La velada de negocios estaba transcurriendo tal y como había sido
planeada. Thomas ni tan siquiera tuvo que abrir los labios para decirles
que o aceptaban o podían quedarse sin todo el dinero que poseían.
La cena había sido divertida para todos e incluso habían bromeado con
contratar a Lauren en lugar de las secretarias que tenían allí por su
eficiencia. Thomas no había puesto reparo alguno pues en su mente aún
tenía la puerta abierta de la verdad que acababa de descubrir. Estaba
completamente loco.
Ahora, sentados entre las penumbras de un local de striptease
carísimo, tomaban las últimas copas y sus orientales clientes intentaban
convencer a alguna que otra joven de que pasase la noche en su
compañía.
Las camareras sin sujetador tan solo con unas pezoneras puestas
entregaban las copas mientras todos los hombres que allí estaban
babeaban necesitados de un trozo de carne que llevarse a la boca.
Thomas permanecía absorto en el líquido ámbar de su vaso pensando en
las posibilidades de lidiar con aquel problema. Si ahora veía
constantemente a su mujer fallecida, sin duda llegaría un tiempo que no
sabría diferenciar la realidad de la ficción o de lo que su mente estaba
inventando. Debía buscar ayuda y explicarle a alguien lo sucedido pero
lo más probable es que le obligasen a dejar de ver los vídeos de esa
mujer tan dulce que había llenado su vida de luz para después llevársela
con su muerte y dejándole completamente ciego.
Varios espectáculos se sucedían en los distintos escenarios. Las
mujeres vestidas de las maneras más sugerentes movían sus atributos al
ritmo de la música mientras se restregaban contra el frío metal de una
de las barras situadas en medio del tablón donde eran admiradas por
todos los borrachos que sacaban dólares de sus carteras para colocarlos
en las diminutas tiras de sus tangas.
La música comenzaba a mezclarse en su cabeza y terminó por obligar al
multimillonario a apartarse de sus pensamientos. Tomó otro trago de su
whisky dejando que el ardiente líquido recorriese su garganta.
Una voz de hombre carraspeó por la megafonía del local. Estaba a
punto de anunciar algún espectáculo importante para los clientes. Alguna
otra jovencita que subiría para bailar de la manera más sensual que
sabían pero que solamente conseguían endurecer las entrepiernas de los
hombres cuando iban deshaciéndose de su ropa.
- Les pedimos a todos los clientes que guarden silencio. Tenemos una
gran sorpresa para ustedes. Tras unas semanas de descanso nuestro número
estrella ha vuelto con más fuerza que nunca. Recibamos con un fuerte
aplauso a la encantadora: Susie.
Todas las luces se apagaron mientras los vítores de los hombres que
ya conocían ese espectáculo comenzaban. Un solo foco iluminó la cortina
de terciopelo al fondo del escenario y los gritos se hicieron
desesperados entre los presentes.
Thomas alzó la mirada hasta el lugar donde la tela roja se deslizaba
dejando ver a la mujer más increíblemente enloquecedora en la faz de la
tierra.
Para él se paró el mundo. El cabello moreno de la joven era falso,
sabía que debía ser una peluca por ese extraño brillo pero los ojos
azules, con pestañas negras y tan infinitas como delirantes comenzaban a
moverse de arriba abajo como el aleteo de un colibrí.
Su minúsculo cuerpo estaba cubierto con un vestido fucsia ajustado
que se deslizaba por sus curvas como si estuviese hecho a su medida para
enloquecer a todo hombres que osase observarle. La tela llegaba hasta
medio muslo dejando ver esas piernas inmensamente largas y contorneadas.
Su piel suave era rozada por la luz de aquel foco que ahora era el
único envidiado en aquel lugar.
Sus pequeños pies estaban rodeados por tiras rosas que se
entrelazaban en el tacón de al menos diez centímetros que la hacía tener
una pose más recta realzando sus pechos y su exquisito trasero.
Allí estaba ella. Era una e inigualable. Sus ojos azules caminaron
por todos los presentes y después se quedaron fijamente observando la
barra metálica en el centro del escenario.
Thomas tragó en seco. Sabía que podía ser producto de sus delirios,
de su locura pero no podía evitar quedarse embobado observando aquella
imagen tan increíblemente provocadora. Era una diosa de la seducción
nata y lo demostraba con el contoneo de sus caderas.
Alargó la mano con una perfecta manicura hasta la barra en la que
otras mujeres, sus compañeras, habían deslizado sus cuerpos casi
desnudos por ella. Sonrió coqueta y dio una vuelta por ella impulsándose
con sus piernas que se doblaron por el frío metal sosteniendo su cuerpo
en el aire. La tela del vestido ascendió por sus muslos pero sin
mostrar más de lo necesario.
Thomas apretó la mano que tenía el vaso de licor entre sus dedos. Se
sentía tan increíblemente excitado y desconcertado que no podía mover
más músculos de su cuerpo que sus manos las que destrozarían de un
momento el cristal si seguía exprimiéndolo contra su palma.
Las manos de la bailarina agarraron la barra con fuerza mientras
abría las piernas y se quedaba suspendida en el aire en esa pose tan
difícil.
Al multimillonario se le encogió el corazón esperado que no se cayese
de cabeza en la madera del escenario. Sus oídos se agudizaron mientras
escuchaba los gritos obscenos de los hombres que estaban observando a
esa mujer. Seguro que él le estaba poniendo la imagen de su amada esposa
pero no era ella.
Desvió un segundo su mirada hacia el agente de seguridad que le
observaba directamente con el rostro desencajado por la sorpresa. Era
igual que si hubiese visto a un fantasma. Espera, entonces…
Thomas alzó su mirada de nuevo hasta la mujer que estaba en ese momento bailando. Eloise, era ella.
Los celos invadieron cada partícula de su cuerpo mientras que ella
seguía contoneándose alrededor de la barra al ritmo de la música.
Un hombre subió al escenario tomándola de la cintura y fue en ese
momento cuando Thomas se levantó. Caminó a grandes zancadas y estampó su
puño contra la mandíbula del hombre que estaba tocando a su esposa.
Encolerizado y loco de ira observó los ojos azules de la joven que le miraba como si fuese un completo y loco desconocido.
Se creó un gran revuelo mientras ellos seguían con la mirada fija en
el otro. Algunos hombres tan sedientos de aquella lujuriosa joven la
agarraron de la cintura y se la llevaron corriendo mientras que otros
agarraban a Thomas de los brazos comenzando a pegarle tantos puñetazos
como puños tenían.
La seguridad del multimillonario se acercó y con unas cuantas llaves
dejaron libre a su jefe que sin pensarlo ni un solo segundo salió
corriendo en busca de su esposa.
Eloise, la había vuelto a encontrar después de haberla perdido en los brazos de la única separación posible, la muerte.
Los gorilas del lugar intentaron pegarle pero Thomas se agachó antes
de que lo lograran. Salió por la puerta principal notando como una de
sus costillas debía estar fracturada pero hizo caso omiso al dolor. Ella
era la única que importaba en ese momento.
- ¡Señor!
Thomas se giró para ver como Hellman llegaba hasta él con un pequeño corte en la ceja y con pistola en mano.
- ¿Dónde está? -preguntó desesperado mientras Hellman se encogía de hombros.
Se concentró pensando en algún lugar donde podrían haberse llevado a
esa dulce mujer que había terminado en el lugar menos idóneo para ella.
Podía notar como su corazón se volvía a desgarrar y la sola idea de la
que hiciesen daño le estaba matando.
- ¡NO! ¡DEJADME! -gritó aquella voz entre llantos.
Era ella. Hellman y su jefe corrieron en dirección al callejón sin
salida que había por la puerta trasera de edificio. Cuando llegaron allí
pudo ver la imagen más devastadora que podía haber imaginado.
Eloise estaba inmovilizada en el suelo con el vestido roto por el
escote mostrando su sujetador rosa de encaje y sobre ella un hombre que
babeaba intentando besarle pero que solo conseguía deslizar sus labios
por el inmaculado cuello de su amada.
La ira se apoderó de la locura de Thomas y pegó una patada con todas
sus fuerzas al hombre que la intentaba obligar. A ella no, a ella no.
Agarró el pelo de ese sinvergüenza y estampó su cabeza contra la pared
mientras un gruñido de coraje escapaba de su garganta. El hombre intentó
defenderse mientras que Thomas solo pensaba en matarle. Había tocado e
intentado abusar de su mujer. Ella no era ninguna puta y no le
consentiría a nadie rozar de nuevo la piel que él tanto había
necesitado. No podía pensar. Ya no. Sus puños se hundieron una y otra
vez en el estómago del borracho mientras que él comenzaba a escupir
sangre. Le había roto algunos dientes pero no le importaba, no era
suficiente para él.
- ¡Señor, pare! -le agarró Hellman de los brazos.
- ¡Suéltame! -gritó encolerizado.
- ¡Cálmese o le matará!
- ¡Eso quiero!
Luchó contra la prisión que tenía pero Hellman estaba mucho más
preparado que él para inmovilizar y evitar que hiciese algún otro
movimiento. Resignado no volvió a intentar escapar de su agarre pero
mirando fijamente al hombre que tenía a sus pies escupiendo aún sangre
supo que debía amenazarle.
- Como vuelvas a acercarte a ella, te mato. ¿Me oyes? ¡Te mato!
El borracho se fue gateando y fue cuando Thomas miró a la joven que
estaba tumbada cerca de la otra pared del callejón donde lloraba y se
quitaba la melena morena que ocultaba sus cabellos rubios. Intentaba
taparse sin éxito pues su vestido estaba completamente destrozado.
Con una sola mirada Hellman soltó a su jefe y éste se quitó la
chaqueta del traje. Caminó hasta su sueño hecho realidad que seguía
llorando sin saber cómo actuar. Se inclinó sobre ella dejando la
chaqueta sobre sus finos hombros y acurrucándola en ella. Tras ello
deslizó sus manos por la cintura minúscula y la atrajo a su cuerpo
apretándole a él.
- Eloise… -susurró escondiendo su rostro entre sus cabellos.
Ella quieta sin saber cómo actuar o como responder a esa muestra de
cariño de un completo desconocido, pero que le había salvado de una
violación segura, se sorprendió al escuchar como la llamaba. ¿Por qué
había pronunciado ese nombre? Ella no se llamaba así. Alzó sus hinchados
ojos azules hasta encontrarse con los de él y negó.
- Me llamo Jeanne -murmuró con un hilo de voz.
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