Les recibió una inmensa sala futurista pero a la vez coqueta. Las
paredes pintadas en una imitación del oro líquido estaban rematadas con
cortinas a juego y se encontraban en un techo a varios metros de altura
que Thomas ni tan siquiera decidió dirigir una mirada.
Caminó por entre las mesitas de dos comensales que estaban situadas
junto a las paredes. Sus manteles blancos con servilletas doradas eran
dignos de una portada de revista de decoración.
En el fondo de la estancia Hishikawa estaba sentado junto a su
secretario Mootori y el traductor que había traído ambos, un amigo suyo,
Tsutomo. Los tres iban vestidos con una traje que les quedaba un poco
grande de hombros pero lucían impecables de negro. Sus rostros serios y
sin moverse como si fuesen estatuas le indicó a Thomas que sabían de su
presencia.
Se levantaron e hicieron una inclinación con sus brazos pegados a sus
costados la cual respondieron de la misma manera todo el equipo de
seguridad del señor Walker, Lauren y él mismo.
Se sentaron en sus respectivos asientos e hicieron las preguntas
rigurosas. Se conocían de hace bastante tiempo lo que Thomas se aventuró
a preguntar por la familia de alguno y sobre los negocios que tenían
entre manos en ese momento.
El camarero se acercó hasta la mesa y dejando varios menús como
cartas de vinos se apresuró a presentarse dejando a su espalda sus dos
brazos. Llevaba puesto un pantalón de traje gris marengo con zapatos
negros. Su torso estaba cubierto por una camisa blanca perfectamente
abrochada y un chaleco a juego con su pantalón. En el cuello una
pajarita mantenía a raya la papada que tenía. Carecía de cabello y no
tenía ni un atisbo de barba pero su rostro estaba lleno de pequeñas
manchas producidas por la edad.
- Buenos noches, damas y caballeros. Soy Marshall Crawford y seré su
camarero esta noche -permaneció quieto esperando recibir el pedido.
Thomas sabía que para él pediría un cava rosato. Los cavas españoles
eran excelentes y ese era uno de sus favoritos. No le importaba en
absoluto lo que pidiesen los demás. Prefirió mirar la carta para ver con
qué saciaría el inexistente apetito que sentía.
Abrió la carta y repasó los menús escritos en francés con su pequeña
aclaración en inglés. Frunció ligeramente su ceño pero sabía que como
aperitivo se terminaría decantando por el salmón a la parisina.
Escuchó como pedían algunos menús degustación y otros menús de
degustación vegetarianos. A su lado se había sentado Lauren, la cual se
decantó por unas verduras cocidas bañadas en salsa de trufa.
No pensaba tomar mucho más. Puede que algún que otro trozo de la bandeja de quesos cuando la trajesen.
Tras pedir lo que deseaba le entregó la carta al camarero que se
marchó caminando con paso ligero hasta la cocina, donde entregaría la
nota. Bajaría las escaleras acto seguido hasta la bodega y buscaría las
botellas de espumoso que le habían pedido.
Thomas volvió a sus pensamientos mientras que todos los allí
presentes comenzaban a hablar de las pegas que tenían con el contrato.
Aquello le importaba realmente poco. Todo lo que estaba estipulado lo
debían cumplir y él no cedería fuese por la razón que fuese.
Pasó su dedo por sus labios mientras esperaba que le trajesen su
comida. No tenía hambre pero debía comer o le volverían a llenar la
agenda de visitas al médico y era algo que detestaba con todas sus
fuerzas.
El camarero no tardo mucho en regresar con la botella que Thomas le
había pedido. Le ofreció el corcho y después probó un poco del líquido
burbujeante. Sonrió satisfecho y después le sirvieron de nuevo otra copa
esta vez mucho más llena que la anterior.
El hombre se marchó con una inclinación de cabeza y después fue a
mostrarles la botella de vino blanco al resto de los comensales. Les
ofreció también el corcho y Thomas desconectó en ese instante.
A través de los espejos que tenía frente a él vio como esas
sugerentes caderas caminaban enfundadas en un vestido rojo pasión. Sus
cabellos rubios al viento jugaban con el viento mientras su sonrisa
estaba enmarcada por unos labios del mismo color que el vestido.
No podía creer lo que estaba viendo. Sus piernas se exponían como una
delicatesen terminando en unos altísimos zapatos de tacón. Giró su
cabeza y entonces pudo ver a la perfección sus rasgos. Aquella nariz
respingona, aquellos hermosos ojos azules con cientos de pestañas negras
como el carbón y larguísimas.
Era ella. No había duda. Sus dedos se crisparon alrededor de la copa
mientras notaba su respiración acelerarse. No podía dejar de mirarle. No
era capaz de quitar sus ojos de encima de la mujer más hermosa para él y
la única que había conquistado su corazón.
Se tomó de un trago la copa de cava para después girar su rostro
mirando sobre su hombro y vio como no había ninguna despampanante muñeca
rubia. Había sido producto de su imaginación de nuevo. Seguro que era
eso.
Volvió su mirada hacia el espejo y aquella rubia le estaba saludando y
le tiró un besito completamente feliz de que se estuviese fijando en
ella. Estaba tan sumamente preciosa y parecía tan real pero no era así.
Se sirvió otra copa de cava para después beberla de un gran trago y
desear tomarse todo el líquido. Quería gritar, arrancar esa locura que
le estaba poseyendo.
Apoyó sus puños sobre sus muslos y volvió a mirar sobre su hombro
para asegurarse que todo era producto de su imaginación. Eloise no
estaba y él estaba volviéndose tan sumamente loco que sabía que debía
correr hasta su casa para romper todo lo que estuviese a su paso. La
veía por todas partes, la necesitaba, ansiaba su compañía y solo podía
pensar en volver a tenerle entre sus brazos. La amaba tan fervientemente
que no tenía nada en su mente que no fuese ella.
Sus pensamientos fueron parados por el susto que se llevó cuando le
pusieron su planto frente a él. Tenía ahora un nuevo proyecto. Iría a
cualquier bar hasta que llegase el amanecer o hasta que perdiese el
conocimiento emborrachado hasta las cejas.
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