Observaba sus manos mientras tamborileaba con sus dedos. Quería saber
como estaba su jefe. Era culpa suya y sabía que lo más probable por su
mal carácter es que terminase despedido pero era lo que menos le
importaba en ese instante.
La sala de espera era tan lúgubre. El lugar idóneo para esperar que
el resultado fuese: “Lo lamento. Ha fallecido”. Un escalofrío le
recorrió la columna y alzó la mirada en el instante que un médico con el
cabello canoso entraba llevando entre sus manos una carpeta. Alzó su
mirada para encontrarse con la sala desierta salvo por el ex capitán de
la armada Charles Hellman.
- ¿Familiares de Thomas Walker?
Charles se levantó rápidamente al escuchar el nombre de su jefe. Se
acercó hasta el hombre de bata blanca que le miraba atentamente. Frunció
ligeramente su ceño ya que se había imaginado a una joven dama llorosa
esperando para saber el estado de su marido.
- Soy su empleado.
- ¿No hay nadie más? -arqueó una ceja increíblemente sorprendido.
- No – respondió tajante.
- Está bien -el médico dirigió su mirada hasta la carpeta en la que
ponía el nombre de su paciente-. La bala ha sido sustraída con éxito
pero deberé dar parte a la policía por heridas de este tipo y espero que
lo entienda.
- Lo entiendo -asintió.
- Por lo demás, recomendamos que tenga una terapia con un psicólogo para superar sin ninguna secuela un incidente semejante.
- Así será. ¿Cuándo podrán darle el alta?
- Mientras no tenga ningún tipo de complicación, tras las
veinticuatro horas de haber sido realizada la transfusión -informó el
médico.
Tras haber hablado con aquel hombre se dirigió hasta el lugar donde
permanecía la cama en la que estaba postrado su jefe. Notó como le
temblaban sus manos mientras recordaba el último hombre que había visto
postrado en un hospital de mala muerte. En la guerra nunca había nada
bueno a pesar de ser donde más se necesitaban.
Thomas estaba demacrado. Las ojeras eran inmensas de tantas horas que
había permanecido sin dormir observando los vídeos de la mujer que le
había vuelto loco tras su desaparición. Ni tan siquiera había acudido a
su entierro. Se negaba a aceptar que su esposa había muerto.
En el instante que se supo que Eloise había fallecido, Thomas había
tomado una actitud fría como si nada le importase. Había permanecido
cada segundo de su vida desde ese momento escuchando su voz en
grabaciones, viendo sus vídeos y escuchando las canciones que ella había
escogido para poner en su reproductor móvil mientras trabajaba. Se
había aislado en un mundo inexistente pero seguía manteniendo en él a su
esposa viva.
Cada vez que pedía que comprasen algo había en la lista todo lo que
ella siempre pedía. El mismo champú, la misma colonia, el mismo gel
corporal, también ordenaba comprar cada cierto tiempo un nuevo cuaderno
tamaño DIN-A3 que después nadie volvía a ver.
Su jefe estaba tan blanco que parecía casi un muerto. Había perdido
peso desde que Eloise había desaparecido de su vida y se notaba en como
bajo sus pómulos se metía ligeramente la piel dando una sensación de
desnutrición.
La bolsa de sangre había desaparecido por lo que seguramente mañana
podría volver a su hogar aunque no sabía si sería buena idea porque
permanecería el tiempo de nuevo encerrado en aquella habitación,
viviendo tan solo del recuerdo de su amada y cigarrillos.
Cerró los ojos y se agarró a la parte de plástico que había en el
final de la cama. Respiró pesadamente pues le partía el corazón ver a su
jefe de aquella manera. Había vivido junto a él tanto tiempo que ni
recordaba el momento en el que le habían contratado.
Alzó la mirada abriendo sus ojos hasta su jefe que le miraba
impasible y tan serio que sería capaz de matar a alguien con la mirada
si se lo propusiera. No tenía miedo a nada y ambos sabían de sobra que
el otro tampoco. Thomas se incorporó mientras observaba a la persona que
mandaría de patitas a la calle en ese mismo instante pero antes quería
saber si había hablado con algún médico.
- ¿Dijo algún doctor como estoy? -preguntó de manera que parecía que le estaba lanzando un cuchillo.
- Sí. Le extrajeron la bala pero como perdió mucha sangre tiene que permanecer veinticuatro horas en observación.
Thomas agarró las sábanas con la mano crispada por los nervios. Podía
mirar a aquel hombre y verla a ella. Le debía tanto. Había permanecido
al lado de su amada protegiéndola mientras tenían que viajar separados
durante su noviazgo. Elise le había tomado mucho cariño y le había hecho
jurar que jamás le despediría.
Notó un nudo en su garganta y desvió la mirada hasta encontrar la
cortina de ese verde que dañaba la vista. Tenía que permanecer
veinticuatro horas sin poder mirar nada que fuese de ella. ¿Cómo
sobreviviría allí? Su teléfono. En su teléfono tenía grabados algunos
vídeos privados y tenía fotografías de ella pero lo mejor era que la
había grabado cantando canciones mientras cantaba sola pensando que
nadie la estaba escuchando. Su voz era tan hermosa cuando cantaba que
podía estar escuchándola durante horas.
- ¿Dónde está mi teléfono? -preguntó rompiendo el silencio.
Hellman se sorprendió al no haber escuchado de su boca que estaba
despedido aún. Podía ser que el recuerdo de su mujer fallecida le
hiciese ser más comprensivo con él pero no quería tener demasiadas
esperanzas. Rebuscó entre sus bolsillos y sacó un móvil de última
generación. Se lo tendió y él alzó el brazo que no tenía vendado.
- Quiero una habitación privada. Ya -susurró con una voz demasiado
baja que dejaba claro que no quería ningún peor como posible respuesta.
Hellman asintió y fue en busca de una enfermera dispuesto a
sobornarla si hacía falta hasta que Thomas, su jefe, estuviese en el
lugar donde deseaba.
Mientras tanto el herido colocaba su dedo sobre la pantalla para que
el teléfono leyese su huella dactilar así se desbloquearía. Miró como la
pantalla negra desaparecía dando paso a una hermosa foto de aquella
dulce princesa de cuento en tonos sepia con su nariz arrugada como sabía
que le encantaba.
Ahora podría dormir tranquilo si podía permanecer observando el
angelical rostro de la dueña de su corazón. Su Eloise. Única e
inigualable. Acercó su pantalla hasta su boca y dejó un beso en el lugar
de la foto donde estaba la hermosa naricita.
- Mi Eloise… -susurró abrazando con un brazo el teléfono y dejando
que una sola lágrima recorriera unos centímetros de su mejilla antes de
secarla con el dorso de su mano.
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