Escuché mi nombre alto y fuerte resonando por toda la estancia que se
había quedado completamente en silencio. Una sonrisa hizo amago de
dibujarse en mi rostro pero la contuve.
Levanté la barbilla para que todo el mundo entendiese que era
consciente de mi situación social y como cualquiera de ellos no me
llegaría ni a la altura de los zapatos.
Las mujeres mantenían su mirada sobre mi rostro, mi porte
distinguido. Sabía que las había impresionado a todas y cada una de
ellas. La sensualidad que emanaba de mi nueva naturaleza conseguía que
las mujeres me deseasen aún más que antes.
Por otro lado los caballeros estaban a punto de convulsionar por la
envidia que tenían que soportar. Querían mi riqueza, ansiaban mi fama,
necesitaban aquella atracción animal que tan solo yo era capaz de causar
en cualquiera mujer.
Reí en mi interior en el mismo instante que llegaba a los últimos
tres peldaños. Comenzaban a abrir un pasillo para que pudiese pasear por
la estancia pero los más curiosos se agolpaban en aquellas barreras que
creaban ellos mismos.
Iba a dar mi paseo triunfal por la sala cuando las trompetas
indicaron la llegada de la familia Real. Me quedé en el último escalón
mientras alzaba la mirada hasta aquella puerta que solo algunos
privilegiados podían cruzar. El hombre rechoncho, que había visto unos
minutos antes, apareció junto a la baranda y respirando profundamente
anunció:
- Sus altezas reales, Clément I de Cronsworld y Elizabeth II.
Me fijé en ellos como todos los asistentes. El rey al fin estaba ante
mis ojos y no solamente en retratos en todos los lugares de aquel
pequeño lugar. Sus rasgos indicaban superioridad frente a todos los
asistentes mientras sus ojos mostraban lo que realmente sentía, puro
desprecio por cada persona que estaba ante él. Sus ropajes, que habían
sido pagados con el dinero de los súbditos que tanto odiaba, eran de una
calidad exquisita aunque a pesar de todo a mí me parecía un pavo real.
Toda su ropa le quedaba demasiado estrecha pues en el poder había
conseguido engordar no menos de diez kilos en comparación a los cuadros
que de él se exponen en todos los lugares. Ahora tiene una papada que
consigue ahogarle un poco en aquel cuello de gasa y las pantorrillas
suenan al rozases mientras baja los escalones. Podría fingir que era el
vestido de su esposa pero alguien con un buen oído sabría diferenciar
aquella fricción del sonido pesado de las telas de las faldas.
De su mano, alzada hacia delante en una posición un tanto
antinatural, estaba la hermosa reina Elizabeth. Sus rasgos indicaban
cansancio y agotamiento. De todos es sabido que la reina lleva mucho
tiempo con problemas de salud pero al ser el rey tan odiosamente egoísta
la lleva a todas partes para evitar murmullos que aunque él crea que
son sobre la buena pareja que aún pasados los años siguen haciendo, en
realidad, piensan en el mal aspecto que tiene la hermosa mujer y de como
se ha deteriorado tras su último parto. Sus cabellos claros estaban
recogidos en un moño que enmarcaba la tiara que debía usar para estos
bailes, elegante pero discreta. Su vestido era de un tono sobrio, una
tonalidad de gris que no sabría muy bien como definir, y que marcaba lo
menos posibles las curvas de su majestad.
Tras unos instantes de silencio, la pareja caminó hasta su lugar sin
bajar las escaleras hasta el final pues había unas mucho más elegantes
cerca de sus asientos para que solo ellos las pisasen. Fruncí mis labios
molesto pues siempre conseguían que los demás quedásemos como escoria.
Intenté serenarme por lo que pensé que debería salir a tomar aire
freso pero en ese mismo momento, el rey hizo un movimiento con la mano
hacia el hombre gordito que estaba aún en su lugar cerca de la
barandilla del pequeño balcón.
- ¡Atención! Les presento, damas y caballeros, a su alteza, la joven, Helen Devonshire.
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