El sonido de las máquinas le despertaron. Una horrible jaqueca hizo
su aparición mientras sentía como si le estuviesen aplastando las sienes
con un enorme torno. Frunció suavemente su ceño e intentó llevarse la
mano derecha a la frente pero al mover su brazo un agudo dolor le hizo
gritar.
Abrió sus ojos encontrándose con unos brillantes fluorescentes que le
dejaron completamente ciego durante unos instantes. Alzó su otro brazo
hasta la abrasadora luz artificial para protegerse los ojos. Parpadeó
varias veces hasta que se hubo acostumbrado a la iluminación.
Corrieron las cortinas de un verde imposible y apareció una mujer que
iba vestida de ese mismo color verde. Seguramente sería un uniforme
pues le quedaba muy grande. Parpadeó de nuevo mientras aquella mujer se
encargaba de mirar algo en el brazo dolorido. Quitó el parapeto que se
había puesto para proteger sus ojos y observó consternado que tenía su
hombro completamente vendado y como estas blancas gasas se iban
manchando de sangre lentamente.
La mujer hizo una mueca sin ni tan siquiera mirarle y quitó el
esparadrapo que mantenía inmóvil el vendaje. Quitó aquel cuidado trabajo
en apenas dos segundos con un corte de tijera para deslizar con mucho
cuidado sus dedos hasta quitar los millones de gasas manchadas que tenía
sobre una gran herida.
¡Estaba herido! ¿Cómo había ocurrido eso? La herida tenía una pinta
asquerosa pero se podía ver que era circular. ¡El disparo! Hellman le
había disparado para evitar que usase el cristal para atentar contra su
vida. Podía darse por despedido. Le pagaba para que no dejase que le
matasen no para que él mismo lo hiriese. ¿Quién demonios se había creído
para apuntarle con un arma y además dispararlo? ¡ DISPARARLO! Ese
hombre estaba demasiado trastornado con la última guerra a la que había
tenido que ir. Estúpido capitán. Podría haber disparado un poco mejor y
haber hecho que fuese imposible su recuperación pero claro, ¿cómo iba a
quedarse sin todo el dinero que le pagaba? Pues por ser tan egoísta se
quedaría sin empleo lo mismo.
La mujer que debía ser una enfermera salió de entre las cortinas. Él
se incorporó mientras el mal humor volvía a invadir todas y cada una de
las células de su cuerpo. Maldito sea el dolor y el imbécil que se lo
había creado. Tenía que pensar una manera de salir pronto de aquel
lugar, estaba claro que estaba en la zona de urgencias de algún
hospital. Ni tan siquiera le habían dado una habitación privada.
Estaba conectado a una bolsa con un líquido transparente, otra más
pequeña que tenía puesto en uno de los laterales unos números.
Seguramente sería la manera que tenían de saber en aquel hospital lo que
le estaban dando. Al lado tenía una bolsa roja que estaba casi vacía.
Le habían tenido que hacer una transfusión pero ¿cuánta sangre había
perdido por el idiota de su futuro ex empleado?
La mujer que antes se había ido volvió a aparecer llevando consigo un
montón de instrumental y a otra mujer. Ambas le miraron con
desaprobación pero no dijeron nada al ver su rostro crispado por la ira y
el dolor que sentía.
- ¿Qué le ha pasado? -preguntó la más joven mientras con sus manos cubiertas con los guantes me obligaba a tumbarme de nuevo.
- Es un herido de bala. Se le han abierto los puntos de la operación -explicó mientras abría un paquete de gasas esterilizadas.
Se quedó quieto mientras la más joven tomaba unas tijeras. Le
quitarían los puntos dañados y volverían a dárselos. La primera
enfermera se acercó a un panel y dio a unos botones. Le sonrió
ligeramente y notó como una sensación nueva y placentera recorría su
cuerpo desde uno de sus brazos hasta llegar a ese hombro malherido. Poco
a poco dejaba de sentir dolor mientras las mujeres permanecían en su
labor de coser aquella herida abierta para más tarde vendar como antes
estaba su hombro.
El efecto de los calmantes conseguía nublar su mente y la visión de
la realidad. Sentía una gran sensación de sueño. Podía dormirse sin
problemas mientras aquellas personas hacían algo que era incapaz de
sentir. Su mente estaba sobrevolando desapareciendo de aquella cama de
hospital y regresando a un pasado mucho más apetecible.
- Te dije que tuvieses cuidado -susurró aquella hermosa voz.
Buscó con la mirada aquellos ojos que le habían conquistado y le
tenían aún perdidamente enamorado. No podía verlos. No los localizaba.
Cerró una vez más sus ojos y al volver a abrirlos allí estaba mientras
sus labios se volvían una fina línea. Estaba molesta con él porque no
había hecho caso a las advertencias que antes le había hecho.
Tenía el dedo de su mano estirado y le quemaba la yema, pero no era
como cuando había sucedido. Aquella quemazón no dolía tan solo era un
pequeño hormigueo.
Los cabellos de su amada estaban recogidos en un elegante pero
sencillo moñito que se había hecho ella misma con una goma. Había visto
recogerse el pelo a cientos de mujeres pero a nadie le quedaba la melena
tan perfecta como a ella.
No tenía ni una pizca de maquillaje en su angelical rostro y eso
hacía que sus pequeñas pecas fuesen visibles. Apoyó su frente contra la
de ella mientras Eloise suspiraba y le colocaba un poco de pomada sobre
la yema que se acababa de quemar. ¡Oh, aquel olor a ella! Eloise siempre
desprendía ese aroma a cítricos de su cabello, a vainilla de su cuello y
un ligero toque de chocolate el resto de su piel. En cualquier otra
persona aquella combinación no sería la magnífica mezcla que era en
ella. Era el aroma de Eloise junto con su encanto natural que la hacía
ser tan única.
- Prométeme tener más cuidado, ¿si?
Sus labios se curvaron e hicieron un pequeño y adorable puchero para después volverse una sonrisa ante su asentimiento.
Eloise era más que perfecta. Era la única capaz de hacer que algo
malo fuese bueno y convertir lo bueno en extraordinario. Los latidos de
su corazón latían a un ritmo que había bautizado con el nombre de ella
pues jamás, ni con miedo, ni al correr, ni por nervios había llegado a
tal velocidad.
Se puso de puntillas y dándole un besito en la nariz terminó
volviendo a la inconsciencia con la dulce imagen de aquel ángel
desaparecido tatuada en su mente.
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