser respetada... aunque no para todos es lo mismo y para mí tampoco.
En cierta manera tengo una forma muy peculiar de buscar el cariño. Lo he buscado toda la vida en lo que hago y no en lo que soy, en lo que puedo aportar a alguien o a algo sino en lo que puedo hacer, lo que puedo demostrar con mis actos pero no con mis sentimientos y palabras.
Podía parecer una mujer de hielo y en el fondo consideraba que para los demás lo era. Ellos ven que no lloro, que les miro por encima del hombro, como si para mí todo lo que no fuese mi propia persona me importase poco pero no, no es así en absoluto.
Mi pecho se oprime con cada mala mirada que recibo, mis ojos se llenan de lágrimas con cada contestación pero la coraza que hace tanto tiempo decidí ponerme me hizo darme cuenta que los latidos del corazón, sentir como se resquebraja a cada segundo solo debe importarme a mí.
¿Tiendes a vivir en un mundo en el que todo son apariencias de estar bien, de ser feliz, de que todo te importe poco pero en realidad en tu interior sientes como poco a poco te vas consumiendo porque no eres capaz de hacer lo que deberías? Yo sí, y tantas veces que perdí la cuenta.
Día tras día miro el cielo y deseo que alguien pueda llegar a mi vida y luche por comprenderme, por estar a mi lado incansablemente pero llegó y se marchó.
¿De qué me servía tenerle a mi lado si no aproveché en absoluto el cariño que me dio? Me duele tanto recordar cuantas personas han pasado de largo en mi vida... Muchas de ellas dejaron su huella en mi corazón rompiéndolo un poco más de lo que ya estaba.
¿Alguna vez has sentido como los latidos de tu corazón te duelen como si te estuviesen clavando cuchillos? Desde hace años a mi me sucede eso. Mi cuerpo no sé como no se desangra ya por el intenso malestar que me suele ocasionar cada segundo que la sangre es bombeada por mis venas.
¿Por qué no me diste una vida buena? No era culpa de nadie. ¿Por qué quería engañarme a mi misma? Yo sola había llegado hasta allí por muchas decisiones que no sabía en su momento que me llevarían a aquella horrible situación.
¿Habrá alguna manera de disminuir el dolor que miles de veces siento en el día? Quizá la haya y no la encontré aún pero en muchas ocasiones la música me suele ayudar para dejar atrás por un instante los verdaderos problemas que hay en mi vida.
Aún recuerdo un cantautor que consigue hacerme vibrar con cada uno de los acordes que toca con su guitarra. Al fin y al cabo canta con el corazón como jamás había escuchado cantar. Desconozco por completo el nombre de aquel cantante ya que encontré sus canciones por casualidad y en ninguna de ellas aparecía pero sé que jamás olvidaré la manera que posee de cantar y hacer que cada centímetro de mi se sienta comprendido por sus palabras.
Dejé el bolígrafo a un lado mientras intentaba respirar. Sabía que había llegado el momento de recordar todo lo que me sucedió para poder intentar salir de aquella situación. Dolería y lo sabía. Dolería mucho pero tenía que hacerlo y aquel cuaderno me ayudaría a intentar describir con exactitud como fue mi vida, como llegué a donde llegué y si algún día tengo fuerza le pediré que a alguien que lo lea dándome su opinión.
Miré por la ventana. Sonreí un poco al imaginarme los ojos azules de Robert pasando por todas las líneas de estas páginas. Ojalá él pudiese ayudarme a salir de este lugar, de este pozo que hace tiempo comenzó a devorarme para no dejarme salir yo sola, dándome a entender con claridad que necesitaba ayuda, demasiada ayuda.
Capítulo 46. El ir y venir de mi mente
Para ser sincera conmigo misma desconozco los motivos que han llevado a todas las personas de mi vida a sentir algún determinado sentimiento por mí.
En algún momento juro que he intentado ser amable. He intentado comprender los motivos que podían llevar a alguien a quererme pero por mucho que lo meditaba comprendía que podía ser imposible.
Nadie podía quererme porque yo muchas veces dudaba si hacía algo porque fuese así, por ser aceptada por ser respetada... aunque no para todos es lo mismo y para mí tampoco.
En cierta manera tengo una forma muy peculiar de buscar el cariño. Lo he buscado toda la vida en lo que hago y no en lo que soy, en lo que puedo aportar a alguien o a algo sino en lo que puedo hacer, lo que puedo demostrar con mis actos pero no con mis sentimientos y palabras.
Podía parecer una mujer de hielo y en el fondo consideraba que para los demás lo era. Ellos ven que no lloro, que les miro por encima del hombro, como si para mí todo lo que no fuese mi propia persona me importase poco pero no, no es así en absoluto.
Mi pecho se oprime con cada mala mirada que recibo, mis ojos se llenan de lágrimas con cada contestación pero la coraza que hace tanto tiempo decidí ponerme me hizo darme cuenta que los latidos del corazón, sentir como se resquebraja a cada segundo solo debe importarme a mí.
¿Tiendes a vivir en un mundo en el que todo son apariencias de estar bien, de ser feliz, de que todo te importe poco pero en realidad en tu interior sientes como poco a poco te vas consumiendo porque no eres capaz de hacer lo que deberías? Yo sí, y tantas veces que perdí la cuenta.
Día tras día miro el cielo y deseo que alguien pueda llegar a mi vida y luche por comprenderme, por estar a mi lado incansablemente pero llegó y se marchó.
¿De qué me servía tenerle a mi lado si no aproveché en absoluto el cariño que me dio? Me duele tanto recordar cuantas personas han pasado de largo en mi vida... Muchas de ellas dejaron su huella en mi corazón rompiéndolo un poco más de lo que ya estaba.
¿Alguna vez has sentido como los latidos de tu corazón te duelen como si te estuviesen clavando cuchillos? Desde hace años a mi me sucede eso. Mi cuerpo no sé como no se desangra ya por el intenso malestar que me suele ocasionar cada segundo que la sangre es bombeada por mis venas.
¿Por qué no me diste una vida buena? No era culpa de nadie. ¿Por qué quería engañarme a mi misma? Yo sola había llegado hasta allí por muchas decisiones que no sabía en su momento que me llevarían a aquella horrible situación.
¿Habrá alguna manera de disminuir el dolor que miles de veces siento en el día? Quizá la haya y no la encontré aún pero en muchas ocasiones la música me suele ayudar para dejar atrás por un instante los verdaderos problemas que hay en mi vida.
Aún recuerdo un cantautor que consigue hacerme vibrar con cada uno de los acordes que toca con su guitarra. Al fin y al cabo canta con el corazón como jamás había escuchado cantar. Desconozco por completo el nombre de aquel cantante ya que encontré sus canciones por casualidad y en ninguna de ellas aparecía pero sé que jamás olvidaré la manera que posee de cantar y hacer que cada centímetro de mi se sienta comprendido por sus palabras.
Dejé el bolígrafo a un lado mientras intentaba respirar. Sabía que había llegado el momento de recordar todo lo que me sucedió para poder intentar salir de aquella situación. Dolería y lo sabía. Dolería mucho pero tenía que hacerlo y aquel cuaderno me ayudaría a intentar describir con exactitud como fue mi vida, como llegué a donde llegué y si algún día tengo fuerza le pediré que a alguien que lo lea dándome su opinión.
Miré por la ventana. Sonreí un poco al imaginarme los ojos azules de Robert pasando por todas las líneas de estas páginas. Ojalá él pudiese ayudarme a salir de este lugar, de este pozo que hace tiempo comenzó a devorarme para no dejarme salir yo sola, dándome a entender con claridad que necesitaba ayuda, demasiada ayuda.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 47. La advertencia de ella
Me senté en la cama. Me acababan de dar una buena noticia o al menos eso me parecía a mí. Me iba. Me iba de aquel lugar y volvía a casa. Al final regresaría a mi habitación y tendría todas mis cosas cerca de mí.
Dejaría atrás este lugar y olvidaría todo lo que había ocurrido en él. Sí, poner tierra de por medio es la mejor solución. Seguro que saliendo de allí encontraría fuerzas para volver a hacer todo lo que tenía que hacer y si no no le mostraría a nadie como me sentía. Jamás volvería a cometer de nuevo esa equivocación. Solo lo sabríamos mi diario y yo.
Con veinte años ya todo es diferente. Tus padres no vienen a recogerte sino que me tocaría ir sola. Menos mal que recordaba que cuando me ingresaron en mi monedero aún tenía aquel billete de cien dólares que me dieron por mi cumpleaños.
Fruncí mis labios hasta que los hice una línea. Me hubiese gustado que Robert me hubiese dicho la noticia junto a aquel doctor. Le extrañaba. ¿De qué me valía negármelo ya? Necesitaba verle. Quería ser solo su amiga nada más que eso pero necesitaba poder estar ahí entre sus brazos, notando su piel contra mi piel dándome su completo y absoluto calor.
Podía sentirme refugiada acurrucada en su pecho y como su cuerpo me hacía sentir segura sabiendo que a su lado nada me pasaría.
Suspiré y me intenté despejar. Me dolía de nuevo la cabeza pero ahora sentía una punzada aún más dolorosa en mi corazón.
En el momento que una lágrima cayó sobre mi mano las luces comenzaron a parpadear de nuevo. Sabía lo que significaba eso ella iba a aparecer intentando volver a darme el mayor susto de mi vida.
Una mano se acercaba a mi rostro y cerré los ojos para no ver a aquel rostro que aparecería delante de mí.
Fruncí mi ceño en el momento que sentí como esa helada mano me acariciaba la mejilla. Gruñí lentamente y me separé abriendo mis ojos como platos.
Delante de mi estaba Robert pero su mirada era muy diferente que en otras ocasiones cuando había aparecido delante de mí. Su rostro estaba excesivamente pálido y poseía unas ojeras que jamás le había visto.
Ver su rostro de esa manera me hizo sentir algo que jamás había sentido por nadie. Me invadió el remordimiento. Si estaba así había sido por mi culpa porque mi mente estaba jugando con su imagen. Sabía que el verdadero Robert estaría bien pero sentía una inmensa angustia por si por mi culpa algo le sucedía.
¿Ahora creía en ese tipo de cosas? ¿Me iba a embarcar en los malos augurios?
En ese preciso momento Robert se irguió y ella apareció a su lado. Ambos se abrazaron y se besaron como si hubiesen sido novios toda la vida. ¿Cómo era capaz de hacer eso? ¡No! Aquello si que no podía permitirlo. Ella no podía arrebatármelo. Él era la única persona que se había preocupado por mí no le quería con ella o enamorado de ella, le quería para mí, para que estuviese a mi lado en cada uno de los momentos más horribles de mi vida o en los más felices poco me importaba pero le quería para mí.
Dejaron de besarse mientras sentía como la ira me invadía por completo. Deseaba quitarla de mi vista, decirle que yo era la poderosa y que volviese a la jaula donde debió estar metida toda nuestra maldita vida.
La odiaba, era definitivo. Ella podía hacer lo que quería conmigo, con mi mente, con mis fantasías y me estaba ganando demasiadas veces la partida.
- ¿Comprendiste lo que quiero decirte? No consentiré que le cuentes a nadie nada. Tú no conseguirás ayuda de nadie y si la consigues juro que te arrepentirás porque sabes que puedo arrebatarte todo, absolutamente todo lo que yo quiera... Alejaré a lo único que te ha importado y te importará siempre, te dejaré de nuevo sola sin que nadie quiera verte, oírte, buscarte... te mostraré de nuevo tu querido pozo del que no dejaré que salgas nunca. Tú buscas mi final pues yo buscaré el tuyo.. -dijo furiosa mirándome fijamente a los ojos.
Me armé de valor y le respondí como pude.
- ¿No ves el fallo en tu plan? Con mi final también llega el tuyo pero con el tuyo no tiene necesariamente que llegar el mío. Si alguien puede ganar en esta batalla seré yo.. -murmuré.
- Pero me temo mi pequeña bobalicona que no tienes el suficiente valor para ganar ya que hace mucho yo controlo mucho más de ti que tú.. -sonrió suficiente-. Te deseo suerte en tu intento de remontada pero mientras piensa que día y noche puedo aparecer y hacer de tu vida un verdadero infierno.
Después de decir aquello las luces volvieron y me dejé caer en la cama. Estaba claro que no ganaría para disgustos.
Capítulo 47. La advertencia de ella
Me senté en la cama. Me acababan de dar una buena noticia o al menos eso me parecía a mí. Me iba. Me iba de aquel lugar y volvía a casa. Al final regresaría a mi habitación y tendría todas mis cosas cerca de mí.
Dejaría atrás este lugar y olvidaría todo lo que había ocurrido en él. Sí, poner tierra de por medio es la mejor solución. Seguro que saliendo de allí encontraría fuerzas para volver a hacer todo lo que tenía que hacer y si no no le mostraría a nadie como me sentía. Jamás volvería a cometer de nuevo esa equivocación. Solo lo sabríamos mi diario y yo.
Con veinte años ya todo es diferente. Tus padres no vienen a recogerte sino que me tocaría ir sola. Menos mal que recordaba que cuando me ingresaron en mi monedero aún tenía aquel billete de cien dólares que me dieron por mi cumpleaños.
Fruncí mis labios hasta que los hice una línea. Me hubiese gustado que Robert me hubiese dicho la noticia junto a aquel doctor. Le extrañaba. ¿De qué me valía negármelo ya? Necesitaba verle. Quería ser solo su amiga nada más que eso pero necesitaba poder estar ahí entre sus brazos, notando su piel contra mi piel dándome su completo y absoluto calor.
Podía sentirme refugiada acurrucada en su pecho y como su cuerpo me hacía sentir segura sabiendo que a su lado nada me pasaría.
Suspiré y me intenté despejar. Me dolía de nuevo la cabeza pero ahora sentía una punzada aún más dolorosa en mi corazón.
En el momento que una lágrima cayó sobre mi mano las luces comenzaron a parpadear de nuevo. Sabía lo que significaba eso ella iba a aparecer intentando volver a darme el mayor susto de mi vida.
Una mano se acercaba a mi rostro y cerré los ojos para no ver a aquel rostro que aparecería delante de mí.
Fruncí mi ceño en el momento que sentí como esa helada mano me acariciaba la mejilla. Gruñí lentamente y me separé abriendo mis ojos como platos.
Delante de mi estaba Robert pero su mirada era muy diferente que en otras ocasiones cuando había aparecido delante de mí. Su rostro estaba excesivamente pálido y poseía unas ojeras que jamás le había visto.
Ver su rostro de esa manera me hizo sentir algo que jamás había sentido por nadie. Me invadió el remordimiento. Si estaba así había sido por mi culpa porque mi mente estaba jugando con su imagen. Sabía que el verdadero Robert estaría bien pero sentía una inmensa angustia por si por mi culpa algo le sucedía.
¿Ahora creía en ese tipo de cosas? ¿Me iba a embarcar en los malos augurios?
En ese preciso momento Robert se irguió y ella apareció a su lado. Ambos se abrazaron y se besaron como si hubiesen sido novios toda la vida. ¿Cómo era capaz de hacer eso? ¡No! Aquello si que no podía permitirlo. Ella no podía arrebatármelo. Él era la única persona que se había preocupado por mí no le quería con ella o enamorado de ella, le quería para mí, para que estuviese a mi lado en cada uno de los momentos más horribles de mi vida o en los más felices poco me importaba pero le quería para mí.
Dejaron de besarse mientras sentía como la ira me invadía por completo. Deseaba quitarla de mi vista, decirle que yo era la poderosa y que volviese a la jaula donde debió estar metida toda nuestra maldita vida.
La odiaba, era definitivo. Ella podía hacer lo que quería conmigo, con mi mente, con mis fantasías y me estaba ganando demasiadas veces la partida.
- ¿Comprendiste lo que quiero decirte? No consentiré que le cuentes a nadie nada. Tú no conseguirás ayuda de nadie y si la consigues juro que te arrepentirás porque sabes que puedo arrebatarte todo, absolutamente todo lo que yo quiera... Alejaré a lo único que te ha importado y te importará siempre, te dejaré de nuevo sola sin que nadie quiera verte, oírte, buscarte... te mostraré de nuevo tu querido pozo del que no dejaré que salgas nunca. Tú buscas mi final pues yo buscaré el tuyo.. -dijo furiosa mirándome fijamente a los ojos.
Me armé de valor y le respondí como pude.
- ¿No ves el fallo en tu plan? Con mi final también llega el tuyo pero con el tuyo no tiene necesariamente que llegar el mío. Si alguien puede ganar en esta batalla seré yo.. -murmuré.
- Pero me temo mi pequeña bobalicona que no tienes el suficiente valor para ganar ya que hace mucho yo controlo mucho más de ti que tú.. -sonrió suficiente-. Te deseo suerte en tu intento de remontada pero mientras piensa que día y noche puedo aparecer y hacer de tu vida un verdadero infierno.
Después de decir aquello las luces volvieron y me dejé caer en la cama. Estaba claro que no ganaría para disgustos.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 48. La última noche
Me iba, al final mañana me iba de aquel odioso lugar. Volvería a mi casa y podría quedarme en ella todo el tiempo que desease pero sería un encierro voluntario y no lo que ahora tenía.
Necesitaba repasar todo lo que haría cuando me fuese de allí pero tenía tan poco planes. Volvería a mi vida normal, me intentaría poner al día pero dudaba que pudiese volver a clase. Sería complicado ir a la universidad después de tanto tiempo, no entendería nada pero obviamente dudaba de tener fuerzas para poder concentrarme y estudiar.
Cerré mis ojos mientras en mi mente hacía una lista de todo lo que no había hecho y ahora debía estar haciendo o ya debía estar superado.
Las amigas, los estudios... no tenía nada de lo que había planeado cuando aún era esa pequeña niña de cuatro años que anhelaba un intenso abrazo que jamás llegó y que en lugar de pedirlo lo que hizo fue demostrar como si no lo necesitase por lo que si en algún momento hubiese habido alguna posibilidad de recibirlo, ella misma lo había rechazo; es más lo llevaba rechazando toda mi vida.
Solamente recibí un abrazo en mucho tiempo sin pedirlo. Robert había sido el único que me había acunado en sus brazos, me había mimado como si fuese aquella pequeña niña asustadiza que en el fondo seguía siéndolo.
Debía aceptar lo obvio. Tenía miedo a todo lo que ocurría a mi alrededor pero a la vez tantos problemas me impedían superar el miedo que terminaba encerrándome volviendo el miedo aún más poderoso capaz de controlar por completo mi vida.
¿Qué parte de mí controlaba yo? Dejaba que mis decisiones siempre alimentasen a lo peor de mí, a aquello terminaba hundiendo más en mi pozo pero por mucho que me daba cuenta de ello no era capaz de cambiar lo situación.
Es fácil dejarse llevar por los temores, por los planes que tú ideas y crees como si vieses el futuro que saldrán mal. Sé que enfrentarse a la vida es de valientes y de cobardes quedarse en lo que pudo ser y no fue pero no tengo fuerzas de luchar contra lo que deseo.
Cada día y cada noche lucho contra mí misma millones de veces y contra miles de impulsos que siento. No me dejo llorar, no me dejo ganar en aquella batalla contra mi otro ser, no me dejo comportarme como realmente querría en muchas situaciones. Tengo que ser políticamente correcta hasta dentro de la locura. ¿De qué sirve? No lo sé pero siento que tengo y debo hacer determinadas acciones. Si no las hago castigarme por no hacerlas, por no dar una imagen, por no demostrar al mundo que estoy bien aunque por dentro día a día, minuto a minuto me esté muriendo de tristeza, que la soledad me embriague y mi mente se apodere de mi mundo.
No quiero que nadie sepa lo que me ocurre. A nadie debe importarle el porqué de mis alucinaciones. No necesito ayuda, no necesito a nadie. No es prepotencia es la verdad. ¿Por qué voy a necesitar a alguien cuando termino alejándole sin querer hacerlo? El sufrimiento que lleva la despedida después es demasiado grande para poder seguir sufriéndolo una y otra vez como si fuese un muñeca de plástico sin sentimientos.
Mejor sola, yo podría luchar aunque me quedase sin fuerzas, yo sería capaz de volver a enterrar los sentimientos que volvieron a flor de piel, yo conseguiría volver a vivir en un mundo donde puedo fingir absolutamente todo lo que quiero y donde nada ni nadie me importa para después, por las noches cuando esté sola, tirarme en la cama y llorar amargamente para descargar un poco de la angustia que azote mi alma.
Así es. Eso es lo único que pediría: tener un poco más de fuerzas y volver a esconder lo que jamás debió salir a la superficie.
Cuando terminé de pensar esto el cansancio me invadió por completo y me quedé dormida por última vez en aquella habitación.
Capítulo 48. La última noche
Me iba, al final mañana me iba de aquel odioso lugar. Volvería a mi casa y podría quedarme en ella todo el tiempo que desease pero sería un encierro voluntario y no lo que ahora tenía.
Necesitaba repasar todo lo que haría cuando me fuese de allí pero tenía tan poco planes. Volvería a mi vida normal, me intentaría poner al día pero dudaba que pudiese volver a clase. Sería complicado ir a la universidad después de tanto tiempo, no entendería nada pero obviamente dudaba de tener fuerzas para poder concentrarme y estudiar.
Cerré mis ojos mientras en mi mente hacía una lista de todo lo que no había hecho y ahora debía estar haciendo o ya debía estar superado.
Las amigas, los estudios... no tenía nada de lo que había planeado cuando aún era esa pequeña niña de cuatro años que anhelaba un intenso abrazo que jamás llegó y que en lugar de pedirlo lo que hizo fue demostrar como si no lo necesitase por lo que si en algún momento hubiese habido alguna posibilidad de recibirlo, ella misma lo había rechazo; es más lo llevaba rechazando toda mi vida.
Solamente recibí un abrazo en mucho tiempo sin pedirlo. Robert había sido el único que me había acunado en sus brazos, me había mimado como si fuese aquella pequeña niña asustadiza que en el fondo seguía siéndolo.
Debía aceptar lo obvio. Tenía miedo a todo lo que ocurría a mi alrededor pero a la vez tantos problemas me impedían superar el miedo que terminaba encerrándome volviendo el miedo aún más poderoso capaz de controlar por completo mi vida.
¿Qué parte de mí controlaba yo? Dejaba que mis decisiones siempre alimentasen a lo peor de mí, a aquello terminaba hundiendo más en mi pozo pero por mucho que me daba cuenta de ello no era capaz de cambiar lo situación.
Es fácil dejarse llevar por los temores, por los planes que tú ideas y crees como si vieses el futuro que saldrán mal. Sé que enfrentarse a la vida es de valientes y de cobardes quedarse en lo que pudo ser y no fue pero no tengo fuerzas de luchar contra lo que deseo.
Cada día y cada noche lucho contra mí misma millones de veces y contra miles de impulsos que siento. No me dejo llorar, no me dejo ganar en aquella batalla contra mi otro ser, no me dejo comportarme como realmente querría en muchas situaciones. Tengo que ser políticamente correcta hasta dentro de la locura. ¿De qué sirve? No lo sé pero siento que tengo y debo hacer determinadas acciones. Si no las hago castigarme por no hacerlas, por no dar una imagen, por no demostrar al mundo que estoy bien aunque por dentro día a día, minuto a minuto me esté muriendo de tristeza, que la soledad me embriague y mi mente se apodere de mi mundo.
No quiero que nadie sepa lo que me ocurre. A nadie debe importarle el porqué de mis alucinaciones. No necesito ayuda, no necesito a nadie. No es prepotencia es la verdad. ¿Por qué voy a necesitar a alguien cuando termino alejándole sin querer hacerlo? El sufrimiento que lleva la despedida después es demasiado grande para poder seguir sufriéndolo una y otra vez como si fuese un muñeca de plástico sin sentimientos.
Mejor sola, yo podría luchar aunque me quedase sin fuerzas, yo sería capaz de volver a enterrar los sentimientos que volvieron a flor de piel, yo conseguiría volver a vivir en un mundo donde puedo fingir absolutamente todo lo que quiero y donde nada ni nadie me importa para después, por las noches cuando esté sola, tirarme en la cama y llorar amargamente para descargar un poco de la angustia que azote mi alma.
Así es. Eso es lo único que pediría: tener un poco más de fuerzas y volver a esconder lo que jamás debió salir a la superficie.
Cuando terminé de pensar esto el cansancio me invadió por completo y me quedé dormida por última vez en aquella habitación.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 49. Al fin fuera
Me desperté a la mañana siguiente sin prisas. Tenía ganas de irme pero para ser sincera me encontraría aún más sola de lo que siempre me había sentido.
Realmente estaría sola en el sentido literal de la palabra. Ninguna enfermera entraría a mi habitación de repente para recordarme que tenía que arreglarme, que tenía que comer o incluso para limpiar un poco aquel pequeño cuartucho.
Tendría yo que hacerme la comida, bueno cuando quisiese comer. Tendría que arreglarme.. ¿para ir a dónde? Suspiré y me levanté de la cama. No quería pensar más en lo que iba a suceder, en la deprimente vida que me esperaba aunque para mí ayer resultó sumamente atractiva.
Las expresiones que usamos en determinado momento tienen una capacidad de embellecer lo que ansiamos que suene hermoso pero también la capacidad de llevarnos de nuevo a la cruda realidad donde hasta lo más maravilloso en nuestra imaginación puede resultar ser tan horrible que por esa razón pensemos que es mejor soñar con aquella hermosa imagen que hay en nuestra mente que con su verdadera imagen.
Por suerte había recibido una noche de descanso en la que no había tenido ningún tipo de inconveniente para soñar por primera vez en mi vida con la nada. Era maravilloso la sensación de paz que sentía en los momentos previos a darme cuenta de todo lo que debería hacer hoy.
No me llevó mucho tiempo preparar todo lo que debía llevarme a mi casa. Apenas unos atuendos, la ropa interior y demás. Metí todo en la pequeña maleta con la que había llegado allí.
Ni una sola de las enfermeras se acercó ese día por mi habitación. Esperé a que me dijesen que tenían el informe listo y así poder irme sin problemas de allí esperando que fuese para no volver nunca más.
Recogí las hojas del diario pero pensé que podría escribir una última vez allí. Podría tener algunos pensamientos o sensaciones diferentes ahora que ponía fin a este pequeño encierro en el que había pasado algunas semanas.
Me senté de nuevo en la silla que tantas veces había soportado mi peso sin quejarse y comencé a escribir unas líneas mientras continuaba mi espera.
Digo adiós pero solo a este lugar. No puedo decir adiós a mis problemas. Sé que ella me perseguirá allí donde vaya porque para desgracia mía está dentro de mí.
¿Cómo podré pararla? Lo conseguiré no importa como sea aunque tenga que enfrentarme yo sola a todas horas con ella. Podría quizá aterrorizarme con la manera que tenía de presentarse, de mostrarme el mundo pero aún así es tan solo mi mente. Era fuerte pero debía luchar con ella.
¿En realidad había conseguido llevar a su mundo el recuerdo que tenía de Robert? Para qué negarlo, aquello me importaba mucho más de lo que pretendía y para ser sincera temía que así fuese. No quería que ella me torturase con la idea de tener para ella lo único que me quedaba de él, su recuerdo.
¿Podría volver a verle algún día como había aparecido la otra vez? Estando completamente solo, con aquella mirada que siempre había visto, la que me había devuelto día tras día la sensación de no esta más sola, de al menos tener su compañía y que en verdad le importaba a alguien.
Le quiero volver a ver, quiero volver a sentirme entre sus brazos, deseo que me abrace dándome aquel calor que solo él puede darme.
Ya olvidé aquel beso pero lo que jamás olvidaré será la sensación de seguridad que me daba con tan solo una caricia.
En ese momento se abrió la puerta y una enfermera me entregó el informe. Le sonreí levemente y terminé de recoger los papeles de mi diario, los metí rápidamente en la maleta y me apresuré a salir de aquel lugar.
Adiós, al fin decía adiós a esa pequeña cárcel pero a la vez refugio que esperaba no volver a ver nunca más.
Capítulo 49. Al fin fuera
Me desperté a la mañana siguiente sin prisas. Tenía ganas de irme pero para ser sincera me encontraría aún más sola de lo que siempre me había sentido.
Realmente estaría sola en el sentido literal de la palabra. Ninguna enfermera entraría a mi habitación de repente para recordarme que tenía que arreglarme, que tenía que comer o incluso para limpiar un poco aquel pequeño cuartucho.
Tendría yo que hacerme la comida, bueno cuando quisiese comer. Tendría que arreglarme.. ¿para ir a dónde? Suspiré y me levanté de la cama. No quería pensar más en lo que iba a suceder, en la deprimente vida que me esperaba aunque para mí ayer resultó sumamente atractiva.
Las expresiones que usamos en determinado momento tienen una capacidad de embellecer lo que ansiamos que suene hermoso pero también la capacidad de llevarnos de nuevo a la cruda realidad donde hasta lo más maravilloso en nuestra imaginación puede resultar ser tan horrible que por esa razón pensemos que es mejor soñar con aquella hermosa imagen que hay en nuestra mente que con su verdadera imagen.
Por suerte había recibido una noche de descanso en la que no había tenido ningún tipo de inconveniente para soñar por primera vez en mi vida con la nada. Era maravilloso la sensación de paz que sentía en los momentos previos a darme cuenta de todo lo que debería hacer hoy.
No me llevó mucho tiempo preparar todo lo que debía llevarme a mi casa. Apenas unos atuendos, la ropa interior y demás. Metí todo en la pequeña maleta con la que había llegado allí.
Ni una sola de las enfermeras se acercó ese día por mi habitación. Esperé a que me dijesen que tenían el informe listo y así poder irme sin problemas de allí esperando que fuese para no volver nunca más.
Recogí las hojas del diario pero pensé que podría escribir una última vez allí. Podría tener algunos pensamientos o sensaciones diferentes ahora que ponía fin a este pequeño encierro en el que había pasado algunas semanas.
Me senté de nuevo en la silla que tantas veces había soportado mi peso sin quejarse y comencé a escribir unas líneas mientras continuaba mi espera.
Digo adiós pero solo a este lugar. No puedo decir adiós a mis problemas. Sé que ella me perseguirá allí donde vaya porque para desgracia mía está dentro de mí.
¿Cómo podré pararla? Lo conseguiré no importa como sea aunque tenga que enfrentarme yo sola a todas horas con ella. Podría quizá aterrorizarme con la manera que tenía de presentarse, de mostrarme el mundo pero aún así es tan solo mi mente. Era fuerte pero debía luchar con ella.
¿En realidad había conseguido llevar a su mundo el recuerdo que tenía de Robert? Para qué negarlo, aquello me importaba mucho más de lo que pretendía y para ser sincera temía que así fuese. No quería que ella me torturase con la idea de tener para ella lo único que me quedaba de él, su recuerdo.
¿Podría volver a verle algún día como había aparecido la otra vez? Estando completamente solo, con aquella mirada que siempre había visto, la que me había devuelto día tras día la sensación de no esta más sola, de al menos tener su compañía y que en verdad le importaba a alguien.
Le quiero volver a ver, quiero volver a sentirme entre sus brazos, deseo que me abrace dándome aquel calor que solo él puede darme.
Ya olvidé aquel beso pero lo que jamás olvidaré será la sensación de seguridad que me daba con tan solo una caricia.
En ese momento se abrió la puerta y una enfermera me entregó el informe. Le sonreí levemente y terminé de recoger los papeles de mi diario, los metí rápidamente en la maleta y me apresuré a salir de aquel lugar.
Adiós, al fin decía adiós a esa pequeña cárcel pero a la vez refugio que esperaba no volver a ver nunca más.
Mi
camino hasta ti
Capítulo 50. Vuelta a casa
La calle. El revuelo de las personas que caminaban delante de aquel edificio sin saber lo que realmente sucedía tras aquella puerta. Ellos no sabían lo que pasaba pero nosotros tampoco conocíamos lo que sucedía en la vida de cada una de las personas que cada día caminaban a nuestro lado.
Paseé hasta el metro. Por suerte tenía dinero para poder subir a él. Saqué el billete y lo cambié por monedas y billetes más pequeños para que fuese mucho más manejable aquel dinero que tenía.
Compré un billete de metro y entré en el subsuelo. Fui hacia la línea que siempre tomaba para ir a mi casa y después entré en uno de los trenes que llegaban por el andén en el que me encontraba.
Me subí rápidamente al tren observando las distintas personas que había en el vagón. Todo el mundo que estaba allí sentado parecía estar en su propio universo.
Una mujer estaba dando de comer a su pequeño con cuidado mientras le acariciaba con cuidado su pelo viendo como su bebe se alimentaba.
A su lado estaba sentado un hombre que leía una novela bastante extensa. Sus gafas estaban deslizándose por su nariz hasta la punta quedándose allí completamente quietas para que él pudiese continuar la lectura.
Enfrente de mí un chico dibujaba con mucho cuidado algún retrato o una pequeña copia de algún cuadro famoso expuesto en algún museo.
Todas las personas eran tan dispares. Me encantaría saber que estaba sucediendo en cada una de las vidas de aquellas personas pero con un horrible objetivo, encontrar en alguna vida algo que me indicase que la mía no era tan horrible como ahora lo parecía.
Suspiré y después me abracé las piernas. Quería llegar ya a mi casa, quería meterme en mi habitación para no sentir ni un solo estímulo más del exterior.
Puse mi rostro entre mis rodillas y después comencé a respirar hondo lentamente para llenar por completo mis pulmones. Intentaba dejar de pensar para que aquel paseo fuese lo más ameno posible. Si comenzaba a rebuscar en mi mente mil y un pensamientos lo más seguro es que pasase por alguna mala situación pero sin saber si sería capaz de controlarme para no chillar si algo realmente aterrador ocurría.
Levanté mi mirada y vi que ya estaba en mi parada. Tomé mi maleta y salí del tren. Comencé a caminar por la estación hasta la salida, volví a subir a la superficie y vi aquella plaza que tanto tiempo llevaba sin contemplar.
Sonreí levemente mientras inspiraba aquel aire que me parecía tan puro. Caminé hasta el portal de mi casa y abrí la puerta con la llave que tenía en el bolsillo trasero de mi pantalón.
Subí la pequeña escalinata y después abrí la puerta de mi apartamento. Todo estaba exactamente como lo dejé pero con una pequeña capa de polvo.
Miré toda la casa como si llevase años sin contemplarla y como si fuese lo más hermoso que jamás hubiese visto.
Caminé hasta mi habitación y dejé todas mis cosas en ella. La cama perfectamente hecha, el ordenador apagado en el escritorio.. todo seguía tal y como lo vi por última vez.
Me senté en la cama y por primera vez sonreí como antes lo hacía. Ahora estaba en mi hogar, y algo me decía que aquello me daría fuerzas para que todo cambiase.
Capítulo 50. Vuelta a casa
La calle. El revuelo de las personas que caminaban delante de aquel edificio sin saber lo que realmente sucedía tras aquella puerta. Ellos no sabían lo que pasaba pero nosotros tampoco conocíamos lo que sucedía en la vida de cada una de las personas que cada día caminaban a nuestro lado.
Paseé hasta el metro. Por suerte tenía dinero para poder subir a él. Saqué el billete y lo cambié por monedas y billetes más pequeños para que fuese mucho más manejable aquel dinero que tenía.
Compré un billete de metro y entré en el subsuelo. Fui hacia la línea que siempre tomaba para ir a mi casa y después entré en uno de los trenes que llegaban por el andén en el que me encontraba.
Me subí rápidamente al tren observando las distintas personas que había en el vagón. Todo el mundo que estaba allí sentado parecía estar en su propio universo.
Una mujer estaba dando de comer a su pequeño con cuidado mientras le acariciaba con cuidado su pelo viendo como su bebe se alimentaba.
A su lado estaba sentado un hombre que leía una novela bastante extensa. Sus gafas estaban deslizándose por su nariz hasta la punta quedándose allí completamente quietas para que él pudiese continuar la lectura.
Enfrente de mí un chico dibujaba con mucho cuidado algún retrato o una pequeña copia de algún cuadro famoso expuesto en algún museo.
Todas las personas eran tan dispares. Me encantaría saber que estaba sucediendo en cada una de las vidas de aquellas personas pero con un horrible objetivo, encontrar en alguna vida algo que me indicase que la mía no era tan horrible como ahora lo parecía.
Suspiré y después me abracé las piernas. Quería llegar ya a mi casa, quería meterme en mi habitación para no sentir ni un solo estímulo más del exterior.
Puse mi rostro entre mis rodillas y después comencé a respirar hondo lentamente para llenar por completo mis pulmones. Intentaba dejar de pensar para que aquel paseo fuese lo más ameno posible. Si comenzaba a rebuscar en mi mente mil y un pensamientos lo más seguro es que pasase por alguna mala situación pero sin saber si sería capaz de controlarme para no chillar si algo realmente aterrador ocurría.
Levanté mi mirada y vi que ya estaba en mi parada. Tomé mi maleta y salí del tren. Comencé a caminar por la estación hasta la salida, volví a subir a la superficie y vi aquella plaza que tanto tiempo llevaba sin contemplar.
Sonreí levemente mientras inspiraba aquel aire que me parecía tan puro. Caminé hasta el portal de mi casa y abrí la puerta con la llave que tenía en el bolsillo trasero de mi pantalón.
Subí la pequeña escalinata y después abrí la puerta de mi apartamento. Todo estaba exactamente como lo dejé pero con una pequeña capa de polvo.
Miré toda la casa como si llevase años sin contemplarla y como si fuese lo más hermoso que jamás hubiese visto.
Caminé hasta mi habitación y dejé todas mis cosas en ella. La cama perfectamente hecha, el ordenador apagado en el escritorio.. todo seguía tal y como lo vi por última vez.
Me senté en la cama y por primera vez sonreí como antes lo hacía. Ahora estaba en mi hogar, y algo me decía que aquello me daría fuerzas para que todo cambiase.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.