viernes, 30 de noviembre de 2012

Capítulo 4

Abrió los ojos y se encontró en una habitación privada, completamente vacía. Era blanca tanto las paredes como el escaso mobiliario. La cabeza le molestaba menos que antes pero el dolor del hombro seguía siendo constante. Se llevó la mano a la frente mientras intentaba analizar como comenzaría a trabajar de nuevo una vez aclarado este incidente.
Tenía ganas de comer. El hambre se apoderaba de él pero no quería ni tan siquiera pedirlo a menos que le obligasen y la comida de los hospitales tenía una fama de ser vomitiva.
La última vez que había estado en un hospital había sido aquel día. Si tan solo él hubiese estado a su lado en ese momento no la hubiese pasado nada.
Alzó su mano mirando la alianza en la que ponía su nombre y la fecha de su boda. Se había prometido a sí mismo que jamás se la quitaría. No pensaba ni tan siquiera salir con otra mujer. Eloise era la única que había conquistado su corazón y le había devuelto la alegría a pesar de su pasado.
Movió su cabeza hasta la pequeña ventana a través de la cual pasaban los fuertes rayos del mediodía. Había estado durmiendo muchas horas, habría recuperado bastantes pero aún se sentía cansado.
Tomó el móvil de su mesilla y tras desbloquear la pantalla buscó entre los menús la música. Necesitaba escuchar algo que le recordase a ella. Siempre tan alegre la dueña de su corazón y no era lo que quería tener en ese momento como banda sonora. Cientos de artistas de distintas nacionalidades organizados en una biblioteca hasta que encontró el nombre de Aerosmith dentro de la carpeta baladas. ¿Por qué no había visto esa carpeta nunca? Los compases de I don’t wanna miss a thing inundaron la habitación y los gritos de Steven Tyler desgarraban aún más su corazón. No sabía porqué todo el mundo escuchaba canciones románticas después de las rupturas pero ahora lo entendía. Era el método perfecto para seguir atormentándote.
La voz rota del cantante expresaba todo lo que él hubiese deseado decir por lo que le escuchaba atentamente sin ni tan siquiera pestañear.
Las enfermeras entraron. Le quitaron el suero después de obligarlo a hacer pis pero él permanecía perdido en la música que una y otra vez se repetía en su mente.
Debía escuchar alguna otra melodía que hubiese guardado Eloise en su teléfono en esa misma carpeta. Una vez que le quitaron el suero y la enfermera salió de la habitación, volvió a buscar entre aquella melodías que tanto decían sobre ella y sus estados de ánimo. Aún podía sentirla con cada letra que analizaba.
Muchas canciones estaban en otros idiomas pero lo que él quería era poder entender a la perfección la letra y no tener que imaginársela. Su dedo se deslizó por el cristal líquido hasta que encontró una canción con un título prometedor, Stay with me. Clicó en reproducir e inmediatamente los acordes y las voces de varias mujeres le transportaron a su antigua habitación.
Eloise estaba allí sonriente mientras acariciaba su rostro. Thomas había dormido mal esa noche pues había estado enfermo y su esposa no descansó esa noche mientras intentaba que le bajase la fiebre. Había sido siempre tan tierna y dulce con él…
Abrieron la puerta de golpe y Thomas no abrió los ojos. Quería seguir escuchando a aquellas jóvenes entrar en su alma y atormentarla con la sensación de soledad. No podía estar sin Eloise y tenía que sobrevivir en un mundo que se empeñaba en hacer que se olvidase de la mujer de su vida.
Escuchó un ruido y vio que una enfermera rubia que tenía el cabello recogido en una coleta dejaba una bandeja sobre una mesita con ruedas que estaba acercando hasta el sillón. Quería que se levantase estaba claro. Apagó el reproductor del teléfono y se quitó las sábanas de encima de las piernas.
La mujer quitó la tapa de la bandeja mientras él observaba el cuerpo tan minúsculo y de muñequita que tenía. Toda la ropa de ese verde imposible que llevaban todas en ese hospital le quedaba enorme.
Se levantó con cuidado y se puso las zapatillas que le había traído seguramente Hellman ya que no había visto por allí a Claire. Su ama de llaves debía estar limpiando el desorden de aquella habitación en la que había estado tantos días viviendo con el recuerdo de Eloise.
Caminó hasta el sofá mientras intentaba no chocarse con la mujer que se había puesto de espaldas a él todo el tiempo. Caminó hasta el baño mientras él se sentaba y observaba su menú.
De primero tenía una crema con una pinta poco apetecible de judías verdes. Al menos estaba caliente, eso podía ser un punto a favor de esa cocina para personas que desconociesen como sabía la buena comida. De segundo, un muslo de pollo que no habían tenido el detalle de cortar y que por supuesto él no podía hacerlo ya que tenía prohibido mover de nuevo el hombro durante esas veinticuatro horas que estuviese en el hospital. Como postre un yogur de macedonia.
Resopló y notó como se le hacía un enorme nudo en el estómago indicándole que sería aún más difícil conseguir que se comiese todo lo que estaba en aquella bandeja.
Giró la bandeja hasta dejar frente a él el cuenco con el puré de judías verdes. Tomó la bolsa que parecía de chucherías con los cubiertos y la mini servilleta abriéndola con los dientes. Sacó la cuchara y volvió a dejar la bolsa en su lugar. Dio un par de vueltas al puré y al final se obligó a tomar una cucharada y llevársela a la boca.
Repugnante. Se estremeció de pies a cabeza pero se obligó a tomarse otra cucharada más.
Escuchó a la joven enfermera que salía del baño después de haber cambiado las toallas porque llevaba una bolsa como si fuese de basura con todo lo que ya había usado.
No había mirado aún su cara y rara vez lo hacía cuando se trataba de alguien que no fuese muy conocido para él.
- Veo que no le partieron el pollo.
Chascó la lengua mientras se acercaba a la bandeja. Tomó el tenedor y el cuchillo comenzando a hacer trozos el pollo dejando a un lado el hueso y los tendones. Thomas permanecía sentado tomando lentamente aquel asqueroso mejunje. Cerró los ojos y cuando la enfermera terminó de cortar caminó hasta la puerta. Mientras la abría Thomas tomó otro poco de su puré verde al cual le faltaba tanta sal como judías naturales y alzando la mirada se quedó completamente perplejo viendo los ojos azules que tanto había amado.
- A comérselo todo ¿eh? -sonrió Eloise y salió de la habitación.
No podía ser. Era Eloise. Había visto a Eloise. ¿Acaso se estaba volviendo loco? No llevaba maquillaje y su cuerpo era minúsculo. ¿Era Eloise? ¿Realmente no estaba muerta?
Se levantó rápidamente empujando la mesita hasta la pared. No le importó para nada el destrozo que estuviese ocasionando. Si era Eloise tenía que recuperarla. Eloise, su Eloise.
Abrió la puerta y miró hacia todos lados buscando aquel cabello rubio pero no estaba. Eloise no estaba. Se había esfumado tan pronto como había aparecido. No, no podía perderle. Sabía que todo el mundo diría que estaba loco, nadie vuelve de entre los muertos pero tenía que saber quién era ella y si era su mujer.

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