Penetré en una gran estancia completamente a oscuras. Podía ver a la
perfección entre las sombras. Estaba ansioso por volver a ir a palacio
pero Helen podría tener aún en su poder ese colgante con el que me
quedaba sordo y tampoco me sentía precisamente bien. Era una especie de
tortura.
Volví al pasillo mirando a ambos lados. No había nadie transitando, todos estarían durmiendo.
- ¡POOPE! -grité mientras permanecía encolerizado aún por lo sucedido en palacio.
¡Maldito mayordomo dormilón! Tan solo eran las tres de la mañana.
Estaba comenzando a pensar en la posibilidad de quitarles el lujo de
dormir pero eran simples humanos y lo necesitaban.
- ¡Estúpido! -me dije a mí mismo y volví a entrar en la biblioteca.
Caminé contemplando uno a uno todos los lomos de piel que había en el
lugar. Muchos de ellos demasiado antiguos para estar en aquellas
estanterías. Seguramente ninguno de aquellos libros hablaría nada más
que en leyendas sobre seres inmortales. ¿Podría fiarme de las leyendas?
La única que había leído ponía en manifiesto que nos transformábamos si
hacíamos un pacto con el diablo pero yo no había suplicado en ningún
momento no morirme. Fui atacado. Puede que me convirtiese por ese ataque
pero ¿por qué todas las personas a las que yo había mordido y me había
alimentado de ellas no se habían transformado también?
Debes esperar. Ya te dije que mañana recibirás lo que necesitas
para descubrir secretos sobre nuestra condición y otras criaturas
existentes. No tienes nada de lo que preocuparte.
- Quiero saber ahora, maldito metomentodo -bramé aguantando en mi pecho un gruñido devastador.
Eso está muy mal, Daniel. Debes ser obediente, paciente. No quieras saber cosas hasta que sea el momento oportuno.
- No sé quién demonios eres pero…
Mmm… tu definición demoníaca podría acercarse a quien soy. Soy
alguien que ha pasado demasiado tiempo vivo. Soy alguien que necesita
diversión y tu mente es tan increíblemente fantasiosa y fructífera…
Siento tu deseo por Helen con tanta fuerza que no puedes ni imaginarte
las inmensas ganas que tengo de entrar en el palacio de Cronsworld y
para arrancarle yo también su inocencia. La describes tan infinitamente
hermosa y por lo que he visto lo es… Única sería la definición
perfecta.
- No toques a Helen -gruñí tan alto que pensaba que despertaría a toda la casa.
¿Por qué? No sabes quién soy y tus planes no hacen nada más que
truncarse. Podría conseguir tenerla entre mis brazos mucho antes de lo
que tú jamás pudieses lograr. Te queda tanto por aprender, Daniel… Tu
condición es mucho más poderosa de lo que crees y sin duda estarás tan
cerca de alcanzar la cima al no poseer ni rastro de corazón. Eres
egoísta…
- Dime algo que no sepa -bufé e hice caso omiso de todo lo que apareciese por mi cabeza.
Tomé algunos libros al azar esperando encontrar algo interesante pero
aparte de manuscritos en los que estaban anotadas estrategias de guerra
no encontré gran cosa. Parecía que el hombre que había vivido allí
había sido un alto rango en el ejército.
Tapé mi rostro con mis manos y suspiré mientras intentaba recordar el
angelical rostro de Helen. ¿Qué sabía la madre sobre mí? Estaba claro
que sabía que no era de fiar y si aquel objeto era contra los vampiros
¿por qué se lo daba a su hija cuando estaba siempre junto a Gabriel, su
hermano mayor, también vampiro?
¿Cómo se puede ser tan duro de mollera?
Escuché ese comentario y solté un bufido mientras intentaba pensar con claridad.
Es obvio que ese collar solo te afecta a ti y a ningún otro
vampiro. ¿Por qué iba a dárselo Elizabeth sabiendo de sobra que su hijo
es otro de nosotros? Que mal piensas, joven Daniel.
Gruñí y me desesperé escuchando aquella voz. ¿Cómo podía saber todo lo que estaba pensando? Conseguía sacarme de quicio.
Daniel, ¿por qué no comprenderás lo obvio? ¿Acaso debo darte
lecciones por telepatía? Sí, la telepatía es la manera en la que sé todo
lo que piensas y tú puedes leer mis pensamientos pero por suerte aún no
sabes leer todos ellos salvo los que están destinados para ti.
¿Comprendes ahora?
Por otro lado intentaré explicarte la manera en la que nos
convertimos en vampiros en cuanto tengas en tu mano los documentos que
dejé en manos de uno de mis secuaces. Lee todo, empápate de nuestra
historia. Somos tan importantes como los reyes de ese diminuto reino en
el que vives.
En cuanto a Helen. Me ocasiona tanta ansiedad como a ti que no
puedas acercarte a ella. Necesito verla tanto como tú. Por eso deberás
intentar calmar tu malestar y hacer lo posible porque ese collar esté
escondido. No dejes que Helen se lo ponga y podrás penetrar en sus
entrañas.
Apoyé mi rostro entre mis manos. Todo esto estaba haciendo que mi
cerebro funcionase a mil por hora para procesar toda la información.
Necesitaba alimentarme. Estaba más débil que antes.
Miré la ventana. Rápidamente la abrí y dejé que una bofetada de aire
fresco recorriese mi rostro y entrase en mis pulmones. Me deslicé por la
pared en la parte exterior reptando como un animal en busca de su
presa. Al llegar al suelo allí estaban. Varias incautas mujeres
excesivamente bebidas. Sonreí y caminé hacia ellas con toda mi
galantería.
- Buenas noches -ronroneé en sus oídos.
Las jóvenes de exuberantes pechos cubiertos con toscas y ásperas
telas se giraron hacia mí. Sonreían lascivas respondiendo la mía que se
dibujaba a lo largo de todo mi rostro mientras sus aromas impregnaban el
interior de mis pulmones.
- Buenas noches, caballero -respondieron al unísono y estallaron en una risita.
- No, son buenas, solo para mí – corregí.
Mis ojos se tornaron de un intenso rojo casi negro pues estaba
inmensamente sediento. Agarré ambas cinturas antes de que chillasen.
Rompí el cuello de una y clavé mis colmillos en la piel de la otra
dejando que los chorros de sangre caliente recorriesen mi garganta. Al
fin, bendita adicción. Había probado sangres mejores pero sin duda
alguna aquello sanaría mi ansiedad.
Seguí bebiendo hasta no dejar ni una sola gota de sangre en el cuerpo
de la joven. Tenía más sed. Dejé caer el cuerpo sin vida a mis pies y
tomando a la otra muchacha con el cuello partido, perforé su piel hasta
que noté la sangre volviendo a beber, con ansiedad, con necesidad.
Una vez saciado las tomé a ambas entre mis brazos y las dejé en un
rincón. No eran más que prostitutas y sabía que cualquiera podría
matarlas en cualquier momento.
Relamí mis labios y subiendo de nuevo hasta la ventana por la que
había salido me perdí entre los libros esperando que llegase el
cargamento que haría que comprendiese los misterios de mi naturaleza.
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