viernes, 30 de noviembre de 2012

Capítulo 3

Observaba sus manos mientras tamborileaba con sus dedos. Quería saber como estaba su jefe. Era culpa suya y sabía que lo más probable por su mal carácter es que terminase despedido pero era lo que menos le importaba en ese instante.
La sala de espera era tan lúgubre. El lugar idóneo para esperar que el resultado fuese: “Lo lamento. Ha fallecido”. Un escalofrío le recorrió la columna y alzó la mirada en el instante que un médico con el cabello canoso entraba llevando entre sus manos una carpeta. Alzó su mirada para encontrarse con la sala desierta salvo por el ex capitán de la armada Charles Hellman.
- ¿Familiares de Thomas Walker?
Charles se levantó rápidamente al escuchar el nombre de su jefe. Se acercó hasta el hombre de bata blanca que le miraba atentamente. Frunció ligeramente su ceño ya que se había imaginado a una joven dama llorosa esperando para saber el estado de su marido.
- Soy su empleado.
- ¿No hay nadie más? -arqueó una ceja increíblemente sorprendido.
- No – respondió tajante.
- Está bien -el médico dirigió su mirada hasta la carpeta en la que ponía el nombre de su paciente-. La bala ha sido sustraída con éxito pero deberé dar parte a la policía por heridas de este tipo y espero que lo entienda.
- Lo entiendo -asintió.
- Por lo demás, recomendamos que tenga una terapia con un psicólogo para superar sin ninguna secuela un incidente semejante.
- Así será. ¿Cuándo podrán darle el alta?
- Mientras no tenga ningún tipo de complicación, tras las veinticuatro horas de haber sido realizada la transfusión -informó el médico.
Tras haber hablado con aquel hombre se dirigió hasta el lugar donde permanecía la cama en la que estaba postrado su jefe. Notó como le temblaban sus manos mientras recordaba el último hombre que había visto postrado en un hospital de mala muerte. En la guerra nunca había nada bueno a pesar de ser donde más se necesitaban.
Thomas estaba demacrado. Las ojeras eran inmensas de tantas horas que había permanecido sin dormir observando los vídeos de la mujer que le había vuelto loco tras su desaparición. Ni tan siquiera había acudido a su entierro. Se negaba a aceptar que su esposa había muerto.
En el instante que se supo que Eloise había fallecido, Thomas había tomado una actitud fría como si nada le importase. Había permanecido cada segundo de su vida desde ese momento escuchando su voz en grabaciones, viendo sus vídeos y escuchando las canciones que ella había escogido para poner en su reproductor móvil mientras trabajaba. Se había aislado en un mundo inexistente pero seguía manteniendo en él a su esposa viva.
Cada vez que pedía que comprasen algo había en la lista todo lo que ella siempre pedía. El mismo champú, la misma colonia, el mismo gel corporal, también ordenaba comprar cada cierto tiempo un nuevo cuaderno tamaño DIN-A3 que después nadie volvía a ver.
Su jefe estaba tan blanco que parecía casi un muerto. Había perdido peso desde que Eloise había desaparecido de su vida y se notaba en como bajo sus pómulos se metía ligeramente la piel dando una sensación de desnutrición.
La bolsa de sangre había desaparecido por lo que seguramente mañana podría volver a su hogar aunque no sabía si sería buena idea porque permanecería el tiempo de nuevo encerrado en aquella habitación, viviendo tan solo del recuerdo de su amada y cigarrillos.
Cerró los ojos y se agarró a la parte de plástico que había en el final de la cama. Respiró pesadamente pues le partía el corazón ver a su jefe de aquella manera. Había vivido junto a él tanto tiempo que ni recordaba el momento en el que le habían contratado.
Alzó la mirada abriendo sus ojos hasta su jefe que le miraba impasible y tan serio que sería capaz de matar a alguien con la mirada si se lo propusiera. No tenía miedo a nada y ambos sabían de sobra que el otro tampoco. Thomas se incorporó mientras observaba a la persona que mandaría de patitas a la calle en ese mismo instante pero antes quería saber si había hablado con algún médico.
- ¿Dijo algún doctor como estoy? -preguntó de manera que parecía que le estaba lanzando un cuchillo.
- Sí. Le extrajeron la bala pero como perdió mucha sangre tiene que permanecer veinticuatro horas en observación.
Thomas agarró las sábanas con la mano crispada por los nervios. Podía mirar a aquel hombre y verla a ella. Le debía tanto. Había permanecido al lado de su amada protegiéndola mientras tenían que viajar separados durante su noviazgo. Elise le había tomado mucho cariño y le había hecho jurar que jamás le despediría.
Notó un nudo en su garganta y desvió la mirada hasta encontrar la cortina de ese verde que dañaba la vista. Tenía que permanecer veinticuatro horas sin poder mirar nada que fuese de ella. ¿Cómo sobreviviría allí? Su teléfono. En su teléfono tenía grabados algunos vídeos privados y tenía fotografías de ella pero lo mejor era que la había grabado cantando canciones mientras cantaba sola pensando que nadie la estaba escuchando. Su voz era tan hermosa cuando cantaba que podía estar escuchándola durante horas.
- ¿Dónde está mi teléfono? -preguntó rompiendo el silencio.
Hellman se sorprendió al no haber escuchado de su boca que estaba despedido aún. Podía ser que el recuerdo de su mujer fallecida le hiciese ser más comprensivo con él pero no quería tener demasiadas esperanzas. Rebuscó entre sus bolsillos y sacó un móvil de última generación. Se lo tendió y él alzó el brazo que no tenía vendado.
- Quiero una habitación privada. Ya -susurró con una voz demasiado baja que dejaba claro que no quería ningún peor como posible respuesta.
Hellman asintió y fue en busca de una enfermera dispuesto a sobornarla si hacía falta hasta que Thomas, su jefe, estuviese en el lugar donde deseaba.
Mientras tanto el herido colocaba su dedo sobre la pantalla para que el teléfono leyese su huella dactilar así se desbloquearía. Miró como la pantalla negra desaparecía dando paso a una hermosa foto de aquella dulce princesa de cuento en tonos sepia con su nariz arrugada como sabía que le encantaba.
Ahora podría dormir tranquilo si podía permanecer observando el angelical rostro de la dueña de su corazón. Su Eloise. Única e inigualable. Acercó su pantalla hasta su boca y dejó un beso en el lugar de la foto donde estaba la hermosa naricita.
- Mi Eloise… -susurró abrazando con un brazo el teléfono y dejando que una sola lágrima recorriera unos centímetros de su mejilla antes de secarla con el dorso de su mano.

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